Con un vaso de whisky

diciembre 27, 2010

Balada triste de trompeta

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:34 pm
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            La cosa no empieza mal. Las primeras escenas, en un circo sombrío, mientras la aviación bombardea, con la irrupción de un brutal coronel republicano en busca de nuevos reclutas y el choque entre esos mismos reclutas y las tropas nacionales de otro coronel brutal, tienen vigor, tienen fuerza. Y, sobre todo, los sombríos títulos de crédito, con los tambores retumbantes. Lo lamentamos, pero eso es lo mejor de la película.

            Quedan aún ciertas secuencias, como fogonazos de calidad. La persecución por las alcantarillas, que parece un homenaje a El tercer hombre. El nacimiento del Payaso Triste, automutilándose. O la ultimísima escena, con los dos adversarios encerrados en el mismo furgón, riendo y llorando atrozmente.

            Eso es lo que más me irrita. Que podría haber sido una buena película. Incluso una gran película. Pero no lo es. Resulta mediocre. Aburrida. El guión, sin ser extraordinario, tiene ideas interesantes. Podemos discutir si la cosa hubiera sido mejor ambientándose completamente durante la Guerra Civil, en lugar de pasar a la Transición. Es muy opinable.

            La estructura busca una vorágine de caos destructivo. Nada tengo yo en contra de tales vorágines. Todo lo contrario. De hecho, saber que se buscaba fue la razón principal para que me decidiera a verla. Y Alex de la Iglesia es un buen director.

            ¿Entonces? Muy sencillo. Los actores. Son pésimos. Todos. Salvando algún terciario que sale menos de dos minutos, como Luis Varela, quien me resultó casi una aparición mística tras lo que llevaba aguantando. ¡Mira, estuve a punto de decirle a un amigo que tenía al lado, un actor de verdad!

            Hay guiones u obras tan grandes que ni los peores actores pueden destrozarlas del todo. Uno se evade de la actuación y, con dolor, se centra en el texto. Hay actores tan enormes que, incluso diciendo las mayores estupideces, no logran ocultar del todo su talento. Pero el de Balada triste de trompeta no pertenece a la casta de guiones inmortales. Y sus actores, como ya he dicho, son espantosos.

            Unos buenos actores hubieran levantado la película. Los que sufrí, la hunden sin remisión. Empezando por el trío protagonista. Carlos Areces sólo me convenció en su transformación siniestra, durante un breve rato. Luego, cuando se le exigía interpretar y no poner sencillamente cara de loco, volvió a fracasar. Antonio de la Torre es cansino desde su primera aparición. Y en cuanto a Carolina Bang, aunque esperaba sus apariciones, mientras estuviera callada, no era, precisamente, por sus dotes artísticas. Los secundarios, la trouppe circense, dan vergüenza ajena.

            Este es el panorama. Cuando intentan ser trágicos, resultan patéticos. Cuando quieren ser grotescos, ridículos. Cuando humanos, aburridos. No sé qué habrán visto los críticos de la prensa que yo no vi. O cómo no vieron lo que yo vi. Misterios.

             Qué quieren que les diga. Otro amigo y yo comentábamos hace poco que la película hubiera ganado con Joaquín Reyes como Payaso Tonto, Ernesto Sevilla como Payaso Triste, el padre de Ernesto Sevilla como padre del Payaso Triste, Raúl Cimas como director del circo, Julián López como coronel franquista y el propio Carlos Areces como la Rubia. Dónde va a parar.

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diciembre 13, 2010

Candados en el puente Milvio

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:07 pm
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            Les decía la semana pasada que, al ver crucificada en la prensa la adaptación española de un engendro literario de Federico Moccia, recordé una anécdota de hace unos años. La cual me hizo tanta gracia en su día que escribí sobre ella para no olvidarla. Hoy vuelvo a esas notas.

            El asunto sucedió en Roma, claro. De aquella las noveluchas de Moccia ya tenían cardíacas a media juventud italiana. En una, los tiernos amantes se llegan, parece, hasta el puente Milvio, escriben sus nombres en un candado, lo enganchan en una de las farolas que iluminan la íntima escena y luego arrojan a las aguas del Tíber la llave, declarando así ante una Creación sabiamente indiferente su recíproca, eterna, mágica entrega.

            Pues las parejas romanas, muy originales ellas, imitaron en masa a sus homólogos ficticios. Las pobres farolas sufrieron cientos, miles, de candados, cada uno con sus nombres respectivos. Y lo siguen haciendo, según he leído. Las parejas cambian, la imbecilidad permanece. No me digan que no es reconfortante.

            En un país sensato, civilizado, se cogerían las obras completas del susodicho autor, se quemarían en una plaza (en Roma hay para elegir), se echarían a las llamas purificadoras toda esa chatarra noña y con el hierro fundido se aprisionaría al escribidor -vivo, por supuesto-, dejándolo como objeto de escarnio y advertencia para otros vomitadores de novelas al peso. Claro que, con todas esas tonterías sobre los derechos humanos, el amor al prójimo, la otredad, el mutuo respeto, me temo que no va a ser posible.

            ¡Ah, pero es que no acababa ahí la cosa! El encargado de los bienes culturales del Ayuntamiento (lo escribo en minúsculas porque no sé el título oficial) advirtió que los faroles empezaban a resentirse por el peso que le había echado encima la muchachada y que el puente, con unos siglos a sus espaldas, corría riesgo de sufrir desperfectos.

            La coalición de izquierdas que, con Prodi a la cabeza, trataba de gobernar Italia, entre ataques externos y apuñalamientos internos (¿lo recuerdan?), cursó una solicitud para salvar el puente; y el Ayuntamiento de Roma, cosa asombrosa, accedió a ello, ordenando que se retirasen los candados. Ahora bien, para evitar que una turba de fogosos amantes asaltase el consistorio y linchara al alcalde, también se decidió instalar unas estructuras metálicas donde colgar estos oxidados símbolos de amor.

            Cuando parecía que la tontería no podía llegar más lejos, entra en escena la oposición. La coalición de derechas, que veía muchos años de gobierno a su alcance (y no se equivocaba), alzó la voz en defensa de la hermosa tradición, rechazando la petición de sus adversarios. El argumento: semejante medida constituía un ataque al amor.

            En aquellos (y estos, supongo) tiempos llenos de odio, crispación, guerras, muerte, angustia, el puente de los candados era un fanal, una antorcha de fuego divino, un haz de luz pura capaz de otorgar, cual llama prometeica, un poco de esperanza a la desdichada raza humana. Por ello, la decisión del Ayuntamiento, acatando la petición izquierdosa, no era sino un martillazo más que clavaba la tapa del ataúd en cuyo fondo se retuercen, condenados en vida, los sentimientos más hondos del alma.

            Pensé entonces que la tan fogosa Casa de las Libertades (luego Pueblo de la Libertad, lo cual suena incluso mejor) hacía eso con fines turísticos. Después de todo, existe entre Roma y París una competición en la mente colectiva por el título de Ciudad del Amor. Hasta ahora, la capital francesa se mantiene en el trono, pero la Ciudad Eterna no se rinde y ansía llamarse un día Ciudad del Amor Eterno. Si lo logra, puede que los viejos senadores, emperadores y papas se levanten de sus sepulcros y abandonen, en señal de protesta, la urbe.

            No recuerdo cómo acabó el asunto del puente Milvio. Aunque sí que la anécdota reafirmó mi fe en el señor Oscar Wilde, quien dijo en su día: A veces pienso que Dios creando al hombre sobreestimó un poco su habilidad.

            Que las novelas esas fueran y sean éxito de ventas no es nada nuevo. Después de todo, Ken Follet, Tom Clancy, Dan Brown y Paulo Cohelo viven de sus escritos. ¿Sería preferible que sus lectores no leyeran nada? Difícil pregunta. Si fuera una persona esperanzada, respondería que igual alguno da el salto hacia la literatura, mientras que si no supieran ni la forma de un libro, la conversión sería más complicada.

            Que tantos y tantos jóvenes se hayan apuntado a lo de los candados, demuestra, de nuevo, la urgencia de un sufragio censitario. En Italia el voto es un deber; pues que sea un deber estar en posesión de una cabeza más o menos pensante. Me propongo voluntario para formar un Consejo de Sabios que seleccionen a los dignos del sufragio, tanto activo como pasivo.

            Que la clase política llevase a su terreno el asunto, despierta perniciosas veleidades totalitarias en mí. ¿Hay alguien que crea vislumbrar malicia demagógica tras el discurso de la oposición? No llega a ese nivel. Hay mezquindad demagógica, desde luego, pero ni una pizca de maldad auténtica, de maquiavelismo, de intriga bizantina como Dios manda. Esto fue ridículo y los grandes demonios de la política debían (deben) estar pidiendo a gritos permiso para salir del Infierno y recuperar las riendas de los Estados. ¿Para esto conspiraron tanto y tan bien?

            Los señores que, en nombre del amor, rechazan salvar un monumento histórico, eran, supongo que son aún, legisladores. Legisladores. Los que dan la ley. Esa gente y la gente del Poder Ejecutivo, de la misma especie, decide qué es delito y qué no y con qué pena se castiga. Dispone el funcionamiento de la Administración, de la escuela pública, de la sanidad. Determina qué hacer con el patrimonio histórico, artístico, científico. Decide en qué se gasta el dinero público.

