Con un vaso de whisky

diciembre 28, 2012

Casi Les Misérables

            Teniendo en cuenta mis expectativas, la cosa no ha ido tan mal. Para destrozar una gran obra como este musical, hace falta un especial empeño o una especial incompetencia. No había ese empeño ni esa incompetencia. Pero tampoco se ha logrado hacer justicia en esta adaptación al cine.

            Empecemos por lo bueno y luego pasemos a lo deplorable. Lo primero bueno, en realidad, ni tendría que decirlo. Es consecuencia de un mal endémico del cine en España: el doblaje. Hasta asegurarme de que las canciones no estaban dobladas (vivo en una ciudad sin cines en versión original), no compré la entrada. Así que bien por la distribuidora o quienquiera que haya tomado la decisión. Hombre, ya para hacerlo bien del todo, los subtítulos podrían traducir lo que realmente están cantando los personajes, no copiar el libreto adaptado a la versión en español.

            Las partes en las que no se canta sí están dobladas. Este es un posible punto de polémica. En el musical no hay partes no cantadas. Aquí, sí. Yo prefiero la idea del musical: da mayor coherencia, mayor unidad al todo. Lo acerca, por así decir a la ópera. No es gente que esté conversando y de repente empiece a cantar. Además, casi todo lo que se habla en la película se canta en el original, así que no sé por qué diantre se hace el cambio, cambio que además quita un par de momentos pequeños pero que a mí siempre me han gustado mucho. También es verdad que en ciertas partes habladas hay guiños y homenajes a la novela que se habían perdido en el musical, así que vaya lo uno por lo otro.

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            Lo bueno. Tom Hopper, director de la película (y de la muy correcta y bastante, pienso, sobrevalorada El discurso del Rey), sale airoso de la prueba. No tengo queja en el apartado de dirección. Aprovecha los recursos del cine para suplir las limitaciones que en el teatro hay que suplir con ingenio, jugando hábilmente con las secuencias de transición, con los planos espectaculares o con los primerísimos planos de algunos actores durante sus soliloquios. Hay algunos cambios de estructura y añadidos discutibles, aunque neutros en última instancia. El musical, por ejemplo, no describe la llegada de Valjean y Cossete a París, ni su refugio en el convento, que sí están en la novela (y que dan pie a una de las grandes reflexiones de Hugo: la severa crítica a la cultura conventual como algo sin sentido en su época, al tiempo que hace una de las más hermosas alabanzas a la oración que yo haya leído nunca). Incluso se atreven a añadir una canción, un monólogo de Valjean ante Cossete durmiendo: error salvaje.

            Otros cambios son cronológicos. Algunas de las canciones más famosas del musical (I dreamed a dream, On my own, The People Song), se colocan en lugares diferentes. Pero en estos casos, el cambio está justificado, y no merece crítica negativa. ¿Podría haberse seguido el musical sin más? Yo pienso que sí, aunque tampoco vamos a ser fanáticos inmovilistas.

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            El vestuario y los escenarios, tan importantes tanto en el cine como en el teatro, están de sobresaliente. Miren que yo no visualizaba físicamente a Jackman como Valjean, pero me lo creí nada más ver la cabeza rapada, la barba hirsuta, el bastón nudoso. Los edificios cochambrosos donde cantan las prostitutas, la barricada de los revolucionarios, las alcantarillas, París entero (el elefante donde vive Garvroche, que en el teatro no estaba, es otro detalle para con el libro que me gustó mucho)… todo está de respeto.

            Ahora bien, la piedra de toque del musical son los actores-cantantes. Si fallan, falla todo. Si triunfa, se tiene la batalla ganada. ¿Qué ocurre aquí? Un empate.

