Con un vaso de whisky

agosto 7, 2016

Nihil obstat

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:27 pm
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            Hace unos días leí un “hilo de Twitter” (esto es, para aquellos que no conozcan esa red social, varios tuits o breves mensajes encadenados y que tratan sobre el mismo asunto) que me causó un cierto malestar. El hilo daba una interpretación sobre determinada novela, interpretación en modo alguno mal razonada. El último tuit era una especie de epílogo que olía más a veredicto que a reflexión final. Ese epílogo fue el que me dejó inquieto.

            Al pensar un poco más en ello, caí en la cuenta de que había tres aspectos, distintos, aunque, hasta cierto punto, relacionados, en este asunto que me zumbaban en el cabeza, pese a los vermuts que les echaba encima, para ahogarlos. Ya saben cómo son las ideas zumbonas: nadan mejor que las penas. No crean que he tenido una iluminación.  Nada nuevo hay bajo el sol: estas cuestiones llevan siglos revoloteando, así que no se puedan despachar con una maldición genérica hacia “los jóvenes de hoy en día” ni con una nostalgia más o menos injustificada respecto de los tiempos pasados. Tampoco creo que estas líneas supongan ningún antes y después en la discusión. Si las escribo es, fundamentalmente, porque escribir tiende a ser más efectivo que el alcohol para poner en su sitio a este tipo de ideas o impresiones insectoides.

            El primero de los aspectos no es el que más me cerca del córtex me zumbaba. Es el viejo debate de juzgar obras artísticas por criterios morales. Asunto que sigue dando para cavilaciones y que, en algunas personas, llevan a negarse a escuchar tal o cual compositor o a leer tal o cual escritor por considerarlo un ser humano repugnante. No es un debate menor. Chesterton, a quien reverencio, dedicó bastantes páginas al asunto y, aunque no caía en simplificaciones, tendía a dar importancia al elemento moral en el arte. Wilde, por poner a otro titán, era más bien contrario a mezclar ambos círculos y consideraba que una obra de arte no podía ser moral o inmoral. En las actas del juicio que le enfrentó al marqués de Queensberry (recogidas en el libro “El marqués y el sodomita. Oscar Wilde ante la Justicia”, de Merlin Holland, publicadas en España por Papel de Liar), el astuto abogado defensor del marqués interroga de manera implacable a Wilde sobre la moralidad de ciertos trabajos literarios; el escritor siempre se niega a dar una valoración moral, limitándose a permanecer en el ámbito de lo estético.

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            Este asunto es muy interesante, pero no es el que más me hacía pensar estos días. Con todo, creo que está en la base del asunto, así que igual se me desliza en los siguientes párrafos. Para no ser del todo oscuro, un apunte: prohibir una obra porque el sentido moral de uno, unos cuantos o casi todos se ofenda me parece digno de sociedades donde no me gustaría pasar demasiado rato.

            Uno de los problemas esenciales con el tuit final del que les hablaba hace unas líneas era que sacaba una moraleja de la novela comentada. Esto, en mi opinión, supone un error: confundir diferentes subgéneros narrativos. Leo y oigo con frecuencia que se trata a novelas o cuentos como si fueran fábulas o parábolas. Y no es así. La fábula es una narración con un declarado objetivo didáctico. Las fábulas existen por y para la moraleja. Pueden estar peor o mejor escritas, desde luego, pero en este caso considero legítima la crítica ética o moral, porque la fábula busca trasmitir una lección moral o ética. La parábola es ligeramente distinta: también busca transmitir una enseñanza, pero donde la fábula es, por lo general, clara, la parábola es más retorcida. No es de extrañar que el más grande contador de parábolas del que un servidor tiene noticia repitiese “quien tenga oídos, que oiga”. Es, por tanto, habitual discutir las diferentes interpretaciones de una parábola, no de una fábula.

            No obstante, en la discusión sobre una parábola concreta los contendientes barruntan que hay una respuesta auténtica. Por sutil que sea la parábola, por compleja, por matizada que sea la enseñanza, hay una enseñanza.

            Ni en la novela ni en el cuento tiene por qué existir enseñanza alguna. La novela, sobre todo, es una criatura conflictiva, que se adapta, muta y aúna en sí misma mil mundos literarios. Sigo sin leer una definición de novela que acabe de cerrar de modo rotundo la discusión sobre su verdadera naturaleza, sobre su esencia, y es poco probable que llegue a leerla. Tal vez sea ése el secreto de su supervivencia a través de los siglos, mientras una generación tras otra de críticos literarios (bueno, algunos en cada generación) se empeña en certificar su muerte y traernos su cabeza para demostrarla. Por tanto, hay novelistas y cuentistas que, efectivamente, esconden fábulas o parábolas en sus novelas y cuentos. Claro que en este caso se puede argüir que nos encontraríamos ante fábulas o parábolas con forma de novelas y cuentos, disfrazadas, enmascaradas. Y que, al quitarle la máscara, se puede juzgar a la supuesta novela como lo que en verdad es.

            Admito esto, en parte. Pero estimo que la inmensa mayoría de novelas, aun las novelas de tesis, no son fábulas. Su razón de ser no es proporcionar enseñanzas morales, dar respuestas a dilemas políticos o éticos. Victor Hugo, por ejemplo, era dado a introducir largas reflexiones en sus novelas, sobre los más variados asuntos. La diferencia entre las partes auténticamente novelescas y estos ensayos es evidente. El mismo Hugo advertía al lector (quizás para que el lector pudiese decidir si se saltaba esa parte) cuándo pensaba dedicar unas cuantas páginas a meditar sobre la relación entre la arquitectura y la imprenta, la oración o el problema de la redistribución de la riqueza. Estas reflexiones pueden estar bellamente escritas, pero no son novela. Los soliloquios internos de Claude Frollo o Jean Valjean, en cambio, sí lo son. Es un error, por tanto, juzgar una novela por su pretendida tesis.

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            Y aquí enlazo con la última cuestión que es, quizás, la más inquietante de todas. El juicio. La condena. El establecer que esta novela o este cuento, esta película, o esta serie de televisión quieren transmitir esta enseñanza. Esta concreta. Que deben leerse de esta manera. Que su interpretación es esta. Que, por tanto, dada esta tesis, esta idea, esta moraleja que hemos desvelado, la obra merece ser ensalzada o repudiada. Y que quien lea la obra condenada, quien la defienda, quien la estime, es un ser asimismo reprobable, indigno.

