Con un vaso de whisky

junio 29, 2012

Palabras de Cohélet

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:29 pm
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            Cohélet, hijo de David, rey de Jerusalén, es la identidad bajo la cual se nos presenta el autor de uno de los más breves libros de la Biblia, el Eclesiastés. En realidad, los estudiosos andan divididos acerca del padre de esta obra; lo único en que coinciden es en negar la verdad de esta firma. En general, se rechaza hoy día que el hijo de David, es decir, Salomón (“Cohélet”, qahal, significa Maestro o Predicador; “Eclesiastés”, ekklêsia, es su traducción al griego), sea el autor y se sospecha más bien que el desconocido pensador usó el nombre del Rey Sabio para que sus sentencias y reflexiones tuvieran mejor acogida. Una usurpación de identidad en toda regla, vamos; vendría a ser como si hoy un becario de la Facultad de Arriba Hollywood crea una genialidad y para poder publicarlo se hace pasar por catedrático de Yale.

            El libro está estructurado en dos partes, y termina con un escueto epílogo, sin duda escrito por un discípulo de Cohélet, que se limita a alabarle. Resulta complicado leer este texto, ya que, como ocurre en otros libros sapienciales antiguos, el autor divaga, en un compendio de variaciones alrededor de una idea central. Estamos ante un conjunto de aforismos, meditaciones, intuiciones y razonamientos, quizás anotados a medida que iban surgiendo y sistematizados luego.

            Esta falta de unidad es el origen de la gran discusión entre los intérpretes. Hay dos sectores enfrentados: los que consideran que una sola mano escribió todo el texto, con cambios de opinión y matizándose constantemente, y los que ven añadidos posteriores, suavizando el original con invitaciones a la vida, a la alegría, a los placeres terrenales.

            Y es que, aún más sin esos fragmentos que salpican el texto, de forma un tanto incongruente, el Eclesiastés es el libro nihilista por excelencia de la Biblia, implacable, áspero, escéptico, en ocasiones amargamente burlón. Empieza con un prólogo tremendo, que exige ser citado entero:

            ¡Vanidad de vanidades!- dice Cohélet-, ¡vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene; pero la tierra permanece donde está. Sale el sol, se pone el sol; corre hacia su lugar y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira al norte; gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. Todas las cosas cansan. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír. Lo que fue, eso será/ lo que se hizo, eso se hará/ Nada nuevo hay bajo el sol. Si de algo se dice: “Mira, eso sí que es nuevo”, aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los antiguos, como tampoco de los venideros quedará memoria entre los que vendrán después.

            Si se ha leído de modo atento este comienzo, bien puede uno temblar, más todavía al situarlo en un contexto religioso. Si algún teólogo escribiera hoy más o menos estas palabras, se le acusaría de existencialismo, de nihilismo y de ateísmo (y, quizás, de impuntualidad).

            Con este preámbulo, el autor resume el tema de toda la obra y lo ejemplifica con un ataque. El tema, el sin sentido, el absurdo de la existencia, de toda existencia, incluida la humana. El ataque, la descripción del eterno retorno de las estaciones, el frío y repetitivo devenir cósmico, el cual produce hastío en el autor. Mientras que otros libros religiosos, en la Biblia y fuera de ella, ante el Universo, se lanzan a una exaltación de Dios y lo presentan como prueba irrefutable de Su grandeza, misericordia y gloria, Cohélet bosteza desdeñosamente y no ve en el mundo más que motivo de asco.

            La última frase del prólogo es decisiva. ¿De dónde procede el pesimismo radical, sin tregua ni excepción, del autor original? De donde siempre ha venido: de la certeza de la muerte. Ante el triunfo de la muerte, ante esa igualadora, que a todos llega, Cohélet no encuentra refugio. Todo el resto del Eclesiastés es una reflexión tras otra bajo la sombra de la muerte. Ni siquiera los comentarios posteriores, que del nihilismo negativo descarnado pasan a cierto epicureismo, logran librarse de ella.

            Y eso que Cohélet lo intenta con toda su alma. Consciente de su inteligencia y sabiduría, con el ánimo de un estudioso, decide someter a la vida a análisis y comprobar si se puede alcanzar la felicidad. Su conclusión ya la conocemos: todo es vanidad y atrapar vientos. Su inteligencia no le trae felicidad alguna, pues donde abunda sabiduría, abundan penas,/ quien acumula ciencia, acumula dolor.

            Así que nuestro investigador principia por el placer. No se priva de nada, ni de lujos, ni de comida y bebida. Junto al placer explora la riqueza, el poder y la gloria: levanta castillos y monumentos, amasa riquezas, posee esclavos (y esclavas), conquista territorios. Es un triunfador. Resultado: consideré entonces todas las obras de mis manos y lo mucho que me fatigué haciéndolas, y vi que todo es vanidad y atrapar vientos y que ningún provecho se saca bajo el sol.

