Con un vaso de whisky

octubre 26, 2010

Job (II): Espadas en alto

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                   Las palabras de Job no quedan sin réplica. Sus tres amigos se alborotan ante una queja tan amarga. Mientras Job estuvo callado, le mostraron muda simpatía. Pero ahora le oyen blasfemar y, piadosos varones, no lo toleran. Por tanto, sacan a relucir su único argumento, que repetirán machaconamente durante el diálogo: Dios está castigando a Job, que, sin la menor duda ha cometido alguna maldad; en cuanto Job se arrepienta y pida perdón a Shaddai (como nombran a Dios), Éste le perdonará, satisfecho al ver que su criatura ha aprendido la lección.

            Los tres amigos de Job son dogmáticos inmovilistas, que comulgan sin dudas con el sistema moral que he comentado un poco más arriba. Dios premia a los buenos y castiga a los malos, sin excepciones ni errores. Job, enfermo, pobre, con sus hijos asesinados, está sufriendo la retribución divina. Algo habrá hecho para merecerlo. Recuerda: ¿qué inocente ha perecido?/ ¿Dónde has visto al justo exterminado?, le dice Elifaz, en medio de un canto al poder divino.

            Job, aún centrado en su nihilista reflexión sobre el sinsentido de la vida, pronuncia otro magnífico discurso de versos sombríos. Prefiere morir a aguantar este dolor, físico y moral.

            […]El hombre en la tierra cumple un servicio,

            vida de mercenario es su vida;

            como esclavo, suspira por la sombra

            como jornalero, aguarda su soldada.

            También yo comparto meses baldíos,

            Noches de agobio me tocan en suerte.

            Al acostarme pienso: “¿Cuándo llegará el día?”,

            y al levantarme: “¿Cuándo se hará de noche”?[…]

            Al final ya se dirige a Dios, solicitando paz antes de la muerte, sin entender a qué vienen tantos sufrimientos:

            Si he pecado, ¿en qué te afecta,

            Centinela de los hombres?

            ¿Por qué convertirme en blanco?

            ¿Por qué te sirvo de carga?

            ¿Por qué no olvidas mi ofensa,

            pasas por alto mi culpa,

            si pronto yaceré en tierra

            y no estaré aunque me busques?

            Los tres sabihondos siguen atosigando a Job:

            […]¿Puede Dios torcer el derecho,

             pervertir Shaddai la justicia?

            Si tus hijos pecaron contra él,

            ya los puso en poder de su delito.

            Pero si buscas pronto a Dios

            Y diriges tu súplica a Shaddai,

            Si eres intachable y recto,

            De inmediato velará por ti,

            Te devolverá tus legítimos bienes.

            Tu pasado será una miseria

            Comparado con tu espléndido futuro […]

            Es la misma idea, la misma lógica de premio y castigo. Basta que Job regrese al rebaño y toda su vida se arreglará de golpe. Siempre y cuando admita su crimen, cualquiera que haya cometido.

            Entonces Job recoge el guante y se enfrenta a los acusadores. Admite que él, hombre mortal, no puede pleitear contra Dios, pero no porque la razón esté del lado divino, sino sencillamente porque Dios es más fuerte: Aun teniendo yo razón,/ su boca me condenaría,/ aun siendo inocente, me declararía culpable. ¿Éste es el paciente Job? Nuestro anciano ejemplar no cree que Dios no exista, sino algo mucho peor: que Dios ni es justo ni es bueno, sino arbitrario, que destruye igual al inocente que al culpable. Y pide cuentas a ese Señor terrible. Dios es el Creador; ¿por qué destruye a la criatura?

            El escándalo de los inquisidores aumenta en grado: piden una retractación pura y simple, que Job confiese la justicia divina, que ceda en su herético pensamiento, si quiere evitar la condena. Sofar y compañía ya no parecen unos creyentes más o menos obcecados en dogmas, sino comisarios político-religiosos purgando a un desviado social. Pero el criminal no se arruga y emplea las temibles armas la lógica y la ironía.