            Hay matices y hay grados. Tal, no obstante, es la tendencia que observo muchas veces a mi alrededor. Me aterra. La arrogancia de un individuo que determina, ex cathedra, el único y verdadero significado de una obra de arte me exaspera. Niego que un Comité de Sabios, reunido como un tribunal, pueda determinar si el significado verdadero de “La isla del tesoro”  es éste o aquel. Niego que ese tribunal, incluso si el mismo está formado por las más grandes literatos, pueda concluir que la única interpretación aceptable de “El rey Lear” es esta o la otra. Que si entendemos “Crimen y castigo” de esta manera, estamos a salvo y hasta se nos puede felicitar, mientras que, si la leemos de este otro modo, merecemos que nos escupan a la cara.

            Y esa autoridad que niego al hipotético Comité de Sabios, se la niego, de igual modo, a la turba. Me niego a aceptar que un pelotón de linchamiento, virtual o no, me diga cómo tengo que leer, obligatoriamente. Rechazo que puedan coaccionarme moralmente, pasearme emplumado por las calles si mis gustos literarios o mi visión de una obra no coinciden con los suyos.

            ¡Qué empobrecedora es esa posición! ¡Qué cerril! ¡Qué amnésica! Impide al lector la capacidad de transformarse. Destruye la sutileza tanto para el escritor como para el lector. Erradica el gran poder de las novelas infinitas, aquellas que encierran en sí mismas mil lecturas posibles. Rechaza que el lector pueda ser un colaborador del escritor, que el escritor es sólo dueño de la obra hasta que pone el punto final y que el lector, cada lector, sea o no la misma persona, hasta cierto punto, la hace suya.

               Desde luego que no toda lectura es válida, sin más. Si uno de ustedes me dice que “El sabueso de los Baskerville” es una defensa del nacionalsocialismo, veo bastante probable que, después de escuchar sus argumentos, le mande al carajo. Hay interpretaciones absurdas, que no se sostienen o incluso que no se argumentan. No voy a negar a nadie el derecho a interpretar absurdamente una novela. Claro que me reservo mi derecho a tirar por tierra esa argumentación.

            Es importante, creo yo, advertir esto. Porque, de lo contrario, poco a poco, dejaremos que gente con muy buenas intenciones nos diga qué y cómo debemos leer, qué y cómo debemos escribir. Y tal vez volvamos a ver, en los libros publicados, en todos ellos y no sólo donde, tal vez, estén justificadas, esas sombrías palabras: Nihil obstat. Imprimatur.

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junio 17, 2015

Dilema en un tren

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:56 pm
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            Les voy a hacer una confesión, si me perdonan la indiscreción. Tengo tendencia a leer en lugares más o menos públicos. Sé que, igual que la escritura, el lugar más adecuado para la lectura es el hogar de cada cual o una biblioteca, esos lugares que sirven para aumentar de manera temporal la librería de uno, además de ser centros de condena para estudiantes y opositores o coto de caza amorosa para estudiantes y opositores.

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            Sin embargo, si se es lector, se es un adicto, así que se procura leer cuándo y dónde sea. En un autobús, en un metro, en un tren, en un avión, en un parque, en una cafetería, en la sala de espera del médico y en el banquillo de los acusados, sea o no con ulteriores motivos que el mero gusto literario. Mi depravación, lo admito, llega al punto que a menudo me voy a una cafetería, con un libro bajo el brazo, con la intención, premeditada, de leer allí. No es accidental, es planificado. Qué quieren, leer mientras se pide una taza tras otra de café o, dependiendo del día, un vaso tras otro de vermut, es uno de los placeres de la vida.

            La vida, sin embargo, tiene sus equilibrios. Si uno quiere disfrutar impúdicamente de la lectura ante el mundo, tiene que asumir que el mundo tal vez intervenga. Esto coloca al lector, en ocasiones, ante dilemas delicados.

            Supongamos, por ejemplo, que usted, querido lector, está en un tren. Ante usted, una hora de viaje. En sus manos, un poemario de respeto, “Anatomía Comparada de Cefalópodos y Bivalvos del Báltico”, en cuyos octosílabos (salvo en el Canto II, donde se opta arriesgadamente por el verso blanco) pretende perderse, con el traqueteo de los raíles acompañando la cadencia de la rima. Ahí está usted, con la lengua ligeramente sobresaliendo de entre los labios, ante un encabalgamiento que ni se esperaba. Y, de repente, una jovial voz, un golpecito en el hombro, “Anda, Fulano, tú por aquí”. Levanta usted la cabeza, enfoca al intruso.

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            Aquí empiezan los problemas. El intruso puede entrar en tres categorías básicas: “amistosa”, “indiferente”, “ser molesto convencido que pertenece a alguna de las anteriores”. El lector tiene varias opciones: dirigir al intruso una mirada tan vacía como la de una sepia y seguir con la lectura; sonreír amablemente, con el libro desafiante y abierto en las manos, musitar alguna trivialidad, volver a la lectura en cuanto el tipo éste comprenda que sobra; o cerrar el libro. Pero para llegar a una de estas tres soluciones hay que pasar por un proceso mental tan complejo, barajando tantas opciones, sopesando tantas variables, a tal velocidad, que el mismo Hamlet pediría un poco de clemencia.

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            La Ley esencial sobre la que tomar la decisión es esta: la persona del Lector es sagrada e inviolable; una persona leyendo no debe ser interrumpida. Como dijo Victor Hugo sobre la oración, “meditar en la sombra es cosa grave”. Pero como toda Ley universal, es acosada por un enjambre de matizaciones, de contextos, de circunstancias.

            Pueden ser de índole más bien calculadora. Es posible que el intruso sea una molestia, pero está, por caprichos de la vida, en situación de causarnos un bien o un mal. Así que el lector, según su naturaleza, sacrificará un bien por otro, dependiendo de si da más valor a esa influencia del intruso o a las estrofas que estaba saboreando. Es la eterna lucha entre el hombre político y el hombre moral. No seré yo quien diga que uno u otro debe ser el triunfante en toda ocasión; hay ocasiones y ocasiones.

            El lector, soberano, puede decidir que la persona que le ha interrumpido merece la interrupción tanto como París una misa. Tal vez el lector cierre el libro con gran alegría ante el intruso, que ya no será intruso, sino visita caída del Cielo, y ni se acuerde ya de aquel el resto del trayecto o incluso más allá. Hasta es posible que decida utilizar el libro, rebajándolo de fin a herramienta, en su encuentro con el tercero. Claro que ahí el lector ha pasado a ser conversador (en qué tipo de conversación esté metido es otro asunto) y las reglas cambian por completo.

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            El dilema más grave, el más complicado, es el que se plantea entre un lector que está decidido a seguir siéndolo y un intruso indeseado e indeseable, que no tenga poder alguno sobre el lector. Este caso, en absoluto de laboratorio, pone a prueba el temple de las personas.

