Con un vaso de whisky

diciembre 7, 2017

Cómo no llevar a cabo un experimento socio-genético

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:30 pm
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     Después de torturar mi cerebro con las dos primeras partes de la Saga Divergente, viendo que empezaba a dejar de babear de manera involuntaria, decidí que había llegado el momento de apurar la copa hasta las heces y ver la tercera parte. Y Santo Dios. Santo Dios. Creo que he quedado medio tarado de modo definitivo.

    Ya el título es poco prometedor. La primera cosa se llama “Divergente”. La segunda “Insurgente”. No sólo rimaban ripiosamente entre sí (también en el original), se referían ambas a la protagonista. Pues bien, la tercera parte es “Leal”. No rima (tampoco en inglés, “Allegiant” ). Y además, como veremos, la leal no es la prota, es un personaje terciario. Esto pinta peor de lo previsto.

    La película se estructura en una introducción que merece le dediquemos un poco de atención, por su extrema torpeza, y dos tramas paralelas medio mezcladas: la que narra lo que ocurre en la ciudad de Chicago y la que narra lo que ocurre fue de la ciudad de Chicago. Luego ambas tramas se unen en un clímax tolerable de un modo directamente proporcional al número de botellas de licor vaciadas.

    Antes de entrar con el hacha de carnicero, dediquemos dos líneas a los aspectos estrictamente cinematográficos. La dirección es inexistente; la banda sonora, irrelevante;los diálogos, vergonzantes; la interpretación, para ahorcarse con una cuerda de piano y los efectos especiales (en la película de la saga donde más se usan) dignos de “Superpulpo contra Megatiburón: la Venganza”.

    Continuemos.

    Recordarán que, al final de “Insurgente” la dictadura de los Eruditos y parte de los Intrépidos había sido derribada por una alianza de los fulanos de Blanco, los de Naranja y la masa sin facción, con la pobre Naomi Watts haciendo de Lenin (ay, Naomi Watts… después de verla en la vuelta de “Twin Peaks” verla aquí…). Además, la prota había hecho público un mensaje de los Fundadores que, en esencia decía que todo era una broma, que Chicago era un experimento, que los Divergentes eran cosa buena y que la Humanidad les estaba esperando. Esto nos planteaba bastantes preguntas legítimas. ¿Hay respuesta en esta película? Sí. Que fuera de Chicago también es todo el mundo idiota. O incompetente. O las dos cosas.

    El prólogo no sitúa en una especie de versión barata de la época del Terror. Derribado el antiguo régimen, se han iniciado una serie de juicios sumarios.

    Como muestra del sistema de justicia, se ve el proceso al jefe de los Intrépidos. Modélico: se le inyecta una especie de suero de la verdad, se le pregunta si está contento con haber sido colaborador de la fallecida Jefa Azul, el tipo dice que sí, que mucho y el público, por volumen de griterío, vota entre culpable o inocente. Bueno, gritar, gritan mucho, pero quien toma la decisión final es el personaje de Watts. Vaya, que vox populi, vox Dei, pero mando yo. Esto no siente muy bien a la jefa de los hippies Naranjas, que se va con sus simpatizantes. ¡Ajá! ¡Grietas en la colación! ¡Guerra civil en el aire! ¡La líder revolucionaria, en su primera decisión, logra cabrear a quienes controlan el suministro de comida! ¡Brillante!

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     Puede uno creer que esta escena sirve para huir de maniqueísmos y demostrar que la antigua aliada de los buenos es tan mala como los antiguos malos al alcanzar el poder. Pero la protagonista (Tris) y su maromo, aunque un poco incómodos, no dicen esta boca es mía. Como símbolo y heroína de la rebelión, no es irracional pensar que si Tris hubiera dicho a la Lideresa que ya está bien, la Lideresa habría tenido una crisis entre manos, mayor aún por la desafección de los de Naranja. Así que o a Tris eso no se le ocurre, o es una cobarde, o está de acuerdo con las ejecuciones en masa. Con una excepción: su hermano (un Erudito) está encerrado. Así que el novio saca al joven de la celda (sin más), Tris y él meten al hermano en un coche y tratan de salir de la ciudad. Hasta que les para un control.

