Con un vaso de whisky

julio 15, 2010

Epílogo

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:04 pm

            EL SOL IBA DESCENDIENDO AQUELLA TARDE, como todas las tardes. Aún iluminaba los campos, los caminos, las copas huesudas de los árboles. Aldous Werner admiraba la hermosa tarde de invierno, un tanto adormecido bajo el mismo sol que Edmund Lukas observaba en el puerto de Orchar y que Ailin no podía contemplar en la cueva de los piratas. Sentado en una cómoda silla baja, envuelto en una amplia pelliza, oía los gritos de sus pequeños sobrinos nietos jugando, corriendo, peleándose por el jardín de la casa. La dueña de la casa, su hermana Elda, le tocó el hombro.

            – Aldous, tienes una visita importante.

            El aún Honorable Miembro de la Asamblea dobló el pescuezo hacia donde Elda le indicaba: había allí un hombre vestido con ropa de montar, manchada, que aguardaba cortésmente. Werner lo reconoció al primer vistazo.

            – ¡Excelencia! ¡Haced el favor! Elda, haz el favor de encender el fuego en el salón. Recibiré al Gran Mariscal allí.

            – Por favor, maestro Werner, por favor, no es necesario. Si no es molestia, preferiría quedarme aquí mismo.

            – Si tal es vuestro gusto. Afortunadamente disponemos de una silla libre. Sentaos. ¿Tal vez querréis una copa de algo caliente?

            – Hemos preparado un buen ponche caliente, Excelencia.- dijo Elda- Justo lo que necesita cualquier viajero cansado.

            – Sería magnífico, señora.

            Elda fue a dar las órdenes pertinentes. Frank Horst se sentó con lentitud en la silla, como a quien le duele hasta el último hueso del cuerpo. Werner le lanzó una mirada rápida, desviando luego los ojos hacia unas lejanas montañas. El Mariscal contemplaba a los pequeños. Permanecieron en silencio hasta que un criado les trajo una jarra de ponche humeante, con sendas copas.

            – Yo me ocuparé, Matthias.- dijo Aldous- Puedes retirarte.- sirvió la bebida y le pasó a Horst su copa. Éste tomó un sorbo, luego otros dos y sonrió.

            – Maravilloso. Es justo lo que necesitaba, luego de este viaje.

            – Os hacía en Nicolia, Excelencia. Después de vuestra comparencia ante la Gran Asamblea, no permanecisteis en Izur.

            – No tenía objeto demorarme en la ciudad. Tengo una provincia de la que ocuparme. Si acudí a la Gran Asamblea fue por la insistencia de los demás Gobernadores fronterizos.

            “Ah, vamos.”

            – Una insistencia, lo reconozco, que me halaga. Aunque no esperaba que las peticiones de los Gobernadores causaran semejante impresión a los Miembros de la Asamblea.

            – El vuestro fue un discurso muy aplaudido, Excelencia. Esas peticiones no podrían haber tenido un abogado mejor.

            – Maestro Werner, le ruego que no me conceda un tratamiento tan ceremonioso. Somos dos ciudadanos, al fin y al cabo.

            – Sólo que uno de ellos tiene ahora potestad sobre toda la frontera occidental de la República.

            – Y el otro pertenece a una de las dos más elevadas instituciones de la República. Honores parejos.

            – Puede ser.

            Aldous bebió su ponche, refugiándose cómodamente en el silencio.

            – La verdad es que no llegué a Nicolia. El mensajero que traía mi nombramiento se nos cruzó en el camino.

            Werner estaba fascinado por las formas que el viento esculpía en una nube. El Mariscal seguía contemplando el juego de los niños.

            – ¿Y se desvió usted de su camino para venir hasta aquí? ¿Creía que no me enteraría de tan relevante nueva si no se encargaba de notificármela? Le agradezco la consideración, pero ya ve que sus temores eran infundados. Al fin y al cabo, ejercí mi derecho de voto. También es cierto que no me quedé a escuchar los resultados. Pero me llegó un correo ayer tarde.

            – Recibí otro mensaje.- contestó Horst- No un correo oficial. Ciertos amigos me comunicaban qué Miembros de la Asamblea me habían honrado con su confianza.

            – Unos amigos diligentes. Claro que usted contaba con un buen número de apoyos, eso es evidente. No hacen falta amigos diligentes: si uno es nombrado Gran Mariscal, por fuerza ha logrado una mayoría aplastante en la votación.

            – Ciertamente. Esos amigos míos, no obstante, opinaron que me interesaría comprobar quiénes de entre nuestros legisladores me veían como el hombre idóneo para semejante cargo. O, al menos, como el hombre más indicado de entre los disponibles.

            Horst rió; una risa llena de tan buen humor que Werner se volvió para mirarlo, involuntariamente. El militar apuró su bebida y también se giró hacia el anciano. Su duro semblante estaba relajado, tranquilo.

            – Comprobé que usted no tenía esa impresión sobre mí, maestro Werner.

            – ¿Desea conocer las razones de mi voto?

            – Sé bien que no está obligado a dármelas.

            – Y aún así, me las pide.

            – Se las solicito.

            – ¿Por qué?

            – Porque es usted uno de los Miembros más respetados de la Asamblea. Porque su opinión es tenida en cuenta por los miembros de su partido e incluso de los que no pertenecen al mismo. Porque es usted uno de los pocos grandes hombres de la Asamblea. Me gustaría saber qué razones tiene un tal hombre para votar en mi contra.

            – Me da jabón del mejor, ¿eh?

            – Le digo la verdad.

            – Si tan influyente soy en la Asamblea, ¿cómo es que mi oposición no ha tenido un reflejo mayor en el sufragio?

            – Porque no se dirigió usted a la cámara. Votó en contra, pero votó en silencio. Si hubiera hablado, tal vez hoy seguiría siendo Gobernador de Nicolia y nada más. Es respetado en Izur, maestro Werner.

            “Sería agradable creer que ese tono tan franco lo es de veras. Este hombre es mayor de lo que yo pensaba.”

            – Pues bien, señor Mariscal, me sinceraré con usted. Espero que no se ofenda por lo que voy a decirle.

            – Si quisiera escuchar a un lameculos, no habría venido a verle. Y disculpe la expresión.

            – Está disculpado. ¿Sabe hace cuánto que la Asamblea no nombra a un Gran Mariscal?

            – El último fue Oswald Ritter, si no recuerdo mal.

            – Exacto. La Gran Asamblea le dio el título de Gran Mariscal del Norte. Para evitar que ciertas provincias consumaran una secesión. Es decir, le dieron ese cargo para dirigir una guerra civil. Plenos poderes. Sólo la Gran Asamblea podía quitarle la autoridad que le había concedido.

            – Sé bien que esa potestad es una de las armas que tiene la Asamblea frente al Consejo. No me hace mucha ilusión ser un espantajo con el que asustar a los Nueve, si es que ése es el caso.

            – No, señor Mariscal. No estoy diciendo que sea el caso. Y no crea que los Nueve estarían sin armas legales. Lo que digo es que siempre que se nombra a un Gran Mariscal es para conducir a esta República a la guerra. Por eso he votado en contra. Porque no quiero esa guerra.

            – ¿Cree que yo sí?

            La voz de Aldous se endureció.

            – Es usted un militar. Alcanzó el rango de coronel por sus servicios en campaña. Fue nombrado Gobernador de una provincia fronteriza con los bárbaros. Y ahora es Gran Mariscal para entrar a sangre y fuego en el Viejo Reino. Su carrera está indisolublemente unida a la guerra, Horst. Si no desea la guerra, su vida es un chiste de mal gusto.

            – Maestro Werner, sé que estas vacaciones que se está tomando pueden ser el inicio de un retiro definitivo. ¿Me permite preguntarle por qué desea abandonar la Asamblea?

            El viejo político hizo un gesto ambiguo por toda respuesta.

            – Le diré lo que opino: está usted cansado. Cansado de vivir en la capital, cansado de los debates, de las negociaciones, de los compromisos, cansado de apoyar decisiones con las que no está de acuerdo, sólo porque la alternativa es peor. Está cansado de todo eso. Lleva cansado años, supongo. Pero durante ese tiempo de cansancio, continuó desempeñando su papel. ¿Sabe por qué?

            “¿Por el dinero? ¿Por aburrimiento? ¿Porque llevaba demasiado tiempo pensando en mí como en legislador y ya no sabía mirarme de otro modo? ¿Por las fiestas?”

            – No renunció porque, a pesar de todo, en lo más profundo de usted, sigue siendo un buen republicano. Y sabe que la vida puede ser desagradable. Que Izur exige servicios costosos. Que los honores y las prebendas de los dirigentes son una compensación bien pobre por la horrorosa carga que llevamos sobre los hombros. Sin embargo, la llevamos. Aunque no nos plazca. Porque es preciso. Sí, yo soy un militar. La guerra es mi elemento. No porque me plazca, sino porque a Izur le conviene. Somos servidores de la República, maestro Werner. Usted y yo. No unos arribistas. No unos oportunistas. Usted es un auténtico político. Yo soy un auténtico militar. Cumplimos, aunque no queramos.

            Aldous había desviado la mirada hacía rato hacia los niños. Los ojos de Horst estaban clavados en él, urgiéndole para que le mirara de nuevo. Los sentía, duros, ardientes. Aquellos ojos y aquella voz, con un timbre de verdad que no había oído en años. ¿Habría juzgado mal a aquel hombre?

            – Usted no quiere la guerra. Teme por Izur. No ama el derramamiento de sangre. Tal vez tema por esos pequeños suyos. No querría verlos muertos o mutilados, en el campo de batalla. Pero esta guerra se nos ha impuesto. Mirando hacia otro lado sólo empeoraremos las cosas. Precisamente por eso, porque usted no ama la guerra, su apoyo es más importante que el de tres cuartos de la Asamblea.

            – Sí, no amo la guerra. Pero hay algo que me preocupa más que la guerra.

            – ¿Qué?

            Werner vaciló. ¿Y si no había juzgado mal a aquel hombre?

