Con un vaso de whisky

agosto 26, 2015

Bienvenido, Mister Finch

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:09 pm
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            Uno de los epigramas atribuidos a Oscar Wilde (no tengo idea de si lo dijo él, lo dijo uno de sus personajes o ninguna de las anteriores) es éste: Los niños empiezan amando a sus padres. Pasado un tiempo, los juzgan. Algunas veces, hasta los perdonan. Harper Lee podría haberlo empleado como cita para abrir “Go set a watchman (Ve y pon un centinela)”.

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            Cuando esta novela “perdida” de Lee salió a la luz hace varios meses, se armó un buen revuelo. Millones de lectores (un servidor de ustedes incluido) dieron palmas. Cuando se publicó, fuimos como adictos (lo que somos) a las librerías. Entonces, leímos. Y empezó la tormenta. Hubo un bloque no pequeño de voces que maldijeron a Lee por escribir esa novela, a los editores por publicarla y a sí mismos por leerla. Les resultó una lectura traumática.

            Les comprendo. A mí me ha gustado. Me parece una buena novela, aunque no genial. Es una obra que se puede leer de manera autónoma pero en cuyo caso pierde casi todo su sentido. Para poder leer bien “Go set a wathman” (pondré el título en inglés, porque me la compré en inglés y me he acostumbrado a pensar en ella así) hay que haber leído “Matar a un ruiseñor”. Ésta es la obra madre y maestra. La segunda deriva de ella y saca su fuerza de la misma.

            He dicho que me ha gustado y que comprendo a quienes reniegan de ella. No es un contrasentido. Me ha gustado, creo, precisamente por el motivo por el que otros reniegan de ella. Porque me ha descolocado. Hacía muchos años que una lectura no lograba emocionarme. No digo entusiasmarme, hacerme reír, disfrutar. Hablo de emoción pura. No rompí a llorar en mitad de lectura, claro. Ron Swanson ya nos dijo cuándo es lícito llorar y no era el caso. Sin embargo, confieso sin rubor que leí, en especial, la segunda mitad del libro, con una mezcla de ansia y reticencia. Con el ansia de avanzar y la reticencia de mantenerme en el dorado pasado.

            Porque esta novela nos ha obligado a derribar al titán. Atticus Finch ya no será nunca el mismo Atticus Finch. Tal vez, nunca lo fue.

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            La novela nos trae de vuelta a Maycomb, en el tren, en compañía de una Jean Louise Finch (ya no Scout) de veintiséis años, residente en Nueva York, todo lo emancipada que podía estar una joven mujer en aquellos años por aquellos lares (más que por estos, por ejemplo). El primer cambio que me sorprendió, ya al inicio, fue el de narrador. En “Matar a un ruiseñor” es Jean Louise la que habla, rememorando sus años infantiles, de un modo que en ocasiones uno no tiene muy claro si quien lleva la voz cantante es la niña o su yo adulto. Aquí, en cambio, se emplea la tercera persona. Sin embargo, sigue siendo Jean Louise quien nos acompaña. No hay página sin ella, no hay narrador omnisciente que nos explique, con contadas excepciones, qué hacen o piensan otros personajes. Con Jean Lousie llegamos y con Jean Louise permanecemos.

            Mientras en “Matar a un ruiseñor” la historia era lineal, aquí hay vueltas al pasado. A medida que Jean Louise pasa sus vacaciones en la nueva casa familiar (sí, me temo que la vieja casa de los Finch fue destruida) hay vueltas a los doce, los trece, los catorce años de Scout. Esto es bastante astuto. Nos permite reforzar aún más los lazos con aquellos dos niños huérfanos de madre, con aquel cortés y distante padre, con aquella amable tirana de Calpurnia. Además, mediante los mismos, Lee da de un cierto pasado a Henry, el único personaje nuevo, amigo de la infancia de Jem, llegado después de que nosotros nos despidiésemos de los Finch, dejando a padre e hija velando al niño herido. Henry es, además, el a medias prometido de Jean Lousie. Con este personaje Lee logra un éxito parcial: es claro que Jean Louise siente gran inclinación por él, aunque nosotros, al menos yo, no acabamos de tener por él más que una neutra indiferencia.

            Pero no por los demás. Allí están: la tía Alexandra, sus corsés, sus prejuicios, su capacidad para sacar de sus casillas a su sobrina; el Doctor Jack Finch, mucho más astuto, más equívoco, más taimado de lo que nos mostró hace años, pero no menos amante de su hermano y sobrina. De Dill se nos habla, el pequeño se ha convertido en un aventurero que sabe Dios por dónde anda. Calpurnia también está sí, en el pasado y en el presente. No Jem. Sólo en el pasado. Ése es el primer golpe de la novela, el enterarnos del fallecimiento de Jem, unos años antes de esta visita de Jean Louise, como ni nos enterásemos de repente de la muerte de un viejo amigo con el que habíamos perdido contacto. Y Atticus está allí, nuestro viejo Atticus, tan educado, cordial, incapaz de ponerse a sí mismo en primer lugar antes que a otros.

