Con un vaso de whisky

enero 23, 2016

Carlos I entra en el Parlamento

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            El 4 de enero de 1642 Carlos I de Estuardo, Rey de Inglaterra, penetró en la Cámara de los Comunes, con una fuerza armada, para arrestar a cinco miembros del Parlamento. Este gesto ha quedado en la Historia y la mente colectiva inglesas como un hito. La Guerra Civil inglesa acabó con las fuerzas del Parlamento derrotando a las reales; el mismo Carlos fue juzgado (en un juicio ciertamente polémico, entonces y ahora), condenado y ejecutado. Desde entonces y hasta hoy, el Rey (o Reina) de Inglaterra (del Reino Unido, tras el Acta de Unión) no puede entrar en el Parlamento sin permiso. Permiso que sólo se le concede una vez al año. Al llegar, se le permite acudir a la Cámara de los Lores. Un ujier acude hasta los Comunes y, tras golpear tres veces las puertas que forzaron los soldados de Carlos I y obtener paso, comunica el ruego de Su Graciosa Majestad: que los Comunes consientan en acudir para, junto a los Pares, escuchar el discurso del monarca (que, en verdad, es el del Gobierno).

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            Esto es protocolo, rito y forma. Puede parecer un tanto exagerado. Los británicos, desde luego, se burlan en parte de ello, como se burlan en parte de todo lo británico. La burla, sin embargo, no borra el significado del acto: la plasmación de la primacía del Parlamento sobre el Rey. O sobre el Gobierno.

            Todos los Parlamentos que han ido surgiendo, tras revoluciones, guerras civiles, pactos obtenidos con sangre, esfuerzo y miseria humana, han procurado establecer barreras de protección para sus miembros. La base del sistema de separación de poderes, de pesas y balanzas, es la desconfianza. Los poderes del Estado desconfían unos de otros. La sociedad civil desconfía del Estado. El Estado desconfía de los poderes privados. Es un sistema que siempre está a punto de volverse paranoico, porque la alternativa es la confianza ciega en alguno de sus componentes.

            El sistema parlamentario español no es una excepción. El artículo 71 de la actual Constitución dice:

  1. Los Diputados y Senadores gozarán de inviolabilidad por las opiniones manifestadas en el ejercicio de sus funciones.
  2. Durante el período de su mandato los Diputados y Senadores gozarán asimismo de inmunidad y sólo podrán ser detenidos en caso de flagrante delito. No podrán ser inculpados ni procesados sin la previa autorización de la Cámara respectiva.
  3. En las causas contra Diputados y Senadores será competente la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.
  4. Los Diputados y Senadores percibirán una asignación que será fijada por las respectivas Cámaras.

            Este artículo establece unas cuantas garantías (o privilegios, según se mire) para los Diputados y Senadores. No me voy a meter en cuestiones tales como al aforamiento ante el Supremo o la capacidad de las Cortes de fijar su propio presupuesto. Me interesan más los primeros apartados. En concreto, el segundo. Y, concretando aún más, la cuestión del parlamentario imputado (ahora, investigado).

            Si consideramos que el ser humano es un ser responsable como regla general (lo cual daría para unos cuantos volúmenes de debate entre filósofos, antropólogos, sociólogos y biólogos), podemos señalas tres círculos de responsabilidad personal: la moral, la política y la legal. Estos círculos no son coincidentes. Cada cual tiene sus propias normas, sus propios mecanismos de control y de exigencia de responsabilidades. En ocasiones, pueden solaparse, en otras, ser ajenos y, en fin, pueden chocar. El conflicto sobre si obedecer a la moral, a la política o a la ley es tan viejo como las tragedias griegas.

            Pongamos que un acto sea inmoral (dejemos, en aras de poder avanzar, otra discusión secular más, el relativismo contra el objetivismo moral). Pongamos que ese acto es también, desde un punto de vista político, digno de censura. Pongamos que es, en fin, ilegal. Y que dentro de la ilegalidad, es criminal. Bueno, hemos cantado bingo. Claro que los bingos no son tan habituales. Puede que un acto despreciable se quede en la frontera moral. O en la política.