            Reconociendo como evidente el poderío de Dios, ansía enfrentarse cara a cara con Él y no con unos rivales tan patéticos. Lo que sabéis, lo sé yo también,/ en nada me superáis. Así pues, que baje Dios y lo vea. ¿Cuántos son mis errores y culpas?/ Hazme ver mis delitos y errores. Shaddai descarga su ira contra un desgraciado que ha cumplido las reglas que se le han enseñado. Dios debe justificarse.

            Cuando el coro trata de torpemente de mezclar consuelo religioso con reprimenda, Job se revuelve con impaciencia: su dolor es auténtico y no está para cantos celestiales. ¡Cuántos enfermos, moribundos y desesperados suscribirían las palabras de Job ante el azúcar que cacarean creyentes imbéciles! Al ver que eso no funciona, vuelven a lo de antes, repitiendo la sabiduría de sus antepasados con frases ampulosas: La luz del malvado se apaga,/ el fuego de su hogar se consume […] el Primogénito de la Muerte roe sus miembros./ Lo arrancan del amparo de su tienda,/ lo arrastran ante el Rey de los terrores.

            Ante las sentencias de los sabios y ancianos, que eran dogma de fe para los religiosos devotos, Job, mordaz, se limita a enseñar el mundo real a sus viejos amigos, en el que triunfa el mal. Si Dios es como dicen los ancianos, ¿por qué siguen vivos los malvados, que envejecen y aumentan su poder? Job hace suya una crítica existencialista. Dada la existencia irrefutable del mal, o bien Dios no es omnipotente y no puede acabar con él, o bien Dios no es misericordioso y no quiere hacerlo. Job no ha negado el poder divino, de modo que llega a la conclusión de la indiferencia de Dios ante las desgracias humanas. Gimen los moribundos en la ciudad,/ los heridos piden socorro,/ pero Dios no escucha su oración.

            Dentro del esquema religioso en que viven Job y los tres hombres piadosos, el primero es invencible. La fe de esos tres predica que Dios actúa de manera directa en el mundo, que nadie escapa de Su justicia, que es recto, que todo el bien proviene de Dios y todo el mal también, como premio o como retribución en esta vida, dado que la creencia en una vida futura era inexistente. Lógico implacable, Job constata que si todo bien y todo mal vienen de lo alto, por decreto divino, y si la justicia es tal como la predican sus tres amigos, Dios no puede ser justo, ya que los hombres honrados son derrotados por los miserables doce de cada diez veces. Si Elifaz, Bildad y Sofar se niegan a aceptar esta conclusión es porque son ciegos a todo lo que no esté escrito en sus estrechos libros sagrados.

            Despachados de manera magistral los adversarios menores, Job se prepara para enfrentarse a Dios. Job es un gran poeta desarraigado. Rememora los felices días de antaño, comparándolos con la existencia de muerte y horror que ahora lleva y se pregunta por qué. ¿Es por lo que dicen esos tres papagayos, por un crimen, un pecado? Veámoslo: convencido de su inocencia, Job examina su vida, constatando que ha cumplido escrupulosamente todas las reglas. ¿No tendí la mano al indigente/ cuando angustiado pedía justicia?[…] Que me pese en balanza sin trucar/ y Dios conocerá mi integridad. Leyendo su magnífica apología, se ve que si es sincera (y lo es, para variar), Job es un hombre justo e irreprochable, como el mismo Dios alardeó ante Satán. Nada más tiene Job que añadir. ¡He dicho mi última palabra!/ A Shaddai le toca responder.

            Aparece aquí entonces un quinto personaje, Elihú, cuyo discurso es, según los expertos, un añadido posterior que, en realidad, poco añade a la respuesta que Dios da a Job a continuación. Así que vamos a oír a Dios replicar al alegato de Job.