            Mientras las páginas pasan, parece que no nos llevan a ninguna parte. “Matar a un ruiseñor” tenía una estructura intrincada, muy bien pensada: tras presentarnos a los personajes clave, tras meternos de lleno en Maycomb y de presentarnos, casi sin darnos cuenta, las dos grandes tramas de la novela, se da paso al juicio y la historia de Boo Railey. “Go set a watchman” dedica mucho rato a reintroducirnos en Maycomb. Hay cambios, cambios que Jean Louise y nosotros percibimos. Nada grave, nada grave, es el mismo viejo Sur de siempre, con sus flaquezas, con sus miserias, con sus odios y desprecios. Ah, ya los conocíamos de antes. Podemos encogernos de hombros ante ellos.

            La señora Lee ha ido enredándonos suavemente. Si estamos atentos, si queremos verlos (pero no queremos, claro que no queremos), hay indicios de que no es igual, de que hay algo más feo en el fondo. Hasta que empezamos a toparnos con evidencias. Evidencias que, igual que a Jean Louise, nos ponen enfermos.

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            Una de las pruebas de lo gran escritora que es Harper Lee es la siguiente: para millones y millones de lectores, Atticus Finch, Scout, Calpurnia, Jem, no son meros nombres en un papel. Son prácticamente de carne y hueso. Los conocemos. Desde la primera vez que leímos ese libro, tantas veces releído, nos sentimos parte de su familia y sentimos que ellos forman parte de la nuestra. Y con Atticus el vínculo es incluso más profundo. Sometidos a la habilidad literaria de Lee y a la perspectiva de Scout, no podemos sino admirar a este hombre. No quiero meterme en debates que exigirían otro foro, pero dado que los padres existen, en el mundo y en la literatura, Atticus Finch es uno de los grandes padres, tal vez el mejor, de la literatura. Sospecho que muchos padres lectores sentían una punta de rabia respecto a Finch y su capacidad casi sobrenatural para criar a sus hijos.

            Si es usted uno de nosotros, de los que he hablado en el párrafo anterior, comprenderá cómo se me abrió la boca hasta las rodillas al ver a Atticus Finch, a Atticus Finch, dando la palabra en una reunión a un supremacista blanco, a un racista de la peor calaña, a un infame que blasfemaba al envolver su racismo en la voluntad divina, a un ignorante venenoso. Comprenderán a Jean Louise, sintiendo náuseas. Entenderán que casi se me corta la respiración en una terrible escena en la que Jean Louise visita a Cal, y sólo logra de ella fríos buenos modales y una confesión de odio. Y el vértigo que se apoderó de mí en la escena cumbre de la novela, el enfrentamiento de Jean Louise con Atticus, en el que una hija indignada hasta el infinito llama a su padre, a su adorado padre, a ese icono, “hijo de puta”. El lector, en el fondo, tan dolido como Scout, está con ella.

            El Doctor Finch habla con su sobrina antes y después de ese duelo paterno filial. Son charlas sutiles. No en vano Jean Louise piensa que su tío es una araña encantadora. Toca ciertos puntos de política y sociología que podrían debatirse y que, como todos, habría que poner en su contexto histórico. Son desde luego, argumentos bastante conservadores, que conservadores actuales verían con desagrado (o no). Pero las palabras que Jean Louise dirige a su padre siguen muy vivas, resuenan pese a las persuasivas razones del médico amante de la poesía victoriana. Porque lo que Atticus dice para defender su postura a su hija es, en ocasiones, vomitivo. Y no querríamos que Atticus Finch dijera nada vomitivo. Se las voy a citar:

            –Les deniegas la esperanza. Cualquier hombre en este mundo, Atticus, cualquier hombre que tenga cabeza y brazos y piernas, nace con esperanza en su corazón. No encontrarás eso en la Constitución, lo escuché en la iglesia, en algún lugar. Son gentes simples, muchos de ellos, pero eso no los hace subhumanos.

            “Les estás diciendo que Jesús les ama, pero no mucho. Usas medios espantosos para justificar fines que crees buenos para la mayoría de la gente. Tus fines pueden ser buenos –me parece que creo en los mismos fines- pero no puedes usar a las personas como tus peones, Atticus. No puedes. Hitler y esa panda de Rusia han hecho algunas cosas encantadoras por sus tierras, y han masacrado a decenas de millones de personas haciéndolas…

            Atticus sonrió:- Hitler, ¿eh?

            -No eres mejor. No eres mejor, maldita sea. Intentas matar sus almas en vez de sus cuerpos. Intentas decirles: “Mirad, sed buenos. Comportaos. Si sois buenos y nos hacéis caso, podréis conseguir mucho de la vida, pero, si no nos hacéis caso, no os daremos nada y os quitaremos lo que ya os hayamos dado.”

            Ahora díganme que estas palabras de Jean Louise, fuera de contexto, sin nombres, no hubiésemos supuesto todos que serían propias de Atticus. La rabia de la hija la sentirse traicionada por su padre es tremenda. Fíjense: Jean Louise está indignada con su padre porque ha basado toda su ética, toda su forma de ser, en las enseñanzas de éste. Y de repente le ve hacer algo, defender algo, decir algo que no encaja, que va en contra de esa ética, de esa forma de ser, de esas enseñanzas. Es una traición mucho más grave para ella que cualquier acción concreta contra ella, porque es una puñalada trapera contra su misma alma.