            “A la mierda. Si no me he equivocado, soy viejo y pronto estaré retirado.”

            – Temo lo que vendría después de la guerra. Temo lo mismo que ocurrió con Ritter.

            – Con los dioses por testigos,- dijo solemnemente Horst- le juro que yo no reclamaré los territorios bárbaros como propiedad, ni trataré de convertirme en soberano, al margen de Izur.

            “Y yo lo creo. No es lo que más temo.”

            – ¿Tiene algún otro temor que pueda aplacar?

            Los dos hombres se miraron, una vez más.

            – No, Excelencia.

            – Entonces, ¿cuento con su apoyo?

            – No puedo enmendar mi voto.

            – Lo sé. Pero, ¿puedo considerarle mi amigo? ¿Puedo contra con su consejo, con su opinión?

            – No soy un experto en cuestiones militares.

            – Es un experto en otras materias. Somos servidores auténticos de la República, más allá de esta guerra, de este cargo. Los hombres auténticos, aun cuando no siempre estemos de acuerdo, debemos apoyarnos. De lo contrario, el Estado queda en manos de los arribistas. ¿Cuento con su apoyo, maestro Werner?

            “Sí. Basta decir que sí y estoy a salvo. Basta decir que sí, sin comprometerme. Basta decir que sí y me da igual lo que ocurra en esta campaña, que triunfes, que seas derrotado, que crezcas o te hundas.”

            – No, Excelencia, lo lamento. No podréis contar con mi apoyo. Y os prometo por lo más sagrado que desearía decir que sí.

            Horst frunció el ceño, con aire decepcionado, incluso triste. Se levantó y tendió la mano a su anfitrión, quien se la estrechó.

            – Entonces, adiós, maestro Werner. Debo regresar a Nicolia.

            – Adiós, Excelencia.

            Aldous Werner, arrebujado en su pelliza, cerró los ojos. Escuchó a Horst despedirse de Elda, a los pequeños jugar, al viento susurrar. Un momento después se le ocurrió que si abría los ojos, miraba a su alrededor una vez más y moría de repente, podría estar en paz con la Providencia. Abrió los ojos. Miró a su alrededor. Siguió respirando.

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julio 9, 2010

XXIII: Retorno a la República

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:00 pm

            EL CAPITÁN STEPHEN DOUGAL ESTRECHÓ LA MANO que le tendía el Juez Errante Lukas. Primero, estudió el rostro pálido del joven. Luego, a los tripulantes, con uniformes isleños, que se alejaban en el velero. Edmund saludó al capitán del navío republicano con una seca aunque inusual cortesía, indicándole que pusiera rumbo hacia Lossar.

            – Señoría, ¿qué ha ocurrido?- preguntó Dougal- ¿Dejamos sin más las Islas?

            – Hablemos en privado.

            El rastreador siguió a su superior hasta el pequeño camarote de éste. Edmund se sentó en su catre, suspiró y cruzó los brazos sobre el pecho.

            – Bien, ¿qué ha sucedido? En el puerto de la Isla del Este entregué el mensaje de la Tetrarca. Y, desde luego, se transmitió a Orchar. Todo iba como al seda, hasta que traté de volver al palacio.

            – ¿Te retuvieron?- el Juez empleaba una entonación interrogativa por mera retórica.

            – Con mucha educación y firmeza. Me dieron toda clase de excusas. Que si debían revisar mi documentación de nuevo, que si se había traspapelado mi permiso de visita… ¡Si ni siquiera tenía un permiso de visita! ¿Eso existe en las Islas?

            – No tengo ni idea.

            Dougal carraspeó.

            – Si no querían que fuera al palacio, por algo sería. ¿Qué ha ocurrido allí estos días?

            – Algo parecido al banquete de Nicolia. La Tetrarca trató de manejarme. Pensaría que si estaba a solas, sería más fácil.

            – ¿Para conseguir información?

            – Supongo.

            – ¿Y…?

            – Cuando me fui la Tetrarca no sabía más de nuestra caza que cuando entramos en su residencia.

            – ¿Te separaste de ella en términos amigables?

            Edmund meneó la cabeza, en gesto dubitativo.

            – Por la divina Providencia. Te escapaste, ¿verdad? Esos marineros llevarían libreas de la Tetrarca pero no eran isleños. Ah, cielos.- Dougal se atragantó- ¿No serían ellos? ¿Has robado un barco de la Tetrarca? ¿Y has ordenado que dejen maniatados a sus servidores? ¿O aún peor? ¿Sabes hasta dónde gritará Su Alteza Elspeth Voe por semejante actuación? ¡Llegará al Consejo!

            – Nada de eso. Sería admitir ante el mundo entero que un invitado se burló de ella ante sus propias narices. Jamás lo hará. Ni se vengará de mí. No arriesgará su amistad con la República por una mera venganza personal.

            – Pareces muy seguro de lo que hará o dejará de hacer.

            Edmund medio sonrió.

            – En una semana se puede llegar a conocer a una persona.

            Dougal frunció el ceño. No entendía lo que estaba sucediendo y sabía que no lo entendía.

            – ¿Y por qué volvemos a Lossar? ¿Es que nuestros fugitivos han abandonado las Islas?

            – Es lo más probable. Mis cazadores han fallado. Por lo que me han dicho, es casi seguro que Ailin esté ahora mismo en un barco, rumbo al continente. Sé para qué viajaron hasta las Islas.

            Dougal se inclinó, con interés.

            – Ailin buscaba una joya familiar, una joya real. Una joya dada por perdida para siempre.

            – El Corazón Negro…- Dougal poseía conocimientos en Historia superiores a la de la mitad de Izur junta.

            – Justamente.

            – ¿Lo ha conseguido en las Islas?

            – Tengo razones para creerlo.

            El viejo republicano se mesó los cabellos.

            – Nos estamos luciendo en esta misión.

            Edmund se echó a reír. Fue una reacción tan inesperada que Dougal olvidó por un momento estar preocupado por las posibles consecuencias de una Heredera del Viejo Reino con pruebas de su linaje.

            – Sin duda alguna. Pero no tiene sentido fustigarnos. Ya lo hará el Consejo, si no logramos convencerles de que lo hicimos lo mejor posible. Dejaremos que el coronel Horst siga acumulando tropas en su provincia, sin saber lo que le espera al otro lado de la frontera.

            – ¿Ni siquiera ahora vas a decírselo?

            – No hay motivo. Es una información demasiado delicada. En Nicolia puede haber espías de los bárbaros. No, es mucho más prudente reservar la buena noticia para los Nueve.

            – Entonces, regresamos a Izur.

            – Después de devolver este navío y sus tripulantes a sus legítimos dueños.

            El resto del viaje, Edmund se negó a discutir de nuevo el asunto. Cuanto más inquieto estaba Dougal por lo sucedido en las Islas y por lo que ocurriría en la República, más indiferente se mostraba el Juez.

            Arribaron al puerto de Lossar. Las normas administrativas exigían que el capitán del navío entrante se presentara ante el comandante para dejar constancia de la llegada, de las mercancías y de los viajeros a bordo. Entre tanto, nadie podía desembarcar. En cubierta, Dougal y Lukas observaban el trajín del puerto. El primero vio al capitán del barco regresar, acompañado por una docena de guardias.

            – ¿Qué es eso?

            Edmund aguzó la vista.

            – ¿No es ése el capitán Lester en persona?

            En efecto, el jefe de la guarnición encabezaba el grupo, que se detuvo cerca de la rampa de descenso. Dougal saludó a su homólogo con educación, disimulando a la perfección su ansiedad. Edmund parecía aburrido.

            – ¿Se encuentra a bordo el Juez Errante Edmund Lukas?- preguntó con una solemnidad oficial Lester.

            – ¡Qué desgracia!- murmuró Lukas con tedio; levantó la mano y dijo en voz alta- Aquí se encuentra.

            – Señor Juez, os ruego que desembarquéis.

            – Con una banda de música, este recibimiento hubiera quedado mejor.- le dijo Edmund a Dougal, quien sospechaba a qué obedecía todo aquello, por inconcebible que le pareciera.

            Al tener a Lukas frente a frente, el capitán Lester le puso una mano en el hombro.

            – Juez Errante Edmund Lukas, os detengo en nombre de Su Excelencia, el Gran Mariscal de la República Frank Horst.

            – Ay, cielos.- gimió Dougal.

            Edmund parpadeó; pero, recobrándose, sonrió levemente.

            – Éste, capitán,- dijo con un tranquilo desprecio- es sin duda el día más feliz de su vida. Disfrútelo.

            Un guardia colocó unos grilletes en las muñecas de Edmund. Los soldados formaron a su alrededor y, con un exultante Ferdinand Lester al frente, iniciaron la marcha.

julio 2, 2010

XXII. Retorno al Viejo Reino

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:39 pm

            RÍO DE VIENTO, SUBIDO A LO MÁS ALTO DE UN MÁSTIL, dejaba que el aire salado le golpeara la cara. El mar se extendía ante él. La sensación de libertad infinita que había experimentado la primera vez que había estado en un barco, en ruta hacia las Islas, le embargó de nuevo. No tan apabullante en esta segunda ocasión, a cambio, la sabía saborear mejor.

            Se pasó arriba casi todo el día. Al ir atardeciendo dejó de cerrar los ojos o de mirar al océano para observar a los tripulantes que se afanaban, debajo de él, en cubierta o entre las velas y cuerdas. Comenzó a descender. Entonces vio a Silvela, apoyada cerca de proa. Asuran de Kern paseaba de forma calculadamente errática, aproximándose a ella, hasta que no tuvo más remedio que detenerse a su lado. Río de Viento, a aquella distancia, podía escuchar cuanto decían y entrever sus caras. Como se le había enseñado que sin conocer a tus compañeros no puedes ayudarles y el mutuo auxilio es la esencia de una compañía, escuchó.

            – Bonita noche.- dijo De Kern.

            – Aún no es de noche.

            – Pero será de noche y será una noche bonita.

            – Es posible que se tuerza. Esas nubes de ahí no me gustan.

            – Bueno, tú sabes de estas cosas más que yo.