            Eliminados el placer y el poder como fuente de la felicidad (con esto ya ha dejado a buena parte de la humanidad desconsolada), Cohélet se dirige hacia la sabiduría. Cuidado con la palabra. Porque sabiduría, en el Antiguo Testamento, suele tener dos significados contrapuestos.

            Por un lado, la sabiduría humana, citada bien para alabarla bien para criticarla: aquí tenemos el intelecto del hombre, las ciencias, la filosofía, la teología, las leyes y pensamientos humanos. De otro lado, la sabiduría divina, por la que los autores bíblicos suspiran, el conocimiento de Dios, de Sus senderos, de Su voluntad. Ésta segunda acepción es la que siempre nos presentan como único camino hacia la auténtica felicidad. Y que sigue presentándose en tratados, encíclicas y reuniones varias.

            Bueno, pues Cohélet no discrimina entre las dos especies y trata a la sabiduría de modo uniforme. Admite que la sabiduría es un bien en sí mismo, que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas. Suspiro de alivio. Demasiado pronto, porque añade: pero también sé que la misma suerte alcanza a ambos. Una vez más, se llega a la desoladora conclusión: entonces me dije: Como la suerte del necio será la mía, ¿para qué sirve mi sabiduría? Y pensé que hasta eso mismo es vanidad.

            El razonamiento es cruel, pero atinado. Con su método despiadado, Cohélet ha rechazado todas las salidas que el hombre se ha dado para justificar su existencia en el mundo. Ni el placer, ni el poder, ni la sabiduría tienen mayor relevancia ante la muerte y el olvido que nos aguarda. Nietzsche era mucho más amable: para él la existencia tenía razón de ser, entre otras, como experiencia estética. El escritor hebreo no nos deja ni esa salida: Entonces, ¿qué le queda al hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol? Pues todos sus días son dolorosos y su oficio es penoso; y ni aun de noche descansa su mente. También esto es vanidad.

            Hay en estas palabras bastantes similitudes con ciertos pasajes de los discursos de Job, que comenté en otros artículos. Paralelismos que aumentan más adelante, al constatar Cohélet las injusticias sociales de su época. Hoy podría decir exactamente lo mismo: vi llorar a los oprimidos sin que nadie les consolase. Como Job en el momento de su desesperación, nuestro nihilista felicita a los muertos y aún más a los que no han nacido, ya que se han librado de ver las barbaridades que se cometen bajo el sol.

            Sin embargo, pese a las semejanzas que existen, tanto a la hora de constatar el triunfo de los faltos de escrúpulos como el dolor de la vida humana, hay una diferencia sustancial entre Job y Cohélet. Job es un hombre inocente que sufre, contra lo que su hasta entonces concepción del mundo predicaba. Ante el desfase entre realidad y dogma religioso, se revuelve, exigiendo justicia. Es un luchador, un crítico exasperado, un hombre moral que ve derrumbarse la moral y que se queja por ello. Job es dramático, vivo, es una explosión de vitalismo atormentado.

            Cohélet es, por el contrario, gélido. No hay en él ni una gota de indignación. Se limita a dar cuenta de lo que observa, tranquilo, equilibrado, duro. Contempla un mundo en orden, mecánico, sin alma, en el que nadie tiene importancia, ante el eterno retorno. El capítulo 3, versículos 1 a 8, (que se reproducen en la famosa canción Turn, turn, turn y que les pongo para que comparen: hay unos ligeros cambios en la letra, y la música, que me encanta, no le pega, la verdad) es muestra suficiente de su estilo helado, indiferente:

            Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo:/ Su tiempo el nacer/ y su tiempo el morir;/ su tiempo el plantar/ y su tiempo el arrancar lo plantado./ Su tiempo el matar/ y su tiempo el sanar;/ su tiempo el destruir/ y su tiempo el edificar./ Su tiempo el llorar/ y su tiempo el reír;/ su tiempo el lamentarse/ y su tiempo el danzar./ Su tiempo el lanzar piedras/ y su tiempo el recogerlas;/ su tiempo el abrazarse/ y su tiempo el separarse./ Su tiempo el buscar/ y su tiempo el perder;/ su tiempo el guardar/ y su tiempo el tirar./ Su tiempo el rasgar/ y su tiempo el coser;/ su tiempo el callar/ y su tiempo el hablar./ Su tiempo el amar/ y su tiempo el odiar;/ su tiempo la guerra/ y su tiempo la paz.

