Con un vaso de whisky

septiembre 24, 2012

El Río

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:03 pm
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            La Noche del Cazador es una de las películas que procuro ver una vez al año. Tengo varios motivos. Uno (el más cultureta y digno de que se me lance a la cara atado a un ladrillo), que es la única película dirigida por Charles Laugthon, uno de los más grandes actores de la Historia, quien demostró ser un gran director- pese a que público y crítica le hicieran trizas precisamente por esta película. Este motivo no es el principal. El principal es que la película es una maravilla (yo sólo le pongo un pero, Rally Jean Bruce, o sea, Pearl; odio a Pearl).

            Basada en una notable novela de Davis Grubb, la película es sobresaliente. Una peculiar historia, un cuento con sus niños en peligro, su tesoro, su ogro y su hada madrina… pero ambientado en plena Gran Depresión, terriblemente cruda en lo que al hambre, el paro y la desesperación se refiere. La magnífica fotografía en blanco y negro (La Noche del Cazador jamás funcionaría en color) y el uso de la música logran dar en los momentos adecuados un aire de irrealidad, onírico, pesadillesco, que alejan de manera irremediable (y acertada) a la película del género realista.

            La secuencia más memorable en este sentido, la que más se adentra en un mundo de ensueño, es la del río. John y Pearl, los huérfanos protagonistas, huyen de su padrastro, el Reverendo Harry Powell (¡Robert Mitchum! ¡Robert Mitchum! ¡Robert Mitchum!), uno de los villanos más villanos de la Historia de la Literatura y el Cine, quien se merece un artículo para él solito. Esquivándole por poco, se meten en la vieja barca de su padre muerto y, arrastrados por la corriente, se alejan del pueblo, hacia la noche. Este viaje les llevará, al fin, a encontrar a la Señorita Cooper, su casa llena de niños abandonados, su nuevo hogar.

            Lauthon coge una digna parte de la novela de Grubb y la convierte en nueve minutos mágicos. Vaya, vean la secuencia y luego la comentamos un poco.

            Toda ella me encanta, pero hay detalles que sencillamente me entusiasman. Empezando por el principio, la aparición de Powell, como una sombra gigantesca en la noche que luego se lanza entre los matorrales, dando saltos… la naturaleza bestial del Reverendo, por debajo de su máscara, se muestra aquí, su papel de ogro, en este cuento. El grito de frustración que nace en su garganta al ver a los niños alejarse fuera de su alcance, hasta convertirse en un aullido inhumano, es ya el recopetín.

            Pearl logra a continuación su único momento de bien, al cantar esa nana dulce a su muñeca, sobre una mosca, su esposa y sus hijos, mientras el agotado John duerme al fin. Acunados por el balanceo de la barca, por las notas de la música, los niños entran en un mundo de fábula, con la telaraña (más teatral y menos real, imposible), las semillas al viento, las ranas croantes, que por el día serán relevados por los conejos y la vieja tortuga. Ni siquiera la escena de la agobiada señora dando patatas a los niños hambrientos logra arrancarnos del todo del mundo nocturno. Y la huida de cuento está reforzada porque sabemos que el Cazador no ha desistido y, a caballo, registra el curso del río.

            Llegamos a mi momento preferido, el final. Esa casa y ese granero, recortándose como sombras chinescas sobre un irreal fondo luminoso. Esa jaula con su pájaro. Esa voz femenina, que no sabemos de dónde sale ni de quién es. Esa canción de cuna, que hemos escuchado en los créditos iniciales, y que ahora acogen a los pobres fugitivos. Es un momento de paz melancólica, un oasis de tranquilidad sobre todo para John, quien ha cargado sobre sus hombros un mundo desde el inicio de la obra. Tan cansado que no puede dormir, contempla la tierra bajo la luna, desde el pajar.

            ¡Y entonces! Ladra un perro, rompiendo la paz. Justo después, se escucha un canto apagado por la distancia. Leaning, leaning, safe and secure from all alarms! Leaning, leaning, leaning on the everlasting arms! John busca con ojos despavoridos, hasta que, de repente, lo ve: un jinete negro, cabalgando lejos, pero demasiado cerca, infectando con su presencia aquel remanso de calma. John dice las palabras que dan al Reverendo su máximo momento de poder: ¿Es que él no duerme nunca? El ogro de la casa y el río, se ha convertido en un espectro, un espíritu tétrico, implacable, incansable, invencible.