            – Sí.

            Silvela no había mirado ni una vez al bardo; su tono desganado estaba a la altura de su indiferencia física.

            – Yo… quería darte las gracias, en nombre de los demás. Quiero decir, nos sacaste de la aldea después de la pelea de la taberna. Y gracias a ti estamos en este barco. Es una suerte que el capitán se prestara a llevarnos hasta el continente, a una playa discreta, sin preguntas.- Río de Viento decidió que De Kern había hecho bien en dar las gracias y se admiró de su sensibilidad, al remediar un olvido imperdonable por parte del grupo.

            – Es buena cosa tener quien te deba favores.

            – Tienes razón. ¿No echarás de menos las Islas?

            – Las Islas son sólo un lugar. Echaré de menos a los míos.

            – Ya, lo supongo.

            – ¿Pues para qué preguntas?

            – Bueno, ahora los tuyos somos nosotros. Lo digo en serio, deberías confiar en nosotros. Eres de los nuestros.

            – Qué bien. Dile a Willer que retire el juramento, entonces. Si somos tan amigos, no necesitamos juramentos.

            – Si somos amigos, ¿qué más da que hayamos jurado?

            Silvela miró al fin directamente a De Kern.

            – Si ahora mismo no estuviera atada por ese juramento, saltaría por la borda y volvería con mis auténticos compañeros. Los que aún viven. Puchta, al menos, está muerto. Por vosotros lo mataron. Era un calvo cabrón, pero era un camarada. Y por vosotros lo mataron.

            Asuran no supo qué contestar.

            – Tal vez deberías venir conmigo, si lo hiciera. Cuando sepan lo tuyo, igual no les hace gracia.

            – ¿Se lo has contado?- preguntó el bardo, agitado.

            – No. ¿Por qué tú tampoco?

            – A su tiempo. Cuando no tengan ni la menor duda sobre mí. Cuando sepan que estoy con ellos hasta el fin.

            – ¡Qué serio te has puesto! Igual que en la taberna.

            Asuran extendió el brazo hacia la cintura de Silvela; ésta abortó el movimiento, riendo.

            – No creas que aquello fue más de lo que fue. Pero sigues estando mejor sin bigote. Buenas noches, Asuran.

            Silvela dejó atrás a un bardo muy quieto. Río de Viento se deslizó hacia su camarote. Un buen compañero sabe cuándo debe dejar a los suyos tranquilo.

 

            EN EL CAMAROTE QUE COMPARTÍA CON AILIN,  Willer, apoyado en la pared, con la pierna doblada en un ángulo recto, observaba a la adolescente. Ésta, sentada ante una pequeña mesa, con la cabeza gacha, le preocupaba más de lo habitual.

            – Ya está bien de silencios dramáticos.- protestó el caballero- No has abierto la boca más que lo imprescindible desde que dejamos La Conquista del Rey. Estamos solos, así que no puedes repetir la excusa de la seguridad. Venga, suéltalo de una vez. ¿Qué te ocurre?

            Ailin no habló. Se limitó a sacar de entre sus ropas el Corazón Negro. La joya repiqueteó suavemente en la madera. Willer dejó caer la pierna al suelo; tuvo que apoyar las palmas en la mesa para no perder el equilibrio.

            – La madre que me parió en gloria esté.- masculló, reverente- ¿Es lo que creo que es?

            Ailin asintió.

            – ¿Estaba en la taberna? Estuviste a solas únicamente con Johann. ¿Él te lo dio?

            Ella asintió de nuevo.

            – Pero ¿cómo es que lo tenía?

            Ailin se echó el pelo hacia atrás.

            – Johann lo tenía porque mi padre se lo entregó. Eso me dijo. Se lo confió, después de que Johann lo acogiera y lo protegiera. Prometió custodiarlo hasta que alguien con derecho lo reclamase. No tenía que buscar a ese alguien, sino esperarlo. Las promesas de los criminales tienen sus limitaciones. Me reconoció, por un retrato de mi madre que mi padre llevaba consigo.

            La voz monocorde de Ailin estremeció a Willer.

            – Entonces, vuestro padre…

            – Ha muerto, Willer.- las lágrimas corrieron por las mejillas, sin que la voz se alterara- Ya no soy la Heredera del Trono.

            El caballero se sentó junto a su protegida, pero no la abrazó.

            – Nuestra búsqueda ha concluido. Lord Helmut podrá presentarme ante el Concilio de Iguales con la prueba irrefutable de mi derecho a la corona.

            Shephard estaba lejos de compartir esa seguridad.

            – ¿Por qué no se lo habéis contado a Asuran o a Río de Viento? Son vuestros compañeros, merecen saberlo.

            – Tú debías saberlo el primero. A ellos se lo diré cuando estemos de nuevo en el Viejo Reino. Entonces también lo sabrá Silvela. Si se lo digo ahora, ella se enterará y se lo dirá a los marineros del barco. Y no me fío de ellos.

            – Silvela está juramentada. Ya os lo he dicho.- Willer notó que Ailin tardaba en rechazar el tratamiento deferente que, en otras ocasiones, le había reprochado.

            – No quiero discutir otra vez cómo conseguí el… como lo conseguí. No tan pronto.

            El caballero se maldijo por su falta de delicadeza.

            – Como digáis. ¿Queréis estar a solas?

            Ailin se agarró al brazo del Protector.

            – Por los dioses, Willer,- murmuró- ¿no te he dicho siempre que me tutees?

            Shephard la rodeó con el brazo.

junio 25, 2010

XXI. Edmund Lukas charla con Elspeth Voe

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 12:58 pm

         TOLIA ESTABA TUMBADO EN LA CAMA, con la cara roja. Alguien le había abofeteado. Elspeth lo abrazó, demasiado aliviada para mostrarse lejana.

            – Tesoro mío, tesoro mío.- decía mientras lo acunaba- ¿Te encuentras bien, Tolia? ¿Tienes algo? ¿Estás bien, vida mía?

            – Perfectamente.- respondió una voz- Salvo por un par de bofetadas. No hizo falta más para que chillara igual que un cerdito.

            Elspeth se volvió hacia la voz. Sentado en un butaca baja, Edmund Lukas sonreía. La Tetrarca abrió la boca, pero fue incapaz de articular palabra.

            – Buenas noches, Alteza. Reconozco que ni sospechaba vuestra faceta materna. Mis hombres encontraron a esa teniente vuestra en su habitación, con el crío de su mano. Supongo que iba a reunirse con vos. ¿La habéis visto?

            Elspeth se había levantado, con Tolia en brazos; empezó a acercarse, lentamente, a la puerta. Una daga brilló en la mano de Lukas.

            – Sentaos, por favor.

            La Tetrarca se cayó, más que se sentó, en la cama.

            – Algo me dice que ayer, cuando estabais en esa misma cama, ni en vuestros más extraños sueños hubierais imaginado una escena como ésta. Claro que, durante el tiempo que estuve aquí, yo tampoco.

            Elspeth seguía mirando al Juez Errante, demudada.

            – ¿Qué estás haciendo?

            – Buena pregunta. Tal vez restaurar el equilibrio. Anoche estaba a vuestra merced. Hoy, vos lo estáis a la mía. Tal vez sea eso, aunque no me parece la explicación más satisfactoria. Porque daría la impresión de una venganza, ¿verdad? Y esto nada tiene que ver con la venganza. Ni con el equilibrio, supongo.

            – Has asaltado mi palacio. Estás matando a soldados de las Islas Rojas. Has asesinado a mis sirvientes. ¡Has golpeado a mi hijo! ¡A mi hijo!

            – Admito que lo tradicional es que el huésped sea traicionado por su anfitrión. Aunque tampoco faltan ejemplos de lo contrario. Sin embargo, me parece que este asalto supera cuanto he oído narrar.

            La Tetrarca aferró a su hijo con más fuerza. Tolia había dejado de llorar. Por consuelo o por terror. No se atrevía a mirar al sonriente joven.

            – La República te ha enviado para acabar conmigo. Todo este tiempo has estado esperando tu oportunidad. ¿Los otros Tetrarcas han pedido mi muerte y no se atreven a hacerlo ellos mismos?

            – Ah, sois especuladora, sí. Esa hipótesis podría tener sentido, pero ¿para qué enviar un Juez Errante? Sería más discreto mandar sencillamente a los asesinos. No, dejaos de suposiciones. Izur no tiene nada que ver. Y los Tetrarcas, por ahora, menos. Esto lo hago a título personal.

            – Estás loco, entonces. Aunque me mates, aunque logres esquivar a las guarniciones que ahora mismo estarán viniendo hacia aquí…

            – No os preocupéis. Antes de que lleguen, mis hombres y yo estaremos en alta mar. Ese velero privado vuestro parece magnífico.

            La garganta de Elspeth estaba seca.

            – Pero la masacre se descubrirá. Y es conocido que unos siervos de la República eran mis invitados.

            – Sí. También que regresaron al puerto oficial. Cuantos saben que me quedé están o estarán muertos muy pronto. Los oficiales del puerto, diréis, ellos saben que dos vinisteis al palacio y sólo uno regresó. Pero tampoco pueden estar muy seguros. Dos hombres, un hombre, quién sabe. Los testigos son la menos fiable de las pruebas. Y el Comandante, el que sí podría acordarse… Bueno, ya me entendéis.

            – Los Tetrarcas no se engañarán. Romperán la alianza con Izur. O pedirán tu cabeza a cambio.

            – Es posible. Claro que, ¿tomarán una medida tan radical sin pruebas? ¿Creéis que la República admitirá alguna responsabilidad sin ellas? ¿O que los Tetrarcas se arriesgarán a perder a su aliado más fuerte? Desde luego, hará falta un chivo expiatorio. Personalmente, pienso que dos acusarán al tercero de haber planeado todo esto para conseguir vuestros territorios. Entonces, podrán declararle una guerra con justicia y quedarse con sus dominios. ¿No es lo que haríais vos?

            – Eso son delirios…- murmuró Elspeth, sin convicción.