            Desde hace varios años escucho a mucha gente proclamando que, aunque lo que haya hecho X no sea un delito, es una vergüenza y debería dimitir de sus cargos públicos. Puede ser. Habrá que ver el caso concreto. En líneas generales, prefiero una cultura política (y social) donde la gente que está en lo público (y, también, según de qué hablemos, en lo privado) sepa que no existe mucha tolerancia para deslices. Sé que esto puede dar lugar a una corrección política sobredimensionada. No estoy poniéndome absoluto, sino tendencial; pero prefiero un país donde un ministro deba dimitir por haber copiado en su tesis doctoral que uno donde el compadreo infame sea la norma.

            Para atajar ese compadreo, también desde hace años, vengo escuchando, con machacona insistencia, que todo cargo público y, desde luego, un parlamentario, que esté imputado (ahora investigado) debería dimitir de inmediato. Pues bien, eso, creo yo, sería un flaco favor al parlamentarismo, a la transparencia y a la democracia.

            La Ley de Enjuiciamiento Criminal prevé un procedimiento especial cuando en un proceso penal puede estar implicado un Diputado o Senador. Está regulado en los artículos 750 y siguientes. En realidad, la mayor especialidad es que, antes de detener o procesar a un parlamentario es necesaria la autorización de la Cámara a la cual pertenezca. El instructor del caso (que en el caso de las Cortes Generales es un Magistrado del Tribunal Supremo) debe pedir esa autorización mediante lo que se denomina “suplicatorio”. Y si la Cámara no lo concede, la causa contra el Diputado debe ser sobreseída.

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            Antes de llevarnos las manos a la cabeza, este procedimiento tan restrictivo tiene un origen histórico muy claro. Buscaba proteger a los parlamentarios, varios o muchos poco afectos a los monarcas y sus gobiernos, de las actuaciones de la policía y de una magistratura que, en aquella época, solía ser muy adicta a dicho monarca. Para evitar que lo que las elecciones habían conseguido desapareciera bajo detenciones y atestados.

            Los tiempos no son iguales, sin duda. Sin embargo, el peligro, por otra vía, permanece. Porque cuando a un juez instructor le llega una denuncia contra un individuo lo primero que hace es imputarlo (hay cierto debate sobre si el término “procesar” del artículo 750 significa lo mismo que “imputar”; creo que mayoritariamente se entiende que así es). Y esto se hace porque lo marca la ley y como medio de protección. Desde luego, a mí no me gustaría ser un investigado en una causa penal. Pero me gustaría mucho menos que se me investigase en una causa penal sin que me dieran ese estatus. Porque con él, vienen los derechos: a ser defendido por abogado, a presentar o pedir documentos, testigos y cuantas diligencias sean adecuadas, a tener conocimiento de absolutamente todo lo que ocurre en la investigación, a no tener que contestar a ninguna pregunta si no quiero, etcétera, etcétera. Y es, como digo, algo inmediato. Incluso si el instructor está convencido de que la persona contra la cual se ha presentado la denuncia es inocente o considera que no hay pruebas serias contra ella, tiene que imputarla.

            Ahora, pensemos lo que sucedería si eliminamos las protecciones que la ley da a los parlamentarios. E imponemos como regla, escrita, en la ley, en los Reglamentos de las Cortes, que cualquier parlamentario investigado debe dimitir de inmediato. Y en los parlamentos autonómicos, lo mismo. Qué demonios, metamos a los concejales en el mismo saco. Dimisión inmediata, obligada, por ley. Igual soy un pesimista, pero me da que al día siguiente habría cientos de denuncias a lo largo y ancho del país. Cientos de imputaciones. Y cientos de escaños vacíos. La objeción de que esto sería sólo para casos de corrupción (en cuyo caso habría que definir muy bien de qué delitos específicos estamos hablando) no soluciona gran cosa, aunque daría una monótona uniformidad a las denuncias y querellas que se presentarían en masa.

