Con un vaso de whisky

junio 14, 2011

Duelistas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:59 pm
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            No, no me refiero al relato de Joseph Conrad, muy bien adaptado al cine por Ridley Scott. Los duelistas del título no se enfrentaron sobre un campo, al alba, cada uno armado con una espada y un puñal. Su enfrentamiento se hizo por medio de la palabra libre frente a la censura, la amenaza y la hoguera. No tenía por causa un desaire insignificante, sino la misma independencia de pensamiento, la libertad de conciencia. Sebastian Castellio, era uno. Jean Calvin, Calvino, el otro. Y Stefan Zweig, el narrador.

            Es para mí un misterio que nadie, jamás, en toda mi etapa formativa, me haya hablado, desde el puesto de educador, sobre Zweig, sus obras y, en especial, sobre la magnífica Castellio contra Calvino. Este ensayo debería leerse tal vez durante la educación secundaria, pero, sin duda alguna, en la Universidad. Si me apuran, les diré que con indiferencia hacia la carrera que se estudie. Porque tan necesaria es su lectura tanto para un ingeniero como para un biólogo, para un jurista como para un químico. Qué diablos, sería necesario haberlo leído para ejercer el derecho al voto.

            En su introducción, Zweig describe su libro como un esfuerzo por reivindicar la figura de Sebastian Castellio, humanista y hombre de fe, totalmente olvidado, uno de los primeros, más consecuentes y finos defensores de la libertad de pensamiento y religión, un hombre al que, de común acuerdo, sus contemporáneos no sólo ponderaron como uno de los hombres más sabios, sino también como uno de los más nobles de su tiempo. Aún hoy hemos de saldar una deuda de agradecimiento frente a este olvido y expiar una terrible injusticia.

            El gran tema de fondo que bulle debajo del combate histórico no es sino la lucha entre el totalitarismo frente a la libertad de conciencia, la tentación eterna de imponer una idea, la que sea, el “-ismo” que ustedes prefieran, por la fuerza, a los demás. Hasta la más legítima de las verdades, si es impuesta a otros por medio de la violencia, se convierte en un pecado contra el espíritu. Esta frase de Zweig debería grabarse en unos cuantos muros.

            Con la maestría que le caracteriza, Zweig nos va desgranando el contexto, el origen, el desarrollo y la conclusión del duelo. Siendo todo el libro una maravilla, los primeros capítulos tal vez sean los más trabajados y los más inquietantes. En ellos se nos describe como una ciudad, un Estado, una República democrática, se entregó en manos de un hombre de genio, que la transformó en una dictadura espiritual de perfección casi total. En el ascenso de Calvino y, en especial, en la instauración de la llamada “discipline” pone en juego Zweig sus más espléndidas dotes de narrador.

            Por cierto que el autor, mientras denuncia a los fanáticos, lanza un buen rapapolvo a los intelectuales que se quejan en privado y callan en público. Algo que también hace en su breve biografía sobre Erasmo de Rotterdam (se ve que nadie, pero nadie, anda libre de culpa en el mundo). Bastante sobre intelectuales frente a fanáticos sabía el mismo Zweig (Austria, 1936: ¿ven por dónde van los tiros?).

            Al comentar la biografía que consagró a Joseph Fouché, ya aseguré la capacidad de Zweig para el retrato psicológico. De hecho, su Fouché me confirmó lo que había visto en este otro ensayo, que leí antes. Y si en dicha biografía describe a un político de genial amoralidad, en este ensayo contrapone dos figuras opuestas hasta el más mínimo detalle. Salvo por un punto: su honradez.

            Porque por implacable que sea Calvino, por férreo, metódico, despiadado e intolerante que se muestre, de su buena fe no se duda. Esta es una característica de todo fanatismo, que, vimos ya, advierte Amos Oz. Un fanático está totalmente convencido no sólo de andar en posesión exclusiva de la Verdad Absoluta sino de su obligación de establecerla por cualquier medio. Calvino, organizador de primer orden, consagra su vida a establecer la Jerusalén Celeste sobre la Tierra, su interpretación de lo que debería ser el Reino de Dios. No admite discusión, discrepancia ni corrección. Dogmático inmovilista, duro consigo mismo no menos que son sus súbditos, terriblemente honesto.

            Castellio es igualmente honrado e igualmente creyente. Pero donde Calvino ve un Código rígido que no busca proteger, sino esclavizar a la Humanidad como medio de salvación eterna, Castellio ve, justamente, la liberación del hombre. Donde Calvino se arroga fríamente la única Verdad, Castellio se muestra apasionado, aunque humilde. Y donde Calvino tiene a los tribunales, a las universidades y a los púlpitos, Castellio está solo.

            El combate definitivo lo desencadena el conocido Caso Servet. No se muestra tampoco Zweig particularmente indulgente con Miguel Servet, aunque le reconoce toda la dignidad que supo mantener este individuo enfebrecido, idealista pero exasperante, zigzagueante, en sus últimos días: juzgado, condenado y cruelmente ejecutado. Aquella Ginebra quemaba a quienes se oponían a su dogma igual que aquella Roma.

            Esto es demasiado para Castellio quien, sabiendo muy bien dónde se mete, conociendo desde hace años a Calvino, tiene el atrevimiento de denunciar al todopoderoso reformador en uno de los primeros (si no el primero) manifiestos a favor de la libertad de conciencia que ha visto Europa. Al exponer el escrito, que toma la forma de un estudio erudito sobre la definición de la herejía y la licitud de castigar a los herejes, y, más tarde, el examen impecable al que Castellio somete el proceso contra Servet (una especie de apelación ante toda la comunidad intelectual), Zweig se entusiasma. Cede la palabra casi por completo al sabio del siglo XVI, limitándose a recalcar las frases, a señalar la lógica imperturbable, sobria e irrefutable del razonamiento de Castellio.

            Y, por fin, las consecuencias: Calvino pone en marcha la maquinaria. La lúcida crítica de Castellio no logra apenas ver la luz. Su nombre es vilipendiado. Se presiona a las Universidades para que no den trabajo al humanista. Nadie le defiende en público, ni se opone a la campaña de desprestigio. Castellio morirá solo, agotado, honrado por sus pocos colegas y estudiantes.

            Están tardando en ir a su librería. Editorial El Acantilado, que ha puesto a disposición del público buena parte de las obras de Zweig. Se la leerán de un tirón, para luego ir releyéndola. Quizás se depriman un tanto, si no son de humor negro, al ver que hoy, siglos después, las palabras de Castellio no han perdido importancia: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre.”

Imágenes: Jean Calvin, Sebastian Castellio, Miguel Servet

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2 comentarios »

  1. […] Snider. No, el caso es de mayor calado. Es el mismo que enfrentó, de manera aún más terrible, a Castelio contra Calvino, ambos hombres de indudable fe religiosa. Es el Gran Juicio: el enfrentamiento entre el respeto a […]

    Pingback por El Gran Juicio | Con un vaso de whisky — junio 5, 2013 @ 6:45 pm | Responder

  2. […] En su retrato de Calvino, Stefan Zweig nos muestra un hombre severísimo, implacable. Un hombre que jamás descansaba, que […]

    Pingback por El Leviatán | Con un vaso de whisky — agosto 15, 2013 @ 8:16 am | Responder


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