            Lo más espantoso de esto es que el Atticus Finch que veneramos, el del pasado, queda contaminado por este anciano. Al releer “Matar a un ruiseñor”, a partir de ahora, detectaremos en esas palabras que antes nos parecían baluartes contra el odio, la ignorancia y el miedo, rastros de un condescendiente paternalismo que nos hará torcer el gesto. Esto, sin embargo, es parte de los privilegios del escritor. Puede uno hacer evolucionar a sus personajes y puede mostrarnos con más crudeza aspectos que nosotros deseábamos mantener en una conveniente penumbra.

            No es sorprendente, sabemos además que Jean Louise es de genio vivo, ver cómo se prepara para abandonar Maycomb para siempre. Entonces, Lee da otra vuelta de tuerca. Nos obliga a otra pendiente en su montaña rusa. Jack Finch habla con su sobrina y vemos un poco de luz entre tanta tiniebla.

            Digamos esto: Jack Finch no logra rehabilitar los puntos de vista de Atticus, pero nos da la llave psicológica, emocional, para no acabar devastados. Si el médico es aquí portavoz de Lee, sus palabras pueden estar dirigidas también a nosotros y, quién sabe, tal vez a ella misma: […] confundiste a tu padre con Dios. Nunca le viste como a un hombre, con un corazón de hombre y con los defectos de un hombre –te concedo que habría sido difícil verlos, comete tan pocos errores, pero los comete, como el resto de nosotros. Eras una tullida emocional, apoyándote en él, consiguiendo tus respuestas de él, asumiendo que tus respuestas serían siempre sus respuestas.

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            En esta obra, Lee no ha asesinado a su mayor creación, pero la ha derribado del pedestal. El gran padre, la figura que tanto adorábamos, ha sido derrocado. Con Jean Louise, ahora vemos, sencillamente, a un padre. Esta novela es, así, una suerte de catarsis. Mientras le daba la bienvenida silenciosamente a la raza humana, la puñalada del descubrimiento hizo que temblara un poco.

            Bienvenido, Mr. Finch, entre nosotros, la Humanidad imperfecta. Aunque sentiremos, de vez en cuando, una punzada de nostalgia, pensando cuando usted era nuestro Atticus.

agosto 21, 2015

¡Achicoria! In memoriam Daniel Rabinovich

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:35 pm
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            Ha muerto Daniel Rabinovich.

            Hace varios años, escribí esto:

            El hombre, vestido de esmoquin impecable, igual que sus compañeros aún ocultos, avanzó entre aplausos, sentose ante su atril y abrió su portafolios. El público estaba nervioso. Le picaban las manos. Don Marcos Mundstock se aclaró la garganta y leyó con esa voz sólo suya: “El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” No pudo seguir. El público aplaudió como loco ante las palabras que esperaba ansioso desde hacía horas o tal vez días y semanas. El señor Mundstock sonrió, benévolo, agradeció con un gesto y recomenzó: “Decía… El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” Y con la precisión de un reloj, el público volvió a rugir. El lector meneó la cabeza amablemente. Meditó un momento. “El célebre compositor… antes mencionado.” Ahora el público aplaudía entre carcajadas, encantado por el ingenio, por la cortesía y por la astucia del hombre barbudo, que había recogido el guante y le había permitido ser cómplice del espectáculo. Por fin, le dejó continuar y Les Luthiers brillaron como siempre lo hacían.

            Yo estuve esa noche en Bilbao, entre el público, y aplaudí y reí como el que más, hasta salir agotado del teatro, igual que los amigos que (les debo una copa) me habían convencido para hacer aquel corto viaje. Volví a ver a este grupo de comediantes músicos un tiempo después, en Madrid. Y me duele no haber podido asistir a sus Premios Mastropiero, este mismo año.

            Hablar de Les Luthiers es complicado, si no se quiere caer en tópicos desgastados de tanto repetirse. Son actores, músicos, cómicos, viejos, hábiles, benevolentes, maestros del humor y del ingenio, del ingenio al servicio del humor; con sus letras y sus estrafalarios instrumentos pueden ser irónicos, pero nunca son crueles. Aunque no conviene fiarse de un comediante, experto en fingimientos, no conozco sonrisas más radiantes, llenas de humanidad, de simpatía que la suyas. Salvo, durante unas horas, las de su público.

            Voy a soltar una blasfemia, aquí, en medio de los elogios: no todos sus números me gustan. Con un par no me he reído. Con dos, entre decenas. No es una mala media. Con todos los demás disfruto como un enano. Y con muchos, me caigo de la silla. ¿Quién puede no reírse con la introducción de casi veinte minutos al merengue “El negro quiere bailar”? Desde entonces, el mundo se divide entre los amantes de Terpsícore y los amigos de Esther Píscore. Nadie puede permanecer indiferente ante el círculo perfecto que es el prólogo a la balada “A la Playa con Mariana”, rematado con la propia balada. Si lo consigue, no trabe amistad con él. Ha de ser alguien aburrido a la fuerza.