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            Es verdad que esta advertencia es propia de quien no confía en la buena fe del juego político. Como ya he dicho, la desconfianza es imprescindible en un régimen de pesos y contrapesos, como debería ser el parlamentarismo actual. También es verdad que no hay nada que no pueda corromperse y que estas garantías, perversamente empleadas, puede favorecer una escandalosa impunidad. Sin embargo, contra un parlamentario corrupto protegido por sus corruptos compañeros siempre está la posibilidad de retirarlo del escaño… aunque la ley electoral, en este punto, puede ser más un escollo que una ayuda. Éste es, sin embargo, otro debate.

            Pero no me digan que la solución es dejar entrar en la Cámara, de tapadillo, a los esbirros de Carlos I o de mil y un caciques para purgar a los no adictos. Porque, si es así, ¿para qué diablos queremos un Parlamento?

 

enero 12, 2016

Hail, Macbeth! Hail, Macbeth! Hail, Macbeth!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:21 pm
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             De las grandes tragedias de Shakespeare, tal vez la más adaptada al cine, y con mayor fortuna, sea “Macbeth”. Hay razones para ello. Es la más breve de todas, la que posee un ritmo más angustioso, es una obra siniestramente seductora, nocturna, sombría, con dos protagonistas que logran la perfección del héroe-villano. Porque Hamlet, como siempre, se nos escapa. Y los demás grandes villanos de Shakespeare, que son muy grandes y muy villanos, no tienen en la mayor parte del público un efecto tan perturbador como el usurpador escocés: el de convertirse en nuestro espejo.

Stills from the film 'Macbeth' 2014. Directed by Justin Kurzel, DoP Adam Arkapaw. Produced by Iain Canning, Laura Hastings-Smith & Emile Sherman Unit stills Photography by Jonathan Olley

Stills from the film ‘Macbeth’ 2014.
Directed by Justin Kurzel, DoP Adam Arkapaw. Produced by Iain Canning, Laura Hastings-Smith & Emile Sherman
Unit stills Photography by Jonathan Olley

            Supongo que cuando un director de cine ve el “Macbeth” de Welles y “Trono de sangre”, de Kurosawa, suspirará y se preguntará para qué va intentarlo. Justin Kurzel ha ido más allá del suspiro y la pregunta y nos ha dado una nueva versión de la tragedia. Adaptación no redonda, pero más que notable. Estuve pegado al asiento todo el tiempo que duró el largometraje, casi sin parpadear.

            Hay muchas teclas que tocar cuando uno se enfrenta a Shakespeare; una de las principales, desde luego, es acertar con los actores. Sin duda, se ha acertado. David Thewlis me convenció como el benévolo rey Duncan. Paddy Considine encarna a un Banquo más hosco de lo que esperaba, lo que no es ninguna tontería (los barones escoceses y sus vasallos no eran unos cortesanos lánguidos), robusto y rocoso. Y Sean Harris es un Macduff magnífico, un implacable y áspero ejecutor de la venganza. El más flojo del reparto es Jack Reynor, aunque hay que admitirlo, Malcolm es el personaje más flojo de toda la obra. Los liberadores de patrias en Shakespeare suelen ser unos ceros a la izquierda dramáticos.

            Las brujas siempre han sido susceptibles de muchas interpretaciones. William Blake consideraba que se trataban de las tres Norns, Moiras o Parcas. Criaturas extrañas, yo siempre me las he imaginado más sarcásticas que solemnes, como una de las escasas fuentes de humor oscuro de esta obra oscura. Kurzel, sin embargo, nos ofrece a la Anciana, la Madre (con Hija incluida) y a la Joven, esto es, las brujas clásicas de cualquier aquelarre de respeto (como bien saben los habitantes de Mundodisco), frías, hieráticas, casi fantasmales. No les resta ni un ápice de fuerza y, quizás, encajen mejor así con el tono general de la película.

