Con un vaso de whisky

septiembre 12, 2016

El Rey Profeta de la Ciénaga

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:36 pm
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            Tres grasientos hermanos cuervos giran, picos arriba, cortando una circunferencia en el cielo magullado y revuelto, trazando órbitas rápidas y oscuras a través de las espesas hinchazones de humo.

            Durante mucho tiempo la tapadera del valle estuvo clara y azul, pero, ahora, por Dios que ruge. Desde donde estoy tumbado las nubes parecen prehistóricas y vomitan enormes bestias sin rostro que se enroscan y mueren así, sin más, allá arriba.

            Quien nos dirige la palabra es Euchrid Eucrow, segundo de dos hermanos, el superviviente, porque el primogénito falleció al poco de nacer, mudo desde el nacimiento, una de las criaturas más sorprendentes con las que me he topado, gran protagonista de una de las novelas más sorprendentes con las que me topado: “Y el asno vio al ángel”, de Nick Cave. Sí, ese Nick Cave. El inmenso talento como músico y letrista de este australiano alto y oscuro queda claro en ésta, su primera novela. Si uno fuera dado a la envidia, estaría verde hasta el tuétano.

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            ¿Qué se va a encontrar el lector? Una extraña mezcla de “La conjura de los necios” y el mundo de Faulkner. Vetas de realismo mágico en un tenebroso bloque de sarcasmo. Un universo alucinado y tortuoso que cabe en un miserable valle de Maine, sobre el cual, si aceptamos las fechas que se nos dan en la novela, pasan los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado pero que, en verdad, parece al margen del tiempo y del resto del Cosmos.

            El título de la novela viene de la historia de la mula de Balaam, que es citada (Números 22, 23-31). Un cierto sabor veteotestamentario se puede percibir en las imágenes y en el lenguaje de los personajes. No en vano, el valle está controlado por la minoritaria pero feroz secta de los ukulitas y no en vano Euchrid se siente tocado por el dedo de Dios y como autoproclamado campeón del Señor de los Ejércitos nos declama. Pero es un cierto sabor, sólo, superficial, propio de las congregaciones petrificadas, rígidas, implacables en el cumplimiento de sus normas, obedecidas sin discusión y sin sentido. No es que sea Balaam de los personajes más inteligentes de la Biblia, aunque sí de los más grotescos. Una digna entrada a este libro extraño.

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            El idioma de la novela es extremadamente rico e imaginativo. El vocabulario que Cave derrama sobre las páginas es colorido, lleno de florituras arcaizantes, de adjetivos rebuscados y de enumeraciones encadenadas que se retuercen, ondean y fluyen como serpientes gigantescas. Y ese idioma, propio del narrador omnisciente, cuando toma la palabra el propio Euchrid, algo que ocurre la mayor parte del tiempo, se alza y se rebaja al mismo tiempo. Sus discursos y explicaciones están construidos con oraciones extraordinarias, con palabras rotundas, engarzadas como joyas rutilantes, pero también están llenos de vulgarismos, de cagamentos e insultos que irrumpen en mitad de sus devaneos.

            Porque Euchrid, y no destriparé más, nos habla desde su lecho de muerte, en la mitrad de su ciénaga, mientras el barro y las arenas movedizas lo van tragando. Desde allí, nos va desgranando su terrible historia y conocemos a los estrambóticos habitantes de aquel lugar extraño, azotado por los Años de la Lluvia, que todos entienden como un implacable castigo divino.

            ¡Y menuda galería! La atroz Madre, borracha y bestial; el silencioso y hosco Padre, inventor de innumerables trampas mecánicas, sonrientes artilugios diseñados para triturar, atrapar y tullir. El enloquecido predicador Abie Poe, con sus odiosos sermones de miedo y castigo. Las sombrías comadres del valle, un personaje múltiple, mezquino y temible. La tentadora y desdichada Cosey Mo. La aún más desdichada Beth, la elegida del valle, víctima de todos los personajes del libro, de una inocencia que raya en la estupidez. Es consolador pensar que no hay ningún personaje realmente inteligente en todo el libro y puede uno pensar que, en este mundo, la inocencia y la necedad no tienen que ir unidas. Simplemente, la necedad es universal, se sea inocente o depravado.

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            Pero Euchrid es quien nos controla y a quien volvemos. Es quien habla y quien nos habla y, muchas veces, nos interpela directamente, nos interroga y nos exige respuestas. Su poder léxico es asombroso y su imaginación proléptica es poderosa. Se ve a sí mismo como elegido, profeta y después rey. Y resulta muy difícil sustraerse al encantamiento de sus palabras, de sus visiones, de sus alucinaciones, cada vez más delirantes, a medida que avanza el libro. Aunque la razón nos diga que sus afirmaciones de terror y poder sobre cuanto le rodea no son más que absurdos, casi le rendimos pleitesía en ocasiones. Porque, y este es uno de los grandes aciertos del libro, estamos, casi sin remedio, en manos de Euchrid. Vemos la realidad a través de sus ojos. Es él quien nos describe a muchos de los demás personajes. Y, por tanto, tenemos que fiarnos de sus palabras e interpretaciones. ¿Son realmente tan terribles la Madre y el Padre, tan bestiales los habitantes del valle, tan viles los vagabundos adictos? Parece que sí, por lo que nos dice el narrador omnisciente cuando toma la palabra. Pero, ¿quién es ese sospechoso y anónimo narrador, de voz tan similar a Euchird, aunque sin sus accesos de amnesia, rabia y dispersión? ¿No será el mismo Euchird, viéndose fuera de su propio cuerpo?

            Todo en Euchird está torcido, desde su visión del mundo hasta su percepción de Dios (no es mucho menos torcida la de los fanáticos ukulitas, cuya teología es tan ramplona como supersticiosa), pero la suya no es una mente inferior. Enloquecido como está, razona de un modo caprichoso, pero seductor. No le falta un humor negro y mordaz, que lo vuelve extrañamente simpático. Su mudez mantiene encerradas todas las palabras que querría decir, por lo que giran en su mente de modo incansable, royéndola. Su burbujeante cerebro es un laberinto de caos e insensateces regido por una razón particular e inexorable. Su dolor y su rencor, su misantropía y sus frustraciones se traducen en venganzas salvajes, unas imaginarias, otras reales. Haber creado a Euchird Eucrow es haber creado a uno de los monstruos más notables de la Literatura, alguien que podría debatir, mediante la telepatía, con el mismo Ignatius J. Reilly (no tengo muy claro quién agotaría antes a quién bajo el peso de su palabrería y sus disquisiciones) y que se sentiría al tiempo como en casa entre los monólogos lúgubres de “Mientras agonizo”.

            Lean esta novela, se lo recomiendo. Es un viaje a la locura y el absurdo, a la tragedia que se ríe sardónicamente, un torrente literario irresistible como el diluvio sobre el Valle de Ukulore, absorbente como su ciénaga, grotesco como el Reino de Cabeza de Perro.

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mayo 11, 2016

Una novela de género menor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:38 pm
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             Hay quien considera a las novelas de detectives un género menor y, por tanto, a Sir Arthur Conan Doyle un escritor menor. Hay quien estima que los cuentos de hadas son una tontería y, por consiguiente, los Hermanos Grimm, Lewis Carroll, Tolkien o Neil Gaiman no han escrito más que tonterías. Hay quien sonríe con desdén ante una novela negra, rechazando con ademán principesco apellidos tales como Simenon o Camilleri. No faltan quienes se permiten ser condescendientes con el humor y paternalistas con el Doctor Wodehouse o Sir Terry Pratchett. Libres son. Sospecho, sin embargo, que estas mentes ilustres tienen sus casas forradas con tolstois y balzacs en perfecto estado de conservación, por no haber sido abiertos jamás.

            La novela, cuya muerte ha sido proclamada más veces que la del mismo Dios, acoge dentro de ella una multitud de géneros y subgéneros, que pueden acabar mezclados o mantenerse a respetuosa distancia unos de otros. Cada género tiene sus cánones, sus ortodoxias. También tiene sus herejes, sus revolucionarios, sus innovadores. Tiene sus genios fulgurantes y sus artesanos dignos. Tiene sus estafadores y sus bochornos. Tiene sus catedrales. Tiene sinfonías y cuartetos de cámara. Tiene obras que desafían toda definición, que acumulan mundos y libros en sí mismas, que guardan misterios en su corazón y perduran por siglos.

             Es decir, que hay de todo en todas partes. Y como siempre existirán los necios con ínfulas, siempre habrá que defender ciertos géneros de su cansinez. Chesterton se pasó media vida defendiendo los cuentos de hadas y las novelas de detectives. Incluso defendió, porque era un defensor nato, las malas novelas de detectives, siempre que no se creyeran buenas.

