Con un vaso de whisky

enero 29, 2012

Casi una epopeya humorística

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:04 am
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            La épica casa mal con el humor. Tengo pendiente pensar un rato sobre la relación entre lo cáustico y lo sublime, pero la sensación sin refinar es que son excluyentes. Creo imposible conciliar en el mismo momento, en la misma experiencia o en la misma obra ambas potencias. Tal vez de manera sucesiva, sí, pero no conjunta. La balanza se inclina, según cada cual y las circunstancias, hacia un lado o hacia otro. Una epopeya humorística es un imposible, por lamentable que ello resulte. O la épica engulle al humor, o el humor hace que la épica sea más bien burlona y, por tanto, no sea épica.

            Jeff Smith intentó una epopeya humorística; el resultado fue una obra notable, pero no lo pretendido. Porque Bone, uno de los cómics que más he disfrutado, termina tomando partido. Y equivocadamente, en mi opinión.

            Los lectores entramos en el mundo de Smith de la mano de tres primos perdidos por el desierto. Fone, Phoney y Smiley Bone han abandonado a la carrera su ciudad natal, Boneville, huyendo de una turba enfurecida por los turbios manejos del segundo. Durante su travesía en el yermo, se separan y, cada cual por su camino, entran en un idílico Valle que podría estar tan campante en la Tierra Media o similares.

            Choque de civilizaciones. Los Bones no son de nuestro mundo (para empezar, no son humanos), pero les costaría menos adaptarse a él que al Valle medieval-fantástico, con sus animales parlantes, sus leyendas, su magia onírica y sus monstruos. Boneville, que no veremos jamás, es una especia de homenaje-parodia de una Disneylandia en la que hay dólares, teléfono, televisión, coches y tren de vida moderno. Y donde se puede leer las obras de Melville. El Valle, en cambio, no tiene en común con nosotros más que a los seres humanos.

            Ese choque y el consiguiente descoloque entre los diversos personajes, hasta que más o menos todos empiezan a entenderse, proporciona numerosos momentos cómicos. En realidad, todo lo que ocurre durante la primera mitad de la obra se hace bajo el signo del humor. Conocemos a la joven Thorn, ala Abuela Ben, a Lucius… y a las Mostrorratas, claro. Desde principio, el lector avezado en cuentos sabe que ocurren muchas cosas subterráneas. Hay sueños extraños sobre una guerra y una gruta llena de benévolos dragones; hay fuerzas oscuras planificando, como de costumbre, oscuros planes; hay secretos que no se comparten. Hay, y cada vez se verá con mayor claridad, todos los elementos para una estupenda historia de aventuras, brujería y espadas.

            ¡Pero es que también hay todos los elementos para una estupenda narración cómica! Hay un trío protagonista que es, una vez más, homenaje-parodia de Mickey, Donald (o, más bien, un arruinado Tío Gilito) y Goofy. Fone Bone, como Mickey, es el menos gracioso de los tres. Carga con el ingrato rol de protagonista moralmente sin tacha, enamorado de Thorn, en contacto con fuerzas que no entiende. Su única escapatoria cómica es la indiferencia generalizada que su amada novela Moby Dick provoca en el resto del universo. Sospeché (y ahora estoy casi seguro) que esto es bastante autobiográfico, sobre todo después de que Smiley bautice a su entrañable mascota con el nombre de Baterbly. Smith sin duda tiene un amor por Melville tan incomprendido como el de Fone Bone.

            Phoney y Smiley Bone forman uno de los dúos cómicos más graciosos que recuerde. La mezquina imaginación de Phoney, maquinando una y otra vez cómo timar, estafar, enredar y robar a quien sea, para recobrar su perdida fortuna, unida a la alegría optimista, ingenua y enervante (para otros, no para mí) de Smiley… A cada proyecto de Phoney le aguarda un final deplorable, eso lo sabemos, y si ese final viene provocado, al menos en parte, por Smiley, pues mejor que mejor.

            ¡Y la Abuela Ben! Con su sonrisa perpetua, sus tartas, sus frases tremendas, sus vacas (la Carrerade Vacas es quizás el mayor evento deportivo de la literatura cómica universal, después de Wodehouse y su carrera del Gran Sermón)… y su pasado. Por conversaciones privadas sabemos que en el de esta vieja un tanto chiflada hay sombras alargadas. Pese a ello, sigue siendo capaz de ser un personaje graciosísimo, durante una parte de la obra.

