Con un vaso de whisky

marzo 13, 2014

Las chispas del agujero

            En los inicios de Tu rostro mañana (Javier Marías), el profesor Peter Wheeler, en  medio de otras, reflexiona: La vida no es contable, y resulta extraordinario que los hombres lleven todos los siglos de que tenemos conocimiento dedicados a ello, empeñados en contar lo que no se puede, sea en forma de mito, de poema épico, de crónica, anales, actas, leyenda o cantar de gesta, romances de ciego o corridos, de evangelio, santoral, historia, biografía, novela, o elogio fúnebre, de película, de confesiones, memorias, de reportaje, da lo mismo. Es una empresa condenada, fallida, y que quizá nos haga menos favor que daño. A veces pienso que más valdría abandonar la costumbre y dejar que las cosas sólo pasen. Y luego ya se están quietas.

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            Me topé con este fragmento al poco de acabar la nueva bandera de contradicción, True Detective. Por dejar claro en qué bando milito, me parece una de las obras más notables que he visto. Y que la HBO puede sentirse orgullosa de haber confiado en los señores Nic Pizzolatto y Cary Fukunaga. Y en los señores Harrelson y McConaughey.

            Pues bien, este excursus del anciano y astuto hispanista británico de la novela podría haber salido de los labios del detective (o del ex detective) Rust Cohle, bien para exasperación de su compañero Marty Hart en 1995, bien para sospecha de los investigadores, diecisiete años después. O también podría ir dirigido a nosotros, espectadores de esta historia, de esta narración, que intenta triunfar en esa empresa condenada.

            Hay grandes virtudes en esta serie, rutilante y poliédrica. Empezando por las más formales. Han sido ya destacadas por otras reseñas así que no voy a insistir mucho. Esta serie logra lo que otras llamadas a la inmortalidad: una imagen, un color, una apariencia propias. Cualquiera que haya visto The Wire, Breaking Bad, Carnivàle, o Deadwood, por poner unos ejemplos, reconoce de manera instintiva una escena de las misas, antes de que la consciencia confirme la impresión. Hay una atmósfera, casi un sabor y un olor, en ellas. También en True Detective. Y una iconografía (esos cuernos, tan parecidos y distintos a los de Hannibal), que desde los extraordinarios títulos de crédito, amasa la totalidad de la obra.

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            Es también muy acertada su brevedad. Esta serie podría haberse alargado de manera innecesaria, salpicándola de tramas y subtramas, de historias paralelas, a fin de ganar capítulos, de estirarla. Hubiera sido un grave error. La HBO toma nota de esa gran virtud de la televisión británica: si lo puedes decir en ocho horas, no uses nueve. Sé que habrá otra temporada. Pero será otra historia diferente.

            Porque en True Detective se narra una historia. Y aunque se ha criticado, no sin argumentos, que la trama detectivesca es lo más flojo de la serie y aunque el propio creador, en una entrevista con Alan Sepinwall haya dicho que no le interesan los asesinos en serie, la historia está ahí. Y es grande. Es una historia al servicio de unos personajes o, mejor, es una historia de dos personajes. Y de una gran Oscuridad.

            Esta historia de dos personajes se narra usando una técnica depurada, arriesgada, pero usada con precisión de escalpelo. Durante seis de los ocho episodios, Hart y Cohle, mirándonos directamente, nos explicaban lo acontecido lustros atrás. Y nosotros veíamos lo que nos contaban. Las escenas del pasado podían ser muy bien las representaciones, la traducción visual de las palabras de los entrevistados en las mentes de los entrevistadores. De manera claramente inspirada en Rashomon, el espectador era quien debía decidir si lo que se nos mostraba era o no real. O si lo que nos decían los protagonistas era o no real. El pacto implícito es que sí, porque, en un momento dado, la versión oral y la visual se separan radicalmente. Todos, creo, damos prevalencia a la visual. Claro que eso puede llevarnos a cuestionar cuanto hemos visto antes. Y cuanto veremos después. ¿Puede en verdad ser contada la vida de Marty y Rust?

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            Los dos policías del pasado y sus respectivos yos del presente (un cuarteto de personajes, o quizás una pareja desdoblada) llenan el escenario. Pero, y esto creo que es importante, deben parte de su enormidad al escenario donde se mueven. Quiero decir que en otra serie menor, los mismos personajes nos hubieran llamado la atención. En esta serie, con esta música, esta fotografía, este cuento, estos escenarios (que se nos recuerdan en el epílogo; John Ford nos recordaba a sus personajes, con cariño; aquí el sentimiento es de un viscoso desasosiego), son gigantes.

            Cuando una obra descansa casi por completo en dos personajes, estos han de ser diferentes en buena manera. No pueden resultar idénticos. No puedes tener a dos seres rígidos, o flemáticos, o flexibles, o contundentes. Tiene que haber variaciones, contrapuntos, tienen que encajar los bordes de uno en las fisuras del otro. Ahora bien, lo que sí puede haber, y de hecho es quizás adecuado que lo haya, es un poso común. Ser variedades de la misma especie, como esa pareja diabólica formado por Fouché y Talleyrand.

            Hart y Cohle son muy diferentes, como se puede observar desde el primer segundo. En cada conversación (esa gran primera charla en el coche, hasta que Hart declara el vehículo zona de silencio), en cada escena, en cada segundo de su relación se ve que hay simas entre ellos. Pero hay también elementos comunes en su psicología; de ahí que cuando, al final, unan fuerzas tras siete años de separación, y no tras un divorcio aterciopelado, no torcemos el gesto. Es lógico. Al fin y al cabo, Rust ya le dijo a Marty cuál era la verdadera diferencia entre ellos: “You are in denial”.

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            Harrelson. Hart. No sé yo si hay un chiste fonético en este apellido. Porque el detective Hart es mucho corazón y poca razón, aunque haya más seso del que parece a primera vista tras esa frente y esa quijada de jabalí. En el reparto de roles, es la criatura terrenal, la que tiene los pies en el suelo, el perro viejo, el poli de toda la vida, tan de toda la vida que no le falta ni el gusto por el whisky. El sistema filosófico de Hart es simple, pero también confuso y poco concreto. Sus nociones de bien y mal tienden a lo convencional, sin que esto implique que se sienta muy sometido al imperio de la ley. De hecho hay dos escenas, a cada cual más ilustrativa, a este respecto, con los dos bobaranes a quienes pilló jugando con su hija y con uno de los secuestradores de niños.

            Esa propensión a la violencia es coherente con la propensión de Hart al sexo. No es que me ponga yo aquí a hacer paralelismos puritanos. Digo que tras la cara pública de Hart (buen padre, buen marido, buen policía) hay justo lo contrario: un padre nefasto, un marido desleal, un policía rozando la línea o sobrepasándola. Hart tropieza con la misma piedra de la carne, igual que con la piedra de la bebida, con su propia miseria oscura, hasta que esos tropiezos le vuelven en forma de retribución por parte de su sufriente esposa; entonces Hart, tras un último estallido de ira salvaje, entra en su propio desierto, largo, solitario, deprimente.

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            McConaughey. Cohle. Estamos todos a sus pies. No es ser hipócrita alábalo ahora, igual que nos hemos pasado años poniéndolo a parir, por papeles y películas nefastas. Sencillamente, ahora sabemos que, cuando quiere, este hombre es un actor acojonante. También es cierto que se le da el papel más jugoso; y el más complicado.

            Rust, para mí, ha venido a esta serie parido de una novela. La terrible y magnífica Meridiano de sangre, creo yo, es acreedora de True Detective en muchas partidas. Los monólogos de Cohle, una de las joyas de la corona, podrían engarzarse en las conversaciones que el Juez Holden (uno de los villanos más terroríficos de la literatura) mantiene con la compañía de asesinos a sueldo del Grupo Glanton. Rust es el Chico, tras vivir cerca de Holden, si el Chico hubiera tenido capacidad intelectual para absorber siquiera parte del radiante nihilismo belicoso y destructivo del Juez.

            En Rust se dan varios tópicos, muy bien hilados. La circularidad del tiempo, la vida como prisión (Hamlet, ese gran nihilista, ya dijo que Dinamarca y el mundo entero eran una cárcel), la eternidad como algo ajeno y amenazador, el eterno retorno… El episodio 6, muy criticado, no sólo me parece brillantemente duro desde el punto de vista psicológico, sino que cambia nuevamente de ritmo, jugando con uno de los temas de la serie, el tiempo y su perspectiva, su desgaste, su circularidad, su rutina, ese tiempo que se desliza como arena entre los dedos. Nietzsche dijo, más o menos, que siempre hay un cierto desprecio en el acto de hablar, porque sólo encontramos palabras para lo que ya está muerto en nuestro interior. Rust sin duda tiene mucho de qué hablar y ese desprecio ontológico es patente. Es un señor de palabras y gran parte de su pericia como perverso confesor le viene de entender la necesidad de los miserables a quienes interroga de una narración que les dé, a ellos, forma y estructura, aun cuando él no crea en nada de eso.

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            Tiene mucho mérito lograr una serie tan densa y rica con sólo dos personajes. Los investigadores, Gilbough y Papania, son meros recursos y hubiera preferido no verles las caras. Las amantes de Marty, los moteros de Rust, hasta los habitantes de los pantanos… ni uno alcanza la categoría de personajes. Sólo tiene algunos momentos Maggie, como esa turbadora escena en la cocina de Rust, sobre todo ese segundo terrible en el que el austero detective comprende qué ha ocurrido.