           Les vengo a anunciar una buena novela de detectives. Una buena novela de fantasía. Una buena novela de humor. Con la ventaja de que están todas reunidas en una sola. Pues vaya, tal vez digan ustedes, desventaja, más bien; podía el autor haber escritos tres buenas novelas por separado. Mi impresión es que, en efecto, podría. Pero ha querido hacer una. No me cabe duda de que Sergio S. Morán hará más. No sufran mucho por eso.

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             Una joven se encuentra en una cafetería de carretera, con amnesia en la cabeza y un cadáver en su maletero. Debe dar respuesta a todos los porqués que plantea la situación. Con el añadido de que el cadáver es el de un dios griego. Es el punto de partida de “El dios asesinado en el servicio de caballeros”. No pienso decirles nada de la trama. Sólo les digo que no van a lamentar unirse a Verónica Guerra, alias Parabellum, en la tarea de buscar respuestas.

             Como lector, tengo desde niño la manía de colar personajes de otras obras en aquellos mundos que me gustaría se expandieran aún más. Mientras leía las andanzas de Parabellum y, ahora, espero con impaciencia a que continúen, se me colaban polizontes. Porque en un callejón del Raval podía ser que un inglés con gabardina, demasiada querencia por los cigarrillos y bastante conocimiento con los demonios le dirigiera la palabra a Parabellum. O que, en una cafetería, un vulgar, humilde y torpe sacerdote con su paraguas y dos o tres paquetes debajo del brazo charlara con ella sobre el motivo hondo del asesino que rastreaba. O que un comisario con acento de Sicilia le invitara a una comida de cuatro platos de pescado en un rincón apartado de la Barceloneta. Porque Parabellum puede sentirse a gusto en compañía de John Constatin, el padre Brown y el comisario Montalbano. Y, me caben pocas dudas, podrá mirarles a los ojos un día, de igual a igual.

             He prometido no decir nada de la trama y voy a cumplir. Les aseguro que se leerán de un tirón la novela, no sólo por la trama. La prosa de Morán es ágil e incita a seguir adelante. Pero no a leer con demasiada rapidez, porque igual se nos escapa uno de los chistes que nos han hecho ya soltar un relincho de risa, para sobresalto de quienes nos rodean. Los arquetipos y reglas se respetan, pero no se siguen de modo ciego. Reconocemos lo que leemos, olfateamos influencias, sin que estemos ante una copia con un par de capas de pintura para disimular lo justo. Parabellum es hija, sobrina y nieta de viejos conocidos. Y como toda hija, sobrina y nieta, es ella misma, no un mero reflejo de su madre, tías y abuelas.

            Seguramente habrá quien estime que Morán, puesto que escribe lo que escribe, es un escritor menor. Estará, entonces, en el mismo club que Gaiman, Hammet, Sharpe y tantos otros. No es una mala compañía, aunque aún no le dejen entrar en todas las estancias y salones, por novato. Que lo vigilen, porque se colará al primer despiste. En cuanto a mi opinión, es la siguiente. He escuchado que quienes disfruten con las novelas de Jasper Fforde deben leer a Morán. Y he concluido que, siguiendo esa lógica, debo leer a Jasper Fforde.

            Y, ahora, disculpen. Me voy a dar una vuelta hasta un pub donde parece que, si el dueño no te arranca la cabeza a gritos, puede uno beber una cerveza que logra que los no muertos se sientan muy vivos.

 

abril 11, 2016

Galería de retratos

             No sé si a ustedes les pasa, pero un servidor suele intercambiar libros. Con amigos, claro. Desde pequeño, siempre me ha parecido que este intercambio es una de las más elevadas muestras de confianza. Con las cargas que ello implican. A quien recibe como depositario un libro ajeno le entran sudores fríos sólo de pensar que pueda sufrir algún desperfecto o, peor aún, que se extravíe o rompa; como encima fuera un libro firmado o con un pasado en sus lomo (todo libro tiene su valor para quien lo posee, mayor o menor, porque los libros de verdad son objetos únicos), la catástrofe es mayúscula. Desde luego (eso ni haría falta mencionarlo) que se acude de inmediato a una librería y se obtiene otro ejemplar lo más idéntico posible. Esa nueva compra del infractor, con todo, no deja de ser una compensación: la obligación principal se ha incumplido. El que ha fallado sabe que, aunque su amigo es generoso y le perdonará, él mismo llevará esa mancha sobre la conciencia. Los libros son sagrados. Poca broma con ellos.

            Pues bien, en uno de esos intercambios, llegó a mis manos un libro considerable y peculiar. Sé que la voz popular recomienda no juzgar un libro por su portada. Es una advertencia justa en parte. Pero sólo en parte. Las portadas son muy importantes. Las editoriales, que en eso suelen mandar bastante, se distinguen, entre otras cosas, entre aquellas que son capaces de dar al libro una portada digna de él y aquellas que hacen auténticas barbaridades. En la portada, además, figuran el título y el autor. Y es inevitable que el lector se sienta atraído o repelido por uno, otro o ambos. En este caso, me sentí inmediatamente atraído por ambos. El título era rotundo, “Libro de réquiems”. El autor no le iba a la zaga, Mauricio Wiesenthal.

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            No es un libro que les pueda recomendar si van con prisas. El señor Wiesenthal, advierte en sus primeras páginas que tardó cuarenta años en escribirlo. Ciertamente que no son necesarias cuatro décadas para leerlo. Pero tampoco valen cuarenta minutos. Libro un poco collage, de fragmentos de diferente extensión, humor y profundidad, es magnífico como lectura de fondo, esa que está aguardando en casa, que dejamos reposar y que retomamos con una periodicidad mayor o menor, mientras otras lecturas más breves o ligeras se superponen a nuestros ratos con ella. Una lectura de maratón interrumpida, que puede efectuarse mientras se hacen sprints literarios. En esto, el lector tiene sus ventajas sobre el corredor, porque dejar de correr una maratón para hacer los cien metros lisos, aunque supongo que posible, tiene que ser agotador.

            Es una lectura, pienso yo, nocturna. De noche lo he leído. De noche les recomiendo que lo lean. Un buen libro puede leerse en cualquier parte, pero, como como pasa con las buenas bebidas, a cada cual lo realza un momento y un lugar. Hay lecturas diurnas y nocturnas, de exterior y de interior, de campo, de terraza y de salón. “Libro de réquiems” es lectura de sillón, silencio y noche. Con un vaso de whisky, desde luego, la experiencia se disfruta más.

            Resulta complicado determinar el género de esta obra. No es una novela, ni un ensayo; no es un poemario, ni un conjunto de relatos. La analogía que más podría acercarse a la realidad es la de una exposición. Como con los cuadros de Mussorgsky, avanzamos de un retrato a otro, demorándonos más en éste o en aquél, acompañados por un guía extremadamente culto y encantador, aunque un poco tirano, porque, implacable, nos muestra los retratos tal cual él los percibe.

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            La galería es, desde luego, notable. Dostoiewsky y Rilke, Oscar Wilde y Calderón de la Barca, Beethoven y Casanova, Camus y Mozart, Coco Chanel y Tolstoi, Stefan Zweig y Nietzsche y otros, relacionados con ellos o con unos terceros, aparecen en sus páginas. A algunos podemos examinarlos con detalle. Otros son fugaces, rostros que se ocultan en el claroscuro o que aparecen en una esquina del cuadro, demasiado pequeños para extraer de ellos todos sus secretos. ¿Qué hilo de plata hay en esta colección de pinturas literarias? La muerte: son todos ellos retratos de hombres y mujeres en la tumba. Sólo una ciudad, Venecia, rompe la galería de efigies con un paisaje imposible de esta ciudad magnética. Pero incluso ella es descrita aquí en su aspecto de imán para los agonizantes. Por eso, el señor Wiesenthal se refiere más de una vez a este libro suyo como unas memorias. Memorias de los muertos, escritas por un vivo para colaborar en la lucha contra ese gran enemigo, el olvido.

            Son retratos todos de criaturas del espíritu. Hasta Casanova, ese encantador intrigante, que era una especie de novela encarnada y, además, un prodigioso escritor. Pensadores (como Marx), músicos (como Manuel de Falla), literatos (como Balzac). Ninguno, sin embargo, de los dueños del mundo. Ni financieros, ni estadistas. Ninguno de los que hacen y deshacen en el gran teatro del mundo. Salvo Goethe, quien, como escribió Zweig, para alcanzar la inmensidad, no necesita dar un solo paso fuera de este mundo, sino que sabe atraerla hacia él, lenta y pacientemente, y logró ser burgués, ministro, botánico, geólogo, poeta, todo al tiempo y sin que ninguna parte de su ser fuera una amenaza o una traición para las otras.

