Con un vaso de whisky

mayo 21, 2010

XVII. El gato y el ratón

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:28 pm

          MIENTRAS, EDMUND APLICABA SU RUTINA SIN CAMBIOS. Al preguntar a su anfitriona si, por casualidad, tendría alguna sala de estudio o pequeña biblioteca, Elspeth, con expresión divertida, lo condujo hasta una enorme biblioteca. El anterior Tetrarca la había recopilado a lo largo de sus muchos años. La actual Tetrarca la ponía a la entera disposición de Su Señoría.

            Voe dejó al Juez a sus anchas durante el primer día. Se ocupó de Tolia (a quien, por descontado, ocultaba de su invitado), recibió los informes habituales de su hábil lugarteniente, se bañó y relajó. Y planificó. Al inicio de la tarde, se dejó caer por la biblioteca. Saludó respetuosamente al joven lector, se interesó por su día, recibiendo unas respuestas lacónicas, encargó a un sirviente que no le faltara de nada y se despidió hasta la cena.

            El Juez llevaba todo el día buscando información acerca del escorpión de oro. Se lo había visto a Ailin, sabía que era una alhaja de importancia, pero quería conocer su significado con exactitud. Al fin, descubrió el escorpión en un volumen de heráldica de las casas del Viejo Reino. Supo así de la Casa Tribiena, de su cercanía a la Real Casa Grimwald. Buscando más, llegó incluso a encontrar un registro de los enlaces de la Casa Grimwald, un registro inusualmente preciso, que terminaba con el, entonces, reciente matrimonio entre Desmond Grimwald y Calen Tribiena. Esta prueba documental completaba su certeza acerca de Ailin, de la fugitiva Ailin, de la cual había estado tan, tan cerca… Entonces, apareció la Tetrarca; Edmund logró ocultar la ilustración del escorpión y el registro debajo de otros libros y capear la cortés conversación sin que se notara demasiado una confusión que ni él mismo entendía en aquel momento.

            Elspeth percibió, sin embargo, lo suficiente de esta confusión. Era un indicio prometedor. Por razones de tiempo, no podía permitirse el lujo de dar más independencia al Juez. Al día siguiente, ella en persona le sirvió el almuerzo, en la biblioteca. Dejó la cháchara insustancial y ofreció sus servicios como ayudante en las investigaciones que Su Señoría estuviera efectuando.

            – Siempre y cuando,- añadió, con un acento encantador- una gobernante extranjera pueda participar en ellas.

            Edmund aceptó la oferta, antes de haberlo pensado siquiera. El riesgo de que la Tetrarca descubriera algo le parecía ahora de escasa importancia: ya no le hacía falta consultar aquel comprometedor registro.

            Se encontró con una buena sorpresa; aquella mujer no sólo sabía moverse entre los interminables estantes con claridad, encontrando los libros más adecuados, sino que resultó ser una magnífica conversadora. Comentaba inteligentemente los hallazgos, glosaba los párrafos incompletos, escuchaba, con la atención que una persona instruida presta a otra, las observaciones de Edmund.

            El Juez empezó a sentir respeto por los conocimientos y la inteligencia de Elspeth. Empezó a agradecer su compañía. Empezó a encontrarla agradable, placentera. Cuando, el tercer día a solas, fueron a cenar desde la biblioteca al jardín, bajo un cielo ya casi nocturno, Dougal apenas hubiera reconocido a Edmund, tan relativamente hablador, suelto, educado era su estado.

            En verdad, junto a esa confusa sensación de bienestar, había otra, mucho menos agradable. Porque aquellas dos jornadas de estudio y debate se habían dedicado a la historia del Gran Reino, a su nacimiento, esplendor y caída. Lukas había leído por primera vez libros que no contaban lo ocurrido desde el punto de vista republicano.

            Ni siquiera en su infancia había sido Edmund de los que creen a pie juntillas cuanto se les dice. En relación con la gloriosa historia de Izur y la de sus vecinos, enemigos o amigos, había mostrado siempre un grado de escepticismo mayor o menor. En la Escuela, varios futuros Jueces Errantes eran fanáticos patriotas, que no admitían ni discusión, ni duda, ni críticas. Edmund dudaba, debatía y criticaba. En su fuero interno, la mayor parte de las veces.

            Al leer exposiciones, frías o apasionadas, igual que las republicanas, pero diciendo exactamente lo contrario, o crónicas intermedias, sus dudas sobre esa República brillante, destinada a la victoria, elegida por la Providencia recibieron nueva vida. Eso, por supuesto, no implicaba que observase al Trono del Corazón Negro como la maravilla de maravillas que cantaban sus apologistas. Sólo se preguntaba si la República sería aún más digna de sospecha de lo que ya pensaba. Si algún régimen no lo sería.

            Por otro lado, tuvo ocasión de leer sobre la pérdida del propio Corazón Negro, así como del juramento de la Casa Grimwald de buscarlo sin reposo. Un juramento que incluía a Desmond y a su hija, Ailin. Lo que Oras le había confesado se veía corroborado.

            Todo esto bullía en su mente y en su alma, pero no pudo dedicarle el tiempo ni la concentración que merecía. La presencia de la Tetrarca se lo impedía. Con lo cual, su confusión era mayor a cada momento.