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            Luego están los Macbeth. Ese matrimonio hecho en el Cielo o en el Infierno, del que hablamos aquí. Y los pesos pesados, interpretándolo: Michael Fassbender; Marion Cotillard. Sobre estos dos enormes personajes, llenos de profundidades, se ha escrito y se escribirá mucho. Me limito a decir que son dos de las mejores interpretaciones que he visto de ambos: su mutuo amor, su mutua ambición, la despiadada incitación de Lady Macbeth a su esposo, removiendo la maldad de él con la suya propia, el mutuo espanto psicológico y ontológico en el que caen desde la primera escena de su triunfo, en ese dormitorio de luz blanca, en esa coronación tan solemne que parece un entierro en vida. Hasta que ella pierde la razón y pasa de la muerte en vida a la mera muerte y él, desquiciado alcanza su terrible lucidez final, después del insomnio y los delirios. Matizo: Fassbender es soberbio, pero Macbeth es un personaje tan lleno de recovecos, tan incómodo para nosotros, que quizás ningún actor pueda atraparlo del todo.

            Esta versión se desgaja de la interpretación crítica que he leído siempre en dos aspectos del matrimonio. La primera escena de la película es el entierro de un niño. No hay tal escena en la obra original, aunque Lady Macbeth deja bastante claro que tuvo un hijo y que dicho hijo murió muy niño. Este hijo se presenta en la película, claramente, como hijo también de Macbeth. Mientras que la crítica ante citada suele pensar que no lo era. Y esto encaja con un segundo aspecto: la sexualidad de ambos. Lady Macbeth hace una escalofriante petición a los poderes de la oscuridad: “Unsex me!”. Se puede interpretar como una mera petición de eliminar lo que (tópicos de las épocas) se consideraban cualidades y virtudes femeninas, más dulces, pacíficas y benévolas que la rudeza masculina. Pero la petición puede tener una profundidad mayor y válida para todas las épocas: arrancar el sexo a una persona, asexualizarla por completo, es también deshumanizarla; es claro que una persona que no anda por ahí como Zeus, que no perdonaba bicho viviente, no es un ser inhumano, por otra parte. Lady Macbeth, pues, estaría pidiendo volverse inhumana, arrancar de sí la empatía para con los demás, a fin de llevar a cabo su homicida propósito. De un modo paralelo, hay quien ve en la temible violencia bélica de Macbeth una compensación de una cierta impotencia.

               Esto, último, desde luego, no se asume en la película: Macbeth es un guerrero sin par; pero en la escena en la que lady Macbeth da un el último empujón a su marido hacia el regicidio, la inducción criminal se mezcla con seducción corporal y los Macbeth se unen en cuerpo y alma. Sin embargo, después del mismo, Macbeth da por hecho que su reinado será estéril (mientras apoya su cuchillo en el vientre de su angustiada reina). Macbeth ya no volverá a dormir y a Lady Macbeth le asaltará el sonambulismo. Ni duermen ya ni tampoco comparten la cama. De ahí las súplicas desesperadas de lady Macbeth. Cotillard y Fassbender brillan en esas escenas conyugales, sobre todo en la segunda mitad de la película, cuando la maldad sufriente de él se desboca y lady Macbeth contempla, primero con contrariedad, luego con espanto, cómo su amado se desliza hacia la nada, adonde ella está también abocada. El más famoso y aterrador de los soliloquios de Macbeth, donde se da la definición más demoledora de la vida de la Literatura Universal, que yo siempre he leído con un tono de ironía angustiada y cruel en el tirano, es aquí, el lamento susurrante, amoroso, inmensamente triste de un esposo por su esposa.

