Con un vaso de whisky

junio 2, 2017

Relatos de piratas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:41 pm
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    Desde que un servidor de ustedes era crío, al empezar a leer una novela o un cómic o ver una película o serie, espera con ansia a que aparezca en escena el villano de la función. Asumo que en ocasiones no hay tal villano y aún así estoy ante una obra digna o maestra, pero, pese a ello, siento una ligera comezón sin un malvado con todas las letras (de uno u otro sexo, obvio es decirlo).

    Los piratas fueron en mi infancia bandera de contradicción. A primera vista, pocos podían superar a un auténtico capitán pirata como Malvado. ¡Lo tiene todo! La casaca. El barco. Una tripulación de sicarios. ¡Calaveras y huesos por símbolos! Y si lleva garfio y se llama James, ya para qué pedir más. Por desgracia, aparecieron los románticos (condenado Espronceda) y el pirata, precisamente por ser un villano tan resultón, pasó a convertirse en el héroe. Las películas de Burt Lancaster o Errol Flynn o las novelas de Salgari me desconcertaban. Sí, sí, había algún pirata antagonista; los verdaderos enemigos, sin embargo, eran el Comodoro de turno, el gobernador de Jamaica o Maracaibo. Tardé en verle la gracia a un gobernador de un Imperio como villano, principalmente porque en esas películas solían ser enemigos torpes y bastante estúpidos.

    Hoy día los piratas y sus andanzas me siguen atrayendo, aunque con ciertas cautelas, porque nunca tengo muy claro dónde voy a depositar mis simpatías y si en sus aventuras habrá un antagonista que merezca la pena.

    Con esas cautelas empecé a ver “Black Sails”. Y, voto a tal, si ustedes no tienen los problemas que yo tengo con los muchachos del cofre del muerto y las botellas de ron, pónganse con ella. Es una de las series de aventuras más entretenidas que he visto en mucho tiempo. Hay lo que debe haber en una buena saga de piratería: tesoros, batallas navales, sables, cañones, calaveras, traiciones , mutilados y ron.

    Además, tiene unos de los créditos de inicio más espectaculares de la televisión (aún mejores los de las últimas temporadas, con ese ejército de esqueletos surgiendo del océano).

    “Black Sails” es la hermana mediana entre series como “Los Tudor” y similares (con las que comparte, por ejemplo, que todos los personajes tengan un seguro dental que ya quisiera Lisa Simpson) y la poderosa “Juego de Tronos”. Si bien la gran serie de fantasía de la HBO tiene capítulos enteros un tanto desesperantes y su ración de errores, es una serie monumental, con una excelente banda sonora, magníficos actores y una ambientación cuidada. Hay escenas y diálogos de “Juego de Tronos” que recordaré durante mucho tiempo. “Blacks Sails” no llega a tanto, no ha dejado una impresión tan honda. A su modo, no obstante, juega al mismo deporte, aunque no en la misma liga. Galeones y sables en vez de dragones y espadas.

    No voy a destripar tramas ni giros de guión. Bueno, un poco sí, les avisaré antes. De modo general, debo decir que la serie, considero, se entusiasmó en exceso. Las primeras dos temporadas me parecen redondas: presentan a un puñado de personajes principales y secundarios y les dan un escenario, Nassau, donde desplegarse e interaccionar. El espectador disfruta descubriendo a algunos nombres de “La Isla del Tesoro” antes de que se cruzaran en el camino del joven Jim Hawkings. El capitán Flint; John Silver, antes de obtener el título de Long y de perder una pierna; Billy Bones. Frente o junto a ellos, la astuta Max, la maquinadora Eleanor, el ambicioso Jack Rakham, el feroz Charles Vane o la diestra Anne Bony.