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            En esta selección, como en cualquier otra, hay algo de arbitrario, de subjetivo, de cierto dandismo, una elección tan moral como estética, dirigida por gustos y simpatías. ¿Podemos acusar al autor por ello? En modo alguno. Y da un paso más. No se esconde entre sus páginas, sino que, mientras nos enseña un perfil concreto, se nos descubre en parte. Ignoro si todo lo que cuenta don Mauricio de su vida es cierto. Con sólo la mitad ya merecería que su propio retrato colgase, en una sala menor, dentro de esta bella colección. Es probable que para ciertos lectores no sea de su agrado. Hay mucho de sentimental en su estilo, mucho de preciosismo casi (casi, muy importante este casi) pedante, de gran señor, de bon vivant, de extravagante, de cínico epicúreo con querencia por los rebeldes y los humildes frente a los poderosos y los mezquinos… con unas gotas de humor, para no tomarse a sí mismo muy en serio.

            Hasta cierto punto, en Wiesenthal se nota la influencia de Zweig, que era un soberbio retratista (sus biografías, para mí, son sus mejores obras literarias) y quien, sin embargo, aunque no ocultaba sus simpatías o sus admiraciones, incluso sus fascinaciones, que no es lo mismo (por ejemplo, es claro su entusiasmo al escribir sobre Fouché y nadie podría estar más alejado de Zweig que este astuto político, genialmente tenebroso), sin que por ello nos revele datos o experiencias propias. En este sentido, “El mundo de ayer”, el maravilloso libro de memorias de Zweig, escrito en las más terribles circunstancias, podría ser el padre o, al menos, un tío muy querido, de este libro de muertos ilustres. Porque sólo en él, aunque pase lista a una galería de grandes personajes que cruzaron en su vida, Zweig se permite ponerse en primer plano. Wiesenthal, más caprichoso, se muestra o se oculta, según convenga, según la semblanza que nos esté mostrando dé pie a ello o no.

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            Un libro hermoso, bellamente escrito, un tanto manierista, en el que se mezcla una peculiar pulsión vital con una melancolía nada amarga. Asistemáticas, desordenadas memorias de un hombre anciano que nos habla de muertos, vivientes en estas páginas y en otras muchas, en notas, en cantos, en versos y en las incontables vidas que muchos de ellos han marcado y seguirán marcando, mientras el olvido no nos gane la partida.

diciembre 3, 2015

Diario nocturno

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:09 pm
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            Existen libros oscuros. Ésta es una afirmación oscura, a la vez, ya que los libros oscuros lo pueden ser por diferentes motivos. En el campo estrictamente literario, dejando a un lado todo aquello que no sea artístico, considero que la oscuridad nos viene por la forma o por el fondo.

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            Puede ser oscuro el libro por la forma, ya que el estilo del autor, su empleo de la lengua, su estructura, lo vuelvan confuso, opaco, extraño. Un poemario de Góngora es tan capaz de proporcionarnos placer como un buen dolor de cabeza, al tratar de desentrañar todas las figuras y juegos retóricos que se ocultan entre su follaje de palabras sobresdrújulas, de endecasílabos y de culteranismo. Claro que el uso y abuso de pompa no es el único modo de volver oscura una obra. Con frases cortas, secas, breves, puede, sin embargo, agarrarse el lector y meterlo en un laberinto maravilloso. Abigarradas o engañosamente simples, estas creaciones no tiene por qué ser amenazadoras. El “Fabuleario”, por ejemplo, es un compendio de nonsenses (de hecho, su título original es The Book of nonsenses)que puede llegar a ser tan frustrante como un rompecabezas e igual de entretenido, en el que hace falta mucha capacidad de absurdo, de humour y un cierto recuerdo de nuestra infancia para poder captarlo. Sin embargo, no hay en él maldad.

            Los libros de fondo oscuros son mucho más inquietantes. Son ventanas a infiernos. Algunos, tal vez, son exorcismos que sus creadores han realizado sobre sí mismos. Exorcismos que pueden ayudar al lector. O, por el contrario, pueden, salvando al escritor, hundir al lector en el abismo del cual ha logrado salir el primero. Un libro oscuro es un riesgo. Que merezca la pena correrlo no quiere decir que no debamos advertirlo.

            Ciertos libros aúnan ambas oscuridades. Son opacos y engañosos, al tiempo que tenebrosos. Juegan con el lector a una carrera de enigmas en cuya respuesta puede estar el espanto. Casi parecen demonios sonrientes, que nos toman de la mano en el descenso, mientras nos plantean acertijos llenos de ingenio. Uno de estos extraños ejemplares es “De la elegancia mientras se duerme”, del Vizconde de Lascano Tegui.

De la elegancia mientras se duerme, del vizconde de Lascano Tegui

            Este diario resulta desconcertante. Al enfrentarse a él, el lector tiene que andar con tiento. ¿Qué es, en verdad? ¿Una novela? ¿Un falso diario que se nos hace pasar por verdadero? Ciertamente, don Emilio, el Vizconde, escribió un relato de ficción. Claro que este aristocrático autor era dado a las ficciones y, para empezar, ni siquiera era vizconde ni tenía en propiedad vizcondado alguno. Lo poco que he leído de su vida me hace desear que alguien se arremangue para escribir una biografía como debe ser de este argentino tan desconocido y, una vez más, oscuro como talentoso.

            Aunque aceptemos que el libro es pura ficción y que su anónimo protagonista no existió nunca, los enigmas continúan. Si lo leen como yo lo leí, de un tirón, en una sola tarde, les puede embargar una especie de vértigo, de fuerza descendente. Muy parecida a la que experimenté al leer, también de una sentada, uno de los libros oscuros por antonomasia, “El corazón de las tinieblas”. Al releer las palabras del escribiente, se nos empiezan a acumular las preguntas.

         ¿Aceptamos sin más lo que nos narra? ¿Podemos confiar en los datos que nos da, sobre su lugar de nacimiento, su infancia, sus encuentros, su deambular? ¿Hay partes que son ciertas, partes que son invención? ¿Cómo distinguirlas? ¿Es todo este diario, esta colección de historias perversas, anécdotas delirantes, exquisitas languideces vacías, tedio vital, una mera broma del anónimo autor o un ventanuco a su mente y a su alma atormentada? Esas reflexiones, esos arrebatos entre el lirismo, la filosofía, la necedad y la locura, ¿salen de la pluma febril de un enfermo o de un esteta burlón? ¿O de ambos? ¿Se trata todo de una invención dentro de una invención, de un relato ficticio que ha de leerse de modo tradicional, con un narrador en primera persona? ¿Cómo puede un hombre de tan baja extracción, con tan pobre educación, con tan sórdida vida adulta como la que nos cuenta el narrador ser, precisamente, este narrador experto en sutilezas, en desdenes y en depravaciones que dejarían a Talleyrand impresionado? ¿Está todo orquestado para nosotros, lectores, investigadores, jueces de lo leído, en especial cuanto más nos acercamos al final?

            Y esta oscuridad formal, este juego de máscaras, ¿qué esconde? ¿Una farsa sin importancia? ¿O una oscuridad tan grande como la que se podría encontrar en los círculos dantescos, en un tabuco infecto al lado del río? ¿Y cuál de estas respuestas es, en verdad, más tenebrosa?

            Caramba con el señor Lascano Tegui, Vizconde. Tal vez nos quiera negar el llegar a ser elegantes al dormir impidiéndonos, durante un tiempo al menos, conciliar el sueño.

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enero 19, 2014

Silencio de azogue

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:03 pm
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            Si Tiempo de silencio lo hubiera escrito un autor anglosajón (un anglófilo escribe), estaría en el Canon de la novela, al menos, del siglo XX. Si hubiera sido escrito por un francés, un alemán, un ruso, un italiano, tal vez también. Sería, desde luego, apreciado y admirado en Europa y puede que en otros continentes. Pero Luis Martín-Santos era español y encima murió joven, en un accidente de tráfico.

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            La obra no es despreciada, desde luego. La crítica se inclina, con respeto, ante ella. Pero no es todo lo conocida que debiera. Así que, desde este humilde rincón, quiero ayudar a reparar una injusticia. Porque Tiempo de silencio es uno de los libros que más me han impresionado en los últimos años. No tenía una sensación tan aguda de estar leyendo una obra mayor desde que fui absorbido por esa novela tenebrosamente soberana, Meridiano de sangre.