            Y esa alianza de derechas que, gracias al poder económico y mediático de su jefe y a la inutilidad endémica de la izquierda, alcanzó el poder, puso a ese jefe, señor Berlusconi, en el sillón de Gobierno. Del Gobierno más estable que ha tenido la República de Italia en mucho tiempo (no es esta la menor de las bromas), aun cuando ahora mismo parece que las doscientas vidas políticas de don Silvio se le están agotando a enorme velocidad.

            Los mismos políticos, los mismos lectores, el mismo escritor. Seguimos igual. Viva y bravo, que dirían Monteys y Fontdevilla.

abril 5, 2010

Viegésimos unen canto con humor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:19 pm
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            El hombre, vestido de esmoquin impecable, igual que sus compañeros aún ocultos, avanzó entre aplausos, sentose ante su atril y abrió su portafolios. El público estaba nervioso. Le picaban las manos. Don Marcos Mundstock se aclaró la garganta y leyó con esa voz sólo suya: “El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” No pudo seguir. El público aplaudió como loco ante las palabras que esperaba ansioso desde hacía horas o tal vez días y semanas. El señor Mundstock sonrió, benévolo, agradeció con un gesto y recomenzó: “Decía… El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” Y con la precisión de un reloj, el público volvió a rugir. El lector meneó la cabeza amablemente. Meditó un momento. “El célebre compositor… antes mencionado.” Ahora el público aplaudía entre carcajadas, encantado por el ingenio, por la cortesía y por la astucia del hombre barbudo, que había recogido el guante y le había permitido ser cómplice del espectáculo. Por fin, le dejó continuar y Les Luthiers brillaron como siempre lo hacían.

            Yo estuve esa noche en Bilbao, entre el público, y aplaudí y reí como el que más, hasta salir agotado del teatro, igual que los amigos que (les debo una copa) me habían convencido para hacer aquel corto viaje. Volví a ver a este grupo de comediantes músicos un tiempo después, en Madrid. Y me duele no haber podido asistir a sus Premios Mastropiero, este mismo año.

            Hablar de Les Luthiers es complicado, si no se quiere caer en tópicos desgastados de tanto repetirse. Son actores, músicos, cómicos, viejos, hábiles, benevolentes, maestros del humor y del ingenio, del ingenio al servicio del humor; con sus letras y sus estrafalarios instrumentos pueden ser irónicos, pero nunca son crueles. Aunque no conviene fiarse de un comediante, experto en fingimientos, no conozco sonrisas más radiantes, llenas de humanidad, de simpatía que la suyas. Salvo, durante unas horas, las de su público.

            Voy a soltar una blasfemia, aquí, en medio de los elogios: no todos sus números me gustan. Con un par no me he reído. Con dos, entre decenas. No es una mala media. Con todos los demás disfruto como un enano. Y con muchos, me caigo de la silla. ¿Quién puede no reírse con la introducción de casi veinte minutos al merengue “El negro quiere bailar”? Desde entonces, el mundo se divide entre los amantes de Terpsícore y los amigos de Esther Píscore. Nadie puede permanecer indiferente ante el círculo perfecto que es el prólogo a la balada “A la Playa con Mariana”, rematado con la propia balada. Si lo consigue, no trabe amistad con él. Ha de ser alguien aburrido a la fuerza.

            Tenemos una gran deuda con Les Luthiers. Nos enseñaron a seducir, respetuosamente, a las hijas de los Escipiones del mundo. Nos descubrieron lo que puede dar de sí el encuentro de un jinete con una bella y graciosa moza. Nos mostraron la venerable Universidad de Wildstone, donde, por desgracia, no fuimos admitidos. Y cualquier persona, sea o no devota de los santos, puede rezar a San Ictícola de los Peces, esperando que esta vez no nos vuelva a fallar.

            Son viejos ya, dos veces viegésimos sobre los escenarios. Son bufones canosos, alegres y saltarines, venerables cómicos. No puede ir tan mal la evolución de la sociedad si podemos llamar venerables a estos músicos. Algún día morirán, sin duda. Y guardaremos un lustro de luto. Y no será homenaje suficiente. Que Dios les bendiga, maestros. No nos los merecemos.

marzo 16, 2010

In the loop

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:18 pm
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            Hacía tiempo que no me reía tanto viendo una película. Bueno, me reí ya bastante cuando los trailers empezaron a circular. Y hacían justicia a lo que anunciaban. In the loop es la comedia más negra, implacable y absurda de los últimos… mmmh, pongamos una cifra al azar. Cinco años por ejemplo. Oh, no sé, muchos años. Una comedia coral, repleta de grandes actores secundarios británicos y norteamericanos, ninguno de los cuales logra el dominio total (ni siquiera James Gandolfini, haciendo de un Tony Soprano metido a general), que, una vez más, conviene mucho ver en inglés. Hay quien la compara con Teléfono Rojo. No es una mala comparación. Algo equívoca, como todas, pero anda bien encaminada. Aunque la obra de Kubrick tenía un ritmo más pausado.

            Por andar diseccionando, podemos dividir la película por partes y personajes. En cuanto a los personajes, están los Malvados, los Miserables y los Memos. No son compartimentos estancos, claro. Hay Memos Miserables, Miserables Memos, Malvados Miserables y todas las demás combinaciones. En realidad, casi todos los personajes tienen algo de cada categoría, en un momento u otro. Y todos ellos son políticos de segunda fila, es decir, los que mueven los hilos y los ayudantes de los que mueven los hilos. Torpes (extraordinariamente torpes) o astutos.

            En cuanto a las partes, hay una primera hora donde lo ridículo, lo absurdo y lo satírico corren sin que ninguno logre dejar a tras a sus competidores. Más bien, se ayudan a alcanzar records mundiales de crueldad. Una hora de tramas y contratramas, facciones que se apuñalan, insultos a la cara y murmuraciones a la espalda, diálogos afiladísimos y soliloquios estúpidos declamados por pomposos arrogantes. Si éste es el mundo de la alta política, como lo es sin duda, apenas puedo resistir la tentación de meterme de cabeza.

            Y entonces, cuando nos duele el estómago de tanto reír, la cosa gira y, durante media hora no hay más que sátira desnuda. Una cabalgada diabólica, frenética, divertidísima. En esa media hora la gente que tiene alguna esperanza puesta en los hombres de Estado (esos mismos que creen que en el mundo empresarial triunfan quienes respetan la ley, son honestos, trabajadores y tienen buenas ideas) acabarán aterrados. Para levantarse del asiento se murmurarán que esto es una película. Los que la vimos en mi casa nos reímos tanto o más que la primera hora. Debemos estar para encerrar.

            Lo espantoso es que en esa parte final no tiene una la sensación de estar viendo una parodia, sino un documental. Cualquiera con un mínimo conocimiento del Poder sabe que se basa en la fuerza, en el engaño y en la manipulación, sea cuál sea la clase de Poder y la época en la que se ejerza. Y sabiendo eso y viéndolo, aún así, nos reímos. Se reirán ustedes, no lo duden. Cada uno verá si se ríe por no llorar o porque, coño, tiene gracia.

            No hay personajes dominantes, como digo. Se aferran a su puesto o a su plan, vendiéndose y humillándose mutuamente. Cuando al final la inmensa mayoría acaba destruido, no se siente la más mínima lástima por ninguno de ellos. Sólo hay un personaje inteligente, coherente, que, desde luego, acaba en el bando perdedor. Aunque se le concede encajar su derrota con dignidad. Mientras que los dos grandes Malvados (sobre todo el Malvado británico) logran una victoria aplastante. No digo quién es quién. Hay que verla y regodearse en la miseria humana. Conviene tener una botella cerca. Ayuda a tomarse estas cosas con humor. Porque no vamos a ir por la vida indignados. Eso es aburridísimo.

febrero 16, 2010

El deporte envilece a la persona

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:43 pm
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            Ya me gustaría ser el responsable de semejante declaración. Es un aforismo de libro: inesperado, conciso, desdeñoso y, si se dice como debe ser, tremebundamente demoledor. Por desgracia, no llegué a conocer a su autor de primera mano. Era un amigo de un amigo. Eso no ha impedido que, en los últimos años, la haya usado con gran alegría. Se convirtió en una de esas frases que usamos para rematar una conversación, para dar la estocada final al enemigo o para repeler sus ataques. Cada vez que algún amigo mío mentaba siquiera la posibilidad de hacer deporte, se la lanzaba a la cabeza.

            Pero, ¿es verdad? ¿Todo deporte envilece a la persona? Tras mucho reflexionar, he tenido que aceptarlo: no, no todo deporte envilece a la persona. O, al menos, no toda forma de practicarlo. Admitamos que el ideal humano sería desterrar el deporte de la civilización. Es una utopía, desde luego, aunque si la ciencia sigue avanzando una barbaridad, puede que unos pocos escogidos lo vean, mientras billones de seres humanos de las castas bajas siguen sudando la gota gorda.

            Si hay filósofos o filólogos leyendo esto, presentarán una cuestión de orden. Antes de lanzarme a despotricar, debería definir qué entiendo yo como deporte. ¿Meto al baloncesto en el mismo saco que al snooker? Pues no, por Dios. Los practicantes del snooker llevan pajarita y chaleco. Son gente de bien. ¿Son los dardos lo mismo que el fútbol? Jamás. Los dardos se practican al lado de una pinta de cerveza. ¿O acaso el atletismo es equivalente a la esgrima? Ni hablar: la esgrima es una destreza, que, si no fuésemos tan tiquismiquis, haría correr la sangre.

