Con un vaso de whisky

agosto 16, 2016

Zorros y sabuesos

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            El ocho de agosto de 1963, el Real Tren Postal (Royal Mail Train), con origen en Glasgow y destino en Londres, fue detenido en el puente de Bridego Railway, en Ledburn, cerca de Mentmore, Buckinghamshire. Un grupo de ladrones sustrajeron entre dos millones seiscientas treinta y un mil seiscientas ochenta y cuatro libras y dos millones quinientas noventa cinco mil novecientas noventa y siete libras con diez chelines. El cerebro de este atraco fue Bruce Richard Reynolds, alias, Napoleón. El cerebro de la investigación para apresar a la banda, el Superintendente en jefe (Detective Chief Superintedent) Tommy Butler. Fue el mayor atraco de la Historia del Reino Unido, si no estoy mal informado. Uno de los casos más notables en los anales de la justicia penal, con una sentencia polémica por su severidad. Y, entre otras adaptaciones, ha dado para una miniserie de dos capítulos (más bien, dos películas), de 2013: “The Great Train Robbery”.

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            Las películas o series de atracos siempre me han encantado. “Atraco perfecto” es una de mis películas favoritas. Si “Inception” me exasperó tanto es porque me parece una estupenda película de atraco que no llegó a ser. “TGTR” (por abreviar) no es perfecta, pero garantiza tres horas de entretenimiento de calidad.

            Esta obra está dividida en dos partes muy diferenciadas; en la primera, se nos narra la planificación y ejecución del atraco, mientras la segunda adopta el punto de vista de los policías que investigaron el crimen. Así, la serie no es por completo ni de los delincuentes ni de los investigadores. Los títulos de las películas, casi idénticos, refuerzan esta especie de equidistancia: “Historia de un atracador”, “Historia de un policía”. En inglés la similitud es incluso mayor: “A Robber´s Tale” versus “A Copper´s Tale”.

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            Desconozco si la serie es rigurosa históricamente. No he leído ningún libro sobre el asunto, aunque sin duda buscaré alguno para cubrir semejante laguna. Como obra de ficción funciona estupendamente. La primera película quizás sea la más redonda. Desde la primera secuencia, para presentarnos el núcleo de la banda de ladrones en un atraco anterior (con bombines y paraguas), pasando por la organización del robo, resolviendo los problemas logísticos (el detalle de la bombilla y el guante me encantó) hasta el recuento del botín (¡Y DIEZ CHELINES!) hasta la inquietante sensación de que la ruina aguarda a los protagonistas casi desde el mismo momento de su triunfo, me tuvo clavado en el sofá. Y eso que el ritmo no es particularmente trepidante ni se usa la música para tener al espectador con el corazón en un puño.

            Tal vez se echa en falta un poco más de examen de los personajes. Uno siente una instintiva simpatía por cualquier personaje interpretado por Paul Anderson, al fin y la cabo todo un Shelby en “Peaky Blinders”. Pero las motivaciones de los ladrones, en especial de Reynolds (un solvente Luke Evans, actor con papeles mediocres casi siempre) quedan demasiado brumosos. No es por codicia, se nos quiere decir, en una y otra película. Hay algo de orgullo artesanal, algo de ansias por trepar en una sociedad que no permite muchas alternativas a quienes no nacen ricos, algo de la camaradería del grupo en combate. Las constantes referencias de Reynolds al “Sistema” hacen pensar que hay un cierto rencor social, un rechazo meditado de este grupo respecto del mundo y el país en el que viven. Pero eso es apenas esbozado. Quizás para no lastrar la película, es comprensible.

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            La sensación de que los ladrones (o algunos de ellos) no están movidos únicamente por la codicia ayuda a que el espectador tome partido por los mismos. La idea de narrar la investigación desde el punto de vista de los policías, tal vez, tenía como fin equilibrar el marcador, lograr que, como Rick en “Casablanca” comprendiésemos el punto de vista del sabueso tanto como el del zorro. Sin embargo, la unidad de policías no resulta muy memorable como personaje colectivo. Y Butler, el implacable superintendente, es un personaje francamente antipático, sobre todo en comparación con Reynolds.