Imágenes: tres de la serie de ilustraciones obra de William Blake sobre el Libro de Job.

octubre 19, 2010

Job (I): El anciano calumniado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:22 pm
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            Uno de los personajes más calumniados de la Literatura es, sin la menor duda, Job. De él, se habla poco, siempre con una visión sesgada, falsa, que ha triunfado en la mente colectiva: Job es y será para la mayoría el anciano virtuoso, fatalista, de fe a prueba de bombas, la resignación hecha carne. Se habla de los sufridos diciendo que tienen más paciencia que el santo Job.

            Esta concepción del personaje se basa en que a la hora de enfrentarse con el Libro de Job, mi favorito en el Antiguo Testamento, buena parte de los lectores se limitan a la parte narrativa.

            En ella, Dios y el Satán, que parecen dos hacendados ricachones y un tanto aburridos, discuten sobre Job. Dios alaba sus virtudes, muy orgulloso, pero el Satán, individuo desengañado, le replica que todas las bondades de Job le vienen del hecho de ser rico, respetado, tener buena salud y una extensa familia. Picado ante el desprecio de su interlocutor, Dios concede al Satán autoridad para dejar a Job retorciéndose en la enfermedad, más pobre que las ratas y con sus hijos muertos y enterrados.

            Pero Job, a pesar de todo, no se queja, incluso aunque su mujer le recrimine su silencio. Al final, Dios premia su fidelidad con muchas más riquezas, mucha más salud y muchos más hijos. Por cierto que los hijos están asimilados en el libro a una propiedad, igual que las ovejas y los camellos, lo que no deja de tener su lógica, ya que los hijos son muchas veces un tipo de ganado, aunque improductivo si no se los casa con millonarios cercanos al último viaje.

            Ésta es la historia que se cuenta (cuando se cuenta), de la que sacamos la siguiente moraleja: da igual lo mucho que suframos en la vida, hay que aguantar y tener fe en Dios que, más tarde o más temprano, cuando se canse de martirizarnos, nos recompensará. O no. La verdad es que Dios no queda en muy buen lugar.

            Ojo a un detalle: para el judaísmo de la época, las riqueza eran recompensas de Dios al hombre justo. Si te iban bien los negocios, Dios estaba de tu parte. Luego el rico era por definición un hombre virtuoso. Según algunos, los protestantes recogieron la idea y así surgió el capitalismo. Otros opina que del capitalismo nacieron los protestantes y no falta quien asegura que el capitalismo ve con indiferencia a paganos, judíos o cristianos; no vamos a entrar ahora en eso.

            El Satán, cínico astuto, le da la vuelta a la tortilla: porque le van bien los negocios, Job es virtuoso. Pero Satán se equivoca con Job (me inclino a pensar que sólo con él), ya que es genuinamente virtuoso.

            Mientras Job aún está en lo más hondo de la miseria, silencioso y meditabundo, llegan tres amigos suyos, Elifaz, Bildad y Sofar, los cuales se sientan a su lado, lamentándose de la desgracia de Job. Y entonces, nuestro pacífico y santo estoico pronuncia unas palabras que no tienen nada que ver con la gazmoña imagen de viejecito apacible:

            Muera el día en que nací,

            la noche que anunció: “¡Ha sido concebido un varón!”

            Que ese día se vuelva tinieblas,

            que Dios, desde lo alto, no lo eche en falta

            que la luz no brille sobre él.

            Que lo reclamen tinieblas y densas sombras,

            que una nube se cierna sobre él,

            que un eclipse lo aterrorice.[…]

            ¿Por qué no morí antes de nacer

            o salí del vientre de mi madre?

            ¿Por qué me recogieron dos rodillas,

            dos pechos para amamantarme?