            Porque esta sociedad nuestra, llena de defectos, ha decidido, mediante una supuesta mayoría tácita, que si el intruso interrumpe al lector está actuando con normalidad y hasta con simpatía, mientras que si el lector le manda a hacer puñetas, de modo más o menos explícito, se está comportando como un imbécil. Cuando, en este caso concreto, es justamente al revés. Quien está siendo un perfecto idiota es el intruso. Intruso que, ustedes lo saben tan bien como yo, toma asiento, dando por descontado el permiso, ante nosotros en el vagón o en la mesa, e inicia el asalto, pasando de un simple saludo a una charla en toda regla; charla que guarda, casi siempre, un sospechoso parecido con un soliloquio. Si esta sociedad fuera más digna de mérito, el lector desenvainaría su estoque (por supuesto, los lectores llevarían estoque) y marcaría al infractor de un modo visible, aunque no letal; esta marca sería valorada por futuros lectores interrumpidos como prueba de reincidencia, lo que justificaría un correctivo más severo.

            Lo malo es que, casi siempre, aplastados por el peso de la cortesía mal entendida, cerramos el libro (aunque lo mantenemos entre las manos, gesto de resistencia más patética que heroica) mientras esbozamos una sonrisa congelada, replicamos con monosílabos al cretino éste, convencido de que nosotros estamos tan encantados como él por el encuentro y la posibilidad de la charla. Porque, evidentemente, el que estuviéramos leyendo se debía a que nuestro aburrimiento era tal que a eso habíamos terminado por recurrir. Porque quién va a leer por el gusto de leer, ¿verdad?

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            Mientras, para desquitarnos, dejamos caer algún comentario pasivo agresivo al besugo bocazas que se empeña en darnos palmaditas en la rodilla cada vez que hace un chiste particularmente abominable, reflexionamos que ojalá el intruso hubiera sido una visita del Cielo. Y consideramos que incluso hay otra posibilidad, más rara, más preciosa e incluso, puede ocurrir, más agradecida aún que el celestial. El otro lector.

            La lectura es una actividad esencialmente solitaria. Más aún, es esencialmente egoísta. Estoy bastante de acuerdo con esa sentencia lapidaria de Harold Bloom. Es solitaria como cualquier acto creador (quien crea que la lectura es pasiva, no activa, tiene que replantearse cómo está leyendo). Considero que la experiencia estética del lector, del espectador, del oyente es siempre, en el fondo, irreductiblemente personal. Dicho esto, ciertas artes pueden disfrutarse tanto en soledad absoluta como en una más relativa. Una película puede verse con otra persona, y la experiencia cambia. Un concierto puede escucharse en medio de una multitud y la experiencia no es la misma que en la intimidad de la casa de uno, por varios factores. Un cuadro puede contemplarse y comentarse con un compañero, aun un compañero circunstancial. Pero la experiencia es propia.

            Sé que no es tan raro que existan lecturas en público. Demonios, Dickens leía sus propias obras y la gente se pegaba por escucharle. Sé que hay recitales de poesía en clubes y cafeterías, en teatros y salones. Pero algo en todo ello me rechina. Una novela leída en alta voz por su autor o por otra persona puede asemejarse al teatro leído, pero para ello harían falta varios lectores o uno auténticamente proteico. Mi incapacidad para escribir poesía es absoluta; sé, pese a ello, que la poesía ha de leerse en voz alta. Ahora, yo creo que su más íntima esencia está en recitarla en soledad, en la intimidad, el lector frente al poema, tratando de domarlo o de sobrevivir a él. La lucha que el poeta tuvo ante el papel en blanco la tiene reproducida ahora el lector frente al papel lleno de letras. Puede leerse un poema, ajeno o propio ante otro u otros, sí, e incluso permitir que otros lo hagan. Dejar que alguien lea nuestras poesías ante otros puede ser una experiencia cruel para ciertos autores, sobre todo si el lector no acierta con la enunciación y la puntuación. Si el propio autor no acierta con su propia puntuación, algo que he presenciado, los guardianes de la Lírica deberían llevárselo arrestado. Algo de la pureza se pierde con esa lectura que casi puede mutar en discurso.

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            Y pese a todo lo que he dicho, pese a lo solitaria que es la lectura, la realidad se empeña en desbaratarme mis pulcros esquemas, se empeña en mezclar, se empeña en hacer borrosas las fronteras. Porque es posible, como digo, que aparezca otro lector, un lector amigo o desconocido y se ponga a leer a nuestro lado. Una de las más altas muestras de amistad es la de aquel que te ve leyendo, saluda de manera silenciosa y, sin imponerse, saca su propio libro. Entre los dos lectores se establece una comunión extraña, sutil. Si existe una relación previa, puede que uno enseñe al otro de repente un pasaje particularmente poderoso de su propia lectura. Puede que más tarde lo haga el otro. La relación queda entonces en el fiel de la balanza, decantándose ora por la lectura, ora por la conversación. Sea que caiga uno u otro platillo, no será un veredicto lamentable.

            Se lee solo. Pero se puede leer solo en acompañamiento, y esta mutua compañía de soledades es uno de los más misteriosos espectáculos del espíritu humano; tanto más misterioso cuando es gloriosamente cotidiano.

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            Sin embargo esto no hay quien se lo explique al tipo este que lleva dándole la tabarra ya casi cuarenta minutos. Ah, pero mire, que se levanta, hemos llegado a su parada, se despide con una última muestra de ese ingenio tan suyo, se abren las puertas, ya ha bajado al andén, las puertas se cierran, el tren sigue su marcha y usted, lector, puede por fin abrir de nuevo su libro y bailar entre los versos.

agosto 29, 2013

La ofensiva

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:02 am
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            Hemos examinado, siquiera brevemente, el poder totalitario que se ha hecho con el Estado en la Inglaterra distópica de Moore y Lloyd. Pues bien, contra este Estado lucha V. La mayor parte de los lectores, salvo los fanáticos de la ley y el orden, siente una simpatía instintiva, hacia el enmascarado. Aunque, como ya he dicho, V no es un héroe y se autodefine, irónicamente, como un villano. Sin embargo, de buenas a primeras, el lector necesita un héroe y sólo con el tiempo comprende que aquí no caben maniqueismos facilones.

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            La primera vez que el estatus moral de V tiembla verdaderamente es cuando Finch entra en escena. Al investigar el secuestro de Prothero, el sagaz detective comenta con su ayudante, Dominic, que es el aspecto mental el que me preocupa… su actitud ante el asesinato. Piénsalo, los mató despiadada, eficientemente y con el mínimo esfuerzo. Pese a sus defectos, eran seres humanos… ¡y él acabo con ellos como si fueran ganado!

