Con un vaso de whisky

octubre 28, 2015

Review: la destrucción de Forrest MacNeil

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 11:05 am
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            Parece estar de moda publicitar estudios de Universidades más o menos prestigiosas empeñados en demostrarnos que somos todos unos psicópatas. Es verdad que el estado del mundo no invita a un optimismo desaforado en la naturaleza humana, pero qué quieren… Ahora, cuando pido mi habitual café solo, creo detectar un chispazo de sospecha en los ojos del camarero. Cuando éste observa que no toco el sobre de azúcar, la situación se vuelve decididamente incómoda.

            Como casi sin duda ese camarero ya ha llamado a los chicos de las batas blancas, les confesaré: hay otros medios, igual de precisos que el test del café, para darnos cuenta de que andamos con el sistema límbico fastidiado. Ver “Review” y disfrutarla es uno de ellos.

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            Si ustedes me preguntaran cuál considero la mejor comedia negra de la actualidad, me pondrían en un brete. Hay varias candidatas, aunque las dos finalistas, para mí, son “Review” y “Rick and Morty”. No me atrevo a ser tajante. La serie de animación de Dan Harmon y Justin Roiland, frenética, exagerada, cruel, divertida y a ratos genial, me ha hecho reír a carcajadas. Es negra como el corazón de los abogados de Charles Montgomery Burns. “Review” puede serlo incluso más.

            La serie protagonizada y co-creada por Andrew Daly encaja en el subgénero de las obras de ficción que fingen ser realidad. Al contrario que en la maravillosa “Parks and Recreations” no se trata aquí de un falso documental, sino de un falso programa de televisión, un falso reality. Forrest MacNeil, su estrella, debe llevar a cabo acciones o experimentar situaciones por petición del respetable. El público, por e-mail, twitter, grabación o llamada de teléfono pide a Forrest que haga algo. Y Forrest lo hace, con una sonrisa en los labios y una canción en el corazón. El señor MacNeil se encarga, orgulloso, de comprobar si la vida es ese cuento lleno de ruido y furia, contado por un idiota, que no significa nada.

            Lo que Forrest comprueba o, al menos, nos permite comprobarlo a nosotros, es que el mundo está lleno de perfectos hijos de puta. Y ustedes perdonen. Porque el respetable no tiende a pedir que Forrest experimente un paseo por el campo o qué es escuchar una ópera en la Scala. No. Quiere saber cómo es robar, ser adicto, comerse de una sentada sesenta tortitas con sirope, dejar las decisiones de tu vida en manos de una bola mágica de juguete, ser el líder de una secta, matar a otro ser humano.

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            Y Forrest cumple. A nuestro protagonista se le pueden poner muchos peros (para empezar, su pésimo gusto en el vestir); sin embargo, hay que reconocerle la coherencia. El código de MacNeil es severo: debe cumplir con los mandatos del público. Da igual lo estúpidos, peligrosos, ilegales o inmorales que le parezcan. Su opinión ética personal está sometida al bien superior: el Programa. MacNeil es disciplinado hasta el absurdo. Es un hombre moral que actúa conforme a un imperativo en parte externo, en parte autoimpuesto. Es muy interesante contemplar las reacciones de MacNeil ante las exigencias de los espectadores y, más aún, las reacciones de su compañera de plató, A. J. Gibbs. ¡Claro que Forrest es consciente de las barbaridades que va a hacer! ¡Claro que Gibbs también lo es! La cuestión es que Forrest, en ocasiones pálido, se decide a hacerlo. Y que Gibbs, con una sonrisa falsa, tensa o con un rictus de horror, le deja hacer.

            Veamos esto con un poco de atención, porque es el meollo cómico y aterrador de esta serie. Nada de lo que le ocurre a Forrest es gracioso en la realidad. Contemplamos cómo pone en riesgo su salud y su vida, su equilibrio emocional; vemos cómo destruye un matrimonio estupendo, cómo aniquila una vida familiar idílica, cómo sabotea cualquier esperanza de felicidad, incluso cómo acaba provocando la muerte de otras personas. Y MacNeil, que es un tipo raro, pero en el fondo bastante majo, va perdiendo el juicio. Pero cumple, implacable, sus órdenes. Claro que, ¿quién le da las órdenes? Ya lo hemos dicho, el público. O sea, los espectadores. O sea, nosotros.