            Ahora reposaría en paz,

            ahora dormiría tranquilo,

            con los reyes y consejeros de la tierra

            que se hacen construir mausoleos,

            o con los príncipes que abundan en oro,

            que llenan de plata sus tumbas. […]

            ¿A qué viene esta imprecación? Job el silencioso no estaba aguantando como un estoico, sino reflexionando sobre su situación. Este exabrupto, inicio de sus discursos, señala el fin de la meditación. Es el inicio de un duelo a muerte, casi sin parangón en la poesía. Un duelo que, hace miles de años, destripó la teología de la época, dejando al descubierto las incoherencias, las contradicciones de una imagen de Dios que se tenía y se tiene. Vamos a adentrarnos la próxima semana en esta batalla.

octubre 13, 2010

Grandes series: Roma

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:50 pm
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            Como ya he dicho en otra parte, una de mis certidumbres es que la guerra, la política y lo erótico son versiones del mismo Gran Juego. Las tres, juntas o por separado, han sido examinadas y aplicadas en mil novelas, películas y series, con mayor o menor fortuna. Tal vez la serie que con más éxito haya sabido combinarlas fuera Roma, con el señor Bruno Heller a la cabeza de los creadores.

            Dos temporadas. La primera, el ascenso de Julio César. La segunda, la guerra civil tras su asesinato. Probablemente el período de la Historia romana más conocido, siquiera sea superficialmente, por la mayor parte del público, desde el Julio César de Shakespeare hasta nuestros días.

            Dos grandes arcos argumentales, que se entrecruzan. Por un lado, el de los personajes históricos. Los patricios. Pompeyo, César (grandísimo Ciarán Hinds), Marco Antonio, Bruto, Cleopatra… Voy a detenerme un momento en estos. Son ellos los que manejan política, guerra y sexo con una soltura envidiable. Puesto que comentamos una serie, no un documental histórico (sin negar la magnífica ambientación y el apoyo de buenos historiadores; esto es la HBO, hombre), a cada cual le puede resultar sorprendente la visión de unos u otros. Personalmente, me esperaba a Marco Antonio como el hombre ambicioso, arrogante y cruel que interpreta James Purefoy; o el angustiado y maleable Bruto de Tobias Menzies.

            Quien más me chocó fue Cicerón. Estaba acostumbrado a leer sobre él siempre la misma descripción psicológica: un republicano de pro, inteligente, honesto, culto, enemigo acérrimo de las dictaduras. El reptiliano político, flexible, hábil, superviviente nato, aunque con dignidad una vez todo se ha perdido, que pulula por las dos temporadas tenía poco que ver con esas versiones tradicionales, de las que se aparta Tom Holland en su recomendable Rubicón, que ya comentaremos otro día. Y fue la sorpresa que más me gustó de este elenco.

            Frente a los grandes titiriteros (volveré en un momento con ellos), los plebeyos y los esclavos. Un elenco de personajes tan respetable como los anteriores. Y una de las glorias de la serie: el dúo Tito Pullo y Lucio Voreno. Es una de las mejores parejas que he visto en años. No sólo los actores, Ray Stevenson y Kevin MacKidd, realizan un trabajo de sobresaliente y no sólo esperamos con verdadera ansia a que Pullo haga una de las suyas, entre vino y prostitutas, o a que Voreno lance alguna frase lapidaria, frunciendo el ceño más de lo habitual. Es, sobre todo, que se influyen el uno al otro.

            Don Quijote y Sancho Panza. Ahí tienen Pullo y Voreno sus orígenes. Individuos antagónicos que van transformándose. Igual que los críticos hablan de la quijotización de Sancho, hay una vorenización de Pullo. Y viceversa. Hay finura psicológica en todos los episodios. Por no hablar de la compleja relación entre Voreno y su familia, en especial sus hijos.