            Y estos dos grandes personajes investigan un caso. Caso que ha dado mucho de qué hablar y ha propiciado hipótesis muy interesantes. Y la teoría del Rey Amarillo, claro, que es divertidísima. Caso que siempre estuvo a un tris de devenir en historia de horror. Con gran acierto, creo yo, se nos deja en cierto misterio, aun cuando pistas para el desenlace hay. No obstante, no veo como un error dejarnos entrever, más que analizar hasta el último pelo, la mitología infernal de los pantanos, los secretos de Carcosa, los misterios del Rey Amarillo (yo lo vi, sencillamente, en ese tétrico espantajo, de harapos amarillentos, coronado por dos cráneos, uno pintado de amarillo). Al fin y al cabo, Lovecraft era mil veces más siniestro cuando sugería que cuando se ponía a acumular bichos blasfemos, tentaculares y gomosos. Inteligentemente, se nos hurta el contenido de la cinta de vídeo. Sólo sabemos que ahí hay algo que hace aullar de horror a un hombre que ha visto el cadáver de un bebé en un microondas. Nuestra mente hará lo demás.

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            El horror está, sin embargo. La secuencia de Rust examinando los restos de la escuela evangélica, en solitario, es inquietante; la referencia al monstruo que acecha al final del cuento, con ese obeso en calzoncillos, tan grotesco que casi era ridículo (casi). O el vistazo a la vida Erroll Childress y su cambiante voz (un detalle de creación brillante, explicado en la entrevista de Sepinwall). El atroz combate final no me disgustó en absoluto: nos prometieron un monstruo y nuestros nada heroicos cazadores derrotan al ogro en un escenario digno de una pesadilla. Lucha existencialista: el Mal es invencible, pero hemos de enfrentarnos a él.

            Y luego de esto, el epílogo. Menudo epílogo. Una serie que ya se había arriesgado en la forma y el fondo, echa el resto. Todo hacía presagiar un final tétrico. Childress había muerto, pero las raíces de la conspiración y su misterios no serían desenterrados (Marty lo asume como el realista terreno que es). Hart tiene un reencuentro con su familia que, por un segundo, le da la ilusión de un futuro, pero no hay futuro luego del pozo de donde viene y llora. Rust contempla la oscuridad desde su habitación… y dentro de esa oscuridad, más allá de ella, encuentra esperanza.

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            Aquellos que hayan alzado la ceja ante las diatribas de Cohle y aquellos que hayan chasqueado la lengua tras su epifanía hacen mal. Cohle está tan lúcido o loco en un momento y en otro. Podemos no compartir su visión de la vida, ni antes ni después, respetando en ambos casos que esa mente poderosa habla desde vivencias hondas y desgarradoras. Ni a Marty ni a Rust les espera una vida feliz, ni agradable. La epifanía de Rust le ha despertado a las emociones sepultadas y, por eso, al final no encuentra ya palabras (tampoco Hart, pero eso no es tan sorprendente) y también llora.

            Cormac McCarthy no dejó que el triunfante Holden (está bailando, bailando, dice que nunca morirá) tuviese la última palabra en su novela. Un críptico final presentaba a un hombre que saca chispas de agujeros en la roca. Tampoco aquí la oscuridad tiene la ultimísima palabra. La luz planta batalla. Que sea consolador o no, eso será el espectador quien lo determine.

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octubre 14, 2012

Come the fuck in or fuck the fuck off!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:20 pm
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            Cuando ve uno The West Wing sabe que no está viendo la realidad. Que le gustaría, que ojalá, que incluso siendo aquel un mundo imperfecto, con corrupción, estupidez y maldad, en él son posibles la inteligencia, la razón, que ideas manipuladas o despreciadas pueden, en efecto, guiar a unos gobernantes. Que hay de todo en el mundo de la política: miserables, ambiciosos, gente honesta y hasta altruistas. Que el aire que se respira en los pasillos de Washington no es pestilente, que hay una marejada luminosa de fondo; un rumor que nos atrae, pero que no hace siempre conscientes de estar ante una obra de política-ficción.

            Cuando uno ve The Thick of It tiene uno una sensación completamente opuesta. Todo en ella conspira para que, desde que empieza hasta que acaba el capítulo, pensemos que alguien, cámara oculta en ristre, se ha metido en los pasillos políticos de Londres. Y, mientras nos caemos de la silla a carcajadas, alguna vez, reímos tan fuerte que casi parece que lloramos.

            Ver The Thick of It como una devastadora crítica de la Política y los políticos, creo yo, es reducirla. ¿Es que no lo es? Sí, desde luego; más de los politicastros que de la Política. O más bien aún, de la política, sin mayúsculas por ninguna parte. Armando Ianucci y su tropa (los mismos que nos dieron In the loop, entre temporadas de esta serie) no dejan títere con cabeza en el establishment político. Ministros, Secretarios de Estado, consejeros, redactores de discursos, funcionarios públicos, pero también periodistas, blogueros, empresarios y ciudadanos de a pie… todos pasan por la trituradora.

            Tanto los protagonistas como los secundarios, recurrentes o no, comparten ciertas características básicas: son o mezquinos o estúpidos o cobardes o todo ello al mismo tiempo. No son monstruos del abismo. Son personas. Algunos de ellos hasta tienen buenas intenciones. Incluso ciertos ideales elevados, una vocación cada vez más adormecida de dedicarse al bien de la sociedad. Intenciones, ideales y vocaciones que son sistemáticamente destruidos por el miedo a decir algo inapropiado en el momento inapropiado, a salirse del guión, a que se forme un escándalo o, por ser más coherente con el lenguaje de la serie, a storm shit que les deje con el culo al aire y sin apoyos. Porque allí fuera, en la calle, llueve y hace frío. O, de una manera aún más indigna y cómica, por ser sencillamente idiotas y meter la pata.

            Las relaciones triangulares entre políticos, periodistas y funcionarios (es muy anglosajón distinguir claramente los políticos, el partido, de los funcionarios, de la Administración, neutrales del juego) dan para mucho. Los periodistas quieren la noticia del día, cuanto más humillante, mejor. Los políticos quieren ascender en el partido, o, al menos, no hundirse y si, de paso, pueden hacerle la puñeta a un colega, pues mucho mejor. Los funcionarios quieren que los líos de los otros no pongan en peligro su preciada seguridad, alejándose de cualquier problema, complicación o tejemaneje… y si para ello hay que cargar las culpas al político o funcionario de al lado, pues qué le vamos a hacer.

            Cualquiera que esté pensando en meterse en la cosa pública debería ver esta serie. Bueno, si está pensando meterse en la cosa privada, también, aunque supongo que puede ver The Office. Las palabras que dan título a este artículo serán, casi seguro, las más amables que oiga en el Ministerio de Asuntos Sociales del Gobierno de Su Graciosa Majestad. Debería darle una idea aproximada de lo que le espera donde sea.

            Estar rodeado constantemente de gente insegura, envidiosa, aterrada y agresiva no es una forma de vivir muy alegre. Si encima se equivocan cada dos por tres y sabes que van a ir a por alguien a quien cargarle el muerto y que ese alguien puedes ser tú, la paranoia se convierte en tu mejor amiga. Porque ese criajo de rizos y gafas de Ollie es una sabandija que siempre patea al que es más débil, esa rubia pequeñaja y despistada de Robin va a decir lo que no debe a quien no debe doce de cada diez veces, esa funcionaria impasible y cansina que es Terri puede haber estado trabajando contigo diez años, que si supones la más mínima amenaza para su tranquilidad, adiós, muy buenas; hasta ese bastante inofensivo y amargado Glenn puede apuñalarte, por despecho y miedo. Y que Dios te pille confesado como seas el jefe de esa panda, no un compañero más. Lo saben Hugh Abbott o Nicola Murray.

            Y, además de todo, está Malcolm.

            Malcolm Tucker (inspirado en el tortuoso Alastair Campbell) es el Gran Tiburón Blanco, el terror de Whitehall, la pesadilla andante de todos los demás personajes… y, a menudo, su única salvación. Implacable, despiadado, malhablado (con el estupendísimo acento escocés de Peter Capaldi, qué grande es este hombre), mordaz, abrasivo y eficaz, recorre los departamentos ministeriales, a medias apagando fuegos, a medias provocándolos. Su presencia es inevitable, pero nunca bienvenida. El grito de “¡Viene Malcolm!” pone los pelos de punta en cualquier despacho oficial. Si Malcolm llega con el ceño fruncido, malo. Si llega sonriendo, peor. Si clava sus ojos en ti sin parpadear, encomiéndate a los santos y a los dioses.

            Malcolm es el único personaje por el que no tememos. Todos los demás, todos, pueden caer en cualquier momento. Malcolm, no. Por difíciles que se le pongan las cosas, sabemos que él triunfará al final. Posee cualidades envidiables para medrar en su ecosistema: es flexible, tan capaz de diseñar una retorcida estrategia a largo plazo como de improvisar, dando saltos mientras hace malabares con cinco bolas al tiempo. Y es destructivo. Rematadamente destructivo. En serio, Malcolm es posiblemente un psicópata metido en un traje. No mata a nadie físicamente, pero causa estragos psicológicos por donde anda, sin sentir la más mínima empatía por nadie. El único capaz de seguirle el ritmo es Jaime, el otro escocés de la plantilla, el pit-bull, tan agresivo y soez como Malcolm, aunque menos astuto.

            Su secreto tal vez resida en que, mientras todos los demás ansían ascender o temen desaparecer, él está en su puesto y se siente cómodo en él. No le hace falta subir en el Gobierno, ya controla todo desde donde está. No teme descender, pese a los bretes en los que anda enredado, siendo, como es, el mayor animal político de la jungla. Está libre de esos temores, por lo que puede centrar toda su radiante energía negativa en planes propios y humillaciones ajenas. Y los espectadores no querríamos (al menos, no yo) que fuera de otra manera. La aparición de Mister Tucker en escena sólo presagia momentazos.