            Pero si la esgrima es una disciplina olímpica, dirán algunos. ¿Y? También el judo, que es un arte marcial, no un deporte al uso occidental. En Occidente hay dos grandes razones aceptadas socialmente para practicar el deporte: por la industria del juego y el espectáculo y por diversión. Que el COI diga misa: que incluya o deje de incluir algo en las Olimpiadas me da exactamente igual. Y sí, sé que no he definido lo que es el deporte. Me refugio, por una vez, en la definición subconsciente que tenemos en este ámbito cultural.

            Desde luego, aquellos que practican el deporte por puro y duro recreo son seres viles. ¡Por recreo! ¡Por diversión! ¿En qué cabeza medio arreglada cabe semejante animalada? El cuerpo, parece ser, sabe que en ninguna: por eso cada vez que hacemos ejercicio nos mete un chute. Si hacemos ejercicio con regularidad, acabamos enganchados. Así que ya ven. Nuestro propio cuerpo hace de camello. No hay dónde meterse.

            Es difícil decidir quién es más repelente, dentro de este grupo de masoquistas adictos: los que disfrutan en solitario de su vicio (por ejemplo, corriendo, posiblemente el ejercicio físico más aburrido, si no se está persiguiendo a alguien para destriparlo con saña, a no ser que estemos escapando para evitar precisamente eso) o los que lo practican en comandita. Los primeros ponen la excusa de los horarios de la vida moderna, o su deseo de concentrarse en el mismo deporte. O apelan a su naturaleza solitaria. Rechacemos esas excusas: un solitario coge un libro, no va a escupir los pulmones. En cuanto a los otros, esgrimen la amistad y el compañerismo, la alegría del equipo. Rechacémoslo igualmente: un grupo de amigos cafetea, discute, sale a cometer actos de locura vandálica.

            No hay nada más deprimente que ver a un grupo de jóvenes llenos de posibilidades perdiendo la vida alrededor de un balón. Lo admito, mis relaciones con los balones nunca han sido amistosas. ¿Recuerdan aquella serie, “Oliver y Benjí”? ¿Ésa de la que tanto nos burlamos, con razón, por repetitiva, monótona, contraria a las leyes de la física, pero que tragábamos religiosamente semana tras semana en nuestra infancia? Pues el dogma de la serie (“el balón es mi amigo”) jamás se correspondió con mi realidad. Los balones, grandes y pequeños, siempre me humillaron, corriendo al lado contrario al ordenado, mirándome por encima del hombro, en su esférica perfección. Capullos. No hay rencor, sin embargo. Ahora ya sé que dar patadas al balón es demasiado aburrido como para detestarlos cordialmente.

            A toda esta gente, por tanto, podemos aplicarles la sentencia: el deporte les envilece. Ahora bien, no representan a la totalidad de los deportistas. Dejemos a un lado a los profesionales. Son un sector difícil. Por un lado, hacer carrera de algo tan sospechoso como el deporte no incita a mirarlos con simpatía, ni a los multimillonarios de la Liga ni a los humildes y sufridos regatistas. Por otro, si tienen un talento, ejercitado y disciplinado, tal vez hagan bien en aprovecharlo. O tal vez no. ¿Hay algo más virtuoso que rechazar el propio talento para una actividad innoble?

            Entonces, ¿quién de entre aquellos que hace deporte puede levantar la cabeza y decirlo alto, claro, sin miedo al castigo? ¿Hay alguien? Sí. Siempre y cuando no lo haga con orgullo, sino con tristeza. Son los sufridores. Los que abominan del deporte. Los que desearían estar bebiéndose una buena Franziskaner o un Johnnie Walker. Pero que, aún así, aceptan ese ejercicio como una amarga necesidad.

            No irán ustedes a comparar: de un lado, un corredor, atleta, asiduo a los gimnasios por disfrute personal o por culto al cuerpo (¿para qué inventó el Diablo a los cirujanos plásticos, hombre?). Del otro, un asesino profesional, del crimen organizado, de los servicios secretos o de quien pague. Pues claro que el asesino tiene que estar en forma. Pero el deporte es para él un medio: hay que saber correr muy rápido para escapar de esos malditos rusos. Y hay que ser ágil y flexible para estrangular en la noche a esos malditos yanquis. O chinos. Pensemos lo que pensemos, desde un punto de vista moral, del asesino, desde un punto de vista estético, dónde va a parar.

            Porque esa es otra. Nadie, ni los deportistas obligados, ni los deportistas infames pueden hacer deporte sin perder toda dignidad estética. Los griegos, esos manipuladores, nos engañaron durante siglos con sus esculturas. Advierta el lector astuto que todas sus esculturas de atletas nos presentan a los susodichos justo antes de descargar la adrenalina, o justo después de acabar el juego. No tenemos ninguna estatua del efebo de turno con la cara desfigurada y los brazos descoyuntados mientras da zancadas hacia ninguna parte. Sin entrar en detalles sobre los horrores de la ropa deportiva.

            Bueno y si por la razón que sea, uno no se dedica al venerable oficio de la ejecución, ¿qué hay que argumentar para hacer deporte? Creo, sinceramente, que sólo hay una razón adecuada: la salud. Sí, sí, sé que tampoco hay que endiosarla. Si por la salud fuera, no se podría beber ni fumar en pipa. Admitamos, sin embargo, que objetivamente, hacer ejercicio puede ayudarnos a tener más años de vida. Algo trivial, si pensamos en edades geológicas, aunque enorme, si asumimos la perspectiva de la mosca de la fruta. Y en esos años (mientras no nos atropelle un coche o se declare la octava guerra mundial) podremos beber más, fumar más y ver más películas. Con el extra de se capaces de agacharnos a recoger el puro cuando se nos haya caído y levantarnos por nosotros mismos. Incluso de un salto. Y eso, bien vestidos, esta vez sí.

            Así que, relativicemos el aforismo. No toda práctica del deporte envilece a las personas. Seamos ignacianos. Discernamos los motivos. No todo fin justifica los medios, pero al menos, los atempera.

noviembre 15, 2009

Celda 211

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:01 pm
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         celda-211-fin   Empieza la cosa como debe: con una de las escenas más violentas que haya visto nunca en el cine. Violencia nada gratuita, ni superficial, ni frívola. Violencia auténtica, silenciosa, áspera, desesperada. Uno sabe ya dónde se ha metido. Esa escena va estar en la cabeza del espectador durante las siguientes dos horas.

            Dos horas enormes. Porque en Celda 211 funciona todo. La trama, los personajes, los actores, la dirección, la imagen. Esta película merece hasta el último céntimo del precio de la entrada. No tiene un minuto malo (salvo la segunda secuencia de la película, la más floja), pero eso no quiere decir que tenga un minuto de paz. Daniel Monzón nos agarra para no soltarnos.

            Pongamos las cosas en su sitio. Luis Tosar es el centro. Está inmenso. Da una lección magistral de interpretación, metido en “Malamadre”, el más duro y peligroso cabrón de una cárcel donde los cabrones duros y peligrosos no escasean. Un asesino despiadado, líder inteligente y carismático. Desde el Tony Soprano de James Gandolfini (pese a las grandes diferencias que existen entre ellos), nadie me había transmitido esa sensación de no saber qué va a hacer en el segundo siguiente: si abrazarte como a un hermano o arrancarte de cuajo la cabeza. “Malamadre” es un personaje que bien podría convertirse en un icono.

            Claro que si sólo Tosar funcionara, la película sería interesante, tal vez buena. Celada 211 es más que buena. Los secundarios apoyan a Tosar como él merece. Todos ellos: Alberto Amman, Antonio Resines, Carlos Bardem, Manuel Morón, Fernando Soto… Individuos muy diferentes entre sí, en su nivel intelectual y moral.

            Amman, debutante, tiene la dificilísima papeleta de aguantar el ritmo de Tosar, en un mano a mano. Y qué quieren que les diga, el chico sale airoso. Hace creíble la huida hacia delante del desgraciado Juan, un funcionario novato abandonado por sus compañeros en medio de un motín carcelario. Tiene que ser cuidadoso, listo y buen mentiroso para sobrevivir. Cada escena me sorprendía lo bien llevada que está su evolución, obligado por lo que le ocurre en los peores días de su vida.

            He dicho que hay grandes diferencias intelectuales y morales entre los jugadores. Claro que, en el campo moral, la escala va de la cobardía miserable al hijoputismo más descarnado. Aquí no se salva nadie. Desde “Tachuela”, el sombrío teniente de “Malamadre”, o el astuto “Apache”, jugando al mismo tiempo en todos los bandos, a la mezquina brutalidad del carcelero “Putavieja”, un Resines que te hace olvidar por completo Los Serrano. Sin olvidar la frialdad inmisericorde del Estado.

            Es una película violenta: hay violencia individual, violencia institucional, violencia estructural. Pero eso no es una carga para el ritmo, que avanza con vigor, sin necesidad de música, salvo cierta percusión metálica, que se confunde con los ruidos de la cárcel y el motín.

            No hay maniqueísmo alguno, ni apología del crimen, ni justificación de las brutalidades. Sin embargo, al igual que Juan, nuestro involuntario representante, los espectadores van empatizando con los presos. Son atroces, pero los que les observan a través de las cámaras no resultan mejores. Al final, “Malamadre” se ha ganado nuestro apoyo en algún momento.

            Háganme caso: en vez de tirar el dinero (y, peor, horas de vida) con 2012, Luna Nueva o mierdas de similar calibre, vayan al cine. Al de verdad.

noviembre 2, 2009

Fiscales de película

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:04 pm
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            Después de escribir sobre unos cuantos abogados de cine, me quedó la gana de escribir sobre sus habituales adversarios en la pantalla. Por desgracia, al decidirme a hacerlo, me he encontrado con que si con los abogados tuve que restringirme a sólo tres, porque si no hubiera llenado decenas de páginas, con los fiscales no tengo que limitarme nada. Todo lo contrario. Y es que los fiscales son la fea del baile en los juzgados de la ficción.