            Pero esas complejidades también se dan entre los patricios. Otro de los aciertos de la serie es el papel reservado a las mujeres. En un mundo lleno de serpientes, ellas se las comen para desayunar, sin darle mayor importancia. Obligadas por los usos sociales a mantenerse alejadas de los puestos de poder, las mentes de Atia y Servilia tienden lazos desde detrás de los titiriteros. Manipulan a los manipuladores. O casi.

            Porque si hay un personaje que controla a todos y a todo, es Octavio. Durante buena parte de la serie permanece en silencio, escuchando, aprendiendo, dando pequeños pasos. Un muchacho a quien nadie presta demasiada atención, salvo el mismo César. Un muchacho que se traga humillaciones y desplantes del resto de jugadores. Hasta que el muchacho crece y, con la tempestad que provoca la muerte de César, se revela como el monstruo frío, tan astuto como despiadado. La segunda temporada pertenece a Octavio y sólo a él. La devora.

            Añadamos a ello, como de costumbre, una puesta en escena cuidada al detalle, las voces admirables que siempre nos concede la HBO, realismo en las calles, en los desiertos, en las cloacas y en los palacios, un Jeff Beal que vuelve a lograr componer una música perfecta… Aconsejo lo mismo que en Carnivàle: vean ustedes los créditos de inicio, otra de las marcas de la casa.

            Piérdanse por las callejuelas de Roma, den una vuelta por los mercados, escuchen a los oradores hipócritas del Senado. Y si ven a algún imbécil diciendo aquello de “Mi nombre es Máximo Décimo Meridio…” no gasten palabras. Una puñalada en el estómago y ya vendrán los perros a rematar el trabajo.

octubre 5, 2010

Choque de Leyes

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:38 pm
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            En Israel llevan semanas (o meses, o años) incubando un conflicto interno interesante. Los bloques enfrentados son, por un lado, el Estado y, por el otro, la comunidad ultraortodoxa. Cada vez con más frecuencia leo en la prensa (con la visión sesgada propia de cada periódico) alguna escaramuza e incluso pulsos fuertes entre los adversarios (eso no quita que los ultraortodoxos tengan una voz fuerte en el Gobierno, sobre todo en lo que al conflicto con los palestinos se refiere). Cuando no es una decisión gubernamental o de un ayuntamiento es alguna resolución de los tribunales. Por lo que he leído, los judíos ultraortodoxos han afirmado que su intención última es ver la Torah convertida en ley suprema de Israel. Algo que no creo haya sorprendido a nadie.

            Los periodistas, con el simplismo que suele caracterizarlos, bien sea por presiones de sus jefes, bien por limitaciones propias, han calificado esta situación de guerra entre la religión y la laicidad. Por desgracia, la tendencia de llamar laicidad a una especie de militancia antirreligiosa ha ganado la partida. Los últimos esfuerzos conceptuales trataban de acuñar el término “laicismo” para designar esa militancia, separándola de la “laicidad”. Pero nada. Lo único que se ha logrado es convertirlos en sinónimos. Y, de paso, dar un arma retórica a los militantes, vamos a llamarlos así, antilaicistas.

            El gran caballo de batalla entre “laicistas” y “antilaicistas”, en casi todos los Estados más o menos democráticos, es el papel de la religión en la esfera pública. Durante unos cuantos siglos –zigzagueando a otros de encarnizada lucha entre ambos poderes-, en Europa el Trono y el Altar se llevaban de maravilla, bendiciendo el último al primero si éste no permitía otros Altares y convertía en ley al menos parte de lo que los jefes del Altar decían en aquel momento. Como reacción, Tronos posteriores y sus seguidores consideran que nada de lo que opine el o los Altares puede ser incluido en una ley. Y que los Altares deberían cerrar la boca en todo debate político, social o cultural. Es decir, que lo religioso debe estar circunscrito a un ámbito rigurosamente privado.