            No teman, no voy a destriparles el argumento. Podría decirse que lo hay, pero no existe una trama como tal. No hay una clara introducción, nudo y desenlace. No hay unos personajes que se muevan de un sitio a otro, que vivan aventuras, no hay giros inesperados, ni sagas familiares. No. Todo es sordo, callado. Pareciera que la vida se ha puesto zapatillas de felpa y camina de puntillas en este Madrid de finales de 1940. A primera vista podría decirse que la hay trama y bien tonta, una historia de chico conoce a chica. Pero eso es no enterarse de nada.

            Pedro, el joven investigador al que vemos en un laboratorio en las primeras páginas y dejamos en un tren en las últimas podría ser el protagonista, salvo que no lo es. Pedro no es protagonista de nada, ni siquiera de su propia vida. El protagonista, si lo hay, es el silencio del título, ese silencio terrible, sutil, azogado. Ese silencio que es el soberano en esa tierra de hambre, de ignorancia, de mediocridad, de tedio. Pedro, si es que inspira algo, es una mezcla de lástima, desdén e incomodidad, científico mediocre sin voluntad, tan indefenso ante la vida como los ratones que él mismo disecciona y estudia.

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            Sin embargo, Pedro es útil como hilo conductor en las diferentes escenas, que se desenvuelven delante del lector. Y en ellas se observan las tres grandes virtudes de la novela, en orden creciente: la galería de personajes, la ironía y la forma.

            Que Pedro sea tan soso y tan poca cosa no sirve para que los demás personajes sean grandes, pero sí más grotescos. Cartucho, Amador, el Muecas y su familia de las chabolas, el trío femenino de la pensión, con esa formidable abuela maquinadora (quizás la mente más astuta de todo el libro), esa madre necia y esa nieta inocente y seductora al tiempo, doña Luisa y sus prostitutas, Matías… Todos ellos resultan seres grotescos, que encajarían a la perfección en uno de los feroces esperpentos de valle-Inclán.

            Porque la ironía de Martín-Santos observa a Madrid y a sus habitantes y sólo encuentra seres deformes, desde los lugares más bajos a los más altos. Con una diferencia grave. En el viaje al submundo de las chabolas la ironía se hace amarga, casi trágica. La escena más cruda tiene lugar en la choza miserable del Muecas. En cambio, en las escenas de la noche y de las clases altas, la ironía, igual de feroz, es más satírica. Es un placer burlón recorrer la noche con Pedro y Matías, su amigo rico, por los bares y antros, cada vez más borrachos, atendiendo a sus tertulias vacías de pseudo intelectuales entre humo y alcohol. La conferencia del gran profesor erudito y la subsiguiente velada en casa de Matías se merecen estar en una antología de humor negro, igual que la visita nocturna de Matías y Pedro a casa del joven pintor alemán. Lo más sombrío es que, cuanto más sarcástica es la descripción, más vívida y verosímil resulta. Martín-Santos (un eminente psiquiatra) algo debía de saber sobre la noche, las conferencias y las fiestas de la jet set supuestamente culta.

            Por último y sobre todo, el estilo. Trato de buscar un parecido y no encuentro uno pleno. Mientras leía, a ratos me recordaba a MacCarthy, a ratos a Michon, a ratos a Faulkner. No uso esos nombres a la ligera. El léxico de Martín-Santos, resulta, en ocasiones, agobiante, pero es que un cierto agobio, una cierta desazón, es lo que provoca este libro. Salta de manera espléndida de un diálogo zumbón a un monólogo interior magistral que desnuda hasta la médula a una de sus criaturas o a varias, al mismo tiempo que la acción avanza, sin que nos hayamos dado cuenta. O a una fina reflexión, que nunca tengo clara si es del autor o de un personaje. Porque esa breve y brillante meditación sobre don Quijote no puede ser de Pedro, no es tan sutil. Ni tampoco esa especie de oración meditación ante el Gran Cabrón de Goya.

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            El estilo de Martín-Santos, repleto de tecnicismos cuando quiere, recargado y oscuro a menudo, simplicísimo a continuación, culto o vulgar según la mente que piense, resulta complicado para el lector al principio. Pero una vez te zambulles en el torrente, eres arrastrado, mientras tratas de fijarte bien, porque en cada meandro hay una auténtica joya.

            Los placeres de este libro son variados, pero todos ellos literarios. Quiero decir que pocas veces he leído un libro y he pensado, imposible adaptarlo y que salga algo bueno. Éste es uno de esos pocos casos. Sé que hay una película de Vicente Aranda. No tengo gana alguna de verla. No porque tema que no sea igual o fiel al libro. Sino porque sospecho que se quedará con la superficie, con lo que ocurre, cuando, en realidad, importa el cómo está contado. Muy difícil veo que momentos como el monólogo en la celda, la escena de la feria, la conversación con el director del hospital o esas estremecedoras páginas finales puedan ser narradas usando las herramientas del cine, que son muy distintas a las de la novela.

            Me callo. Léanla. Y si al leerla se estremecen un poco, entre la risa y la tristeza, no les extrañe. Hay motivos.

julio 9, 2013

V de Vendetta: plan de batalla

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En las siguientes semanas voy a ponerme el disfraz de crítico con uno de mis cómics favoritos, uno de los mejor escritos (no es poco decir esto) por el señor Alan Moore: V de vendetta. No menosprecio, en modo alguno, la labor del señor David Lloyd. El aspecto gráfico, ideado por ambos autores, es importante. Además, la atmósfera de una Inglaterra de la temprana Guerra Fría me recuerda mucho a la grisácea de las obras de John Le Carré, es un acierto y se debe en gran parte al dibujo y al color, similar al de las tiras de detectives del período de entreguerras y en adelante.

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            Me propongo analizar, en primer lugar, al protagonista de la obra, V. Pero como tengo debilidad por las dicotomías, examinaré a V con Evey siempre cerca. La relación entre estos dos personajes es esencial para la trama y para el significado de la obra, al menos tal como la he leído yo. Tampoco creo haber sido excepcionalmente astuto. Alan Moore no ha puesto a Evey junto a V ni a V junto a Evey por casualidad.

Una dicotomía distinta centrará el segundo bloque: la dicotomía de las ideas, el anarquismo frente al totalitarismo, el orden sin autoridad contra la autoridad que impone un orden sin libertad alguna. Me centraré más en el estudio del Estado fascista que controla Inglaterra, porque mientras V expone (¡por una vez!) con precisión la teoría anarquista, Moore nos deja contemplar el funcionamiento de la dictadura sin demasiadas explicaciones.

A continuación examinaremos el largo discurso de V a la nación. Intentaré ser exhaustivo, observando las viñetas y las palabras con precisión. Se trata de un momento relativamente breve, pero de importancia inmensa.

Para concluir, un vistazo a los personajes humanos de V, más allá de Evey (porque V no es un ser humano, como él mismo asegura), en especial Eric Finch. Son ellos, al fin y al cabo, los personajes con los que la mayoría de los lectores pueden empatizar o simpatizar.

Dejaré de lado las conspiraciones finales, cuando el Estado se tambalea y los servidores del Líder luchan entre sí. Y aunque trataré de acercarme más a los símbolos que a la psicología de los personajes, supongo que zigzaguearé de unos a otra.

Debido a que en un blog no conviene hacer entradas kilométricas, estos bloques sufrirán subdivisiones, pero espero que el resultado sea coherente, tanto entrada por entrada como en conjunto.

Éste es el plan de batalla. Y los planes de batalla, por supuesto, no sobreviven al primer contacto con el enemigo. Ni que decir tienen que están invitados a unirse. Y a bombardearme. England preveals.

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(Pero no le digan dónde encontrarme. Por favor)

mayo 16, 2013

Esos cuerdos romanos

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            Si ustedes, como un servidor, tuvieron su primer encuentro con los romanos en los geniales comics de Astérix (y he dicho los geniales, cuando Goscinny vivía y, más importante aún, escribía), se habrán pasado unos cuantos años mirando por encima del hombro al Imperio Romano. Cada vez que alguien les mencionaba su poder militar, su habilidad ingeniera, su sagacidad política, su despiadada ambición y su cruel eficacia, ustedes, como yo, sonreían medio burlones, recordando el prodigioso espectáculo de la legión romana maniobrando contra galos, britanos, hispanos o belgas… y su última fase obligatoria, la huida en desbandada.

