Con un vaso de whisky

septiembre 29, 2014

Cómo no organizar una Distopía

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:32 pm
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            Por aquello de que un domingo por la tarde uno está vago, se cometen ciertos errores. Miren que podía haber hecho cosas mejores con mi vida. Continuar la lectura de “Las benévolas”, de Jonathan Littell, una novela inquietante de la que tal vez hablemos algún día. Ponerme de una vez con “The honourable woman”. Mirar fijamente un punto en la pared. Escribir un borrador de un relato para luego vociferar que es basura, prepararme café y sentirme escribidor. Pero no. Tuve que ver “Divergente”. Morbo, quizás. Masoquismo. A saber.

            En fin, no voy a detenerme en comentarla, en tanto película. No hay por dónde cogerla. Ni en la dirección, ni en la fotografía, ni en la banda sonora, ni en las actuaciones (santo cielo, las actuaciones), ni en el guión. Está basada en una novela de este género que viene a ser a la ciencia-ficción lo que la saga Crepúsculo al terror. Y dice IMDB que hay secuelas en camino. Así que hagamos acopio de paciencia.

Divergent

            La historia (ja) se desarrolla (jajaja) en una Chicago en ruinas. Se nos habla de una guerra que armó la zapatiesta, sin mayores detalles. Esto es, por no saber no sabemos si aún hay una guerra. Lo que sí parece es que un grupo relativamente numeroso de gente se refugió en la ciudad y levantó una valla alrededor. Valla que no parece comparable al Muro de Berlín, ni al Muro de Poniente ni a ningún otro Muro merecedor de dicho nombre, en este mundo o en otros. Se supone que es un muro para evitar que unos posibles invasores (¿quiénes y por qué?) traten de entrar, más que para mantener a la población dentro. Bueno, bueno, noten ustedes que esto no es malo por necesidad. La fortaleza de “El desierto de los tártaros” esperaba una hipotética invasión y lo inconcreto, nebuloso, irreal de esa invasión es uno de los geniales pilares de ese gran libro. Obviamente, aquí genialidad hay poca.

            Los visionarios que decidieron levantar la valla, también decidieron que la mejor manera de mantener la sociedad estable e inmutable (ya saben, esas cosas que Maquiavelo, entre otros, ya escribió que son imposibles) consistía en dividir a la sociedad en castas. Ahora, como “casta” queda feo, llamémoslas “facciones”. Mucho mejor. Facción jamás ha tenido connotaciones negativas. Cinco facciones, cinco grupos, cada uno en una según sus habilidades. Y cada una tiene asignado un color y sólo puede vestir de ese color ¿No husmean ustedes ya el olorcillo de la distopía?

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            Tenemos a unos de Blanco, los Honestos, creo, cuya mayor habilidad es decir siempre la verdad. No teman, que nadie va a meterse en espinosos debates filosóficos. Dicen lo que les viene a la cabeza, sin pararse a pensar, sin filtro (esto lo dice un personaje literalmente en la película y nadie desmiente semejante afirmación). A estos Blancos Honestos se les confía el ejercicio del Derecho. No voy a hacer chistes fáciles, pero coincidirán conmigo que unos tipos dedicados a resolver conflictos mediante argumentos y a aplicar la ley deberían ser capaces de pensar antes de hablar Tal vez, vaya. Es una suerte que no haya contactos con otras ciudades, porque supongo que serían los diplomáticos, otro gremio donde tampoco importa mucho medir las palabras.