            En el lado del haber, están casi todos los secundarios, los coros (algunos se acortan, como el triste Turning) y, en especial Fantine y Éponine, o sea, Anne Hathaway y Samantha Barks. Hathaway me sorprendió para bien (de hecho, lleva ya sorprendiéndome para bien unas cuantas veces, así que debería dejar de sorprenderme tanto). Actúa y canta y hace bien ambas cosas. Su Fantine es, casi sin duda, lo mejor de la película. Cuando llega su gran momento, el soliloquio I dreamed a dream, Hopper no se anda con bobadas: tiene fija la cámara en el rostro de Hathaway, sin buscar distracciones ni excusas. Expone a su actriz a la mirada y al oído del espectador. La actriz gana. Esta canción, mal interpretada, puede dar a una versión empalagosa, que no hace justicia ni a letra, ni a música ni a personaje. Hathaway está a años luz de lo empalagoso: el suyo es lo que debe ser, un lamento desgarrado, el grito de una mujer en lo más hondo de su miseria, arrojada al pozo por la vida y por sus semejantes, sola, sin salida, sin esperanza.

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            Miss Barks saca nota también. Ah, pero es que ella jugaba en casa. Es la única que había interpretado antes, en Londres, en el teatro, su papel. Es la profesional, el tributo al musical auténtico. Y lo hace bárbaro. No esperaba menos de ella. On my own, su solo de amor no correspondido, siempre ha sido una de mis piezas favoritas, tanto por la letra como por la música (conforme, y porque soy un sádico). Es Éponine a la que hay que agarrase en A heart full of love, el triángulo que forma con Marius y Cosette, los personajes más cansinos de novela, teatro y cine. Y se despide por todo lo alto con A little fall of rain. Que Marius esté colado por Cossete teniendo al lado a Éponine dice mucho del chaval.

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            Los jóvenes revolucionarios, Enjrolras (Aaron Tveit) a la cabeza, merecen aplauso. Cumplen su parte con gran dignidad, y la lucha en las barricadas está conseguida. El pequeño Gavroche (Daniel Huttlstone) es otro hallazgo: el papel de pillo parisino le va como anillo al dedo. Como de costumbre, el eslabón débil es Marius. Claro que poco se puede reprochar a Eddie Redmayne: el mal está en el personaje, ese niño rico que se olvida de sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad en cuanto la rubia le guiña un ojo y se casa con ella. Sólo en Empty chairs and empty tables logra Marius ser medio simpático.

            Y ahora, vamos a dejar de hablar de cosas agradables. Vamos a los tres fallos graves. Y muy, muy, muy graves. Por orden creciente de gravedad.

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            Jean Valjean. Tuve desde el principio reparos muy serios con Hugh Jackman. Como actor, ya lo he admitido, me equivoqué. En una versión no musical, su caracterización del sufriente Valjean me hubiera convencido. Como cantante, no me equivoqué. No es que lo haga espantosamente, incluso hay momentos en que no le sale mal del todo. Pero los zapatos le vienen grandes. Grandísimos. En todos los momentazos de Valjean, que son varios, Jackman raspa el aprobado, sin más. Eso es duro para quien haya gozado el musical: ver pasar delante de uno, malgastados, Valjean´s soliloquy, Who am I?, The Confrontation, Bring him home… No, no deja buen sabor de boca.

            Los Thénardier. Bien, aquí ya es terreno personal. Porque Monsieur Thénardier (ese monumento del mal a quien le debo un artículo propio) es mi personaje favorito de la novela y del musical. En el musical, es cierto, comparte su maliciosa gloria con su esposa, y ambos son más bufonescos que en el libro. Pero son bufones siniestros. En la película, son bufones ridículos. Master of the house, una canción que se lleva en teatro una salva de aplausos entusiasta, es aquí una sombra del sarcasmo malévolo del original. A Thénardier, perpetrado por ese supuesto cómico insufrible que es Sacha Baron Cohen, lo convierten en un imbécil. Y, para rematar, le escamotean su momento en las alcantarillas, donde, mientras roba, sonriendo cínicamente a los muertos, entona su propio soliloquio, el más tenebroso de todos:

            Lo dicho, una vergüenza.

            Javert. ¡Pobre Javert! Jean Valjean es uno de los pilares de la obra y en la película sólo funciona a ratos. Javert es otro y no funciona nunca. Es para desesperarse. El implacable policía, servidor inflexible de la Ley (por cierto, me gustaría saber de dónde sacaron los libretistas del musical original que Javert es profundamente religioso; Hugo, literalmente dice: Se recordará que el fondo mismo de Javert, su elemento, su ambiente respirable, era la veneración hacia toda autoridad. Lo era íntegramente y no admitiía ni objeción ni restricción. Para él, desde luego, la autoridad eclesiástica era la primera de tods. Era religioso, superficial y correcto en esto, como en todo; diferencia entre Javert y un hombre auténticamente religioso, como el mismo Valjean, hay), cuya presencia, estampa y, sobre todo, voz, deberían enderezar todas las espaldas, una voz que ha de ser el Código pétreo… es aquí una nulidad.