            V, no hay duda, es anarquista. Ahora bien, el anarquismo se divide, a grandes rasgos, en dos vertientes, el pacífico y el violento. Los violentos reclaman la “propaganda mediante la acción”, es decir, la ejecución de atentados para destruir la corrupta sociedad existente, para poder sustituirla por la nueva y pura sociedad de la Humanidad futura. Los pacíficos condenan la violencia, rechazan el asesinato.

            V, parece, se adscribe a la primera vertiente. Pero hasta el más pacifista de los anarquistas “ortodoxos” reconocía como legítimo el derecho de resistencia. Si la situación de opresión, de desamparo, de crueldad llegaba a límites intolerables, la reacción violenta es lógica, es justa y es inevitable. Salvo por el calificativo de justa, esto es lo que denunciaba la Teología de la Liberación: que la violencia sistemática, calculada, perversa e injustificable de la sociedad, de los privilegiados, tendría como respuesta natural la indignación, la cólera popular y, podía ser, la insurrección. Monseñor Romero (quien no era teólogo de la liberación), en una frase muy criticada, sentenció: Quítense los anillos antes de que les corten los dedos.

            Así pues, V tal vez haya sido un anarquista pacífico en sus orígenes, que ha llegado a la conclusión de que el derrocamiento del Líder exige métodos contundentes. Yo, la verdad, creo que V es un anarquista violento desde su origen. Al fin y al cabo, su conversión a la Anarquía se produce por su desengaño con la Justicia. Cuando su antigua amante le arroja a un campo de concentración donde se le tortura y se experimenta con él hasta la locura, se entrega a la Anarquía. Una Anarquía violenta. Su transfiguración viene con el fuego, el incendio que arrasa el campo de Larkhill.

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            Pero V es un violento calculador y muy inteligente. Sus ataques son meditados. Destruye el Parlamento, tal vez vacío, igual que el Old Bailey. Al menos, no tenemos datos de bajas. Los Poderes sin poder, aunque representados por edificios conocidos, respetados, llenos de simbolismo, son los primeros en caer.

            Después, V remata su vendetta contra sus torturadores de Larkhill. Cierto, con la locura de Prothero, asesta un nuevo golpe al Estado: la Voz de Destino debe cambiar y el cambio implica debilidad en el orden. Los oyentes se sienten incomprensiblemente incómodos. Lilliman es otro apoyo del Estado, aunque tampoco esencial: se puede encontrar otro obispo afín sin mucho esfuerzo. Y la atormentada Doctora Surridge, la ciencia prostituida por el Poder, no tiene relevancia en una guerra contra el Líder. Su muerte es una cuestión de estricta venganza. Aunque tal vez ella lo haya vivido más como una liberación.

            Es entonces cuando empieza la auténtica campaña. Mientras sus planes de liberación para Evey y de destrucción psicológica para el Líder avanzan, V se encarga de los medios de control. Al son de la Obertura Solemne 1812, vuela el Ojo, el Oído y la Boca. El Estado queda sordo y ciego e incapaz de hablar, como comprende Susan.

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            V pasa la pelota al pueblo. Informa a los ciudadanos de que, de repente, han recuperado su derecho a la intimidad. Es más: decreta unos días de absoluta libertad. El Estado no será capaz de controlar eficazmente a sus súbditos. Inglaterra es el País-de-haz-lo-que-quieras.

            Resultado: desorden, asaltos, pillaje. ¿Anarquía? Sin duda, replicarán los conservadores, la gente de ley y orden, los defensores del Estado. Sin nosotros, es el caos. La realidad nos respalda. V ha demostrado ser un terrorista provocador del desorden, nada más.

            Evey traslada nuestra pregunta a V. Y V es claro: Anarquía significa “sin líderes”, no “sin orden”. Con la anarquía viene la era del ordung, del verdadero orden, es decir, del orden voluntario. Esta era del ordung empezará cuando el ciclo loco e incoherente del verwirrung que esos informes revelan haya corrido su curso. Esto no es anarquía, Eve. Esto es caos.

            En tan pocas líneas, Moore ha condensado lo esencial de la tesis anarquista. El nuevo orden, el verdadero orden, el orden autoimpuesto, espontáneo, libre. Por así decir, la anarquía elimina el Derecho, entendido como conducta coactivamente impuesta desde el exterior, dejando sólo la Moral, la conducta espontánea, sin imposiciones, del hombre libre. Eso sí, no es algo instantáneo. Derribado el Estado, el antiguo orden, hay un período de ajuste, el período en el que la corrupción que la vieja estructura ha dejado impresa en el alma humana termina desapareciendo. Entonces surge el hombre nuevo.

            Por eso es erróneo comparar a V con el Joker, o afirmar que éste es un agente de la anarquía. Nadie es menos anarquista que el Joker, porque para ser anarquista hay que ser un humanista, un apasionado de la Humanidad. El Joker es un agente del caos, de la destrucción, del nihilismo más negativo, despiadado y tenebroso imaginable.

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(Además de poseer un envidiable sentido del humor)

            Con sus herramientas de control rotas, el Estado es presionado por el descontrol rugiente. Debe intentar encarrilar la situación. Y el totalitarismo conoce pocas formas de mantener el orden. Pero V, demostrando ser un fino analista, advierte que la equidad y la libertad no son lujos que puedan ser apartados a la ligera. Sin ellas, el orden no puede durar mucho antes de acercarse a abismos inimaginables.

            Es lo que ocurre. La violencia del sistema se hace insoportable para el pueblo. El fascismo lo sedujo para alzarse con el poder, lo sedujo con astucia, con fuerza y con terror. Pero ya ha perdido esa capacidad de seducción, sólo sabe aterrorizar. Ha empleado demasiado el palo, la fuerza física. Cualquier gobernante hábil sabe que el recurso de la fuerza bruta es el último, que debe ser utilizado con extrema prudencia. El Líder pudo haber evitado un empleo estúpido de la fuerza. Pero el Líder ya no es capaz de liderarse a si mismo, perdido en su depresión, derrotado por la genial guerra psicológica que V ha dirigido íntimamente contra él.

            Y el pueblo se alza. Sería de un optimismo enternecedor pensar que lo hace tras una meditada reflexión, como consecuencia de un razonamiento, al evaluar fríamente anarquía y despotismo. Pues no. Es una reacción, una reacción visceral, colérica. El detonante es el asesinato de una niña. E Inglaterra arde. Finch lo dice con precisión: Mantuvimos encerrada su amargura durante años, pero no les ayudamos a enfrentarse a ella.