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            Aunque, como ya hemos dicho, “Macbeth” es la más breve de las Grandes Tragedias, el guion recorta. Para mí gusto, a veces para bien y a veces para mal. Elimina a Hécate y sus broncas a las Hermanas Fatales, cuya presencia en la tragedia yo nunca he comprendido. Elimina por completo la conversación entre Malcolm y Macduff, en la que el joven heredero trata de averiguar si el noble exiliado es o no de fiar, escena que no extraño, pero que no deja de dar al príncipe una cierta astucia. También hace desaparecer al hermano de Malcolm y la escena de su despedida, tras la muerte de Duncan, lo cual nos priva de una de las mejores citas de la obra (“There´s daggers in men´s smiles”). Tampoco está, y esto sí que lo echo en falta, la charla entre la mujer de Macudff y su despierto hijo, quien da algunas de las réplicas más afiladas en la historia de los Niños Ingeniosos. Y me quedo sin el Portero. Es cierto que la suya es una escena que no gusta a todos; también que muchas de sus burlas, mientras se acerca a abrir la puerta son tortuosas referencias isabelinas. Con todo, el Portero es el fool de esta obra oscura: sus bromas oscuras, su eterno no llegar, mientras la llamada a la puerta son más insistentes cada vez, su encaje, justo antes de que se descubra el asesinato del rey y el mundo se venga abajo… No hay mucho humor en “Macbeth” y esta versión ha sido expurgada por completo del mismo, lo cual es un error. El humor de “Macbeth” no aligera el nihilismo de la obra, lo vuelve más espeso.

            En torno a la escena del asesinato de Duncan también tengo mis dudas. Los soliloquios de Macbeth están brillantemente adaptados al cine, murmuraciones de Fassbender para sí o pensamientos en su mente febril. El previo al asesinato es uno de los más complejos. Kurzel no tiene miedo de usar fantasmas y Macbeth, con su poderosa imaginación, ve en efecto la daga espectral, en manos de un soldado muerto en batalla. Sin embargo, Shakespeare, quien no tenía empacho en asesinar en el escenario a quien fuera (pensemos en el final de “Hamlet”, por ejemplo, que dejaría sin aliento al mismo Tarantino), se cuida muy mucho de mostrarnos la muerte de Duncan. Mostrarla con toda truculencia, como se hace aquí, me chocó y hasta me desagradó. Igualmente, no comprendo por qué Kurzel adelanta el hallazgo del cuerpo de Duncan por Malcolm justo a la noche del asesinato ¡y con Macbeth chorreando sangre! ¿Por qué huye Malcolm, en vez de poner en pie al campamento? Ese cambio no tiene mayor sentido.

            Al contrario, que Kurzel haya hecho que el bosque de Birnam suba a la colina de Dunsinane no como ramas en manos del ejército inglés, sino como ceniza y hokjas quemadas movidas por el viento me encantó. Enacja con el augurio, encaja con el tema de la destrucción y la nada que es central en la obra y permite que la batalla final se produzca entre humo y fuego.

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            Y enlazo con la mayor virtud de esta película: el visual. Porque es apabullante. Desde el principio, hasta el final. Las escenas en exteriores e interiores. Los amplios páramos de Escocia, las estancias del castillo. La gran batalla del comienzo, entre niebla, barro, frío, gris, marrón, azul y blanco. La gran batalla del final, entre fuego, ceniza, humo, gris, amarillo, naranja, negro. Y rojo sangre.

            Cada momento en esta película podría ser un cuadro. Es la película más pictórica que recuerdo desde “Barry Lindon”. La única adaptación shakesperiana que se le acerca en este aspecto es esa maravilla casi prerrafaelista, el “Ricardo II” de “The Hollow Crown”. La escena de la coronación, la del banquete, con esas multitudes de colores apagados en medio de las tinieblas. Macbeth ya en su habitación, ya en su trono. Las apariciones y desapariciones de las brujas. Cada segundo, ya digo, me dejó asombrado. Me tomó al asalto la vista. Y eso sólo lo hace una película de respeto.

            Bloom considera que la pesadilla husmea a Macbeth y que esta obra es un “drama visionario”. La pesadilla lo infecta todo, en la película, gracias a una atmósfera cada vez más delirante, pesada y extrañamente claustrofóbica, aunque haya tantos cielos abiertos. No hay apenas un motivo de sonrisa. Aunque se haya eliminado el humor que Shakespeare incluyó, se mantiene la ironía soterrada y se vuelve explícita, por ejemplo, en la capilla. En lugar sagrado lady Macbeth implora al Mal, maquina el crimen y, al fin, desfallece, ante el fantasma de su hijo, sin aguardar ni recibir la misericordia que se espera en tal estancia.