            A la Tetrarca no se le habían escapado las implicaciones de los libros consultados. Supuso que el motivo del viaje de Edmund y los tratados de Historia no estaban muy separados. Dio órdenes discretas a sus soldados, allá en Orchar, de que aceleraran sus pesquisas. Y al encargado del puerto de la Isla del Este, de que retuviera cortésmente al capitán Stephen Dougal.

            Pero esa confusión era una buena noticia para la Tetrarca, en sus proyectos de triunfo sobre Lukas. Había logrado derribar parte de las defensas de su invitado. Lo que el paciente Dougal había conseguido con esfuerzo, ella lo había logrado en dos jornadas. Ya era respetada; ya era estimada. Ahora debía ser deseada. Debía convertir la agradable sensación de bienestar de Edmund en una pasión que le llevara al sufrimiento. Debía convertir aquella confusión en un desquiciamiento.

            Elspeth Voe sabía cómo hacerlo. Sabía cómo insinuar, qué entonación dar a cada sílaba, qué gesto debía acompañar a una palabra o a un silencio. Edmund, cuando la respetaba, cuando la estimaba, apenas podía apartar la vista de ella. O lo hacía, precisamente, en un ejercicio de disciplina. Al iniciar Elspeth su tercera fase de invasión, esa disciplina empezó a resquebrajarse.

            Los Jueces Errantes no eran célibes ni castos. Un Juez casado abandonaba el cargo de manera casi inmediata, por deseo propio, por conveniencia familiar, por interés político, no por ley. Cualquier Juez Errante en activo podía mantener relaciones con quien quisiera, dentro de la legalidad republicana. Ni se aplaudía ni se condenaba. Si el sexo era útil en alguna pesquisa, se admitía como una herramienta más.

            Edmund sabía todo esto. Y se había mantenido célibe y casto. Alejado de la vida común, sin estar mucho tiempo en el mismo lugar, protegido por su cargo, su autoridad y el terror que conllevaba jamás había tenido ni la necesidad ni la oportunidad de batirse en aquel campo. En la Isla del Este, dándose cuenta cuando ya era demasiado tarde, se encontraba en medio de aquel campo y el ejército adversario había desplegado sus estandartes; empezaba a cercarlo. Había intuido su debilidad.

            Llegó el sufrimiento. Ver a Elspeth le parecía capitular ante el enemigo; se esforzaba en arrancarla de su mente. Le había atrapado, y ni siquiera sabía cómo. No ver a Elspeth era una aflicción. Sus noches se volvieron irrespirables. Una parte de él soñaba despierto con la maravillosa mujer que dormía no muy lejos; otra combatía por preservar su control. No lograba concentrarse y examinar la situación. Algo no cuadraba, chirriaba en todo aquello. Amanecía, sin que hubiera podido descansar ni pensar.

            Hacía sus ejercicios, sus prácticas con la espada, acudía a la biblioteca. Pero estaba cansado, torpe, distraído. Al sexto día, su desconcierto había acallado cualquier otra voz: ahora ya sólo deseaba, con una fuerza que le descoyuntaba, aunque su rostro sólo le traicionaba en las ojeras y en una palidez mayor de la habitual.

            Elspeth leía en el Juez sin dificultad. Era un momento de goce. Estaba a un paso de la victoria total. Ni una vez había hecho o dicho nada a lo que Edmund pudiera agarrase con certeza. Nada expreso, todo implícito. Lukas ardía de fiebre por ella; podía creer o soñar que ella lo hacía por él. Pero no estaba seguro. Era un momento delicado. Había que mostrar al cautivo algo, un indicio, una sombra, para que siguiera retorciéndose. Era preciso presionarle lo justo, ni más ni menos, hasta romper la última cadena: entonces se arrodillaría ante ella, entonces acudiría a ella. Y ella le concedería su deseo, como una reina concede una caricia a un perrito tembloroso.

            Pero el séptimo día Edmund siguió sin avanzar. No claudicó. Era incapaz de retroceder, pero también de dar el paso definitivo. Se había detenido al borde del abismo, en equilibrio, con los ojos desorbitados. Sin caer. Era necesario un pequeño empujón.

            Así que la Tetrarca, un poco a disgusto, se lo dio en la cena. Una mirada. Una mirada que ya no era amable, ni cortés, ni atenta, ni divertida. Una mirada magnética, penetrante. Una mirada que Edmund sintió físicamente y que logró hacerle aspirar de modo agónico. Esa aspiración fue para Elspeth un acicate. Unió a la mirada aquel gesto, esta inflexión de voz. Los sirvientes se habían retirado. Ella se levantó, se aproximó a él, le revolvió cariñosamente el pelo, con la otra mano le alzó la barbilla. Una luz peligrosa cruzó un instante los ojos de Edmund, pero los dedos ya le rozaban los labios. Lukas se rindió: también se levantó y la besó. Luego del beso, ella sonreía, con una alegría inmensa. Él estaba palidísimo.

            Elspeh Voe cogió de las manos a Edmund Lukas, se separó, le fue llamando hacia una habitación susurrante. Y él, tras un segundo de vacilación, un segundo que fue terrible para ambos, acudió a ella.

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