            La ira del pueblo no es adhesión a V. No son anarquistas. Cuando Evey, al final, da a elegir a la multitud entre rematar al malherido Estado totalitario y ser libres o volver a su vieja obediencia, los ingleses se lanzan de cabeza contra los últimos soldados. Parece que el pueblo toma partido por la libertad y por la indignación. En una viñeta, durante los disturbios, Moore y Lloyd proyectan la imagen de Cosette, en un claro homenaje a Victor Hugo, a Los miserables, a la utopía de la revolución humanista y humanitaria. Y en ella, Hugo escribió: La cólera puede ser loca, absurda; el hombre puede irritarse injustamente, pero no se indigna sino cuando tiene razón en el fondo por algún lado.

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            El final es abierto. Evey, coherente con el pensamiento que ha recibido de su mentor, no desea ser líder. No los dirigiré, sino que los ayudaré a construir. Será el pueblo, sobre las ruinas del fascismo, el que tendrá que decidir si avanza hacia la anarquía, si es que eso es posible. Se admiten apuestas.

agosto 15, 2013

El Leviatán

            En Los miserables, Víctor Hugo afirmaba que si nos viéramos forzados a la opción entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos a los bárbaros. Pero, gracias al cielo, hay otra elección posible. No es necesario ninguna caída a pico, ni hacia delante ni hacia atrás. Ni despotismo ni terrorismo. Moore y Lloyd no son tan considerados con nosotros. Nos niegan la tercera vía. Nos colocan ante la lucha entre un Estado todopoderoso y un terrorista invencible. Y nos invitan a tomar partido.

            En ningún momento se expone con mayor claridad semejante choque como en el capítulo cinco del libro I, “Versiones”. El Líder, Adam Susan, expone en su soliloquio las líneas maestras de la teoría fascista. La Patria está en peligro, para salvarla hace falta unidad, porque de la unidad nace la fuerza. Y si esa fuerza, esa unidad de propósito exige uniformidad de pensamiento, palabra y obra, que así sea. ¿Las libertades individuales? Son lujos. No creo en los lujos. La guerra acabó con los lujos.

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            Volveré en un momento con el señor Susan y con el Estado fascista que lidera. La segunda versión es un teatral (¡cómo no!) diálogo que V “mantiene” con la estatua de la Justicia que corona el Old Bailey. V se presenta a Madame Justicia como un antiguo admirador, un enamorado platónico en su infancia y juventud. Un enamorado que ha visto como su amada se ha ido de picos pardos con un tirano brutal. Acusa de infidelidad a la Justicia. Es decir, a la Ley, al antiguo orden, a la democracia, al sistema anterior a la guerra. V fue un fiel ciudadano en el pasado. Respetó la ley. Obedeció al sistema. Porque el sistema prometía paz, justicia, igualdad y libertad. Pero cuando esa Ley se alía con el poder del terror, V ve con claridad que será siempre una enemiga de la Libertad. Así que se entrega a los brazos de otra amante, la Anarquía, la cual le enseña que la Justicia no significa nada sin la Libertad. V se despide cortésmente de Madame Justicia, le entrega un último regalo. Y vuela en pedazos el tribunal.

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            Primero, el Estado. Todo Estado sueña con ser totalitario. Igual que el Mercado ansía ser rapazmente libre para devorarlo todo, el Estado desea ser completamente absoluto para dominarlo todo.

            En esta Inglaterra que examinamos, el Estado lo ha logrado, o casi.

            Las viejas portadas del Leviathan, de Thomas Hobbes, mostraban al Estado como un hombre gigantesco formado por hombres más pequeños, los ciudadanos. Parece una sombría parodia de la metáfora de San Pablo (Primera Carta a los Corintios 12, 12-30). La imagen del cuerpo estatal, constituido por los ciudadanos (o, peor, por los súbditos) es la predilecta de la teoría organicista.

            Según esta visión de la sociedad, el ser humano es un miembro del grupo y es el grupo el que transmite derechos al individuo. Éste es algo sólo mientras pertenezca a un grupo, a un organismo. La crítica clásica al organicismo es su alegre tendencia al totalitarismo. Su visión del Derecho es muy reveladora: es la medicina para sanar las enfermedades del cuerpo social.

            No cabe duda de que el Líder es un organicista. Tan es así que ha establecido un gobierno conocido como la Cabeza. Toda la poderosa Administración depende de alguna parte de esta Cabeza. Examinémosla.

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            Tenemos, en primer lugar, el Ojo, encargado de observar hasta el más mínimo detalle. En las primeras viñetas del comic, una cámara de video-vigilancia grababa fríamente a los viandantes bajo el familiar lema “Para su protección”. A lo largo de la obra, es claro que no hay intimidad en Inglaterra. Tampoco los miembros del Partido se libran de ellas, ni siquiera en sus propios dormitorios. Orwell ya pensó en este sistema, en 1984 (novela con la cual V de vendetta tiene más de una deuda).

            Una misión análoga tiene el Oído. Sus funcionarios escuchan con paciencia, con aburrimiento, cada conversación, cada charla. No hay una línea telefónica o telegráfica que no esté intervenida. La Stasi, en la Alemania del Este, sabía muy bien lo útiles que podían resultar estas escuchas.

            La Boca, en cambio, pretende alentar al pueblo. Alentarlo a la obediencia, claro. Y al orgullo patriótico. Y al miedo al caos que, inevitablemente, asolará las verdes campiñas inglesas si el gobierno cae. Con Prothero como la Voz del Destino (ahora veremos quién es Destino), a las horas previstas los boletines llevan tranquilidad, morfina, éxtasis, odio o cualquier otro sentimiento que la Cabeza considere necesario inocular a sus órganos inferiores.

            Por último, tenemos los elementos represores. Pero no existe un departamento dedicado a ello en exclusiva, sino dos. La Nariz se encarga de las investigaciones criminales. Es la policía, la policía común. La que tiene el Estado más democrático y más respetuoso con los derechos humanos y libertades públicas. Luego está la Mano. Y sus Dedos. Los mismos que trataron de violar a Evey. Los Dedos son la Gestapo, las SS, la NKVD, la KGB y la Stasi. Son la policía secreta, la policía política. La que se mueve siempre en la sombras, la que purga el cuerpo de los elementos extraños. No los meros delincuentes, que también pueden caer en sus garras. Sin duda, la Mano se encargó de los campos de concentración y es la que se ocupa de cualquier rebelde o inconformista, de cualquier librepensador. Es la Mano que agarra, golpea y estrangula. La Nariz se limita a olfatear. Y a taparse las fosas cuando la Mano entra en acción.

            Ojo, Oído, Boca, Nariz y Mano están al servicio del Líder, que los controla desde su despacho. Esta estancia bien podría llamarse el Cerebro. Los miembros del Oído y los del Ojo dan sus informes al Líder. Para consultar datos de otros departamentos hace falta permiso del Líder, o actuar a sus espaldas. Sólo este cerebro sabe con exactitud lo que ocurre en su reino.