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            Pero, sin dejar de releer cada cierto tiempo Obélix y Compañía, La residencia de los dioses, Astérix legionario o, qué sé yo, Astérix en Córcega (para evitar herir susceptibilidades), existen otros libros que nos dan una visión de esos legionarios más histórica, muy interesante y, aunque mucho menos divertida, notablemente entretenida. Hay un montón de grandes libros sobre Roma. Hoy les voy a recomendar tres obras (una de ellas, dividida en dos volúmenes). Dos dan una visión general; la otra, se centra en un período concreto, los últimos años de la República.

            Empecemos por esta última, fue escrita por Tom Holland, escritor e historiador británico. El título: Rubicón. La obra de Holland no es perfecta, pero tiene grandes virtudes. Su estilo es pulcro, ligero, incita a seguir leyendo página tras página, algo que no ocurre, por desgracia, en muchos ensayos históricos. El lector arrogante que crea conocer a la perfección el contexto, los protagonistas y el desenlace de los violentos últimos años de la República se llevará unas cuantas sorpresas. Holland retrata con ciertos resabios literarios a César, Cicerón, Craso, Marco Antonio, Octavio y demás jugadores (sin alcanzar nunca la altura de un Stefan Zweig), no apartándose de las fuentes históricas. Hace, además, un meritorio esfuerzo para mostrar al lector lo que Unamuno llamaba la intrahistoria: el día a día de los miles de ciudadanos, patricios y plebeyos, de los extranjeros y de los esclavos que vivían (o sobrevivían) en la gran ciudad.

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            Aquí hay un defecto, pienso yo: Holland pasa de lo intrahistórico a lo personalista con demasiada brusquedad y cierta ligereza, como si temiera aburrir a su lector exponiendo la forma de vida, la cultura, el contexto, como si describir con excesivo detalle el decorado pudiera distraernos de ver la obra. Sin embargo, nunca se entiende mejor una obra que conociendo el escenario. De haberlo hecho con más mimo, el Rubicón de Holland sería el complemento perfecto a la brillante serie de la HBO.

            Holland establece paralelismos entre la situación que describe y la del mundo contemporáneo (también lo hace en su no menos recomendable Fuego persa). Esta es una vieja tentación para los historiadores, tentación que tiene su trozo de razón y de legitimidad. Pero hay que andar con mucho cuidado al hacer comparaciones entre eventos ocurridos con siglos de diferencia. No digo que no se pueda hacer, el estudio de la Historia tiene entre sus atractivos el hacernos reflexionar sobre nuestro presente y nuestro futuro; ha de hacerse, no obstante, con prudencia, una prudencia que, en ocasiones, le falta a este autor. Eso sí, nadie puede regatearle el haber escrito una obra de extensión considerable, sobre uno de los períodos más archiestudiados de Roma y haberla hecho rigurosa, entretenida y digna de lectura. Poco, no es.

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        Isaac Asimov, además de Fundaciones, robots y obras maestras de la ciencia ficción, escribió varios ensayos filosóficos, científicos e históricos. Y la gran potencia del Mediterráneo tenía que captar su atención. Por mucho que me guste Asimov, como autor de novelas o relatos y como divulgador, sus dos volúmenes La República romana y El Imperio romano forman la obra que menos me ha entusiasmado de todas las que ahora estoy comentando. Condensar de manera comprensible, coherente y sin falseamientos o simplificaciones casi dos mil años de Historia no es nada sencillo. Asimov, además, narra con cierta ironía los acontecimientos. Y su exposición de las Guerras Púnicas me parece notable. Es una buena obra introductoria, si no se ha leído uno nunca una Historia general de Roma, equilibrada y razonablemente entretenida. Pero, para mí como lector, llegó tarde. Porque había leído antes a Indro Montanelli.

            ¿Cómo iba a faltar un autor italiano? Historia de Roma. Un periodista e historiador italiano. Lectura obligatoria. Y es que Indro Montanelli no fue cualquier periodista italiano. Durante su extensa vida, en uno de los períodos más convulsos, política y socialmente de Italia (¿cuándo ha tenido Italia tiempos poco convulsos?), Montanelli se convirtió en el periodista, culto, penetrante e irónico. Pregunten a cualquier italiano, vaya. Tenía, además, una virtud que no escaseaba en su tiempo más que en cualquier otro: sabía escribir.

          Por eso su Historia de Roma, más que su algo menor Historia de los griegos, hace tanta sombra a Asimov. El italiano, elegante, sutil, ingenioso, a medias cariñoso, a medias escéptico, a medias burlón (sí, son tres medias, así de grande era el hombre), desgrana la aparición de las distintas tribus, los mitos fundacionales, la época etrusca, la monarquía, los inicios y el desarrollo de la República, su agonía, la llegada del Principado, del cristianismo, el cenit del poderío imperial, su declive, su degeneración, la lenta caída de la superpotencia, su transformación en una tetrarquía, en dos imperios, uno que aguanta aún mil años, otro que se deshace en pequeños reinos. De Rómulo, Remo, Eneas y los oscuros habitantes del Lacio y las siete colinas, a los albores de la Edad Media.

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           Se puede, si es rígido, echar en cara a Montanelli cierta debilidad por Augusto o Domiciano; que en ocasiones, sin llegar a serlo nunca, su relato flirtee con la hagiografía. Pero, por un lado, es sencillo entusiasmarse literariamente cuando se describe a gigantes; por otro, en cada frase de Montanelli hay una ironía, triste o cínica, acechando; por fin, los rígidos son malos críticos literarios.

        Montanelli, el que más de estos tres autores, hizo Literatura con su Historia. Así nos dio esta obra mestiza, ni seco trabajo académico, ni pura belleza o ingenio, a medio camino entre ambas orillas. Una obra brillante y divertida, que tiene bastante de verdad. Y que, si bien no nos quita la simpatía por los irreductibles galos, sí consigue que no podamos ya ver el SPQR como una broma. Porque detrás de ese estandarte estaba el más grandioso, cruel, eficaz y despiadado poder que había visto Europa y vería en muchos años. ¿Locos, Obélix? Quizás, más de lo que tú creías. Tan locos, que eran cuerdos. Y los cuerdos son, siempre, los humanos más temibles. ¡Ferpectamente!

marzo 28, 2013

Y Europa sangra

            Del señor Sapkowski y sus habilidades literarias ya he hablado otras veces. En especial, me explayé sobre sus virtudes al recomendarles la enorme saga de Geralt de Rivia. Por si acaso, vuelvo a insistir: es, quizás, la mejor saga de fantasía que he leído hasta la fecha. De su nueva serie de novelas, Las guerras husitas, reseñé la primera entrega, Narrenturm. Decía allí que, como parte de una obra mayor, cuanto criticase, para bien o para mal, tendría que estar sometido a variación, después de leídas las partes posteriores. Como ya me he leído la siguiente entrega, Los guerreros de Dios, puedo hacer algunas modificaciones. También provisionales, ojo, que aún queda un tercer volumen, Lux perpetua.

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            ¿Qué no cambia de cuanto dije sobre Narrenturm? Todo lo bueno: el vigor narrativo, la innegable habilidad de Sapkowski como cuentacuentos, su dominio del lenguaje (el habitual traductor, José María Faraldo es colaborador, en esta ocasión, de Fernando Otero Macías: aplauso para ambos), su seco sentido del humor, sus homenajes y guiños literarios (en especial, a Lovecraft)… Todo eso, en fin, está ya, igual que en el primer volumen, en el gran Prólogo, a cargo de ese narrador anónimo, que explica la historia de Reynevan y sus amigos a los clientes de una posada sin nombre en alguna parte de Europa.

            ¿Qué cambia? Mucho de lo que veía como fallos. Esto es: que protagonistas y antagonistas crecen, mientras los secundarios, siempre un punto fuerte de Sapkowski, aumentan en número, sin decaer en calidad. Por hablar antes de los secundarios, hay tantos que hubiera agradecido una pequeña guía al final del volumen. Igual que ya me ocurriera con los de Geralt, estaba deseando que varios reaparecieran más a menudo. Desde Flutek, el amoral jefe de espías husita, al mamun anarquista Malevolt, alias Brazauskas, pasando por Procopio, líder indiscutido de los herejes, o la abadesa de Bialy Kosciól… Una de las mejores muestras de la habilidad de Sapkowski es la astuta gestión que hace de estos secundarios: pueden aparecer una, dos, tres veces en todo el libro; pero los describe con tanto tino, que somos capaces de vislumbrar su personalidad. Escamoteándonoslos, logra que realcen el conjunto, den más fuerza a los protagonistas y nos entusiasme aún más su regreso a las páginas.