            Tenemos una gran deuda con Les Luthiers. Nos enseñaron a seducir, respetuosamente, a las hijas de los Escipiones del mundo. Nos descubrieron lo que puede dar de sí el encuentro de un jinete con una bella y graciosa moza. Nos mostraron la venerable Universidad de Wildstone, donde, por desgracia, no fuimos admitidos. Y cualquier persona, sea o no devota de los santos, puede rezar a San Ictícola de los Peces, esperando que esta vez no nos vuelva a fallar.

            Son viejos ya, dos veces viegésimos sobre los escenarios. Son bufones canosos, alegres y saltarines, venerables cómicos. No puede ir tan mal la evolución de la sociedad si podemos llamar venerables a estos músicos. Algún día morirán, sin duda. Y guardaremos un lustro de luto. Y no será homenaje suficiente. Que Dios les bendiga, maestros. No nos los merecemos.

            Mantengo cada línea de lo escrito. Temo que se ha iniciado el lustro de luto. Porque, con el fallecimiento de Rabinovich, mucho dudo que no se firme la defunción de Les Luthiers.

            Uno sabe que juzgar a otro ser humano es un acto de infinita arrogancia. Sabe que alguien bien puede sonreír y, aun así, ser un villano. Pero por muy cínico que uno sea, al ver la sonrisa de Rabinovich, una sonrisa de todo el rostro, una sonrisa de los labios, de las cejas, de los ojos, de la nariz y de las orejas, duda infinitamente que estemos ante un villano.

            Como artista, como cómico, el juicio puede hacerse y es inapelable: se ha ido un genio. Un genio que era compañero de otros genios. Se ha ido, tal vez, el más brillante de todos, aunque yo siempre estaré enamorado de la profunda voz de Mundstock y de su capacidad de ser humorísticamente solemne y cómicamente descerebrado según la ocasión.

            Se han acabado, lo empezaremos a asumir mañana, cinco décadas prodigiosas, brillantes, maravillosas. Se ha ido alguien que nos ha hecho reír hasta el dolor. De un modo casi sadomasoquista, querríamos haberle pedido en ocasiones que dejara de ser tan bueno, porque podíamos morir allí mismo, entre carcajadas, al tiempo que le suplicábamos como locos que siguiera, que siguiera por siempre.

            No era posible, no ha sido posible.

           Sin él, Les Luthiers me resultan inimaginables. Tengo, permítanme el egotismo, una deuda impagable con ellos. No sé si me han hecho mejor persona, pero han hecho mi vida mil veces más feliz que si nunca los hubiera conocido. Han sido radiantes fanales de risas. Han iluminado sin destruir, calentado sin abrasar, reconfortado sin sensiblería, espoleado sin crueldad. Han sido, son y serán titanes. Porque son artistas inmortales.

            Ha muerto Daniel Rabinovich. Y lo ha hecho, el desgraciado, sin explicarnos cómo se hace, al final, el merengue de manera correcta ni qué fue del lápiz de Louis Jefferson. Así que usted perdone, señor Rabonivich, pero le perseguiremos hasta donde haga falta para que nos lo explique. No se librará de nosotros tan fácilmente. Hasta la vista.

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agosto 19, 2015

Cómo no derribar ni dirigir una dictadura

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:08 pm
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            La segunda parte de la, parece, saga “Divergente” desvela unas cuantas incógnitas que nos dejó de regalo la primera parte. Si recuerdan, la primera película me produjo cierta sensación de estupor ante una sociedad tan extraordinariamente mal diseñada. Esta segunda me ha tranquilizado en buena medida. Porque ahora sé, sin lugar a duda, que todo el mundo, pero todo el mundo, en este universo es idiota. Desde luego, cinematográficamente vale lo mismo que su antecesora: nada. El único placer perverso de verdad que puede sacarse de esta película es contemplar el alarido silencioso en el fondo de los ojos de Kate Winslet y Naomi Watts.

            Al final de la primera parte, la malvada líder de los chicos de azul, los Eruditos, aliada con los tontos líderes de los Intrépidos (los chavales saltarines) trataba de dar un golpe de estado, cargándose en masa a los chicos de gris, o Abnegados. La cosa les salía medio mal y cuatro niñatos, entre ellos la protagonista (esa que sabía hacer más de dos cosas y era una amenaza terrible para esta sociedad tan bien pensada) lograban huir en un tren.

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            Antes de seguir, y me temo que no voy a lograr ser muy ordenado en esta reseña, que alguien me aclare lo de los trenes. Salen de la ciudad y llegan a no sé dónde. Fíjense que, alrededor de la ciudad hay un muro, bueno, una valla mal puesta, que marca los límites más allá de los cuales en los mapas pone que hay dragones. ¿Puede que los trenes sirvan para avituallar a la población? Quizás, en una escena de “Insurgente” vemos mercancías en un tren. Y da la impresión de que la quinta facción, los Aburridos de naranja, granjeros pseudo hippies, vive en las afueras de la ciudad. Ahora bien, ¿quién conduce esos trenes? No se ve ni un ferroviario (aunque, por otra parte, los ferroviarios suelen ser criaturas espectrales en el cine). ¿Entonces, se controlan por control remoto? ¿El control de quién? ¿A qué facción, con sus bien definidas competencias, le corresponde que los trenes salgan a su hora? La pregunta tiene su interés, porque al parecer la gente sin facción, de la que ya hablaremos, usa esos trenes con habitualidad y se dedica a mangar provisiones de los mismos, sin que nadie le afee la conducta.

