Con un vaso de whisky

octubre 29, 2012

Falstaffiada sin Falstaff

            Harold Bloom da a Enrique IV, Partes I y II el nombre de la Falstaffiada. Porque en ellas Shakespeare dio vida a uno de sus más grandes personajes, Sir John Flastaff, el Gran Ingenio. Falstaff es tan magnífico como arriesgado: estar cerca de él no conduce ni a la comodidad ni a una vida ortodoxa, ni segura; acercarse a él como director o actor puede ser una tarea demasiado ardua. Y en la adaptación de The Hollow Crown, ay, lo ha sido.

            Pero vayamos por partes. En estas dos películas, la BBC nos lleva a los tumultuosos últimos tiempos de Enrique IV. Al usurpador Bolingbroke le crecen los enanos: los nobles que le apoyaron en su escalada de poder le estorban ahora al reinar; los rencores, las ambiciones y las intrigas llevan a Inglaterra, una vez más, a la guerra civil. Las luchas por el poder, entre los rebeldes que tienen a Hotspur como caudillo carismático, y los fieles al Rey, conforman uno de los arcos argumentales de las obras.

            Y, en verdad, es el que mejor está tratado, también porque es el más sencillo. Las intrigas asesinas y las guerras siempre resultan entretenidas; si, además, tenemos la literatura de Shakespeare y a dignos actores, pues tanto mejor. Aún así, tampoco está exento de fallos.

            La ambientación es excelente, BBC obliga. La luminosidad irreal de Ricardo II deja paso al frío y las tinieblas. Una luz gris, gélida, de invierno y nieve, barro y lluvia, gobierna las escenas diurnas. Y las nocturnas son aún más sombrías, duras como la piedra de Westmisnter o sucias como los campos de batalla y los callejones de Londres. Como de costumbre, el atrezzo y el vestuario son impecables. Y los secundarios cumplen dignamente su papel.

            ¿Entonces? Hay graves fallos de dirección, a mi entender, en especial en la Parte I. Uno de los más obvios, olvidar que esto es una adaptación televisiva de una obra de teatro, no una representación teatral. Muchos actores, en especial Joe Armstrong (Hotpsur) y sus rebeldes, declaman a grito pelado cuando se supone que deberían estar susurrando. El contraste entre esa gran escena de Ricardo II en la que los aristócratas, mientras ven el féretro de Juan de Gante, forjan la conspiración de apoyo a Bolingbroke entre murmullos y miradas de soslayo, y esa otra de Hotpsur, su padre y su tío, tras ser despedidos por el airado monarca, es demasiado marcada. En ésta última, es imposible que Enrique IV no haya escuchado a esos levantiscos norteños decidir darle una paliza a base de espadazos.

            Armstrong se pasa todas sus escenas (salvo una) hablando demasiado alto. Sí, Hotpsur es de genio vivo, hiriente hasta con sus aliados y una magnífica máquina de trinchar carne en batalla. Pero se puede ser todo eso sin vociferar como si a quien estás insultando estuviera en el gallinero. Porque no hay espectadores en el gallinero, sino en el sillón de casa. Hombre.

            Que Jeremy Irons fuera convocado para calzarse la corona de Enrique me pareció una buena noticia. Pese a que de tanto en tanto Irons me decepcione (¿Dragones y Mazmorras, señor Irons? ¿Por qué?), tienen mucho más en el haber que en el debe. ¿Triunfa como Enrique IV? Casi. Y estoy seguro, esto lo repetiré algo más adelante, que el casi no es culpa suya, sino de un fallo de dirección. Porque, en efecto, me parece bien mostrar a un Enrique enfermo, envejecido, intranquilo e inseguro. Lo que no me parece bien es quitarle todo poderío regio.

            No me parece bien desde un punto de vista dramático. El dolorido Enrique de la Segunda Parte sería mucho más poderoso si en la Primera Parte, cuando menos en sus primeras escenas, hubiésemos contemplado a un monarca lúgubre, pero majestuoso, con autoridad y fuerza. Incluso aunque esa fuerza se pagara con toses y sufrimientos cuando los cortesanos hubieran sido despachados. Así, el gran monólogo sobre el sueño que el insomne Rey a medias murmulla, a medias grita, en la Segunda Parte (gran, gran momento), hubiera sido mil veces más impactante, de haber visto a un Rey menos hundido al inicio. John Gielgud, en Campanadas de medianoche, encarnaba a un Rey marmóreo, con una fuerza implacable y rígida. Una mezcla del Gielgud allí y del Irons acá, hubiera sido cabal. Con todo y con eso, Irons es, creo yo, quien mejor encarna a su personaje, de entre los principales.