            Porque en la Cabeza reside Destino. Destino es un ordenador, una inmensa base de datos, la información archivada, controlada, consultada y cotejada sin descanso. Destino es lo que sería una Internet bajo férreo control gubernamental. Destino es el genio místico que anima al Estado. Los ciudadanos escuchan las noticias de la Voz del Destino. Incluso creen que Prothero es la auténtica voz del ordenador. Aunque el Líder, sólo el Líder, tiene acceso al sancta sanctorum donde Destino se encuentra.

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            Este Líder, este Adam Susan, ¿quién es? Es Calvino. Es el personaje histórico al que más me recuerda. Con una idea fija, ambos, con un desprecio absoluto hacia sus gobernados. Convencidos de estar haciendo lo correcto, convencidos de que todos los medios son legítimos para conseguir el elevado fin que persiguen. Y tan despiadados consigo mismos como con los demás.

            En su retrato de Calvino, Stefan Zweig nos muestra un hombre severísimo, implacable. Un hombre que jamás descansaba, que jamás se relajaba. Un hombre que sólo sabía trabajar, gobernar, administrar. Incluso sus escritos y sus oraciones eran actos de gobierno, porque, como teócrata, Dios entraba en sus funciones de dictador.

            Susan da una descripción de sí mismo que se aleja poco de la del señor de Ginebra. ¿Me reservo la libertad que niego a otros? No. Me siento en mi celda y no soy sino un siervo. […] No soy amado, lo sé. Ni en alma ni en cuerpo. Nunca he conocido los suaves susurros del cariño. Nunca he conocido la paz que yace entre los muslos de una mujer. Pero soy respetado. Soy temido. Eso bastará.

            Pero, como señalaba también Zweig, un cuerpo siempre fustigado por la mente acabará por rebelarse. Calvino se pasó casi toda su vida enfermo. El Líder se vuelve loco. Su idolatría por Destino como encarnación del poder absoluto, como su dios mecánico, le lleva a amarlo de un modo, incluso, enfermizamente físico. Véase la página 196.

            V, manipulador genial, es quien inicia la reacción en cadena que destroza la mente del Líder. Una mente que es igual a la sociedad que ha creado, rígida, rigurosa, poderosa, pero frágil, precaria, como el mismo V afirma. Mientras el Líder se hunde en la irrealidad y luego en la depresión, V desmonta metódicamente la dictadura que había establecido.

            La verdad, es un tanto injusto para Susan que le veamos en su decadencia. Su ascenso al trono tuvo que ser digno de estudio. Su establecimiento de una dictadura tan bien pensada, en medio de una posguerra nuclear, sin duda alguna fue una obra maestra del totalitarismo. El tiempo, sin embargo, pertenece a V.

febrero 12, 2013

El villano puritano

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:01 pm
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            Pensar que Scar es un reflejo de Ricardo Glóster puede muy bien ser una deformación mía. Que el magistrado Claude Frollo, de El Jorobado de Notre Dame (Disney), es una versión simplificada del arcediano Dom Claude Frollo, de Nuestra Señora de París (Victor Hugo), es una evidencia.

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            Del atormentado sacerdote que es el protagonista y villano de la novela de Hugo, ya hemos hablado, al examinar el Amor en la Literatura, en concreto, cómo el Amor puede ser el origen del Mal. El personaje de Disney es, desde luego, mucho más sencillo. En esta película, como en tantas otras de la compañía, el mundo es maniqueo y la parte tenebrosa la llena Frollo en solitario. Sí, Clopin y los suyos tienen un momento amenazador, pero son de los buenos, al fin y al cabo; nada que ver con la colección de criminales, asesinos, ladrones y demás buena gente de la Corte de los Milagros original.

            En realidad, pocos personajes tienen algo que ver con sus originales, salvo Frollo y Esmeralda, a ratos. No Febo, desde luego, ni Quasimodo, irreconocibles. De Frollo se suele señalar como gran cambio que se le seculariza, despojándole de su condición clerical, para convertirlo en una especie de gran inquisidor seglar, encargado de crímenes mundanos y de desviaciones sociales, siempre en nombre de Dios, aunque enfrentado, curiosamente, con el representante de la Iglesia, el Archidiácono (el cuál tampoco es que tenga mucho éxito, la verdad).

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          (Mal día para hacerse el valiente, monseñor)

          Esta secularización no es cosa de Disney. Una de las mejores adaptaciones (aunque también difiere de la obra original) de Nuestra Señora, la versión de 1939, ya hacía lo mismo. Sir Cedric Hardwicke interpretaba a un Frollo convertido en Juez (laico) supremo de París. En cambio, apenas había cambios con los demás: Esmeralda era Esmeralda, Febo era el despreciable y fatuo soldado del libro y Quasimodo, gracias a ese actor inmenso llamado Charles Laugthon, es el mejor campanero de la catedral que jamás he visto (lo que hacía ese hombre sólo con un ojo es impresionante). Al que no reconocería ni su madre en esta versión es a Jehan; al encantador tarambana hermano menor de Claude lo transforman en hermano mayor (creo recordar que les intercambiaban los nombres de pila, encima), benévolo, paciente y obispo… caramba.

            Pero volvamos con nuestro villano. El gran cambio entre el Frollo huguiao y el de Disney es psicológico. El arcediano no era un mal hombre. De hecho, era bastante buena persona. Serio, melancólico, reservado, pero también compasivo. Se carga a sus espaldas la responsabilidad de su hermano pequeño, fruto de constantes decepciones, al que quiere con sinceridad; y salva al deforme bebé Quasimodo, a quien la ciudad entera ve como un demonio, ganándose con ello fama de brujo. Frollo resulta fascinante porque es el estudio de una persona recta transformada en un monstruo tan sufriente como atormentador, corrompido por una pasión que trata de reprimir y luego, cuando ya le ha desquiciado, de saciar a toda costa.

            El Frollo de Disney no era un clérigo estudioso, con las semillas de su propia destrucción en el alma, sino un inquisidor, un comisario despiadado, glacial, que persigue sin descanso a cuantos considera merecedores de castigo. Luego, desde el inicio de la película, tenemos claro quién es el villano: este fanático monolítico, para el cual el pueblo es una masa pecadora, a la cual hay que vigilar con mano de hierro, y los que viven fuera de las normas sociales son corruptores, a quienes debe extirparse sin dudar. La obertura lo deja claro (ignoren el último minuto y medio, por favor):

            Simple como resulta si se le compara con su origen literario, Frollo es un villano peculiar en el mundo de Disney; casi todos los malvados de Disney son, o bien unos amorales pragmáticos, o bien unos inmorales encantados de serlo. O rechazan que haya Bien y Mal o lo aceptan, manifestando jovialmente su adhesión a las filas del Mal (y esa jovialidad es una de sus características más simpáticas). Claude Frollo, en cambio, vive en un rígido mundo de Bien y Mal, maniqueo como sus ropajes negros y blancos. Y sólo él y sus servidores están del lado del Bien. Esto es muy raro en Disney. Frollo no es un hipócrita. Ningún fanático es hipócrita. Él cree sinceramente que está de parte del Cielo, por mucho que el Archidiácono le lleve la contraria, cree en el miedo, en el castigo, en el dolor y en el fuego para librar su guerra contra quienes ve como enemigos. Eso no hace sus acciones menos crueles, pero es una crueldad honesta. Este puritano implacable está seguro de que es el bueno.

