Con un vaso de whisky

febrero 7, 2018

Frente al artículo 525 del Código Penal

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 8:43 pm
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   Aunque no me gusta particularmente meterme en debates sociales concretos en este lugar y prefiero divagar sobre cine, televisión y libros, hay veces que uno cae en tentación. Hoy voy a caer un poco, con el perdón de ustedes. Voy a exponer, siquiera de modo sucinto, por qué creo que el artículo 525 del Código Penal debería ser derogado. Y espero no ofender a nadie. Más que nada porque, visto lo visto, ofender a la gente es tan sencillo que resulta aburrido.

   Un par de consideraciones previas. No voy a comentar ninguna noticia específica relativa a la aplicación por un tribunal de este artículo. Para hacer eso, creo yo, debería, por lo menos, leer la sentencia o auto del tribunal en cuestión, no basarme en tal o cual noticia o, pero aún, en tal o cual titular.

   Tampoco pretendo que esto se convierta en una tesis doctoral, ni voy a analizar, con el rigor propio de un artículo académico, el precepto penal y toda la jurisprudencia y doctrina tras él. No porque no tenga su interés, sino porque no es lo que pretendo. Por último, no me parece justo criticar a un tribunal por condenar a una persona conforme este artículo (siempre y cuando se hayan respetado todas las normas del procedimiento y la sentencia sea jurídicamente correcta). Ciertamente que los tribunales interpretan la ley, pero por mucho que interpreten, deben aplicarla. No pueden, al margen de cuáles sean sus ideas, convertirse en legisladores, mucho menos en un terreno tan peligroso como el del Derecho Penal. Quien puede poner y quitar artículos del Código Penal es (recursos y cuestiones de inconsticionalidad aparte) el Parlamento.

   Por último, aunque voy a dar mi opinión sobre este punto concreto, no voy a decir si soy o no creyente. No es por hacer trampas, es justo por lo contrario. Creo que, en esta cuestión, mis creencias o falta de ellas son irrelevantes. No me opongo a un buen debate entre personas de diferentes creencias o de diferentes faltas de creencias, ni mucho menos. Pero tengo la impresión de que dar ese dato puede distorsionar el resto del artículo. Si dijera que soy ateo, podría acusárseme de antirreligioso (estupidez considerable, por cierto). Si dijera que soy creyente (o de qué religión) seguro que hay quien me tacharía de hipócrita o de intentar usar esa confesión para manipular al lector.

   Vivimos en una sociedad con gentes ateas, agnósticas y religiosas, por burda que sea esta división, sabiendo lo complejos que son los seres humanos y la diversidad que hay en cada uno de esos grupos. Las leyes, en teoría y en pare, son normas comunes que nos damos para tratar de vivir más o menos en común sin matarnos los uno a los otros, por mucho que la severa sentencia del conde Tolstoi penda sobre el Derecho. Por tanto, siguiendo las tesis de Rawls, deberíamos establecer normas que sirvan para proteger a todos y en las que estemos de acuerdo, al margen de nuestras personales opiniones o creencias.

   Bueno, vamos con el artículo de marras.

  El artículo 525 está incluido en la Sección 2ª (“De los delitos contra la libertad de conciencia, los sentimientos religiosos y el respeto a los difuntos”) del Capítulo IV (“De los delitos relativos al ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas”) del Título XXI (“Delitos contra la Constitución) del Libro II del Código Penal. Alguna vez he leído por ahí que debería suprimirse de un plumazo toda esta Sección. No estoy de acuerdo. La existencia de los dos primeros artíuclos me parece razonable dentro del Código Penal. Porque se refieren a derechos fundamentales (la libertad de religión es un derecho fundamental) tanto de creyentes como de no creyentes y porque la conducta exige “violencia, intimidación, fuerza o cualquier otro apremio ilegítimo” o “violencia, amenaza, tumulto o vías de hecho”. El Derecho Penal, entre otras cosas, sirve para proteger los derechos de las personas frente ataques graves. Y un ataque que se produzca con violencia, intimidación, amenazas, fuerza, etcétera parece grave, vaya.

  Dejo de lado el artículo 524, sobre el que tengo mis dudas y necesitaría más reflexión con whisky. Y dejo también de lado el artículo 526, aunque creo que habría que derogarlo también. Ya hablaremos o no de él en otro momento.

   ¿Qué dice este artículo 525, origen de tantas discusiones? Literalmente, esto:

  1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.

   2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.

   Hagamos algunas consideraciones para poner las cosas en sus justos términos. Como se ve, la pena no es privativa de libertad, sino económica, una multa. Esto tiene su trampa, como sabe cualquier estudiante de Derecho, porque si uno no paga la cuantía de la multa, actúa el artículo 53 del Código Penal y la multa se transforma en un privación de libertad. Pero, bueno, eso es sólo en caso de que el condenado por el delito no pague. Y la multa se gradúa, por ley, de acuerdo con la capacidad económica del condenado, precisamente, para asegurar el pago y, además, porque no es lo mismo para un sin techo que para un millonario pagar, pongamos, 400 euros.

  Por consiguiente, la pena legal no debería, en principio, privar a persona alguna ni de un segundo de libertad. Esto lo digo porque ante ciertas noticias de condenas siempre hay quien dice que ya puestos se reinstaure la hoguera, como cantaba Krahe.

  Además, el delito exige que la acción se haga públicamente, no en privado, en la intimidad del hogar o de un reunión íntima. Y, en fin, protege, tanto a creyentes como a no creyentes.