            Leído en voz alta, hay un ruido de fondo, el tic-tac de un reloj, preciso, exacto. No hay en la vida y la muerte, en lo que acontece durante la existencia, nada moral. Todo tiene su razón de ser en el orden y cumple su función. Somos engranajes de una maquinaria. Tic-tac. Vivimos y morimos y es como si nunca hubiésemos vivido. No es extraño que se añadieran de vez en cuando consejos de esta clase para evitar depresiones: no hay mayor felicidad para el hombre que comer y beber y disfrutar en medio de sus fatigas. Pero, como ya he dicho, hasta en estos aforismos más amables se filtra la desesperanza impasible del original.

            Durante la segunda parte, Cohélet insiste en sus ideas principales, entre reflexiones aisladas sobre la vida social, pero también realiza una defensa de la sabiduría que parece pertenecer más a un escrito como los Proverbios que a este tratado del No Ser. Sin embargo, no es un alegato muy fervoroso: a cada paso nos recuerda las limitaciones del conocimiento humano. Sin olvidar que, al final, siempre está la muerte: los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria.

            Cohélet cierra su sombría obra con un discurso a la juventud, con el carpe diem como tema secundario. Disfruta, muchacho, de tu juventud, pásalo bien en tu mocedad. No hay aquí nada incoherente con el tono general. ¿Por qué pasarlo bien ahora? Porque la vida es breve, así que hay que aprovecharla. Antes de que se rompa la hebra de plata,/ y se quiebre la copa de oro,/ y se haga añicos el cántaro en la fuente,/ y se deslice la polea en el pozo,/ y vuelva el polvo a la tierra, a lo que fue,/ y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio./ ¡Vanidad de vanidades!- dice Cohélet- ¡todo es vanidad!

            ¿Por qué leer el Eclesiastés? Es un libro que siempre me ha atraído, por su peculiar pesimismo. Frente a los lectores de mirada estrecha, que ven a la Biblia como un todo uniforme, los lectores auténticos, sean o no creyentes, pero con sensibilidad estética y cultural, encuentran en ella una multitud de voces, de mentes que buscan a Dios, cada cual a su modo, cada una por caminos muy distintos (algunos, en fin, no muy recomendables).

            Dios, es cierto, apenas aparece en el Eclesiastés. Las interpretaciones más piadosas invitan a leerlo como un llamamiento a desprenderse de los oropeles y supuestos éxitos mundanos, a no caer en el error de dar una importancia desmedida a la gloria, al poder o al dinero. Dios se sobreentiende, dicen, todo el libro llama a fijar los ojos en Él (desde la mística, desde la acción, desde ambas).

            La visión más oscura, que es la más cercana, creo yo, al verdadero espíritu de la obra, me revela más bien a un hombre religioso (o no) sin ninguna seguridad. Si lo pensamos bien, es una fe (si la tiene) casi heroica la de este autor, que en ningún momento reniega de Dios. Pero tampoco puede renegar de su inteligencia, ni de su reflexión. Y sus reflexiones descubren un mundo hostil, cruel, lleno de dolor.

            El autor de Job, ante el mismo mundo, se rebela y destruye una falsa concepción de Dios, aunque no es capaz de entregarnos otra. Cohélet parece moverse en ese vacío. Dios quizás está ahí, pero no se sabe muy bien dónde. Y ante Su silencio, hay que tratar de entender el mundo con nuestras fuerzas. El desolador resultado admite dos respuestas: o negar a Dios o seguir escudriñando la negrura.

            ¿Por qué leer a Cohélet? Su amarga reflexión no es precisamente consoladora; no obstante, puede ser fuente de gran ayuda en los momentos de desolación (whisky a mano). Porque no se puede contemplar con menos dulzura la vida y, aún así, hay un esfuerzo sincero por comprenderla, por tratar de entenderla.

            Tal vez, como dijo San Pablo, ahora no vemos claro, pero entonces veremos cara a cara. O tal vez sean falsas esperanzas, vanidad y atrapar vientos. Quién sabe.

junio 20, 2012

Monsieur Vergès

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:15 pm
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            Jacques Vergès, uno de los más grandes abogados vivos, tal vez uno de los más grandes abogados de la Historia, es, además, una de las figuras dignas de atención para el historiador y para el aficionado a la psicología. No oculto que, de tener los medios y la capacidad suficiente, me entusiasmaría la idea de escribir una biografía sobre él. ¡Qué diablos! Me hubiera encantado haberlo tenido de profesor. Creo que cualquier estudiante aprendería en seis meses a su lado, más que en cinco años de licenciatura. Y, sin embargo, es un individuo poco conocido, al menos, en España. Porque en Francia, en Argelia, en el Oriente Medio, en Asia… ah, sí, ahí es muy conocido.