    Estos personajes se alían y se enfrentan y los cambios de lealtades, los cambios de chaqueta y los planes dentro de otros planes son tantos y tan variados que a veces uno necesita hacer una pausa para recapitular. Aunque nadie en la serie le llegue a las suelas de los zapatos, el grandérrimo Al Swearengen se sentiría en su elemento en esta ciudad tan al margen de la ley como Deadwood.

    Aunque constantes, estos cambios de lealtad y estos enfrentamientos no son, casi nunca, artificiosos. Las decisiones de los piratas de Nassau obedecen siempre a una lógica. Lógica de cada uno. Y en esa lógica, curiosamente, se introduce el elemento romántico del personaje del pirata.

    A partir de aquí habrá algunos destripes, espero que menores.

    Aun siendo una serie muy coral, “Black Sails” tiene dos personajes centrales: Flint y Silver. La preeminencia de Flint es clara desde un inicio; Silver tarda más en adquirir relevancia (es un don nadie cuando empieza la serie, mientras que Flint es un capitán temido), aunque una vez comienza su elevación, resulta imparable. Pues bien, Flint y Silver son las dos caras de la moneda de la figura romántica del pirata y ellos dos, en especial Flint, sirven de punto de referencia para todos los demás personajes de la serie.

    Flint es el héroe romántico. Una naturaleza demoníaca, un genio pasional, como un Napoleón en alta mar. Inteligente, despiadado, hábil, carismático, por mucho que su carisma sea en buena medida negativo, Flint se enfrenta, implacable, contra todo y contra todos. Contra algunos, como Charles Vane o Billy Bones porque, conservadores, sólo quieren preservar el viejo estilo de vida del pirata, donde cada capitán y su banda de hombres libres tienen como patria el mar. Contra otros, como Eleanor y Max, pragmáticas reformistas, que consideran que deben moverse con la marea y repensar Nassau si ésta ha de sobrevivir. Flint entra en conflicto con conservadores y reformistas, al ser un heraldo de la guerra total contra el orden establecido, un revolucionario que desea la destrucción del mundo viejo, para traer, a sangre y fuego si es preciso, el mundo nuevo.

    A medida que avanza la serie, al conocer el pasado de Flint y los motivos que le impulsan en su odio perpetuo e insobornable contra los imperios (especialmente el británico), nos damos cuenta de que Flint es, como él mismo admite, un disfraz, una máscara que se ha puesto para ocultar al verdadero hombre; pero las máscaras, lo advertía Wilde, pueden acabar siendo las verdaderas caras. Flint se ha convertido en su personaje. La figura legendaria ha devorado a la persona y le impulsa en su camino hacia las estrellas o hacia el abismo.

    El habilidoso Silver, por su parte, no tiene jamás intención de ser leyenda, pero ser leyenda le es impuesto por las circunstancias. Flint diseñó a su personaje, otros crean el personaje de John Long Silver para el auténtico Silver. Pero Silver se hace con las riendas de ese personaje y, naturaleza racional, la usa para sus propios fines. Fines que sólo conoce él. Silver (y de ello se da cuenta Flint hacia el final de la serie) es un ser opaco entre seres transparentes. Todos (espectadores y personajes) saben quiénes son y qué quieren Vane, Max, Eleanor o Rackham. Nadie sabe quién es Silver ni lo que quiere, sólo él. Es inmune a su propia leyenda, a su máscara ya que, en realidad, se la ha puesto sobre otra que ya llevaba previamente y que tiene bajo su total control.

    La alianza entre Flint y Silver es, así, al tiempo la más firme y la más endeble de todas las que existen en la serie. Porque si bien tal vez sólo cada uno de ellos es capaz de entender y complementar al otro, son criaturas demasiado diferentes para durar demasiado juntas. Flint desea hacer arder la tierra vieja; Silver, que es un cínico sin ilusiones ni ideales, parece (parece, porque con Silver nunca se puede tener nada claro) desea vivir en el mundo, con la mujer que ama y si es rico, pues mejor. El conflicto al final resulta inevitable. Ver cómo va larvando hasta desencadenarse ese conflicto es lo más interesante de la última temporada y, aunque su ejecución no me parece inmune a las críticas, su resolución, aunque esperable desde hacía tiempo, es coherente con la penetración psicológica de Silver, el único capaz de atravesar la máscara de Flint y, por tanto, destruirlo.