            En efecto, al revés que los abogados, los fiscales no suelen ser los protagonistas, sino los antagonistas (y a veces ni eso). En fin, a primera vista, tampoco es tan terrible: hay antagonistas memorables. Incluso hay antagonistas que usurpan el papel de protagonistas. Salvo raras excepciones, los fiscales no llegan tan arriba.

            Y es lástima. Después de todo, los fiscales suelen ser los acusadores. Uno de los significados del nombre Satán es justamente “acusador”. También “enemigo”, pero eso es otra historia. En el Libro de Job, el Satán aparece, cínico y descreído, en la corte celestial para poner verde a la especie humana. En Sin noticias de Dios, en los tribunales del Más Allá, los emisarios del Cielo actúan como defensores y los del Infierno como acusadores. Los fiscales de la ficción deberían ser dignos de semejantes paralelos ultraterrenos. ¿Lo son? La triste respuesta es que no.

 

           law&order La especie más común de fiscal en las películas y series es el implacable vengador del pueblo. La voz de la cólera popular que quiere llevar a la horca al miserable criminal. Estos fiscales son observados como figuras positivas (cuando el acusado es culpable de algún delito atroz), como individuos trágicamente equivocados (cuando el delito sigue siendo atroz, pero el acusado no es culpable) o como inquisidores de una sociedad malvada, racista, fascista y todos los “istas” que uno quiera (cuando el acusado es culpable siendo su delito defender los derechos humanos).

            De estos hay a montones. Los fiscales de Ley y Orden son el paradigma. Jack McCoy y los suyos investigan, acusan y condenan inexorablemente a cuantos asesinos, violadores, ladrones y demás infractores se cruzan en su camino. Sus argumentaciones suelen ser convincentes, pero claro, es que son los “buenos” de la serie, así que, por una de esas reglas de la televisión, tienen que ser mucho mejores que sus rivales. Hombre, siempre hay excepciones, siempre hay algún episodio en el que el defensor es decente y así la intriga del veredicto se mantiene hasta el final.

            Aunque sean juristas de cierta habilidad, y aun gustándome la serie, estos fiscales no me caen nada bien. De hecho, me resultan cansinos. Porque declaman a jurados y jueces como si estuvieran en un púlpito, y no en un púlpito sabio. Tienen unas ínfulas de superioridad moral que me provocan urticaria. Están convencidos de que los criminales son los malos, que ellos son los buenos y que la Espada Flamígera de la Justicia está en sus manos. Se sienten la mar de bien cuando machacan a los acusados. En realidad esta gente sacia su sed de venganza, la de los policías que colaboran con ellos y la de los familiares de las víctimas. Pero no tienen las narices de reconocerlo, empeñados en que ellos hacen justicia, no venganza.

            Cierto, hay ocasiones en que los fiscales de este pelaje tienen que encerrar a auténticos vengadores (habitualmente, el padre o esposo de alguien que se lía a tiros con el asesino/violador de turno). Son esos raros momentos en los que los guionistas permiten que entre los acusadores haya dudas. Unos muestran sus simpatías con el reo, otros dicen que le hubieran dado más balas y, al fin, siempre hay uno (McCoy o su equivalente) que se atiene al más estricto legalismo.

            Particularmente vomitiva es la protagonista del engendro Fiscal Chase (en inglés, Close to home), que participa de la naturaleza de L&O, estando a mil años luz en cuanto a calidad dramática. Cualquier persona de respeto no sólo observa con tolerancia la violencia contra esa mujer sino incluso con desaforado entusiasmo.

            Ojo, no estoy diciendo que las actitudes de Ley y Orden no sean comprensibles. Ni que no reflejen reacciones que se dan en la vida real: todo lo contrario. Tampoco digo que esa apelación a la Ley, fría y estricta, sea estúpida, ni mucho menos (sobre todo en ciertos casos). Lo que me aleja irreductiblemente de estos fiscales (y policías) es su moralismo. Su idea de que la Ley es justa, de que la Ley es correcta y que la Ley sólo está equivocada cuando no es lo bastante dura. Su autoengaño, su empeño en disfrazar de justicia la venganza. Son todos unos idealistas implacables o unos idealistas hipócritas.

            Y ambos idealistas, los puros y los hipócritas, son aburridísimos.

 

            Con todo, hay algún fiscal de estos de duralexsedlex que no es desagradable. El ejemplo más claro, para mí, lo constituye el coronel Lawson (Richard Widmarck), en Vencedores o vencidos. Lawson tiene el moralismo cansino que antes deploraba, aunque con un matiz que lo hace más tragable: su cólera, su indignación ante las atrocidades nazis es tan sincero que no trata de engañarse a sí mismo ni a los demás. Uno de los jueces se lo reprocha: “Su problema es que querría enjuiciar al país entero”.nuremberg

            Lawson es un iusnaturalista, lo que lo aleja aún más de McCoy. Ansía condenar a cuatro jueces alemanes que, por diferentes motivos, aplicaron el ordenamiento jurídico hitleriano. Habida cuenta de la injusticia de tales normas, su conducta es culpable. Les acusa también de quebrantar incluso las propias leyes alemanas en aras del Poder; sin embargo, a nadie se le escapa que el meollo de la acusación es que la legislación nacionalsocialista era perversa, por lo cual los jueces que la aplicaron actuaron perversamente, tan perversamente como los líderes políticos y militares del Tercer Reich.

            El personaje de Lawson tiene brío: interroga con dureza, sus discursos de inicio y conclusión poseen el toque justo de cólera para hacerlos intensos sin perder una estructura argumentativa convincente. Pero Lawson ejemplifica también la derrota dramática de los fiscales frente a los abogados defensores.

            Es Hans Rolfe, el cabeza de la defensa alemana, quien gana todo el protagonismo en las escenas del juicio. Lawson queda en un papel secundario. El espectador asiste con interés a la exposición del coronel, a la presentación de sus testigos y pruebas, pero a quien espera con avidez es a Rolfe. Soberbiamente interpretado por Maximilian Schell, el brillante abogado se muestra a la altura de su trabajo. Hace posible lo imposible: articula una “muy hábil defensa”, en palabras del juez Haywood (Spencer Tracy), de sus clientes.

            Condenando desde el punto de vista político y moral al nazismo, Rolfe se las arregla para razonar la posición de sus defendidos. Como defensor, destroza la pretendida superioridad moral de la acusación y de los Estados o sociedades a las que representa. Además, contraargumeta cada una de las afirmaciones que Lawson presenta como absolutas, proporcionando a los magistrados (al público) otra punto de vista, otra interpretación y otra conclusión posibles. Con una endiablada inteligencia, adapta su defensa a las vicisitudes del caso, mientras que Lawson actúa más como una apisonadora, sin desviarse un ápice del camino marcado.

            Lawson, igual que McCoy, es fiscal antes que político. Inicialmente idealista (como militar que ha defendido, desde su punto de vista, la libertad frente a uno de los regímenes más siniestros de la Historia), se enerva cuando las necesidades de la razón de estado ponen en peligro su caso. Se mantiene, y es digno de mérito, fiel a sus convicciones, sabiendo que su futuro profesional no será, como consecuencia de su acerada independencia, prometedor. Esta faceta es la más respetable de los fiscales de esta índole.

 

          jfk  Jim Garrison, Kevin Costner en JFK, se parece mucho a Lawson. También él comienza la acción como un idealista. También él se muestra firmemente independiente de las presiones políticas o familiares en su obsesiva investigación. También él tiene ese síndrome de cruzado, que es el lastre inevitable de estos honestos defensores de la ley (cuando son honestos). Sólo que Garrison, dramáticamente, domina de forma total el juicio, en la parte final de la película. Hasta ese momento, Garrison es poco más que un cronista, un paciente recopilador de datos. Son los personajes secundarios, más o menos tenebrosos, los que dan fuerza a la obra. Con astucia, Oliver Stone concedió estos papeles breves, pero capitales, a actores de gran calidad. Joe Pesci, Jack Lemmon, Tommy Lee Jones, Gary Oldman, Walter Matthau, Donald Sutherland o Kevin Bacon son mucho más atractivos en los minutos que aparecen ante las cámaras que Kevin Costner en sus tres horas. Pero es que el personaje de Costner es un corredor de fondo, constante. He de reconocer que Garrison sí me cae bien, aún más a medida que, al avanzar la trama, sus dogmas preconcebidos van siendo derribados, sin que él caiga en el desánimo. Hubiera sido más atractivo verlo convertido en cínico, pero no se puede tener todo en este mundo.

            Lo que hace más simpático a Garrison, a pesar de sus veleidades idealistas y de su familia perfecta, que es la parte más floja de la película, es su inevitable derrota. Tras desplegar toda su fuerza en el proceso, con un ritmo apabullante (salvo en el demasiado largo discurso final), tras hacer gala de su capacidad analítica, deductiva, de su ironía y de un realismo crudo, fruto de las investigaciones que ha ido realizando, Garrison muerde el polvo y es derrotado. El Poder se sale con la suya y el hombre solitario, que se ha dejado la piel en la lucha, se va a casa con las manos vacías, consolado (para que el público no se sienta tan mal) por su esposa y su hijo.