     Ah, sí, perdón, hay controles. Porque aunque la grabación de los Fundadores dice que la Humanidad espera más allá de Chicago, la Lideresa ha decretado que no sale nadie. ¿Por qué? No se explica. Para qué.

     Así pues, los protas están tratando de huir con un preso. Preso al que se le distingue como miembro de la facción Erudita porque aún lleva las ropas azules de rigor. Que está esposado (no, no le han quitado las esposas). En el control el centinela muestra cierta suspicacia (algo es algo) y pide papeles. Los buenos han parado para recoger a Peter (personaje recurrente cuya función es ser más irritante e imbécil que los demás para que así estos nos parezcan menos lerdos), pero no se les ha ocurrido haber conseguido unos papeles, falsos o verdaderos. Noten que el tal Cuatro es el hijo de la Lideresa. Algo de cómo tiene su madre montado el tinglado debería saber. De pronto, aparece la amiga abogada de Tris con un fajo de papeles en la mano. Se los da al centinela, se sube al coche y el centinela, sin apenas haberlos leído, da paso franco. ¿Cómo sabía la amiga abogada que estaban tratando de escapar? ¿Cómo había conseguido los papeles adecuados? ¿Cuándo y cómo los había falsificado, si era el caso? Misterios. Telepatía o el poder del amor y la amistad, seguramente. Eso sí, ante otros centinelas el maromo empuja al hermano a una zanja ty finge pegarle un par de tiros. Los centinelas, con madera de Tropas de Asalto del Impero Galáctico, ni se molestan en comprobar si hay cadáver.

     La huida continúa con el escalamiento de la Valla alrededor de la ciudad y su bajada gracias a unos cables mágicos que extienden o acortan su longitud cuando es conveniente y que, en general, parecen desafiar cuantas reglas de la física y la mecánica son conocidas. Y ahora, sí, están en el exterior. Que es un erial, rojizo y desolado. Los protagonistas empiezan a caminar, sin saber hacia dónde van. Como gentes inteligentes, establecen un riguroso racionamiento de los víveres que han traído consigo. Nada, no hagan caso. Claro que NO han traído ni una gota de agua ni un mal bocadillo en su viaje hacia lo desconocido. ¿Ustedes nunca han ido al exilio sin provisiones? Panda de privilegiados debiluchos.

     Por suerte para ellos, los protas llegan a una especie de frontera formada por un montón de bolas de vigilancia que, además, mantienen una cúpula sobre Chicago y sus alrededores. Son salvados por un batallón de tipos uniformados de rojo de una patrulla de esbirros de la Lideresa que los estaban persiguiendo. Una vez rescatados, los meten en unos campos de fuerza color butano y se los llevan volando hasta una base antes conocida como aeropuerto de Chicago.

    Estos tipos de rojo son soldados de una tal Agencia Genética Buena o algo así, según explica quien da la bienvenida al grupo, interpretado por Bill Skarsgård , esto es, Pennywise sin maquillaje. Esta es una de las mayores decepciones de la película: uno esperaba que su personaje empezaría a repartir globos y a atormentar a la caterva de inútiles que llevamos aguantando demasiado tiempo. Y nada.

    Pennywise pone a los protas una película que es como el contexto de “Gattaca” para tontos. Explicaciones posteriores las ofrece un tal David, director de la Agencia y Malo Inútil de la función. Pero esto es importante, porque se supone que es una de las Grandes Respuestas de la saga. Resulta que, habiendo trampeado con nuestro genoma para hacernos más altos, guapos y modernos, se ahondó la grieta social hasta que estalló una guerra atómica. Los supervivientes quedaron dañados genéticamente: así, si uno es inteligente no tiene compasión y si es valiente es tonto perdido. ¿A que les suena? ¡Aquí está el origen de las facciones!

    La Agencia depende de un Consejo. Otro Consejo. Éste no es al que hacía referencia la Jefa Azul en “Insurgente” (del cual tampoco se nos daba mucha información). Este Consejo, elegido no se sabe por quién, al frente de no se sabe qué Estado, Federación o Comunidad de Vecinos, ha encargado a la Agencia la labor de arreglar los daños que tanto juego genético dejó en nuestro genoma. Chicago es el experimento para tratar de encontrar la solución.