            Luego están los de Negro. Estos son los Intrépidos. Según nos cuenta la protagonista, estos muchachos (no se ve uno que supere los treinta años, menos un jefe), son el ejército y la policía. ¡Ah! Una esperanza. Mezclar ejército y policía puede ser marca de una buena sociedad distópica. No de las más sutiles ni inteligentes, pero tener soldados actuando como policías suena a dictadura. Rompe un poco el encanto que las tres primeras veces que los veamos, estos Intrépidos estén corriendo y dando saltos por las calles, trepando a fachadas y a puentes, riéndose, en plan “somos la hostia, no como esos aburridos de ahí”. Se respira la disciplina en sus apariciones. Más tarde se nos trata de convencer que hay un riguroso entrenamiento y que saben obedecer las órdenes sin rechistar (algo que contradice de manera clara lo que viene a ser la mitad del argumento de la película, por cierto). Pero a uno no se le olvida que parecen más la caricatura de una tribu urbana medio punk con exceso de anfetaminas en sangre.

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            Hay unos de Naranja, dedicados a la agricultura. No recuerdo su nombre. Llamémoslos Aburridos. Los Aburridos siembran y recolectan. Según parece, están de un buen humor constante, con un aire a lo hippie un tanto extraño. Son ninguneados de manera flagrante en la historia. Nadie con dos dedos de frente querría ser un Aburrido y vestir de naranja. Sin embargo, observe el político sagaz que estos tienen el monopolio de la comida. Si los Aburridos quisieran, el resto de la ciudad no tendría un guisante que llevarse a la boca. No se nos da pista alguna de que sean otras facciones los que les den instrucciones. Porque más bien parece que cada facción se ocupa de sus asuntos sin admitir órdenes de las demás, como compartimentos estancos. Así que los arquitectos sociales de esta ciudad han dejado el poder de alimentar o dejar morir de hambre al resto en una sola mano. Hábiles, sin duda.

            Tenemos a continuación a los Azules. Los Azules son los Eruditos. Los que saben cosas. No nos concretan más. Por las imágenes parece que son los científicos y los técnicos. Silencio sobre si alguno es además humanista o desarrolla las ciencias sociales. Silencio de la película, quiero decir. En sus dos horas y pico no hay nadie que tenga un libro entre sus manos. Ni que mencione su existencia. Y esto no como en, por ejemplo, la célebre obra de Bradbury. Da la impresión de que para los creadores de este universo el hecho de que no haya rastro de arte, de filosofía, de fenómeno religioso (sea en forma de creencias o de ateísmo) es normal. No un indicio de pesadilla social. Algo que dice bastante de ellos y de su universo.

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            Por último están los Grises. Altruistas o Misericordiosos o algo similar. Se dedican a atender a todo el mundo, a ayudar a las viejecitas a cruzar por el paso de cebra, a bajar la basura del vecino y a ser amables. Y a gobernar. Pasmo. ¿Gobernar? Los Blancos aplican la ley. Los Negros tienen pistolas. Los Naranjas, la comida. Los Azules, la ciencia y la tecnología. Los Grises gobiernan. Pero, ¿cómo? ¿Son los legisladores? ¿La Administración? ¿Recaudan los impuestos? ¿Acuñan la moneda (¿hay moneda?)? ¿Reparten el correo? ¿Se encargan del suministro energético? Ni idea. La película ignora con gloriosa despreocupación estas cuestiones. Nos dice que gobiernan y se queda tan ancha. En un alarde de generosidad, nos dice que un tal Marcus es el Líder.

                ¿Quién demonios ha elegido a este fulano? ¿Los demás Grises? ¿Las demás facciones tienen voto o representantes? ¿Hay algún organismo de coordinación interfaccioso? ¿Cómo se las arreglan los Grises para gobernar- suponga esto lo que suponga- si no saben qué piensan o cómo les va al resto de facciones? Y si cada facción hace de su capa un sayo, ¿cómo se organizan internamente? El gobierno de los Grises, ¿hasta dónde puede intervenir en los asuntos de las facciones?

               Nada de esto se nos dice. Ni se plantea por ningún personaje. Claramente, ninguno de estos problemas tiene importancia y ningún grupo humano a lo largo de la Historia les ha buscado solución, porque, total, para qué. La única cuestión de organización social que se nos responde es cómo entra cada uno en una facción. Y agárrense, porque esto empieza a ser delirante.