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           Y la culpa es de Russell Crowe. Punto. Con lo bien que me cae el hombre, que ya le había perdonado hasta Gladiator. Aquí es un horror. Canta espantosamente mal. Hunde todo lo que entona. Hace desear que The Confrontation acabe cuanto antes. ¡Y qué decir de su último soliloquio, reflejo del primero de Valjean! Pues que en la película lo recortan. Y lo que dejan que cante, lo destroza. O sea, que mejor lo hubieran recortado a él de la película.

            Quizás el mejor resumen de esta versión sea One day more, el canto coral, con todos los personajes (menos Fantine), en la mitad de la obra: ahí están, los que cantan bien, los que cantan aceptables, los que no son sus personajes y los que lo hacen de pena.

            Podría haber sido peor. La película se disfruta, en conjunto. Pero podría haber sido tan bueno, que da rabia. En resumen: si pueden, y sería milagroso que pudieran, vayan a Londres. Al de verdad.

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diciembre 21, 2012

Humbug!

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            Me da igual lo que El Corte Inglés o la Lotería digan: hasta el 25 de Diciembre no hay Navidad que valga. Pero mientras llegan tan entrañables fechas, pueden hacerse preparativos. Cada cual tendrá sus ideas sobre la Navidad, pero hasta los más devotos del Grinch la homenajean, siquiera con su malhumorado desprecio –digamos de paso que éste es más digno de respeto que el azúcar pringoso que toma al asalto escaparates y altavoces.

            En aras de la hermandad universal (ya saben lo poco que me gusta el caos y la confusión), hago una recomendación, espero, del gusto de todos. Charles Dickens. Michael Caine. Los Muppets (Teleñecos, Teleñecos… ¿Qué es eso? Ni una tele ni un muñeco). The Muppet Christmas Carol.

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            Pongamos las cosas en su sitio. Si no han leído la novela original, tienen ustedes una laguna de tamaño del Mar Negro. Me sorprendería que estuvieran en este caso, también se lo digo. Porque A Christmas Carol (traducida bien como Canción de Navidad, bien como Cuento de Navidad) no es la mejor obra de Charles Dickens, pero es, sin la menor duda, la más conocida, la más leída y la más adaptada. También la más breve. Y, si descontamos esa creación mágica que es Los papeles póstumos del Club Pickwick, la de menor carga social. No inexistente. Scrooge es un prestamista usurero y especulador. La avaricia es el pecado que siempre se asocia con este individuo, pero es tan codicioso como avaro. Acumula créditos y dinero, para luego vivir en una miserable estrechez.

            En fin, hablando de las múltiples adaptaciones que se han realizado, unas son mejores, otras son peores. La peor que yo he visto era una versión de los cincuenta, creo, no sé si inglesa o estadounidense. Cierto que la tuve que ver doblada (horror), pero me temo que sólo eso no justifica el espanto que sufrí. Amén de un Scrooge sobreactuado, se unieron una cocinera inexistente en el original (e ilógica), unos Fantasmas patéticos y, aún peor, un tipo en un sillón, con batín y un ponche que se atrevía a cortar la película a cada cambio de escena, para recordarnos, por si no nos habíamos dado cuenta, de lo buenos que eran los actores, lo buena que era la novela y lo buena que era la adaptación. Sólo una de esas afirmaciones era verdadera.

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            La mejor adaptación que he visto es la de los Muppets. Con diferencia. El humor muppetiano se une a la ironía y al absurdo dickensiano. Cuando Dickens se pone empalagoso puede ser el más empalagoso de los escritores y los Muppets, ese es su peor defecto, caen en el mismo error. Así que imaginen lo que se hace en esta versión con el Pequeño Timmy, personaje querido por generaciones, para mi incredulidad (que su supervivencia alegre tanto a narrador, lectores y Scrooge me rebasa). Pero el Pequeño Timmy aparte, todo lo demás, grande.