            – Tampoco me inquieta. Beneficiar a los Tetrarcas no está entre mis preocupaciones. Aunque tendría gracia provocar una guerra, ¿verdad? Nunca lo había hecho antes. No parece muy complicado.

            – ¿Y qué quieres?- gritó Voe- ¿Para qué haces esto?

            – El incendio y la muerte de vuestros servidores son precauciones. En definitivas cuentas, me interesa que no haya testigos directos. Eso es evidente.

            Edmund se levantó, apoyó la punta de su daga en la espalda de Tolia. Elspeth rechinó los dientes. Siempre con su sonrisa helada, Lukas indicó por señas a la aterrorizada madre que le pasara el niño; y ella no se atrevió a oponer resistencia.

            – Si no lo he entendido mal del todo, Alteza, estos últimos días tratasteis de seducirme. Y con éxito, os lo concedo. Supongo que os parecía el mejor medio de matar el rato. Fue una especie de desafío, ¿verdad? O un experimento. Bueno, quiero hacer algo parecido. Sólo que vos pusisteis a prueba vuestras habilidades en mi. Yo deseo, sencillamente, conoceros mejor.

            Dio un paso hacia atrás, deslizó el crío hasta el suelo y le puso la hoja en la garganta.

            – No es un examen original, aunque sí muy eficaz. Sé que sois inteligente, culta, elegante y encantadora. Sé que, para sobrevivir en vuestro puesto, hay que ser una política de primer orden. Sé que sois capaz de engañar, de manejar a los demás. Ahora, además, sé que sois madre.

            “Hasta que no supe esto, pensaba interrogaros hasta que me confesarais algo vergonzoso, alguna debilidad, un punto flaco. Suponía que estaríamos charlando largo rato. Que os defenderías con ingenio. En fin, que pondríais a prueba mis habilidades como interrogador. Más o menos, lo mismo que vos me habíais hecho, aunque… concentrado.

            El filo tembló, acariciando la piel de Tolia. El niño miraba a su madre, con esa mirada espantosa que sólo un hijo puede dirigir.

            – Pero con este nuevo elemento a la vista,- palmeó el hombro de Tolia- podía simplificarse. Al veros entrar supe que, en efecto, no haría falta una conversación llena de agudezas. Así que, veamos. Sois política: vuestro deber es sobrevivir. Sois manipuladora: vuestro ser es controlar lo que sucede. Sois madre: vuestra razón es la vida del hijo. ¿Cómo vais a conciliarlo?

            Elspeth alzó una mano hacia Edmund, como si con eso pudiera proteger a Tolia. Habló con lentitud, midiendo sus palabras.

            – Si, según tú, tengo que controlarlo todo, mi decisión, cualquiera que sea, determinará lo que ocurra en esta habitación. Entonces, esa faceta mía no entra en conflicto con las otras dos

            – Muy bien.

            – Si como política debo sobrevivir y como madre debo proteger a mi hijo; si afirmas que hay un conflicto entre mis naturalezas; y si mi otra naturaleza no entra en conflicto con estas dos, entonces quiere decir que matarás a mi hijo, a no ser que me mates a mí.

            – Era sencillo de deducir. ¿Qué será, entonces?

            Elspeth tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia, de miedo. Por primera vez en su vida, no era capaz de actuar, sabiendo, desde el principio, cuál de las dos opciones tomaría. De haber tenido tiempo, podría haber levantado una construcción de argumentos y contrargumentos. Ninguno, sin embargo, hubiera cambiado la decisión. Y Edmund lo sabía, lo había adivinado con la misma rapidez que ella lo había entendido en sus entrañas. Aquel joven que unas horas antes había gemido, bajo su control absoluto, ahora había sido capaz de desnudarla hasta lo más íntimo, de forzarla a lanzar a las mujeres que llevaba dentro unas contra otras, de negarse a sí misma para afirmarse a sí misma, de reducirla. Ni siquiera la manipuladora sobreviviría: porque la decisión que tomase significaría la muerte de alguna de las Elspeth Voe que ahora aún existían.

            – Bastardo hijo de puta.- susurró- Déjalo ir.

            El cuchillo se clavó atravesando el hígado. Con un aullido, la Tetrarca se derrumbó, agarrando con las manos contraídas la herida. Tolia gritó y se abrazó a su madre. Edmund permaneció silencioso, pálido, observando a la moribunda. Entonces, tuvo una inspiración. La sonrisa regresó, más inhumana que antes.

            Agarró a Tolia por los pelos, lo alzó a viva fuerza, pese a sus pataleos. Elspeth comprendió lo que iba a suceder y boqueó, desesperada. Lukas le rajó la garganta a Tolia. El cuerpo sin vida del niño cayó junto al de Voe, viva aún, por algún tiempo, según la ley natural. Pero en el que ya no vivía nadie.

            Edmund abandonó la habitación con paso torcido. Tenía la frente perlada de sudor. La sonrisa vagaba aún en su rostro, como un espectro. Cuando los Segadores, cumplida su misión hasta el último detalle, se presentaron ante él, no había señal de ella, sólo un rostro impasible.

            Sin una palabra, el grupo de asesinos se dirigió hasta el corredor que llevaba hasta el puerto privado de la Tetrarca, el puerto que los Segadores habían descubierto unas jornadas antes. Los cadáveres desnudos de los marineros flotaban en el agua: la siguiente marea se los llevaría. Los Segadores vistieron sus uniformes, levaron anclas y pusieron rumbo al punto de encuentro que Edmund había enviado a Dougal.

            El Juez Errante, con la capucha echada hacia atrás, dejó que el agua salada le salpicara, refrescándole, la mirada perdida en el mar.

junio 17, 2010

XX. Noche

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 9:56 pm

           LA TETRARCA PASÓ EL DÍA SIGUIENTE a su victoria evitando elegantemente al Juez Lukas. Convencida de que el joven estaría ansioso por disfrutar de nuevo de su persona, le negó la oportunidad. A través de sus sirvientes, supo que su invitado parecía taciturno, encerrado en sí mismo; que daba largos paseos por el palacio, que se quedaba mirando al baluarte de la guardia, o en mitad de un pasillo, como si no supiera muy bien por dónde iba. Incluso que había rondado un par de veces cerca de las habitaciones privadas de Su Alteza. En todo el día, no pisó ni una vez la biblioteca.

            Elspeth se deleitaba en semejantes nuevas. Edmund no gimoteaba por las esquinas, pero, era obvio, el deseo le roía, le hacía intolerable cualquier actividad. Sólo atinaba a deambular, esperando que Voe tuviera a bien darle un momento más de placer.

            En la cena, primer momento de la jornada en que se encontraron, ella apareció vestida con su habitual distinción sugerente. Trató a Edmund como a un viejo amigo, con encantador desapego. Le dio la impresión de que aquel pobre muchacho contenía a duras penas el impulso de aferrarla y besarla. Eso, que antes era un obstáculo, se había vuelto un signo de triunfo: el Juez reconocía el dominio de la Tetrarca. Ella se retiró, dejando que él mascara la nada.

            En cuanto la Tetrarca desapareció y los sirvientes se retiraron, Edmund Lukas se liberó en parte de su severo control. Y sonrió no su habitual media sonrisa: una sonrisa extraña, amplia, inhumana.

 

            EL BALUARTE QUE CONTROLABA la entrada al palacio de Elspeth Voe consistía, básicamente, en un torreón de planta cuadrangular. Era lo bastante grande como para albergar a una treintena de soldados. El torreón estaba rematado por un campanario, donde siempre había un centinela. En cuanto éste observaba algo sospechoso, hacía sonar la alarma, repicando la campana. Había una sola puerta de salida y varias ventanas estrechas abiertas en la pared de roca.

            Cuatro sombras estaban al pie del torreón aquella noche. Dos de ellas treparon con la ayuda de garfios y cuerdas. Se movían en absoluto silencio. Al llegar al campanario, uno de los Segadores desenvainó una espada curva, casi una hoz y, con un movimiento limpio, seccionó la yugular del centinela, atacando por la espalda. Ambos llevaban unas pequeñas bolsas a la espalda; su compañero, extrajo de la suya varias herramientas; con la precisión de un experto, desmontó la campana, dejando las inútiles piezas en el suelo de piedra.

            Luego, sacaron de sus respectivas bolsas unas redomas envueltas en algodón y trapos. Retirada la protección, se descolgaron por las cuerdas, arrojando por cada ventana las redomas. Al romperse, el líquido de su interior estallaba en llamas. El mobiliario, el suelo y las escaleras de los distintos pisos eran de madera. Pronto, un incendio incontrolable consumía desde dentro el torreón.

            Los guardias que estaban durmiendo se despertaron bruscamente por el humo y los gritos de sus compañeros. Confusos, tosían y se empujaban los unos a los otros. En el piso superior, un par logró llegar hasta el campanario, buscando aire limpio. Uno de ellos, además, conservaba la suficiente sangre fría como para entender que sufrían un ataque. Al encontrarse la campana inhabilitada, la golpeó con frustración. El otro había descubierto los garfios y estaba a punto de descolgarse por una de las sogas; pero los Segadores ya habían llegado a tierra: con un movimiento hábil, desengancharon los garfios, dejando atrapados a los guardias.

            Entre tanto, la guarnición atrapada en los pisos inferiores se había dirigido, razonablemente, a la salida. Los dos Segadores que habían quedado a pie del torreón les reservaban una pequeña sorpresa: habían trabado la puerta. Los desesperados guardias aporreaban, chillaban, se aplastaban contra ella. Hasta que alguien trajo un hacha y, tras apartar a empujones o con el filo a los que se interponían en su camino, comenzó a derribarla.

            En cuanto hubo un hueco suficiente, los soldados intentaron salir atropelladamente. Cuatro hoces afiladas les esperaban. Los gritos de los degollados competían con los de sus camaradas, asfixiados o abrasados, en las estancias superiores. Ni un solo guardia escapó de su baluarte.