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            Ah, ya que hablamos de la Valla, es aún más absurda de lo que parecía. En el monólogo que la jefa Erudita nos lanza al principio se hace referencia al porqué del aislamiento. Tampoco con mucha claridad. Farfulla algo de sustancias tóxicas, nocivas, una especie de plaga o contaminación. Como sabe todo el mundo, las sustancias tóxicas, sean líquidas o gaseosas, así como los gérmenes, virus y demás criaturitas de este valle de lágrimas frenan en seco su avance ante unos palos clavados en la tierra. El respeto a las fronteras ajenas siempre ha sido una de sus características. A todo esto, yo andaba con la idea de que en “Divergente” nos habían hablado de unos fantasmales invasores, pero no me atrevo a asegurarlo, dado el estado de mi cerebro al acabar de verla.

            La Jefa Azul nos informa, además, que ha sido nombrada cabeza temporal del Consejo. Un momento, un momento. ¿Qué demonios es el Consejo? ¿Quién lo forma? ¿Viene a ser una especie de órgano inter faccioso, cuya inexistencia destaqué en su día? Entonces, ¿qué autoridad tiene? Recordarán ustedes que en “Divergente” se nos decía que los Abnegados gobernaban la ciudad. Cierto es que con gloriosa despreocupación no nos explicaban cómo se las arreglaban. Sin embargo, era su función: eran el Gobierno (no sé yo si esto tiene un tufillo a Ayn Rand). Los Grises, si no recuerdo mal, no fueron exterminados del todo. Luego, aunque su líder, Marcus, padre del maromo de la función, escapara con los niñatos, lo razonable sería que los Grises nombraran a otro y santas pascuas.

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            Ah, no, podrá alegar el lector sagaz. ¿Y la campaña de difamación contra los Grises que justificaría su asesinato en masa? No debió de tener mucho más éxito que el asesinato en sí. Porque la Jefa Azul culpa de las muertes de Grises a los Divergentes radicales, algo sin sentido si has logrado convencer a la ciudadanía de que los Grises eran el Mal y su eliminación era precisa.

               La nueva cabeza del Consejo establece la ley marcial. Ya ven. Resulta que hay ley marcial. Qué implica eso, ni idea, pero suena a principio de dictadura de la buena. Bajo la ley marcial, suele suceder que el Ejército asume funciones más propias de la Policía y los derechos individuales quedan restringidos, mientras dure el período de crisis. Ajá. A ver, ¿quién era aquí la Policía? Los Intrépidos. ¿Y el Ejército? También. ¿Les parece que una sociedad donde naces en una casta, te repiten en cada comida que la facción es lo primero, luego te hacen un test para ver dónde encajas, prescindir de su resultado y tomar una decisión irrevocable para el resto de tus días posee un elevado concepto de los derechos individuales? Pues eso. Que ni idea de lo que significa la ley marcial.

            Total, que tenemos a los Eruditos (o a su líder) presidiendo un órgano que no sabemos quién lo forma, ni para qué sirve, usurpando la función legítima de una facción del sistema que dice defender. Vale, eso al fin y al cabo era lo que buscaba en la primera película, sólo que previo borrado de la facción gobernante. Lo que no se explica es cómo las demás facciones (al menos, los de Blanco, que se supone defienden las leyes), se prestan al juego, contrario a las normas básicas que nos han expuesto en este universo. ¿Corrupción? ¡Ojalá! El, parece, jefe Blanco es más recto de un cartabón. Lo que no le impide saltarse la ley cuando quiere. Cuando le traen a los protagonistas enmanillados, parece ser, tiene que entregarlos al Consejo, para su juicio bajo la ley marcial. Sin embargo, el amorcito de la heroína le llora dos segundos y decide montarles un proceso según sus propias normas. O sea, desprecia al Consejo, lo cual tiene pinta de ilegal. O bien tiene autoridad para juzgar él mismo, así que no sé a qué viene el cuento de “niños traviesos, os voy a llevar ante el Consejo”. Hace falta mucho alcohol para sobrellevar esta película.

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           Aún no han pasado ni cinco minutos de Divergente cuando resulta que si los de negro entraron a sangre y fuego en la zona de los Grises era, en realidad, para recuperar en secreto un artefacto del cual nadie nos había dicho nada hasta ese momento. Los dos líderes Intrépidos, con gran sentido de la oportunidad, lo encuentran tirado entre los restos de la casa de los padres de la protagonista.

            Volveré sobre ese artefacto, que es de traca. Antes dejen que termine de recomponer esta nueva sociedad de facciones. Los jefazos de los Intrépidos eran aliados de la líder Azul en su plan de genocidio y toma de poder. Pero muchos de sus soldados actuaban bajo el influjo de una especie de droga. Por lo que nos cuentan ahora, luego hubo una escisión. Parte de los Intrépidos siguieron con sus líderes. Otra parte, no.