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            Y llega el final. La caída del usurpador, del asesino, que se niega a rendirse aun cuando los augurios se vuelvan contra él. Kurzel nos hurta una de las grandes frases de la obra. La exclamación victoriosa de Macduff: The Time is free. Una declaración que no se cree nadie y que con la rasposa voz de Sean Harris estaría repleta de sarcasmo. Más aún cuando Kurzel, que sí parece haber comprendido que ni el Tiempo ni el Mundo se han liberado, cierra su obra con un Malcolm y un Fleance, hijo de Banquo, que perpetuarán la guerra en Escocia. Porque, como dijo el más sufriente de los malvados, blood will have blood.

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enero 3, 2016

La Fuerza podía seguir durmiendo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:57 pm
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            Vista ya “El Despertar de la Fuerza”, puedo posicionarme entre las legiones que la han saludado con alegría y el sector minoritario que reniega de ella. Lejos de mí querer ser tibio. Si me obligan a escoger sector, supongo que estaré entre los minoritarios. Pero seamos precisos. “El Despertar de la Fuerza” no me parece una película espantosa. Tampoco una buena. Me ha parecido una película superflua.

            Vamos a ver por qué. A partir de aquí “spoilers”.

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            Fui a ver este Episodio VII con cautelosa esperanza. No estaba Lucas metido, lo cual era una excelente noticia; no se le perdonará a Lucas que se haya dedicado a destrozar todo lo que ha podido una saga de aventuras maravillosa. Con Lucas fuera, esperaba no encontrarme con otra “Amenaza Fantasma” o similar. Seamos justos: “El Despertar” (por abreviar) no lo es y es mucho mejor que esas horripilantes precuelas. Que no es mucho decir, pero ya es decir algo.

            La saga de La Guerra de las Galaxias siempre fue una space opera, aventuras de capa y espada con naves espaciales imposibles. Eso no es malo. No pretendía ver, al ir al cine, más que eso. Un servidor le pide a las películas de aventuras un mundo interesante, una trama entretenida, unos buenos con gracia y unos villanos con carisma. Los villanos, en mi opinión, siempre tienen que ser lo mejor en una historia de aventuras. Un malo como debe ser hace grande casi cualquier obra.

            “El Despertar” tenía el mundo ya hecho. Por mucho que Lucas haya devastado el universo de La Guerra de las Galaxias, éste es lo bastante potente, en nuestra imaginación colectiva, para soportarlo. J.J. Abrams y los suyos lo tenían a su disposición para explorarlo y llevarnos con ellos de viaje.

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            Los buenos son lo mejor de la película. Los nuevos buenos y los viejos buenos. Sobre todo, los nuevos. Y, sobre todo, la buena de Rey (Daisy Ridley). Sólo con la escena comiendo su mísera ración, con un polvoriento casco de piloto rebelde calado me ganó. Lleva con soltura sus escenas al lado de la leyenda, Han Solo, y mejora las de otro novato, Finn (John Boyega), que por sí mismo no está mal, pero sólo hace escenas y diálogos dignos a remolque de Rey, quien se gana el derecho a ser la heroína principal de la nueva trilogía (supongo que es una trilogía). Oscar Isaac es un actor excelente y es lástima que lo hayan desaprovechado tanto como Poe. Salvo la primera escena de la película (con Max von Sydow, nada menos), se limita a ir por ahí en un X-Wing aullando de entusiasmo mientras se carga cazas de los malos. A ver si le dan más que hacer en las próximas.

