Con un vaso de whisky

agosto 21, 2015

¡Achicoria! In memoriam Daniel Rabinovich

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:35 pm
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            Ha muerto Daniel Rabinovich.

            Hace varios años, escribí esto:

            El hombre, vestido de esmoquin impecable, igual que sus compañeros aún ocultos, avanzó entre aplausos, sentose ante su atril y abrió su portafolios. El público estaba nervioso. Le picaban las manos. Don Marcos Mundstock se aclaró la garganta y leyó con esa voz sólo suya: “El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” No pudo seguir. El público aplaudió como loco ante las palabras que esperaba ansioso desde hacía horas o tal vez días y semanas. El señor Mundstock sonrió, benévolo, agradeció con un gesto y recomenzó: “Decía… El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” Y con la precisión de un reloj, el público volvió a rugir. El lector meneó la cabeza amablemente. Meditó un momento. “El célebre compositor… antes mencionado.” Ahora el público aplaudía entre carcajadas, encantado por el ingenio, por la cortesía y por la astucia del hombre barbudo, que había recogido el guante y le había permitido ser cómplice del espectáculo. Por fin, le dejó continuar y Les Luthiers brillaron como siempre lo hacían.

            Yo estuve esa noche en Bilbao, entre el público, y aplaudí y reí como el que más, hasta salir agotado del teatro, igual que los amigos que (les debo una copa) me habían convencido para hacer aquel corto viaje. Volví a ver a este grupo de comediantes músicos un tiempo después, en Madrid. Y me duele no haber podido asistir a sus Premios Mastropiero, este mismo año.

            Hablar de Les Luthiers es complicado, si no se quiere caer en tópicos desgastados de tanto repetirse. Son actores, músicos, cómicos, viejos, hábiles, benevolentes, maestros del humor y del ingenio, del ingenio al servicio del humor; con sus letras y sus estrafalarios instrumentos pueden ser irónicos, pero nunca son crueles. Aunque no conviene fiarse de un comediante, experto en fingimientos, no conozco sonrisas más radiantes, llenas de humanidad, de simpatía que la suyas. Salvo, durante unas horas, las de su público.

            Voy a soltar una blasfemia, aquí, en medio de los elogios: no todos sus números me gustan. Con un par no me he reído. Con dos, entre decenas. No es una mala media. Con todos los demás disfruto como un enano. Y con muchos, me caigo de la silla. ¿Quién puede no reírse con la introducción de casi veinte minutos al merengue “El negro quiere bailar”? Desde entonces, el mundo se divide entre los amantes de Terpsícore y los amigos de Esther Píscore. Nadie puede permanecer indiferente ante el círculo perfecto que es el prólogo a la balada “A la Playa con Mariana”, rematado con la propia balada. Si lo consigue, no trabe amistad con él. Ha de ser alguien aburrido a la fuerza.

            Tenemos una gran deuda con Les Luthiers. Nos enseñaron a seducir, respetuosamente, a las hijas de los Escipiones del mundo. Nos descubrieron lo que puede dar de sí el encuentro de un jinete con una bella y graciosa moza. Nos mostraron la venerable Universidad de Wildstone, donde, por desgracia, no fuimos admitidos. Y cualquier persona, sea o no devota de los santos, puede rezar a San Ictícola de los Peces, esperando que esta vez no nos vuelva a fallar.

            Son viejos ya, dos veces viegésimos sobre los escenarios. Son bufones canosos, alegres y saltarines, venerables cómicos. No puede ir tan mal la evolución de la sociedad si podemos llamar venerables a estos músicos. Algún día morirán, sin duda. Y guardaremos un lustro de luto. Y no será homenaje suficiente. Que Dios les bendiga, maestros. No nos los merecemos.

            Mantengo cada línea de lo escrito. Temo que se ha iniciado el lustro de luto. Porque, con el fallecimiento de Rabinovich, mucho dudo que no se firme la defunción de Les Luthiers.

            Uno sabe que juzgar a otro ser humano es un acto de infinita arrogancia. Sabe que alguien bien puede sonreír y, aun así, ser un villano. Pero por muy cínico que uno sea, al ver la sonrisa de Rabinovich, una sonrisa de todo el rostro, una sonrisa de los labios, de las cejas, de los ojos, de la nariz y de las orejas, duda infinitamente que estemos ante un villano.

            Como artista, como cómico, el juicio puede hacerse y es inapelable: se ha ido un genio. Un genio que era compañero de otros genios. Se ha ido, tal vez, el más brillante de todos, aunque yo siempre estaré enamorado de la profunda voz de Mundstock y de su capacidad de ser humorísticamente solemne y cómicamente descerebrado según la ocasión.

            Se han acabado, lo empezaremos a asumir mañana, cinco décadas prodigiosas, brillantes, maravillosas. Se ha ido alguien que nos ha hecho reír hasta el dolor. De un modo casi sadomasoquista, querríamos haberle pedido en ocasiones que dejara de ser tan bueno, porque podíamos morir allí mismo, entre carcajadas, al tiempo que le suplicábamos como locos que siguiera, que siguiera por siempre.

            No era posible, no ha sido posible.

           Sin él, Les Luthiers me resultan inimaginables. Tengo, permítanme el egotismo, una deuda impagable con ellos. No sé si me han hecho mejor persona, pero han hecho mi vida mil veces más feliz que si nunca los hubiera conocido. Han sido radiantes fanales de risas. Han iluminado sin destruir, calentado sin abrasar, reconfortado sin sensiblería, espoleado sin crueldad. Han sido, son y serán titanes. Porque son artistas inmortales.

            Ha muerto Daniel Rabinovich. Y lo ha hecho, el desgraciado, sin explicarnos cómo se hace, al final, el merengue de manera correcta ni qué fue del lápiz de Louis Jefferson. Así que usted perdone, señor Rabonivich, pero le perseguiremos hasta donde haga falta para que nos lo explique. No se librará de nosotros tan fácilmente. Hasta la vista.

Lutherapia_Les_Luthiers_septiembre_2013_sevilla

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