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            Si uno decide que la base de su sistema social sean las castas, tiene dos opciones básicas. La primera es aplicar el nacimiento: si naces en la casta A, A serás, y tus hijos también. Sin excepciones. Este sistema prima la estabilidad, y es una papeleta segura hacia la esclerosis. La otra posibilidad es que el Estado se lleve a los críos desde el nacimiento, los eduque y los distribuya según sus talentos. De un modo más perfecto, los puede criar, aun con métodos eugenésicos, predeterminándolos para una clase social (“Un mundo feliz”, vaya).

            ¿Qué hicieron nuestros linces Fundadores? Ni lo uno ni lo otro. Hola, joven. Has nacido entre los Azules. Muy bien. Durante tu infancia y adolescencia vivirás entre los Azules, sin apenas contacto con los demás. Luego, cuando alcances una edad (sobre los dieciocho, da la impresión), te haremos un test. “Trust the test”, es uno de los lemas de la ciudad. El test (consistente en inyectarte sabe el cielo qué, que tengas una alucinación y examinar tu reacción) te indicará cuál es tu habilidad o virtud. ¿Eres honesto, o inteligente, o valiente, o amable, o feliz? Te has criado toda tu vida en un ambiente que machaconamente prima sólo una de esas características, pero igual tú tienes alguna de las otras. Ah, pero el resultado no es imperativo. Con lo cual, el día de la elección, por tus santas narices, puedes irte a la Facción que te dé la gana. Una vez que eliges, chaval, ya no hay marcha atrás.

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            Bien pensado. Es decir, que sabemos a ciencia cierta que tenemos entre manos a un futuro as de la microbiología, pero dejamos que decida, si eso, que le apetece más dar saltos entre los edificios, de risas. Y aunque luego se dé cuenta de que ha metido la pata y que lo suyo son las probetas, no aceptamos correcciones. Muy astuto. Oh, pero es que dentro de las Facciones hay entrenamientos, porque, claro, no todos valen. Y los que no pasan el entrenamiento, ¿a dónde van? A engrosar una sexta clase: los descastados. Veamos si lo he entendido bien. ¿Yo, el posible Premio Nobel de Física, voy a ser expulsado del sistema, por siempre jamás, porque un día, de chaval, decidí que me molaba más ser soldado, y luego se vio que no cuajaba? Excelente gestión de recursos humanos. Ni libertad de verdad ni despiadada eficacia. No me extraña que Chicago siga en ruinas.

            Ah, claro que esto da lugar a otra pregunta. Estos descastados son los que no han superado las pruebas. Nos los presentan como vagabundos a los cuales da la impresión de que se les haya practicado una lobotomía. Ahora bien, ninguna mención a ello hay. Simplemente, con los datos que hay encima de la mesa, son personas que eligieron mal su facción. El que se creía muy valiente, en realidad era muy inteligente. El que se creía futuro juez del Supremo en realidad hubiera sido un ingeniero de caminos estupendo. Pues bien, si tienes a un grupo no pequeño de personas sin esperanza de encajar en el sistema, pero con talento de sobra, ¿no sería razonable pensar que esta buena gente se organizaría de modo clandestino? Los Fundadores, a lo que parece, tampoco se plantearon la cuestión. Y con razón, porque en la película, los descastados se limitan a babear un poco por las esquinas. Una vez más, sin razón ni explicación.