            Si hay una serie realmente contraria a The Thick of It tal vez no sea The West Wing, después de todo, sino Parks and Recreation. Comparten la estructura de falso documental y el ser comedias. Pero donde la estupenda Leslie Knope y sus colegas de Pawnee mezclan absurdo, crítica social e ingenio amable (salvo con Jerry), Malcolm y sus lacayos vomitan olas de bilis desternillante. Llevo tiempo soñando con una colisión entre ambos mundos, aunque creo que, si sucediera, los entrañables funcionarios de Indiana serían arrasados por sus colegas británicos, hasta la cáustica April. Incluso con apoyos tan formidables como el bueno de Ben o el épico Ron Sawnson, Leslie no aguantaría frente al maquiavelismo de Malcolm. Sería una batalla digna de verse, en la cual el Mal triunfaría sobre el Bien. Porque en Parks and Recreation late la esperanza en la Humanidad, en la capacidad del ser humano de hacer el bien.

            Por eso The Thick of It es tan grande, tan divertida y tan tenebrosa. Porque en ella no son los políticos o los funcionarios los que son estúpidos, cobardes, mezquinos o malvados por definición. Son los seres humanos. Todos. Sin esperanza. Pero con risas.

agosto 29, 2012

Fisher and Sons

            He saldado una vieja deuda: no haber terminado de ver A dos metros bajo tierra hasta hace un mes o así, era una deuda de las gordas. Porque es una de las Grandes Series, porque es de la HBO (sí, qué le voy a hacer, yo también tengo mis marcas) y porque fue de las que cambiaron las cosas.

            Hay gente por ahí con muchas más conocimientos que yo en Historia de la Televisión (las mayúsculas no son irónicas; hay Historia del Cine, hay Historia de la Televisión); ahora, es poco arriesgado afirmar que la pasada década y esta entrante son la gran era de las series; que los guionistas, actores y directores de la hermana pequeña están dando puñetazos en la cara día sí, día también al hermano mayor. Pero todo eso no surgió de la nada. Hubo series que dieron los primeros golpes.

            En mi humilde opinión, fueron dos series familiares: Los Soprano (de la que nunca he hablado por el temor reverencial que me produce), una; A dos metros bajo tierra, la otra. Quizás la saga de los mafiosos de Nueva Jersey sea más grande, pero que nadie se atreva a despreciar a los Fisher.

            Breve resumen introductorio: Nate Fisher vuelve a casa por Navidad. Al llegar (tras haberse liado con su vecina de vuelo, Brenda Chenowith) se entera de que, justo ese día, Nathaniel Fisher, su padre, un director funerario, ha muerto en accidente de coche. Con su madre Ruth destrozada, Nate consiente en quedarse unos días; se reencuentra así con sus hermanos, David, secretamente homosexual, y ahora enfrentado a la muy real posibilidad de tener que continuar trabajando para siempre en la odiada empresa familiar, y Claire, la más pequeña, una adolescente en el último curso del instituto.

            Bueno, como cualquier espectador sabe, cuando Nate (Peter Krause) dice que sí, que se quedará unos días antes de largarse de nuevo, de unos días nada. Ha vuelto a meterse en la telaraña familiar y de ahí no se sale tan fácilmente.

            Es lugar común hablar en las series de familias disfuncionales. Los Fisher son la Idea Platónica de familia disfuncional. En Las Chicas Gilmore Luke despotrica una vez contra su hermana y contra todas las familias del mundo, que le obligan a uno a limpiar una vez tras otra lo que ellos han ensuciado. Y entonces le pregunta a Lorelai “¿No escribió Tolstoi una frase célebre sobre la familia? ¿Algo de que todas las familias son infelices o que hay familias aparentemente felices?” “No parece muy acabado”, le responde una cauta Lorelai. “¡Bueno”, estalla Luke, “quizás no tuvo tiempo de terminarla por ocuparse de su puta familia!” (he citado de memoria). Todos los Fisher suscribirían, en uno u otro momento, las palabras de Luke

            Lo de las Gilmore tiene más que ver con esta serie que esa cita. No mucho, conforme (se me ocurren pocas series más opuestas en todo lo demás), pero una cosa, al menos, en común, sí tienen: no hay argumento. Es decir, no hay introducción-nudo-desenlace. Tampoco son procedimentales. Ponen casi toda la carne en el asador de los personajes. Algo, por cierto, que también hacen Los Soprano. A ver, entiéndaseme bien: junto a los personajes hay virtuosismo (el detalle de que los fundidos sean siempre en blanco, nunca en negro, me encanta), ingenio, ironía, delicadeza, diálogos grandes y muchas cosas más. Pero en el centro están los personajes.

            La evolución, el cambio se unen a la progresiva revelación de los recovecos mentales de los Fisher. ¡Y vaya si tienen recovecos! No sé si esta serie se enseña en las facultades de Psicología y a los psiquiatras, pero igual debería. Tienen ahí un terreno abonado para el estudio (y para la autocrítica, porque sale cada psiquiatra que en fin…). Ya verán, ya, cuando comparen a la Ruth Fisher del piloto y a la de la quinta temporada. No se libra uno de cincuenta años de represión vital de la noche a la mañana, pero la buena señora hace cuanto puede, por duro que sea el camino.

            Lo mismo podría decirse de David (Michael C. Hall, antes de ser el célebre Dexter). No he dicho antes que se nos presente como secretamente homosexual a la ligera. Esta es una de las series que con más inteligencia afrontó el tema de la homosexualidad, de forma honesta, humana y sin clichés ridículos. El autoengaño, o los prejuicios ajenos y propios que impiden a alguien aceptarse tal cual es, son algunos de los subtemas recurrentes de la serie. Y su relación con Nate, pasando de la tensión hijo obediente contra hijo pródigo, a una verdaderamente fraterna, con lo bueno y lo malo, se gestionó astutamente.

            Claire llegó a convertirse en mi preferida de todos los Fisher (así como Nate en la oveja negra), aunque a ella también le aplico esto: no hubo un solo personaje en la serie a quien no haya querido golpear con un martillo en la cabeza (una y otra y otra y otra vez). Tampoco hubo un personaje cuyo punto de vista, razones (más o menos racionales), temores o reacciones no comprendiera. Téngase en cuenta que el comprender puede ser muy compatible con el martillo. En realidad, el único personaje al que no soporté ni por un minuto fue a Liza, salvo cuando era parte de un sueño o una visión, donde cumplía otro papel. Pero presente y siendo ella, el martillo, siempre el martillo.

            Los Fisher son un clan muy complejo, muy contradictorio y muy extraño. Y no he visto en ellos nada que no se pueda ver una familia de veras. Lo mismo podría decirse de una de sus familias-satélite, los Díaz, aunque estos son bastante más aburridos. La otra familia-satélite, los Chenowith… en fin, lo que ahí pasa ya no lo veo tanto en cualquier familia de veras (panda de chiflados). Pero a los Fisher, sí: sus peleas, discusiones, malentendidos, reconciliaciones, momentos de complicidad e intimidad, encontronazos, decepciones, mentiras, dolores y alegrías los hacen cercanos, muy cercanos… aunque si ve usted que su vida se empieza a parecer demasiado a la suya, coja los bártulos y huya.

            Este acercarse tantísimo a los personajes tiene el riesgo de que el culebrón nunca anda demasiado lejos; de hecho, en la última temporada está demasiado cerca. Para tener a raya a ese bicho infecto hay herramientas útiles: la calidad de actores, guionistas y directores, es una. El humor negro, es otra. El tema de la obra, una más.

            Porque el gran tema de la serie es la Vida. Y la Muerte. No es poco mérito éste. No pienso yo que actualmente esto sea así (no del todo), pero cuando Alan Ball nos soltó A dos metros bajo tierra la Muerte era el Gran Tabú. Algo incómodo, que en la ficción debía aparecer como secundario o intrascendente, o tan excepcional que resultaba irreal. Aquí, nada de eso. La Muerte es habitual. ¡Por algo el negocio familiar es una funeraria!

            Esta naturalización de la Muerte, sin restarle ni un ápice a lo que tiene de doloroso, de misterioso y de terrible, esta hermanarla con la Vida, es una de las grandes virtudes de la obra. Cada episodio empieza con una muerte. Pueden ser escenas muy breves o bastante largas, sorprendentes, conmovedoras o macabramente divertidas. De estas hay muchas. Los espectadores, ya verán, ustedes también, registrábamos la escena en busca de algún indicio de quién y cómo iba a morir hoy. Los guionistas, que lo sabían, jugaban con nosotros; daban ganas de hacer apuestas.

            El humor negro es marca de la casa y, si bien perdimos los anuncios de productos para funerarias (que eran buenérrimos), mantuvimos las muertes absurdas y la visión burlona de muchas vacas sagradas de la vida (desde la familia a la ciencia y la religión, la universidad y los jóvenes artistas) manteniendo, al mismo tiempo y de un modo extraño, el respeto por todos ello de alguna manera.

            Cuando uno plantea una serie sobre la Vida y la Muerte, lo trascendente, lo espiritual, lo religioso no pueden quedar al margen. Pero, afortunadamente, Ball y los suyos son gentes inteligentes. No dan sermones. No usan su obra para dar opiniones. Cada personaje tiene su visión de las cosas, de todo tipo. No hay palabrería hueca, ni azúcares, ni demagogias de clase alguna. No hay soluciones, ni conclusiones, ni revelaciones, ni proselitismos. Y éste tampoco es un mérito menor.