            ¡Y mis queridas, insustituibles, estúpidas, estúpidas Mostrorratas! Hay fuerzas de las Tinieblas, sí, y muy siniestras. Pero los soldados de esas fuerzas son las Mostrorratas. Y, en especial, una pareja de Mostrorratas (sin nombre, con lo mucho que se lo merecen) forma el otro gran dúo cómico de Bone. Bestias de garras y colmillos capaces de destripar a un adulto sin problema, caen de cabeza en las situaciones más desgraciadas en plena persecución de sus presas o las pierden por discutir si es mejor comerlas crudas o en una tarta esponjosa.

            Sí, con la primera mitad de la obra me reí mucho. Lo humorístico estaba en cabeza, pero las pistas épicas se entrelazaban muy bien con ello. Cuando aparecían los grandes antagonistas, como el Encapuchado y el Señor de las Langostas, la epopeya daba un paso decidido, sin que temiera que las risas hubieran acabado.

            Hasta que se acabaron. Smith llegó a la conclusión de que, cuando la gran trama épica estallara, el humor debería ser desterrado.La Abuela Bense reveló como una reina guerrea y dejó de sonreír. La genial granjera del principio, parece, era sólo una máscara para ocultarse. Me quedo con la máscara. Phoney y Smiley resistieron bastante tiempo, pero tampoco ellos pudieron resistir el embate y acabaron inclinándose. Fone y Thorn jamás fueron individuos cómicos; con el Destino del valle sobre los hombros, menos. Las Mostrorratas se convirtieron en una horda peligrosa y mi pareja favorita hizo apariciones escasas (lógico: jamás podría ser tomada en serio).

            Fue una lástima. La recta final de Bone (tras un peregrinar por las montañas bastante aburrido, en el que casi dejé la lectura) tenía fuerza, pero era la fuerza de un historia entre el Bien y el Mal, con asedio a la ciudad de los reyes incluida. Además, el mayor poder dramático de los villanos, en especial del Encapuchado, que era su misterio, quedó desvirtuado cuando se nos explicó quiénes eran y cómo habían llegado a serlo. Explicación no mala, pero que yo hubiera eliminado. Preferiría no haber sabido nunca qué se escondía tras esa capucha.

            Cuando el conflicto finalmente fue resuelto, cuando llegó el turno de las despedidas, entonces recuperamos algo del primer Bone. Un humor entretejido con nostalgia. Chistes que nos hacían reír porque sabíamos que pronto abandonaríamos para siempre a unos personajes que se hacían querer, bromas que estaban construidas con habilidad para explotar la veta cómica de la tristeza que sentían tanto el lector como los protagonistas.

            Sin embargo, la risa franca, rotunda, las carcajadas de los primeros tiempos, ya habían pasado. La guerra las sepultó. Smith podría haber convertido la epopeya en una farsa, alegre o cruel, pero decidió tomársela en serio. Como si el humor fuera un juego de niños y hubiera llegado la hora de los adultos. Como si seguir por ese camino hasta el final fuera algo vergonzoso.

            Pues perdone usted, señor Smith. El humor es cosa seria. Déjenos conla Carrerade Vacas yla Vaca Misteriosa, la apuesta entre Lucius y Phoney, los diálogos de Mostrorratas y los insectos parlantes. Y deje que el Bien y el Mal combatan entre risas. Que es complicado. Imposible. Pero vale la pena intentarlo.

enero 15, 2012

Sombras grises

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:22 pm
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             Nietzsche, creo, escribió que “el Estado es el más frío de los monstruos”. Podríamos discutir esa afirmación, porque hay por ahí otros monstruos fríos con ganas de competir. Pero si hablamos de los servicios secretos, de la inteligencia oculta de los Estados, estos tienen buenas papeletas para ganar el sorteo.

             John Le Carré, que conoció de primera mano ese mundo, se dedicó luego a escribir sobre él. Es un lugar común saludarle como maestro del género, como buen narrador y como antimaniqueo. Son lugares comunes ciertos, así que no vamos a insistir. Lo que vamos a hacer es ver si la película El topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, en su título original), basada en la novela del mismo título, ha sido capaz de captar la atmósfera, el estilo y el ruido de fondo de Le Carré. Adelanto la respuesta, por si hay gente ansiosa: sí.