            Un Garrison triunfante hubiese sido no sólo increíble en la realidad, sino intragable en la ficción. Costner también interpretó a Eliott Ness, quien tiene sus puntos de conexión con Garrison, aunque el fiscal me parece más humano, más complejo y más interesante que el agente del Tesoro. Al vencer a Al Capone, Ness se me hace francamente antipático: es el símbolo del vengador del pueblo que, saltándose la Ley (la evolución de Ness consiste en pasar de respetar la legalidad a considerar que el fin justifica los medios, es decir, pasar de defensor de la Ley a justiciero pretendidamente heroico), vence a los villanos. Unos villanos mucho más carismáticos que los héroes, por cierto.

 

            Mucho más simpático es Adam Bonner (Spencer Tracy), el fiscal de La costilla de Adán. En esta espléndida comedia, el iuspositivista que es Adam se enfrenta a la abogada política de su mujer, Amanda (Katharine Hepburn). Siendo justos, Amanda le da cien vueltas a su marido ante el tribunal. Centra el debate donde le interesa y despelleja al pobre Adam, quien va desquiciándose a ojos vista. En sus conclusiones, el habitual sermón sobre el Imperio de la Ley queda reducido a unas inconexas frases hechas que ni siquiera acierta a vocalizar bien

            Pero Adam es digno como ser humano. Y consciente de su dignidad. Por eso, mientras Amanda gana el proceso, el matrimonio se derrumba. Adam lo achaca a la falta de respeto de su mujer a la Ley, pero eso es falso. Lo que teme el fiscal es que su maravillosa esposa le haya perdido el respeto a él, como colega y compañero. Furioso, enlaza el caso con su matrimonio, proclamando la consigna de todos los legalistas del mundo: “¡La Ley es la Ley, sea buena o mala! ¡Si es mala, lo lógico es cambiarla, no menospreciarla o burlarse de ella!”adam´srib

            Estoy de acuerdo con Adam en que una mala Ley debe ser cambiada, pero no en que no podemos burlarnos de ella. Ahora bien, aunque, en la sala de vistas, el fiscal legalista es machacado, una vez termina el proceso, el marido se desquita y de la manera más gloriosa. Hemos visto toda la película a Amanda como superior intelectualmente a su marido, pero los que subestimaban al señor Bonner reciben una lección, primero con la treta de la pistola de regaliz (que reivindica la tesis de Adam y logra una astuta ambigüedad para la obra), y luego con las lágrimas de cocodrilo gracias a las cuales demuestra a su mujer que ambos se quieren como siempre, reconquistando así, de un golpe, todo el terreno marital perdido.

            Pero por muy bien que nos caiga Adam como persona, como fiscal ha sido un fracaso.

 

            Los fiscales tan rectos, o tan hipócritas, al igual que esos otros fiscales que acusan con furor sólo porque sospechan que el clamor popular se lo reclama, estando las elecciones a la vuelta de la esquina, son puestos en su sitio en Boston Legal.

            Esta serie, a medias dramática, a medias cómica, tiene su principal atractivo en la pareja formada por Alan Shore y Denny Crane (James Spader y William Shaftner), a salvo ciertos secundarios. Los fiscales que se enfrentan a Shore (es quien lleva la voz cantante en los pleitos) son siempre legalistas sin imaginación ni garra o politicastros que hacen de la seguridad ciudadana su bandera para la reelección. Sus casos son siempre sencillos, siempre lineales, siempre blancos o negros. Sus conclusiones, tediosas y monótonas: la ley es la ley. Denny Crane sirve para mofarse de ellos y de sus parientes serios: “¿Por qué la fiscalía siempre acaba tan pronto?” Frente a ellos, los soliloquios de Shore (siempre interesantes, muchas veces divertidos, en ocasiones brillantes) ganan un caso tras otro. Esto es un error de guión, porque termina siendo previsible, a no ser que las situaciones sean estrafalarias y los razonamientos de estos abogados cínicos, aunque cada uno con un peculiar sentido de la moral, extravagantemente cómicos.

            La verdad, pienso que los juicios de Shore y Crane deben ser lo menos dramáticos posibles. O, por lo menos, deben ser enfocados de la manera menos seria. Incluso los juicios por asesinato deberían mostrarse como farsas (sobre todo los juicios por asesinato). Nada desarma más la figura del fiscal legalista, creyente o hipócrita, que un juicio por una infracción nimia, desquiciado y exagerado por la acusación. Ahí está el juicio por tráfico de grasa.

 

            Mientras que la calidad humana de los abogados defensores es extraordinariamente variada, pudiendo ser todos personajes excepcionales, los fiscales no salen nunca de su papel rígido o político barato (¿dónde están los políticos inteligentes?). Y es lástima. Llevo tiempo esperando, por ejemplo, al fiscal inteligente, cínico, que observa con más que escepticismo la justicia de las leyes, que se enfrenta a sus casos, por el placer de resolver el acertijo, no por la peligrosa palabrería de la Justicia ni por las plañideras quejas de las víctimas. Es decir, un fiscal que sea a la abogacía lo que Holmes es a la criminalística o House a la medicina. Un fiscal que sepa poner en su sitio a sus aburridos colegas. Pero nada.

            Se nos prometió algo así con Shark, una de las series más decepcionantes, tediosas y lamentables que he visto en tiempo. ¡Desaprovechar a James Woods! ¡Tiene delito la cosa! La idea del célebre abogado defensor que de repente tiene un súbito ataque de conciencia y se pasa a la fiscalía ya me puso en guardia. La tesis que había detrás era la tópica: los defensores salvan delincuentes, los fiscales los encierran. Es una visión tan reduccionista y necia como la de “los abogados defensores son buenos y los fiscales malos”.

            Sin embargo, había posibilidades. Si el nuevo fiscal traía sus trapacerías, sus habilidades, sus astucias y, sobre todo, su visión descarnada de la práctica profesional, la cosa podía salvarse. Si actuaba con el mismo desapego con respecto a las víctimas como lo había hecho con respecto a sus clientes, podía tener gracia. Podía ser una eficaz burla de Ley y Orden. Se convirtió en una copia de mala calidad.

            Con el cuento de que Sebastian Stark se encargaba ahora de su hija adolescente y maduraba emocionalmente (santo cielo), el supuesto jurista endurecido se convirtió en un cruzado más, sólo que con pecados que expiar. Así se interpreta la serie: como un camino de salvación desde las oscuras tierras del dinero corrupto a las luminosas alturas de la Verdad y la Justicia. Un espanto. Los comentarios mordaces, los quebrantamientos de las reglas procesales o las insubordinaciones ante sus superiores (mmmh, ¿lo harán cojo en próximas temporadas?) no salvan a una serie floja en guiones, nula en secundarios y deprimente en la evolución de su protagonista.

 

            ¿Dónde están los fiscales? Los abogados y los jueces, en las películas y series, son doce veces más interesantes, divertidos, complejos o inquietantes que los fiscales. Pues vaya. Habrá que hacer una huelga. Por una Fiscalía digna. No justa. Al diablo la justicia.

octubre 5, 2009

Ejercicio de imaginación

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         amarcord   Hay en Amarcord una escena en la cual un grupo de chavales va a confesarse. Tras asegurar a su párroco que no han cometido ningún pecado carnal (o que sí, pero, por Dios santo, no les gustó nada y jamás volverán a cometerlo), corren a un viejo coche donde se dedican a la práctica del onanismo. Mientras están ahí, a lo suyo, dos de ellos discuten a grito pelado porque ambos tienen en mente a la misma chica del pueblo. Y ni quieren cederla ni formar un trío.

            Esta pelea puede ser una parodia de un triángulo amoroso, o una desaforada escena felliniana. Pero se apoya en una realidad, documentada en libros, películas y testimonios. Quien se dedica a consolarse en la soledad, suele tener una imagen en el cerebro. El asunto parece bastante patético, pero es, o es posible que sea, independientemente de todo otro juicio, un poderoso ejercicio de la imaginación.

            El tópico y triste adolescente, a falta de un dúo material, se fabrica uno inmaterial. No se las denomina fantasías sexuales por darles un aire exótico. Se llama a filas a actores, actrices, modelos de lencería (comestible, tal vez), compañeros de clase y de trabajo y a la vecina de enfrente. La memoria se pone al servicio de la imaginación.

            Ahora bien, cuando nuestro solitario logra finalizar la etapa de monólogos, ese ejercicio de la imaginación no tiene por qué desaparecer. Puede, sencillamente, transformarse. Y que le ocurra al amante lo que a Marge Simpson, quien se lanza a por su marido tras pensar en Mel Gibson.

            Tengo la certidumbre de que muchas y pésimas series y películas sirven sólo de tienda de imágenes, para que los potenciales amantes se armen de cuerpos; luego, con ese arsenal, se van a la cama o al asiento de atrás. Muchas carreras (afortunadamente breves) de muchos actorzuelos son, en esencia, pornográficas. No voy a decir eróticas, que el erotismo tiene su dignidad, su clase. Están ahí para calentar al personal. Y como el personal no puede conocer bíblicamente al causante del calentón, se apaña con la pareja que en aquel momento tenga.

            Esto no quiere decir que no haya grandes películas que provoquen los mismos efectos. Hay buenas películas de erotismo declarado. Hay películas en las que el erotismo no es explícito y que son incluso más sugerentes. Match Point no es una película erótica, pero tiene escenas, explícitas y tácitas, que hacen hervir la sangre de los espectadores.matchpoint

            Claro que como el sexo pone en marcha los cinco sentidos, los amantes imaginativos se ven sometidos a una dura prueba. Su mente tiene que ser capaz de convertir las señales que oído, gusto, tacto, olfato y vista le envían para que la fantasía no se derrumbe estrepitosamente. Es cierto que la vista puede anularse con relativa facilidad, pero los otros cuatro son enemigos más serios.