            Por cierto, que gracias a estos secundarios Spakowski juega una de sus cartas: el antimaniqueismo. Porque Flutek es un miserable, sí, que trabaja para la facción en la que se encuentran los “héroes” (Scharley me mataría por haber insinuado heroísmo en su persona); la abadesa, en un interesante monólogo, deja en evidencia las contradicciones de la filosofía vital del pobre Reynevan, el más idealista y honrado de los personajes. Y hay que tener valor como escritor para hacer que un inquisidor sea un individuo honrado, recto y enemigo del venal obispo de Wroclaw, uno de los villanos; honradez y rectitud que ni justifican ni ensalzan la siniestra organización a la que pertenece, justo el motivo que lo vuelve un secundario tan interesante.

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            Protagonistas y antagonistas. Han crecido. Todos. Del lado de los protagonistas, el único que queda tal cual es Scharley. También es verdad que era quien más altura había alcanzado en Narrenturm. Este cínico pragmático, de vuelta de todo y listo como un zorro, no decepciona nunca, pero cuando acaba el libro apenas sabemos nada nuevo sobre él. Sus orígenes, una vez más, se insinúan, pero no se arroja mucha más luz que en el volumen anterior. Su personalidad parece bien definida, aunque Scharley puede dar sorpresas y aún no tengo claro si será como Rick era en realidad en Casablanca o como el propio Rick creía que era.

            Reynevan, el personaje central, en cambio, sí que cambia. El muchacho cansino de la anterior novela es ahora un joven a quien la realidad va decapitando las ilusiones. No quiere esto decir que no provoque aún una justificada desesperación a Scharley cada vez que se le ocurre alguna brillante idea, pero ahora el lector sí puede simpatizar con Reinmar de Bielau. Si esta es, en parte, una bildungsroman, una novela de iniciación, en la que la maduración del héroe es capital, misión cumplida; Reinmar madura cada página, como hacen siempre los espíritus apasionados y nobles: a golpes. Su historia de amor con Nicoletta, que no lastraba antes, lastra aún menos las tramas; Sapkowski la inserta con maestría, permitiendo que ambos personajes, sobre todo él, crezcan también gracias a la misma; y Nicoletta, que parecía destinada a ser una dinámica mujer de acción, se está convirtiendo en una heroína contemplativa, lo cual vuelve a mostrar el atrevimiento de este magnífico escrito polaco. Con todo y con eso, sigue siendo la parte más floja del libro.

            Sansón Mieles, por su parte, da un salto hacia delante. No sólo es un personaje capital, es una clave de la trama. Su naturaleza sigue tan enigmática como antes, aunque gracias a los esfuerzos de médicos, alquimistas y hechiceros, tenemos algún indicio más de la misma. Mientras Scharley sigue sin dejar claro si su máscara cínica oculta algo más que cinismo y el proceso psicológico, moral y espiritual de Reinmar se nos ofrece casi con taquígrafo, Sansón queda en la sombra. Su bondad, cultura y dignidad son incuestionables; no obstante, Sapkowski no permite que sepamos nada de sus sentimientos o pensamientos, más allá de lo que él dice y lo que nosotros podamos deducir. Sí resulta evidente que Sansón es alguien mucho más grande de lo que aparenta (algo que ya era obvio), alguien lo bastante imponente para asustar al temible Treparriscos y convertirse en su objetivo número uno. Y vamos así con los villanos.

            De todos los antagonistas que pululaban en Narrenturm, dos van en cabeza hacia villanos principal. No conviene olvidarse, eso sí, de Flutek o de los Sterz, que apenas aparecen en este volumen pero que tan relevantes fueron en el anterior. Sin embargo, aquí son el Obispo de Wroclaw y el Treparriscos quienes cortan el bacalao. Y estos dos antagonistas aliados sirven también para explicitar la existencia de dos grandes tramas.

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            La primera, la que más espacio ocupa, la explícita, es la de la guerra civil en Centroeuropa, con los husitas por un lado y sus enemigos católicos, por otro. Una guerra total, despiadada, violenta, sin compasión ni piedad por ninguno de los bandos. La violencia es una de las características de este libro: violencia en la batalla, violencia entre clases, violencia legal e ilegal, violencia de soldados, de mercenarios, de bandidos, de asesinos, de nobles (la psicópata que es Douce von Pack sale sólo una escena y supera a todos los demás); la novela es, a ratos, un relato de violación sistemática de lo que ahora se conoce, con cierta ironía no buscada, derechos humanos, por todas las facciones. Leyendo novelas como estas recuerda uno que los cimientos de Europa no son (o, al menos, no sólo) la razón y la fe sin corrupciones, la belleza, el espíritu, la ilustración, la enciclopedia, sino la sangre, el fanatismo, la codicia, la ambición, el rencor, el fanatismo, el odio, el fraticidio.

            En esta guerra, los protagonistas militan bajo la bandera del Cáliz, contra los señores y el Papado. Y, en esta tierra, el más poderoso de sus enemigos es, sin duda, el obispo Conrado. Sapkowski hace un villano de manual: intrigante, hipócrita, sin escrúpulos y corrupto hasta el tuétano. No parece la descripción de un villano complejo y, en efecto, no tenemos aquí un alma atormentada y poliédrica. No sé ustedes, pero a mí, a veces, me gusta encontrarme a un malvado sin paliativos. El Obispo lo es; ni siquiera puede justificarse en un celo religioso mal entendido: este tipo es eclesiástico porque en esa época y ese lugar era un medio para alcanzar el máximo poder posible. Esto es Conrado: un creyente en el dominio de unos pocos sobre grandes masas. Por eso es un defensor del orden establecido frente a los revolucionarios husitas. La mitad de las subtramas de la novela, las militares, las de espionaje y contraespionaje, se engarzan en este primer anillo, y, en ellas, el Obispo es el gran adversario.

            El Treparriscos, alias Birkart Grenellort, sin embargo, y eso ya lo oteábamos en Narrenturm, es el villano número uno. No sólo es el asesino del hermano de Reynevan (¡vínculo personal con el protagonista!) y el brazo ejecutor del Obispo, es decir, la pesadilla de los husitas y sus aliados, a quienes acosa al frente de sus misteriosos jinetes negros (¡Adsumus!). No. Es, y ahora es evidente, una criatura inhumana, versada en brujerías, con sus propios planes (los cuales, me parece, incluyen un final muy desagradable para su supuesto amo), su propia guerra. Hay una trama mágica, subterránea, clandestina. Reynevan y Sansón, entre las bambalinas del teatro bélico, buscan hechiceros y autoridades en lo sobrenatural que puedan ayudar el gigantón. Y así se meten en un conflicto en el cual Birkart, aún no sabemos cómo ni por qué, está también empeñado. Un conflicto cuya esencia, parece, es la agonía de un mundo antiguo, que se resiste a desaparecer, y, tal vez, la supremacía en ese mundo moribundo. Un tema tratado mil veces (como, por ejemplo, en la poderosa Carnivàle) y, siempre que se haga bien, que nutre historias magníficas.

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            Las guerras husitas va, decididamente, por ese camino. Europa sangra. Y sangrará más. Esperamos impacientes, señor Sapkowski.

diciembre 5, 2012

¿Se trata de una bicicleta?

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:06 pm
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            Guardo recuerdos bastante buenos de un viaje a Bilbao, hace unos cuantos años. Vi en directo por primera vez a Les Luthiers. Comí pocos pinchos (porque comer muchos pinchos sí era vivir por encima de nuestras posibilidades). Un vasco del tamaño de una torre y brazos como aspas de molino perdió el equilibrio en un bar, me utilizó de asidero y me tiró abajo (por fortuna, le caí encima y él estaba demasiado achispado para que aquello no le hiciera gracia; yo, en cambio perdí medio whisky, que, de acuerdo, no era un jura de dieciséis años, pero me lo habían cobrado como si efectivamente lo fuera). Y unas amigas de la gente con la que había ido para allá me revelaron El Tercer Policía.

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            Para ser justos, me lo revelaron como una especie de apuesta. Para retarme, por así decir. Comentando que no sabían si sería capaz de estar a su altura. Me sentí insultado en mi dignidad de lector, una de las pocas dignidades que trato de defender. Además, tenía un aliciente: el señor Morán, que estaba allí, admitió públicamente que había sido demasiado para él. La idea de humillar al señor Morán triunfando donde él había caído no fue decisiva para coger la novela, pero desde luego no pesó en contra. Y, como estamos siendo justos diré que, en cuento empecé a leerlo, ni mi orgullo de lector ni la derrota del señor Morán me importaron ya nada. Me importaba el libro.