            Recuerdo vagamente la primera vez que le vi, en televisión. Irak estaba en el centro de la polémica, el ejército norteamericano ocupaba con toda su fuerza el territorio, enfrentándose a grupos más o menos organizados, algunos nacionales, otros extranjeros. Saddam Husseisn, el viejo dictador, había sido capturado, y se preparaba un proceso, contra él y otras relevantes figuras del régimen caído. Varios abogados se presentaron voluntarios para defenderle y, aunque creo recordar que fueron finalmente abogados iraquíes los que actuaron, los extranjeros se convirtieron en una suerte de consejeros.

            Vergès estaba entre ellos. Escuché parte de una entrevista, en su despacho, fumando uno de sus inseparables puros, respondiendo con cortesía a las preguntas tópicas del periodista. Más tarde, leí unas cuantas entrevistas suyas más, en prensa. En ellas se repetían dos temas fundamentales: el tan manido de la posición del abogado defensor (una de sus tajantes respuestas decía, más o menos, “el abogado que no quiere tratar con culpables es como el médico que no quiere tratar con enfermos”) y la biografía de Vergès, en concreto casi una década de misteriosa desaparición, donde sólo él, y unos pocos más, desconocidos, saben dónde estuvo y haciendo qué. Vergès ha confesado que le produce un enorme placer ser capaz de guardar ese secreto en esta era de información obsesiva.

            El hombre me intrigó. Era sutil e inteligente. Había, además, un aura de intriga a su alrededor. Indagué un poco, en busca de los libros que de él hablaban o que él había escrito. Pocos, muy pocos, editados en España. Y, de todos, sólo logré encontrar uno: Estrategia judicial en procesos políticos. No era lo que me esperaba: creía que iba a encontrar un tratado teórico, abstracto, de Derecho. Me encontré con un breve ensayo, de método casuístico. Apoyado en algunos grandes procesos de la Historia (y por grandes quiero decir casi legendarios, como el juicio contra Sócrates, contra Jesús, contra Juana de Arco, algunos procesos de Cicerón…), Vergès describía una de sus aportaciones capitales al Derecho Penal: la “defensa de la ruptura”.

            Así, mientras ciertos procesos penales, desde el punto de vista de la defensa, deben llevarse de manera ortodoxa, de acuerdo con las reglas del juego (mi cliente no lo hizo, no se puede demostrar que lo hizo, otra persona lo hizo, mi cliente no es imputable, o no es responsable, total o parcialmente, por estos motivos), otros deben seguir una lógica diametralmente opuesta: la de aquella que niega legitimidad al Tribunal, al Estado y a la Sociedad para acusar, juzgar y condenar al defendido. Son los procesos eminentemente políticos, en los que la sala de vistas puede ser usada como una caja de resonancia, para lograr una reacción popular, política, moral, que descarrile la maquinaria legal.

            No pienso analizar esta tesis (me llevaría demasiado tiempo y espacio), pero me pareció (aún me parece) interesante. Mi intriga por Vergès creció. Al fin, descubrí un documental sobre él, El Abogado del Terror, del director Barbet Schroeder. Un documental de dos horas largas dedicadas al abogado, al hombre y un poco al mito. A interrogarse por su pasado, por su historia, por su contexto… y por su misterio.

            El largometraje es espectacular. No cae en maniqueísmos fáciles, ni en apologías de libertadores o demonizaciones, y dedica un buen trecho del primer tercio a explicar la sangrienta Guerra de Argelia, hasta la independencia respecto a Francia. Porque en ella Vergès se forjó como abogado defensor.

            En las personas que se mueven entre bambalinas hay, intuyo, una tensión psicológica: por un lado, el placer de saberse detrás de los acontecimientos, sin que casi nadie más sea consciente; por otro, el deseo de revelarse, de satisfacer el ego, de mostrar la propia astucia. Pues bien, Vergès habla más de la mitad del metraje del documental. Y logra un equilibrio perfecto. Muestra lo suficiente para satisfacer su vanidad intelectual (se nota que disfruta cada segundo), sin revelar nada que no quiera. Sus palabras están cuidadas al milímetro, sus gestos, sus ojos, cejas, manos, entonación, no dan ni una pista, si es que él no quiere darla. ¡Y a saber si esa pista será falsa! Y el resto de opiniones que sobre él se dan, no encajan, o son contradictorias en ocasiones… No, el rompecabezas no termina completo. Acaba uno sin teniendo poca idea de sus ideas o convicciones.

