Con un vaso de whisky

mayo 7, 2010

XV. Uso y manejo de dos borrachos

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:54 pm

            AILIN CAMINÓ EN LÍNEA RECTA DESDE LA PUERTA HASTA SU MESA. Se sentó, logrando permanecer casi rígida; cogió la botella de vino que aún quedaba por el gollete y vertió su contenido en una copa. La mano de Willer tapó la copa antes de que pudiera bebérsela de un trago.

            – Mala idea, no se debe beber este vino así: de un golpe y con mala cara.

            – Lo necesito.- repuso la joven, mirando con ojos vidriosos al caballero. Éste intercambió un vistazo con Río de Viento; retiró la mano. Ailin bebió, aunque no apuró la copa.

            – Nos cansamos de cantar.- dijo Río de Viento- Después de dos canciones que no conoces, la cosa no tiene gracia. Aunque Willer seguía saltando, así, mira.- el niño hizo una imitación de los brincos de su compañero; Ailin ni siquiera levantó la vista. Río de Viento, alicaído por el fracaso, se quedó quieto en su asiento.

            – ¿Prefieres hablar de lo que haya sucedido más tarde?- preguntó Willer.

            – Sí.

            – Como gustes.

            Willer se las arregló para espiar discretamente al hombre del jubón escarlata. Aquel jubón le sonaba de algo. El hombre, por su parte, también espiaba discretamente a Ailin, tan discretamente que si Willer no hubiera estado atento ni se habría enterado. Debían librarse de aquel individuo, quienquiera que fuese. Abandonar simplemente la taberna serviría de poco: les seguiría sin la menor dificultad. Era necesario crear confusión.

            – ¿Dónde está Asuran?- preguntó Ailin, de vuelta en el mundo de los sentidos- ¿Y Silvela?

            – Han aprovechado esta noche para limar asperezas.

            – Sí, puede que Asuran intente así que Silvela se sienta más integrada.

            – A mí me da más bien, Río de Viento, que quien pretende integrarse es maese De Kern.

            El niño se echó a reír.

            – ¿Habéis dejado a solas a Asuran con Silvela? ¿Estáis mal de la cabeza? ¡Ella es una luchadora, lo mataría en un suspiro!

            – Desde luego, pero no hay riesgo. Se ha juramentado. Si encuentra un resquicio en el juramento, lo aprovechará. Pero, por ahora, no ha tenido tiempo de pensar en ello. Además, cuando nos sentamos aquí le birlé a Asuran la bolsa. Sin dinero, Silvela no podrá ir muy lejos sin pedir ayuda. Eso la retrasaría.

            – ¿Lo previste?- se asombró Río de Viento.

            – Pues no, pero me parecía injusto pagar el vino entre todos.

            Ailin hizo un gesto de impotencia y se refugió de nuevo en su mente confusa.

            – Vamos a dejarles unos momentos más, por deferencia. Luego, habrá un alboroto.

            Ailin alzó la cabeza.

            – No miréis. Nos están vigilando. Uno, por lo menos. Puede que más.

            – ¿Quién?

            – Ni idea. Tal vez los viejos compañeros de Silvela. O puede que amigos de nuestros conocidos de Lossar.

            – ¿Eh?

            – Ya te lo contaré otro día, Río de Viento.

            – ¿Qué hacemos? ¿Pegar a alguien?

            – Segunda mala idea, Ailin. Tenemos que irnos en medio del alboroto, no estar justo en el centro.

            – Pues, entonces, que alguien pegue a alguien.

            – A eso iba.

            Shephard se había fijado en un tipejo escuchimizado, borracho como una cuba, que llevaba un rato incordiando a otro bebedor, mucho más grande y, a lo que parecía, de borrachera más violenta que molesta. El esuchimizado estaba en aquel momento, tras hacerse con una jarra de tinto llena hasta los bordes, tambaleándose hacia el grande, inmerso en la falsa invulnerabilidad de la cogorza.

            Con tranquilidad, sin movimientos bruscos, Willer posó su copa redonda en el suelo; con un golpe seco del pie, la hizo girar, girar, girar, girar, hasta que se interpuso entre el suelo firme y el pie del escuchimizado. El del jubón escarlata se dio cuenta de la jugada un segundo demasiado tarde.

            La jarra de tinto saltó de las manos de su dueño -quien se derrumbó con un alarido espléndido- derramándose su contenido en todas direcciones, golpeando ella misma en pleno la cabeza del borracho enorme. Éste alzó su mole, gruñó algo ininteligible y se abalanzó contra el pobre desgraciado del suelo. Otra copa, gemela de la anterior, se encargó de él: el hombretón perdió el equilibrio y, agitándose con desesperación, aterrizó en la mesa del espía del jubón. Lleno de ira aferró a quien tenía más a mano y le propinó un puñetazo.

            Algunos empleados del establecimiento corrían hacia el hombretón, para tratar de controlarlo. Los parroquianos parecían indecisos. Una pelea iba contra las reglas, pero, por otro lado, ¡una pelea siempre es una pelea! El borracho iracundo se desprendió de uno de sus contrincantes, que cayó sobre otra mesa. Uno de sus ocupantes, con menos autocontrol que los demás, le rompió una botella en la espalda. Era la chispa que hacía falta. El salón se convirtió en un campo de batalla.