    El experimento consistió en agarrar a unos cuantos cientos de miles de personas, meterlas en Chicago, hacerles olvidar de dónde venían (los de la Agencia tienen un gas amnésico muy cuco) dividirlas en facciones y esperar que, a base de reproducirse, apareciera gente sin taras genéticas. Que son, exactamente, los Divergentes.

    Bien. Ustedes ven los problemas, claro. Si la idea es acabar con esta división entre humanos sólo inteligentes, sólo valientes, sólo honestos, sólo abnegados y sólo lo que sean los Naranjas… ¿qué sentido tiene fundar la sociedad experimental, justamente, en esas divisiones? Si el sentido es tener controlado a cada grupo de personas con fallos genéticos, ¿por qué establecer que, luego del famoso test (“trust the test”) cada uno pudiera elegir la facción que le diera la gana? ¿Eso no haría más complicado el seguimiento? Sobre todo, si la idea del experimento era lograr gente que fuera al mismo tiempo inteligente, honesta, valiente, abengada y la que sea la quinta virtud… ¿para qué señalar a los Divergentes como enemigos públicos a los que hay que liquidar? ¡Si son el resultado querido o aproximado del experimento!

    Para mayor alegría, el tal David le explica a Tris que ella es la única Divergente Pura, la única que de verdad no tiene taras genéticas (de ahí que pudiera abrir el Artefacto de la segunda película; de ahí que, sutileza, en esta película sólo vista de blanco). Pero que ella no es hija de Chicago. Su madre fue introducida en Chicago por la Agencia, para ver si se avanzaba algo con el experimento, que andaba un tanto atascado. Les confieso que no soy ni sociólogo ni biólogo. Pero si se está llevando a cabo un experimento en unas condiciones concretas, aislando severamente el lugar donde se está llevando a cabo tal experimento, introducir un elemento extraño, ¿no viene a poner en riesgo todo el experimento y, por ende, sus resultados?

    Tris, siendo la única Divergente Pura, es, según David, prueba de que el experimento funciona. Un momento, un momento, Director. Si llevan ustedes varias generaciones dejando que los de Chicago se reproduzcan a la buena de Dios, a ver si por suerte sale algo bien (qué diría de esto la Bene Gesserit) y en todo ese tiempo sólo obtienen un resultado positivo… ¿no sería prudente pensar que puede ser una casualidad? Si el método es el correcto, ¿no deberían haberse obtenido más Divergentes Puros? Para David, no. Y se lleva a toda velocidad a Tris a la sede del Consejo a presumir.

    En esta escena puede haber otra de las claves de la saga. A saber, que sí, que es todo una estafa. Una estafa con David, Director de la Agencia, en el centro. David no presenta documentación ni informes al Consejo. Sólo a Tris. Y el Consejo decide interrogar a Tris porque, lo dicen textualmente, David ya les ha mentido en ocasiones anteriores.

    Es decir, como apuntó agudamente uno de los valientes amigos que me acompañaban en el visionado de este engendro, que la auténtica trama de la película es la de David tratando de sacar fondos al Consejo. Es como un capítulo infame de “El Ala Oeste” o “The Thick of It”: el jefe de un departamento se está quedando sin dinero, la misión de ese departamento no ha sido cumplido y no hay visos de que vaya a serlo en breve, los que controlan el dinero se impacientan… ¡Algo hay que hacer! ¡Aunque sea hacer pasar una casualidad afortunada como un resultado exitoso! Todo, Chicago, las facciones, los divergentes… todo es el proyecto enloquecido de David, que sencillamente no acepta que sigue perseverando en un error. También, vaya gente, la del Consejo. Una de dos: o creían que la Agencia de David lo estaba haciendo más o menos bien (algo que no encaja con saber que el mismo les ha mentido a la cara en el pasado) o no les importa. Claro que, si no les importa, ¿por qué darle una base reluciente, unos laboratorios equipados y un ejército? No parece barato.