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            Oh, aún hay más. Hemos dicho que el test te dice si eres inteligente o valiente. Pero cuidado como se te ocurra ser inteligente Y valiente. Porque tampoco vale. Como demuestres aptitudes para varias Facciones, no encajas. Eres una cosa rara llamada Divergente. Y, como tal, una amenaza para la sociedad. Desde luego, esta sociedad no tiene parangón en la lista de Sociedad Distópicas. Bajo el Gran Hermano, o en el mundo de “Brazil”, uno tenía que ser ciegamente obediente. Pero si lo eras, y además tenías varios talentos útiles, bienvenidos sean. Aquí no. Si sabes pegar tiros, no puedes saber cómo mejorar las armas, que eso es conocimiento técnico. Si eres compasivo, ya no puedes dedicarte a la ciencia. Si eres sincero, olvídate de tener agallas.

            Podríamos aceptar un régimen que busque la hiperespecialización y la mediocridad si hubiera una casta de superiores tirando de los hilos. Pero aquí, lo más parecido, los Eruditos, sólo saben de lo suyo. Están poco conformes con el status quo, porque no gobiernan ellos. Así que deciden arreglarlo mediante el clásico golpe de estado (deducimos, pues, que no hay elecciones ni órganos interfacciosos ni nada que se parezca a una estructura institucional, ni pública ni corporativa; las juntas de vecinos están mejor organizadas). Antes se desacredita en los medios de comunicación a los Grises, mediante tergiversaciones y medias verdades. Anda, hay medios de comunicación. ¿Son empresas privadas? ¿Son del Estado? ¿Quién los dirige y trabaja en ellos? ¿Los Grises, como parte del gobierno? Entonces, ¿por qué se desacreditan? ¿Los Eruditos? ¿Qué tiene que ver la prensa con la ciencia? ¿Los Blancos? ¿Esos no tenían que decir siempre la verdad, completa? ¿Los hippies? Saben tanto como yo.

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            Para un golpe de estado siempre es bueno tener a los militares de tu lado. Los líderes Intrépidos están por la labor, pero no se fían mucho de la disciplina de los suyos. Normal, viendo cómo cogen el tren, los muchachos. Así que los Eruditos se sacan de la manga un suero que convierte a los soldados en autómatas. Luego los mandan a fusilar a los Grises. ¿Pero qué ganan los Intrépidos? Van a seguir en la misma posición de poder. El sistema de facciones va a mantenerse igual, sólo que con los Grises de servidores. Los únicos que ganan son los Eruditos. No hay ni la sombra de mención a una posible alianza de líderes Eruditos e Intrépidos para imponer una dictadura más descarada. A todo esto, si los Eruditos tienen una droga que les permite convertir en borregos a los demás, ¿para qué demonios necesitan a los militares? Se les da a todo el mundo y listo. ¿En serio no se les ocurre ningún medio para inocularlo discretamente? ¿No han visto “Teléfono rojo”? Aparte, si los Blancos y los Naranjas ven que se liquida a los Grises, ¿no se plantearán si luego van ellos? ¿Dónde queda la sagrada estabilidad?

           Así que, en resumidas cuentas, tenemos una ciudad sin organismos conocidos de legislación y gobierno, donde cada facción se ocupa sólo de una parte de la vida, sin diálogo entre ellas, donde si vales para más de una cosa te pegan un tiro en la nuca, por ir de superior, donde si te has equivocado una vez en la vida te conviertes en un sin techo idiotizado (por alguna causa desconocida), donde la lealtad suprema es para la facción y no para la ciudad…

              En fin. Alguien tenía que ser el pringado en la clase de dictaduras. Pero yo me buscaría un buen Patricio.

2 comentarios »

  1. […] Cómo no organizar una Distopía […]

    Pingback por Cómo no organizar una Distopía — septiembre 29, 2014 @ 6:27 pm | Responder

  2. […] regalo la primera parte. Si recuerdan, la primera película me produjo cierta sensación de estupor ante una sociedad tan extraordinariamente mal diseñada. Esta segunda me ha tranquilizado en buena medida. Porque ahora sé, sin lugar a duda, que todo el […]

    Pingback por Cómo no derribar ni dirigir una dictadura | Con un vaso de whisky — agosto 19, 2015 @ 4:12 pm | Responder


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