            Empezando, claro, por Mister Ebenezer Scrooge. Sin Scrooge no hay obra. Mientras casi todos los demás personajes son criaturas bastante planas (y perfectas para que los Muppets los posean y les den más brío, recalcando sus características, por así decir), con su protagonista Dickens deja fluir el verbo:

            ¡Ah, pero Scrooge era un auténtico tacaño! ¡Un viejo y codicioso pecador que agarraba, estrujaba, arrancaba, arrebataba y despojaba! Era duro y afilado como el pedernal, del que ningún eslabón había logrado sacar jamás una chispa de generosidad; y cauto, cerrado y solitario como una ostra. Su frialdad interior acartonaba su viejo semblante, congelaba su nariz puntiaguda, secaba sus mejillas, envaraba su paso, enrojecía sus ojos, amorataba sus labios delgados y volvía acerada su voz chirriante. Una gélida escarcha le cubría la cabeza, las cejas, la hirsuta barbilla. Siempre llevaba consigo su baja temperatura; helaba su oficina en los días de bochorno y no deshelaba ni un grado en Navidad.

            Hacía falta introducir con igual fuerza a Scrooge en la película. Y se consigue con esta canción, en la que la cara del cruel prestamista se nos escamotea hasta el último segundo, pero en la que los londinenses de traporetratan certeramente y con ironía al protagonista (las señoras bondadosas que cantan eso de He must be so lonely, he must be so sad, and he goes to extremes to convince us he is bad. He is really a victim of fear and of pride: look close and there must be a sweet man inside… para entonar un unánime “Nah” cuando Scrooge pasa a su lado es la guinda):

            ¡Y ahí está Michael Caine! El señor Caine dice que éste es uno de los papeles que más disfrutó interpretando y se le nota. Su paso del despiadado hombre de negocios del principio (seguramente, donde mejor se lo pasó actuando) al excelente individuo que baila por las calles en Navidad es todo lo matizado que permite una película de hora y media llena de marionetas. Es normal que Scrooge (descontando su sobrino Fred y su perdido amor Belle) sea el único personaje interpretado por un actor. Es el único personaje que se retrata con cierta profundidad psicológica y hacía falta un rostro humano, un rostro que supiera dar vida a un ser despreciable y a un ser amigable. Caine fue una elección magnífica y le concedo mucho del mérito de la película.

            Todos los Muppets, no se confundan, son ideales para sus papeles- hecho en falta, eso sí, la presencia del Conde; el Conde siempre fue mi Muppet preferido y es lástima que no se le haya dado un papel. El Gran Gonzo como narrador y autoproclamado Charles Dickens, junto con Rizzo la Rata, quien se interpreta a sí misma, dan un dúo cómico resultón que, además, permite intercalar citas casi literales del original literario. Kermit (Gustavo por estos lares) era una elección obvia como Bob Cratchit, al igual que Miss Peggy era la elección obvia para su esposa, no sólo por esa relación tan fogosa que ofrece demasiadas opciones para los chistes procaces y que no vamos a aprovechar hoy. El Doctor Honeydew y Beaker son unos muy logrados caballeros caritativos. Statler y Waldorf, los vejestorios aguafiestas, dan vida a los difuntos socios de Scrooge, Jacob y Robert Marley, que son ejemplo para todo alto ejecutivo desde hace siglos. Sí, en el original, Jacob Marley no tenía ningún hermano, pero esto se llama licencia poética y si permite este fantasmagórico número musical, bienvenida sea (la escena completa, por desgracia, no la he encontrado):

            Después de Scrooge, Canción de Navidad es recordada por los fantasmas de las Navidades Pasada, Presente y Futura. El Fantasma de la Navidad Pasada no es muy memorable, salvo para contemplar la triste infancia de Scrooge (el primer momento de la novela en la que Dickens muestra piedad por su personaje: Junto a un débil fuego, había un niño solitario leyendo; y Scrooge se sentó en un banco, y lloró al verse a sí mismo, pobre niño olvidado, tal y como había estado siempre) y su sacrificio de su único amor humano por su más duradero amor por el dinero.