            John no lo sabe aún, pero su lucha con el Cazador va a entrar en su tramo final. Ya no estará solo. Pero de eso, hablaremos otro día.

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septiembre 16, 2012

La Torre de los Locos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:08 pm
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            Las comparaciones son odiosas, es bien sabido. Muchas veces, también es sabido, inevitables. El señor Andrzej Sapkowski, pienso yo, ha de ser bastante consciente de que, tras su triunfo (literario, sobre todo, por encima de todo) con la saga de Don Geralt de Rivia, cualquier escrito posterior suyo tendrá que enfrentarse al fantasma del Lobo Blanco. Es injusto, lo sé. Admito que soy culpable de esa injusticia.

            No me gusta demasiado comentar una saga antes de haberla terminado. Cuando lo hago, dejo en suspenso cualquier juicio, por parcial e incompleto. Así que, aplíquese esta regla a cuanto diga en esta reseña. Porque Las guerras husitas tiene por delante aún dos volúmenes. Aunque es cierto que el primero, Narrenturm es casi tan largo como todas las andanzas de Geralt y los suyos.

       Año 1420, Silesia, región encajada entre los reinos y principados alemanes, polacos y bohemios. Los husitas, seguidores del hereje Jan Hus, han logrado extender su doctrina por esta y otras regiones: muchos pobres, aldeanos, desheredados de la sociedad, la aceptan con los brazos abiertos. Los señores se oponen a ellos o les apoyan, según sus propios intereses. El Papado clama por una nueva cruzada que los borre de la faz de la tierra. La guerra asola Centroeuropa.

            Reinmar de Bielau, un joven médico educado en Praga, comete el error de encamarse con una hermosa noble emparentada con la poderosa familia de los Sterz. Comete el segundo error de estar enamorado de ella. Cuando el adulterio es descubierto, al bachiller estudioso de la alquimia y admirador de los trovadores no le queda más remedio que huir, perseguido por asesinos a sueldo, huida en la que irá encontrándose con los más variados individuos y metiéndose hasta el cuello en la cruel guerra europea.

            Lo dije en su momento y lo digo ahora: Sapkowski es un gran escritor. Tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Tiene, sobre todo, puntos fuertes. Un gran dominio del lenguaje, la capacidad de hacer hablar de manera diferente a los personajes, de usar vulgarismos donde deben usarse, inteligencia, mordacidad, rechazo del maniqueísmo, fluidez y talento para la narración. Es de los escritores que saben enganchar al lector.

            Las virtudes de Narrenturm, son, así, en buena medida, las virtudes de la saga de Geralt. Pero tiene sus fallos y un par más. Su principal fallo, en mi opinión y por ahora, es el desdibujamiento de los antagonistas. Con Sapkowski nunca está claro del todo quiénes son los más villanos (es lo que tiene moverse en los grises). En estas guerras husitas pueden serlo tanto los agentes del Santo Oficio, los ambiciosos nobles de Silesia, los despiadados líderes de la rebelión, la familia Sterz (la escena donde Sapkoswki nos revela quién es la verdadera cabeza de la familia es estupenda) o el misterioso Treparriscos y sus secuaces (a día de hoy, son quienes tienen más papeletas). Pero ninguno posee una personalidad lo bastante poderosa como para alcanzar el grado de Antagonista Como Dios Manda.

            Porque hay protagonistas, eso sí. Y, ay, aquí es donde la comparación se hace particularmente odiosa. Por mucho que lo intenté, no pude evitarlo: a cada instante, en cada posada, en cada recodo del camino, esperaba que hubiera un bardo de insolentes maneras y vistoso sombrero metido en un lío, una pelirroja hechicera alegre y de armas tomar, o una hechicera de melena oscura, que oliese a lilas y grosella, de aún más armas tomar, una niña de cabellos cenicientos, intrépida y endurecida, o un taciturno brujo en busca de un nuevo encargo.

