Con un vaso de whisky

junio 3, 2016

Cannoli escarchados

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:47 pm
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             Imaginen un pequeño pueblecito noruego. Una comunidad más o menos bien avenida, afable, educada, donde el mayor dolor de cabeza para la policía sería alguna pelea de gente que ha bebido demasiada cerveza. Ahora, introduzcan a un mafioso de la vieja escuela. No sé, no sé, pongamos a uno de los compinches del gran Tony Soprano. Demonios, puestos a poner, pongámosle los hombros, la mandíbula y el pelazo de Silvio Dante, o sea, de Steven Van Zandt. Pueblo de Lilyhammer, les presento a Frank “The Fixer” Tagliano.

Episode 5

Episode 5

            La premisa de “Lilyhammer” es sencilla: hay un cambio en la cúpula en la familia de Frank y el nuevo jefe no le tiene en gran estima, si atendemos al intento de asesinato que ordena perpetrar. Así que Frank hace un pacto con los federales. A cambio de su testimonio, lo llevarán a otra parte del mundo. ¿A cuál?, preguntan los suspicaces agentes del FBI. Pues a Lillehammer, orgullosa anfitriona de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994 y el último lugar donde alguien le buscaría. Pierdan cuidado, no destriparé apenas nada.

            Esta serie de tres temporadas (e inacabada) tiene, pienso yo, un público bastante concreto. Si usted siente nostalgia de la panda que pasaba sus días y noches entre el Satriale´s y el Badabing, se sentirán cómodos en el Flamingo, el bar sobre el que Frank, alias Johnny Henrikson, edifica su pequeño imperio escandinavo. Las referencias a las películas clásicas de mafia y los guiños a “Los Sorpano” (ah, Tony Sirico, qué alegría volver a verte) son constantes. No se confundan. “Lilyhammer” no es “Los Soprano”. Viene a ser una especie de iglesia menor en la que se reconocen rasgos arquitectónicos de la inmensa catedral de David Chase.

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            “Lilyhammer” tiene el formato habitual de los dramas, capítulos de unos cincuenta minutos. No es, desde luego, una sitcom. Sin embargo, no es absurdo calificarla de comedia negra. Hay mucho humor en ella y es un humor entre lo oscuro y lo salvaje. Ah, pero eso pasaba también el “Los Soprano”, me dirán. Cierto. Yo mismo me reí y me río mucho con “Los Soprano”. No obstante, nadie llamaría comedia a este obra maestra, que desafía ser encerrada de un modo absoluto en un único género. Había comedia en ella, pero no era una comedia. “Lilyhammer” tampoco acaba de serlo, oscilando entre el drama y la comedia, sin llegar a ser tampoco nunca esa cosa que se llamó melodrama, concepto ya abandonado y más bien equívoco.

            Quizás ése sea el mayor problema de la serie: el no acabar de saber para qué lado de la balanza inclinarse. Porque a ciertas series les viene muy bien imponerse unos límites. Un poco de humildad, de aceptar una frontera, de no querer abarcarlo todo, puede ser la clave para que una serie pase de digna a excelente. “Lilyhammer”, en especial a partir de su segunda temporada” se dispersó un tanto. La coherencia interna de mundo, personajes y trama que se había conseguido en los primeros ocho episodios se relajó. Las segunda y tercera temporadas me daban una sensación de improvisación, con temas y argumentos que se agarraban y desechaban, sin ningún tipo de plan meditado. Se amplió mucho, pero mucho, la cantidad de personajes que aparecían por la serie. Esto la hizo más pintoresca aún, pero a cambio de no poder construir demasiado ninguno de los personajes nuevos y de dejar de ahondar o, al menos, de perfilar a los ya conocidos.

            Frank, o Johhny, desde luego, tuvo, desde el primer momento y sin discusión, la corona. Es imposible ver a Steven Van Zandt, más aún en este contexto, y no recordar al grandioso Silvio Dante. Y aunque por su físico, sus gestos y hasta su ropa Frank y Silvio son hermanos gemelos, sus personalidades no encajan. Frank es un cínico manipulador y, sobre todo, un organizador. Nada más poner pie en tierras noruegas está ya maquinando para establecer su propia familia mafiosa, aunque tenga que estar compuesta por lugareños con más buena voluntad que aptitud. Recordemos lo mal que lo pasó Silvio cuando tuvo que hacer de jefe en funciones, ante la ausencia de Tony. Frank, en cambio, se encuentra en su elemento natural llegando a acuerdos, haciendo negocios, traicionando a sus socios, dejando claro, cuando hay que dejarlo, que es “the last person you want to fuck with” por aquellos parajes.