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            El Fantasma de la Navidad Presente es muy diferente: es sin duda el más amable, chispeante, benévolo y entrañable de todos. Es el que mejor está plasmado en la película, con un Muppet orondo, un poco a lo San Nicolás, un poco a lo Falstaff, lleno de buen humor. Y con otra aceptable canción de la obra (por cierto, las adaptaciones de la letra al español, aparte de ser malas en tanto que doblaje, vuelven insoportables casi todas las piezas musicales de la película), además de las que ya hemos vista, una danza por la ciudad en la que Scrooge sonríe sin malignidad por primera vez en muchos años:

            Sin duda porque no deseaban enturbiar el espíritu cómico de la obra, quizás por falta de tiempo, los responsables de la película dejaron fuera una escena muy dickensiana, una alegoría sombría, en la que el Fantasma muestra a un espantado Scrooge a una pareja de niños gemelos. El Espíritu adopta entonces un aire de Profeta del Antiguo Testamento: –Son hijos del hombre- dijo el espíritu, mirándolos. Y se aferran a mí suplicantes, huyendo de sus padres. Este niño es la Ignorancia. Esta niña, la Indigencia. Guárdate de ellos y de los de su especie; pero, sobre todo, guárdate de este niño, porque en su frente veo escrita la palabra Condenación, a menos que sea borrada. ¡Recházala!- exclamó el espíritu, extendiendo la mano hacia la ciudad- ¡Calumnia a quienes te la digan! ¡Admítela para tus fines perversos y empeórala aún más! ¡Y espera el final!

            Esta despedida bastante lúgubre prepara el camino para el tercer Fantasma, el enigmático Fantasma de las Navidades Futuras. También aquí la película está a la altura: el espectro es el más siniestro de todos, sin nada del humor negro de los Marley para compensar. Impasible y silencioso, lleva a Scrooge hacia un futuro triste, pesado, donde sólo unos cuantos comerciantes glotones y un puñado de carroñeros harapientos parecen encontrarse en su salsa. El Pequeño Tim ha muerto (¡hurra!) y a un devastado Scrooge se le muestra su propia tumba, tras probar que el único rastro que dejará tras de sí en este mundo es el de la indiferencia o el frío placer de sacar beneficios de su muerte.

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            ¡Ah, pero Scrooge despierta el día de Navidad! Despierta cambiado, risueño, alegre y lleno de esperanza. Sí, conforme, a mí también me gustaba más el Scrooge del principio, pero como ya hemos llegado al final, Michael Caine sigue siendo Michael Caine y los Muppets son siempre simpáticos, podemos observar con cierta tolerancia la reaparición del pesado de Tim y el cántico final. Bueno, no. No, a tanto no puedo llegar, lo siento.

            Ahora, vayan a comprar un pavo y yo pongo la bebida. ¡Paparruchas! Humbug!

diciembre 5, 2012

¿Se trata de una bicicleta?

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:06 pm
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            Guardo recuerdos bastante buenos de un viaje a Bilbao, hace unos cuantos años. Vi en directo por primera vez a Les Luthiers. Comí pocos pinchos (porque comer muchos pinchos sí era vivir por encima de nuestras posibilidades). Un vasco del tamaño de una torre y brazos como aspas de molino perdió el equilibrio en un bar, me utilizó de asidero y me tiró abajo (por fortuna, le caí encima y él estaba demasiado achispado para que aquello no le hiciera gracia; yo, en cambio perdí medio whisky, que, de acuerdo, no era un jura de dieciséis años, pero me lo habían cobrado como si efectivamente lo fuera). Y unas amigas de la gente con la que había ido para allá me revelaron El Tercer Policía.

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            Para ser justos, me lo revelaron como una especie de apuesta. Para retarme, por así decir. Comentando que no sabían si sería capaz de estar a su altura. Me sentí insultado en mi dignidad de lector, una de las pocas dignidades que trato de defender. Además, tenía un aliciente: el señor Morán, que estaba allí, admitió públicamente que había sido demasiado para él. La idea de humillar al señor Morán triunfando donde él había caído no fue decisiva para coger la novela, pero desde luego no pesó en contra. Y, como estamos siendo justos diré que, en cuento empecé a leerlo, ni mi orgullo de lector ni la derrota del señor Morán me importaron ya nada. Me importaba el libro.