            Otro punto que une a los Fisher con los Soprano es el uso de lo onírico, de las visiones. Los sueños de Tony (principalmente) dan para mucho pensar. En la grandiosa e inacabada Carnivàle las visiones y sueños tenían una importancia capital en la trama; pero en el mundo de Ben Wawkings y el Hermano Justin lo mágico y lo sobrenatural eran aceptados en el relato por todos.

            En cambio, los sueños y visiones de A dos metros bajo tierra están, una vez más, al servicio de los personajes. A través de ellos y de sus charlas con personas muertas, desparecidas o ausentes afloran los miedos, inseguridades, hipocresías y esperanzas de los protagonistas. Personalmente, yo espera con avidez que en esas visiones tuviera parte Nathaniel Fisher (el magnífico Richard Jenkins), quien nunca defraudaba (además, casi siempre aparecía en un impecable traje de tres piezas): sus charlas con sus hijos solían tener un aire catártico maravilloso. Nathaniel Padre podía ser benévolo, cruel o enloquecido; muchas veces era la mejor voz del subconsciente de los personajes, la que les soltaba cosas que nos hubiera gustado soltar a los espectadores.

            Esta serie merece respeto. No es para ver viendo palomitas, ni si tiene uno un día para cosas ligeras (todos los tenemos). Es una de las grandes, una aproximación muy humana a este batiburrillo llamado vida, en cierto lugar, en cierta época. Cuando estas personas abandonen el escenario, en el brillante capítulo final, sentirán que se marchan no unos hermanos, pero sí unos primos peculiares, crispantes e inolvidables.

julio 9, 2012

Las Hebras y la Soga

            Hace varias entradas analizamos las diferencias entre la Novela Policíaca de la llamada Edad de Oro y la Novela Negra, nacida en Estados Unidos. Y decía yo que la BBC, con varias miniseries, se negó a aceptar tan rígida separación, mezclándolas. De las tres miniseries citadas (State of play, The Hour, The Shadow Line) la última es la que más se acerca a la novela negra, al cine noir. Yo diría que hasta coge la negrura y nos demuestra que aún había matices más tenebrosos.

            He leído varias veces que The Shadow Line es la respuesta británica a The Wire. Me parece bastante equivocado. Para empezar, The Wire es una serie que dura cinco temporadas, con una estructura cada vez menos basada en la introducción-nudo-desenlace. Esta podría aplicarse, con reticencias, a las dos primeras temporadas, pero desde luego, no a las tres siguientes, donde la idea de mosaico, de comedia humana balzaquiana (en Baltimore, en vez de París) es la que domina. The Shadow Line es una miniserie de siete capítulos, con una implacable continuidad, con inicio y final. Sí, porque aunque los acontecimientos tengan sus orígenes en el pasado y proyectan su sombra hacia el futuro, la narración que vemos comenzar en efecto termina.

            Por otro lado, el tono es diferente. El realismo de The Wire es una de sus cualidades más apreciadas. La obra maestra de David Simon y Ed Burns parece a ratos un documental cámara en mano y esa sensación de estar viendo hechos reales no desaparece ni en los momentos de mayor tragedia ni virtuosismo narrativo. El estilo de The Shadow Line, en cambio es mucho más ficticio, más cinematográfico. Los hechos pueden resultar plausibles, la sombría trama de fondo podría ser verdad (casos más siniestros han ocurrido), pero el tratamiento que se les da los aleja del realismo. Aunque que alguien igual a Gatehouse existiese a muchos nos encantaría.

            Ahora, si hablamos de calidad, entonces estoy más de acuerdo. Porque si The Wire es, para mí, la mejor serie de la HBO (y de la televisión), pese a poderosas contrincantes, The Shadow Line es la mejor miniserie que he visto de la BBC.

         Aviso de navegantes: aunque no pretendo diseccionar las tramas de la miniserie, siempre habrá sido mejor haberla visto para seguir leyendo. Hasta ahora, no había riesgo. Luego de este párrafo, ya veremos. Pero aún podemos seguir juntos unos minutos. Porque, recuerden los que la hayan disfrutado, abran boca los que no, así empezaba todo:

            Muchas vueltas va a dar este asesinato. La intriga va retorciéndose hasta cotas casi inimaginables aun para mentes tortuosas. Hugo Blick se ha ganado mi más profundo respeto como maquinador. Y es que, además, las piezas encajan. Unos amigos con los que vi las siete horas en siete sesiones acabaron el primer capítulo diciendo tener jaqueca del lío en el que les había metido. A medida que avanzábamos, la jaqueca se fue (son gente recia), el lío se volvió más y más monstruoso y ya empezaban a ver los contornos del rompecabezas… aunque para verlo completo tuvieron que esperar al último capítulo. También creo recordar que me miraban con cierto nerviosismo al ver cómo gozaba yo de cada vuelta de tuerca.

            La serie sigue una progresión geométrica: siendo todos los capítulos muy buenos, cada cuál es mejor que el anterior, pues va acumulando la fuerza de los pasados, como una ola que se va formando hasta alcanzar grado de tsunami. El séptimo capítulo, lisa y llanamente, es acojonante. No es sólo que las tramas hayan aumentado, es que el dramatismo se va acercando a la tragedia, los personajes, cada vez más conocidos y perfilados, que nos interesaron desde el primer minuto, son ya parte de nuestro imaginario, se nos han colado  en la mente (para unos estos, para otros esos, yo sinceramente, Gatehouse aparte, no logro elegir un favorito).

          En el primer capítulo parece evidente (desconfíen de lo evidente) quiénes van a ser los protagonistas, unidos por el asesinato de Harvey Wratten. De un lado del ring, el Detective Inspector Gabriel (Chiwetel Ejiofor), recién reincorporado al servicio, tras sufrir una herida de bala que casi le mata y que le ha dejado una amnesia parcial. Del otro, Joseph Bede (Christopher Eccleston), uno de los tenientes de Wratten, obligado a tomar el mando de su organización criminal, acosado por varios frentes. Yo creí, al principio, que iban a enfrentarse. Una de las grandes virtudes de la serie es que sus dos personajes principales no llegan jamás ni a verse. Y en modo alguno son contrincantes en el perverso juego, sino más bien piezas.

         Las motivaciones de Gabriel y Bede y el buen hacer de guionistas y actores los colocan merecidamente en el centro de la serie (aunque no de la trama). Gabriel se busca a sí mismo, trata de determinar quién es, aclarar las circunstancias, sospechosas, en las que fue herido, para poder mirarse al espejo y saber si es un policía honrado o un corrupto. Cuando el asesinato de Wratten y su propia herida se vinculan, las ansias de saber se vuelven una obsesión feroz. Bede es aún más empático para el espectador. Toda la operación que monta tiene un objetivo: lograr una buena cantidad de dinero, retirarse para siempre y dedicarse en cuerpo y alma al cuidado de su adorada esposa, que está siendo devorada por el alzheimer. Algunas de las escenas más estremecedoras de la miniserie son la de este amante y angustiado matrimonio; sin caer nunca en el morbo, o la pornografía emocional, son terribles. La secuencia de la cocina en el último capítulo es de las mejores en una hora con sólo momentazos.

       Pero es que los secundarios y los terciarios no son meros comparsas, ni muchísimo menos. Jay Wratten es un personajazo, alguien turbio, peligroso e impredecible desde el primer segundo, con ciertos rasgos jokerunos, aunque menor comparado con otros individuos. Sin embargo, cuando tiene una conversación, hacia el final, con otro digno secundario, Buktak Babur, comprendemos que le habíamos subestimado todo el tiempo. Algo parecido se puede decir de Patterson, el superior de Gabriel: irónico, escéptico ante las teorías de su subordinado, parecía simplemente eso, el superior a quien siempre hay que convencer en los thrillers. Como cualquiera que haya visto la serie sabe, ¡y un cuerno! La última escena se la lleva él, con merecimiento.

       Y es que todos los personajes, hasta los terciarios, tienen, mínimo, una gran escena: la presentación del jovencísimo e inquietante amante de Bob Harris, el encuentro en el funeral entre la esposa y la amante de Gabriel, el enfrentamiento en el garaje del venal sargento Foley y el honrado detective Beatty, todas las escenas de Glickman en Irlanda (ese ojo, detrás de la lente de aumento…), y tantas más.

      Además y por encima, está Gatehouse. Yo reverencio a Stephen Rea; creo que jamás ha estado en un papel mejor. Este magnífico actor demuestra que con una voz suave, un rostro inescrutable y modales educados se puede formar a uno de los mejores villanos de la televisión. En una historia llena de grises y sombras, Gatehouse es la Oscuridad. Más que un personaje, una fuerza imparable, terrible, frente a la que se ven inermes todos los demás, jugadores y peones. Cada escena de Gatehouse es deliciosamente amenazante. Nadie que le haya visto en acción podrá considerar de la misma manera un altavoz para bebés. Él vuelve una serie superior en una serie grandiosa. Suyas son algunas de las citas lapidarias, y, quizás, la mejor frase de toda la serie, cuando el gélido asesino se permite un instante de satisfacción: You are the threads, but I am the rope. Vosotros sois las hebras, pero yo soy la soga.

