Con un vaso de whisky

septiembre 4, 2013

Los abismos del Mal

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:21 pm
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            En El Paraíso perdido, Milton hace dar a Satán una viaje bastante largo, en el cual, cada vez que encuentra el final de un abismo ve que se abren nuevos abismos en su fondo. Algo similar encontraron Joshua Oppenheimer y su equipo al ir a Indonesia a rodar su documental The act ok killing, una de las obras más estremecedoras, espeluznantes, extrañas y notables que haya visto en los últimos años.

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            Confieso una ignorancia casi total sobre la historia indonesia. Desconocía por completo que en los años 60, 1965-1966, al menos un millón de personas fueron asesinadas en dicho país. No tenía idea de que los militares que llegaron al poder, golpe de estado propiciado por las potencias occidentales durante el infernal ajedrez de la Guerra Fría, subcontrataron ese genocidio, encargándolo a grupos paramilitares y gánsteres. Ni que esos militares, paramilitares y gánsteres siguieran siendo los amos del país. Venga, repitan ese tópico de que los estadounidenses no se enteran de nada de lo que ocurre fuera de sus fronteras.

            Oí hablar de este documental gracias a un excelente entrevista que hizo John Oliver al señor Oppenheimer en The Daily Show (pueden verla aquí). Es una entrevista que cumple sus objetivos: al terminar de verla está uno muy interesado por ver el documental, pero no sabe lo que le espera. Por mucho que sepa que los documentalistas (algunos de ellos, protegidos por el anonimato) estuvieron hablando y conviviendo con verdugos y perpetradores del genocidio, créanme, no se esperan lo que aparece en pantalla.

            Los asesinos hacen una película. Una película recreando cómo eran los interrogatorios, cómo eran las torturas, las vejaciones, las humillaciones y los asesinatos. Cómo mataban. Unas veces hacen de ejecutores, otras de ejecutados. Hay escenas oníricas grotescas, otras perturbadoramente realistas. Si esa película enloquecida llegó a montarse, me gustaría verla. Mientras los protagonistas de la misma buscan extras, discuten qué escenas rodar y cuáles no y charlan tras las cámaras, vamos descubriendo los horrores de la época.

Killing

            Es asombroso presenciar los desfiles del mayor grupo paramilitar del país, mientras recibe los parabienes de las más altas autoridades del Estado. Roza lo ridículo contemplar la campaña electoral de uno de los verdugos para ser elegido parlamentario; en dos escenas se expone fríamente un sistema corrupto hasta la médula pero, sobre todo, que vive con normalidad esa corrupción y ni siquiera se molesta en buscarle eufemismos, excusas ni envoltorios brillantes (son las barbas del vecino). Resulta, desgraciadamente, nada sorprendente oír a un editor de periódicos reconocer que él determinaba quién era comunista o simpatizante y, por tanto, con un guiño, decidía su muerte, pues esa gente existe en toda represión. Y las cámaras captan la recogida de fondos, a cargo de dos miembros de ese heroico grupo paramilitar, coaccionando, chantajeando con brutalidad a los comerciantes, en especial, de ascendencia china, quienes pagan con sonrisas de terror congeladas en el rostro.

            Tres asesinos responden a las preguntas de Oppenheimer y conversan con él. Oppenheimer y su equipo, por cierto, no se cortan un pelo. Aunque sabía que estaba sano y salvo, alguna vez, desde la seguridad del cine, me decía “se lo cargan”. Imaginen cómo se sentían ellos allí. Tres verdugos, decía, que son tres seres humanos (vamos a repetirlo, para no caer en felices mentiras de inhumanidad, tres seres humanos) muy diferentes, que viven de manera muy diferente su pasado y su presente.

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            Uno de ellos, Herman, es un hombre simple: brutal, corrupto, bestial, repugnante aun físicamente, el que se presenta a candidato para, una vez elegido, dedicarse a chanchullos urbanísticos, torpe y sin una gota de astucia en su orondo cuerpo. Este hombre vive con total tranquilidad su presente, y, las veces que habla de su pasado, está convencido de haber hecho bien al erradicar a esos comunistas: en parte porque se lo mandaban, en parte porque ponían en peligro sus negocios y los de los suyos. Estos hombres existen en todas partes del mundo, son los matarifes por excelencia.