             Adaptar cualquier novela de Le Carré al cine (o la televisión) de manera correcta supone renunciar al efectismo, al ritmo trepidante, a las explosiones y a las carreras. A cambio, supone asumir la gran frase de Rousseau: Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía. Mucho frío, mucha razón de Estado, muchas pasiones severamente reprimidas, mucha astucia retorcida. Y, a pesar de mi propia cita, no siempre demasiada cortesía.

            Tomas Alfredson ha entendido muy bien la forma de narrar de Le Carré: una maquinaria implacable, traspasada por sentimientos muy humanos, en la que nadie es de fiar. Capta espléndidamente el ambiente apagado, gris, burocrático del Circus, la sensación de desconfianza mutua, de vagas amenazas que flotan entre el humo de los cigarrillos. Esta película (como la magnífica serie Rubicon) es de las que hay que ver si uno tiene la tentación vital de dedicarse a este mundo lleno de sombras, donde se sacrifica todo, absolutamente todo, en aras de la información y el poder.

            Alfredson cuenta con un reparto espectacular para sacar adelante esta laboriosa adaptación. ¡Vaya nombres! Toby Jones, Ciarán Hinds, John Hurt, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch… y Gary Oldman, uno de mis actores favoritos por versátil.

             Oldman se mete en el traje de George Smiley (haciéndole adelgazar unas cuantas libras), uno de los personajes grandes de Le Carré y uno de los más complicados de interpretar para un actor. Porque si algo caracteriza a Smiley, aparte de su sagacidad, es su impasibilidad. Como buen espía, es inescrutable y engañosamente anodino. Corta rápidamente cualquier conversación que se acerque a su vida privada, reconduciéndola al caso que investiga. No deja que nadie sepa su estado de ánimo, siempre oculto tras su mirada cansada, su gesto impasible, su voz suave y cortés.

             Pero Smiley es un hombre, con sentimientos, frustraciones, heridas y ansias. Y como Oldman es un actorazo, sabe que un levísimo torcimiento del cuello, un temblor de párpado, una mano que se agarra a una barandilla durante un segundo pueden desvelar más del alma humana que un soliloquio de dos páginas (salvo si es de Shakespeare).

             El resto del elenco está también inmejorable. Sin necesidad de darnos muchos datos sobre cada uno, podríamos sacar conclusiones bastante acertadas sobre la vida y el carácter de esos hombres trajeados que dirigen una guerra sorda, sucia y cruel contra adversarios que nunca vemos, pero que no se diferenciarán mucho de ellos mismos. Y cualquier lector de Le Carré reconoce a primera vista a Control, Haydon, Allilen o Prideaux.

              Dos personajes clave en las novelas de Smiley y en la vida de este espía, Ann y Karla, no aparecen directamente. En la estructura de flashbacks, una y otro aparecen como siluetas desdibujadas. Y en las escenas del presente, su presencia se hace notar en las conversaciones y por otros medios: los perfumes de Ann en el tocador, que Smiley ve nada más levantarse de su solitaria cama matrimonial, o la figura del rey de ajedrez con la etiqueta “Karla”… y, sobre todo, esa noche de confidencias entre Smiley y Guillam, ese único encuentro con su gran rival, esas cuarenta y ocho horas que George rememora de un modo casi angustioso, cayéndosele en parte la máscara.

              El juego entre presente y pasado está bien trazado, por la mano hábil del director. Pero la película exige del espectador atención plena. No se nos escamotean datos, pero tampoco se nos da la trama mascada. Hay que estar con los ojos y los oídos abiertos, porque las elipsis son importantes y la clave de una escena puede estar en un movimiento. Es agradable encontrar una película que presuponga cierta inteligencia en el espectador.

                Lo único que me pareció un poco fuera de lugar fueron los últimos segundos. Pero luego recordé que había visto un capítulo, de dos horas, dentro de una saga más larga. Que el duelo entre Smiley y “Karla” no había terminado. Ojalá el siguiente asalto se estrene pronto. 

