Con un vaso de whisky

agosto 11, 2015

El observador reservado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:48 pm
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            Joshua Oppenheimer y su equipo llevan años rodando en Indonesia, escarbando en la montaña de versiones oficiales, tergiversaciones, exposiciones interesadas, que hay sobre lo ocurrido en 1965 en ese país. De esos años de trabajo han surgido, que yo sepa, dos documentales. “The act of killing” y “La mirada del silencio”.

LA-MIRADA-DEL-SILENCIO

            Dado que tratan de una misma realidad histórica, es innegable la relación entre ambos. Ahora bien, son obras independientes y pueden verse por separado. Mi recomendación, no obstante, es que si van a ver “La mirada del silencio”, algo que les recomiendo, vean antes “The act of killing”. Porque este documental (del que hablé aquí) tiene un enfoque más amplio. Contextualiza, presenta el régimen que gobierna aún en Indonesia, explica, hasta donde puede, las matanzas perpetradas por paramilitares y gánsteres. Conociendo esto, lo que ocurre en “La mirada del silencio” cobra mayor sentido, se tienen herramientas para comprender mucho de lo que en ella se ve. Pues aquí pasamos de lo general a lo concreto, a una matanza particular.

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            Mientras que en “The act of killing” Oppenheimer era quien hacía las preguntas y su interés se centraba en los asesinos, aquí cede el protagonismo a una víctima. Un hombre cuyo hermano fue asesinado dos años antes de que él naciera. Un asesinato que redujo a un padre a una criatura hundida, ciega, casi sorda, un anciano al margen de la existencia, del pasado y del presente. Y a una madre que debía sacar adelante a la familia, en medio de los asesinos de su hijo, a un ser impasible, sostenida por un rencor sordo y una esperanza vengativa en una concepción castigadora de Dios.

            El protagonista es oftalmólogo y visita a sus entrevistados con sus gafas en la maleta. Les gradúa la vista y charla con ellos. No sé si es casualidad simbólica y ganas mías de buscar iconografías por todas partes. Pero, ¡qué apropiado! Un médico de la vista empeñado en enfocar correctamente la Historia, en no dejarse engañar por mentiras oficiales o llamamientos falsamente amables al olvido; en hacer ver a los demás. Me recordó al discurso que el protagonista de “Delitos y faltas” (de Woody Allen) suelta al principio de la película, cuando reflexiona si la imagen de los ojos de Dios no habría sido determinante en su elección de profesión como oftalmólogo.

            Resulta curioso. Al interrogar el protagonista a cinco personas directa o indirectamente relacionadas con el homicidio de su hermano (uno de los ejecutores, el comandante del grupo paramilitar en la zona, un político local, otro verdugo, su propio tío, la familia de otro de los ejecutores, ya fallecido), no encuentra en ninguno asunción de responsabilidad. Entre los tres asesinos de “The act of killing” no había escurrimiento de bulto, todos aceptaban lo que habían hecho. Uno de manera simple, otro de manera fríamente arrogante, un tercero cada más dubitativo. Aquí, en cambio, no.

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            El ejecutor se niega a seguir hablando cuando las preguntas se vuelven demasiado directas. El comandante niega ser responsable (había mandos superiores) y pasa a ser interrogador, tratando de sacar información personal al preguntón que tiene delante, con unas ansias de represalias obvias. El político, blando, apacible, amenazador, recomienda olvidar, no sea que de tanto preguntar se repitan las carnicerías. El tío del oculista asegura que él era un mero vigilante de prisioneros y que lo que hicieran con ellos otros no es culpa suya. La familia del verdugo muerto niega conocimiento de nada y, cuando se les presentan pruebas de la participación de su marido y padre en las masacres, y de que ellos bien lo sabían, se exasperan, quieren cortar la conversación, piden unas muy falsas excusas.

            De todos ellos sólo una persona, la hija de un asesino, ya senil, se siente conmovida. Al principio, admite saber lo que hacía su padre. En fin, exterminó a los enemigos de la sociedad, un héroe, al fin y al cabo. Sin embargo, al tomar conciencia de que se encuentra ante el hermano de un asesinado, algo cambia. Siendo todos los indonesios que aparecen muy dueños de sus emociones, la suya es la única reacción que me creí entre estos entrevistados, la única que pide perdón con sinceridad, en nombre de su padre ido. La única a la que el protagonista, tan sereno normalmente, abraza en la despedida.

            Y es que este buscador de respuestas es una excepción en la película. Indaga sobre lo ocurrido. No obstante, al contrario que su madre u otra víctima, quien escapó casi de milagro de los cuchillos, no hay en él resentimiento. No reza por el castigo de los perpetradores. Ni siquiera cuando, en soledad, ve las grabaciones de Oppenheimer en las que los verdugos (ahí sí) reconocen sin rebozo lo que hicieron, lo explican con detalle, lo reconstruyen, regodeándose, sonrientes. En su rostro se trasluce el dolor, pero no el odio. Esa serenidad severa, creo yo, es lo que descoloca a sus entrevistados. En especial a su tío, que sonríe cada vez más tenso ante la imperturbable, entristecida, decepcionada mirada de su sobrino.

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            Es lícito preguntar: ¿qué busca el protagonista en su viaje? No lo sé. Tengo la sensación que busca el fondo de lo ocurrido a su hermano, el fondo del alma de los verdugos, para entenderles, para que ellos entiendan el dolor que han causado. Porque sólo de este modo, en ese mutuo, terrible, doloroso entendimiento, puede darse un inicio de arrepentimiento. Primero el examen de conciencia, luego la petición de perdón, al final la reconciliación. Quizás el oculista esté de acuerdo con la frase de Graham Greene: Si conociésemos el último porqué, tendríamos compasión de las estrellas.

            Largometraje más contenido, más sencillo en las formas que “The act of killing”, sin sus escenas delirantes, grotescas que tanto impactaban, “La mirada del silencio” es una obra pausada, limpia, costumbrista. El Mal examinado en uno de sus actos concretos, sin aspavientos, sin dramatismos. A su manera, otro documental sobrecogedor.

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