    Así llegamos a la respuesta medio abierta de la saga: los Fundadores son o unos idiotas obsesivos (como David) o unos incompetentes (como el Consejo, cualquiera de las opciones que escojamos pata explicar su conducta). Al menos, este universo tiene coherencia.

    Entre tanto, en Chicago, la Lideresa y la jefa de los Naranjas están en pie guerra. Los enemigos de la Lideresa se hacen llamar “Leales”, de ahí el título: Leales al sistema de Facciones. O sea, son contrarrevolucionarios. Y no, tampoco esta vez hacen uso de su monopolio sobre la comida para derrotar a sus enemigos. Agarran fusiles y cargan de frente.

    Tris y los suyos deciden regresar, cada uno como puede, a Chicago, porque ya no se fían de David. No ayudó que presenciaran a los soldados de la Agencia secuestrando críos de las zonas fuera del dominio del Consejo y borrándoles la memoria. Los críos estos serán nuevos súbditos del Consejo, parece, y se supone que se les va a tratar sus enfermedades y sus deficiencias genéticas, aunque todo esto se comenta de pasada y no me queda muy claro el empeño de la Agencia por convertirse en una guardería gigante, sobre todo si Chicago es la gran apuesta para encontrar la solución de tales deficiencias.

    Luego de una evasión tan ridícula como la del prólogo (Tris escapa en la nave privada del malo, usando el piloto automático…¡y el malo no puede redirigir su propia nave, aunque sí puede cortar sus comunicaciones!), logran llegar a la ciudad, en medio de la batalla entre los de la Lideresa y los contrarrevolucionarios.

    David, que no ha estado del todo de brazos cruzados, ha enviado al peor espía del mundo (el insufrible Peter) para hacer un pacto con uno de los bandos enfrentados y restaurar el sistema de facciones. Por supuesto, la oferta se hace a la Lideresa de los descastados, en vez de a la jefa del bando pro-facciones. Es de una lógica cristalina. ¿Cómo sabe la Agencia lo que ocurre en Chicago? Porque tienen un sistema de vigilancia que les permite proyectarse dentro de la ciudad, si que nadie les vea. Como si fuera un juego de realidad virtual. Es el sistema de vigilancia más patético concebible para supervisar grandes masas humanas: es necesaria una red de espías virtuales las 24 horas del día paseándose por la ciudad. El trabajo de una videocámara lo tiene que hacer siete espías.

    El plan secreto que David ofrece a la Lideresa es el siguiente: liberar el gas de amnesia en la ciudad, de modo que nadie recuerde nada y se pueda restablecer el sistema de facciones, con la Lideresa como gran jefa. Sin dar mayor trascendencia a lo que supone traicionar toda su vida, la Lideresa accede.

    ¿Dónde esta el gas? Almacenado en el antiguo cuartel general de los Eruditos. Pero ese no es un gas desarrollado por los Eruditos, sino por la Agencia. Si está allí, conectadas las bombonas a todo el sistema de ventilación de Chicago, es porque la Agencia lo puso allí, tal vez por si las cosas se salían de madre, como está pasando en ese momento. Sería lícito preguntar por qué la Agencia instalaría esa especie mecanismo de reinicio del sistema y no un medio para activarlo a distancia. Porque si puede activarlo a distancia, ¿para qué hacer tratos con la Lideresa y convencerla de que lo active ella? Claro que luego se ve en una escena como David, desde su base, abre y cierra por control remoto puertas y accesos dentro de Chicago. El alcohol no da consuelo, ya.

    Y entonces, tras evitar que el gas le quite la memoria a la gente (el gas sí se bombea por el sistema de ventilación, pero desaparece por ensalmo al presionar un botón), Tris da un discurso en plan Enrique V de latón, unificando a toda Chicago contra la Agencia, el Consejo y el Departamento de Correos. Y se acaba la película. Lo cual implica que habrá otra. Y que habrá que verla.

    Uno se hace un ovillo en el suelo y gime, en un Cosmos gélido e indiferente.