        Los aspectos formales son, como siempre en la BBC, impecables: fotografía, sonido, encuadre, uso de las cámaras… Un detalle astuto, para crear tensión en los momentos adecuados, es el empleo de la música, en concreto de dos temas. Las escenas finales (salvo en un par de episodio) siempre terminan con una nota chirriante, aguda, angustiosa; muy similar, por cierto, a la que introduce el tema del Joker en El Caballero oscuro. Las escenas de inicio de cada capítulo (que son, siempre, escenazas) acaban con unas lúgubres notas, la obertura del tema principal, que entra con un retumbar de percusión.

            Y es que el tema de los créditos iniciales es una maravilla, una versión de “Pause”, canción de Emily Barker and the Red Caly Halo (inciso: escuchen “Almanac”, el disco al que pertenece, merece la pena). Vamos a hacer la prueba. Esta es la canción original:

       Ahora, vean como, simplemente introduciendo la percusión y algunas modificaciones de detalle, una pieza bella y melancólica se vuelve siniestra:

       Podría seguir hablando y hablando de The Shadow Line. Pero es mejor que la vean. Y, si ya la han visto, si han pasado por el laberinto de mentiras, si han llegado al centro de la telaraña y han descubierto qué es el motor de tanta muerte, tanta maldad, tanto horror, pensarán que la banalidad del Mal no es, después de todo, tan banal.

febrero 21, 2012

With a pickle!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:10 pm
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            ¿Por qué, oh, por qué es tan poco conocida Black Books? Mientras varias sitcoms mediocres empalman temporada tras temporada (y de veintitantos capítulos), los dieciocho brillantes capítulos de la serie creada por Dylan Moran brillaron en la televisión británica, desaparecieron y pocos fuera de las Islas los conocen.

            Y es lástima. Por su brevedad y por su poca celebridad. En fin, lo breve si bueno, dos veces bueno. A saber, igual con más tiempo hubiera la comedia hubiera perdido inteligencia, aunque yo creo que había cuerda para rato. Pero no es justo que no se conozca. No es justo para la serie y no es justo para los espectadores. Así que, desde mi humilde posición, intento corregir esta faena.

            Black Books es una comedia. Una comedia debe ser graciosa. Puede ser más cosas, ácida, amable, crítica, negra, cruel, profunda o ligera. Pero tiene que ser divertida. Black Books es muy, muy divertida. A veces se dice que el humour es más de sonrisa que de carcajada. Quien dice eso sabe poco. Con el humour se sonríe y se ríe. Con Black Books se ríe, y a mandíbula batiente.

            El argumento, mejor, la situación, se puede resumir así: Bernard Black (David Moran) es un librero irlandés (en Londres), bebedor y con poco don de gentes… Por una serie de circunstancias (son los dos primeros capítulos, no voy a destriparlos), acaba contratando como asistente a Manny, un humilde, servicial y amabilísimo individuo. Fran, la dueña de la tienda de al lado y, quizás, única amiga de Bernard en el mundo, completa el reparto.

            Bien, para empezar, dejemos una cosa clara, por si hay algún miembro de la Liga Antialcohol. Esta es la serie en la que más he visto beber. Y tengo en cuenta The Wire, con MacNulty, Bunk, los velatorios policiales y toda la pesca. Por cierto, la obra maestra de David Simon y Ed Burns duraba cinco temporadas, con capítulos de una hora. Black Books dura tres, de seis capítulos, veinte minutos cada uno. Hagan cuentas.

            La capacidad sobrehumana de Bernard, Fran y, un poco menos, Manny de beber cantidades prodigiosas de vino, cerveza y licores variados es sencillamente espectacular. Es, además, uno de los motores humorísticos de la serie. Sin tanta borrachera y tanta resaca, las situaciones cómicas en las que nuestro trío se metería serían menores. Y la comedia, más aburrida. Vaya, vean la entrevista de trabajo que Bernard le hace a Manny:

            Si recuerdan, cuando divagábamos sobre el Ingenio y el Absurdo, llegábamos (ustedes no me replicaron, así que…) a la conclusión de que el humour anglosajón mezcla muchas veces ambos, hasta que es imposible saber cuál lleva la voz cantante. Black Books no participa de esta característica. Su arma es el Absurdo, es decir, el humor por el humor, como decía Chesterton. Nos reímos de los protagonistas, pero sin acritud, porque esos personajes están para hacernos reír, son puestos en posiciones ridículas por estrafalarias. No es lo que hace mi admirado Ricky Gervais, que retuerce el humour hasta la oscuridad. Aquí no hay malicia. No nos burlamos de personas, sino de caricaturas y, si acaso, de lo caricaturesco que tengamos cada uno.

            ¡Pero qué estupendo, qué liberador, qué sano es saber que vas a reírte y sólo a reírte con una serie! Admiro los grandes dramas, las tragedias poderosas y la gran épica. Sin embargo, nadie puede vivir en las alturas o en los abismos de modo eterno. Bueno, sí se puede, conforme. Aunque bajar la valle, de cuando en cuando, ayuda a recuperar cierta perspectiva, aparte de ayudar a apreciar los lugares elevados de donde acabamos de descender. Además, en este caso, el valle es agradecidísimo de visitar.

            Respetemos la comedia por la comedia, la risa por la risa. Es una de las más humildes y despreciadas facetas del Arte, aún hoy, injustamente. Se ha repetido hasta la saciedad que la comedia es muchas veces más complicada que el drama. Que morir es fácil, pero la comedia es difícil. Sí, se ha repetido hasta la saciedad. Volveremos a repetirlo cuantas veces haga falta. Porque hay gente que es capaz  de hacernos caer de la silla de la risa en diez segundos:

            Nada más tengo que añadir. Entren en esta pequeña librería y a disfrutar. De las borracheras, de los clientes recibidos a ladridos, de las discusiones, de la relación a ratos amistosa, a ratos amo/esclavo entre Bernard y Manny, de las resacas, del vino del Papa, de Fran y sus esfuerzos por llevar una vida feliz y ordinaria, de este universo encajado entre cuatro mugrientas paredes, abarrotadas de libros, con tres habitantes. Y con el choque constante entre este universo y el que hay más allá de la puerta. Qué quieren, yo apuesto por Bernard, Manny y Fran.

enero 4, 2012

Espejo deformante

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:03 am
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            La del espejo es una imagen poderosa. Hay espejos por todas partes, en la literatura, en la pintura, en el cine y la televisión. La Reina de Blancanieves perdería mucho de su misterio si le quitamos el Espejo Mágico. Los juegos de espejos son necesarios para que los ilusionistas nos manipulen. Los psicólogos han estudiado hasta la saciedad por qué nos miramos en el espejo, por qué buscamos la mirada de nuestro reflejo; saber que no es una persona diferente nos separa de otros animales, aunque, a veces, hay quien no se reconozca en el rostro que le devuelve la mirada. Y no hay feria digna de ese nombre (mucho menos si es una feria encantada, mágica o diabólica), sin su cuarto de espejos deformantes.

            Y un cuarto de espejos deformantes es Black Mirror, la miniserie de tres capítulos a cuya cabeza está Charlie Brooker. Mucho he leído estos días sobre ella, alabándola unos, criticándola, otros. Eso está bien. Lo peor que le hubiera podido pasar a esta serie es que hubiera sido recibida con indiferencia. Bueno, tampoco nos engañemos. No ha sido un fenómeno de masas. Ahora bien, desde mi punto de vista, pocas formas había mejores de terminar 2011 o empezar 2012 que viendo los tres episodios de un tirón o en dosis.

            Las distopías no tienen buena prensa. Incluso en tiempos supuestamente escépticos, críticos o cínicos. Vivimos tiempos sombríos, aunque esto no es ninguna novedad. Búsquenme una época no sombría de la Historia. Ciertamente, hay épocas en las que, en ciertas partes del mundo, el ruido de fondo es más optimista que pesimista. Y otras, en las que la música que toca bailar es, por así decir, paulocoehliana, aunque la oscuridad esté sonriendo con todos sus dientes.

            Hasta que la Crisis actual dijo “hola, buenas”, vivíamos en Occidente una de esas épocas. Lejos de mi intención ponerme a dar lecciones sociológicas. Ahora, uno de los temas de la Sinfonía del Nuevo Mundo Globalizado y Fantástico (quizás, uno de los movimientos) era el de la Feliz Tecnología Social.

            Tampoco voy a ponerme a maldecir en masa las nuevas tecnologías y redes sociales. Ni a bendecirlas. Uno de los argumentos de quienes critican a Black Mirror es su supuesta demonización de las mismas, cuando la tecnología es, dicen, neutra. En fin, tampoco estoy yo de acuerdo de manera absoluta con esa afirmación, pero, aún admitiéndola, creo que la crítica está mal dirigida.

            Black Mirror es justo eso, un espejo que nos da un reflejo tenebroso de nuestro mundo y de lo que nuestro mundo puede llegar a ser. Y nuestro mundo es bastante tenebroso, o sea que imaginen. Black Mirror es un grito de advertencia, un puñetazo encima de la mesa (o, según algunos, una patada en la entrepierna). Chesterton decía que al hombre de cada siglo le salva un grupo de hombres que se oponen a sus gustos. Brooker puede ser un miembro de ese grupo.

            The nathional anthem, Fifteen million merits y The entire history of you son historias bien distintas con ciertos mimbres comunes. En todas ellas, internet y la tecnología tienen un rol importante, aunque medial. En todas, el centro está en pasiones humanas. En todas, no hay esperanza.