            Enrique IV muestra bastante brío en los encuentros con su primogénito, el Príncipe Hal. Hal anda a caballo entre los dos arcos, el cortesano-guerrero y el popular. Tom Hiddleston tiene el encargo de calzar las botas de uno de los papeles más difíciles de interpretar. Porque Hal es ambiguo y astuto, tanto que engaña a lectores y espectadores, y quizás a sí mismo.

            La historia de Hal es la más importante de todo Enrique IV. Para unos, es la redención de Hal, quien abandona una vida de vicio, degradación y juergas con compañeros indignos y asciende a las cumbres de la majestad, hasta convertirse en el Gran Rey de Inglaterra. Para otros, es el ascenso de un magnífico guerrero y un futuro poderoso monarca, que, tras aprovechar muy bien el tiempo pasado entre la gente común, se deshace de todo cuanto le estorba en su camino hacia el trono y la corona.

            Esta versión de la BBC, me parece a mí, anda seducida por el carisma de Hal y no es extraño, porque es un personaje carismático. Durante la Parte Primera es constantemente comparado con Harry Percy, Hotpsur, siempre para criticar al Píncipe de Gales, pero éste es más peligroso, más hábil y más cruel que el pasional rebelde escocés. Hiddleston, no sé si de manera consciente o por estar él también doblegado por su personaje, encarna a un Hal felino, atrayente e imperial. Cuando él está en escena, todos los demás personajes empequeñecen, por admiración, por temor o por ambas cosas. Ya verán, seguro, la apoteosis que le van a preparar en Enrique V.

            Lógico, porque Hal tiene, como dice Bloom, muchas similitudes con Alejandro Magno. Joven, atractivo, magnético, hábil, despiadado, ambicioso, guerrero y lleno de ambiciones épicas. Es un monstruo que mandará a miles a la muerte por su deseo de gloria, pero esos miles y otros miles le aclamarán por ello.

            Hal es Alejandro, pero no tuvo de maestro a Aristóteles. El suyo es el gran personaje de las obras, que algunos críticos comparan con el mismo Jesús y otros con el mismo Sócrates. No ando muy de acuerdo con ninguna comparación, pero la socrática me parece algo más acertada. Sir John Falstaff es el Ingenio Máximo de Shakespeare, y no le regateo el título de Sócrates de Eastcheap, si se le quiere conceder. Aquí, lo siento, es cuando tengo que señalar a la BBC con el dedo acusador. Porque si su Enrique IV es digno y ha sido seducida por Hal, o bien no ha comprendido o bien ha decidido destruir a Falstaff. Y eso es un pecado.

            Voy a citar un grandioso párrafo de William Hazlitt. Es un poco largo, pero necesario para entender por qué estoy tan airado con el Falstaff que aquí nos ha sido ofrecido:

            La bendición de la libertad conseguida con humor es la esencia de Falstaff. Su humor no sólo está dirigido principalmente contra obvios absurdos; es el enemigo de todo lo que interfiera con su gusto, y por lo tanto de todo lo serio, y especialmente de lo respetable y moral. Pues estas cosas imponen límites y obligaciones y nos hacen súbditos de la ley, esa vieja patraña de papá, y del imperativo categórico, y de nuestra posición y sus deberes, y de toda clase de inconvenientes. Digo que es por lo tanto su enemigo, pero soy injusto con él; decir que es su enemigo implica que los considera cosas serias y reconoce su poder, cuando en verdad se niega a reconocerlos en absoluto. Para él son absurdos, y reducir una cosa al absurdo es reducirla a nada y marcharse libre y regocijado. Eso es lo que Falstaff hace con todas las pretendidas cosas serias de la vida, a veces sólo con sus palabras, a veces también con sus acciones. Hará que la verdad aparezca como absurda por medio de solemnes declaraciones que externa con perfecta gravedad y que espera que nadie crea; y el honor, demostrando que no puede arreglar una pierna y que ni los vivos ni los muertos pueden poseerlo; y la ley, evadiendo todos los ataques de su más alto representante y obligándolo casi a reírse de su propia derrota; y el patriotismo, llenando sus bolsillos con los sobornos ofrecidos por soldados competentes que quieren escapar del servicio, mientras toma el lugar de los tullidos, los lisiados, los presidiarios; y el deber, mostrando como trabaja en su vocación: la de robar; y el valor, burlándose de su propia captura de Colevile e igualmente proclamando que ha matado a Hotspur; y la guerra, ofreciendo al príncipe su botella de vino de Canarias cuando le pide una espada; y la religión, divirtiéndose con el remordimiento en ratos de ocio cuando no tiene otra cosa que hacer; y el miedo a la muerte, manteniendo perfectamente intacto, frente al inminente peligro e incluso cuando siente el temor de la muerte, exactamente el mismo poder de disolverlo en bromas que muestra cuando está sentado tranquilamente en sus posaderas. Esos son los maravillosos logros que lleva a cabo, no con la acritud de un cínico, sino con el regocijo de un muchacho. Y por eso lo alabamos, lo loamos, pues no ofende a nadie más que a los virtuosos, y niega que la vida sea real o sea seria y nos libera de la opresión de esas pesadillas y nos eleva a la atmósfera de la perfecta libertad.