            Algo es cierto: Vergès, desde que puede, selecciona sus clientes entre los criminales más odiados. Dictadores, terroristas, asesinos en serie, genocidas… Hay en esta actitud no poco de provocación. Pero sus críticos tienden a ser moralistas escandalizados que olvidan dos cosas. La primera, que todos tienen derecho a la defensa, todos: un abogado penalista nunca es digno de críticas por defender a un acusado. La segunda, que en muchos de estos procesos las acusaciones hacen gala de una notable hipocresía, porque los acusados, aun siendo muchas veces responsables de atrocidades, se sientan en el banquillo simplemente por no ser ya útiles en el gran juego político, y son sacrificados, como chivos expiatorios de situaciones complejas y siniestras, por sus antiguos aliados, que, en los procesos internacionales, son a veces los mismos que acusan.

            No, no es el Vergès abogado el que me parece oscuro. Es el que hay detrás de la toga. Hay allí oscuridad, hay opacidad, hay poco que se entrevea y nada que se sepa. ¿Con quién estuvo de 1970 a 1978? Desde que se fue de Argelia, ¿por dónde anduvo? ¿Qué contactos estableció? ¿Qué hacía? Él lo sabe. En dos momentos del documental hay segundos donde se comprende que otros también. Son de esos segundos que te hacen caer en la cuenta de lo poco que sabemos, no ya de la Historia remota, sino de la contemporánea y de nuestro propio presente.

            Revisito el documental de cuando en cuando, siempre que encuentro un amigo que no lo conoce. Hasta ahora, las reacciones han sido similares a la mía propia. Véanlo. Supone un reto, hay que estar atento a cada detalle, mientras la magnífica voz de Jacques Vergès acumula argumentaciones, silencios, aseveraciones, envueltas en ironía y corteses ademanes, esgrimiendo su cigarro como una batuta de director. Les caerá bien o mal, estarán o no de acuerdo con él, tendrán o no la misma sensación que yo ante lo que se apunta, pero no se revela…

            Decepcionados, no terminarán. Eso, se lo garantizo.

junio 13, 2012

¿Amor? ¡Arte! (y X): La felicidad imposible

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:17 pm
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            En el primero de estos artículos dije que, al final, examinaríamos una cita, contrastándola con las obras que fuéramos viendo. Ya toca. Estoy prácticamente convencido de que el autor es Cesare Pavese (pero puedo equivocarme). La cita la recibí de un estupendo profesor de Literatura, quien tenía la buena costumbre de empezar sus clases recomendando un libro y escribiendo en la pizarra una cita. Es bastante tremenda: Felices aquellos que aman y son amados y aquellos que no necesitan amar.

            Según esto, el mundo se divide en tres grupos, dos de los cuales son felices y uno, infeliz, lo cual, la verdad, es de un optimismo enternecedor; aunque también es cierto que no se dice cuánta gente hay en cada grupo. Los únicos infelices, así, son aquellos amantes que no son amados por aquellos a quienes aman. Todos los demás, alegría. Pues bien, yo creo que no. Y creo que hemos ido juntando estas semanas buenas pruebas de ello, Shakespeare y otros mediante. Porque el amor no es garantía de felicidad, mientras que puede serlo de lo contrario.

            Demos cuartelillo a Pavese: en efecto, amar y no ser amado es una buena vía para la infelicidad. El ejemplo palmario es Dom Claude Frollo. Su pasión devoradora por Esmeralda igual también le habría destruido, de haber sido correspondida, pero, desde luego, la no reciprocidad arrasó a arcediano, gitana y campanero. Un Frollo amado hubiera sido, casi seguro, más feliz que el Frollo de Hugo; aunque se me ocurren varias hipótesis devastadoras para esa pareja y todas ellas menos interesantes, literariamente. No especulemos, sin embargo, porque nos hemos encontrado con bastantes parejas amantes e infelices.

            El señor Stevens y la señorita Kenton, para empezar. Ambos se atraen, diría que están enamorados y hasta me atrevería a decir que se aman. Ambos aman y son amados por su amado. Sin embargo, acaban, ella, casada (luego separada) de un hombre al cual no quiere, y, él, encerrado en sí mismo, muerto en vida. Esto es bastante angustioso, a poco que uno lo piense. La pasión desatada arrasa, pero la pasión atada o incomunicada aniquila, de manera incluso más terrible, a quien no cede.

            Bueno, bueno, puede decirse, pues claro que son infelices. ¡Si dejan escapar al amor de sus vidas! ¡Menudo ejemplo! Ahí están, en cambio, los amantes que se aman, lo confiesan, luchan por su amor y hasta lo consuman. ¡Esos son felices!

            ¿Sí? Veámoslo. Macbeth y Lady Macbeth se aman, son el matrimonio más compenetrado (y terrible) de Shakespeare. ¿Son felices? Más bien se acompañan y empujan mutuamente al abismo, igual que George y Martha. Cuando examinamos, en otra serie de Divagaciones, El León en Invierno dije, y mantengo, que Enrique y Leonor hubieran sido mucho más felices como esposos y como reyes si no se hubieran amado tanto. Es, sobre todo, su mutua, celosa, destructiva relación amorosa la que envenena sus vidas.