            Flann O´Brien (pseudónimo de Brian O´Nolan; James Joyce lo leía con pasión) no es un escritor conocido en estas tierras, ni siquiera en las norteñas – las cuales, digan lo que digan arqueología, geología y demás zarandajas, estoy convencido se separaron de las Islas Británicas por algún cataclismo desafortunado. No hay muchas posibilidades de encontrar novelas suyas, ni siquiera en versión original, editadas en España. Nórdica Libros se merece reconocimiento por haber rescatado ésta, además de The Dalkey Archive, con la cual aún no he logrado hacerme (ya para acabar con mis recuerdos bilbaínos, tardé bastante tiempo en devolverles el ejemplar prestado a mis retadoras, hasta que no estuve seguro de que podría hacerme con uno para mí; esto se llama retribución calculadora).

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            Los placeres de El Tercer Policía son variados. Su inicio es como un martillazo: No todo el mundo sabe cómo maté al viejo Philip Mathers, hundiéndole la mandíbula con mi pala; pero antes será mejor que hable de mi amistad con John Divney, porque fue él quien derribó primero al viejo Mathers, asestándole un fuerte golpe con un bombín especial para bicicletas que él mismo había fabricado con una barra de hierro hueca. Esto nos arrastra a leer más. ¿Quién es el viejo Mathers? ¿Quién es John Divney? ¿Por qué mataron el narrador y Divney a Mathers? ¿Esa mención a las bicicletas es algo aislado y sin relevancia? Estas cuestiones tendrán su respuesta, pero serán las menos relevantes de cuantas empecemos a formularnos (salvando a las bicicletas). O´Brien nos enreda, con suavidad, en un mundo estrambótico, peculiar y asombroso, que mira de frente a los mundos donde Carroll metió a Alicia.

            Los personajes de la novela están tres pueblos más allá de la rareza. Empezando por el anónimo narrador, cuyo punto de vista estamos obligados a seguir. La técnica del narrador subjetivo, en vez del omnisciente, tiene sus pros y sus contras pero, como todas, da para hacer virguerías, si se sabe empelar. Aquí se emplea magistralmente. Obligados a intentar entender el mundo en el que el protagonista se mueve, sometidos a las limitaciones de dicho protagonista, sin poder auxiliaros de ningún tercero, nos pasamos la novela barruntando, imaginando, pensando, rastreando pistas. Esa es una alternativa. La otra es dejarse llevar por la corriente. Empleé la primera táctica la primera vez que leí el libro. Esperé a que el argumento y los episodios estuvieran lo bastante desdibujados y la releí, siguiendo la segunda técnica. Cada cuál tiene sus recompensas. Dejaré que sean ustedes los que juzguen.

            El narrador no está solo, le acompaña su propia alma, a quien se da el tranquilizador nombre de Joe. Los diálogos entre el protagonista y Joe son estupendos, verdaderamente cómicos, o, en ocasiones, cerca de lo conmovedor, por absurdo que sea el contexto. Joe es un gran tipo y, a ratos, parece un Jeeves poco cerebral pero muy reconfortante. Frente a ellos, todos los demás, extrañas criaturas, que aparecen brevemente (como el viejo Mathers, con quien se mantiene uno de las conversaciones más enrevesadas que yo haya leído nunca o el jefe de todos los cojos Martin Finnucane) y los tres policías, el Sargento, MacCruiskeen y Fox, quienes, con mucho, superan al resto de individuos con los que nos topamos. Si descontamos a De Selby.

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            De Selby es el personaje más nombrado de toda la novela y el único que jamás aparece ante nosotros. De Selby es el ídolo del protagonista, un sabio autor de numeroso ensayos y forjador de muchas teorías, cada cuál más espléndidamente ridícula que la anterior (desde considerar la noche como una acumulación de “aire negro” a su obsesión por los espejos o la idea de que la vida no son más que momentos estáticos infinitamente breves). Uno de los grandes méritos del libro es la introducción de la vida y obra de De Selby a través, sobre todo, de notas a pie de página, en las cuales seguimos los avatares de su vida y las polémicas entre sus defensores, críticos, estudioso y comentadores; esto mina de manera astuta nuestros asideros con el mundo ajeno a la novela: a poco que nos descuidemos, creeremos estar leyendo sobre un auténtico erudito, estudiado por auténticos críticos. Algunas notas a pie de página ocupan la mayor parte de los capítulos y yo las leí con una diversión mayor aún que las aventuras principales.