            El Frollo de Hugo cae en una espiral de deseo frustrado que le lleva a un nihilismo destructivo: Esmeralda se ha vuelto su mundo y, como no puede tenerla, está dispuesto a aniquilarla, no importa el precio. Al final de la novela, no sé si ya si es honesto, hipócrita o si el sufrimiento que padece y ha causado le han desquiciado hasta tal punto de volverlo loco. El Frollo de Disney únicamente tiene un momento, su mejor momento, en el que la confusión se apodera de él. Solo en su palacio, Frollo reza a María, con su inflexible orgullo habitual, para verse asaltado por el deseo que la joven gitana ha despertado en él. Un deseo contra el que lucha, hasta que cede, clamando por poseer a Esmeralda o por su destrucción, en medio de visiones espectrales:

            Este monólogo condensa en tres minutos todo el proceso psicológico que Hugo hace pasar al arcediano, y, desde luego, pierde mucho por el camino. Sin embargo, la esencia está ahí: un hombre con gran dominio de sí mismo queda prendado de una joven, de una joven gitana, asocial, de un grupo que siempre ha perseguido (en Disney), ¡y no puede dejar de pensar en ella! ¡Y desearla le llevará al Infierno! Al final, Frollo se ha perdido a sí mismo, porque acepta la condenación, según su credo particular, a cambio de tener a Esmeralda e incluso se dirige a María pidiendo, de un modo muy poco ortodoxo, que la mande a las llamas del averno si no se la entrega para gozar.

            Lo curioso es que luego Frollo parece regresar al que era. Sí, persigue a Esmeralda, manda a sus sicarios a buscarla, atrapando de paso a unos cuantos gitanos y parisinos que les han dado refugio y, finalmente, manipula al pseudo Quasimodo de Disney para encontrar la Corte de los Milagros. Sin embargo, que Esmeralda esté allí vine a ser una ventaja añadida; el gran éxito es encontrar el cuartel general de sus enemigos. Si Frollo fuera el hombre obsesivo que debería ser, la Corte de los Milagros sería la excusa, no el objetivo. Cierto que el magistrado hace una intentona para llevarse a Esmeralda, dándole a elegir entre hoguera y su compañía, pero resulta demasiado poco demasiado tarde, como si los guionistas se hubieran acordado de repente de que su villano está colado por la heroína.

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  (Una vez desaprovechada la oportunidad, sólo queda quemarla viva)

            La relación de Frollo con Quasimodo está aún más alejada de Hugo. El amor incondicional del campanero por el arcediano es absoluto en la novela, hasta las últimas páginas; después de todo, un joven Frollo salva al huérfano Quasimodo de ser quemado vivo por unas cuantas buenas almas, que empezaban a sospechar seriamente que era un diablo. Y aunque el trato de Frollo hacia el campanero es más bien áspero con el paso de los años, tenemos sobradas muestras de que el sacerdote y alquimista a tiempo parcial de Hugo era más bien mordaz con quien le rodeaban. Sólo cuando su pasión amorosa por Esmeralda ha minado su cordura llega a ver al campanero como un rival, a sentir celos de él y a desvincularse afectivamente de su hijo adoptivo.

            En cambio, el magistrado de Disney tiene a su cargo a Quasimodo, de muy mala gana, como penitencia por haber matado a su madre- y sin el más mínimo propósito de enmienda. Educa al jorobado como parte de la carga, no con la vocación docente que sí tiene Dom Claude. Y, sobre todo, el Frollo de Disney, de una manera menos refinada que Madre Gothel, chantajea emocionalmente a su pupilo, aterrorizándole con historias sobre lo mal que le trataría el mundo si saliera alguna vez de la catedral. Luego resulta que la gente es maravillosa y que el mundo es maravilloso y que Frollo, el muy desgraciado, sólo estaba mintiendo para mantener bajo control al campanero. Pues claro que sí, chaval.

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           (Venga, que levante la mano el que esté a favor del imbécil pelirrojo)

           La batalla final es una especie de catarsis para Frollo: tiene a mano acabar con Esmeralda y Quasimodo de una sola vez, y aquí, al fin, sí está desquiciado del todo, asaltando al frente de sus tropas la catedral, mientras el pueblo de París, muy concienciado él, decide liberar a los gitanos y enfrentarse a la tiranía del magistrado. En la novela también se produce un sitio de Nuestra Señora, pero existen al menos siete diferencias con el de la película (¡a ver si las encuentran todas!).

            Total, que Frollo, riendo a carcajadas maníacas, está apunto de decapitar a Esmeralda y a enviar a Quasimodo a un lago de plomo fundido, cuando la gárgola en la que se alza se resquebraja y es él quien cae hacia la muerte. ¡Por poco! Una vez más, el final del Frollo literario es mucho más dramático y poderoso.

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      (La sonrisa, eso sí, inspira confianza)

        Quizás la mayor diferencia entre estos dos Frollos sea la siguiente: el literario sufre, sufre terriblemente, padece, y cuanto más padece más maligno se vuelve; el Frollo de Disney pasa de ser un fanático glacial a un fanático un poco menos glacial, que ha tenido un cuelgue con una de sus víctimas habituales.

            O sea que, para Malvados profundos, no vayamos a Disney, les salen mal. Les salen mejor los Malvados encantados de serlo y que hacen que nosotros estemos encantados de que lo sean.

mayo 20, 2012

¿Amor? ¡Arte! (VII): el Amor como origen del Mal

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:48 pm
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            Claude Frollo, sabio melancólico, sacerdote severo, no es una persona incapaz de amar, ni mucho menos. Ama a su despreocupado hermano Jehan, aunque ese amor fraternal es unidireccional y provocador de más dolor que alegrías. Siente compasión por el deforme bebé Quasimodo, al que salva de la muerte y al que cría, logrando la abnegación del campanero, pese a su áspera forma de ser.

            Pero aquí estamos hablando del amor de pareja, del amor erótico, y en ese amor, Claude, en principio, ve al Demonio disfrazado. Y durante largo tiempo, no tiene problemas en rechazarlo. Hasta que un día, fatalidad, ve a la gitana Esmeralda. Y se enamora perdidamente.