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            Lo cual, bien mirado, es un acierto. Ese contraste ayuda mucho dramáticamente. Si el atracador es un tipo bastante majo, empático y agraciado, pongamos un perseguidor gélido, duro y estirado. Pero que sea un enemigo a la altura o incluso superior. Así que el papel debe interpretarlo alguien de respeto. Pocos más respetables que el gran Jim Broadbent. Butler ni necesita ni quiere ser estimado o admirado. Quiere ser obedecido y quiere obtener resultados. Triunfa donde otros fallan. El aura de inhumanidad del personaje (su genuina sorpresa cuando se le sugiere que no todo el mundo compartimentaliza su vida de un modo tan drástico como él) se presenta de un modo no muy original, aunque sí efectivo. Sólo se le va la mano al guión y al director en esa secuencia final, tras la charla con Reynolds, un buen diálogo, ambiguo, que permite al espectador ser él mismo quien decida, al fin, de parte de quién está. Después de la charla, el espectador no necesita el plano de la escuadra de policías: ya ha comprendido. O debería.

            Bien hecha, dirigida con tino, sin alardes y sin ser una obra genial, estas dos películas conforman una agradable contribución al género policíaco. Ni más, ni menos.

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febrero 9, 2016

Espionaje descentrado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:49 pm
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            Según su fiel biógrafo Boswell, el Doctor Johnson dijo en una ocasión que quien está cansado de Londres está cansado de la vida. En el mundo seriéfilo, eso es muy cierto. Londres es escenario y hogar de tantas y tan buenas series que resulta difícil no mirar con instintiva simpatía a una que nos lleve de nuevo a la gran metrópolis. Con todo, no basta sólo Londres para volver brillante una serie.

            “London Spy” transcurre en Londres y casi consigue ser brillante. Lo es en ocasiones. Pero el resultado final me ha dejado una sensación poco grata: la de estar ante una obra que podría haber sido grande y se ha conformado con ser digna. Y eso que tenía en mí a un público nada difícil. Primero, porque transcurre en Londres. Segundo, porque es una serie oscura, turbia, con trama retorcida e intrigante. Tercero, por el reparto, lleno de nombres de respeto, aun cuando varios no hagan más que un cameo. Sin embargo, cuando uno se espera un equivalente a los tenebrosos rompecabezas de Hugo Blick (de los que hablamos aquí y aquí) o a la espléndida “The Hour” (de vida demasiado breve y a la cual le debo una reseña en condiciones) es fácil que acabe algo decepcionado.

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            No deja de ser algo injusto. Porque “London Spy” tiene sus virtudes. Logra crear una atmósfera viscosa, asfixiante, casi claustrofóbica, que únicamente en el último episodio se me hizo artificiosa. En todos los capítulos hay al menos una escena brillante (me encanta la breve escena en el club de poderosos vejestorios, con la fugaz aparición de James Fox). La trama mantiene su intriga buena parte de los cinco episodios, aunque ciertas escenas parecen ser puro capricho, pistas que no meramente falsas, sino que dan la impresión de que se olvidan o dejan de lado, sin justificación ni explicación. Viene a ser una mezcla de historia de espías a lo John Le Carré y falso culpable de Alfred Hitchcock.

            Los dos actores principales son los que se comen la pantalla y justifican casi toda la serie: Ben Whishaw y Jim Broadbent. Whishaw no ha hecho aún una actuación mala que yo le haya visto. Cierto que Danny, el protagonista de la serie, es algo cansino y que no le vemos más que angustiado, torturado, asustado o desesperado. Sin embargo, uno se cree cada emoción, en cada segundo, de la interpretación de Whishaw. Broadbent, que es parte de la aristocracia dramática de Gran Bretaña, está, como siempre, simplemente genial. Sus escenas como Scottie son un placer, cada diálogo que tiene con Danny me convencía para permanecer mirando. Broadbent es un magnífico actor tanto en drama como en comedia; sabe, además, darle a sus secuencias dramáticas una cierta ironía maravillosa. El muy escaso humor de esta serie viene todo él del acento, de las expresiones o de las miradas de Scottie.