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agosto 19, 2015

Cómo no derribar ni dirigir una dictadura

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:08 pm
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            La segunda parte de la, parece, saga “Divergente” desvela unas cuantas incógnitas que nos dejó de regalo la primera parte. Si recuerdan, la primera película me produjo cierta sensación de estupor ante una sociedad tan extraordinariamente mal diseñada. Esta segunda me ha tranquilizado en buena medida. Porque ahora sé, sin lugar a duda, que todo el mundo, pero todo el mundo, en este universo es idiota. Desde luego, cinematográficamente vale lo mismo que su antecesora: nada. El único placer perverso de verdad que puede sacarse de esta película es contemplar el alarido silencioso en el fondo de los ojos de Kate Winslet y Naomi Watts.

            Al final de la primera parte, la malvada líder de los chicos de azul, los Eruditos, aliada con los tontos líderes de los Intrépidos (los chavales saltarines) trataba de dar un golpe de estado, cargándose en masa a los chicos de gris, o Abnegados. La cosa les salía medio mal y cuatro niñatos, entre ellos la protagonista (esa que sabía hacer más de dos cosas y era una amenaza terrible para esta sociedad tan bien pensada) lograban huir en un tren.

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            Antes de seguir, y me temo que no voy a lograr ser muy ordenado en esta reseña, que alguien me aclare lo de los trenes. Salen de la ciudad y llegan a no sé dónde. Fíjense que, alrededor de la ciudad hay un muro, bueno, una valla mal puesta, que marca los límites más allá de los cuales en los mapas pone que hay dragones. ¿Puede que los trenes sirvan para avituallar a la población? Quizás, en una escena de “Insurgente” vemos mercancías en un tren. Y da la impresión de que la quinta facción, los Aburridos de naranja, granjeros pseudo hippies, vive en las afueras de la ciudad. Ahora bien, ¿quién conduce esos trenes? No se ve ni un ferroviario (aunque, por otra parte, los ferroviarios suelen ser criaturas espectrales en el cine). ¿Entonces, se controlan por control remoto? ¿El control de quién? ¿A qué facción, con sus bien definidas competencias, le corresponde que los trenes salgan a su hora? La pregunta tiene su interés, porque al parecer la gente sin facción, de la que ya hablaremos, usa esos trenes con habitualidad y se dedica a mangar provisiones de los mismos, sin que nadie le afee la conducta.

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            Ah, ya que hablamos de la Valla, es aún más absurda de lo que parecía. En el monólogo que la jefa Erudita nos lanza al principio se hace referencia al porqué del aislamiento. Tampoco con mucha claridad. Farfulla algo de sustancias tóxicas, nocivas, una especie de plaga o contaminación. Como sabe todo el mundo, las sustancias tóxicas, sean líquidas o gaseosas, así como los gérmenes, virus y demás criaturitas de este valle de lágrimas frenan en seco su avance ante unos palos clavados en la tierra. El respeto a las fronteras ajenas siempre ha sido una de sus características. A todo esto, yo andaba con la idea de que en “Divergente” nos habían hablado de unos fantasmales invasores, pero no me atrevo a asegurarlo, dado el estado de mi cerebro al acabar de verla.

            La Jefa Azul nos informa, además, que ha sido nombrada cabeza temporal del Consejo. Un momento, un momento. ¿Qué demonios es el Consejo? ¿Quién lo forma? ¿Viene a ser una especie de órgano inter faccioso, cuya inexistencia destaqué en su día? Entonces, ¿qué autoridad tiene? Recordarán ustedes que en “Divergente” se nos decía que los Abnegados gobernaban la ciudad. Cierto es que con gloriosa despreocupación no nos explicaban cómo se las arreglaban. Sin embargo, era su función: eran el Gobierno (no sé yo si esto tiene un tufillo a Ayn Rand). Los Grises, si no recuerdo mal, no fueron exterminados del todo. Luego, aunque su líder, Marcus, padre del maromo de la función, escapara con los niñatos, lo razonable sería que los Grises nombraran a otro y santas pascuas.

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            Ah, no, podrá alegar el lector sagaz. ¿Y la campaña de difamación contra los Grises que justificaría su asesinato en masa? No debió de tener mucho más éxito que el asesinato en sí. Porque la Jefa Azul culpa de las muertes de Grises a los Divergentes radicales, algo sin sentido si has logrado convencer a la ciudadanía de que los Grises eran el Mal y su eliminación era precisa.