            Como casi todo en esta vida, el asunto es bastante más complicado. Romper la alianza entre el Estado y la Iglesia fue algo extraordinariamente positivo. Lo fue para el Estado, lo fue para la Iglesia y lo fue para los individuos. De hecho, en aquellas partes del mundo donde no existe tal separación, los Estados tienden a ser dictatoriales, las confesiones a ser intolerantes y agresivas y los particulares a tener en exclusiva el derecho a obedecer.

            Pero, ¿qué quiere decir que la Iglesia (englobemos aquí en este término, esperemos que sin ofender a nadie, a las confesiones religiosas) esté separada del Estado? Cada cual marca la frontera donde le parece. Unos, en que la Iglesia no sea financiada por el Estado ni en un céntimo. Otros, en que la doctrina de la Iglesia no pueda ser admitida en el debate político-jurídico. Otros, en que ni la Iglesia maneje al Estado ni el Estado manipule a la Iglesia, pero sí puedan cooperar, como colectivos, respetando los derechos de creyentes y no creyentes como individuos. Este sector es el que se conoce como defensor del Estado aconfesional que, en realidad, es lo mismo que decir Estado laico. O debería serlo.

            Tal separación, muy hermosa sobre el papel, es fuente de muchas discusiones en la práctica. Lo cual es lógico. La falta de discusiones es seña identificadora de toda sociedad de pensamiento único. Haríamos bien en alegrarnos de discutir, siempre que las discusiones fueran de cierta altura. Debates muy conocidos, aliñados por la alegre incompetencia de los altos cargos públicos y eclesiásticos, recorren Europa mes tras mes. De alguno de ellos podríamos ocuparnos en otras ocasiones.

            Ahora bien, incluso en el sector “aconfesional” hay matices. El debate de la financiación se da entre gentes aconfesionales-cooperativistas. Y el gran debate del ámbito religioso, también.

            El religioso es un fenómeno complejo. Pese a lo que podría pensarse oyendo a los imbéciles “laicistas” o a los idiotas “antilaicistas”, las religiones no son códigos morales con patas. Sin duda, en toda religión hay un componente moral, ético, importante. Incluso hay moral individual y moral social. Pero no es, ni debería ser, un Código Civil o Penal espiritual.

            En una sociedad libre habrá, sin duda, diversidad religiosa. Por ello, si un Estado se toma en serio su misión de garantizar las libertades de las personas, no puede imponer legalmente la visión de una confesión en concreto (seamos más justos: de un sector de una confesión) a expensas de las demás, ni aun cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos pertenecieran a tal confesión. Esto, dicen algunos, implica, por pura lógica, que las visiones de los sectores de las distintas iglesias deben quedar al margen del debate público. No puedo estar de acuerdo.

            Supongamos un Estado con tres partidos políticos (siendo simplistas), uno de izquierdas, otro de centro, otro de derechas. Supongamos, de paso, que estos partidos están compuestos por gentes sensatas que han llegado a la conclusión, cada cual por su lado, de que su postura ideológica es la mejor para la sociedad en la que viven. Descartada la opción de tomar el poder a cañonazos, concurren a unos comicios limpios, encantadores, regidos por un sistema electoral ideal. Repartido el poder legislativo, la mayoría se dispone a dictar normas, sin avasallar a la minoría, pero de acuerdo con su propia orientación ideológica.

            Hasta aquí, casi nada que objetar. Bien. Supongamos ahora que las propuestas del partido mayoritario coinciden en todo o en parte con las posiciones sociales de una confesión religiosa determinada. ¡Dios mío! ¿Qué hacemos? ¿Son esas leyes contrarias al principio de la aconfesionalidad porque a una confesión se le ocurrió confesar que estaba de acuerdo? O, peor aún, ¿porque esa confesión inspiró las propuestas de ese partido?

            Examinemos la segunda posibilidad, la inspiradora. ¿Es buena cosa que un partido político se identifique públicamente con una Iglesia? Supongamos que el partido de izquierdas se autodenomina Partido Católico y el de derechas Partido Hindú. Así las cosas, pareciera que a todos los católicos no les quedaría más remedio que votar a la izquierda y a los hindúes a la derecha. O viceversa. ¿Y los ateos, musulmanes, judíos o protestantes? Más vale que el Partido de centro no haya elegido una fe concreta.