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            Entonces, ¿qué problema tengo con “London Spy”? Dos fundamentales. El primero, que cae víctima de su propia atmósfera: se vuelve tan pesada, tan oscura, tan trágica, que uno acaba por sobresaturarse y salir de la serie. No tiene esa capacidad, tan británica, de observarse a sí misma con cierta sorna; se vuelve a ratos pomposa. En “The Shadow Line”, tal vez la serie más tenebrosa que jamás haya visto, la trama era tan inteligente, los personajes tan variados y carismáticos, la dirección tan brillante, que cuanto más sombría se volvía, más la disfrutaba. Un perverso humor negro atravesaba los siete episodios. Aquí, creo yo, he visto un intento, meritorio, pero fallido. En el quinto episodio, simplemente, estuve tamborileando con los dedos en el sofá, mirando el reloj cada cinco minutos, a ver si acababa aquello de una buena vez.

            El segundo, el error en el macguffin. El macguffin o bien se deja claro que carece de relevancia o bien se le da la justa. En “Con la muerte en los talones” el macguffin es irrelevante y esa película es una obra maestra. En “The Shadow Line”, una vez más, el porqué último de la trama es tan prosaico que resulta una genialidad malévola. En “London Spy” tratan de convertirlo en la gran revelación. Y les estalla en la cara.

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            La cosa está en que, durante los dos primeros episodios, los mejores, para mí, parecía que se estaba centrando la historia en algo muy diferente y muchísimo más interesante. Todo el primer episodio se consagra a la historia de amor entre Danny y Alex: cómo estos dos extraños, de mundos muy diferentes, se conocen, se vuelven a ver y terminan siendo devotos el uno del otro. La serie se toma su tiempo, hace bien, con esta relación porque es el motor de todo. No se entienden las acciones de Danny a lo largo de la serie si olvidamos por un momento que Alex es el amor absoluto de su vida. En este primer episodio, la sombra de lo que está por llegar se proyecta, no de modo muy sutil, casi desde el primer segundo: el edificio del MI6 se alza sobre Danny al salir de la discoteca o se cierne, amenazador, tras la pareja, en su paseo por la orilla del río.

            Cuando la historia de amor se convierte en historia negra, con espías, criminales y policías, parece que la pregunta que Danny debe responder es: ¿quién es Alex? No para quién trabaja, no en qué está metido, no cuál es ese descubrimiento que ha hecho y que tiene a los Servicios de Inteligencia tan nerviosos. No. Danny trata de desentrañar la personalidad de su pareja. Encuentra respuestas muy diferentes, hasta cierto punto incompatibles entre sí. ¿Son diferentes máscaras de Alex? ¿O alguna de ellas resultará ser su verdadera cara? El espía al que hace referencia el título es Alex; debería haber sido Danny: alguien ajeno al mundo de claroscuros que se ve impulsado a escrutar, en busca no de sí mismo, sino de su otro.

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            Esta investigación de Danny resultaba mucho más prometedora. Daba espesor a un personaje, Alex, al que la interpretación de Edward Holcroft y su cara de palo no hacen muy memorable. Durante dos horas estuve ante una danza de equívocos donde no tenía muy claro quién era más astuto entre los bailarines: Danny, Alex, Scottie, la madre de Alex o los poderes en la sombra. Por desgracia, se le quitan a Alex las máscaras a toda velocidad y el único enigma que nos queda es el de su hallazgo, el del secreto que debe permanecer oculto a toda costa. Que desde luego no queda oculto para los protagonistas. Y que resulta tan pretencioso que es aburrido.

            Es lástima. Espionaje, crimen, amor y drama, con una dosis de humor dan para un cóctel de primera. Pero hay que saber dosificar y no pasarse. Esta vez, la mezcla no sabe como debería.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 10/11/2015 - Programme Name: London Spy - TX: n/a - Episode: n/a (No. 2) - Picture Shows:  Danny (BEN WHISHAW) - (C) WTTV Limited - Photographer: Laurence Cendrowicz

agosto 19, 2014

El Corcovado con jazz

 

            Vamos a tener, parece, segunda temporada de “The Hollow Crown”. Ya me despaché sobre las adaptaciones de “Ricardo II”, “Enrique IV, partes I y II” y “Enrique V”. La BBC planea ahora darnos las tres partes de “Enrique VI” y finalizar con una de las obras más célebres de Shakespeare, “Ricardo III”. Y para interpretar al temible jorobado Gloster han escogido a Benedict Cumberbatch, que es un señor actor. Su colega en la brillante “Sherlock”, Martin Freeman, que es otro señor actor, ha tenido muy buenas críticas en el teatro londinense en el mismo papel, por cierto.