            Flann O´Brien (pseudónimo de Brian O´Nolan; James Joyce lo leía con pasión) no es un escritor conocido en estas tierras, ni siquiera en las norteñas – las cuales, digan lo que digan arqueología, geología y demás zarandajas, estoy convencido se separaron de las Islas Británicas por algún cataclismo desafortunado. No hay muchas posibilidades de encontrar novelas suyas, ni siquiera en versión original, editadas en España. Nórdica Libros se merece reconocimiento por haber rescatado ésta, además de The Dalkey Archive, con la cual aún no he logrado hacerme (ya para acabar con mis recuerdos bilbaínos, tardé bastante tiempo en devolverles el ejemplar prestado a mis retadoras, hasta que no estuve seguro de que podría hacerme con uno para mí; esto se llama retribución calculadora).

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            Los placeres de El Tercer Policía son variados. Su inicio es como un martillazo: No todo el mundo sabe cómo maté al viejo Philip Mathers, hundiéndole la mandíbula con mi pala; pero antes será mejor que hable de mi amistad con John Divney, porque fue él quien derribó primero al viejo Mathers, asestándole un fuerte golpe con un bombín especial para bicicletas que él mismo había fabricado con una barra de hierro hueca. Esto nos arrastra a leer más. ¿Quién es el viejo Mathers? ¿Quién es John Divney? ¿Por qué mataron el narrador y Divney a Mathers? ¿Esa mención a las bicicletas es algo aislado y sin relevancia? Estas cuestiones tendrán su respuesta, pero serán las menos relevantes de cuantas empecemos a formularnos (salvando a las bicicletas). O´Brien nos enreda, con suavidad, en un mundo estrambótico, peculiar y asombroso, que mira de frente a los mundos donde Carroll metió a Alicia.

            Los personajes de la novela están tres pueblos más allá de la rareza. Empezando por el anónimo narrador, cuyo punto de vista estamos obligados a seguir. La técnica del narrador subjetivo, en vez del omnisciente, tiene sus pros y sus contras pero, como todas, da para hacer virguerías, si se sabe empelar. Aquí se emplea magistralmente. Obligados a intentar entender el mundo en el que el protagonista se mueve, sometidos a las limitaciones de dicho protagonista, sin poder auxiliaros de ningún tercero, nos pasamos la novela barruntando, imaginando, pensando, rastreando pistas. Esa es una alternativa. La otra es dejarse llevar por la corriente. Empleé la primera táctica la primera vez que leí el libro. Esperé a que el argumento y los episodios estuvieran lo bastante desdibujados y la releí, siguiendo la segunda técnica. Cada cuál tiene sus recompensas. Dejaré que sean ustedes los que juzguen.

            El narrador no está solo, le acompaña su propia alma, a quien se da el tranquilizador nombre de Joe. Los diálogos entre el protagonista y Joe son estupendos, verdaderamente cómicos, o, en ocasiones, cerca de lo conmovedor, por absurdo que sea el contexto. Joe es un gran tipo y, a ratos, parece un Jeeves poco cerebral pero muy reconfortante. Frente a ellos, todos los demás, extrañas criaturas, que aparecen brevemente (como el viejo Mathers, con quien se mantiene uno de las conversaciones más enrevesadas que yo haya leído nunca o el jefe de todos los cojos Martin Finnucane) y los tres policías, el Sargento, MacCruiskeen y Fox, quienes, con mucho, superan al resto de individuos con los que nos topamos. Si descontamos a De Selby.

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            De Selby es el personaje más nombrado de toda la novela y el único que jamás aparece ante nosotros. De Selby es el ídolo del protagonista, un sabio autor de numeroso ensayos y forjador de muchas teorías, cada cuál más espléndidamente ridícula que la anterior (desde considerar la noche como una acumulación de “aire negro” a su obsesión por los espejos o la idea de que la vida no son más que momentos estáticos infinitamente breves). Uno de los grandes méritos del libro es la introducción de la vida y obra de De Selby a través, sobre todo, de notas a pie de página, en las cuales seguimos los avatares de su vida y las polémicas entre sus defensores, críticos, estudioso y comentadores; esto mina de manera astuta nuestros asideros con el mundo ajeno a la novela: a poco que nos descuidemos, creeremos estar leyendo sobre un auténtico erudito, estudiado por auténticos críticos. Algunas notas a pie de página ocupan la mayor parte de los capítulos y yo las leí con una diversión mayor aún que las aventuras principales.

            ¡Y el uso del lenguaje! O`Brien (todo mi respeto hacia el traductor Héctor Arnau) posee un estilo que no he visto nunca en ningún otro escritor. Me siento incapaz de definirlo, pero cualquier lector será capaz de identificarlo. Escribe maravillosamente, peculiarísimamente, sin que haya artificio, ni resulte alambicado. Nadie ha usado los adjetivos de la manera en la que lo hacen sus personajes. Está tan bien escrito que uno puede perderse en el goce de la propia escritura, olvidándose de trama y protagonistas. Y esto no es algo casual, sino que está dentro de la lógica de la novela. Voy a abrir el libro al azar. He cogido por la mitad un diálogo entre el Sargento y el protagonista:

            -Me dijo usted la primera regla de la sabiduría-dije. ¿Cuál es la segunda?

            -A eso sí que le puedo responder-dijo. Hay cinco en total. Haga siempre cualquier pregunta que tenga que hacer y no responda a ninguna. Aproveche en su propio interés todo lo que oiga. Lleve siempre consigo material de repuesto. Gire a la izquierda el mayor número de veces posible. Nunca frene primero con el freno de delante.

            -Unas reglas muy interesantes-dije secamente.

            -Si las sigue-dijo el Sargento-salvará su alma y nunca sufrirá una caída en carreteras resbaladizas.

            -Le estaré muy agradecido si me explica cuáles de estas reglas conciernen al problema que he venido hoy a relatarle.

            -Ahora no es hoy, es ayer-dijo- pero ¿de qué problema se trata? ¿Cuál es el crux rei?

            ¿Ayer? Decidí sin titubear que era una pérdida de tiempo tratar de entender siquiera la mitad de lo que decía. Perseveré en mi indagación.

            -He venido a informarle de manera oficial del robo de mi reloj de oro americano.

            Me miró a través de una atmósfera de enorme sorpresa e incredulidad y levantó las cejas hasta casi tocar el pelo con ellas.

            -Esa es una declaración sorprendente- dijo al fin.

            -¿Por qué?

            -¿Por qué iba nadie a robar un reloj pudiendo robar una bicicleta?

            “Presta atención a su lógica fría e inexorable” [dijo Joe]

            La obsesión del sargento por las bicicletas, que no es monopolio suyo, es sólo una de los muchos, muchísimos detalles que vuelven a esta novela tan peculiar. En “La aventura del Pabellón Wisteria” Holmes y Watson discuten sobre el significado de la palabra “grotesco”. Una cosa rara, fuera de lo normal, dice el doctor; pero Holmes niega con la cabeza y replica: Seguramente que abarca algo más que eso; algo que lleva dentro de sí una sugerencia de cosa trágica y terrible. Podemos aplicar esta definición a El tercer policía. Es un libro humorístico, sin duda, y yo me río siempre con él. Pero hay en cada escena algo más que puro buen humor, puro ridículo. Hay en cada sílaba un atisbo del Caos. Como si la novela fuera una capa delicadamente trabajada, bajo la cual se revuelve una fuerza ajena, incomprensible, casi aterradora. En nada se ejemplifica esto mejor que en los policías, seres cómicos, ridículos, que se van volviendo grotescos hasta alcanzar ribetes cuasi demoníacos (¿Qué miden con tanta precisión? ¿Y por qué? ¿Y por qué no?).

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            Las entrañas de esta obra son oscuras. Pueden ustedes limitarse a admirar la superficie, porque lo merece. Pero tanto si han querido desentrañar sus misterios como si se han dejado arrastrar por la marea, acabarán, sin saber muy bien cómo, en un lugar donde bicicletas insinuantes, cajas infinitesimales, omnium milagroso y conversaciones repletas de neumática inimitabilidad llenan la habitación de carcajadas que, si uno atiende, empiezan a parecer un aullido.

octubre 4, 2012

Infancia corfiota

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:17 pm
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            Hay lugares que existen al tiempo en este mundo y en otros. Lugares perfectamente localizables geográficamente, en cualquier atlas o en cualquier mapa que hay en internet; pero que también existen en fotogramas, en cuadros y en páginas escritas. Y en cada una de esas encarnaciones, el lugar es diferente. No creo certero hablar de un solo lugar: son varios y diferentes lugares.