            Vaya, de acuerdo, aunque vaya ejemplos también aquí: asesinos, amargados, políticos manipuladores… Conforme, pero toda esta gente puede amar y, de hecho, ama. No por ello son más felices. Sin embargo, cedo ante la crítica: vamos a buscar otra pareja, de amantes amados, que no sean malvados, homicidas o políticos calculadores.

            Romeo no es un asesino (aunque mata a Thibault) y Julieta no es una política. Ambos se aman con absoluta entrega y logran consumar su amor, si bien de modo fugaz. ¿Son felices? Tal vez, por un breve momento, justo antes de que la alondra anuncie el amanecer, el cual va a arrebatarles su intimidad, su única noche. Pero la pasión de los adolescentes (junto al plan del pobre Fray Lorenzo) destruye a Mercucio, a Thibault, a Paris, a los propios amantes, todo ello, encima, sin culpa suya. Romeo, al crecer como persona, sólo logra aumentar su dolor, mientras Julieta, la heroína, paga el precio de perder la inocencia y la confianza en sus más íntimos. Ciertamente, no parece que el amor haya hecho felices a los amantes.

            Es verdad que en las comedias la cosa, aparentemente, cambia. Beatriz se empareja con Benedicto, Rosalinda consigue a su Orlando. Pero nada se nos dice sobre su futuro; ignoramos si estas parejas, tras las luchas para alcanzar la unión, permanecerán unidas o felices. Las llamadas “comedias oscuras” o “comedias problema” dan una sombría perspectiva, sobre todo en la maravillosamente caótica y nihilista Medida por medida, la cual termina con unos emparejamientos entre absurdos y sádicos, cortesía del Duque Vincentio.

            No parece que estos dos grupos comentados alcancen la felicidad; pero Pavese nombraba a otro: aquellos que no necesitan amar, aquellos, si se quiere, que no tienen pasión. ¿Los villanos? No, hemos visto que el amor y la pasión no están vedados a los villanos y que, incluso, pueden ser el origen del Mal.

            Yago, como dice Bloom, tiene fuertes pasiones, por negativas que sean. Trías, en su ya citado Tratado sobre la pasión, carga contra la racionalista idea de achacar a la pasión el rol de lastre. No pensamos, actuamos y, luego, padecemos, nos dice, sino justo al revés: es la pasión la que provoca la acción. Esto es muy cierto tanto para el desventurado Otelo (con la pasión de los celos) como para su genial lugarteniente (con su sádica pasión dramaturga). No toda pasión es amorosa, desde luego. La de Yago es pasión de poder, de poder sobre Otelo, de destrucción del viejo dios; pasión, sí, causada por la antigua pasión de adoración a Otelo y la desolación por verse relegado.

            Yago es pasional, tan pasional como todos los personajes que hemos visto (o más); su pasión negativa le revela abismos interiores, para su deleite. Cuanto más avanza la obra, más admirado está el alférez consigo mismo, más disfruta de su genio, más feliz, en fin, se le ve. Felicidad cruel, alegría sádica, sin duda, pero ¡es el único, en todo Otelo, entusiasmado y alegre!  Justo por una pasión por el caos y la muerte, aunque él mismo acaba derrotado en su momento de máximo triunfo.

              ¿Y qué vamos a decir de Edmund que no hayamos dicho ya? El magnífico bastardo de Gloucester es la antipasión encarnada. Edmund escapa del esquema de Trías: no parece que haya padecido nada que justifique sus posteriores acciones. Su exclamación “¡Naturaleza, tú eres mi diosa!” y el subsiguiente monólogo, dan ciertas pistas: Edmund parece rebelarse contra la sociedad por la rebeldía misma; busca alcanzar el puesto de máximo dominio en la sociedad, pero subvirtiendo el tradicional respeto de los jóvenes por los ancianos y de los ilegítimos por los legítimos. Ojo, tampoco hay que convertirle en un joven revolucionario, mucho menos en un joven revolucionario idealista.

            Bloom no parece muy convencido de que Edmund sienta la codicia de Ricardo III por el poder. Su frialdad es demasiado absoluta. En esta obra desoladora, donde todos los demás personajes, positivos y negativos, sufren, algunos hasta extremos insoportables, él es el único que permanece incólume, hasta que Edgar reaparece y le derrota en duelo.