            ¡Y el uso del lenguaje! O`Brien (todo mi respeto hacia el traductor Héctor Arnau) posee un estilo que no he visto nunca en ningún otro escritor. Me siento incapaz de definirlo, pero cualquier lector será capaz de identificarlo. Escribe maravillosamente, peculiarísimamente, sin que haya artificio, ni resulte alambicado. Nadie ha usado los adjetivos de la manera en la que lo hacen sus personajes. Está tan bien escrito que uno puede perderse en el goce de la propia escritura, olvidándose de trama y protagonistas. Y esto no es algo casual, sino que está dentro de la lógica de la novela. Voy a abrir el libro al azar. He cogido por la mitad un diálogo entre el Sargento y el protagonista:

            -Me dijo usted la primera regla de la sabiduría-dije. ¿Cuál es la segunda?

            -A eso sí que le puedo responder-dijo. Hay cinco en total. Haga siempre cualquier pregunta que tenga que hacer y no responda a ninguna. Aproveche en su propio interés todo lo que oiga. Lleve siempre consigo material de repuesto. Gire a la izquierda el mayor número de veces posible. Nunca frene primero con el freno de delante.

            -Unas reglas muy interesantes-dije secamente.

            -Si las sigue-dijo el Sargento-salvará su alma y nunca sufrirá una caída en carreteras resbaladizas.

            -Le estaré muy agradecido si me explica cuáles de estas reglas conciernen al problema que he venido hoy a relatarle.

            -Ahora no es hoy, es ayer-dijo- pero ¿de qué problema se trata? ¿Cuál es el crux rei?

            ¿Ayer? Decidí sin titubear que era una pérdida de tiempo tratar de entender siquiera la mitad de lo que decía. Perseveré en mi indagación.

            -He venido a informarle de manera oficial del robo de mi reloj de oro americano.

            Me miró a través de una atmósfera de enorme sorpresa e incredulidad y levantó las cejas hasta casi tocar el pelo con ellas.

            -Esa es una declaración sorprendente- dijo al fin.

            -¿Por qué?

            -¿Por qué iba nadie a robar un reloj pudiendo robar una bicicleta?

            “Presta atención a su lógica fría e inexorable” [dijo Joe]

            La obsesión del sargento por las bicicletas, que no es monopolio suyo, es sólo una de los muchos, muchísimos detalles que vuelven a esta novela tan peculiar. En “La aventura del Pabellón Wisteria” Holmes y Watson discuten sobre el significado de la palabra “grotesco”. Una cosa rara, fuera de lo normal, dice el doctor; pero Holmes niega con la cabeza y replica: Seguramente que abarca algo más que eso; algo que lleva dentro de sí una sugerencia de cosa trágica y terrible. Podemos aplicar esta definición a El tercer policía. Es un libro humorístico, sin duda, y yo me río siempre con él. Pero hay en cada escena algo más que puro buen humor, puro ridículo. Hay en cada sílaba un atisbo del Caos. Como si la novela fuera una capa delicadamente trabajada, bajo la cual se revuelve una fuerza ajena, incomprensible, casi aterradora. En nada se ejemplifica esto mejor que en los policías, seres cómicos, ridículos, que se van volviendo grotescos hasta alcanzar ribetes cuasi demoníacos (¿Qué miden con tanta precisión? ¿Y por qué? ¿Y por qué no?).

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            Las entrañas de esta obra son oscuras. Pueden ustedes limitarse a admirar la superficie, porque lo merece. Pero tanto si han querido desentrañar sus misterios como si se han dejado arrastrar por la marea, acabarán, sin saber muy bien cómo, en un lugar donde bicicletas insinuantes, cajas infinitesimales, omnium milagroso y conversaciones repletas de neumática inimitabilidad llenan la habitación de carcajadas que, si uno atiende, empiezan a parecer un aullido.

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