Con un vaso de whisky

agosto 23, 2017

El todo no es mejor que algunas partes

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:54 pm
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     Netflix y Marvel han agarrado a sus cuatro superhéroes televisivos y los han han juntado, a ver qué salía. Ha salido una medianía, como diría Luisa Lanas.

     Las series de Marvel han ido en progresiva decadencia. Luego de la muy notable primera temporada de “Daredevil”, nos vino una segunda no tan buena, pero aún digna, una discutible primera temporada de “Jessica Jones”, una “Luke Cage” que dedicaba la mitad de sus episodios a ser casi entretenida para luego hacer el imbécil más absoluto en la otra mitad y una temporada sobre “Iron Fist” que no he visto, espantado ante las feroces críticas, unánimes, que recibió. Y, ahora, juntos y revueltos.

     “The Defenders” tiene como principal virtud la brevedad. Le sobran episodios. Siendo malévolo, podría defender que le sobran ocho episodios. Me parece absurdo pensar que las cuatro series madre (incluyo por rigor a “Iron Fist”, aunque ya digo que no la he visto y mi juicio puede estar aquí equivocado) sean una excusa para sacar esta miniserie. Más bien supongo que Marvel ha tratado de repetir en la televisión lo que tan buenos resultados (al menos, comerciales) le está dando en el cine: crear un universo a base de películas independientes pero conectadas y cuyos personajes, de vez en cuando, se van de parranda juntos. Sin embargo, en verdad, luego de haber visto la miniserie, apenas hay información relevante o evolución de personajes que no se pudiera haber metido a base de escenas o elipisis, en las series independientes. Cosa que de alguna manera se hará, intuyo, para que aquellos espectadores que se nieguen a salir de la Cocina del Infierno o de Harlem, ni siquiera si su héroe favorito abandona el barrio durante ocho horas. O sea, que “The Defenders” es , narrativamente, una pérdida de tiempo casi absoluta. Justificaré ese casi al hablar de la Mano.

     Bueno, bueno, vale, no ahonda en los personajes ni en sus historias (con ciertos matices). ¿Pero es entretenida? Porque si es entretenida, ya es suficiente, que tampoco esperábamos aquí a “Los Soprano”. A un servidor le aburrió. No como para tirarse por la ventana, pero si como para decidirse a verla lo más rápido posible, para cubrir el expediente.

     Así que, antes de entrar en el Reino del Destripe, no puedo recomendarles que dediquen su tiempo a esta serie. Si desean seguir los pasos futuros del abogado ciego, la detective alcohólica, el ex presidiario de corazón de oro o el niño rico imbécil, busquen a un pobre desdichado que ya la haya visto y que les cuente lo que pase.

    Vamos a analizar, brevemente, algunos aspectos más. Y sí, ahora, spoilers.

      Lo primero que no funciona en “The Defenders” es el grupo de protagonistas. Admití, tras un primer episodio en el cada uno iba por su lado, que se juntarían porque sabía que tenían que juntarse. Así que cuando efectivamente llegan a unir fuerzas en un asalto ridículo contra el cuartel general de los malos (donde se justifica sólo parcialmente la presencia de los cuatro héroes) lo acepté. Al menos, es verdad, hay una especie de cena de fundación del grupo en el que Matt Murdock y Jones se muestran mas bien reluctantes. Finalmente, como el espectador, asumen que hay supergrupo, más por hecho consumado que por otra causa. Aún así, nunca llegan a funcionar correctamente. En ninguno de sus enfrentamientos contra los Ninjas Cansinos el cuarteto (más sus lacayos) me pareció que formaran un todo. Lo cual hubiera tenido lógica y hasta gracia si no fuera porque se pretendía justo lo contrario.