            Bueno. Y ahora comparen a éste, el verdadero Falstaff, con el que interpreta (mal dirigido, calculo) Simon Russell Beale. No, no y mil veces no. No a ese Falstaff con cierto ingenio, sí, pero grotesco. A un Fasltaff bufonesco, que no verdadero bufón shakesperiano. A ese Falstaff torpón, que ríe para disimular el miedo y la angustia, que es y se siente viejo, a ese Falstaff que enlaza mentiras para salvar el pellejo, no para sencillamente divertirse metiéndose y saliendo indemne de todo duelo verbal. Ese Fasltaff cobarde, miserable, esa alimaña que merece en verdad el desprecio del Príncipe. No, no y no. No es Falstaff.

            Porque Falstaff nunca debe tener miedo de Hal, y éste lo tiene. Falstaff ama a Hal, quien fue su discípulo y su joven de oro. Hal ya no ama a Falstaff, desde el principio de la obra. Las ironías de Hal son asesinas, pero Falstaff las derrota siempre, siempre. No sólo las derrota, las arrasa. Un duelo dialéctico contra Falstaff sólo puede acabar con una sonada victoria de Sir John, no con un empate por los pelos, ni con una salida desperada, mientras mira con aire de perro apaleado.

            Es injusto, terriblemente injusto, que mutilen los diálogos de Falstaff. Le quitan muchas de sus réplicas y de sus bromas. A Hotspur se le respeta (y hacen bien) su Doomsday is near; die all, die merrily! A Falstaff se le escamotea su Give me life. Se conserva su gran monólogo sobre el honor, pero se saca de contexto su no menos gran reflexión sobre las virtudes del jerez, que trae a colación para criticar al príncipe Juan de Lancaster, ese digno hijo de Bolingbroke, abstemio, traicionero y asesino. Su duelo con el Jefe de Justicia carece de agilidad y alegría.

            Y es una desgracia lo que hacen con el “centro radiante” (Bloom) de la Primera Parte: el enfrentamiento entre Falstaff y Hal, cuando juegan a ensayar el diálogo de reencuentro entre Enrique IV y su hijo. Aquí, es cuando Hal se quita la máscara con la excusa del papel e insulta con terrible virulencia al Gordo Jack. Y donde Falstaff da su más conmovedora réplica: Pero decir que conozco en él más mal que en mí mismo sería decir más de lo que sé. Que sea viejo, tanto más digno es de compasión, sus canas dan fe de ello, pero que sea un putañero, lo niego perentoriamente. Si el vino de Canarias con azúcar es una falta, ¡Dios ayude al malvado! Si ser viejo y alegre es un pecado, entonces más de un viejo compadre que conozco está condenado; si ser gordo es ser odiado, entonces hay que amar a las vacas flacas del Faraón. No, mi buen señor; despedid a Peto, despedid a Bardolph, despedid a Poins…, pero al dulce Jack Falstaff, al buen Jack Falstaff, al leal Jack Falstaff, al valiente Jack Falstaff, y por ello tanto más valiente por ser el viejo Jack Falstaff, no lo desterréis de la compañía de vuestro Harry; desterrad al gordo Jack y desterráis al mundo.

            Lo que dije sobre Enrique IV, lo repito aquí, multiplicado por mil. Si el Falstaff de la Primera Parte fuera el verdadero Falstaff, entonces la interpretación de Beale en la Segunda Parte sería más convincente y hermosa. Porque entonces esa confesión a Doll (Soy viejo, soy viejo) estaría llena de dolor, al ser dicha por el más alegre vitalista. Y ese diálogo de réplicas secas con las que Falstaff quiere hacer callar al pesado del juez de paz Shallow (un muy bueno David Bamber) y sus recordatorios de la juventud pasada y de la cercanía de la muerte, serían más lacerantes. Y ese momento de alegría pura, al saber que Hal será coronado, más cruel. Y esa escena donde Enrique V (qué bien está ahí Hiddleston) lo repudia públicamente, frío, impasible, destruyendo al Señor del Lenguaje, más devastadora.

            No, sólo supieron darnos a Falstaff triste, cansado, vencido. Pero como no nos dieron antes al Gran Jack, todo quedó en poco.

1 comentario »

  1. […] temporada de “The Hollow Crown”. Ya me despaché sobre las adaptaciones de “Ricardo II”, “Enrique IV, partes I y II” y “Enrique V”. La BBC planea ahora darnos las tres partes de “Enrique VI” y finalizar […]

    Pingback por El Corcovado con jazz | Con un vaso de whisky — agosto 19, 2014 @ 3:25 pm | Responder


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