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            El contraste entre este mafioso, con sus códigos de conducta no muy progresistas, y la sociedad noruega es uno de los motores cómicos de la serie. Por cierto que los guiones, a cargo de noruegos, si no me engaño, no presentan la sociedad noruega como un paraíso idílico. Hay no poca ironía, aunque, no viviendo allí, no sé cuánto es exageración o deformación satírica. Los problemas de la inmigración, del multiculturalismo, del racismo, de la corrección política, de la hipocresía social, asoman por la serie. Siempre hay que recordar que la piedra de toque es Frank, esto es, un criminal sin el menor escrúpulo, lo cual obliga al espectador a no dejarse llevar por la instintiva simpatía que provoca el carismático Tagliano.

            No es una de las menores ironías de la serie que su héroe sea el gran corruptor. Soborna, chantajea, extorsiona, seduce y compra a todo el mundo. Pero si hay un corruptor es que hay corruptibles. La noruega no es una sociedad tan pura, al menos aquí, que pueda resistir virtuosamente las tentaciones de este demonio con tupé. El cinismo de “Lilyhammer” es considerable, aunque no llega al nihilismo total típicamente sopranesco, ni siquiera en la recta final, cuando a los guionistas se les va un tanto la pinza y las barbaridades se acumulan.

            Esas corrupciones forman la telaraña de Frank, en la que se van enredando los personajes secundarios, que tanto realzan la serie pero por los que, hasta cierto punto, la misma no respeta demasiado. Hay dos grandes excepciones: Torgeir, mano derecha de Frank, y Jan, elegido para ser el personaje más castigado de la serie. Ambos son seres patéticos y un tanto antitéticos. Torgeir es entrañablemente torpe, caninamente leal y un espantajo de cuidado (menuda gorra se gasta el tipo). Es un personaje que se presenta como positivo (aunque sus acciones bajo la tutela de Frank distan de serlo), humorístico. Jan es igual de torpe, pero mucho más enervante. En cualquiera de sus distintas trasformaciones es insoportable, cargante y despreciable. Sufre tanto, no obstante, que en ocasiones es difícil no sentir una cierta conmiseración hacia él. De todos, su evolución es la más tétrica, en la que se emplea un humor más macabro.

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            Fuera de Frank, son Torgeir y Jan a los que se da de una personalidad más propia y más coherente. Las reacciones de uno y otro, incluso las más extremas de la última temporada, son entendibles y no se ven como meros caprichos o recursos de guión. Con Sigrid, primer interés amoroso de Frank, la cosa es, en cambio, sangrante. Se podría haber sacado de allí a un buen personaje y una buena relación (igual que era oro la relación parental de Frank con el hijo de Sigrid, quien en la primera temporada bebe entusiasmado los discutibles consejos sobre la vida que le da Tagliano). Es incomprensible que eso se deje de lado y que las apariciones de Sigrid sean tan esporádicas y tontas.

           El resto de plantel es más bien plano, aunque muy colorido. Todos los personajes terciarios comparten el mismo problema: son de quita y pon. El abogado corrupto, el emprendedor estafador y new age, el chef inmigrante, homosexual y cantante (un gran tipo), los estupendos criminales ingleses (ese genial Alan Ford), los viejos socios de Frank, aliados o enemigos, el niño autista del hospital, la madame manca, las dos tan diferentes jefes de policía, el estrafalario agente de los servicios secretos… Cierto que si se abusa de un terciario puede perder toda su gracia, pero a muchos de los individuos con cierto potencial de la serie se les abandona, mientras de da cancha a personajes sin gracia alguna, fagocitando minutos.

          Si uno le perdona ese ir a veces dando tumbos de guión, “Lilyhammer” es una serie más que digna, con diálogos y escenas de auténtico esperpento, una cuidada banda sonora, homenajes y referencias para satisfacer a cualquier aficionado a la mafia cinematográfica y televisiva y unos cuantos rostros que hacen dar palmas al atisbarlos. Una serie, en fin, con la que merece la pena comerse unos cannoli.

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