   Pero, esto es bastante notorio, la mayoría de las veces que se ha aplicado este artículo ha sido por denuncias de gente con creencias religiosas, no de ateos o agnósticos. Tiene su sentido, ya que las religiones tienden a tener un cuerpo más o menos ordenado y coherente de creencias, mientras que cada ateo, por así decirlo, va por libre. Un musulmán y otro musulmán, aunque no estén de acuerdo en muchas cosas, sí tienen ciertos puntos en común que no tienen, por ejemplo, con un protestante. Un ateo y otro ateo, al margen de su no creencia en ningún dios, no tienen por qué. Nótese, por cierto, que el acusado por un creyente puede ser otro creyente, incluso de su misma religión, aunque seguramente no de la misma cuerda.

   Este precepto no protege al Dios de las religiones del Libro ni a ningún dios, ni a ninguna divinidad o Providencia. No protege ni a los ángeles, ni a los querubines, potestades o arcángeles. Ni tampoco la creencia o no creencia en ellos. Protege a aquellos que creen o no en los mismos. No es, por lo tanto, el equivalente al delito de blasfemia, en el que el ofendido es Dios, directamente. Delito que para vergüenza de la Humanidad, en primer lugar de los creyentes, sigue existiendo en varios Estados del mundo y no con penas muy suaves.

   Porque este delito no es un delito religioso, ni es aplicado por órganos de ninguna religión. No se protege ortodoxia alguna, con este precepto. Quienes lo aplican son tribunales civiles, no eclesiásticos. Y no creo que porque este delito exista se pueda tachar al Código Penal de confesional. Porque no defiende ni a una religión concreta, ni siquiera a la religión. Consideren ustedes el lío que eso supondría. Si lo protegido fuera la religión, sólo se podría considerar ofendido quien fuera el representante de esa religión. ¡En menudo jaleo nos meteríamos! ¿Quién iba a decidir qué es y qué no es ofensivo para esa religión? Ni siquiera en confesiones tan jerárquicas como la católica estaría la cosa clara. ¿Debería personarse en Vaticano en cada causa? ¿Le correspondería la decisión a la Conferencia Episcopal o a obispo del lugar? ¿Y si otra Conferencia Episcopal, otro obispo o una agrupación de creyentes de base no estuviesen de acuerdo con la opinión del denunciante?

  Por tanto, el ofendido no es Dios, que está fuera (por naturaleza si existe y por su propia inexistencia, si no) de la jurisdicción del Estado. No es la religión ni el fenómeno religioso. No es una religión o fe. No es una comunidad de creyentes organizada. No es el ateísmo. No es una federación de ateos. Es cada persona, cada ciudadano, creyente o no, que se siente ofendido por una actuación pública de otra persona que encaja en la descripción típica del artículo que antes les he copiado.

   Y yo creo que no. Que ese artículo no debería existir. Que ofender los sentimientos religiosos o la falta de sentimientos religiosos no debería ser delito. Que una sociedad en la que eso es delito es una sociedad peor que una en la que no lo sea. Porque no perdamos de vista esto. Da igual que la pena sea de multa. Da igual que se proteja a unos, a otros y los de más allá. Hablamos de un delito. De la más grave respuesta que el Estado, el Leviatán, el más frío de los monstruos, puede dar a un acto humano. Convertir algo en delito es la muestra definitiva del poder soberano. Debe ser usado con extremada prudencia.

   Una conducta puede ser grosera, desagradable o incluso inmoral, si se quiere. Pero no por ello ha de ser delictiva. Aquí, me temo, hay que elegir entre Edmund Burke y John Stuart Mill. Decidir si el Estado debe prohibir y perseguir, con su autoridad más temible, lo que ofende o lo que agrede. Lo que molesta o lo que daña.

   La ofensa a la creencia o descreencia, desde mi humilde punto de vista, debería estar fuera de la ley penal, igual que debería estar fuera de ella el honor. No quiero ponerme fasltaffiano (bueno, sí). El honor, que es casi más complicado de definir que la fe, es también un derecho de las personas. Y no veo mal que el Estado ofrezca mecanismos para protegerlo o exigir satisfacción si alguien lo daña. Los duelos detrás de un convento al amanecer eran vistosos, pero un poco añejos, ya. Mejor es discutir esto con tono prosaico ante un tribunal. Civil. Pidiendo una indemnización o una reparación que puede ser una disculpa y una rectificación tan pública como la ofensa. Existe una ley que así lo prevé. No entiendo por qué no se extiende esa ley a las ofensas a las creencias o increencias religiosas. No entiendo que, hoy día, se convierta en criminales a los que se burlen de que otra persona crea o no en Dios. Me parece, ustedes me disculparán, propio de una sociedad infantil.

   La limitación a la burla, a la sátira, a la parodia y a la crítica, salvo prueba en contrario, me resulta muy sospechosa. Cuando esa limitación aparece con toda la sombría majestad de lo criminal, mi sospecha se convierte en alarma.

   Y a los creyentes, les recomendaría que leyeran la oración que Santo Tomás Moro compuso, en la Torre de Londres, esperando su ejecución:

     Señor, dame una buena digestión y,

     naturalmente, algo que digerir.

     Dame la salud del cuerpo

     y el buen humor necesario para mantenerla.

    Dame un alma sana, Señor,

    que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro

    de modo que, ante el pecado, no me escandalice,

     sino que sepa encontrar el modo de remediarlo.

    Dame un alma que no conozca el aburrimiento,

    los ronroneos, los suspiros ni los lamentos.

    Y no permitas que tome demasiado en serio

    esa cosa entrometida que se llama “ yo”.

    Dame, Señor, el sentido del humor.

    Dame el saber reírme de un chiste

    para que sepa sacar un poco de alegría a la vida

    y pueda compartirla con los demás.

  Qué sé yo, pero igual si recuerdan eso, a la puerta del juzgado, se dan media vuelta, entran en un bar y se piden un par de cañas. Que siempre sientan mejor que una sentencia.

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