            El poder de la imaginación es capaz de derrotar al poder del conocimiento. Porque usted, lector, sabe que no está retozando con Monica Belucci, ni con Ava Gardner. Pero, si es un soñador poderoso, puede que ese conocimiento no le moleste lo más mínimo. A no ser que empiece a vociferar “¡Monica, Monica!” y a quien tenga de interlocutora se llame, por ejemplo, Lorena. Si Lorena tiene una hermana llamada Mónica, la situación merece vivirse. Para que se rían los amigos, al menos.

            Ese mismo ejercicio de imaginación se da para otros menesteres. Si de películas, series, libros y comics se sacan escenas para las fantasías carnales, de las mismas fuentes se sacan ideas y perfiles para otras ensoñaciones. No es raro que, tras leer los libros de Andrzej Sapkowski uno camine por la calle con la ilusión de ir vestido de malla y con una brillante espada al costado, listo para una aventura o una intriga palaciega. No es extraordinario que tras devorar cuatro capítulos seguidos de Carnivale deseemos con todas nuestras fuerzas mezclarnos con los feriantes de Samson o, si uno es ambicioso, sustituir en sus discursos al mismísimo Hermano Justin.

            Un filósofo severo podría decir que eso es un síntoma de una grave enfermedad del espíritu, el apetito faústico. No le faltaría razón. Igual que el viejo Doctor, sentimos nuestras vidas poco satisfactorias, comparadas con otras, reales o ficticias. Por eso, al no tener a Mefistófeles a mano, buscamos otros remedios. Vemos otra película u otro capítulo. Compramos un nuevo libro. Nos apuntamos a clase de teatro, con la esperanza de representar un papel, con la esperanza de ser otro durante unas horas. O jugamos una partida de rol, esto es, celebramos una obra de teatro improvisada.

            Hay escritores, estoy seguro, que urden sus novelas por ese mismo apetito. Pueden ser historias fantásticas o realistas o incluso obras históricas. Al encontrarnos con la biografía de una personalidad atractiva, interesante o carismática, fantaseamos con un encuentro con ella. Así que escribimos sobre ella, siendo ella. O uno de sus allegados. Durante el tiempo que escribimos o leemos esa historia, salimos de nosotros mismos.

            También aquí tropezamos con los sentidos. Dependemos, de nuevo, de nuestra imaginación, de nuestra capacidad de abstracción. Hay quien en el ambiente más ruidoso puede zambullirse en un libro, ajeno a cuanto sucede a su alrededor. El familiarizado con la contemplación ignaciana, tendrá un excelente instrumento a su servicio. Aunque los objetivos de ese método de oración no son, precisamente, acallar el apetito fáustico.

            La escasa diferencia esencial entre las fantasías sexuales y las narrativas pueden reducirse aún más. Si una pareja está retozando, cada uno de sus miembros imaginando que la otra parte es quien no es, lo mismo puede suceder en, digamos una conversación entre amigos. Igual que en el teatro o en el rol.

        montañamágica    Pongamos que acaba usted de cerrar por hoy esa maravilla titulada La montaña mágica. Pongamos que un amigo suyo está en la misma situación, o la ha cerrado definitivamente hace poco. Y van a tomar un café, como caballeros. Hay un hormigueo en el cerebro de ambos. Entonces, uno de ustedes empieza a hablar como el gran Settembrini. A lo cual, el segundo replica con la feroz dialéctica de Naphta. Mientras un tercero (tal vez el más sutil) escucha con toda la inteligencia de Castorp. Eso sería un triunfo de la imaginación. Un triunfo homérico.

            Sin embargo, en este caso existiría una dificultad añadida. Aunque su pareja de usted no tenga el cuerpo de Scarlett Johansson (¿lo tiene? Entonces, ¿para qué imaginar?) un ensoñador entrenado tiene posibilidades de éxito. En cambio, si deseamos pasar por Naphta, por Falstaff, por Yago, más nos vale saber hablar. Más nos vale tener una mente rápida, brillante, ingeniosa. Más nos vale haber leído mucho, haber discutido mucho. Más nos vale haber llevado el cerebro al gimnasio.

            Así que hay una diferencia entre la fantasía sexual y la dramática. Para que la fantasía sexual no sea un fracaso total hay que resistir los ataques de la realidad. Para que una fantasía narrativa tenga cierto éxito, hay que doblegar la realidad. Para que ninguna de las dos nos devore, hay que saber siempre cómo regresar a la realidad. Y cómo quedarnos en ella. El apetito fáustico puede espolear nuestra creatividad, pero el autor tiene que separar su obra de su vida. Otra cosa es que haga de su vida una obra que otros deseen representar.

            El ansia por doblegar la realidad puede meterse también en la fantasía sexual, aunque estaríamos ya ante casos casi patológicos: el amante sustituye no sólo a su pareja, sino también a su propia, persona, imaginando que es otro; o sólo se sustituye a sí mismo. Los psicólogos se frotan las garras. Claro que si en la imaginación teatral el actor tiene que convencer, sobre todo, a los demás que es quien finge ser, en esta otra el sujeto tiene que convencerse a sí mismo; que convenza a su interlocutor es, o puede ser, secundario. Por tanto, no le resulta necesario disciplinarse como el actor, porque no un tercero objetivo que vaya a evaluar si ha estado o no a la altura de su personaje: es su propia conciencia quien decide. Éstas son aguas cenagosas, que pueden muy bien derivar en una alegre obsesión destructiva que es, como sabe todo el mundo, la mejor clase de obsesión.

            Por cierto, ¿cómo es que a ningún picapleitos se le ha ocurrido usar las fantasías sexuales? Al fin y al cabo, cada vez que alguien tiene a Paul Newman o a Grace Kelly en su cama, sin su consentimiento, está cometiendo una violación. O practicando la necrofilia, incluso. De un modo no físico, desde luego, pero sí moral. Es raro que nadie lo haya probado aún. ¡Abuso deshonesto de cuerpo astral/imaginario ajeno! Podrían lograrse millones en daños y perjuicios. Habrá que estudiarlo.

agosto 3, 2009

Abogados de película

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:10 pm
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            Tanto la literatura como el cine, en especial el estadounidense, han utilizado la Justicia (la institución, se entiende) como centro o escenario de sus tramas. Después de todo, un buen juicio no deja de ser una buena puesta en escena de una historia. Uno de los defectos de la Justicia española es su lamentable desprecio hacia lo dramático, empezando por la arquitectura.

            Dado lo prolífico que es el tema, los dramas y farsas judiciales tienen en su haber varias aberraciones, bastantes funciones entretenidas y algunas obras maestras. Como el proceso penal es, con mucho, el más jugoso, y en la ficción se suele colocar al acusado en la posición de víctima, los abogados defensores tienden a ser los protagonistas de novelas y largometrajes. Pero hay abogados y abogados.

            De la cohorte de leguleyos y letrados, tres son mis favoritos. Se alzan en tres películas magníficas, y no acabo de saber si las películas son tan buenas gracias a los personajes o los personajes gracias a las películas. Dejémoslo en que encajan a la perfección los unos en las otras. Están tan bien interpretados, que no se imagina ya uno a ningún otro actor encarnándolos. Además, son notablemente distintos entre sí. Vamos a echarles un vistazo.

 

           atticus Aunque no siento predilección por los héroes, toda regla tiene su excepción. Atticus Finch es la mía. Es, después de todo, el número uno de la Lista de Héroes del American Film Institute. Que no sea además nada violento tiene su gracia. Podría sospecharse de cierta infame corrección política, pero no es el caso. Al fin y al cabo, el primer villano del AFI es el Doctor Hannibal Lecter. Las listas están bien encabezadas.

            Antes de comentar a Atticus, una advertencia. Que una maravilla de película esté basada en una maravilla de novela es una bendición y un problema, porque siente uno la permanente tentación de saltar de la una a la otra. A partir de aquí, todo cuanto escriba hará referencia a la película de Robert Mulligan, salvo por mi entusiasta recomendación de leer y releer la única novela de Harper Lee, ganadora del Premio Pulitzer.

            El señor Finch no es el único abogado que Gregory Peck interpretó, pero fue, sin duda, el papel de su vida. Decir eso de Peck no es baladí. Como letrado es brillante, como persona, admirable. Irradia una rotunda dignidad, que es al mismo tiempo benigna, humilde. Por una de esas ironías del arte, Finch es un hombre sin importancia, un abogado de pueblo, viudo, con dos hijos que le quieren, pero que tampoco le consideran nada del otro mundo, y, sin embargo, carece de rival. No hay personaje en la obra capaz de hacerle sombra.

            Matar a un ruiseñor es inimaginable sin Atticus Finch. El resto de personajes no son monigotes, pero decrecen cuando el impecable jurista de Maycomb, Alabama, aparece en escena. Jem y Scout (una de las pocas parejas de niños que, lejos de serme odiosa, cuenta con mi simpatía incondicional), grandes cuando están solos, no son capaces de competir con su padre, aunque su perspectiva es desde la cual contemplamos a este titán de traje de tres piezas y gafas de pasta.