            Ahora supongamos que usted, aspirante a autócrata, se encuentra con que, al fallar su golpe de mano, tiene a la mayoría de las fuerzas armadas de su parte; un porcentaje, sin embargo, nada despreciable de gente entrenada para la lucha armada no es adicta a su régimen. Si no es capaz de convencerles de que se unan a usted, ¿qué es lo más lógico que puede hacer con ellos? La respuesta es obvia: dejar que anden tan tranquilos por la ciudad y así, cuando los rebeldes que suponen una amenaza para su sociedad (la vieja o la nueva, qué más da) entren paseando en sus dominios (paseando, en serio, entran paseando literalmente) puedan recibirles como un grupo de colegas que están haciendo botellón en el parque. Claro que, seamos justos, los Intrépidos disidentes no hacen nada más que tomar el sol hasta que llega la parejita insufrible.

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            Siguiendo con los Intrépidos, la idea de fondo de las cinco facciones era que cada una de ellas controlase un poder suficiente para destruir a las demás y así nadie lo haría. Una mutua destrucción asegurada que hubiera debido llevar a la ciudad a la ruina en treinta y seis horas. No obstante, aceptémosla un momento. Los Intrépidos son los de las pistolas. Bueno, pues en “Insurgente” no hacemos más que ver a tipos de uniforme azul (o sea, se supone que Eruditos) con pinta de saber pegar tiros. ¿Pueden ser los Intrépidos adictos a la Jefa Azul? Pueden serlo. En ese caso, ¿por qué no llevan sus propios colores? ¿No son ya una facción independiente? Insisto, ¿el Consejo de marras para qué sirve? Más complicado es explicar cómo los de Blanco (los juristas que dicen siempre lo primero que piensan) tienen también a armarios con ametralladoras. Da la impresión de que, de repente, aquí todo el mundo va con escopetas.

            Todo el mundo. Incluyendo a los descastados. Esto es bueno, prepárense. En mi intento por comprender “Divergente” me sorprendía que la ciudad dejara caer personas completamente válidas por un error de juventud. Ya saben, usted se cree Isaac Newton, resulta que era en realidad Zhúkov y se siente, pero queda usted excluido de la sociedad y condenado a vagar por las calles. No sólo era una estupidez de los Fundadores de este mundo. Era una tontería que los descastados no se unieran, al ser personas con capacidades normales o elevadas. Recuerden cómo nos los pintaban: vagabundos lobotomizados.

            Pues, epa, resulta que no. Que están organizados. ¿Fingían, astutos, estar medio tarados? No hay explicación. “Insurgente” desprecia con alegría a “Divergente” cuando no le conviene.

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            Con líder incluida, ojo: la mamá del maromo, en plan Vladimir Illich de tercera clase. Están armados, tienen gentes de todas las facciones y están cabreados con el sistema. Con razón. Deberían ser capaces de poner patas arriba todo en un fin de semana. Tengan esto presente: se enfrentan a los cerebros que mantienen el sistema de las facciones, con la estabilidad de un castillo de naipes; a enemigos a quienes ni siquiera se les ha ocurrido que puedan organizarse. Y que no les vigilan. Porque no vayan a creer que están ocultos en túneles subterráneos, en grutas, en el fondo del bosque. Qué va. Están en el extrarradio. Una furgoneta de los Intrépidos (se ve que tienen, no van a todas partes haciendo cabriolas) de patrulla se daría cuenta como mucho a la segunda vuelta.

            Si a eso vamos, los descastados estos son carroñeros. Rapiñan todo lo que pueden. Parecen capaces de rapiñar un montón. No sólo tienen cristalería para cenar: tienen tecnología lo bastante avanzada para desactivar la nueva arma de los Eruditos, un control mental remoto, en un pis-pas. Además de un arsenal. Uno, ingenuo, se pregunta: en una sociedad post-apocalíptica, autárquica, donde hasta el último guisante tiene que estar contabilizado, ¿nadie se dio cuenta de que un día faltaban dos vagones de trigo, otro día cuatro cajas de municiones y al tercero un cargamento de baterías?

            En fin. Pues no, los descastados no son capaces de cargarse este sistema de idiotas, porque ellos mismos también lo son. La jefa rebelde no insinúa ni una sombra de plan, salvo su interés en que el fruto de sus entrañas haga las veces de comandante en jefe de sus desarrapadas hordas. Según ella, están en inferioridad numérica y así no se puede ganar. Es bien sabido que todos los revolucionarios del mundo tuvieron siempre la superioridad numérica de su lado, en todo momento. En cualquier caso, teniendo en cuenta que los Grises no son lo que se diga el cuerpo de marines y los Aburridos tampoco parecen la Legión Extranjera; que los Intrépidos están divididos; y que, por lo que se vio en la primera película, los Eruditos tienen dificultad para desenfundar y no matarse en el proceso, yo diría que los descastados lo tiene fácil. Ojo, nadie pone nunca en cuestión el empleo de la violencia (¿Polémica sobre el uso de la violencia en la resolución de problemas sociales? ¿Qué es esto, una obra de ciencia-ficción?). Así que no son escrúpulos morales lo que les frena. No. Sencillamente, son tontos. La revolución, cuando sucede, se limita a unos cuantos descastados con armas entrando en la base de los Azules y diciendo hola, buenas, ahora ya mandamos nosotros, gracias.