               La nueva cabeza del Consejo establece la ley marcial. Ya ven. Resulta que hay ley marcial. Qué implica eso, ni idea, pero suena a principio de dictadura de la buena. Bajo la ley marcial, suele suceder que el Ejército asume funciones más propias de la Policía y los derechos individuales quedan restringidos, mientras dure el período de crisis. Ajá. A ver, ¿quién era aquí la Policía? Los Intrépidos. ¿Y el Ejército? También. ¿Les parece que una sociedad donde naces en una casta, te repiten en cada comida que la facción es lo primero, luego te hacen un test para ver dónde encajas, prescindir de su resultado y tomar una decisión irrevocable para el resto de tus días posee un elevado concepto de los derechos individuales? Pues eso. Que ni idea de lo que significa la ley marcial.

            Total, que tenemos a los Eruditos (o a su líder) presidiendo un órgano que no sabemos quién lo forma, ni para qué sirve, usurpando la función legítima de una facción del sistema que dice defender. Vale, eso al fin y al cabo era lo que buscaba en la primera película, sólo que previo borrado de la facción gobernante. Lo que no se explica es cómo las demás facciones (al menos, los de Blanco, que se supone defienden las leyes), se prestan al juego, contrario a las normas básicas que nos han expuesto en este universo. ¿Corrupción? ¡Ojalá! El, parece, jefe Blanco es más recto de un cartabón. Lo que no le impide saltarse la ley cuando quiere. Cuando le traen a los protagonistas enmanillados, parece ser, tiene que entregarlos al Consejo, para su juicio bajo la ley marcial. Sin embargo, el amorcito de la heroína le llora dos segundos y decide montarles un proceso según sus propias normas. O sea, desprecia al Consejo, lo cual tiene pinta de ilegal. O bien tiene autoridad para juzgar él mismo, así que no sé a qué viene el cuento de “niños traviesos, os voy a llevar ante el Consejo”. Hace falta mucho alcohol para sobrellevar esta película.

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           Aún no han pasado ni cinco minutos de Divergente cuando resulta que si los de negro entraron a sangre y fuego en la zona de los Grises era, en realidad, para recuperar en secreto un artefacto del cual nadie nos había dicho nada hasta ese momento. Los dos líderes Intrépidos, con gran sentido de la oportunidad, lo encuentran tirado entre los restos de la casa de los padres de la protagonista.

            Volveré sobre ese artefacto, que es de traca. Antes dejen que termine de recomponer esta nueva sociedad de facciones. Los jefazos de los Intrépidos eran aliados de la líder Azul en su plan de genocidio y toma de poder. Pero muchos de sus soldados actuaban bajo el influjo de una especie de droga. Por lo que nos cuentan ahora, luego hubo una escisión. Parte de los Intrépidos siguieron con sus líderes. Otra parte, no.

            Ahora supongamos que usted, aspirante a autócrata, se encuentra con que, al fallar su golpe de mano, tiene a la mayoría de las fuerzas armadas de su parte; un porcentaje, sin embargo, nada despreciable de gente entrenada para la lucha armada no es adicta a su régimen. Si no es capaz de convencerles de que se unan a usted, ¿qué es lo más lógico que puede hacer con ellos? La respuesta es obvia: dejar que anden tan tranquilos por la ciudad y así, cuando los rebeldes que suponen una amenaza para su sociedad (la vieja o la nueva, qué más da) entren paseando en sus dominios (paseando, en serio, entran paseando literalmente) puedan recibirles como un grupo de colegas que están haciendo botellón en el parque. Claro que, seamos justos, los Intrépidos disidentes no hacen nada más que tomar el sol hasta que llega la parejita insufrible.