            Atticus resulta creíble como héroe porque no es sobrehumano. Es un hombre digno, secamente humorístico, melancólico, pragmático, ni un pelo idealista y capaz de enfrentarse contra el racismo del Sur en una época de apogeo del mismo. Los adversarios de Finch no son los personajes negativos de la historia, pobres hombres ignorantes, sino el Racismo, la Intolerancia, la Miseria. Finch es el héroe un poco a su pesar, convencido de que no tiene otra alternativa que pelear por una causa impopular, si quiere conservar su propia autoestima.

            Ante el tribunal, Finch hace gala de una astucia sin perversidad, de una lógica implacable y una sobria elocuencia. Francamente, el caso no sería difícil de ganar ante un jurado que no tuviese la discriminación racial incrustada hasta el tuétano. La habilidad como defensor de Finch es que hace mínimamente real la posibilidad de victoria. Usa la ley como instrumento, la respeta, sin ser un fanático legalista. Se pliega a esta realidad, tratando de sacar lo mejor que pueda.

            Atticus ha inspirado a las legiones de abogados defensores de causas perdidas, seguidores que no le llegan a la suela de los zapatos. Es raro encontrarse a un hombre dotado de un gran sentido de la justicia, de la moral, sin que sea un sermoneador insufrible o un ingenuo recalcitrante.

            En mis ilusiones, me gusta confrontar a Finch con un adversario a su altura. Un villano protagonista de otra novela espléndida y de otro largometraje magistral, propiedad de otro enorme actor, Robert Mitchum. Me refiero al perverso Reverendo Harry Powell, el ogro de La noche del cazador. Cercano a Maycomb por la geografía y la época, daría algo por ver la sombría silueta de Powell, cantando su himno litúrgico, entrar en la polvorienta ciudad, sustituyendo a los atormentados John y Pearl por Jem y Scout. Peck y Mitchum se vieron las caras en El cabo del terror, pero Sam Bowden no es Atticus ni Max Cady es Powell. Francamente, no soy capaz de adivinar al ganador en el duelo verbal de esas dos profundas voces (siempre, siempre versión original), el abogado cristiano contra el predicador psicópata.

            Sin embargo, La noche del cazador es un tenebroso cuento de hadas, pese al realismo descarnado con el que retrata la Depresión, y Matar a un ruiseñor es una narración realista con toques de ensueño, gracias al misterioso Boo, de manera que tal vez no funcionara. Aunque eso no me impide fantasear con ello.

 

            Tampoco a Charles Laugthon le resultaba extraña la piel de los juristas. Dejando a un lado su participación como el malévolo juez Lord Thomas Horfield en El Proceso Paradine, junto a Peck, por cierto, el inmenso inglés, bajo las órdenes de Billy Wilder (quien sostenía que era el mejor actor vivo) representó a Sir Wilfrid Robarts, defensor, en Testigo de cargo.

            Esta película, basada en un relato de Agatha Christie, luego dramatizado por la misma, se mueve en un mundo muy alejado del de Atticus Finch, el Londres de la posguerra. Wilder nunca ocultó que su deseo al filmarla había sido el hacer un largometraje a la Hitchcock, en el que se unieran el suspense y el humor. No hay aquí grandes causas o entrañables escenas familiares, sino un complejo caso de asesinato, lleno de equívocos, de vueltas de tuerca, con un fabuloso reparto y unos diálogos brillantes.

            Sir Wilfrid jamás entraría en el club de los héroes, salvo, tal vez, para arrojarles un despectivo sarcasmo. Pese a ello, es un protagonista atractivo, cuyo malhumor, tozudez e ironía reclaman un aprecio absoluto, al menos, en lo que a mí se refiere. ¡Cómo va a caernos mal un abogado que esconde cigarros en su bastón y coñac en el termo del cacao!sirwilfrid

            Si Finch, en Maycomb, subyugaba a todo y a todos, Robarts tiraniza a buena parte de sus coetáneos, pero no logra la victoria absoluta. No le hacen frente sus colegas juristas (John Williams y Henry Daniell), ni Tyrone Power, el defendido, ni siquiera la espléndida Elsa Lanchaster, esposa de Laugthon en la vida real y enfermera irritante en la película. No. Es Christina Helm Vole, es decir, otra de las colaboradoras predilectas de Wilder, Marlene Dietrich, a quien se reservan algunas de las mejores frases del guión –guión impecable-, empezando por su apabullante presentación: Nunca me desmayo, porque no estoy segura de caer con elegancia.

            Ahora bien, cuando Christina no está presente, Sir Wilfrid arrasa lo que se le ponga delante. Resulta un defensor sagaz, martilleando las tesis de la fiscalía, que, por una vez en el cine, resulta la mar de competente. Emplea la lógica, el dramatismo, la retórica, con una habilidad endiablada. De su boca brotan las mordacidades, los venenosos dobles sentidos o, si es precisa, la dureza más inclemente. Viejo, enfermo, hace temblar al jurado y al público con sus rugidos y arrincona a los testigos de la acusación uno tras otro.

            Sin embargo, toda esta destreza jurídica está al servicio de una personalidad muy recta. Pese a su burlón realismo, este abogado inglés siente un respeto reverencial por las leyes británicas. Acepta los casos por el reto que puedan suponerle, desdeñando otros más seguros y provechosos, tal como haría Sherlock Holmes, al tiempo que es rígido en la aplicación de la justicia penal. No sé si Sir Wilfrid es un iusnaturalista o un positivista ideológico, pero no cabe duda de que considera que las leyes a las que sirve son buenas, justas y que sus muchas cualidades legales deben estar al servicio del inocente. Deja claro desde el principio que, por un cliente inocente, arriesgaría su salud y hasta su vida. Por uno culpable, seguramente ayudaría a la acusación.

            No quiere decir esto que sea un infeliz creyente en la bondad del sistema. Es muy consciente de sus defectos y del inevitable error judicial. Cuando Leonard Vole (Power) se revuelve ante su cercana detención, protestando que estamos en Inglaterra y en Inglaterra no se condena a nadie por algo que no ha cometido, Sir Wilfrid le replica como merece: Procuramos no tomarlo por costumbre.

 

            Si Atticus Finch es un cortés héroe de carne y hueso y Sir Wilfrid Robarts un cáustico sacerdote de las leyes, William Gingrich, el Implacable, es un cínico oportunista. Atticus es pobre y no le importa; Sir Wilfrid es hombre acomodado, pero el dinero no es algo que le mueva. Gingrich tiene un solo objetivo en su existencia y es hacerse rico. Recursos y mala fe le sobran para lograrlo.

            Ya lo dije al principio, cada actor es insustituible en su papel. Walter Mattahu, de nuevo bajo la batuta de Wilder, borda un personaje mentiroso, trapacero; hasta cierto punto, me recuerda a Thenárdier, el posadero criminal de Los Miserables, siempre maquinando la forma de hacer fortuna y siempre fracasado, a pesar de toda su inteligencia y falta de escrúpulos.

            Hace falta tener confianza en la propia habilidad para hacer lo que hace Gingrich en En bandeja de plata. Defender a un negro en Alabama es arriesgado; librar a un acusado enredado en una maraña de pruebas circunstanciales, agotador; pero inventarse desde cero un pleito por una causa inexistente aprovechando un accidente sin importancia, una vieja herida de la infancia y el deseo inconsciente de la supuesta víctima de recuperar a su infiel esposa, teniendo delante a tres abogados carísimos y a una agencia de detectives que te la tienen jurada, eso son palabras mayores.

          gingrich  Nunca vemos a Gingrich ante un tribunal, aunque nos lo podemos imaginar. A cambio, tenemos el privilegio de admirar su veloz verborrea en las negociaciones con los señores O´Brien, Thompson y Kinkaid, reduciendo a sus arrogantes adversarios a un estado lamentable mientras tratan de encontrar una suma capaz de satisfacer al codicioso picapleitos, que se regodea espléndidamente ante ellos.

            Mattahu no juega en solitario, sino emparejado con Jack Lemmon, su cuñado y cliente, a quien tiene que manipular cada dos por tres para evitar que, en un arrebato de remordimientos, confiese que todo es una farsa, ante el espectáculo de la degradación del pobre Bum-Bum Jackson, el único personaje honrado y responsable del accidente que, según la demanda de Gingrich, tiene a su representado encadenado a una silla de ruedas. Con este enlace Wilder descubrió una mina. Sin duda, Lemmon y Mattahu son actores impagables por sí mismos, pero juntos alcanzan otro nivel.

            Atticus se desvela, ante todo y sobre todo, por sus hijos. Sir Wilfrid, solterón –no casto- no muestra el menor interés hacia la idea de una mujer o unos hijos, bastándole sus casos y sus colegas. Gingrich carga con mujer, dos vástagos y la suegra, a los que trata con indiferencia en el mejor de los casos y con áspera irritación en el peor, a no ser que le sirvan como peones en su juego.

            Y, sin embargo, de alguna manera, Gingrich está más cerca de Atticus que de Robarts: al contrario que el abogado británico, sus homólogos norteamericanos usan la ley sin reverenciarla. Mientras que Sir Wilfrid venera las leyes inglesas, Atticus sencillamente acata las suyas y Willy Gingrich las retuerce para amoldarlas a sus propósitos. En fin, eso es lo que hace todo abogado, justificar la posición de su cliente interpretando las normas de cierta manera; sólo que este abogado en concreto es capaz de torcer lo más recto. Ya lo dice de él otro personaje de la película: encontraría un cabo suelto en los Diez Mandamientos.