            Espero con interés a Mr Cumberbatch como el Duque de Gloucester. Mucho tendrá que hacer, sin embargo, para quitarme de la cabeza a mi particular Ricardo III. Porque al primero que vi yo en este papel fue al enorme Sir Ian McKellen. Y lleva acompañándome desde entonces.

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            “Ricardo III”, en versión de Richard Loncraine, guión conjunto con Sir Ian, es una película muy apreciable, pero que, como no es tampoco una obra maestra, ha quedado lago olvidada. Yo la vi gracias a un excelente profesor de Literatura que tuve en mi adolescencia. Decidido a meternos el gusano de la lectura, no sólo nos recomendaba varios títulos al mes para leer, al margen de las obras obligatorias, y no sólo nos daba puntos extras en los exámenes si además de contestar a las preguntas transcribíamos poemas de la época que estuviésemos estudiando, sino que veíamos películas basadas en novelas y obras teatrales de grandes autores. Una de ellas fue esta “Ricardo III”. Fue mi primer contacto con Shakespeare. Calculen la deuda que tengo con este hombre.

            Ricardo III no es el más grande villano de Shakespeare. Yago y Edmund, en mi opinión, se disputan ese honor. Pero es un malvado de respeto, y Loncraine y McKelln supieron aprovechar todas las virtudes del personaje para que les saliera una película casi redonda.

           McKellen, hombre que conoce muy bien la obra shakesperiana, cambia la ambientación: de la Edad Media a los años treinta. La Guerra de las Rosas se combatió aquí con fusiles y tanques, no con espadas y caballos. En vez de jubones, se llevan gabardinas. Pero el texto sigue encajando a la perfección, los temas no chirrían en absoluto al acercarlos a nuestros tiempos, la psicología de los personajes es completamente verosímil. Así que Ricardo puede regodearse en su perfidia mientras escucha discos de jazz y se fuma un cigarrillo igual de bien que si estuviera bebiendo vino caliente especiado.

            Cuidado hasta el más mínimo detalle, el vestuario tiene una gran importancia en la trama. Porque a medida que el maquinador duque va quitando gente de en medio y más se acerca a la corona, los uniformes militares, los símbolos y adornos, van pasando poco a poco de ser los propios de la Inglaterra de entreguerras a inspirados directamente por otro régimen de aquellos años. Hasta que llegamos a esa escena extraordinaria en la que Ricardo, ayudado por sus secuaces, obtiene la corona jurando y perjurando que no la desea. Escena que en esta película tiene una guinda que sigue haciendo que me frote las manos.

            Claro que esto no convierte a Ricardo en nazi (escucha música “degenerada”, bebe y fuma), ni en fascista. Pero el impacto de la imaginería hitleriana ha sido tan poderoso que revestir a un villano shakesperiano con la misma es una buena fórmula para que los espectadores del siglo XX (y del XXI) aprecien por los ojos lo que ya han percibido por los oídos.

            Esto es una adaptación de Shakespeare, así que más que el vestuario importan actores y texto. En cuanto al último, se ha respetado, pero no copiado literalmente, la obra. De hecho, se ha acortado. Por ejemplo, se ha dejado fuera a la desesperante reina Margarita, viuda de Enrique VI de Lancaster, a quien Gloster ejecuta en la primera escena de la película. Parte de sus frases se las reparten la reina Isabel y la Duquesa de York. También se ha acortado algo el magnífico monólogo del pobre Clarence, describiendo su pesadilla, y su conversación con los asesinos enviados para acabar con su vida (lo matan de una forma más realista y menos grotesca que en la obra original, aunque supongo que muchos puristas lamentan no ver las piernas de Clarence saliendo del barril de malvasía). En fin, en el soliloquio que da inicio a la obra, se introducen unos cuantos versos dichos por el mismo personaje, pero en otra pieza. Cuando Gloster murmura “I can smile, and murder while I smile” es parte de su monólogo final en la tercera parte de Enrique VI, justo después de haber asesinado al último de los Lancaster. Pero es una frase demasiado buena como para no colarla.