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            El formato de falso reality es así esencial para esta serie: nos coloca en una posición extremadamente incómoda. Desde luego, ni usted ni yo hemos llamado al programa pidiendo absurdeces o delitos. Pero estamos viendo cómo MacNeil hace esas cosas. Y nos estamos riendo con ello. Los espectadores que envían sus sugerencias al programa saben que MacNeil cumplirá sus deseos. Y las envían, de todos modos, dejando que el pobre hombre arriesgue el cuello para vivir vicariamente sus propias fantasías o curiosidades. La sospecha que nos queda es si, de ser “Review” un auténtico programa de televisión, estaríamos entre la mayoría silenciosa que contempla el horror hecho espectáculo mientras cena o incluso si contribuiríamos con nuestras sugerencias, para tener diez minutos más de entretenimiento.

            Este formato también coloca en una extraña situación a los terceros. La mujer (luego exmujer) de MacNeil, su padre, la gente que se cruza con la calle y con la que interactúa parecen ser conscientes sólo a ratos de que están ante un fulano trabajando para la televisión. Hay varios momentos en los que parece como si la auténtica situación de MacNeil fuera un misterio para ellos; no obstante, tienen que poder ver al cámara, grabando y cualquiera ataría cabos. También es cierto que, ante las locuras que debe hacer Forrest, otras reacciones son comprensibles, por mucho que haya cámaras delante. Con todo, no me libro de una cierta sensación de esquizofrenia.043e5366a48b4ee1ce182a8516b91c9d

            Mientras tanto, el personaje de Gibbs es un cómplice silente. Podemos atestiguar que a veces se siente incómoda, ansiosa o hasta con un atisbo de compasión hacia MacNeil (tampoco demasiada). Pero no hace nunca nada. No levanta un dedo para oponerse a la maquinaria. Es la mera correa de transmisión, alguien que sólo lee las peticiones del público. A ella, que no le pidan cuentas. Igual, por cierto que el anónimo cámara, testigo impasible de cuanto le ocurre a Forrest. En más de una ocasión, si el cámara hubiera intervenido, la cosa hubiera acabado mejor para el presentador; sin embargo, el cámara está ahí para grabar, no para intervenir

I          Incluso la feroz lealtad de Forrest flojea de tanto en tanto. El Programa tiene al hombre adecuado para esos momentos. Grant, el productor del show, no se prodiga demasiado, pero siempre merece la pena verle actuar. Sonriente, frío, calmado, manipula sin gran esfuerzo a Forrest, devolviéndole la fe en su misión y enviándole de vuelta a la trinchera. Si hay algún villano principal en la función, es Grant.

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            Esta múltiple relación con Forrest (la del público, la de Gibbs, la del cámara, la de Grant), junto a lo cercano del mundo (todo ocurre en una sociedad lo bastante similar a la nuestra o, en el caso de ser estadounidenses, en la nuestra) y lo cotidiano de lo que sucede hace que esta serie sea más aterradora que los episodios de Black Mirror. Todo lo que ocurre en ella, todo, podría ocurrir hoy. Y la gente lo vería. Y se lo pasaría en grande. No tengo claro si por sadismo, por una previa deshumanización de MacNeil o por puro aburrimiento.

            Es muy complicado hacer comedia sin un solo elemento gracioso per se. Cuanto ocurre en la serie es horroroso. La risa es en parte un mecanismo de defensa, pero sólo en parte. Ansiamos la siguiente situación rocambolesca, con una morbosa expectación, para ver hasta dónde va a retorcerse. Sabiendo que el lema de la serie podría ser aquello que decía Edgar en El Rey Lear: Lo peor no ha pasado cuando podemos decir: “Esto es lo peor”. Sabiendo que Forrest, asombrosamente, seguirá cumpliendo, cada vez más cabizbajo, nuestras instrucciones, sin importar las consecuencias que para él y los suyos acarreen.

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            Y nos reímos. Yo me río. Sigo riendo hasta cuando me sorprendo a mí mismo en mitad de la risa. Esta gente es muy buena, demonios. Seguro que todos ellos beben el café bien cargado. Solo. Y sin azúcar.

2 comentarios »

  1. […] es un tipo que sacrifica sus nobles intenciones por una ambición mayor. O, como sintetiza con brillantez Consulting Writer: “Su opinión ética personal está sometida al bien superior: el […]

    Pingback por Seis estrellas para ‘Review’ | Diamantes en serie — agosto 24, 2016 @ 11:18 am | Responder

  2. […] un tipo que sacrifica sus nobles intenciones por una ambición mayor. O, como sintetiza con brillantez Consulting Writer: “Su opinión ética personal está sometida al bien superior: el […]

    Pingback por 5 estrellas para Review: reseñas de la vida - Baia Baia Series — octubre 28, 2016 @ 11:04 pm | Responder


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