            Ya sabía que no, pero no pude evitarlo. Porque el protagonista de esta nueva saga no han logrado seducirme. No, ciertamente no, el joven Reinmar de Bielau (Reynevan para los amigos). Este bachiller con la cabeza llena de romances, y poca astucia, tal vez se convierta en alguien digno. Es el lastre de las historias de iniciación, que hay que aguantar al héroe mientras se va formando. Los héroes en formación me cargan mucho, y sólo los tolero si están compensados por secundarios que merecerían ser principales y dignos malvados de diverso rango.

            Los malvados aún flojean, pero los secundarios de respeto son uno de esos puntos fuertes de Sapkowsi. Tan es así que en ocasiones dan el salto y se convierten efectivamente en principales (es el caso de Ciri). Para mí no fue el menor de los méritos de la saga de Geralt que el propio Don Geralt pareciera más el secundario de otra obra (que hubiera sido menor), ascendido de categoría por méritos propios.

            Sapkowski encaja a Reynevan entre dos individuos que se toman su tiempo en aparecer, pero que, cuando al fin lo hacen, elevan la calidad. Scharley y Sansón Mieles están obligados a permanecer un paso por detrás (misterios de la trama: no sabemos quién es Scharley, por qué estaba donde estaba cuando le encontramos, ni sabemos quién, o hasta qué, es Sansón), pero lo compensan sencillamente estando.

            La inventiva, astucia, sarcasmo, y escepticismo de Scharley, junto a la amabilidad, erudición y dignidad de Mieles los convierten en justificación de Reynevan. Si estos dos individuos terminan forjando una verdadera amistad con el joven médico (pese a los rapapolvos, broncas, insultos y maldiciones que Scharley descarga, siempre con razón, sobre él), démosle una oportunidad La tercera secundaria con visos de ser importante, Nicoletta, ha dado indicios de ser una mujer de Sapkoswki, de las que saben defenderse y merecen la pena, no una lánguida damisela cansina. Con todo, sus apariciones han sido hasta ahora demasiado escasas y su relación con Reynevan (¿qué relación? pues esa, sí, me temo) es de lo más débil que hay en este primer volumen.

            Esta es una novela que tiene lugar en nuestro mundo, en nuestra Historia. No es una tierra ajena, o fantástica. Pero Sapkowski no escribe una novela histórica, ni mucho menos una novela realista. Hay fuerzas ocultas, criaturas que se agazapan en el bosque, hay ciencia y hay superstición, sí, pero también hay magia y fuerzas que desconocemos. Todo ello usado con gran maestría, con cuidado al principio, hasta que vemos a las claras que en esta Baja Edad Media hay auténtica hechicería, mucha menos de la que creen los parroquianos de las tabernas, mucha más de la que creen los sabios.

            Las comparaciones son odiosas. Las guerras husitas pueden ser una gran saga de aventuras o quedarse en un meritorio intento, aún no lo sé. Sea como sea, será por sus propias fortalezas y flaquezas. No por las Gwynnbleid, por mucho que le echemos de menos.

septiembre 10, 2012

Pero eso es otra historia

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:40 pm
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            Uno de mis lugares inexistentes favoritos es el París de Irma la Dulce. Ese pequeño barrio levantado de la nada, un decorado precioso, francés irreal… Debe ser una sensación un tanto deprimente viajar al auténtico París y comprobar de primera mano que no está, que no es. Así que volveremos a la película, buscando consuelo.

            Billy Wilder es uno de los Enormes del Cine. Se metió con maestría tanto en el drama como en la comedia, mezclándolos con la habilidad de un alquimista cuando lo consideró oportuno. Aunque no es mi predilecta, Irma la Dulce es una de sus obras cómicas mayúsculas. Vean esta primera parte (si quien hubiera troceado la película lo hubiera hecho con un poco más de sentido común, tendría un minuto y medio más):

            Empieza ya con fuerza, con una breve escena muda (Wilder y su colega I.A.L. Diamond sabían usar los diálogos y los silencios como nadie), en la que un cliente está seleccionando chica. Y se queda con Shirley Maclaine, o sea, con Irma. Otras consideraciones aparte, ¿quién podría criticarle por eso? Maclaine nunca ha estado más guapa en una película, ni siquiera en El apartamento, y eso es mucho decir. Los créditos de inicio intercalan pequeños diálogos donde la astuta Irma sangra a sus clientes, explotando su hipocresía, su sentido de culpabilidad.