            Los viejos buenos son agradables para el viejo aficionado. A todos los que vimos la trilogía original (y la volvimos a ver otra vez, y otra vez, y otra vez) nos dio un calambrazo de satisfacción ante Han y Chewie entrando en el “Halcón Milenario”. O ante Leia entre las tropas. Dicho esto, no sé a qué viene dejar a la pobre Leia como un cero a la izquierda. Vale que es una general, pero antes también era una mandamás en la Rebelión y era de las protagonistas. Conforme, pero ahora es un personaje secundario, señala la defensa, porque son Rey, Finn y Poe los nuevos héroes. Igual que BB-8 es el nuevo R2D2. Ah, vale, entonces, ¿por qué se va Solo de aventuras y ella no? Bueno, tengo mi teoría. Ya la apuntaré más adelante.

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            Bien. Los buenos (hurra por Rey, es quizás lo mejor de la película) se salvan. Vamos al Lado Oscuro. ¿Qué tenemos? El horror. En la saga original los malos eran el Imperio Galáctico. Desde el principio quedaba claro que era una dictadura militar inmensa que usaba el terror para someterlo todo. ¿Quién diablos son los de la Primera Orden? ¿Son restos del Imperio Galáctico que aún conservan ciertos sectores bajo su bota? ¿Son una organización que se ha alzado contra la República para crear un nuevo Imperio? Si es así, ¿por qué la República, parece, tiene que apoyar de tapadillo a los que se enfrentan a la Primera Orden, la llamada Resistencia? A todo esto, ¿por qué hay una Resistencia al margen de la República? Entiendo que esto no es “El Ala Oeste” y que Lucas la pifió, entre otras muchas cosas, al perder tiempo con tediosas conversaciones de política de parvulario en su segunda trilogía; pero, digo yo, algo habrá que explicar de las facciones en juego. Si uno quiere poner varios jugadores en el tablero hay que exponer, mientras la trama avanza, qué pretende cada facción y de dónde ha salido. No pido un volumen de la Enciclopedia Británica, pido que me expliquen lo mínimo.

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            Pero el mayor problema de los malos (porque lo son, eso está claro: llevan uniformes, insignias, vehículos casi iguales a los imperiales y les gusta masacrar civiles y prisioneros tanto como a ellos) son sus líderes. ¿Qué tenemos en el banquillo de los malvados? Un holograma gigante que parece un Caminante Blanco de “Juego de Tronos” fingiendo ser el Emperador Palpatine. Quién es ni se nos explica. Es el Líder Supremo y se llama Snoke. Pues muy bien. Luego hay un tal general Hux. Grita mucho. No hace nada más. Una tal capitán Phasma. Nos la presentan con una armadura de soldado de asalto cromada y parecía que iba a ser la segunda al mando del antagonista principal, pero no hace nada de nada, salvo caer prisionera de los buenos. No es que vaya muy bien la cosa, ¿eh? Pues esperen, que queda el peor.

            Kylo Ren. Va de negro, con capucha y máscara, lleva la espada laser roja, es capaz de parar un disparo en plena trayectoria. Es el antagonista de la película. Es un cansino sin carisma.

             Que sea el hijo de Han y Leia me parece correcto. Si uno de los temas de la vieja trilogía era la redención del padre por el hijo, bien podría ser uno de la nueva la redención del hijo por los padres. Que tenga la máscara de Darth Vader como una reliquia y busque en su recuerdo una inspiración para perseverar en el Mal me gusta y da una pista de una retorcida educación del joven Kylo. Por cierto, aquí no hay agujero de guion, como he leído por ahí: Kylo Ren reverencia a Darth Vader, no a Anakin Skywalker, al lord Sith del Imperio, no al padre redimido en su agonía. Pero oigan, que sea un llorica ya no me parece tan bien. Kylo Ren sólo parece amenazador en los primeros cinco minutos. Luego empieza a perder puntos como un descosido: que si me enfado y rompo cosas, que si me quito la máscara y se ve la pinta de niñato que tengo, que si parece que voy a ponerme a llorar en todo momento, que si no hago más que tomar decisiones idiotas… Vader hubiera estrangulado al crío este en media hora.