      Matt Murdock, Daredevil, el Diablo de la Cocina del Infierno, es el personaje más complejo e interesante de los cuatro protagonistas; su mundo e sel más rico y sus secundarios, los mejores de las series originales. No es raro que todo ello se mantenga en esta miniserie, aunque atemperado al tener que compartir tiempo y espacio con muchos otros personajes. Ver a Foggy, Kate o el padre Lantom, por poco que fuera su tiempo, era al tiempo un placer y un descanso. Parecían las suyas escenas robadas la tercera temporada de “Daredevil”. A Matt se le trata d eun modo más caprichoso. Interactúa bien son sus personajes habituales y con Jessica, pero por lo demás, está en baja forma dramática. Y ese final, ridículo. Es la resurrección más esperada y menos sorprendente desde Jon Snow. Error garrafal.

     Jessica Jones no tenía personajes secundarios de interés en su mundo (Kilgrave no era secundario, era el antagonista y además un antagonista que se quedaba con el trono, la corona y el cetro). Afortunadamente, hubo pocos minutos desperdiciados en Trish, ese ser insufrible, y el cameo de Hogarth, la gélida abogada, se limitó a una escena absurda, que sólo se explica si los guionistas se habían puesto un número mínimo de personajes secundarios o terciarios que había que meter como fuera.

    Jessica fue para mí una fuente de incertidumbre en esta serie. Era, después de Murdock, en ocasiones, antes que él, el personaje que más me gustó en la miniserie. Incluso estuve pensando que la segunda temporada de su serie en solitario tal vez merezca la pena (una esperanza que no abrigaba al terminar su primera). No obstante, de cuando en cuando caía en la cuenta de que no era Jessica como personaje la que me gustaba, sino Jessica como coro sarcástico. Su función (buscada o accidental) terminó siendo la de representante del espectador exasperado. Cada bufido, maldición, arqueamiento de cejas, cada vez que Jessica rezongaba que algo era una jodida estupidez, yo suscribía de corazón. El problema, claro, es que ser un Tersites sólo funciona si tienes una colección de héroes o situaciones ridículas d ellos que burlarte. Si eres la protagonista de tu propia historia, ese rol no encaja. Con lo que tengo de nuevo mis dudas respecto del futuro de Ms. Jones.

    El de Luke Cage es el trasfondo más atractivo de las cuatro series (después del de Daredevil), al menos hasta que decidieron hacerlo volar por los aires torpemente. No hay nada apenas de Herlem y sus parroquianos en esta miniserie, con la excepción de Misty, personaje bastante irrelevante y una de las peores policías d ella televisión. La buena de Claire, personaje tránsfuga de una serie madre a otra, queda reducida a ser la pareja de Cage y la niñera de la niñera de Iron Fist, lo cual no le da muchas oportunidades para brillar. En cuanto al propio Cage demuestra que es mejor personaje secundario que protagonista. Está más aprovechado, dentro de lo que cabe, aquí que en su propia serie, lo cual no deja de ser curioso.

     En cuanto a Danny Rand… después de verlo aquí calenturas me dan de imaginarlo como protagonista de una serie casi el doble de larga. Qué personaje más cargante. De hecho, borren lo último. De personaje nada: no es más que un macguffin con ínfulas. Es, de modo literal, un puro recurso narrativo, una llave para una puerta. Si, en vez de Rand, la Mano necesitara una estatua con forma de modo fumador, el resultado sería el mismo y habríamos ganado con el cambio. Creo que todos los espectadores sentimos que Stick no lo decapitase.

    Y ya que hemos mencionado a la Mano, vamos con ella, una de las principales razones por las que esta miniserie ha sido un tedio. Daredevil tiene a Fisk; Jones a Kilgrave (bueno tenía); Cage a Cottonmouth (hasta que no, y así acabó la cosa). The Defenders tienen a la Mano. Y la Mano es la primera organización maléfica en la sombra de asesinos con poder casi omnímodo que me hace estar del lado d ellos buenos. Eso es muy duro y no sé yo si se lo podré perdonar a Netflix o a Marvel.