 

            Existen otros abogados de película, sin duda, y bien respetables. Pero a este trío le confiaría mi vida. Que alguien me diga si hay mejor garantía que su habilidad, unida a la tranquila dignidad de Atticus Finch, la sardónica cabezonería de Sir Wilfrid Robarts o la trapacería inagotable de William Gingrich. Ante letrados de esta talla, recobro mi maltrecha fe en la Justicia.

julio 27, 2009

No va más

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:58 am
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            Entre otras muchas cosas, los puritanos (laicos o religiosos) condenan el alcohol y el juego. Si yo fuera una persona generosa, daría a esas gentes el beneficio de la buena fe. Los puritanos, entonces, nos privarían de ambos placeres para no despertar a la bestia que llevamos dentro. Es decir, que confundirían al bebedor con el alcohólico y al jugador con el ludópata. Cuando es sabido que ludópatas y alcohólicos son enfermos, merecedores de auxilio, pero ni buenos bebedores, ni grandes jugadores.

            Ya me duele, no puedo presumir de gran jugador. Tiro más bien a la mediocridad. Es una de esas limitaciones que hay que llevar con la menor vergüenza posible. Pero ser un jugador de infantería no me impide disfrutar del juego. De tres, por encima de los demás: el mus, el póker y la ruleta.

 

            De los juegos en que se usa la baraja española, ninguno iguala al mus. El mus es casi perfecto. Es un juego de cartas donde el azar tiene algo que ver, aunque no demasiado. Cuentan mucho más, con diferencia, la habilidad, la astucia, la veteranía. Ante una pareja de jugadores experimentados, unos novatos no tienen nada que hacer, por mucha buena suerte que traigan en los bolsillos.

           musmingote La mayoría de los juegos de cartas tienen un vocabulario propio, todos, unas reglas; el mus tiene una liturgia. Observar una partida sin saber de qué va es como entrar en una logia masónica. Hay que ser iniciado, bien por un sectario, bien por algún libro. Si el lector no sabe lo que es el mus, le sugiero que consiga la Guía del Mus, de don Antonio Mingote (su portada en la imagen). Si el lector sabe lo que es el mus, también. El primero comprenderá las formas en cuanto lo termine, tan bien explicado está; los dos se reirán a cada página. Y esto es incluso más importante que saber las normas.

            Porque el mus es el juego sociable por excelencia. Para empezar, no se juega solo. Siempre se está apoyado por un compañero de armas. Además, siempre se juega con comida o bebida cerca. Las rondas de cerveza son paralelas a las manos. Y, por último, los rivales o son amigos o acaban siendo camaradas. Existen lugares donde los compañeros de mus son una institución. En el mus no hay malicia alguna, ni trampas, ni marrullerías, ni malos perderes. Sí hay jactancia (porque nadie es más exageradamente arrogante que un jugador de mus, salvo otro jugador de mus) y habilidad. Hay espionaje y contraespionaje. Es la prueba definitiva de que maña y caballerosidad pueden ir del brazo.

            Por si fuera poco, es entretenidísimo. Las horas pasan volando (incluso si no hay cerveza). A poco que uno se descuide, le sorprende la media noche delante de la mesa. Es un juego absorbente, sin ser obsesivo. Con el mus uno jamás apuesta la universidad de los hijos. El dinero nunca está presente, o lo está de forma inofensiva. Los derrotados pueden pagar las rondas o la cena, sabiendo que mañana se resarcirán. Porque siempre hay una revancha. Y otra tarde de mus.

 

            El póker es el gemelo anglosajón del mus. El gemelo malvado. O puede serlo. Es, desde luego, más turbio. En el mus no hay sombra, es cálido, rotundo, limpio. El póker puede ser retorcido. Incluso en la timba más inocente hay algo de perversidad en las cartas. Si se maneja bien, la necesaria y un poco más para volverlo atractivo. Si uno no sabe con quien juega… en fin, tenemos historias para no dormir en las películas y en los atestados policiales.

          dogspoker  Mafias aparte, el póker es un gran juego. Tan entretenido y absorbente como el mus. Con su liturgia propia. Con su lenguaje, sus tradiciones, sus escuelas, sus variantes. Hay manuales escritos por profesionales. En un país serio, existiría una Licenciatura de Juegos, con su correspondiente especialización en Póker. Los estudios sobre la psicología de los jugadores, sobre sus personalidades, manías, indumentaria, espantajería, tics y distinción dan para un par de bibliotecas.

            Una buena timba de póker se hace en casa, o en un local preparado para ella. De noche. Con botellas de whisky. Y, si uno se pone quisquilloso, con traje. Hay sitios que piden traje. Una partida de mus no lo necesita. Pero una de póker gana puntos si los contendientes van bien vestidos.

            Por su atmósfera oscura, el póker es el juego cinematográfico estadounidense. Hay películas consagradas sólo al póker. Grandes películas. Ahí está El rey del juego. También existen escenas memorables gracias al póker, como la partida nocturna de El Golpe. Hasta los westerns, por los que no siento mucha debilidad, son otra cosa en cuanto se entra en el saloon.

            En el póker el azar tiene algo más de voz que en el mus. Pero tampoco puede nada contra jugadores curtidos. Para jugar al póker hay que ser astuto y calculador. Hay que saber manipular al resto. Se miente, se engaña, se farolea. Es parte del juego. Y, esto queda al arbitrio de la casa, se hacen trampas. Que te pillen queda feo, aunque tampoco puede dar lugar a la indignación moral. Esa indignación no le pega al póker.

            Tampoco la amistad. Los jugadores de mus son rivales, pero amigos. Los de póker pueden ser amigos, salvo durante la partida. Por muchas bromas, por muy buen ambiente que haya. En el póker hay tanta camaradería como en el ajedrez. El póker es individualista. Una partida es una batalla, con un único ganador. Como en Los Inmortales, vaya, sin que nos corten la cabeza. Y si jugar y perder ya es divertido, ganar es cojonudo. Las cosas, como son.

 

            El póker es grande, menos en los casinos, donde sólo puedes pegarte con el croupier. Eso es más aburrido aún que el black-jack, que ya es tedioso, salvo que te toque Homer Simpson para repartir las cartas. No, si uno entra en un casino, tiene pocas opciones. Los jinetes de tragaperras son lo más bajo del escalafón. La ruleta americana siempre me ha recordado a la Rueda de la Fortuna y eso lo dice todo. ¿Qué nos queda? La otra ruleta. La francesa. Porque la rusa es para excombatientes de Vietnam.

            La ruleta francesa es distinta del mus y del póker. Aquí manda la suerte. Sin duda, el jugador obsesionado con el control hará lo imposible por ampliar sus probabilidades de victoria. Apostará a pares o impares, a negro o a rojo, a docenas, en lugar de arriesgarse con un número concreto, echará mano de la estadística, tendrá en cuenta las tiradas anteriores… Al final, sin embargo, detrás de todas esas maquinaciones, sabe que la ruleta no tiene memoria y que, en última instancia, está indefenso.

            El jugador de ruleta siente la atracción del abismo, incluso si es prudente en sus apuestas. La ruleta es el abismo por definición. Uno, sencillamente, se tira, esperando caer en blando. No hay astucias, trampas, experiencias pasadas ni veteranías que nos salven. Si la ruleta nos mira mal, se acabó la partida. El jugador de mus, el jugador de póker se enfrentan a personas. El de la ruleta, al puro azar.

            Hay cierto romanticismo, paródico, en la ruleta francesa. La banda sonora que mejor le pega, en una película irónica, es Beethoven. O ciertas piezas de Tchaikowsky o quizás algo de Brhams. Los compositores románticos. ¡El héroe contra el destino! ¡Una lucha sin certezas! En fin, los románticos de pro iban a la batalla sabiendo que iban a perder, así que el de la ruleta algo a favor ya tiene.ruletafrancesa

            Si en el mus combatimos escoltados y llenos de buen humor y en el póker, entre amigos o enemigos, peleamos contra seres humanos, en la ruleta estamos solos. De los tres, es el juego más solitario. Incluso si vamos acompañados, tendremos una sensación de soledad. La soledad no es necesariamente mala. Pero, y no quiero ponerme dramático, la soledad de la ruleta tiene cierto peligro. Hay que ser de mente fría para jugar a este juego. Incluso más que en el póker.

            El único control real de la persona sobre la ruleta es que puede decir “hasta aquí hemos llegado”. En la ruleta es preciso saber retirarse. Los que van al tapete y lo cubren de fichas están condenados. Lo pierden todo, o casi, así que sacan más dinero y vuelven a hacer lo mismo. Tarde o temprano algo les tocará, pero sus pérdidas son masivas, regulares. Esos no son jugadores inteligentes.

            Con la ruleta hay que ser sobrio. Hay que apostar moderadamente. Y, sobre todo, hay que imponerse un límite. Se llega con una cantidad X, cada cual según su fortuna y convicciones. Si uno pierde esa cantidad, se encoge de hombros, abandona la mesa. Existen noches perras, en las cuales cada apuesta es una pérdida. Si la cosa sale bien, si logramos en ganancias la cantidad con la que empezamos, la guardamos como intocable. Así no perderemos nada. Éste es el único sistema para que no nos devore el abismo.

            La ruleta es fascinante, divertida, cuando uno sabe jugar con cautela, sin pasión. Sabiendo que no nos jugamos nada importante. Si, en efecto, no nos jugamos nada importante. Porque el dinero no es importante, dijo Bernard Shaw, pero mucho dinero, eso ya es otra cosa. Si es así, la noche irá bien, aunque perdamos.

            Y, si la ruleta nos ha mareado, siempre nos queda el mus. Una tarde de mus limpia cualquier cabeza.

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