 

enero 10, 2012

Sólo esperanzas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:31 pm
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            ¡Oh, qué lástima, qué lástima! ¡También la BBCfalla en ocasiones! Encima, en uno de sus grandes golpes de mano este año. Y parecía que tenía todas las de ganar. Al fin y al cabo, algo que la BBCsabe hacer dormida es adaptar obras de Charles Dickens. Comentamos ya el buen trabajo realizado con Bleak House. Yo estaba seguro de que la superarían con Great Expectations.

            Porque Grandes Esperanzas (una vez más, el título en español hará referencia a la novela y el inglés, a la serie) es una de las obras de Dickens más adaptadas y leídas. Harold Bloom escribió que era una de las obras que “sobrevivirán, sin duda, a la actual era de la información, y no simplemente en forma de película o serie televisiva”. Estoy de acuerdo, pero, puestos a hacer una serie, hágase bien.

            Si han visto ustedes el primero de los episodios, seguramente estén un poco sorprendidos. ¿Mal adaptada? ¡Si la ambientación es magnífica! ¡Y los secundarios, como siempre, merecen aplauso! Gillian Anderson, quien parece estar reencontrándose como actriz dickensiana, ofrece una peculiar interpretación de la manipuladora Miss Havisham. Yo recordaba al personaje más maligno que desequilibrado, pero acepto el enfoque. La mansión de Miss Havisham, donde enreda a los dos desgraciados huérfanos (como un reflejo tenebroso de la cálida Casa Desolada), tiene el aire majestuosamente tétrico que le corresponde.

            Igual de correctas, las marismas y la forja de los Gargery. En las primeras, en medio de la niebla, el encuentro entre Pip y Magwitch (gran Ray Winstone) tiene la fuerza adecuada para lo que es: el origen de todos los acontecimientos venideros. Asimismo, tanto el matrimonio Gargery, como el tío Pumblechook o el repelente y frustrado Orlick (interpretado por Jack Roth, hijo de Tim Roth; basta ver su postura y su sonrisa para sacar el parentesco) están más que bien trazados e interpretados.

            Todo iba bien. Iba más que bien. Porque durante casi una hora el papel de Pip fue entregado a un chaval llamado Oscar Kennedy, y vaya si lo saca adelante. Pip es, quizás, el más estimable de los protagonistas dickensianos. Yo, por ejemplo, no aguanto a David Copperfield, ni a Oliver Twist. En cambio, Pip siempre me ha caído bien. Como Pip no convenza, la obra está perdida. Así que ahí estaba yo, disfrutando del buen hacer de todos los actores (la escena en la que Pip es traicionado por vez primera por Miss Havisham, la mirada que Kennedy lanza a Anderson y el placer contenido con el que ésta la recibe es de lo mejor de las tres horas)… hasta que llega el inevitable salto temporal. Hola, Pip adulto, adiós, esperanzas.

            Así es. El culpable del fracaso de Great Expectations tiene nombre y apellido: Mister Douglas Booth. No hay nada que nadie pueda hacer para contrarrestar su pésima actuación, siendo, como es, el pilar de la historia. ¡Qué desastre! Dan ganas de golpearlo con un palo de escoba cada vez que aparece en pantalla, lo cual nos obligaría a tener un suministro casi inagotable de palos de escoba.

            La cosa podría haberse arreglado un poco si la actriz encargada de dar vida a Estella hubiera sido genial. Vanessa Kirby no lo es, pero tampoco lo hace nada mal. Cierto que, otra vez, yo recuerdo a Estella más fría y sádica en la novela, aunque tampoco hay que olvidar que en Grandes Esperanzas el punto de vista es el de Pip, quien sufría amargamente. Kirby interpreta a Estella como una mujer en permanente lucha entre su retorcida educación y sus pasiones y deseos; sustituye mucho mejor a Izzy Meikle-Small (Estella de niña) que Booth a Kennedy. Es raro que así suceda, pero los dos críos, juntos y separados, actúan estupendamente.

            Con el supuesto Pip adulto en Londres, la serie trata de sacar toda la artillería.La BBCsí que no ha olvidado cómo perdernos en el neblinoso, laberíntico y sucio Londres victoriano. Y varios secundarios más dan un salto para tratar de equilibrar la balanza.