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            Siguiendo con los Intrépidos, la idea de fondo de las cinco facciones era que cada una de ellas controlase un poder suficiente para destruir a las demás y así nadie lo haría. Una mutua destrucción asegurada que hubiera debido llevar a la ciudad a la ruina en treinta y seis horas. No obstante, aceptémosla un momento. Los Intrépidos son los de las pistolas. Bueno, pues en “Insurgente” no hacemos más que ver a tipos de uniforme azul (o sea, se supone que Eruditos) con pinta de saber pegar tiros. ¿Pueden ser los Intrépidos adictos a la Jefa Azul? Pueden serlo. En ese caso, ¿por qué no llevan sus propios colores? ¿No son ya una facción independiente? Insisto, ¿el Consejo de marras para qué sirve? Más complicado es explicar cómo los de Blanco (los juristas que dicen siempre lo primero que piensan) tienen también a armarios con ametralladoras. Da la impresión de que, de repente, aquí todo el mundo va con escopetas.

            Todo el mundo. Incluyendo a los descastados. Esto es bueno, prepárense. En mi intento por comprender “Divergente” me sorprendía que la ciudad dejara caer personas completamente válidas por un error de juventud. Ya saben, usted se cree Isaac Newton, resulta que era en realidad Zhúkov y se siente, pero queda usted excluido de la sociedad y condenado a vagar por las calles. No sólo era una estupidez de los Fundadores de este mundo. Era una tontería que los descastados no se unieran, al ser personas con capacidades normales o elevadas. Recuerden cómo nos los pintaban: vagabundos lobotomizados.

            Pues, epa, resulta que no. Que están organizados. ¿Fingían, astutos, estar medio tarados? No hay explicación. “Insurgente” desprecia con alegría a “Divergente” cuando no le conviene.

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            Con líder incluida, ojo: la mamá del maromo, en plan Vladimir Illich de tercera clase. Están armados, tienen gentes de todas las facciones y están cabreados con el sistema. Con razón. Deberían ser capaces de poner patas arriba todo en un fin de semana. Tengan esto presente: se enfrentan a los cerebros que mantienen el sistema de las facciones, con la estabilidad de un castillo de naipes; a enemigos a quienes ni siquiera se les ha ocurrido que puedan organizarse. Y que no les vigilan. Porque no vayan a creer que están ocultos en túneles subterráneos, en grutas, en el fondo del bosque. Qué va. Están en el extrarradio. Una furgoneta de los Intrépidos (se ve que tienen, no van a todas partes haciendo cabriolas) de patrulla se daría cuenta como mucho a la segunda vuelta.

            Si a eso vamos, los descastados estos son carroñeros. Rapiñan todo lo que pueden. Parecen capaces de rapiñar un montón. No sólo tienen cristalería para cenar: tienen tecnología lo bastante avanzada para desactivar la nueva arma de los Eruditos, un control mental remoto, en un pis-pas. Además de un arsenal. Uno, ingenuo, se pregunta: en una sociedad post-apocalíptica, autárquica, donde hasta el último guisante tiene que estar contabilizado, ¿nadie se dio cuenta de que un día faltaban dos vagones de trigo, otro día cuatro cajas de municiones y al tercero un cargamento de baterías?

            En fin. Pues no, los descastados no son capaces de cargarse este sistema de idiotas, porque ellos mismos también lo son. La jefa rebelde no insinúa ni una sombra de plan, salvo su interés en que el fruto de sus entrañas haga las veces de comandante en jefe de sus desarrapadas hordas. Según ella, están en inferioridad numérica y así no se puede ganar. Es bien sabido que todos los revolucionarios del mundo tuvieron siempre la superioridad numérica de su lado, en todo momento. En cualquier caso, teniendo en cuenta que los Grises no son lo que se diga el cuerpo de marines y los Aburridos tampoco parecen la Legión Extranjera; que los Intrépidos están divididos; y que, por lo que se vio en la primera película, los Eruditos tienen dificultad para desenfundar y no matarse en el proceso, yo diría que los descastados lo tiene fácil. Ojo, nadie pone nunca en cuestión el empleo de la violencia (¿Polémica sobre el uso de la violencia en la resolución de problemas sociales? ¿Qué es esto, una obra de ciencia-ficción?). Así que no son escrúpulos morales lo que les frena. No. Sencillamente, son tontos. La revolución, cuando sucede, se limita a unos cuantos descastados con armas entrando en la base de los Azules y diciendo hola, buenas, ahora ya mandamos nosotros, gracias.