            Y luego, la presentación del barrio, de sus habitantes y de su lógica. Es una secuencia en la que, además de entrarme siempre un hambre terrible, me olvido por unos minutos que ese París ni existe ni probablemente existió nunca. Se remata con una de las mejores frases de la comedia, una vez que el Orden Universal e Inmutable de las Cosas ha quedado establecido por el narrador: “Y, entonces, un día, el desastre: ¡un policía honrado!” ¡Nestor Patou entra en escena, Jack Lemmon con todos ustedes!

            Lemmon y Maclaine cargan sobre ellos buena parte del peso de la película. Son ambos dos actores soberbios. Irma cambia poco a lo largo de la película, y eso está bien, porque es encantadora, fuerte y divertida desde el principio; Nestor pasa de gendarme pazguato y envarado a chulo respetado, seguro de sí mismo y emparejado con Irma, hasta convertirse en amante celoso… con celos de un falso cliente que él mismo ha inventado, el estupendo Lord X, la mayor amalgama de tópicos británicos ridículos jamás vista en una pantalla.

            Esto es una comedia, no un tratado de sociología, pero la relación de los chulos y sus putas, en especial la de Nestor e Irma, es más sarcástica de lo que parece a primera vista. Los chulos tienen a las chicas en una mano, y las tratan en ocasiones con brutalidad (en especial Hypolitte, el tipo más flojo de la película), mientras reciben buena parte del dinero. Pero que el chulo vista bien o mal, con anillos de brillantes, corbatas de seda, tenga un buen coche y una buena casa… todo eso depende de su puta, que es la proveedora. Y si lo consigue, ella está orgullosa, porque cumple con lo que se espera de ella. Cuando Nestor sugiere que podría buscar un trabajo, Irma rompe a llorar, humillada. La mujer mantiene a su hombre y no quiere oír hablar de un hombre trabajador. ¿No les parece que ese esquema se parece al del matrimonio durante muchas generaciones, con un pequeño cambio? Al final, Nestor será el proveedor de Irma en su nueva vida, pero no habrá muchos más cambios en su relación.

            Si alguien se escandaliza ante la sugerencia de una comparación entre la prostitución y el matrimonio, debería irse a tomar una copa donde Moustache, a charlar un poco con él. Es el gran secundario de la película, y uno de los mejores de Wilder y Diamond. Es también un personaje que me produce sentimientos encontrados. Lou Jacobi hace un trabajo fenomenal con él… pero es que Charles Laugthon lo hubiera interpretado si la Muerte no se hubiese entrometido. Y Laugthon… Laugthon es sagrado.

            Pero, en fin, melancolías mías aparte, Moustache es uno de los más divertidos personajes de la obra, a quien se le reservan diálogos estupendos y soliloquios redondos. Quizás el mejor de ellos sea el primero que pronuncia, exponiendo ante un estupefacto Patou la importancia de la prostitución para el tejido socioeconómico. Ah, sus continuas referencias a sus oficios pasados son cada vez más fantásticas, finalizando con el inevitable “pero eso es otra historia”… Cada uno opinará lo que quiera, pero yo prefiero creer que Moustache tuvo todas esas vidas.

            El guión funciona como una máquina: acelera al principio, pero no alcanza su verdadera velocidad hasta la mitad de la película. Es entonces cuando los distintos gags y escenas han puesto cada cosa en su sitio y todo se une al servicio de la historia de amor desesperado de Nestor hacia Irma. Patou no soporta que su adorada Irma esté con otros hombres, inventa un cliente rico que jamás le pondrá un dedo encima y, para poder pagar a Irma, se desloma en secreto trabajando en todos los puestos que puede, logrando así alejarse cada vez más y más de ella, quien ve con mejores ojos a día que pasa al bonachón lord X. Hasta que Nestor termina planificando la muerte de su propio personaje e investigado por la policía por su desaparición.

            Sin muchas dificultades podría convertirse este absurdo genial en una comedia negrísima, terrible. Siempre me he preguntado cómo resultaría. Wilder podía haber logrado sin dificultades transformar la amable y disparatada comedia inicial en una broma macabra. No lo hizo. La película deja una sonrisa alegre en el espectador durante sus buenos diez minutos después de haber terminado; el humor no destructivo reina de principio a fin, en uno de los finales más desconcertantes del gran Billy.

            Siempre nos quedará este París, aunque no exista.

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