            En el palacio, el humo había sido visto por los sirvientes. Por algunos. Otros yacían ya en su propia sangre. Más Segadores rondaban por el edifico y su jardín. Un criado se quedaba mirando, estúpidamente, el incendio: una hoja le acuchillaba por detrás. Otro corría en busca de su señora: al girar la esquina la hoz caía sobre él. O huía con sus escasas pertenencias: unas manos fuertes le rompían el cuello.

 

             ELSPETH VOE ESTABA EN UNO DE SUS SALONES, bebiendo una copa de vino, mientras leía un pequeño volumen de poesía republicana, de la última tendencia, que había abandonado la sobriedad formal por la belleza sonora. No oyó los gritos hasta bien avanzado el ataque, cuando la guarnición estaba medio muerta. Dejó la copa en una mesilla de alabastro. Salió fuera de la sala, a tiempo para ver a un Segador destripando a su copero favorito, un bello adolescente de piel morena.

            Voe no se dejó llevar por el pánico. Cerró la puerta de la sala y echó a correr; aquella pieza estaba comunicada con una habitación que daba a otro corredor. Sabía muy bien a dónde se dirigía: a la habitación de su fiel mano derecha, la cual, a buen seguro, ya se había ocupado de Tolia. Juntas le llevarían hasta el puerto secreto. Una vez a salvo, en el mar, navegarían hasta el puerto oficial.

            Sin duda, las guarniciones de la Isla, alertadas por el humo, ya habrían enviado patrullas al palacio, donde los cobardes asesinos serían reducidos. Confesarían quién les enviaba, tal vez alguno de los Tetrarcas, tal vez algún pirata con más ambición que cerebro. Luego, su castigo les haría soñar con su interrogatorio.

            Elspeth encontró a su vieja servidora muerta: un corte limpio. Ahora sí, notó el pánico en su estómago, en sus pulmones. Con un susurro desgarrado –“¡Tolia!”- corrió hasta el dormitorio de su hijito, la zona más oculta de su palacio. Estaba vacío. La Tetrarca se dobló sobre sí misma. Gimió roncamente. Se tambaleó por el corredor, hasta llegar a la piscina del patio de recepciones. Allí todo seguía igual. Y, entonces, lo oyó: un niño lloraba. El llanto venía del primer piso. Se lanzó escaleras arriba; corría como una ciega, guiada sólo por aquel sonido, lleno de esperanza y espanto para la madre. Un sonido que procedía de su habitación.

junio 11, 2010

XIX. Edmund Lukas charla con Johann el Tuerto

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:39 pm

           EDMUND ESTABA SENTADO EN SU HABITACIÓN, perdido en un duermevela. Esa sensación indescriptible que nos advierte de que algo ha cambiado le hizo desperezar con una sacudida. Giró la cabeza hasta su cama; un pequeño trozo de papel había aparecido allí, como por arte de magia. El joven se levantó vivamente, agarró el papel y lo leyó. Luego lo rompió en dos pedazos, lo masticó y tragó; meditó unos instantes, seguidamente sacó de su sitio la baldosa suelta, cogió un pequeño objeto de su interior, se puso su capa de viaje y salió al pasillo.

            La Tetrarca, aquella noche, reposaba en su propia estancia, paladeando lo conseguido y lo esperado. Lukas se cruzó con un par de sirvientes, que se inclinaron con respeto: no había nada extraño en un huésped que paseara por la noche. Con paso controlado, Edmund se dirigió al amplio jardín, internándose en la zona más espesa, donde los sauces formaban una maraña inescrutable. Al cabo de un rato, una figura encapuchada surgió ante él.

            – Buenas noches, Señoría. Casi nos encontráis vos mismo.

            – ¿Dónde lo tenéis?

            – Venid conmigo.

            El Segador guió al Juez hasta una zona aún más tupida. Allí estaban otros dos encapuchados, custodiando a un hombre amordazado, maniatado, sentado de modo miserable en la tierra.

            Edmund frunció el ceño.

            – Ahora, más vale que te expliques.- le dijo a su acompañante.

            El Segador susurró a Lukas cuanto había ocurrido desde que abandonaran Orchar, siguiendo sus órdenes. Durante el relato de la trifulca en la taberna, la mandíbula de Edmund estuvo tan rígida que parecía a punto de dislocarse. Cuando supo, con todo detalle, del furibundo rescate que el prisionero Johann había protagonizado, la mandíbula se relajó. Dirigió una mirada estimatoria a aquel hombre.

            – Quedaos por aquí cerca, pero no escuchéis. Cuando haya terminado con él, os llamaré.

            El Segador hizo una breve reverencia, una señal a los suyos y el Juez quedó a solas con el reo. Edmund le quitó la mordaza, se sentó en una roca cercana, apoyó los brazos en las rodillas.

            – Grimwald. Un curioso grito de guerra.

            El hombre no replicó.

            – Pensaba que, aparte de la chica por la que peleaste tan duramente, sus compañeros y yo, nadie en las Islas comprendía su significado. Porque, ¿qué importancia tiene para los isleños el nombre de una estirpe desahuciada?

            El otro sonrió torcidamente.

            – Tonterías.- dijo- Seguro que tus lacayos también conocían ese apellido. ¿Por qué iban a traerme hasta aquí por él, si no?

            – Saben que fue grande hace tiempo y que ahora no es nada.

            – Pues no quiero imaginarme lo que me hubieran hecho de ser algo.- el hombre esputó un gargajo sanguinolento.

            Edmund se inclinó, mirándole al ojo.

            – ¿Sabes quién soy?

            – No un isleño. Yo diría que vienes del continente. De Izur, igual que esos de las capuchas y los cuchillos. Yo diría que eres un espía rojinegro.

            Edmund sacó su medallón. El hombre inspiró.

            – Vaya. Nada menos.

            – No te has inmutado cuando he despreciado el apellido Grimwald. Y, en cambio, arriesgaste tu vida por una muchacha que lleva ese mismo apellido.

            – ¿Los apellidos importan más que las personas?

            – Para cierta gente, sí. Para esa chica, seguro.

            El hombre no logró ocultar una mueca dolorosa.

            – Tú tampoco eres un isleño.- Edmund buscó en sus ropas el pequeño objeto que sacara del escondrijo en su habitación- Gritaste “Grimwald” porque conoces su significado, porque sabías a quién salvabas, ¿no es cierto?

            El escorpión de oro centelleó ante el prisionero. El ojo único se inflamó.

            – Así que el honor de un apellido no significa gran cosa para ti, pero esta joya es diferente. ¿Eres un Tribiena? ¿Un Tribiena que usa el grito de guerra de sus antiguos amos en una pelea de borrachos? A mí me parece un campo de batalla digno de Ailin Grimwald. Aunque tal vez hubiera sido más adecuada una de las habitaciones de arriba. Aquí sirven para lo mismo que en la República, ¿no?

            El hombre ahogó un rugido y se tambaleó hacia el Juez. Edmund rió por lo bajo.

            – Calma, calma. Si fueras un Tribiena exiliado, te hubiera afectado más el deshonor del apellido Grimwald que este escorpión. Así que no es el símbolo, es el objeto lo que te afecta. Un objeto de calidad. Propio de una reina.

            El hombre, respirando con agitación, se dejó caer pesadamente.

            – Una Reina Perdida, que perdió un Reino y un Rey. Un Rey que se fue en busca de otra joya. Y que dejó atrás una hija, que sigue los pasos de su padre, ¿me equivoco? Una hija que vino hasta Orchar y se encontró con un tuerto. Un tuerto que luego la salvó y que no soporta oír ni la más broma más inocente sobre ella. ¿Qué conclusiones sacas?

            – Que si la tuvieras no estarías haciéndote el listo delante de un viejo. ¿O es que los criados de la República vienen hasta las Islas para apalear taberneros y luego cansarles los oídos?

            – ¿Encontró lo que vino a buscar, Desmond?

            El hombre miró al joven. Y, por primera vez desde que había recuperado la conciencia, prisionero de unos asesinos, desde que estaba ante un magistrado de la poderosa República, sintió miedo. Pero lo rechazó.

            – ¿Qué sé yo lo que vino a buscar? ¿Por qué me llamas Desmond?

            – No digas estupideces, Desmond. El Corazón… lo tenías tú, ¿eh? Por eso vino hasta aquí. Para buscarte o para buscarlo. Y ahora, ¿lo tiene ella?

            Ni una palabra, ni un gesto.

            – Pero si tú eres quien eres y lo tenías, ¿qué has hecho tantos años en esa taberna, en estas islas? ¿Te has vuelto republicano, Desmond?

            – Escucha, lacayo.- la voz del hombre se volvió orgullosa, dura- Yo no tengo ningún título, ni ningún honor, ni ningún amo. Soy un hombre libre, ¿lo oyes? Por mucho que me golpees o me ates, seguiré siendo libre, libre de ti, libre de la República, libre del Reino.

            El Juez temblaba ligeramente debajo de su capa. Su adversario se sintió poderoso, más fuerte.

            – Yo no soy ningún lacayo.- murmuró Edmund.

            – Ja, por supuesto. Tienes un título más largo, más impresionante. Te llaman “Señoría” y te besan el culo. Sigues siendo un lacayo. ¿Para qué me enseñaste tu medalla? ¿Para asustarme? Creías que me iba a acojonar, ¿verdad? Como otros. Que al ver ese símbolo me cagaría en los pantalones. ¡Porque la República de Izur estaba delante de mí, representada por un chaval que no es nada sin esa baratija!

            Edmund Lukas había agachado la cabeza. El temblor desapareció. Se pasó una mano crispada por el cabello.

            – Un Rey libre de su Reino. Tiene gracia.

            – No soy ningún rey.

            – Pues no le debes nada a la nueva Reina: ni lealtad, ni obediencia, ni silencio. ¿Tiene el Corazón Negro? Si no me dices nada, supondré que sí. Ya tengo a gente buscándola.

            – Entonces, ¿qué más te da?

            – ¿Curiosidad?

            – Pues ya lo descubrirás cuando la encuentres.

            – Cierto.- Edmund hundió la cara entre las manos; estuvieron un poco en silencio, hasta que el joven se irguió en la piedra- ¿Crees que tus empleados mantendrán tu negocio por si reapareces? ¿Que te buscarán? ¿O que asumirán que estás muerto y se quedarán con todo lo que tienes?

