Con un vaso de whisky

noviembre 5, 2012

El Héroe-Rey

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:39 pm
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            The Hollow Crown cierra con la más popular, célebre y representada obra de la Henriada: Enrique V. Era, pienso yo, la adaptación más sencilla. De hecho, hay dos versiones cinematográficas previas, la de Lawrence Olivier y la de Kenneth Btanagh, muy populares, con sus aciertos y sus errores. Curiosamente, éste último drama es el que más indiferente me ha dejado. Ricardo II me sigue pareciendo el mejor de los cuatro largometrajes y en las dos partes de Enrique IV sufrí mucho la vejación constante a Falstaff, que envenena estas adaptaciones irremediablemente, pero me gustó bastante todo lo demás. En cambio, la historia de las correrías del Rey Enrique por tierras francesas… pues ni frío ni caliente.

            Tom Hiddleston es lo mejor de la película, lo cual es razonable, porque Enrique V es el centro de la obra, como Ricardo de la suya. Monarcas muy diferentes, eso sí. Enrique V es el anti-Ricardo: su poesía es muy inferior a la del rey destronado, pero como político, guerrero y líder carismático, le supera infinitamente. Muchos críticos ensalzan a Enrique V, Monarca Ideal, Gran Estrella de Inglaterra, libre ya, como repiten en la obra sus cortesanos y consejeros, de sus vicios juveniles; libre de la influencia de Sir John Fasltaff. Otros críticos, quizás los más sabios, sienten, en cambio, algo más que reservas frente a este soberano tan aclamado.

            Hazlitt, por ejemplo, lo cala de una mirada: Era un héroe, es decir, estaba dispuesto a sacrificar su propia vida por el placer de destruir miles de otras vidas… ¿Cómo es que nos gusta entonces? Nos gusta en la obra. Allí es un monstruo muy amable, un espectáculo muy espléndido… Yeats es menos burlón que Hazlitt: Enrique V, escribe, tiene los vicios groseros, los nervios toscos de quien tiene que gobernar entre gente violenta y está tan lejos de ser “demasiado amistoso” con sus amigos que los pone en la puerta cuando se les ha acabado el tiempo. Está tan desprovisto de remordimientos y de distinciones como una fuerza natural, y lo mejor de su obra de teatro es la manera en que sus viejos compañeros salen de ella con el corazón roto o camino de la mazmorra.

            En esta versión de la BBC hay cierta ambivalencia hacia Enrique V. Ni es una glorificación tan rampante como la de Branagh, ni se sigue la fría y certera visión de Yeats y Hazlitt. Hiddleston pasa del ambiguo, felino y seductor Hal al león rugiente del Rey Harry, quien despacha al embajador francés, tras el insulto del estúpido Delfín, con uno de los más amenazadores discursos que jamás haya pronunciado un gobernante, real o ficticio. Los obispos de Canterbury y Ely, se sonríen. Queda claro que ellos dan justificación legal y aun religiosa a las depredaciones de Enrique, para así evitar una ley de los Comunes, la cual amenazaba las posesiones seculares eclesiásticas. Sin embargo, creer que estos dos clérigos han manipulado a Enrique es tenerlos a ellos en demasiado y al Rey en demasiado poco. Enrique necesitaba una cobertura legal y una excusa honorable, para, invocando piadosamente a Dios, lanzarse a sus matanzas. Las consigue, pero va de cabeza a la guerra por voluntad libérrima, no engañado.

            En la línea que ha mantenido The Hollow Crown de resumir o eliminar escenas, aquí se nos escamotea aquella en la que Enrique condena a muerte a Cambridge, Scroop y Grey, por traición, tras jugar sádicamente con ellos. Quizás pensaban que le daba un aire demasiado sombrío. Sin embargo, no eliminan el ahorcamiento del pobre Bardolph, ni tampoco la orden de asesinar a sangre fría a los prisioneros franceses. Me parece que la óptica de la adaptación es que esos actos son terribles pero justificables, en virtud de la Razón de Estado. O sea, que Enrique, por despiadado que parezca, actúa como gran Rey; nunca se coloca al espectador en contra del protagonista.

            Igual puede entenderse las visitas nocturnas de Harry a sus soldados, la víspera de la batalla, sonriente y cordial, para luego, embozado, infiltrarse en conversaciones. El Alférez Pistol, amargado por la muerte de su amigo Bardolph, por el sinsentido de la guerra, con una mínima pizca de falstaffianismo (pues no en vano era un seguidor del Gran Ingenio) da bruscas contestaciones al disfrazado monarca. Y más amargas serán las quejas del soldado Williams, que logran hacer perder los estribos al Rey, quien se comporta como un niño mimado al cual súbitamente empieza a criticarse. Harry se tomará su venganza, jugando como el gato con el ratón al ver a William tras la batalla. Como gran político, deja salva la vida del soldado, e incluso le recompensa, ganándose así la estima de todos, pero yo tengo la sensación de que Williams libra la cabeza de milagro, por capricho principesco. En esta escena está perfectamente plasmado el poder de un Monarca Absoluto, libre para quitar o dar la vida, irresponsable y sin remordimientos.

            Se nos va la larga reflexión de Harry sobre las cargas de la realeza, herido por las crudas palabras de Williams y Pistol, pero tenemos las, pienso yo, muy hipócritas oraciones antes de la batalla y, desde luego, los dos mejores momentos de Enrique V: el discurso de San Crispín y la seducción de Katherine.