    La Mano es la responsable directa de que la segunda temporada de “Daredevil” degenerara a pasos agigantados; hubo que traer de vuelta a Kingpin para que pusiera orden en las filas de la villanía. Aquí son los enemigos únicos y no hay por dónde cogerlos. Para ser una organización con medios económico ilimitados, control político y jefes maquinadores, su única táctica consiste en mandar pelotones de asesinos a pegar tiros a cara descubierta. Sus supuestos asesinos temibles no son más que tropas de asalto imperiales sin armaduras. Y los jefes… El del sombrero parecía que llegaría a algo y, de hecho, siendo cautivo de los buenos parecía que podría ser un tipo de interés, atacando psicológicamente a sus captores. Le cortan la cabeza cinco minutos después. Madame Gao pasa de ser una siniestra jefe mafiosa a una especie de Yoda del Lado Oscuro bastante aburrida. El japonés y el otro tipo, guerreros inmortales peligrosísimos, una vez entran en combate, sólo reciben palos.

     Por último está Alexandra. Sigourney Weaver es una gran actriz, incluso cuando tiene que interpretar papeles medianos. Cada escena en la que participa, en esta serie, aumenta de calidad. El único que más o menos le aguanta el tipo al estar en la misma escena es Scott Glenn. Alexandra no es una mala villana. Su motivación es entendible, una mujer milenaria a la que de repente le quedan pocos meses de vida y que se juega su existencia y la de su organización a una carta. Una carta en la que además vierte sus escasos sentimientos. La relación cuasi maternal con la pseduoElektra apuntaba maneras… lástima que no se desarrollara más. Y si bien el villano refinado y culto, que se pasa la vida rodeado de cuadros de Boticcelli es un arquetipo, peores arquteiposhay. Weaver lo lleva con dignidad.

     Hasta que la matan. Imbécilmente. El mismo error que en “Luke Cage”, eliminar al antagonista carismático que daba cierta gracia a la función. Para sustiuirlo por una nada.

     Elektra es aquí la misma decepeción constante que fue en la segunda temporada de “Daredevil”. Todo lo que me dejó mal sabor de boca, en un personaje cuya aparición esperaba con ansia, se repite aquí. Así que me remito a lo ya escrito; sigue sin decirme nada de nada su sufriente y oscura relación con Matt. Stick, el otro personaje de “Daredevil” vinculado, como adversario, a la Mano, reaparece también. Y su bien Glenn es un tipo de respeto, el personaje está rebajado en la miniserie (no insulta ya como antes) y su muerte es anticlimática, pobre, casi un fraude.

     Por lo menos, la Mano fracasa en su plan (plan que no hacía falta mantener en secreto siete capítulos) y parece totalmente destruida, así que igual hay suerte y no habrá que padecerla en el futuro.

    Algo es algo.

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enero 28, 2017

Una sobrina de Dickens

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:58 pm
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       A series of unfortunate events es una saga de libros, escrita, según parece, por Lemony Snicket. Una saga que no he conseguido leer aún y que tengo entre mis deudas personales. Lo que sí he podido hacer es ver las dos versiones, cinematográfica y televisiva, se han efectuado. La primera, la disfruté en una de esas tardes donde uno se deja llevar por la vagancia y decide ver lo que por casualidad encuentre. Pasé dos horas entretenidas. La segunda la vi con plena conciencia y bastante curiosidad. Pasé ocho horas muy entretenidas.

      La adaptación que Netflix ha efectuado tiene una factura formal perfecta. Desde las primeras escenas, la atmósfera de la serie me agradó: un mundo muy cercano al real, al cotidiano, pero justo fuera del mismo. Una pequeña exageración en el color aquí, una mezcla anacrónica de ropas y mobiliario por allí, maquinarias algo estrafalarias en una esquina, una época que casi se puede determinar, pero sólo casi, en la que se cuelan facetas de diferentes décadas y países… aunque nada realmente fantástico, nada mágico, nada salido de un cuento de hadas. Nada tengo yo contra lo fantástico, lo mágico ni los cuentos de hadas, antes al contrario; ahora bien, el falso realismo casi mágico es una ambientación ambigua, borrosa y llena de grises, por colorida que aparente, la cual, si está conseguida, me fascina. Esta serie (llena de desdichas; perdón), lo consigue.