             David Suchet (inolvidable en su papel de Poirot) presta su voz al abogado Jagger. El Jagger de Suchet es más hierático de lo que yo esperaba; el abogado de Grandes Esperanzas (en mi memoria) era más agresivo, sarcástico y excéntrico. Los detalles de su obsesión por la limpieza de sus manos o las máscaras fabricadas de las cabezas de clientes ahorcados (en la serie, sólo hay una) no se nos escamotean, pero no acaban de ayudar a trazar bien al personaje.

            Tampoco recibe el mejor de los tratos el escribano jefe de Jagger, Mister Wemmick. Su doble naturaleza (seco profesional en la oficina, el mejor de los hombres fuera de ella) no está tan claramente marcada como en la novela. Eso, quizás, lo vuelve más realista, pero es que la gracia en muchos de los personajes de Dickens está, justamente, en su excentricidad, en sus manías, en sus rarezas. Con todo, Paul Ritter hace un buen trabajo. 

            Y aún mejor es el de Harry Lloyd, quien, por cierto, es tatara-tatara-nieto de Charles Dickens en persona. Lloyd abandona los personajes ruines a los que nos tiene acostumbrados (un malcriado estudiante que sirve de huésped a un alienígena malvado en dos capítulos de Doctor Who, o el despreciable Vyseris en Juego de Tronos). Aquí este joven demuestra talento dando vida a Herbert Pocket, amigo leal de Pip, lleno de jovialidad en una obra con personajes poco joviales a derecha e izquierda.

            Claro, el problema es que cuando Booth está fuera de escena, el resto del reparto nos recuerda qué es actuar. Y cuando comparten pantalla con él (la casi totalidad de la serie) nos recuerdan lo mal actor que es Booth. En serio, habría que mandar a este tipo ala Torrede Londres.

            En cuanto al argumento, no voy a entrar en sus recovecos, ni a lamentar que se haya simplificado. Al fin y al cabo es una adaptación. Y el final… bueno, yo tenía una muy débil esperanza de quela BBCtirara por el primer final escrito por Dickens, con mucho el más triste y bello. Tiraron por el segundo, rebasándolo, incluso. Era esperable. Es legítimo. Es una pena. Pero esto ya es cuestión de preferencias. Que Booth no interprete a Pip, es una obligación estética y ética. Debería hacerse una recogida de dinero: así podría rodarse todo otra vez, con un actor de verdad.

            Que no se repita, querida BBC.

enero 4, 2012

Espejo deformante

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:03 am
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            La del espejo es una imagen poderosa. Hay espejos por todas partes, en la literatura, en la pintura, en el cine y la televisión. La Reina de Blancanieves perdería mucho de su misterio si le quitamos el Espejo Mágico. Los juegos de espejos son necesarios para que los ilusionistas nos manipulen. Los psicólogos han estudiado hasta la saciedad por qué nos miramos en el espejo, por qué buscamos la mirada de nuestro reflejo; saber que no es una persona diferente nos separa de otros animales, aunque, a veces, hay quien no se reconozca en el rostro que le devuelve la mirada. Y no hay feria digna de ese nombre (mucho menos si es una feria encantada, mágica o diabólica), sin su cuarto de espejos deformantes.

            Y un cuarto de espejos deformantes es Black Mirror, la miniserie de tres capítulos a cuya cabeza está Charlie Brooker. Mucho he leído estos días sobre ella, alabándola unos, criticándola, otros. Eso está bien. Lo peor que le hubiera podido pasar a esta serie es que hubiera sido recibida con indiferencia. Bueno, tampoco nos engañemos. No ha sido un fenómeno de masas. Ahora bien, desde mi punto de vista, pocas formas había mejores de terminar 2011 o empezar 2012 que viendo los tres episodios de un tirón o en dosis.

            Las distopías no tienen buena prensa. Incluso en tiempos supuestamente escépticos, críticos o cínicos. Vivimos tiempos sombríos, aunque esto no es ninguna novedad. Búsquenme una época no sombría de la Historia. Ciertamente, hay épocas en las que, en ciertas partes del mundo, el ruido de fondo es más optimista que pesimista. Y otras, en las que la música que toca bailar es, por así decir, paulocoehliana, aunque la oscuridad esté sonriendo con todos sus dientes.