            La tecnología no es el origen del mal en ninguno de los episodios. Es sólo una herramienta. Una herramienta temiblemente efectiva, cierto, pero sólo eso. El mal está en nosotros. El morbo, la frivolidad, el miedo y la destrucción del individuo en el primer episodio. El plan del secuestrador es una genialidad mayúscula (otra cosa son ciertos fallos del guión), porque comprende y anticipa las reacciones de todos los implicados y la repercusión que twitter, youtube y facebook les darán. El consumismo alienante, la estratificación clasista, el afán de llenar el vacío con chucherías brillantes, el pensamiento único indiscutible, al ansia de dejar una vida miserable, a cualquier precio, la prostitución de uno mismo y de los demás, el amor que se convierte en desesperación, en el segundo. Y los celos, la inseguridad, la desconfianza (con razón, que tiene hasta más gracia), la obsesión refocilarnos en nuestro pasado hasta que es tarde para tener un presente o un futuro, en el tercero.

            La tecnología del primer capitulo nos puede parecer más cercana, más que el totalitario mundo del segundo (¿un totalitarismo estatal, empresarial, social? no se nos dice y eso es de lo más sugerente). Aunque, vaya, esos anuncios implacables, esas aplicaciones nuevas para el cubículo, esos avatares a los que visten los jóvenes (por cierto, ¿dónde están los niños, los adultos y los ancianos?) mientras ellos visten los mismos chándals grises… no nos quedan tan lejos. Como tampoco están lejos de los viejos videos caseros la posibilidad de grabar y reproducir todo nuestro pasado; sencillamente, es una herramienta que la gente ha asumido como imprescindible, salvo unos pocos y por accidente.

            Pero lo que hace que Black Mirror sea grande es el reinado de la oscuridad. Si en cualquiera de los capítulos hubiera una puerta abierta a la esperanza, el efecto catártico sería menor, pienso yo. Sobre todo en el segundo, donde el momento de indignada rebeldía da un breve respiro, hasta que es asimilada sin mucho esfuerzo por el sistema. Si el pobre tonto de Bing hubiera tenido éxito en su arenga, el puñetazo se hubiera quedado en un empujón. Además, se consigue así una calculada ambigüedad: porque Black Mirror puede no ser más que el programa periódico de crítica social alentada por el mismo sistema que dice combatir.

            No, esta serie no es perfecta. Tampoco es el más fino y meditado examen que esta sociedad nuestra necesita. Pero sí es una de las voces que nos recuerdan esa necesidad. Una voz siniestra.

            Y no recuerdo que se use nunca la canción homónima de Arcade of Fire. Pero encajaría. Con ella nos despedimos, por hoy.

diciembre 26, 2011

El caudillo y el empresario

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:10 am
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            Hace ya tiempo que comentamos la obra maestra de David Simon y Ed Burns: The Wire. ¿La han visto ya? No exageraba: es, hoy, la mejor serie de la televisión, incluso con la poderosa Breaking Bad en estado de gracia. ¿No la han visto? Pues a dejar de leer y a ponerse con ella.

            En este fresco de Baltimore, entre la multitud de personajes-personas que pululan, hay varias parejas, parejas sentimentales, amistosas, antagonistas. Todos tenemos en la memoria las grandes noches de Bunk y MacNulty, compañeros de fatigas, ligues y licor. O a Carv y Herc, que comienzan en el mismo punto de simpleza y estupidez, pero que acaban en dos lugares vitales y profesionales muy diferentes. Y tantas otras.

            Pero durante las tres primeras temporadas, es el dúo Avon Barksdale-Stringer Bell el que se lleva la palma. El águila bicéfala del Oeste de Balrimore, los señores de un imperio del narcotráfico local, que hubiera podido ser mucho mayor, si los más ambiciosos planes de Bell se hubieran cumplido. Un dúo que casi llega a ser un ente independiente y que, por culpa de ese casi, dejó de ser en absoluto.

            Avon y Stringer, amigos de la infancia, verdaderos hermanos, son el rey y la reina, en esa escena genial en la que el pobre D´Angelo les explica las reglas del ajedrez a Poot y Bodie. Oficialmente, Avon es el jefe. Stringer, el teniente, el primer ministro del rey del crimen. Las cosas, con todo, no son tan simples.

            Proposition Joe, hombre de Estado, habla así de Barksdale: “Avon es un guerrero, un soldado, alguien a quien quieres tener al lado cuando la mierda empieza a salpicar… Pero cuando se trata de negocios…” Justamente, ahí está la diferencia entre Avon y Bell, el secreto del éxito de su unión y el germen de su mutua destrucción. Y que Avon ve clara cuando le espeta a Bell: “Por mis venas corre sangre roja, por las tuyas, verde”, algo que podemos traducir hasta mejor como sangre por las de Avon, billetes por las de Stringer.

            Avon es un señor de la guerra. Conoce, comprende y asume la calle como su hábitat natural. Se sabe limitado a una realidad y no busca cambiarla, sino conquistarla. El Juego es la guerra; las virtudes del valor, la disciplina, la fuerza y la lealtad conforman el código de Barksdale. Un código honorable, por cierto: cuando Cutty, el soldado encarcelado y que ha vuelto a la calle, comprende que ya no es un jugador, cuando vuelve definitivamente al complejo camino de su redención personal, el respeto que Avon siente por él no diminuye. Cutty pide permiso a su comandante para retirarse. Y cuando Slim Charles murmura “Fue todo un hombre en su día”, Avon replica con sinceridad “Hoy también ha sido todo un hombre”.

            Avon piensa como señor feudal: tanto territorio, tanto poder. Envía a sus tropas para hacerse con esquinas codiciadas, para que sean sus soldados, sólo los suyos, los que vendan la droga en Baltimore. Y si alguien le amenaza, la respuesta ha de ser inmediata; de lo contrario, la calle olfatearía debilidad. El nombre de Barksdale debe ser sinónimo de fuerza invicta.

            Durante largo tiempo, Stringer fue la sombra de Barksdale. Aislaba a su amigo del día a día. Administraba el reino. Pero este hombre ambicioso aspiraba a más, no sólo para él, sino también para Avon. Un estupefacto MacNulty sigue a Stringer hasta la Universidad Pública, donde éste estudia concienzudamente Economía. Mucho más adelante, cuando la Policía entra en el apartamento de Bell, MacNulty queda aún más descolocado. Con La riqueza de las naciones en la mano, el detective se pregunta “¿A quién coño estaba persiguiendo?”

            Al ser Avon detenido y él asumir el mando interino de la banda, cuando nuevas dificultades ponen en entredicho el status quo, Stringer percibe que ha llegado el momento del cambio. Pero Avon, no. Aquí empieza el divorcio entre Stringer y Avon. El jefe es conservador: desea que la realidad no cambie, que todo sea como siempre. Stringer, flexible, ve que hay que transformarse para sobrevivir y crecer. Y para llegar más alto.

            Porque la diferencia de carácter esencial entre Avon y Stringer no está en sus tácticas, ni en su distinto temperamento. Esas diferencias complementarias fueron causa de su éxito. No, donde sus personalidades se separan sin remisión es en sus ambiciones vitales: Avon sabe lo que es y está satisfecho con ello. Sí, desea más poder, más dinero, más respeto, pero sin variar su naturaleza. Stringer quiere cambiar, quiere alzarse a las alturas del poder económico y político, quiere abandonar su vieja piel, que ya no es capaz de contener sus aspiraciones.

            ¿Podría haberlo conseguido? Yo no tengo dudas: sí. Stringer Bell tenía recursos, habilidades y capacidad suficientes para aprender de sus errores. Quiso crecer mucho muy deprisa, y así cayó en manos del Senador Clay Davis. Irónicamente, el consejo que éste le da es el que debería haber seguido: “gatea, anda y luego corre”. Davis, por supuesto, lo aconseja para pinchar aún más la impaciencia de Bell. Estafar a alguien tan peligroso y astuto como Stringer es una jugada al alcance de pocos, pero por algo Clay Davis es uno de los grandes secundarios de la serie.

            La estafa de Davis fue un rudo golpe para el ego de Bell. Pero son los errores los que nos forman. Un hombre de talento aprende de sus caídas. Bell era un hombre de talento. Su impaciencia le hizo tropezar, pero se hubiera rehecho. ¿Acaso no fundó él, junto a Proposition Joe, la conferencia que coordinaba a todas las bandas de Baltimore? No, la derrota de Bell no vino por su asalto a un mundo que no conocía del todo, pero para el que estaba hecho, sino por su desconocimiento de su lugar de origen, del cual quería escapar.

            Bell jugó durante cierto tiempo una partida peligrosa, ocultando información a Avon a fin de mantener el imperio. En esa partida, Barksdale recibió el apoyo del inmenso Hermano Mouzone (uno de los personajes que menos aparecen en la serie y que mejor recordamos todos). Pero el Hermano, un guerrero puro, interfería en los proyectos de Stringer. Era necesario librarse de Mouzone, sin que Avon se enterara. Y Bell, astutamente, decidió enfrentar a un guerrero que le molestaba contra otro de una especie similar: Omar, el Terror (y, otra vez, ¡qué personajes tiene esta serie!). Desde la perspectiva de Bell, sólo podía ganar: da igual quien resultara victorioso del enfrentamiento, uno de los dos acabaría muerto y él tendría una bola menos en el aire.

            Pero como Bell no entendía la forma de pensar de estos guerreros honorables, la jugada se volvió contra él. Omar comprendió que había sido manipulado por Bell. Y cuando Mouzone y él volvieron a encontrarse, no costó mucho que ambos pactaran una alianza temporal contra el enemigo común. Cuando dos fuerzas tan poderosas y ajenas a su forma de pensar formaron contra él, la única esperanza de Bell hubiera sido el apoyo de Avon.