            El enamoramiento, el deseo, el amor de Frollo por Esmeralda es un estupendo objeto de estudio. Dom Claude trata de resistir ese amor, como Stevens y, como Stevens, no lo consigue. Pero donde el correcto mayordomo inglés se limita a suicidarse anímicamente, Claude, pasional bajo su frío aspecto, trama una y otra vez la aniquilación del objeto de su deseo.

            ¿Por qué? Según muchos idiotas, si alguien ama a otra persona, no hará nada que la dañe. Esto es desconocer por completo la fuerza destructiva del amor, que destruye al amante y al amado, como uno se descuide. El amor de pareja es celoso, egoísta. Queremos a la otra persona para nosotros mismos. Pero Frollo es más complejo: en su búsqueda de la destrucción de Esmeralda se mezclan varios motivos y nunca se tiene muy claro cuál de ellos es el dominante. ¿Es porque si la mata, se liberará del embrujo amoroso? Tal vez, él mismo confiesa que es una de sus razones. Pero cuanto más se enamora, cuanto más apasionado se vuelve y cuanto más comprende que no puede vivir sin Esmeralda (es decir, cuando calcula que la ama), lo que desea es vivir con ella y gozar con ella. También sabe que eso no será posible. Y entre no ser de ella y ella de él y que ella sea de otros, prefiere que ella no sea de ninguna manera.

            La infantiloide versión de Disney vuelve irreconocible a todos los personajes (Febo es un individuo digno, Quasimodo un tímido y tierno marginado, en vez del dolorido y temible campanero, Clopin un bufón alegre…) salvo a Esmeralda, más o menos, y a Frollo. Secularizado, eso sí, pero rígidamente religioso, el Frollo de Disney es un fanático custodio de la Ley y la Moral, racista y cruel, no el complicado sacerdote de la novela. Su pasión por Esmeralda es mucho menos complicada que la que Hugo va analizando, pero, con todo, provoca el mejor momento de toda la película, un siniestro soliloquio nocturno:

            Si no es mía, no será de nadie. Una vez que ya no es capaz de librarse de la pasión amorosa no correspondida, Claude elige ese lema como grito de batalla. Él es sacerdote, respetado, gran erudito. Ella, gitana, una marginada, despreciada por la Francia medieval. Un escritorzuelo les habría embarcado en una historia de amor imposible correspondido vomitiva. Hugo los embarca en una historia de amor y deseo no correspondido tan magistral como aterradora.

            Porque Esmeralda teme y, con el tiempo, aborrece al sombrío cura. Ella, una adolescente de dieciséis años, está enamorada de Febo, un insufrible capitán de arqueros, que la quiere para pasar unas noches de juerga y basta. Quasimodo, tan consciente de su fealdad como Ricardo, pero capaz de amar y de sufrir por ello como Stevens, también la ama, consciente desde el principio de la insalvable barrera física, certidumbre que sólo logra acrecentar su dolor.

            En este sentido, Nuestra Señora de París es un reflejo tenebroso de La cartuja de Parma. En la novela de Stendhal, el astuto y amable conde Mosca ama a la marquesa Gina, que siente por él gran estima, pero que está enamorada de su sobrino (sobrina de ella, no del conde), Fabricio, el cual bebe los vientos por Clelia. Ninguna de estas relaciones logra alcanzar una realidad perfecta, ni feliz, pero, al lado de lo que urde Hugo, es el paraíso del amor consumado.

            Frollo, es evidente a lo largo de la trama, lo sacrificaría todo para poder saciar su pasión por Esmeralda. Al final, en lo más bajo de la degradación, hasta trata de violarla. El miserable sufre tanto, sin embargo, y resulta tan triste el espectáculo ruinoso de un hombre profundo desquiciado, que no somos capaces de aborrecerlo. De una manera similar a lo que ocurre con Macbeth, Frollo podemos ser nosotros, bajo ciertas circunstancias.

            La ambivalencia que en nosotros provoca Dom Claude alcanza su culmen en sus dos largas charlas con Esmeralda, primero en su celda, luego al pie del patíbulo. A ratos, el dolor del cura causa nuestra empatía, pero al siguiente sus actos nos repugnan. Pocas veces he visto un héroe-villano tan bien perfilado, verdadero protagonista de la obra, atormentado y atormentador.

            Como Esmeralda rechaza con horror todos sus intentos, Frollo maquina la muerte de la desdichada gitana. Cuando cree haberlo logrado al fin, cuando logra su condena a la horca (aunque ella es rescatada por Quasimodo), se embarca en un horripilante peregrinaje por su mente tortuosa. El alucinante capítulo “Fiebre” nos muestra el descenso de Claude a su infierno particular:

            Se hundió conscientemente en sus malos pensamientos y, a medida que se hundía más en ellos, sentía estallar en sus entrañas una risa satánica, y, cavando así en su alma, al comprobar cuán grande era el espacio que la naturaleza había reservado en ella a las pasiones, su risa se hizo aún más amarga. Removió en el fondo todo su odio, toda su maldad y reconoció, con la mirada fría de un médico que examina a un enfermo, que ese odio y esa maldad no eran más que amor viciado; que el amor, ese manantial en el hombre de todas las virtudes humanas, se convierte en algo horrible en el corazón de un sacerdote, y que un hombre como él se convertía en demonio al hacerse sacerdote. Entonces,  su risa fue atroz y de pronto se quedó pálido al constatar el aspecto más siniestro de su fatal pasión; de ese amor corrosivo, envenenado, rencoroso, implacable que únicamente había conseguido el patíbulo para ella y el infierno para él; condenados ambos.

            No considero, en modo alguno, que el amor sea siempre la fuente de toda bondad en todo hombre, ni que todo sacerdote se convierta en un psicópata por su culpa, pero sin duda, tiene el poder de encumbrar o de destruir a casi cualquier hombre. Frollo es destruido por el amor. Según el budismo, la raíz del sufrimiento es el deseo, así que para no sufrir hay que liberarse de los deseos. El arcediano no se libra de su deseo, pero sí del objeto de su deseo, aunque por el camino pierde toda su humanidad. Podemos suponer que, tras la muerte de Esmeralda, Dom Claude hubiese sido un hombre sólo en apariencia. Pero no podemos saberlo, porque Quasimodo, destrozado al ver cómo su padre adoptivo asesina a su amada, empuja al sacerdote desde las torres de la catedral, muriendo él mismo de dolor en el cementerio.

            Pero ni siquiera con Macbeth, Ricardo y Dom Claude agotamos el diálogo entre el Amor y el Mal. Aún nos faltan los dos grandes monstruos de Shakespeare. Nos faltan Yago y Edmund.

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