            – Ailin, Río de Viento, salid de aquí ahora mismo. Yo me voy arriba a sacar de debajo de donde estén a nuestra pirata y a su bardo.

            . No, tú eres su Protector. Soy más pequeño, me será más fácil subir y luego bajar.

            – De acuerdo, Hermano. ¿Alguna objeción, Ailin?

            La muchacha sacudió la cabeza, hundida de nuevo en un desinterés cansado. Willer la rodeó con un brazo y empezaron a avanzar hacia la puerta. Río de Viento se escurría igual que una anguila hacia los pisos superiores.

            Mientras tanto, el dueño del establecimiento había salido de su despacho, alarmado por el ruido. Al ver aquel caos, volvió a meterse, surgiendo de nuevo al poco, con una maza de madera en la mano.

            – ¡Basta!- rugió- ¡Deteneos ahora mismo!

            Varios de sus subordinados se le unieron, tratando de formar una cuña capaz de cortar aquel barullo pataleante. Johann el Tuerto estudiaba la situación, buscando algún punto crítico, existente en toda masa, el cual, si se le golpea con fuerza, sirve para convertir un tumulto en un grupo de personas confusas. Su ojo tropezó con Ailin y quedó ciego para nada más. Un hombre trataba de ponerla a salvo. Pero el del jubón y una mujer iban hacia ellos con una determinación alarmante. El hombre tenía un puñal desnudo.

            Desmond se inflamó.

            – ¡Grimwald!- bramó, un grito irreflexivo, inconsciente; empezó a barrer a cuantos se interponían en su camino. El hombre del puñal se había girado al oír aquel grito. También Ailin y Willer. El caballero fue consciente entonces de la mujer, que también iba armada con un puñal. Le pegó una patada bien dirigida. Su compañero esquivó la embestida de Desmond, por muy poco.

            – ¡Fuera de aquí!- le gritó Desmond a Willer- ¡Sácala de aquí!

            Río de Viento bajaba las escaleras, seguido por Silvela y Asuran, ambos a medio vestir.

            – ¡Los encontré al tercer intento!- anunció el Hermano.

            – ¿Pero qué coño pasa aquí?- exclamó el bardo.

            – ¡Marchaos, marchaos! ¡Corre, Ailin! ¡Corre!- Desmond mantenía a raya a los asesinos; estaba como loco y lograba contenerlos.

            – ¡Eh, ese jubón es de Puchta!- gritó Silvela- Lo sé, me lo ganó a los dados.

            – Ya sabía yo que me sonaba de algo.- murmuró Willer.

            – ¡Vamos, vamos!- les urgió Río de Viento.

            Tropezando, asombrados, sin entender muy bien lo que ocurría, el grupo logró salir a la calle. Empezaron a correr. Ailin, que parecía ir como en sueños se estremeció de pronto. Deteniéndose un momento, se volvió a mirar La Conquista del Rey. Desmond estaba en el umbral, libre de atacantes, apoyándose en la maza, jadeando. Ninguno movió un músculo. Luego, Ailin le dio la espalda y empezó a correr, en una carrera frenética, con sus perplejos compañeros detrás, tratando de alcanzarla.

            Desmond les miraba, ciego, sordo de melancolía. Transcurrió un rato. Un tercer hombre venía desde una casa cercana. El tuerto no se dio cuenta de él hasta que casi lo tuvo encima. Detrás de él, la pelea continuaba, sin signos de decadencia. Sus adversarios se recuperaron. El hombre del jubón le pegó en la rodilla, la mujer en el estómago, el tercer hombre le arrebató la maza y, en el mismo movimiento, le golpeó la cabeza con el mango.

            Arrastraron el cuerpo de Desmond hasta un callejón cercano.

            – ¿Y ahora?- suspiró la mujer- ¿Seguimos su rastro?

            – Podemos intentarlo, pero no conocemos la zona.- el del jubón escupió una flema sanguinolenta.- Ya has tardado en venir. ¿Y los otros?

            – Buscando por otras partes.

            – Estaban justo aquí. Ahora, a saber.

            – Éste lo sabrá. Ya le habéis oído. Creo que el Juez querrá charlar con él.

            El tercer hombre asintió con la cabeza.

            – Vamos a un lugar más tranquilo, a atarlo antes de que se despierte.

 

            UNA MEDIA HORA DESPUÉS, la Conquista del Rey recobró la calma. Los soldados de la guarnición por fin hicieron acto de presencia y pidieron habar con el dueño del local. El dueño no aparecía. Los guardias le citaron, vía sus empleados, para comparecer al día siguiente en la casa consistorial. Strhum se dio por notificado. Cuando los soldados se retiraron, registró los alrededores. Habían pasado ya casi dos horas del inicio de la pelea. Strhum lideró un grupo de búsqueda. Al despuntar el alba, volvieron a la taberna, con las manos vacías.

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