            El hombre se sintió confuso.

            – ¿Qué mas te da?

            – Nada. Pero tal vez a ti si te importe. O puede que no. Saber si has cambiado un trono y unos herederos por otros. En fin, tienes razón, qué más da.

            El Juez Errante se levantó, dobló hacia atrás sus brazos hasta hacer crujir la espalda y sonrió. Dio una palmada. Los Segadores reaparecieron. Cogió al cabecilla por el brazo y se lo llevó aparte.

            – Dame lo que tengas para escribir. Manda a uno de tus hombres al puerto, con ése. Que lo suelte allí. Que deje también esta nota donde se aloje el capitán Stephen Dougal. Esos isleños deben de haberlo retenido en el puerto los últimos días. ¿De cuantos hombres dispones?

            – Puedo tener aquí mañana una docena.

            – Perfecto. Que vengan.

            – ¿Y la caza?

            – Deja a algunos en Orchar. Quién sabe, puede que la encuentren aunque luego no sepan qué hacer con ella. Con siete u ocho aquí me las arreglaré.- Edmund meditó un momento- Que siempre haya alguien vigilando a nuestro invitado. No lo perdáis de vista.

            – Señoría, lo sucedido…

            – No me interesa. Cumple tus órdenes.

            La mordaza enmudeció de nuevo a Desmond y un puño bien dirigido le dejó inconsciente; la alta figura del Juez se convirtió en un borrón.

junio 4, 2010

XVIII. Los Segadores

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:17 pm

            EDMUND LUKAS HABÍA DICHO LA VERDAD: la primera vez que escuchó hablar de los Segadores fue en su época de estudiante. Pero de un modo no oficial. Porque Stephen Dougal estaba en lo cierto: los Segadores habían sido proscritos por el Consejo. Aunque hubo un tiempo en que fueron la voluntad hecha carne de los Nueve.

            Cuando la República comenzó a expandirse, mientras la Gran Asamblea se ocupaba de legislar y gestionar la vida diaria, los Nueve trazaban los planes de dominación, tanto al exterior como al interior. La Asamblea, en el futuro, sería más activa que el Consejo, pero dentro de los esquemas diseñados por éste. Fue en estos inicios cuando los Nueve crearon el cuerpo de los Jueces Errantes, para llevar la justicia republicana a los territorios en disputa. Y también cuando decidieron que el ejército y los administradores, por sí solos, no serían capaces de conquistar y mantener lo conquistado.

            Reclutaron, pues, a los mejores guerreros, espías y asesinos, los disciplinaron, los convirtieron en una casta, en un grupo cerrado, sigiloso, al margen de la sociedad. Expertos en la noche, en el secreto, en el terror, en la muerte. Un Juez Errante imponía el miedo al Estado por su presencia. Un Segador, por su sombra. Jefes extranjeros, generales enemigos, siervos renegados, oficiales demasiado ambiciosos, cualquiera que fuera una amenaza a la que no interesaba someter a la investigación de un Juez Errante, recibía una visita de los Segadores.

            Con el paso de los años, sin embargo, el mismo Consejo se puso nervioso: los Segadores habían empezado a regirse a ellos mismos, mostrando un desprecio cada vez mayor hacia las leyes civiles. Temerosos de que, más temprano que tarde, sus hábiles asesinos se transformaran en una sociedad con objetivos propios, los Nueve arrestaron a sus líderes y los ejecutaron tras un proceso sumario y convenientemente discreto; por decreto excepcional, sin necesidad de ser ratificado por la Gran Asamblea, declararon la disolución de los Segadores. Los Jueces Errantes recibieron el encargo de perseguir y acabar con cualquier resistente.

            Ahora bien, Jueces Errantes y Segadores habían convivido demasiado tiempo. Parte de los ahora únicos perros guardianes de la República siempre habían mirado con cierto desdén a sus sigilosos compañeros. Estos cumplieron las instrucciones del Consejo con celo. Otros, en cambio, mantuvieron vivos los lazos.

            Si un aspirante a Juez Errante era considerado adecuado, los escasos maestros que sabían cómo comunicarse con los Segadores dejaban un rastro de indicios a lo largo del aprendizaje. Así, unos pocos Jueces, al recibir el cargo, recibían también la información necesaria para convocar a los Segadores. Y éstos acudían: porque se habían ido transformando en una suerte de secta no religiosa, en un grupo de asesinos que buscaban bien el puro lucro, bien la perfección de sus habilidades. Ningún Segador incubaba ambiciones políticas, salvo, los más veteranos, ver reinstaurado su cuerpo y restablecido su estatus.

            ¿Y el Consejo? ¿Sabía que su decreto estaba siendo infringido por sus siervos predilectos? ¿Que sus antiguos asesinos seguían en activo? ¿Permanecía ajeno a esa realidad? ¿O tal vez la había planeado cuidadosamente, logrando que los asesinos siguieran eliminando a los enemigos de la República, sin necesidad de manchar el honor de Izur?

            Edmund Lukas había sido uno de los aprendices a los que se había proporcionado la posibilidad de conocer a los Segadores. Había interpretado correctamente las pistas, falsas y auténticas, de sus maestros; había jurado mantener el secreto. Y había hecho uso con cautela de aquella herramienta. Sólo al verse impotente para resolver de otra manera un caso los llamaba.

            Cuando Ailin Grimwald se cruzó en su camino, en cambio, Lukas avisó de inmediato a los Segadores. En una cacería tan importante, sobre todo al prescindir del apoyo del Gobernador, había que poner en juego las mejores bazas. Los Segadores no llegaron a tiempo para atrapar a Ailin en la vieja fortaleza de los Reyes Perdidos, pero siguieron su rastro hasta Lossar. Al fracasar la emboscada de Edmund, el Juez les ordenó que se trasladaran hasta las Islas Rojas. Una vez allí, cuando tuvo datos suficientes, los soltó de nuevo.

            Entusiasmados por la pieza que podían cobrarse (aunque con órdenes frustrantes de no matarla), los Segadores escudriñaron el sureste de Orchar. Los soldados de los Tetrarcas buscaban con escaso interés a unos fugitivos extranjeros, registrando los escondites más obvios, interrogando a piratas colaboracionistas que sabían poco y decían menos. Los Segadores, en cambio, calcularon, basándose en la información que Lukas había sonsacado al contramaestre del Vieja Madre, la zona de la isla donde plausiblemente se habían refugiado Silvela, sus camaradas y sus prisioneros.

            Encontraron la gruta y a una tripulación pirata revuelta. La huida de Ailin, con el secuestro de una de los suyos incluido, había encolerizado a los piratas. Un grupo fue enviado en misión de rescate- grupo acechado y reducido por los Segadores. El grupo se dirigía hacia La Conquista del Rey, para solicitar la ayuda de Johann el Tuerto. Al no poder lograr de ellos ningún dato relevante más, los desnudaron, les cortaron el cuello y los tiraron por un acantilado. Con sus ropas, pretendían infiltrarse entre la población isleña, cuando llegara el momento.

            Puesto que la Reina sin Trono y los suyos habían iniciado el viaje hacia las Islas Rojas por propia voluntad, era evidente que buscaban algo o a alguien. Era razonable suponer que se dirigirían también a La Conquista del Rey. Tres de los Segadores se instalaron en la taberna, mientras sus compañeros se desplegaban por la aldea y sus aledaños. Avistaron a sus presas, pero, dispersos como estaban, prefirieron no atacar a un grupo de seis, tres de ellos, al menos, guerreros bien entrenados. La taberna, llena de gente, era un escenario mil veces preferible para un golpe de mano.

            Pero al forzar Willer un ataque improvisado con su alboroto, al intervenir un Desmond Grimwald que parecía ser cinco hombres en combate, sus valiosas presas habían logrado huir. Los demás Segadores habían abandonado la vigilancia de las afueras, concentrándose en una pequeña casa que les servía de base de operaciones. Allí recibieron a sus derrotados camaradas, que traían como único consuelo al inconsciente Desmond. Dejando atrás el cadáver del desdichado propietario de la casa, los Segadores salieron a la poco prometedora búsqueda de Ailin, mientras unos cuantos se embarcaban para la Isla del Este. Con un prisionero que usaba un peculiar grito de guerra, para tratar de contentar a Lukas.

mayo 28, 2010

Conversación

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:02 pm

            – ESTA HA SIDO UNA NOCHE…

            “Ha sido una noche… no sabría expresarlo.

            – ¡Claro que sabes! ¡No seas ridículo! Ahora que has cumplido, tal vez recuperes la calma. Ya no estás allí, en su alcoba, con ella recorriéndote el cuerpo…

            “¡Silencio!

            – ¿Por qué? Después de tantas noches sin dormir pensando en ello, al fin lo has conseguido. ¿No quieres recrearte un poco?

            “¿Recrearme en eso? ¿En esa humillación?

            – ¿Humillación? ¿Es que no lo has pasado bien? Creía que había sido una experiencia magnífica.

            “Esa mujer… me ha utilizado.

            – Sí, desde luego, pero eso no quita el placer. ¿O sí? ¿No has descubierto ningún placer cuando te has rendido ante ella?

            “He sido un débil, un hombrecillo patético.

            – Hablando de Historia podías competir con ella, pero en este tipo de debates sus argumentos son más fuertes, ¿verdad? ¿No eres capaz de responder, Edmund Lukas?

            “He sido demasiado débil… debería haberlo visto venir.

            – Basta de engaños: lo viste venir. Lo sentiste, lo viviste. No trates de hacer pasar lo que ha ocurrido por algo inesperado. Era algo fervientemente esperado.

            “¡Pero no debería haberlo sido!

            – ¿Por qué no? ¿Es que acaso es ilegal acostarse con una mujer?

            “No, no lo es.