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            A todo esto, ¿qué está haciendo nuestra pérfida cuasi dictadora? Tratando de abrir el Artefacto que le encontraron los jefes Intrépidos. ¿Qué hay en ese Artefacto? ¿Información tecnológica? ¿Una nueva fuente de energía? ¿Planos para un arma de la venganza hitleriana? Nada de eso. Un mensaje de los Fundadores que, espera, respaldará su política.

            Bien, aquí hay es lícito hacerse muchas, muchas preguntas. Para empezar ¿cómo sabía de la existencia del Artefacto? Ni idea. ¿Por qué lo tenían los padres de la cansina protagonista? Ni idea. ¿Cómo sabe la Jefa Azul que contiene un mensaje de los Fundadores? Ni idea. ¿Por qué cree que ese mensaje le va ser de utilidad? Recordemos que lo que está haciendo la Azul es cargarse el sistema de facciones. Está convirtiendo la ciudad en su cortijo particular, con ayuda de los chicos de las armas y ante la incomprensible pasividad de los Blancos y los Naranjas. Los Naranjas, bien es cierto, acogen a rebeldes en su seno, pero para ocultarlos, sin hacer más. Esto sólo puede implicar un rechazo de las políticas de línea dura de los Azules, no un desapego al sistema. Una vez más: esta gente controla la comida, si ellos quieren, la ciudad pasa hambre. Blancos y Naranjas, en principio, son pro sistema. El sistema creado por los Fundadores. Lo esperable de los Fundadores es un mensaje conservador. Si las previsiones de la Jefa Azul son correctas, ese famoso mensaje dirá que los Divergentes son una anomalía que hay que erradicar (algo que ya se estaba haciendo) y que el sistema de facciones funciona. Sistema que ella se está cargando. Es decir, que el mensaje debilitará su posición, no la reforzará.

            Posición que ella ya ha debilitado con sus tonterías de ametrallar en asaltos nocturnos a los Blancos para ponerles el chip de control mental y luego usar dicho control para provocar “suicidios” teledirigidos. Sólo entonces se ponen de verdad los Blancos del lado de los rebeldes (¡Hurra! ¡Una reacción con sentido!). Y todo eso para encontrar a los Divergentes ocultos (pues son inmunes al control mental) y llevarlos a su laboratorio, para ver quién es capaz de abrir el Artefacto. Porque esa es otra: para abrir el Artefacto es necesario un Divergente pata negra (ay, sí; entre los Divergentes hay clases y algunos son más Divergentes que otros, como en la Granja de los Animales). Lo cual podría levantar sospechas en una mente más perspicaz sobre el contenido del mensaje de marras. En cualquier caso, ¿no hubiera sido más sencillo ponerle el chip a todo el mundo y luego controlar las marionetas para erradicar a los Divergentes?

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            Cuando al fin logra la Divergente adecuada (la protagonista, desde luego), y el mensaje sale a la luz, la lógica se ahorca definitivamente. Resulta que los Fundadores dicen que los Divergentes son gente de bien. Que discriminarlos es un error. Que crearon el sistema de facciones como un experimento (¿un experimento para qué?), pero que ya pueden salir y reunirse con el resto de la Humanidad, que está más allá de la Valla. O sea, que la ciudad es un laberinto de ratas. ¿Con qué objeto? ¿Cómo lograron los Fundadores meter a tanta gente allí? ¿Por qué dejaron su mensaje oculto en ese Artefacto, sin saber cuándo iba a ser encontrado y abierto? ¿Cómo sabían que, cuando eso sucediera, si es que sucedía, iba a ser un buen momento para retomar el contacto con la Humanidad? Si fundaron el sistema de facciones, y el test y todas estas bazofias que nos hemos tragado, ¿por qué carajo dicen ahora que ser Divergente es estupendérrimo?

            Viendo lo visto, la consoladora respuesta es que los Fundadores son Estúpidos. Con mayúsculas.

            Santo cielo. No puedo esperar a la siguiente película. Necesitaré vaciar una destilaría escocesa para ella.

agosto 11, 2015

El observador reservado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:48 pm
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            Joshua Oppenheimer y su equipo llevan años rodando en Indonesia, escarbando en la montaña de versiones oficiales, tergiversaciones, exposiciones interesadas, que hay sobre lo ocurrido en 1965 en ese país. De esos años de trabajo han surgido, que yo sepa, dos documentales. “The act of killing” y “La mirada del silencio”.

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            Dado que tratan de una misma realidad histórica, es innegable la relación entre ambos. Ahora bien, son obras independientes y pueden verse por separado. Mi recomendación, no obstante, es que si van a ver “La mirada del silencio”, algo que les recomiendo, vean antes “The act of killing”. Porque este documental (del que hablé aquí) tiene un enfoque más amplio. Contextualiza, presenta el régimen que gobierna aún en Indonesia, explica, hasta donde puede, las matanzas perpetradas por paramilitares y gánsteres. Conociendo esto, lo que ocurre en “La mirada del silencio” cobra mayor sentido, se tienen herramientas para comprender mucho de lo que en ella se ve. Pues aquí pasamos de lo general a lo concreto, a una matanza particular.