            Para su desgracia, en aquel momento el divorcio entre Avon y Bell ya era casi total. Enfrentados a Marlo Stanfield (que conjugaba la frialdad de Stringer con la fiereza de Avon), la pareja se desintegró. Los enfrentamientos se sucedían. Avon despreció abiertamente a Bell, hasta tal punto que logró sacarle de sus casillas: Stringer había guardado celosamente el secreto de la ejecución de D´Angelo, hasta que, en una escena memorable, se lo confiesa a su viejo amigo, demostrando que es, quizás, más implacable que el propio señor de la guerra.

            A partir de aquí ya no hay reconciliación. Stringer comprende que Avon será un obstáculo para su proyecto. Avon, que Stringer no juega según las viejas reglas. Así pues, cada cual planea la caída del otro, según su forma de ser. Stringer mueve sus hilos, que llegan a la Policía, para encerrar de nuevo a su viejo camarada, para sacarlo de circulación unos años; Avon volverá, claro, pero una vez que el control esté definitivamente en sus manos, una vez que su imperio callejero se haya convertido en un imperio económico. Avon, requerido por los guerreros para lavar las afrentas al honor de las que Bell es culpable, da su consentimiento para su eliminación.

            Ahora, esto es una de las cosas que hacen genial a The Wire. Bell y Barksdale han diseñado la destrucción del otro. Pero, aunque se hayan alejado, siguen queriéndose como hermanos. Esta doble decisión les pesa como una losa. Y, así, asistimos a la última charla entre estos dos grandes, rememorando su infancia y juventud, desde la terraza del ático de Avon. Dos amigos que juegan un instante a fingir que siguen unidos, aunque ambos saben que el otro caerá en pocas horas, y por su mano.

            Hacían falta dos actores como Dios manda que entendieran bien a sus personajes para semejante escena. Este es uno de los momentos más tristes de toda la serie, un ejemplo perfecto de que los espectadores podemos empatizar con los personajes supuestamente no “positivos”, porque son seres humanos complejos, una muestra más de la falta de maniqueísmo de esta serie.

            Bell y Barksdale, cada uno por su lado, descubrirán la traición del otro. La muerte del primero y la prisión del segundo son penas menos dolorosas para ellos que ese descubrimiento. Y nosotros, los espectadores, tuvimos que despedirnos de una de las mejores y más complicadas relaciones de la televisión. En su momento, yo estaba convencido de que el hueco sería demasiado grande para llenarlo.

            Claro que, luego, vino la cuarta temporada. Nunca dudes de David Simon y Ed Burns.

septiembre 10, 2011

British Noir

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:52 pm
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            Si uno se pone maniqueo y simplista, los británicos son los propietarios (pese a Poe o Leroux) de las novelas de detectives y los americanos, de las novelas negras. Y siendo simplistas otra vez, se pueden precisar las diferencias en dos palabras.

            Por cierto, si uno quiere un examen menos simplista, que se lea Todo lo que sé de novela negra, escrita por P. D. James. No sabe poco.

            La novelas de detectives de la llamada “Época Dorada” (dejando a Sherlock Holmes y al Padre Brown al margen, que son, ambos dos, casi subgéneros) el héroe es un investigador, privado u oficial, sagaz, inquisitivo, con algún rasgo un tanto extravagante, cuya vida personal, pensamientos, creencias y psicología no interesan hasta el punto de ser casi inexistentes.

            En la novela negra americana, en cambio, el protagonista, para empezar, no es un héroe, sino un antihéroe. Es, casi sin excepción, un investigador privado, con nulos vínculos afectivos, salvo la estima profesional por su eventual socio y sus relaciones, superficiales o destructivas, con las mujeres fatales. Un hombre cuya personalidad, psicología, y cínica visión de la vida son necesarios, imprescindibles. Y, si puede ser fumador y bebedor habitual, pues mejor.

            Eso, en cuanto a los protagonistas. Pero es que, además, los dos tipos de obras se desarrollan en mundos radicalmente distintos.

            Los detectives de la “Época Dorada” viven en un mundo ordenado. Todos saben lo que está bien y lo que está mal. Las normas morales son absolutas, cognoscibles y conocidas, que, además, rara vez se contradicen con las costumbres sociales o con las leyes. En este mundo equilibrado, donde cada cual sabe perfectamente cuál es su lugar, su posición y su función, irrumpe un criminal.

            El criminal, habitualmente, es un asesino. Se comete el más grave de los delitos, se quebranta el orden, se introduce la confusión, el caos. Todo el sistema moral, social y legal es atacado. El detective aparece para resolver el caso y restaurar el orden. Estas historias son rompecabezas: alguien ha roto la fotografía en mil pedazos y hay que recomponerla, recomponiendo, de paso, el status quo. Son fríos juegos de lógica, brillantes mecanismos de relojería (cuando son brillantes).

            La novela negra se mueve en un universo diferente: aquí la sociedad está quebrantada desde un principio y no hay visos de restaurar nada. Las normas morales, las legales y las sociales están en conflicto, cuando no son ambiguas, resbaladizas. El mundo no es blanco y negro, como un tablero de ajedrez, sino gris, muy gris, de un gris tenebroso.

            Mientras que los detectives ingleses (o extranjeros afincados) buscan quién lo hizo y por qué, siendo ésta la única razón de ser de la obra, en Estados Unidos esas preguntas parecen muchas veces una mera excusa, una tapadera para examinar una sociedad corrompida, problemática y unos individuos enfangados en dicha realidad. La novela negra tiene muchas veces más de sociología que de novela de misterio.

            Bueno, qué bien. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Pues la BBC ha dicho que no.

            Y así ha lanzado tres ataques contra el simplismo, tres miniseries que tienen parte de rompecabezas y parte de novela negra. En el que queremos saber qué pasó, pero, al mismo tiempo, nos seduce el viaje a las tinieblas y el corazón de sus protagonistas. Estas series son State of Play, The Tour y, en mi opinión, la mejor: The Shadow Line.

            Ahora bien, no voy a ponerme a analizar cada una de ellas. Me limitaré, esta vez, a un vistazo general, sin ahondar demasiado en ninguna de ellas.

            Estas tres miniseries, más la primera y la última que The Tour, mezclan hábilmente los rasgos que más arriba he señalado. Hay un misterio central, un crimen. Hay un investigador. Hay unos sospechosos, unos móviles, unas oportunidades, unos medios. Hay un rompecabezas que resolver.

            Pero el investigador (periodista o detective) vive y sufre. Se enamora, tiene compañeros, amigos y enemigos. No es una gélida máquina de razonar Vive en el mundo. En un mundo complejo, contradictorio y hostil. Y el caso hunde sus raíces en tierra oscura. No hay un criminal que rompa el orden. El orden parece sospechosamente criminal. El criminal está dentro del orden y actúa de acuerdo con el orden. Es el investigador el que no encaja. O aspira a no encajar.

            The Hour es la menos detectivesca de todas. Hay una trama de espionaje, que podría aparecer en una novela de Le Carré o en una película de Hitchcock. Pero son los personajes (los tres principales y los secundarios) los que a mí me atraparon, sus relaciones sus reacciones, sus acciones. El caso, en sí mismo, me importaba menos. Las otras dos mezclaron con más astucia los elementos.

            State of Play y The Tour tienen, eso sí, una similitud: los protagonistas (y héroes imperfectos) son periodistas. Estas miniseries son de esas que se ven los estudiantes y profesionales del periodismo, supongo, como una especie de terapia. ¡Ah, así, así me gustaría ser a mí! Y, como pese a Rupert Murdoch y los tabloides que no son suyos, los británicos siguen viendo al periodismo como una profesión digna, hay, aquí, un leve rayo de esperanza. Se puede hacer lo correcto. Se pagan las consecuencias, pero se puede hacer.

            En cambio, la angustiosa The Shadow Line no hace ese tipo de concesiones. Es la más sutil, compleja, implacable y fría. La que más se adentra en las tinieblas. Se atreve, incluso, a repartir el protagonismo: junto a un detective que puede o no ser honesto, hay un criminal muy humano (como si esto fuera una contradicción: los criminales son humanos, caramba), con el que se puede empatizar sin demasiado esfuerzo, una interesantísima galería de secundarios y una enrome sombra conocida como Gatehouse. Y Gatehouse sí es inhumano. O quizás es lo que muchos desearían.

            Estos británicos. Lo quieren todo. Y lo consiguen.

agosto 5, 2011

Retrato de un hombre de Estado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:34 am
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            A uno, ¿qué quieren?, le gustan las películas, las series y las novelas llamadas históricas. No se suelen dedicar a la vida de campesinos, proletarios, niños de la calle y demás gente de bien. Esas obras deberían llamarse intrahistóricas, por ponernos pedantes y unamunianos. No, las históricas están con la gente de no tan bien, los estadistas, los primeros ministros, los conquistadores. Casi siempre, “histórica” o” de época” son eufemismos para “intrigas políticas con ropajes divertidos”.

            Eso, cuando son buenas. Recordarán ustedes, como yo, las películas “históricas”, “de época” en las que los americanos o los ingleses eran muy buenos, frente a rusos, españoles y franceses, esos cabrones sin alma. No digo yo que rusos, franceses y españoles no fueran unos cabrones sin alma, pero nuestros camaradas anglosajones nos superaban en bastantes ocasiones.

            Pero, afortunadamente, vivimos en tiempos más cínicos y, mal que bien, los maniqueísmos están pasados de moda; desde luego, en las series. Siempre es agradable que un nuestras pantallas aparezca un villano completamente despiadado (hay menos de los que deberían); sin embargo, toleramos mal a héroes santos o santos heroicos. Peor si esos héroes existieron e indagamos un poco en su biografía.