    El destino de Flint y Silver, en tanto leyendas, es comprendido por Rackham. Si Flint es el héroe romántico, Rackham es el poeta romántico. Rackham querría ser la leyenda, el Pirata Mayúsculo. Se pasa la serie tratando desesperadamente de salir de su rol de contramaestre conspirador a la sombra de un capitán poderoso (sea Vane, Teach o Flint). Mientras que el resto de personajes tienen móviles pragmáticos o demoníacos palpables, Rackham se mueve para obtener la inmortalidad: desea que la Historia recuerde su nombre y sus hechos. Esto vuelve a Jack un individuo mucho más interesante que el mero intrigante que al principio de la serie parecía ser. Y, además lo convierte en un enlace con el espectador. Es Rackham quien entiende, en una decisiva conversación con una hija de la nueva aristocracia del nuevo mundo, que sus historias no serán recordadas, pero sus leyendas sí. Y que pervivirán como criaturas de cuentos y relatos, no como personajes históricos. Es entonces cuando nosotros comprendemos que el Flint y el Silver y el Billy de esta serie no son el Flint, ni el Silver ni el Billy de Stevenson. La serie juega a ser Historia sobre la que nació la Literatura, aun cuando sepamos, desde luego, que todo es pura ficción.

    He dicho antes que, en mi opinión, la serie empezó a desbarrar un tanto al entusiasmarse, al crecer. Mientras estaba centrada en Nassau, todo funcionaba. Pero para que la pasión de Flint pudiese desarrollarse, la serie se vio obligada a ir mucho más allá, hasta iniciarse una suerte de revolución a lo Espartaco contra Gran Bretaña como nueva Roma. Fue un movimiento ambicioso, que sólo se supo llevar a cabo medio bien. Y que a mí me trajo de vuelta el problema de la infancia. El del antagonista.

    El héroe romántico se debe enfrentar a un enemigo invencible. Sea el Estado, sea el Destino, sea Júpiter Tonante. Lean “El Héroe y el Único”, de Rafael Argullol, que es magnífico y particularmente brillante en este punto. Flint, como Pirata Romántico, se enfrenta a una potencia infinitamente superior a sus fuerzas. Todos los demás personajes se lo recuerdan. La civilización es el nombre de este adversario. Y si los creadores hubieran decidido que este enemigo no tuviera rostro concreto, podría haber funcionado. El problema es que le dieron rostros. De capitanes y, sobre todo, de un gobernador.

    Y no funcionó. El Imperio encarnado en un enemigo tan plano, tan aburrido como un Woodes Rogers producía bostezos. Lo único que daba a Rogers alguna posibilidad tanto dramática como práctica de ser un peligro para Flint, Silver y el resto de piratas era que Eleanor (de un modo un tanto caprichoso) y Max, dos pesos pesados de la serie, se alinearon con él. Pero ni a Max ni a Eleanor se les encargó ser la encarnación del Imperio y la Sociedad, sino sólo sus aliadas más o menos reluctantes. Y así, el tiempo dedicado al enfrentamiento contra Inglaterra, en lugar de ser un clímax épico, se volvió un lastre que distrajo demasiado tiempo y dedicación que hubiera debido otorgarse al duelo entre Flint y Silver.

    Pese este error, el cual lastra las dos últimas temporadas de la serie, “Black Sails” logra ser, durante treinta y ocho episodios, una serie de aventuras a la vieja usanza en la que se ha sabido introducir la visión romántica auténtica del pirata. No es poco. Pese a esas sonrisas perfectas, que no hay quien se las crea. Así que, diantre, sírvanse un grog y tengan la pólvora seca.

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