            Un segundo, que aparece ya avanzado el documental y cuyo nombre, maldición, no logro recordar, es el hombre de hielo. Sería un maduro oficial de las SS si los nazis hubieran ganado la guerra. Frío, cínico, realista, impasible. Ante ciertas mistificaciones de sus compañeros, se muestra tajante: hicieron lo que hicieron y lo hicieron de manera eficaz, despiadada y cruel. La película, dice en un momento, puede ser importante, pero destruirá el relato que lleva repitiéndose desde hace décadas: que el genocidio fue necesario, que ellos son héroes, que los comunistas, los chinos, los intelectuales, los opositores eran más crueles que los paramilitares y mafiosos. No, dice con energía, nosotros éramos más crueles. He aquí un hombre sin remordimientos, sin tal vez ni el concepto de remordimiento. Oppenheimer le saca a relucir un día la Convención de Ginebra y él se ríe. Da las repuestas de un auténtico hombre de Estado: ¿Y si mañana se firma una Convención de Yakarta que deje en papel mojado la de Ginebra? No, no reconoce el Derecho Internacional, porque qué es un crimen de guerra lo deciden los vencedores. “Soy un vencedor, concluye, por lo que yo decido”.

            Este hombre imperturbable reprocha al tercero, y principal protagonista, Anwars Congo, sus dudas, sus remordimientos, su flaqueza. Congo sufre una espectacular metamorfosis a lo largo de la película. El anciano sonriente, que explicaba hasta con jovialidad cómo estrangulaba con un alambre a sus víctimas, que es saludado respetuosamente por el gobernador local, cuyo nombre, esto lo reconocen casi todos, inspiraba pavor, está al final consumido, encorvado, camina con enorme dificultad, encogido en su traje amarillo.

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            Mientras Herman ni sabe lo que es el arrepentimiento y el verdugo gélido lo ha descartado, Congo se arrastra hacia él. No lo alcanza, al menos no en el documental, donde sólo llega al remordimiento egoísta. Sufre desde hace tiempo insomnio y pesadillas, teme que las almas de sus víctimas reclamen un castigo. Por miedo propio sufre. Pero también empieza a vislumbrar, al interpretar a una víctima en una escena, el horror que infligió a otros. Si bien Oppenheimer, con justicia, le dice que no, que no sabe cuánto sufrieron sus víctimas, porque ellas no estaban en ningún rodaje, sino en una realidad terrible, Congo parece sinceramente atribulado. Al verse confrontado de una manera tan directa, tan vívida con su pasado, algo dentro de él se quiebra.

          Cada cual muestra un abismo diferente del alma humana Una de las grandes virtudes del documental es recordarnos, de nuevo, lo cercano que es el Mal. No necesita de estéticas siniestras, uniformes impecables ni genios diabólicos. Le basta tres personas normales. Herman es demasiado simple hasta para entenderlo, pero también él lleva una carga de horror y quizás embrutecerse sea una táctica para superarlo. El verdugo profesional pasea con su mujer y su hija, sin preocupaciones. Curiosamente él, el más terrible de los tres, es el que despacha con desdén a un antiguo informador, un soplón que ahora alega ignorancia (¿Para qué, si está con los ganadores? ¿No puede dormir?). Y Congo enseña la película a sus nietos, con cierto orgullo, nietos a los que enseñó a no maltratar a un pequeño pato, a tratarlo con delicadeza. Abismos, abismos.

            Este documental, parece, también ha quebrado parcialmente a la sociedad indonesia. La misma que antes reverenciaba a los asesinos, que veía en ellos héroes nacionales (Indonesia no se diferencia en esto de casi cualquier otro país), que aplaudía sus apariciones (la escena del programa de televisión es reveladora) ha tenido que ver un reflejo de la realidad desde otra óptica, con otra luz. En antropología, si no recuerdo mal, se pueden usar dos perspectivas de estudio, la interna y la externa a la comunidad. La externa no comprende ciertos aspectos que sólo los miembros de la comunidad pueden explicarle, pero estos, a su vez, no tienen perspectiva sobre otros, que son captados por el observador externo. En este caso, he oído, los observadores externos, al mostrar su estudio, han sumido a la comunidad en un debate profundo. Eso, de por sí, ya justifica esta obra desasosegante.

2 comentarios »

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  2. […] silencio”, algo que les recomiendo, vean antes “The act of killing”. Porque este documental (del que hablé aquí) tiene un enfoque más amplio. Contextualiza, presenta el régimen que gobierna aún en Indonesia, […]

    Pingback por El observador reservado | Con un vaso de whisky — agosto 11, 2015 @ 3:48 pm | Responder


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