            Hasta ese momento, hasta que es vencido y, más aún, hasta que no constata el amor que por el sintieron las infames Goneril y Regan (ese maravilloso, desconcertante y desconcertado “Pero Edmund fue amado…”), el bastardo es el único personaje más o menos feliz. Al menos, exitoso. Las hijas malvadas de Lear andan demasiado ocupadas tratando de librarse de su viejo padre, de poseer a Edmund (¡las pobres!) o de ganar la guerra como para disfrutar de su posición. Lear, en su feroz locura, sólo goza de un único instante de consuelo, muy poco antes de que Cordelia sea ejecutada; Kent y el Bufón (el más inhumano de los personajes) acompañan a Lear en su calvario, y Edgar y Gloucester sufren sus horribles caídas. Edgar, oculto por su brillante hermano, lanza una de las más desgarradoras exclamaciones de la obra, al ver llegar a su ciego padre: Lo peor no ha llegado/ Mientras podamos aún decir “Lo peor es esto”.

            ¿Entonces? Mientras Edmund permanece firme en su helada negatividad, triunfa, está seguro de qué es, se muestra, en sus monólogos, siniestramente satisfecho (sin perder su frialdad, al contrario que Yago, para quien los soliloquios son explosiones de diabólica jovialidad, en las que, por fin, puede quitarse la máscara). Pero, ¿es feliz? No sé si es capaz de ello. Quizás haría suyas las palabras de V en V de vendetta: La felicidad es la más insidiosa de las prisiones. Y si algo quiere nuestro villano de hielo, es ser libre.

            Las conclusiones que podemos sacar, después de todo, no son muy concluyentes. La felicidad parece bastante ajena al universo shakesperiano, menos, tal vez, en el bosque de Arden o en la Toscana de Beatriz y Benedicto. No olvidemos que nuestro propio mundo se funda, entre otras cosas, en el poder creador de Shakespeare y de otros como él, precursores o seguidores geniales del genio. En todos ellos, la pasión amorosa es temible, al tiempo deseada y aterradora, dueña del apasionado, capaz de hacerle llegar a sus límites, tanto hacia arriba como hacia abajo.

            Especular sobre una vida sin amor es ocioso. Las grandes pasiones, siendo la amorosa, sólo quizás, la más grande, son elemento fundamental de la vida. Ahora bien, la vida no es sinónimo de felicidad. Hay quien duda seriamente de que, en esta vida, única sobre la que creyentes y no creyentes tenemos cierta constancia, sea posible alcanzar la felicidad o conservarla. Aunque, si la otra opción es estar muerto en vida, cada cual valorará qué le resulta más atractivo.  

            Una última aclaración: las citas y referencias que hago a Bloom provienen todas de su monumental trabajo Shakespeare, la invención de lo humano, de lectura obligatoria junto a las obras del susodicho. Y si alguien desea tener una perspectiva histórica del amor, le aconsejo con entusiasmo el capítulo “El amor a través de las edades”, de Memorias de un amante sarnoso, por Groucho Marx.

junio 4, 2012

¿Amor? ¡Arte! (IX): el villano de hielo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:59 pm
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            Yago, como hemos visto, comprende muy bien la naturaleza del amor y de los celos. Sabe emplearlos para manipular a Otelo, de manera magistral. Es todo un genio del mal, pero no un monstruo sin sentimientos. Es un monstruo con sentimientos: siente mucho, siente un inmenso orgullo por sus cada vez más refinadas habilidades de manipulador asesino y una hilaridad demoníaca por sus triunfos. La carencia total de sentimientos pertenece al otro gran héroe-villano de Shakespeare, Edmund.

            No voy a tratar de esbozar siquiera la densidad y la genialidad de El rey Lear. Bloom la resume en estas frases contundentes: Guerra entre hermanos; padres traicionados por sus hijas y por un hijo natural, incomprensión atormentada de un hijo leal y una hija santa por unos nobles patriarcas; descarte de todo contacto sexual como lascivia: ¿qué es lo que nos lega esta tragedia que moralizamos constantemente? Hay una forma válida, y sólo una, de amor: la del final, entre Lear y Cordelia, Gloucester y Edgar. Su valor, dejando de lado moralizaciones trascendentes que no vienen al caso, es menos que negativo: puede ser más fuerte que la muerte, pero sólo lleva a la muerte, o a la muerte en vida para el extraordinario Edgar, superviviente de los supervivientes en Shakespeare.

            Este amor, sin embargo, no es el que estudiamos, el de pareja, que está casi desaparecido. Lo único cercano al mismo son las relaciones que Edmund mantiene con Regan y Goneril.