            Hasta que la Crisis actual dijo “hola, buenas”, vivíamos en Occidente una de esas épocas. Lejos de mi intención ponerme a dar lecciones sociológicas. Ahora, uno de los temas de la Sinfonía del Nuevo Mundo Globalizado y Fantástico (quizás, uno de los movimientos) era el de la Feliz Tecnología Social.

            Tampoco voy a ponerme a maldecir en masa las nuevas tecnologías y redes sociales. Ni a bendecirlas. Uno de los argumentos de quienes critican a Black Mirror es su supuesta demonización de las mismas, cuando la tecnología es, dicen, neutra. En fin, tampoco estoy yo de acuerdo de manera absoluta con esa afirmación, pero, aún admitiéndola, creo que la crítica está mal dirigida.

            Black Mirror es justo eso, un espejo que nos da un reflejo tenebroso de nuestro mundo y de lo que nuestro mundo puede llegar a ser. Y nuestro mundo es bastante tenebroso, o sea que imaginen. Black Mirror es un grito de advertencia, un puñetazo encima de la mesa (o, según algunos, una patada en la entrepierna). Chesterton decía que al hombre de cada siglo le salva un grupo de hombres que se oponen a sus gustos. Brooker puede ser un miembro de ese grupo.

            The nathional anthem, Fifteen million merits y The entire history of you son historias bien distintas con ciertos mimbres comunes. En todas ellas, internet y la tecnología tienen un rol importante, aunque medial. En todas, el centro está en pasiones humanas. En todas, no hay esperanza.

            La tecnología no es el origen del mal en ninguno de los episodios. Es sólo una herramienta. Una herramienta temiblemente efectiva, cierto, pero sólo eso. El mal está en nosotros. El morbo, la frivolidad, el miedo y la destrucción del individuo en el primer episodio. El plan del secuestrador es una genialidad mayúscula (otra cosa son ciertos fallos del guión), porque comprende y anticipa las reacciones de todos los implicados y la repercusión que twitter, youtube y facebook les darán. El consumismo alienante, la estratificación clasista, el afán de llenar el vacío con chucherías brillantes, el pensamiento único indiscutible, al ansia de dejar una vida miserable, a cualquier precio, la prostitución de uno mismo y de los demás, el amor que se convierte en desesperación, en el segundo. Y los celos, la inseguridad, la desconfianza (con razón, que tiene hasta más gracia), la obsesión refocilarnos en nuestro pasado hasta que es tarde para tener un presente o un futuro, en el tercero.

            La tecnología del primer capitulo nos puede parecer más cercana, más que el totalitario mundo del segundo (¿un totalitarismo estatal, empresarial, social? no se nos dice y eso es de lo más sugerente). Aunque, vaya, esos anuncios implacables, esas aplicaciones nuevas para el cubículo, esos avatares a los que visten los jóvenes (por cierto, ¿dónde están los niños, los adultos y los ancianos?) mientras ellos visten los mismos chándals grises… no nos quedan tan lejos. Como tampoco están lejos de los viejos videos caseros la posibilidad de grabar y reproducir todo nuestro pasado; sencillamente, es una herramienta que la gente ha asumido como imprescindible, salvo unos pocos y por accidente.

            Pero lo que hace que Black Mirror sea grande es el reinado de la oscuridad. Si en cualquiera de los capítulos hubiera una puerta abierta a la esperanza, el efecto catártico sería menor, pienso yo. Sobre todo en el segundo, donde el momento de indignada rebeldía da un breve respiro, hasta que es asimilada sin mucho esfuerzo por el sistema. Si el pobre tonto de Bing hubiera tenido éxito en su arenga, el puñetazo se hubiera quedado en un empujón. Además, se consigue así una calculada ambigüedad: porque Black Mirror puede no ser más que el programa periódico de crítica social alentada por el mismo sistema que dice combatir.

            No, esta serie no es perfecta. Tampoco es el más fino y meditado examen que esta sociedad nuestra necesita. Pero sí es una de las voces que nos recuerdan esa necesidad. Una voz siniestra.

            Y no recuerdo que se use nunca la canción homónima de Arcade of Fire. Pero encajaría. Con ella nos despedimos, por hoy.

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