            Aparte de eso, puedo aceptar que Finn se enfrente con una espada laser a un soldado de asalto: ninguno es experto en esgrima, así que vale. Pero que aguante más de cinco segundos enfrente de Kylo Ren admite como única explicación que este tío es un inútil. Algo que el Líder Supremo parece admitir cuando dice que va siendo hora de que acabe su entrenamiento. Claro que antes el mismo Líder Supremo dice que Kylo es capitán de los caballeros de Ren, lo que suena un poco como a los Sith mezclados con las SS. Bueno, Excelencia, es su Orden, pero yo no pondría a la cabeza de mis tropas de elite a un chaval que no ha terminado sus estudios de jedi. O de lo que sea. Y lo vamos a tener que seguir soportando, porque en su lucha final con Rey (los senderos de la Fuerza, acabas de descubrir que la tienes y ya eres capaz de hipnotizar soldados y blandir espadas laser como una veterana) no muere, como yo ansiaba, sino que queda marcado con una cicatriz; al menos, igual así ya no vuelve a quitarse la máscara.

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            Todo esto, aunque con reservas, lo podría haber asumido si la trama hubiera sido entretenida, con sus peleas, sus batallas, sus diálogos, sus lugares maravillosos. Lo que pasa es que, al ir avanzando con “El Despertar” me di cuenta de que ya había visto esa película. Con diez años. Que luego la había vuelto a ver varias veces. Y que esa película se llamaba “Episodio IV: Una Nueva Esperanza”, también llamada “La Guerra de las Galaxias”.

            Es calcada. Escena por escena. Introducción, nudo y desenlace. Pasan las mismas cosas, con leves variantes (por ejemplo, que Rey se escapa ella sola de la fortaleza enemiga), que en ocasiones son cosas recicladas de los Episodios V y VI. A ver: los malos atacan una posición enemiga en busca de un mapa, el mapa se lo lleva un droide, el droide es recogido por la heroína en un planeta desértico, escapa con un aliado inesperado de ese planeta, van a una cantina llena de gentes extrañas para buscar un nuevo transporte, la heroína es capturada y debe ser rescatada, aunque se escapa ella, el equipo de rescate también va para sabotear la fortaleza en previsión de un ataque de los buenos. Porque esa fortaleza es una Estrella de la Muerte que ya ha destruido de un disparo cinco planetas y está a punto de destruir la base de la Rebelión, perdón, de la Resistencia. Bueno, vale, es más grande que la Estrella de la Muerte. Pero, como dice el mismo Han Solo en la película, ¿y qué?

            ¡Incluso hay escena con enfrentamiento paterno-filial! Es la escena de Darth Vader y Obi-Wan del Episodio IV, con un par de aderezos del “Imperio contraataca”. El villano mata al mentor/padre putativo de la heroína delante de ella y así ya tenemos una base personal para el conflicto. Sospecho que Rey es, además o hermana o prima de Kylo. También sospecho que el mayor culpable de la muerte de Han Solo es Harrison Ford, igual que el mayor culpable de la muerte de Kenobi fue Alec Guinness, para limitar su participación en unas películas que detestaba. Quizás por eso se dejó a Leia tan aparcada: ya que sólo tendremos a Solo una película más, al menos que se le vea.

Star Wars: The Force Awakens Ph: Film Frame ©Lucasfilm 2015

Star Wars: The Force Awakens
Ph: Film Frame
©Lucasfilm 2015

            Iluso de mí, creía que luego de un rato persiguiendo el droide con los planos, arco que serviría para homenajear al pasado y reunir los personajes en la película, la trama se centraría en la búsqueda de Luke por los buenos, con los malos pisándoles los talones y que tendría su clímax en el reencuentro, con pelea de espadas incluida. Pero no. Luke aparece de repente al final, de una manera más bien bajonera. Y entre medias nos hemos tragado otra vez la misma película, con una estructura menos redonda. Y sin Peter Cushing como Tarkin. Y sin Darth Vader. Y con un criajo llorica como heraldo de las fuerzas del Mal.

            Pues qué quieren. No hacía falta despertar a nadie para esta fiesta.

 

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