            La arenga del Rey ante sus tropas, felicitándose de que su hueste sea tan escasa, pues así lograrán una mayor gloria en la victoria, es una pequeña obra maestra de la manipulación; lean un fragmento:

            Nosotros pocos, nosotros los pocos felices, nosotros banda de hermanos;

            Porque aquel que derrame su sangre conmigo

            Será mi hermano, por más vil que sea

            Este día ennoblecerá su condición:

            Y los caballeros de Inglaterra que están ahora en la cama

            Se juzgarán malditos de no haber estado aquí,

            Y tendrán en poco su hombría cuando hable alguno

            Que haya combatido con nos el día de San Crispín

            Bloom se muestra particularmente mordaz con este discurso: Ése es el rey, justo antes de la batalla de Agincourt. Está muy agitado, nosotros también; pero ni nosotros ni él creemos una palabra de lo que dice. Los soldados rasos que combaten con su monarca no van a convertirse en hidalgos, no digamos ya nobles, y “el fin del mundo” es una evocación demasiado pomposa para una rapiña imperialista de tierras que no sobrevivió mucho a la muerte de Enrique V, como el público de Shakespeare sabía muy bien.

            De acuerdo, ¡pero qué gran discurso mentiroso es, entonces! Hiddleston lo declama muy bien, pero, por algún incomprensible designio de dirección, sólo ante cuatro nobles. ¡Vaya desperdicio de elocuencia! La escena tendría que haber sido ante la soldadesca, que prorrumpiría en vítores, justo antes de escuchar a los acorazados caballeros franceses. Vendría entonces la batalla, entre la flor y nata de la caballería de Francia, convencida de que aquello iba a ser un paseo, y los sufridos arqueros ingleses, en un combate, a decir de varios historiadores militares, que cambió las reglas de la guerra en Europa.

            Pero nada, la arenga se desperdicia y la batalla, la verdad, también. No me esperaba yo un despliegue de medios a lo HBO, pero caramba, tan poco, tan poco… El clímax de la obra pasó sin alzar mucho la cabeza.

            Por suerte, a Hiddleston le quedaba una última gran escena y esta vez sí le dejaron llenarla. La charla, dama de compañía traductora (Geraldine Chaplin) de por medio, entre Harry y Katherine es la mejor de esta versión. Vemos de nuevo al brillante príncipe Hal, seduciendo a la bella princesa, mintiendo como un bellaco, pero con una sonrisa tan encantadora, que entendemos que espectadores, críticos y el mismo Faltsaff hayan caído rendidos a sus pies. Bloom lo admite: Falstaff era el espíritu, mientras que Enrique no es más que la política. Pero la política se presta para un soberbio boato y algo en cada uno de nosotros responde al regocijo de Enrique V. El militarismo, la brutalidad, la pía hipocresía, todo queda oscurecido por el carismático héroe-rey. Esto es muy conveniente para la obra, y Shakespeare cuida de que recordemos los límites de su obra.

            Ahora bien, fuera de Tom Hiddleston y de su brillante personaje, ¿queda algo en esta adaptación que merezca la pena? Muy, muy poco. Enrique V no muestra a Falstaff, pero nos concede el relato de su muerte, en el maravilloso lamento de la Hostelera Quickly. Julie Walters la interpreta con tino, pero mal apoyada por la dirección, que mete unos violines cuando no vienen a cuento y los corta a mitad del párrafo, como dándose cuenta de su equivocación. A Pistol, inferior a su viejo cabecilla, pero con cierta energía, lo reducen a casi nada.

            Peor aún se trata al capitán galés Fluellen. Este soldado bravo, es también un secundario cómico, con su marcado acento y sus largas conversaciones, que son bastante ridículas, pero que él se toma muy en serio. Aquí, en cambio, no es más que una máquina de picar carne francesa y un fiel creyente de la disciplina militar más decarnada. Sus líneas quedan reducidas a una mínima parte. De hecho, su mejor momento, cuando compara elogiosamente a Enrique con Alejandro Magno, es cortado. Muy probablemente porque ese elogio es en verdad un regalo venenoso, pues se recuerda cómo Alejandro mató a su amigo Clito y cómo Enrique mató, al rechazarlo, a su mentor Jack Fasltaff.

            Poco más hay digno de mención en este cierre, salvo el hábil uso del Coro, con John Hurt dándole la voz y empleando muy cinematográficamente sus explicaciones. También es astuto comenzar y cerrar la película con el entierro del Rey, logrando así que el público sienta el luto por la desaparición de este amable monstruo. Pero es, en general, a salvo su protagonista, una adaptación irregular, un tanto floja, con demasiados errores de dirección, de estructura, de ritmo, de cortar lo que no se debía y alargar lo innecesario.

            The Hollow Crown tiene sus virtudes, pero yo, en el lugar de la BBC, cambiaría rápidamente de directores.

1 comentario »

  1. […] Ya me despaché sobre las adaptaciones de “Ricardo II”, “Enrique IV, partes I y II” y “Enrique V”. La BBC planea ahora darnos las tres partes de “Enrique VI” y finalizar con una de las obras […]

    Pingback por El Corcovado con jazz | Con un vaso de whisky — agosto 19, 2014 @ 3:25 pm | Responder


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