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            A todo esto, ¿qué está haciendo nuestra pérfida cuasi dictadora? Tratando de abrir el Artefacto que le encontraron los jefes Intrépidos. ¿Qué hay en ese Artefacto? ¿Información tecnológica? ¿Una nueva fuente de energía? ¿Planos para un arma de la venganza hitleriana? Nada de eso. Un mensaje de los Fundadores que, espera, respaldará su política.

            Bien, aquí hay es lícito hacerse muchas, muchas preguntas. Para empezar ¿cómo sabía de la existencia del Artefacto? Ni idea. ¿Por qué lo tenían los padres de la cansina protagonista? Ni idea. ¿Cómo sabe la Jefa Azul que contiene un mensaje de los Fundadores? Ni idea. ¿Por qué cree que ese mensaje le va ser de utilidad? Recordemos que lo que está haciendo la Azul es cargarse el sistema de facciones. Está convirtiendo la ciudad en su cortijo particular, con ayuda de los chicos de las armas y ante la incomprensible pasividad de los Blancos y los Naranjas. Los Naranjas, bien es cierto, acogen a rebeldes en su seno, pero para ocultarlos, sin hacer más. Esto sólo puede implicar un rechazo de las políticas de línea dura de los Azules, no un desapego al sistema. Una vez más: esta gente controla la comida, si ellos quieren, la ciudad pasa hambre. Blancos y Naranjas, en principio, son pro sistema. El sistema creado por los Fundadores. Lo esperable de los Fundadores es un mensaje conservador. Si las previsiones de la Jefa Azul son correctas, ese famoso mensaje dirá que los Divergentes son una anomalía que hay que erradicar (algo que ya se estaba haciendo) y que el sistema de facciones funciona. Sistema que ella se está cargando. Es decir, que el mensaje debilitará su posición, no la reforzará.

            Posición que ella ya ha debilitado con sus tonterías de ametrallar en asaltos nocturnos a los Blancos para ponerles el chip de control mental y luego usar dicho control para provocar “suicidios” teledirigidos. Sólo entonces se ponen de verdad los Blancos del lado de los rebeldes (¡Hurra! ¡Una reacción con sentido!). Y todo eso para encontrar a los Divergentes ocultos (pues son inmunes al control mental) y llevarlos a su laboratorio, para ver quién es capaz de abrir el Artefacto. Porque esa es otra: para abrir el Artefacto es necesario un Divergente pata negra (ay, sí; entre los Divergentes hay clases y algunos son más Divergentes que otros, como en la Granja de los Animales). Lo cual podría levantar sospechas en una mente más perspicaz sobre el contenido del mensaje de marras. En cualquier caso, ¿no hubiera sido más sencillo ponerle el chip a todo el mundo y luego controlar las marionetas para erradicar a los Divergentes?

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            Cuando al fin logra la Divergente adecuada (la protagonista, desde luego), y el mensaje sale a la luz, la lógica se ahorca definitivamente. Resulta que los Fundadores dicen que los Divergentes son gente de bien. Que discriminarlos es un error. Que crearon el sistema de facciones como un experimento (¿un experimento para qué?), pero que ya pueden salir y reunirse con el resto de la Humanidad, que está más allá de la Valla. O sea, que la ciudad es un laberinto de ratas. ¿Con qué objeto? ¿Cómo lograron los Fundadores meter a tanta gente allí? ¿Por qué dejaron su mensaje oculto en ese Artefacto, sin saber cuándo iba a ser encontrado y abierto? ¿Cómo sabían que, cuando eso sucediera, si es que sucedía, iba a ser un buen momento para retomar el contacto con la Humanidad? Si fundaron el sistema de facciones, y el test y todas estas bazofias que nos hemos tragado, ¿por qué carajo dicen ahora que ser Divergente es estupendérrimo?

            Viendo lo visto, la consoladora respuesta es que los Fundadores son Estúpidos. Con mayúsculas.

            Santo cielo. No puedo esperar a la siguiente película. Necesitaré vaciar una destilaría escocesa para ella.

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