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            Mientras que en “The act of killing” Oppenheimer era quien hacía las preguntas y su interés se centraba en los asesinos, aquí cede el protagonismo a una víctima. Un hombre cuyo hermano fue asesinado dos años antes de que él naciera. Un asesinato que redujo a un padre a una criatura hundida, ciega, casi sorda, un anciano al margen de la existencia, del pasado y del presente. Y a una madre que debía sacar adelante a la familia, en medio de los asesinos de su hijo, a un ser impasible, sostenida por un rencor sordo y una esperanza vengativa en una concepción castigadora de Dios.

            El protagonista es oftalmólogo y visita a sus entrevistados con sus gafas en la maleta. Les gradúa la vista y charla con ellos. No sé si es casualidad simbólica y ganas mías de buscar iconografías por todas partes. Pero, ¡qué apropiado! Un médico de la vista empeñado en enfocar correctamente la Historia, en no dejarse engañar por mentiras oficiales o llamamientos falsamente amables al olvido; en hacer ver a los demás. Me recordó al discurso que el protagonista de “Delitos y faltas” (de Woody Allen) suelta al principio de la película, cuando reflexiona si la imagen de los ojos de Dios no habría sido determinante en su elección de profesión como oftalmólogo.

            Resulta curioso. Al interrogar el protagonista a cinco personas directa o indirectamente relacionadas con el homicidio de su hermano (uno de los ejecutores, el comandante del grupo paramilitar en la zona, un político local, otro verdugo, su propio tío, la familia de otro de los ejecutores, ya fallecido), no encuentra en ninguno asunción de responsabilidad. Entre los tres asesinos de “The act of killing” no había escurrimiento de bulto, todos aceptaban lo que habían hecho. Uno de manera simple, otro de manera fríamente arrogante, un tercero cada más dubitativo. Aquí, en cambio, no.

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            El ejecutor se niega a seguir hablando cuando las preguntas se vuelven demasiado directas. El comandante niega ser responsable (había mandos superiores) y pasa a ser interrogador, tratando de sacar información personal al preguntón que tiene delante, con unas ansias de represalias obvias. El político, blando, apacible, amenazador, recomienda olvidar, no sea que de tanto preguntar se repitan las carnicerías. El tío del oculista asegura que él era un mero vigilante de prisioneros y que lo que hicieran con ellos otros no es culpa suya. La familia del verdugo muerto niega conocimiento de nada y, cuando se les presentan pruebas de la participación de su marido y padre en las masacres, y de que ellos bien lo sabían, se exasperan, quieren cortar la conversación, piden unas muy falsas excusas.

            De todos ellos sólo una persona, la hija de un asesino, ya senil, se siente conmovida. Al principio, admite saber lo que hacía su padre. En fin, exterminó a los enemigos de la sociedad, un héroe, al fin y al cabo. Sin embargo, al tomar conciencia de que se encuentra ante el hermano de un asesinado, algo cambia. Siendo todos los indonesios que aparecen muy dueños de sus emociones, la suya es la única reacción que me creí entre estos entrevistados, la única que pide perdón con sinceridad, en nombre de su padre ido. La única a la que el protagonista, tan sereno normalmente, abraza en la despedida.

            Y es que este buscador de respuestas es una excepción en la película. Indaga sobre lo ocurrido. No obstante, al contrario que su madre u otra víctima, quien escapó casi de milagro de los cuchillos, no hay en él resentimiento. No reza por el castigo de los perpetradores. Ni siquiera cuando, en soledad, ve las grabaciones de Oppenheimer en las que los verdugos (ahí sí) reconocen sin rebozo lo que hicieron, lo explican con detalle, lo reconstruyen, regodeándose, sonrientes. En su rostro se trasluce el dolor, pero no el odio. Esa serenidad severa, creo yo, es lo que descoloca a sus entrevistados. En especial a su tío, que sonríe cada vez más tenso ante la imperturbable, entristecida, decepcionada mirada de su sobrino.

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            Es lícito preguntar: ¿qué busca el protagonista en su viaje? No lo sé. Tengo la sensación que busca el fondo de lo ocurrido a su hermano, el fondo del alma de los verdugos, para entenderles, para que ellos entiendan el dolor que han causado. Porque sólo de este modo, en ese mutuo, terrible, doloroso entendimiento, puede darse un inicio de arrepentimiento. Primero el examen de conciencia, luego la petición de perdón, al final la reconciliación. Quizás el oculista esté de acuerdo con la frase de Graham Greene: Si conociésemos el último porqué, tendríamos compasión de las estrellas.

            Largometraje más contenido, más sencillo en las formas que “The act of killing”, sin sus escenas delirantes, grotescas que tanto impactaban, “La mirada del silencio” es una obra pausada, limpia, costumbrista. El Mal examinado en uno de sus actos concretos, sin aspavientos, sin dramatismos. A su manera, otro documental sobrecogedor.

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