            Añadamos a ello que los Estados Unidos tienen en su haber dos grandes leyendas, pese a los esfuerzos de sus propios artistas para desmitificarlas: la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil. Y comprenderán ustedes la mezcla de deseo y temor que me embargó al tener en la mano la miniserie John Adams, de la HBO.

            Un biopic de uno de los Padres de la Patria. De la HBO. Basada en un libro, escrito por David McCullough, ganador del Pulitzer. Con Paul Giamatti de protagonista. ¿Qué será? ¿Una vuelta a la temible Época Dorada? ¿Un retrato cáustico y destructivo de los Fundadores? ¿Estará financiado por las Hijas de la Revolución Americana o por una plataforma antiyanqui?

            Pues ni lo uno ni lo otro. Es de la HBO. Y se hace corta.

            La miniserie se llama John Adams y mantiene ese nombre como guía. Podían haber hecho una obra coral, una serie-río, con todos los muy interesantes individuos que tuvieron algo que ver con la Independencia y con el nacimiento, primero, de la Confederación y, luego, de la Federación, de los Estados Unidos. Pero no, todos esos interesantes individuos salen únicamente cuando se tropezaron con el señor Adams. Es a él a quien seguimos. Por eso, la Guerra de la Independencia aparece siempre de manera indirecta: no hay batallas campales, hay juego diplomático. No hay barro y sangre, hay duelos verbales, máscaras, puñaladas traperas, argumentaciones y grandes discursos.

            Pual Giamatti carga sobre sus espaldas la responsabilidad de la serie, y Paul Giamatti es un estupendo actor, que encarna a un estupendo personaje. Un retrato humano, entrañable, sin darle ninguna aureola, de este Adams, que puede caer mal, sin dejar por ello de atraer. Un hombre severo, mordaz, pesimista, testarudo, con mal genio, trabajador, honesto, arrogante e inteligente. Y además (ya, el físico dicen que no importa), bajito, calvo y tripudo. Indicio casi siempre exacto: cuando en la serie casi no hay caras bonitas, la calidad suele ser alta.

            Giamatti anda bien secundado por Laura Linney, quien no suele ser plato de mi gusto. Sin embargo, su Abigail reposada, culta, austera e irónica da la réplica exacta al marido encarnado por Giamatti. He aquí uno de los matrimonios más interesantes que he visto en televisión. Con una vida familiar del siglo XVIII, no del siglo XXI. Podían haber sido hasta más duros, pero no se cae en el error garrafal de dar a gente de otras épocas mentalidades de la nuestra.

            Por supuesto, la ambientación no tiene por dónde pillarle un lado flaco. Los trajes, las pelucas, las ciudades, todo ello está cuidado con detalle. La vida era sucia, cruel y dura. Washigton (un contenido David Morse) se rompe sus podridos dientes en una comida. Es un detalle, no se recrean en él, pero gracias a detalles de este tipo se gana de verosimilitud. Y lo que les pasa a algunos hijos de Adams, mejor véanlo ustedes mismos.

            Decía antes que en este tipo de obras lo que más miedo me da es el maniqueísmo. El primer episodio se dedica a fondo a destruir cualquier tipo de maniqueísmo. John Adams defiende ante el tribunal a un grupo de soldados británicos acusados de disparar contra un grupo de independentistas. Más tarde, contempla horrorizado cómo la muchedumbre empluma a un desgraciado por descargar té en el puerto. Y aun cuando luego se convierte en un decidido defensor de la independencia, su pesimismo con respecto a los seres humanos será una sombra constante.

            Tampoco nos presentan, porque no lo eran, a los padres fundadores como una alegre panda de amigotes. Las fricciones, las discusiones, los enfrentamientos, las envidias y las reconciliaciones con Thomas Jefferson (un digno Stephen Dillane) o con el Doctor Benjamin Franklin (Tom Wilkinson, genial, como siempre) eliminan el aura de pureza divina. Eran hombres y eran hombres de Estado. Es cierto que tampoco hay un análisis a fondo de los muchos motivos de la independencia; una pena, habrá que esperar a que David Simon se anime.

            Sí, hay escenas “patrióticas”. Pero, ¿no es lógico poner la bandera de Estados Unidos justo cuando el primer Presidente jura su cargo? Por otro lado, ¿es que alguien, antes, había rodado esa sombría llegada a la Casa Blanca, a medio construir, en un barrizal, siendo levantada por esclavos? Y, en el último capítulo, ¿qué mejor reflexión podía hacerse sobre biografías, hagiografías y enaltecimientos que la sarcástica reacción del viejo Adams ante el cuadro que inmortaliza la Declaración de Independencia.

            Me hubiera gustado más tiempo para la Presidencia de Adams (una especie de tatarabuela de El Ala Oeste, vamos), porque el duelo entre Adams y Alexander Hamilton daba para muchísimo. Por otro lado, la inteligencia con la que se administran los tiempos y ritmos en los últimos capítulos, cuando parece que ya está todo contado, es digna de elogio.

            Tienen ante ustedes siete capítulos redondos. De calidad. De la HBO.

julio 15, 2011

Bleak House

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:22 am
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            No me suele pasar que una adaptación al cine o a la televisión me guste más que la obra original. Cuando la BBC se pone a adaptar novelas u obras de teatro quedo contento, sí, porque casi siempre son grandes adaptaciones de grandísimas novelas y obras de teatro. Pero con Bleak House (es decir “Casa Desolada”; a partir de ahora usaré el título en inglés para referirme a la miniserie y en español para la novela) la televisión me seduce más que el libro.

            Charles Dickens es uno de mis escritores favoritos y la crítica coloca a “Casa Desolada” entre sus obras mayores. Y lo es. Pero como el gusto es subjetivo, mientras la calidad es, dentro de ciertos límites, objetiva, recuerdo mi lectura de esta obra como una cuesta arriba constante. Por un motivo muy concreto: la narradora.

            Dickens escribió novelas empleando bien la técnica del narrador omnisciente bien la del narrador-personaje. En “Casa Desolada” alterna ambos métodos. Esther ocupa el centro de la narración, salvo en escasos capítulos, como el glorioso primero. Y aunque Esther posea muchas admirables cualidades (generosidad, cortesía, tesón y pragmatismo) resulta una de las más enervantes narradoras de la literatura universal.

            Obligado a seguir las peripecias de la galería de secundarios a través de sus ojos, tuve que hacer, como lector, un esfuerzo enorme para captarlos con toda la diversidad que Dickens derrama siempre en sus secundarios. Porque en “Casa Desolada” las glorias son la atmósfera, los lugares y los grotescos, estrafalarios, dignos o siniestros secundarios. ¿La trama? Interesante, irónica en ocasiones, sombría en otras, pero, como dijo Lisa Simposn: “Parece algo sacado de Dickens, o de Melrose Place”.

            La BBC, en Bleak House, hace suyas esas glorias. Capta perfectamente las atmósferas y los muy distintos lugares. El sombrío Tribunal de la Cancillería, los despachos de abogados, anegados por montañas de legajos, que asfixian a cualquier ser humano que entre en ellos, los bajos fondos londinenses, llenos de miseria y desesperación, la mansión de los Dedlock, majestuosa como un panteón para vivos y la misma Casa Desolada, irónicamente el único oasis de calor humano, el único refugio seguro. Ambientaciones, vestuario, localizaciones exteriores siempre de calidad.

            Igual que la novela, al eterno caso de Jarndyce & Jardines actúa como una especie de maligno motor cósmico, un agujero negro jurídico que absorbe, subyuga y aniquila, a cuantos personajes se acercan demasiado a él. Siempre está ahí, hasta el último capítulo, elevando justamente la resolución de las distintas tramas, con ese cruel humor negro que Dickens sabía utilizar tan bien, disfrazándolo de drama.

            En cuanto a los personajes, el cansino trío protagonista de la novela, Esther, Richard y Ada, es el cansino trío protagonista de la serie. Pero como la miniserie nos libera del punto de vista de Esther, todos los demás personajes florecen ante nuestros ojos. Sí, es más cómodo. Yo lo agradecí.

            Desde luego, los personajes florecen porque son interpretados por brillantes actores británicos. Dennos Lawson es el bondadoso Mister Jarndyce (y, si esas negras cejas les suenan, revisen la trilogía original de La Guerra de las Galaxias). Timothy West, Sir Leicester Dedlock, ensimismado en su mundo de privilegios y épocas pasadas. Burn Gorman, el estrafalario y desagradable Guppy, Nathaniel Parker como el ambiguo Skimpole, o el impagable Philip Davis, que interpreta al maravillosamente mezquino Smallweed (Shake me up, Judy! Shake me up!).

            Aunque, en mi opinión, los dos actores sobresalientes son Gillian Anderson y Charles Dance. En cuanto a la primera, olvídense de la agente Scully. Encarna a lady Dedlock, con la difícil tarea de dar vida a un personaje de sentimientos petrificados, que vuelven a la vida súbitamente, sin que ella pueda exteriorizarlos, por mucho que lo desee. Hacer esto bien exige talento. Anderson lo tiene. Y Charles Dance, a quien estamos disfrutando como Tywin Lannister, en Juego de Tronos, lleva con maestría el papel del helado Mister Tulkinghorn. A Dance (y a Tulkinghorn) le basta entrar en una habitación para que la temperatura descienda varios grados, una mirada para cortar una conversación. Y si esboza una mínima sonrisa, los demás encomiendan su alma a los cielos.

            Atmósfera, ambientación, grandes actores, fotografía impecable, una galería de personajes variopinta y Esther reducida casi hasta ser tolerable. Sólo casi. Pues claro: esto es la BBC.

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