            Glóster usa del sexo y el matrimonio para su ascenso al poder y lo mismo hace Edmund. Pero éste es superior al jorobado y mucho más extraño. El rencor, la amargura por su deformidad y el autodeleite por su vileza, esenciales en Ricardo, no existen en Edmund. En una obra donde todos aman u odian demasiado, Edmund es enigmáticamente glacial. Bloom lo relaciona con su igual en maldad: Yago es libre de reinventarse a sí mismo a cada minuto, pero tiene fuertes pasiones, por negativas que sean. Edmund no tiene ninguna clase de pasiones; nunca ha amado a nadie ni lo amará nunca. A este respecto, es el personaje más original de Shakespeare.

            Atractivo, fascinador, Edmund seduce a las dos hijas malvadas de Lear, buscando, maquiavélico, el trono por senderos retorcidos, tras haberse desembarazado de su padre y (eso cree) de su hermano Edgar, sin sentir nada hacia ellas:

            A estas dos hermanas les he jurado amor;

            Cada una está celosa de la otra, como los mordidos

            Lo están de la serpiente. ¿Cuál de ellas tomaré?

            ¿Ambas? ¿Una? ¿O ninguna? Ninguna puede ser gozada

            Si la otra sigue con vida: tomar a la viuda

            Exaspera, vuelve loca a su hermana Goneril

            Y difícilmente podré llevar a cabo mi interés

            Estando vivo su marido. Veamos, entonces, usaremos

            El crédito de él para la batalla; hecho lo cual,

            Que la que desea deshacerse de él trame

            Cómo despacharlo pronto. En cuanto a la misericordia

            Que planea para con Lear y Cordelia,

            Hecha la batalla, y ellos en nuestro poder,

            Nunca verán su perdón; pues mi Estado

            Cuenta conmigo para la defensa, no para el debate.

            ¿Cómo puede ser tan frío, tan espléndidamente frío, Edmund? La misma pregunta que me hice sobre Glóster y sobre Stevens me la hago con este bastardo (literalmente). ¿Es por naturaleza o por elección? Edmund me fascina más que Glóster y que Stevens, porque no es un amargado ni un doliente. Edmund no queda, al contrario que el mayordomo, arrasado por su incapacidad de amar, porque no hay nada que arrasar. La tragedia de Stevens es ser capaz de amar, pero no de salir de sí mismo. Edmund se hubiera reído.

            Es inútil tratar de buscar el origen del mal que es Edmund en sus raíces. Gloucester, su padre biológico, es un hombre bastante decente, que ha acogido a su ilegítimo hijo, al cual trata con la misma deferencia que a Edgar. En verdad, Gloucester nunca duda de la buena fe de Edmund y por eso cae de cabeza en sus hábiles trampas. La explicación medieval astrológica (cada cual debemos nuestra naturaleza y nuestro destino a la estrella bajo cuya influencia nacemos) es rechazada jovialmente por el mismo villano: Habría sido lo que soy si la más virginal estrella del firmamento hubiera parpadeado ante mi bastardía. Y creo que, de igual manera, debemos rechazar las demás explicaciones morales, sociológicas o psicológicas.

            Es un detalle astutamente señalado por Bloom que en esta tragedia convulsa, Lear, el más pasional de todos los personajes de Shakespeare, y Edmund, el más frío, no intercambian ni una sola palabra. Están juntos en el escenario sólo dos veces, al principio y al final de la obra. ¿Qué puede decirnos sobre Edmund, y también sobre Lear, el que Shakespeare no encontrara nada que pudieran decirse el uno al otro?, se pregunta el viejo crítico. Dejo la pregunta abierta.

            Edmund es para mí un misterio más fascinante incluso que Yago, porque a Yago lo comprendo, puedo seguir el proceso de formación de este “improvisador del mal”, mientras que Edmund, “más estratega que improvisador” (Bloom), se presenta ante mí ya formado y sin explicación ninguna de cómo acabó siendo como es, un ser humano libre totalmente de cualquier vínculo afectivo, de cualquier clase de empatía, servido por una voluntad implacable y por una inteligencia fulgurante.

            Pero el asombro llega hasta el extremo cuando está a punto de morir, herido por Edgar, y se traen al escenario los cadáveres de Goneril y Regan, muertas por el amor que (ellas sí) sentían por él. Y entonces, por vez primera en su vida, parece que Edmund se emociona, perdiendo, como apunta Bloom, soberbiamente perplejo, su propia identidad:

            Sin embargo, Edmund fue amado:

            La una envenenó a la otra por mí,

            Y después se mató.

            Cedo la palabra a Bloom: No dice que le importara ninguna de las dos, ni nadie más, y sin embargo esa evidencia de un nexo le conmueve. En contexto, su fuerza mimética es enorme. Un intelecto tan frío, fuerte y triunfante como el de Yago de pronto se estremece al escucharse a sí mismo, y la voluntad de cambiar domina a Edmund. […] No sabemos quién es Edmund al morir, y tampoco él lo sabe.

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