            – Entonces, ¿es porque la mujer en cuestión es Tetrarca de las Islas Rojas? Puede haber implicaciones políticas. ¿Y si la dejas embarazada? ¿Tendrás derechos, como padre, en el archipiélago? ¿O temes que si informa al Consejo éste lo tome como un insulto a la dignidad de una aliada? ¿Has estado tan mal como para que se sienta insultada?

            “No es nada de eso. No creo que ella corra el riesgo de quedarse embarazada de mí.

            – Desde luego que no. ¿Por qué es tan humillante lo que ha sucedido, Edmund?

            “Porque era ella quien lo quiso. Ella quien lo planeó. Ella quien me tentó, quien me dejó sufriendo durante días.

            – Y cuando te concedió tu deseo, ¿crees que lo hizo para aliviar ese sufrimiento?

            “No. No, lo hizo para dominarme por completo. Igual que en la cena esa chica quería seducirme, para convertirme en el pelele de alguien, de Horst, de quien fuera.

            – Y Edmund Lukas no es el pelele de nadie, ¿no es cierto?

            “Lo he sido todos estos días.

            – Parece que vamos recobrando la inteligencia. Ya era hora. Estas noches pasadas no había forma de concentrarse. Esto ha sido muy liberador.

            “¡Liberador! ¡Me doy asco!

            – Sí, es evidente. ¿Por qué? Has tenido que tragarte tu orgullo en otras ocasiones. Con el propio Gobernador Horst, sin ir más lejos. En la Escuela se te enseñó que no siempre lograrías lo que te propondrías. Que se te impondrían límites. Y lo aceptaste.

            “Quizás no debería haberlo hecho.

            – Quizás. Pero lo aceptaste, para conseguir tu objetivo. El medallón, el cargo. ¿Fue humillante esa ceremonia donde, al fin, se te invistió?

            “No.

            – En cambio, esta noche sí la has vivido como algo vergonzoso. ¿Ha sido por el sexo? Creo que es más divertido que un ritual solemne.

            “Esa ceremonia era una recompensa por los conocimientos, por las habilidades. ¡Era un triunfo, no una lucha! La lucha había quedado atrás. Y la había ganado.

            – De acuerdo. ¿Por qué ha de ser diferente con esta batalla que he mantenido con Elspeth Voe?

            “Porque aquí era ella la que iba a ganar, sin ninguna duda. Para un Juez Errante no es un problema sentir pasión por una mujer. Ni por un hombre, si sabe ser discreto. No es ilegal.

            – Tampoco va contra un código ético. Nunca he fruncido el ceño por inmoralidad cuando veía a una pareja regalándose.

            “¡Claro que no! Estabas viendo una partida de un juego. Igual que en un interrogatorio, en una emboscada, en un duelo de esgrima. Dos oponentes midiendo sus fuerzas. Siempre hay un ganador y un perdedor.

            – Sin duda.

            “Sabías desde siempre, que no podrías jamás vencer en este juego. Y no te importaba.

            – Eso, lo reconozco. Sencillamente, me apartaba de él. Nunca iniciaba ninguna partida.

            “Ni tampoco la aceptabas.

            – Bueno, nunca resultó una carga. Tampoco es que me llovieran los desafíos.

            “Eso explica que esta noche haya sido humillante.

            – En absoluto. Que la hayas vivido como una humillación es algo puramente subjetivo. Lo mismo que ha sucedido hoy, sin variar ni un detalle externo, podría haber sido un éxito para ti.

            “¿Cómo es eso?

            – Mera cuestión de vivencia. Te has resistido a Elspeth. Has plantado cara. La verdad es que la mitad del tiempo no eras consciente y luego estabas demasiado obsesionado como para comprenderlo, pero de un modo instintivo te oponías a su ataque.

            “Cierto.

            – ¿Y para qué? Si sabías que ibas a perder, ¿para qué luchar?

            “No podía irme del palacio.

            – Discutible, pero no es eso de lo que hablamos. Si te hubieras rendido de buenas a primeras, o tras resistir lo justo, no hubieras sufrido tanto. Te habrías dejado llevar a la cama sin tanta agonía.

            “Como su entretenimiento.

            – ¡Vaya! ¡Así que ella no sentía por mí esa misma pasión ardiente!

            “¡Pues claro que no!

            – Pero tú la deseabas. Deseabas acostarte con ella. Desde luego, hubiera sido preferible que no sintieras ese deseo, se habría llevado una decepción espléndida. No era el caso. Reprimir ese deseo fue un error estratégico.

            “Entonces, ¿es que debo dejarme llevar por cualquier deseo? ¿Por cualquier pasión?

            – Rara vez lo has hecho. Sólo te dejas llevar por la ira, de vez en cuando. Por miedo. Aunque has ido cambiando. Ya no sientes tanto miedo. ¿Vas a dejar de resistirte a lo que llevas dentro?

            “Si lo hago, seré un idiota. Los que se dejan llevar por las pasiones son siempre los títeres de alguien más inteligente. Y yo lo he demostrado.

            – Sí, pero una persona inteligente se conoce, se sondea. Sabe cuándo algo que lleva dentro puede devastarlo si no lo deja salir. Otra caso, desde luego, es cómo lo deje salir.

            “No lo entiendo.

            – Lo entiendes. Al reprimir tu deseo por Elspeth te convertiste en un rival débil. Al dejarte llevar, después de tu resistencia, en contra de voluntad, fuiste vencido. Por eso sientes asco de ti, y con razón. Pero si hubieras cedido por tu voluntad, dejando que ella creyese que te había derrotado… Eso ya es otra cosa, ¿no es cierto?

            “Sí… Lo es, sin duda.

            – Tengo razón al ver el sexo como un arma en una lucha muy difícil para mí. Hay que reconocer las propias limitaciones.

            “Donde me he equivocado es en no subordinar esa debilidad a un plan propio, en no saber emplearla a mi favor.

            – A no ser que ames tanto a Elspeth que te sea intolerable no estar a su lado, no ser su compañero, su fiel amante.

            “No hay ese riesgo.

            – Perfecto. Ahora mismo ya te has librado de ella. Nadie que sea un títere sabe cómo derrotar a su titiritero. Siempre y cuando sepas mantener cualquier deseo bajo tu control.

            “Eso decía Dougal. Un deseo reprimido no es un deseo controlado.

            – Deja a Dougal, no está aquí.

            “Cierto. Podría dejar que la Tetrarca siguiera creyendo que soy su perro. Seguramente mañana empiece un nuevo juego: querrá hacerme bailar por unas migajas de la fiesta de anoche.

            – Seguramente. Hay quien la dejaría engañarse, si es que esas migajas son lo único que deseas.

            “Deseo mucho más. Pronto se dará cuenta de que ha calculado mal conmigo.

            – ¿Eso es una venganza?

            “No.

            – Bien. La venganza es una estupidez. El que se venga no es capaz de controlarse. Se deja llevar por un absurdo sentimiento de justificación, un engaño bastante pobre.

            “No, no deseo vengarme. Deseo demostrarle su error. No tengo muy claro lo que deseo. ¿Humillarla? Sí, es cierto, pero no por venganza. He recobrado el control sobre mí y quiero que ella sea consciente. ¿No lo acabo de decir? Hay que saber cuándo expresar lo que uno lleva en el corazón, ¿verdad?

            – ¿Cómo?

            “Esperaré a los Segadores.

mayo 21, 2010

XVII. El gato y el ratón

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:28 pm

          MIENTRAS, EDMUND APLICABA SU RUTINA SIN CAMBIOS. Al preguntar a su anfitriona si, por casualidad, tendría alguna sala de estudio o pequeña biblioteca, Elspeth, con expresión divertida, lo condujo hasta una enorme biblioteca. El anterior Tetrarca la había recopilado a lo largo de sus muchos años. La actual Tetrarca la ponía a la entera disposición de Su Señoría.

            Voe dejó al Juez a sus anchas durante el primer día. Se ocupó de Tolia (a quien, por descontado, ocultaba de su invitado), recibió los informes habituales de su hábil lugarteniente, se bañó y relajó. Y planificó. Al inicio de la tarde, se dejó caer por la biblioteca. Saludó respetuosamente al joven lector, se interesó por su día, recibiendo unas respuestas lacónicas, encargó a un sirviente que no le faltara de nada y se despidió hasta la cena.

            El Juez llevaba todo el día buscando información acerca del escorpión de oro. Se lo había visto a Ailin, sabía que era una alhaja de importancia, pero quería conocer su significado con exactitud. Al fin, descubrió el escorpión en un volumen de heráldica de las casas del Viejo Reino. Supo así de la Casa Tribiena, de su cercanía a la Real Casa Grimwald. Buscando más, llegó incluso a encontrar un registro de los enlaces de la Casa Grimwald, un registro inusualmente preciso, que terminaba con el, entonces, reciente matrimonio entre Desmond Grimwald y Calen Tribiena. Esta prueba documental completaba su certeza acerca de Ailin, de la fugitiva Ailin, de la cual había estado tan, tan cerca… Entonces, apareció la Tetrarca; Edmund logró ocultar la ilustración del escorpión y el registro debajo de otros libros y capear la cortés conversación sin que se notara demasiado una confusión que ni él mismo entendía en aquel momento.

            Elspeth percibió, sin embargo, lo suficiente de esta confusión. Era un indicio prometedor. Por razones de tiempo, no podía permitirse el lujo de dar más independencia al Juez. Al día siguiente, ella en persona le sirvió el almuerzo, en la biblioteca. Dejó la cháchara insustancial y ofreció sus servicios como ayudante en las investigaciones que Su Señoría estuviera efectuando.

            – Siempre y cuando,- añadió, con un acento encantador- una gobernante extranjera pueda participar en ellas.

            Edmund aceptó la oferta, antes de haberlo pensado siquiera. El riesgo de que la Tetrarca descubriera algo le parecía ahora de escasa importancia: ya no le hacía falta consultar aquel comprometedor registro.

            Se encontró con una buena sorpresa; aquella mujer no sólo sabía moverse entre los interminables estantes con claridad, encontrando los libros más adecuados, sino que resultó ser una magnífica conversadora. Comentaba inteligentemente los hallazgos, glosaba los párrafos incompletos, escuchaba, con la atención que una persona instruida presta a otra, las observaciones de Edmund.