            Corfú es uno de ellos. Sin duda existe, es una de las islas griegas. A decir de muchos, a lo largo de la Historia, desde Homero a Edward Lear, pasando por Napoleón Bonaparte, es una de las más hermosas islas griegas. De ella han escrito y en ella han vivido o soñado vivir probablemente cientos o miles de personas, grandes y pequeñas. Y otros miles y cientos de miles hemos soñado con ella a través de sus palabras y recuerdos.

            Miles y miles conocemos Corfú, sobre todo, por una maravillosa serie de libros, la llamada Trilogía Corfiota de Gerald Durrell. Nadie que la haya leído puede dejar de evocar Corfú cuando lee u oye el apellido Durrell (no sé si esto fue motivo de frustración, simpatía o sorna para Lawrence Durrell) ni evitar pensar en la familia Durrell cuando escucha hablar de Corfú (y quiero creer que eso es motivo de jovial orgullo para todos los corfiotas).

            Porque quien se haya metido en las páginas de Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses estará primero enamorado de esta Isla, y luego la estimará a distancia, en un amor cortés de los inexistentes caballeros que suspiraban por una amada de la que, con suerte, tenían un retrato. Salvo que tenga la sensibilidad de una alpargata y el sentido del humor de un tertuliano de prensa rosa.

            Desde la primera escena, la reunión familiar en la que Mamá, Larry, Leslie, Margo y Gerry (más Roger, el perro) celebran el primero de los varios consejos de guerra familiares, deseamos ansiosamente que esta magnífica familia inglesa nos acoja como invitados, como amigos o, diantre, que nos adopte. Su decisión de abandonar la húmeda Inglaterra (pues los ingleses tienen el envidiable privilegio de burlarse de su tierra y de abandonarla cuando les venga en gana y puedan, siendo al hacerlo más ingleses que nunca) por el cálido Mediterráneo nos lleva a un rápido peregrinaje hasta que la isla los acoge. Al leer la llegada por primera vez, mucho más al releerla, tiene uno una peculiar sensación: la de que Gerry y su familia, al fin, han llegado al lugar donde pertenecen en realidad, que ellos y Corfú se conocían incluso antes de haberse conocido. Y que es estupendo que al fin se hayan encontrado. Es el inicio de algo grande, y se siente la excitación por lo que va a venir y una punzada de extraña tristeza, porque cuanto empieza en este mundo tiene siempre un final.

            ¡Ah, porque qué magnífica, qué milagrosa, qué espléndida es la época que tienen por delante! ¡Qué gentes les aguardan, humanas y animales! ¡Y qué cinco esperan también a esa gente! Es difícil saber quiénes son más grandes en esta crónica: si los Durrell, los corfiotas o los animales.

            Mamá, la heroína del relato, como la llama su primogénito, con sus recetas, su muy suyo sentido común, sus cabezonerías y su capacidad para mantener unido al clan. Larry, el futuro Lawrence Durrell, con veintipocos, mordaz, despectivo, soberbio, lenguaraz y uno de los motores cómicos más poderosos de la obra; pocas veces he leído un retrato más irónico y lleno de cariño de un hermano por otro hermano. Leslie, con su pasión por las armas, la caza y su temperamento (vivo es decir poco). Margo, mezclando refranes, dietas, modas y enamorados… y Gerry, el narrador, el pequeño de la familia, que se suele quedar en un discreto segundo plano, dejando que sus parientes brillen y nos conquisten, logrando, astutamente, conquistarnos al ser él, sus palabras y sus miradas las que nos revelan la isla y sus habitantes.

            Porque los habitantes son de traca. Empezando por el todoterreno Spiro, uno de los secundarios más entrañables jamás descritos. El apego de los Durrell por Spiro gotea de cada letra que sobre él se dice o que él mismo dice, con su voz tonante, su vocalización espantosa y sus ideas descabelladas, pero eficaces. Lean: Una vez tomado el mando, Spiro se nos pegó como una lapa. De taxista había pasado en pocas horas a ser nuestro defensor, y a la semana era ya nuestro guía, filósofo y amigo personal. Convertido en un miembro más de la familia, apenas había cosa que hiciéramos o proyectáramos en la que él no estuviera metido de algún modo. Siempre estaba presente con sus gruñidos y su voz de toro, arreglando nuestras dificultades, diciéndonos cuánto se debía pagar por cada cosa, vigilando nuestras actividades e informando a Mamá de todo lo que según él debía saber. Este angelote moreno y feo nos cuidaba con tanta ternura como si fuéramos niños ligeramente retrasadillos. A Mamá la adoraba francamente y dondequiera que estuviésemos se dedicaba a pregonar sus alabanzas, con gran bochorno por su parte.

            Un tiempo después, la familia recibirá otro regalo de Corfú, en la persona del Doctor Teodoro Stefanides, médico, naturalista, hombre de letras, de una cortesía, pulcritud, bondad y erudición que cuesta a veces trabajo creer que alguien así haya existido. A Gerald se le nota revivir esos años infantiles al escribirlos; la estima por Teo es particularmente fuerte, pues, si bien es amigo y consejero de toda la familia, la relación de mentor y pupilo entre Gerry y él (siempre, siempre Teo trata de usted a Gerry- ese detalle me encanta) los separa un poco de los demás. Gerald parece ser consciente de la inmensa suerte que tuvo de conocer al Doctor Stefanides y al resto nos deja cavilando acerca de si habremos tenido una figura semejante en nuestra infancia o si la habremos sabido apreciar en lo que valía.

            Y después llegan todos los demás: los tenderos, pastores, pescadores y labradores corfiotas, el Hombre de las Cetonias, Lucrecia, la criada de los mil y un achaques, Kralefsky y sus fantásticas historias de sí mismo defendiendo a una sucesión de “damas” sin nombre, Andruchelli, el socarrón médico, el dignísimo Cónsul Belga, el constante desfile de los amigos o colegas de Larry, la colección más simpática de pintores, poetas, bohemios y artistas que uno pueda imaginar.

            Mezclándose con las anécdotas y vida de los humanos, están las anécdotas y vidas de los animales. Cuando colisionan, las escenas son desternillantes. Cuando los animales están a solas, es cuando a Gerald le sale la vena del naturalista que fue años después (y era al formar estas novelas). El amor, la curiosidad, el respeto y la sorpresa con las que penetra, sin destrozar nada en su observación, las costumbres y dramas de arañas, lagartos, tortugas, mariposas, sepias y aves hace que a uno le entren ganas de coger varios tarros, una red, una lupa y un cuaderno y lanzarse al campo. Acompañado siempre por Roger y habitualmente por Teodoro, es comprensible el deleite con el que Gerald recuerda las andanzas de Gerry.

            Los animales de Gerry engrosan la familia: junto a los perros (bajo la superioridad incontestable de Roger fueron sumándose Widdle, Puke y Dodo, la patética dady dinmont de Mamá) se cuadran el mochuelo Ulises, el palomo Quasimodo, la gaviota Alecko, las espléndidas Gurracas o la salamanquesa Gerónimo (he asistido a pocos duelos a muerte más emocionantes que el de Gerónimo contra la mantis religiosa Cicely), y aún más legiones de bichos, maravillosos o repelentes, dependiendo del miembro de la familia..

            Los tres libros pueden leerse independientemente o uno tras otro. Los tres son encantadores, pero el primero, Mi familia  y otros animales es el superior, el más perfecto. Es éste el que tiene la clave, el secreto, el que les va a seducir sin remedio. En él las cualidades de la trilogía están en su momento álgido. Hay una meritoria adaptación en película, que se ve con gusto e incita a leer o releer el original.

            El humor con el que Gerald escribe, que es de auténticas carcajadas muy a menudo, está muy hábilmente entrelazado con una cierta tristeza, ya advertida por la cita de Cómo gustéis que abre la obra. Es una melancolía dulce, vivida con una muy anglosajona ironía, sin dejarse dominar por ella, la que recorre todas las líneas de cada libro. Porque Corfú puede existir, pero ése Corfú ya no. Y la dorada infancia de Gerry, aunque dio paso a la buena vida de Gerald, también se perdió. Así, nosotros, que también hemos perdido la infancia, una infancia que tal vez no fue tan dorada como la de Durrell, le envidiamos y le comprendemos.

            Y soñamos con esos campos, y ese cielo azul, ese mar, y esas Villas color fresa, color narciso, color blanco, esos tés y esas cenas, esas conversaciones, discusiones, peleas y bromas, ese vino, esas escapadas a montes y calas secretas, ese universo que la Historia, probablemente, ha destruido, pero que la Literatura ha sublimado y que es ya eterno y nuestro. Basta con abrir el libro y empezar a leer: Julio se había extinguido como una vela ante el viento cortante que nos trajo un plomizo cielo de agosto…

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