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            Ricardo es la figura central de la obra, su razón de ser, un paso más en la creación de personajes por parte de Shakespeare. De su rencor ya hablamos en otra ocasión. Todo él, su malicia, su odio, sus remordimientos, su ambición, su crueldad está en la interpretación magnífica de McKellen. Ricardo, en el teatro, dirige sus apartes al público, seduciéndolo, como más adelante, y aún mejor, harán Yago y Edmund. Estos apartes que con tanta astucia homenajeó la serie “House of Cards”, con el gran Sir Ian Richardson en el rol de Urquhart (y luego remedó Kevin Spacey como Underwood). McKellen devora la pantalla en cada escena, y sabe atravesarla para agarrar al espectador y convertirlo en cómplice emocional de sus atrocidades. Fue la primera interpretación de este grande que vi, mi primer malvado de William y cada vez que la vuelvo a ver me entra un cosquilleo. ¡Ese “¡Ha!” tras seducir a lady Anne ante el cadáver de su marido! ¡Oro puro!

            Los demás personajes de la obra son muy menores, pero eso se ha compensado dándoselos a actores de altura. Jim Broadbent, ese secundario genial, está excelente como el taimado Duque de Buckingham, principal aliado de Gloster. Nigel Hawthorne es un Clarence impecable. Dominic West, el insulso Richmond, es digno de ser citado sólo porque este debe de ser su único papel en el que no es alcohólico, o engaña a su mujer o ambas cosas (aunque su sonrisa al vencer en la batalla final no es muy tranquilizadora). Kristin Scott Thomas lleva muy bien el papel de Anne, con la cual la obra se ceba especialmente.

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             Annette Bening y Robert Downey Junior, como la reina Isabel y su hermano, el conde de Rivers, fueron una elección astuta. Isabel provenía de una familia menor, de nobleza rural, y su matrimonio con el rey Eduardo de York dio que hablar en la corte. De hecho, hay una serie, “The White Queen”, que parece ser narra estas intrigas cortesanas. Digo parece ser porque tras el primer episodio estaba tan aburrido que no he vuelto con ella. Pues bien, Locraine agarra a dos actores americanos, cuyos acentos chocan con los de sus colegas británicos y los dirige d emodo que sus exclamaciones, parlamentos, reacciones sean mucho menos reservadas y protocolarias. La cosa funciona. Ya se ve claro en la escena del baile, donde la reina da la bienvenida a su hermano con gritos y saltos, ante la estupefacción de los invitados. Robert Downey Junior es un joven Tony Stark, antes de tener traje y de aprender a pensar, en el camino de un malvado que deja en pañales a todo lo que tiene la Marvel en cantera.

              Y párrafo aparte para la inmensa Maggie Smith. Tiene un papel breve, pero que llena con su talento prodigioso. El rapapolvo que le echa a su perverso hijo, al final de la obra, es el único momento en el que un personaje logra dejar sin palabras al locuaz Ricardo, y hacía falta una actriz con autoridad para que fuera creíble. Maggie Smith tiene más autoridad en su dedo meñique que todos nosotros juntos. Una actriz tan buena lo es en todo momento. En la escena del baile, justo antes del famosísimo monólogo de Ricardo, cuando todo el mundo presta atención, hay un segundo en el que la Duquesa tiene un ramalazo de inquietud al verle ante el micrófono. Es un instante y gracias a él ya sabemos que Ricardo no podrá nunca engañar a su madre, que le conoce y que siente un miedo casi instintivo ante él. Eso es actuar.

             Dirigida con eficacia, con actores de aplaudir y no parar, gran ambientación, vestuario y maquillaje (la deformidad de Ricardo está muy conseguida), sería una pena que esta película se olvidase. Porque, como canta Al Jolson, a ratos está en la cima del mundo.

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