            Esa situación sería un error de primer orden. El autoproclamado Partido Católico estaría mintiendo como un bellaco. Porque un católico puede ser de derechas, de izquierdas, de centro, liberal, socialista, conservador, mixto y cualquier otro color del espectro. Lo mismo que un hindú o que un agnóstico. Sólo faltaría que, por inclinarse algunos miembros de una confesión hacia un lado, toda la confesión tuviera que seguirles, monolíticamente. Igual que en la sociedad hay debate ideológico, debería haberlo en las confesiones. Lo mismo que debate teológico.

            Esa perversa mezcla entre partido y confesión es conocida entre los anglosajones como “entanglement”, enredo. Tentación que nunca está lejos ni de las confesiones ni de los partidos. Ambos tienen cosas que ofrecer a la otra parte. El resultado es siempre malo. Para el Estado, para las Iglesias y para las personas.

            Sin embargo, es asimismo poco razonable condenar a un individuo o a una colectividad al silencio porque tenga creencias religiosas. Una creencia religiosa siempre tiene una aplicación en la vida concreta. Es decir, en una sociedad determinada, con problemas económicos, sociales, culturales concretos. Cuestión distinta es que, ante esa realidad, todas las personas religiosas, incluso de la misma religión, lleguen a conclusiones idénticas.

            Ya, entonces, ¿dejamos que los ultraortodoxos coloquen la Torah por encima de la ley civil? Bueno, el ejemplo concreto es aún más complicado de lo que parece a simple vista. La Torah es, en buena medida, un texto jurídico, no espiritual o moral. Es la Ley. El problema es que es una Ley un tanto añeja. Redactada, pensada o inspirada (dejo aquí plena libertad al lector) para una sociedad distinta, con problemas distintos. Sus soluciones a veces nos pueden parecer rechazables, contrarias a la dignidad de las personas; otras, sorprendentemente retadoras. Desde luego, es una Ley con un trasfondo religioso, moral, espiritual. Pero cualquier Ley tiene un trasfondo espiritual, ético. Incluso la ley que establece la aconfesionalidad: el principio ético es aquí la libertad de conciencia, la misión del Estado de garantizar esa libertad.

            Por otro lado, como ya dije en otro artículo, los ámbitos de la Ley y la Moral son diferentes. Pueden coincidir en ocasiones, pero, en un Estado liberal o liberal-social, una conducta considerada inmoral por algunos y aun por muchos, no tiene que ser ilegal, a no ser que perjudique o dañe injustificadamente a terceros. Regla general que, como toda regla general, no es tan simple de aplicar a lo concreto.

            Tal vez el debate no deba pararse en si un principio ético o social puede o no ser acogido en una ley civil por haber sido propuesto por tal o cual confesión, escuela filosófica o corriente de pensamiento, sino que deba someterse a ese principio a escrutinio. Debate dentro de la confesión, debate dentro de la escuela filosófica y debate en el Estado.

            Lo absurdo, desde luego, es aplicar los mismos razonamientos en las diferentes sedes de debate. Que la Biblia o el Corán digan esto o lo otro puede tener peso en un debate teológico (estoy simplificándolo mucho). Ese debate teológico podrá traer, como consecuencia, un debate social y moral, dentro de la confesión. Y las aportaciones de estos y otros debates pueden unirse al debate de toda la sociedad. Pero en el Parlamento lo que diga la Biblia no debe tener importancia porque lo diga la Biblia. Lo que importa es qué se dice y si puede aplicarse a nuestra sociedad, a nuestros derechos, libertades y deberes. De eso debería discutirse.

Imágenes: El Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén: Asamblea Nacional, Francia.

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