            El Juez empezó a sentir respeto por los conocimientos y la inteligencia de Elspeth. Empezó a agradecer su compañía. Empezó a encontrarla agradable, placentera. Cuando, el tercer día a solas, fueron a cenar desde la biblioteca al jardín, bajo un cielo ya casi nocturno, Dougal apenas hubiera reconocido a Edmund, tan relativamente hablador, suelto, educado era su estado.

            En verdad, junto a esa confusa sensación de bienestar, había otra, mucho menos agradable. Porque aquellas dos jornadas de estudio y debate se habían dedicado a la historia del Gran Reino, a su nacimiento, esplendor y caída. Lukas había leído por primera vez libros que no contaban lo ocurrido desde el punto de vista republicano.

            Ni siquiera en su infancia había sido Edmund de los que creen a pie juntillas cuanto se les dice. En relación con la gloriosa historia de Izur y la de sus vecinos, enemigos o amigos, había mostrado siempre un grado de escepticismo mayor o menor. En la Escuela, varios futuros Jueces Errantes eran fanáticos patriotas, que no admitían ni discusión, ni duda, ni críticas. Edmund dudaba, debatía y criticaba. En su fuero interno, la mayor parte de las veces.

            Al leer exposiciones, frías o apasionadas, igual que las republicanas, pero diciendo exactamente lo contrario, o crónicas intermedias, sus dudas sobre esa República brillante, destinada a la victoria, elegida por la Providencia recibieron nueva vida. Eso, por supuesto, no implicaba que observase al Trono del Corazón Negro como la maravilla de maravillas que cantaban sus apologistas. Sólo se preguntaba si la República sería aún más digna de sospecha de lo que ya pensaba. Si algún régimen no lo sería.

            Por otro lado, tuvo ocasión de leer sobre la pérdida del propio Corazón Negro, así como del juramento de la Casa Grimwald de buscarlo sin reposo. Un juramento que incluía a Desmond y a su hija, Ailin. Lo que Oras le había confesado se veía corroborado.

            Todo esto bullía en su mente y en su alma, pero no pudo dedicarle el tiempo ni la concentración que merecía. La presencia de la Tetrarca se lo impedía. Con lo cual, su confusión era mayor a cada momento.

            A la Tetrarca no se le habían escapado las implicaciones de los libros consultados. Supuso que el motivo del viaje de Edmund y los tratados de Historia no estaban muy separados. Dio órdenes discretas a sus soldados, allá en Orchar, de que aceleraran sus pesquisas. Y al encargado del puerto de la Isla del Este, de que retuviera cortésmente al capitán Stephen Dougal.

            Pero esa confusión era una buena noticia para la Tetrarca, en sus proyectos de triunfo sobre Lukas. Había logrado derribar parte de las defensas de su invitado. Lo que el paciente Dougal había conseguido con esfuerzo, ella lo había logrado en dos jornadas. Ya era respetada; ya era estimada. Ahora debía ser deseada. Debía convertir la agradable sensación de bienestar de Edmund en una pasión que le llevara al sufrimiento. Debía convertir aquella confusión en un desquiciamiento.

            Elspeth Voe sabía cómo hacerlo. Sabía cómo insinuar, qué entonación dar a cada sílaba, qué gesto debía acompañar a una palabra o a un silencio. Edmund, cuando la respetaba, cuando la estimaba, apenas podía apartar la vista de ella. O lo hacía, precisamente, en un ejercicio de disciplina. Al iniciar Elspeth su tercera fase de invasión, esa disciplina empezó a resquebrajarse.

            Los Jueces Errantes no eran célibes ni castos. Un Juez casado abandonaba el cargo de manera casi inmediata, por deseo propio, por conveniencia familiar, por interés político, no por ley. Cualquier Juez Errante en activo podía mantener relaciones con quien quisiera, dentro de la legalidad republicana. Ni se aplaudía ni se condenaba. Si el sexo era útil en alguna pesquisa, se admitía como una herramienta más.

            Edmund sabía todo esto. Y se había mantenido célibe y casto. Alejado de la vida común, sin estar mucho tiempo en el mismo lugar, protegido por su cargo, su autoridad y el terror que conllevaba jamás había tenido ni la necesidad ni la oportunidad de batirse en aquel campo. En la Isla del Este, dándose cuenta cuando ya era demasiado tarde, se encontraba en medio de aquel campo y el ejército adversario había desplegado sus estandartes; empezaba a cercarlo. Había intuido su debilidad.

            Llegó el sufrimiento. Ver a Elspeth le parecía capitular ante el enemigo; se esforzaba en arrancarla de su mente. Le había atrapado, y ni siquiera sabía cómo. No ver a Elspeth era una aflicción. Sus noches se volvieron irrespirables. Una parte de él soñaba despierto con la maravillosa mujer que dormía no muy lejos; otra combatía por preservar su control. No lograba concentrarse y examinar la situación. Algo no cuadraba, chirriaba en todo aquello. Amanecía, sin que hubiera podido descansar ni pensar.

            Hacía sus ejercicios, sus prácticas con la espada, acudía a la biblioteca. Pero estaba cansado, torpe, distraído. Al sexto día, su desconcierto había acallado cualquier otra voz: ahora ya sólo deseaba, con una fuerza que le descoyuntaba, aunque su rostro sólo le traicionaba en las ojeras y en una palidez mayor de la habitual.

            Elspeth leía en el Juez sin dificultad. Era un momento de goce. Estaba a un paso de la victoria total. Ni una vez había hecho o dicho nada a lo que Edmund pudiera agarrase con certeza. Nada expreso, todo implícito. Lukas ardía de fiebre por ella; podía creer o soñar que ella lo hacía por él. Pero no estaba seguro. Era un momento delicado. Había que mostrar al cautivo algo, un indicio, una sombra, para que siguiera retorciéndose. Era preciso presionarle lo justo, ni más ni menos, hasta romper la última cadena: entonces se arrodillaría ante ella, entonces acudiría a ella. Y ella le concedería su deseo, como una reina concede una caricia a un perrito tembloroso.

            Pero el séptimo día Edmund siguió sin avanzar. No claudicó. Era incapaz de retroceder, pero también de dar el paso definitivo. Se había detenido al borde del abismo, en equilibrio, con los ojos desorbitados. Sin caer. Era necesario un pequeño empujón.

            Así que la Tetrarca, un poco a disgusto, se lo dio en la cena. Una mirada. Una mirada que ya no era amable, ni cortés, ni atenta, ni divertida. Una mirada magnética, penetrante. Una mirada que Edmund sintió físicamente y que logró hacerle aspirar de modo agónico. Esa aspiración fue para Elspeth un acicate. Unió a la mirada aquel gesto, esta inflexión de voz. Los sirvientes se habían retirado. Ella se levantó, se aproximó a él, le revolvió cariñosamente el pelo, con la otra mano le alzó la barbilla. Una luz peligrosa cruzó un instante los ojos de Edmund, pero los dedos ya le rozaban los labios. Lukas se rindió: también se levantó y la besó. Luego del beso, ella sonreía, con una alegría inmensa. Él estaba palidísimo.

            Elspeh Voe cogió de las manos a Edmund Lukas, se separó, le fue llamando hacia una habitación susurrante. Y él, tras un segundo de vacilación, un segundo que fue terrible para ambos, acudió a ella.

mayo 14, 2010

XVI. Escaramuza

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:10 pm

            EL PRIMER PASO PARA ELSPETH VOE consistía en separar a Lukas de Dougal. El capitán, advirtió la Tetrarca, ayudaba al joven a centrarse. La serenidad del militar se contagiaba al Juez; con el tiempo, tal vez, convertiría la disciplina en equilibrio, la imposición en asunción. Era evidente que, con Dougal cerca, Edmund tendría un aliado, un confidente, un apoyo. Tendría un tercer camino, además de mantener su control o arrodillarse ante Elspeth.

            Así pues, la Tetrarca le privó de esa opción. Durante el almuerzo (porque Voe era ave nocturna y rara vez se levantaba antes del mediodía) maniobró hasta lograr que Dougal lamentara la situación de la tripulación republicana.

            – Ellos allí, en los puertos de Orchar, sin poder moverse del barco, en tanto nosotros abusamos de vuestra largueza, mi señora.

            – Estáis en lo cierto, capitán. Es intolerable que permita semejante trato hacia los valientes soldados de la República. Escribiré de inmediato una orden al comandante del puerto. Vuestra tripulación tendrá permiso para levar anclas y fondear en la Isla del Este. Estarán mejor atendidos, más resguardados y en contacto con otros soldados. Sé que eso es siempre del gusto de un guerrero.

            – Normalmente, así es, Alteza.

            – No podrán levar anclas por muchas órdenes que escribáis a vuestro comandante, Alteza.- intervino Lukas- Dejé al capitán instrucciones precisas: sólo hará caso a una orden mía o del capitán Dougal.

            – ¡Qué contrariedad!- la Tetrarca compuso un gesto de amable desolación, como diciendo “lo lamento por los soldados, pero, desde luego, no voy ni a insinuar que debáis abandonar mi palacio”.

            – Uno de nosotros irá.- Dougal asintió a sus propias palabras- No cabe otra opción. No podemos ir los dos, sería un grosería para con Vuestra Alteza ¿Iréis vos, Señoría, para demostrar a nuestros hombres que os preocupáis por ellos? ¿O yo, quien, al fin y al cabo, soy militar? Aparte de que me entenderé mejor con mi colega. Sin mencionar, desde luego, que soy vuestro ayudante. ¡Decidido! He de ir yo.

            Y Dougal sonrió hacia la Tetrarca, quien le recompensó con otra sonrisa, luminosa. Edmund comenzó una objeción no muy articulada, pero su asistente no quiso oír nada de nada. Partió al día siguiente, con un poder de Elspeth y una orden escrita y firmada de Edmund. Embarcó para Orchar en el puerto principal de la Isla del Este. Sólo a media travesía empezó a sentirse incómodo con su decisión y vagamente inquieto por su superior.

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