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         Voy a procurar no hacer destripe alguno. Por lo tanto, no comentaré la trama. Sin embargo, como prefiero empezar indicando lo que me parece flojo de una película, serie o libro y como uno de mis dos mayores problemas está con un punto de la trama o, más bien, en cómo se muestra un punto de la trama, me arriesgaré un poco. En el último capítulo de la temporada hay un momento tramposo y que revela una trampa que se lleva preparando desde varios capítulos atrás. No es una trampa grosera y, en verdad, si uno llevase a los guionistas y directores a juicio, podrían sus abogados muy bien argumentar que en verdad la culpa es casi toda del espectador, por no hacer caso al consejo de Javier Cercas: hay que desconfiar del escritor. No obstante, una trampa casi igual se tendía en “El silencio de los corderos” (la película de Jonathan Demme) y bien tendida estaba; aquí, en cambio, en el momento cumbre de la trampa, justo antes de que se cerrara sobre el espectador, se olía lo que iba a pasar. Y eso es indigno de un buen trampero.

      El segundo problema lo tengo con los actores que dan vida a los protagonistas. No respecto del bebé, claro, es un bebé. Pero los dos actores que encarnan a Violet y Klaus Baudelaire (Malina Weissman y Louis Hynes) me resultaron un tanto sosos, poco expresivos. Aunque desde luego la que les cae encima a los Baudelaire es suficiente para dejar sin aliento a cualquiera, estos críos inteligentes, capaces y resolutivos, según nos dicen y según se desprende de sus acciones, no terminan de conciliarse con unos actores un tanto monótonos. Ni en sus momentos de casi alegría, ni en sus momentos de lucha, ni en sus momentos de desesperanza sentí simpatía alguna por los tres huérfanos, tal y como aparecían en la pantalla.

       Y esta falta mía de empatía por los Baudelaire me lleva a mi pequeña tesis: que esta serie y, supongo, los libros en los cuales se basa, tiene muchos ecos del mundo dickensiano.

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        Los protagonistas de Dickens (con la gloriosa excepción de Mr Pickwick) son bastante inaguantables. ¡Oliver Twist! ¡David Copperfiled! ¡Hasta Pip! Huérfanos, casi siempre, sobre ellos se abaten tremendas desgracias. Pese a que Dickens obviamente simpatiza con ellos y pese a que los corazones de generaciones de lectores han sangrado por ello, a mí siempre me han causado un principio de dispepsia. Dickens nunca es peor que cuando se vuelve sentimental y con sus protagonistas huérfanos, el viejo Charles prácticamente solloza.

       Los Baudelaire son huérfanos (no cuenta como destripe, se dice en los primeros cinco minutos de la serie). Sobre ellos se abaten tremendas desgracias (tampoco es destripe; diablos, está en el título). Son bastante dickensianos. Pero podrían haber sido personajes cuasi dickensianos que me cayeran bien. El hecho es que estoy bastante seguro de que los personajes de Violet, Klaus y Sunny sí me caen bien. Tiene virtudes estimables. Me caían bastante bien en la película de 2004. Es en esta versión en la que no logro sentir por los tres hermanos más que cierta indiferencia.

      La influencia de Dickens es aún más clara cuando alzamos la vista y nos fijamos en la legión de secundarios. ¡Ah, en eso sí que era Dickens un maestro! Ningún escritor, aunque ha tenido muy meritorios alumnos y seguidores, logra poblar una novela con tal cantidad y variedad de criaturas extrañas, positivas y negativas. Más duendes que personas, opina, creo, Chesterton, en una de sus críticas. Los secundarios y terciarios que pululan en torno a los Baudelaire difícilmente pueden considerarse positivos, con escasas excepciones, como el tío Monty o la llena de recursos Jacquelyn. En general son neutros o pragmáticamente negativos, por buenas intenciones que tengan: así están el ilimitadamente obtuso y cuadriculado Mr Poe, la ingenua juez Satruss o la traumatizada tía Josephine.

A Series Of Unfortunate Events

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       Del lado de la villanía, un grupo de esbirros patibularios, grotescos y torpones, que sirven de séquito para el malvado de la función, el pérfido conde Olaf. Olaf es uno de los motores de la serie. Neil Patrick Harris hace un buen trabajo, al dar vida a este antagonista excéntrico. Olaf es un personaje peculiar. Por un lado, es un pésimo actor, pese a estar convencido de lo contrario. Su inmenso ego le hace creerse el mayor actor existente y todas sus intrigas exigen que se disfrace, adoptando una u otra personalidad; es siempre obvio, tanto para los Baudeliare y para el espectador (¡pero sólo para ellos!) que detrás del maquillaje, intenta ocultarse el conde. Hace falta ser buen actor para interpretar a un mal actor que se pasa la vida actuando. Harris sale con bien del lance.

       Hubiera sido muy sencillo convertir al conde Olaf en un mero villano ridículo, cuya derrota resultaría inevitable a manos de los héroes, quienes no tendrían que sudar mucho para desenredar sus ardides. Pero entonces no sería ésta “Una serie de catastróficas desdichas”. Lo más interesante de Olaf es que, siendo un mal actor, siendo torpe, siendo cómico, siendo grotesco, es, en efecto, una amenaza real. Sus planes, dentro de este mundo, están siempre a punto de fructificar. Consigue, implacable, rastrear a los tres huérfanos, por mucho que ellos se oculten, huyan y pongan tierra de por medio. El conde, tarde o temprano, siempre está ahí. Y es malvado, cruel, despectivo y asesino. Es un malvado-cómico a quien los protagonistas tienen que tomar en serio.

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        Otro de los grandes aciertos de la serie es el narrador. El mismo Lemony Snicket (o quien se nos presenta como tal), nos acompaña desde el primer segundo. Con su aburrido traje y su aburrida corbata, su voz grave, melancólica y pesarosa, su mueca taciturna, las intervenciones del narrador, haciendo de ventana en la cuarta pared, dan el tono del humor de la serie: seco, negro, con ciertos toques absurdos y un regodeo un poco enfermizo en sus recordatorios constantes de que ésta no es una historia con un final feliz, ni tampoco con un comienzo o un intermedio muy alegres. Es un astuto recurso televisivo para suplir uno de los, supongo, mecanismos de la saga literaria. Una novela puede apoyarse en el narrador, omnisciente o no, para desarrollar pensamientos, contexto y el humor o el drama propios de la obra. En el cine y la televisión, que tienen otros recursos, la traducción de esta técnica literaria es complicada o imposible. La solución de esta adaptación es ingeniosa y en absoluto artificiosa: el narrador encorbatado se integra sin chirridos en la pantalla y su presencia física lo vuelve más cercano y atractivo que una simple voz en off.

       Con tres huérfanos, unas tramas que aún habrán de retorcerse más, secundarios estrafalarios y uno de los malvados más peculiares del que tenga noticia, “Una serie de catastróficas desdichas” es una digna familiar indirecta de Charles Dickens y su mundo literario. Aunque, al acercarse al final de una obra de Dickens, normalmente, se acerca uno a una luz tras tanta oscuridad, dolor y pérdida que habían afligido a los protagonistas. Aquí, si Mr Snicket no nos miente, los Baudeliere sólo se adentrarán en una oscuridad más profunda.

      Y, como espectador, estoy ávido por presenciarlo. ¿Qué clase de persona me vuelve eso, me pregunta, Mr Snicket? Usted lo sabrá. Escribe para gente como yo.

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