Con un vaso de whisky

junio 18, 2018

Sherlock Freud contra Freddy el Destripador

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:18 pm
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   No creo sorprender a nadie que me haya leído en otras ocasiones si digo que, estéticamente, siempre me ha gustado la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo la británica. Y las historias de detectives. Y los asesinos en serie (quiero decir, leer o ver obras sobre los mismos, desde la egoísta seguridad de mi salón; no se escuchan los Pasajes del Terror del señor Cebrián impunemente).

   Teniendo en cuenta esto, la serie “El Alienista” tenía bastantes papeletas para parecerme, como poco, un buen entretenimiento. Pues no. Han sido diez episodios de bostezo perpetuo. Un desperdicio. Una serie que podía haber sido curiosa, tirada a la basura. Transcurre en un Nueva York sombrío (no es Londres, pero tampoco vamos a ser exquisitos). Hay un asesino truculento. Un pionero en la psicología criminalística (aunque no menciona la frenología, para disgusto, supongo, de Charles Montgomery Burns), que además es interpretado por Daniel Brühl, un actor que nunca había visto fallar en un papel. Una mujer policía, pionera también. Dos detectives judíos con nombres shakesperianos que podrían haber sido personajes de alguna película de los hermanos Coen. Personajes históricos (Theodore Roosevelt, J.P. Morgan) mezclándose con los ficticios. ¡Díganme que con esto no se habría podido hacer una serie decente, incluso digna y hasta grande! Pues nada.

   “El Alienista” es tan mezquina que ni siquiera nos permite destriparla entre carcajadas. No es ni una obra mala, consciente de ello y que se ríe de sí misma, ni una obra con pretensiones pero tan infame que resulte divertida. Ni ese pequeño placer concede. Es una implacable mediocridad blanda. Desesperadamente tediosa.

   Como no merece que le concedamos, ni ustedes ni yo, ni una pizca de piedad, seamos claros: esta serie falla en los aspectos formales, falla en la dirección y en la interpretación y falla en el guión. Los trajes, bien. Pero para ver trajes victorianos, pónganse con “Penny Dreadful” que, con sus defectos, es muchísimo más entretenida. Y tiene brujas, vampiros y demás parafernalia nocturna.

   Cada plano, cada secuencia, cada plano secuencia es de un convencionalismo gris. No uso aquí el término “convencional” al modo de Chesterton, que es elogioso. Porque hay series convencionales que saben usar muy bien la convención, directores ortodoxos y artesanales que merecen estima. Estos de aquí, santo cielo, no dan una. Cada vez que tratan de crear la atmósfera inquietante, amenazadora, asfixiante o trepidante que supongo intentan, logran una sensación de vergüenza ajena. Cuando tratan de electrificar al espectador, de hacer que estire el cuello y se siente en el borde de su asiento, consiguen que esté arrellanado en su sillón, ojeando un libro, una revista o su teléfono móvil. ¿Oh, aún no ha acabado el episodio?

   ¡Esa banda sonora plana, usada sin ninguna imaginación, subrayando, con la sutileza de una apisonadora, los momentos que quieren ser dramáticos, los sentimentaloides, los terroríficos de cartón-piedra! ¡Ese empleo de la cámara lenta, al cruzar dos personajes una mirada! ¡Fijaos, fijaos, estos dos no se llevan bien! ¿Lo habéis visto? ¿Hacemos que se crucen a cámara lenta de nuevo, por si se os ha escapado?

   Los personajes y los actores. El único que roza el aprobado es Luke Evans. ¡Quién lo iba a decir! No es que haga un papelón, pero su ilustrador alcohólico es uno de los pocos seres no inaguantables de esta ciudad. Genuinamente compasivo y bastante decepcionado consigo mismo, al menos trata de enderezarse, según cree que debe hacerlo, sin aspavientos. Incluso demuestra un cierto ingenio en un par de ocasiones. ¿Es un personaje olvidable? Por completo, pero comparado con lo que tiene a su alrededor, cuanto más tiempo está en pantalla, mejor.

   Todos los demás, al Frente Ruso. Todos. Miss Jordan es una decepcionante Dakota Fanning, cuyo registro aquí se limita a tener cara de indigestión en diferentes grados de agudeza: cuando la escena se supone cumbre, parece que va a vomitar; pueden ser náuseas, lo cual contaría a favor en cuanto a gusto y en contra en cuanto a talento interpretativo. Su personaje, por otro lado, que sobre el papel se supone que tiene cierta energía y capacidad de cerrar muchas bocas, no hace nada digno de mención ni de recuerdo. Ni una escena, ni una línea, ni un gesto. Como todos los demás, eso es verdad.

   Los hermanos Isaacson podrían haber desaparecido, dejando que el trío protagonista llevara a cabo sus averiguaciones y la historia no se hubiese resentido en absoluto. No son ni personaje sin recursos narrativos. Son nada. La subtrama de Esther y Marcus no entiendo cómo se libró de las tijeras. Como otras muchas escenas o diálogos. Si se empezasen a cortar trozos que no aportan ni estéticamente, ni como desarrollo de trama o personajes, ni resultan entretenidos, divertidos o emocionantes, nos quedamos con cuatro episodios de media hora. Que serían mediocres, pero digeribles.

   La serie pretende que nos creamos a Brian Geragthy como Theodore Roosevelt. Aunque en un par de ocasiones el guión intenta a la desesperada que veamos al comisario de policía como un hombre de callada fuerza e imperturbable honestidad, no cuela. Es imposible que un actor tan inexpresivo y anodino (al menos, aquí) como Geragthy sea creíble en el papel de quien fuera uno de los más carismáticos, pintorescos, agresivos e implacables presidentes de Estados Unidos. Ni siquiera en su juventud, por muchos anteojos que le pongan.

   Al pobre Ted Levine, un buen actor de reparto, sólo le permiten arquear las cejas como un villano de folletín barato, en un papel asombrosamente mal escrito, incluso para la media, que sólo se salva por agravio comparativo, porque tiene al lado al insufrible capitán Connor, una mala caricatura de matón. Y ver aquí a Robert Wisdom, el inolvidable Howard “Bunny” Colvin de “The Wire” es descorazonador.

   Ay, Daniel Brühl. Laszlo Kreizler. Dios bendito, qué tipo más estomagante. Un pseudo Freud refundido en una mala imitación de Holmes. El enésimo detective aficionado que es más listo que todo el mundo, atormentado por su pasado y sus dolores, incapaz de revelar sus sentimientos. Madre mía, es que se cae uno dormido sólo de escribirlo. Si alguien hace un personaje así, aunque lo hayamos visto mil veces, hay que darle alguna virtud: tiene que ser brillante o ingenioso o eficaz. Algo tiene que hacer bien. El doctor Kreizler no hace nada bien, desde que comienza hasta que termina la temporada. Pasa de una arrogancia sin justificación a una autocompasión aún más insoportable, para regresar al final a salvar el día y aportar cero a su grupo de detectives marginales. Hagan el experimento, si han padecido la serie: eliminen a Kreizler. ¡Todo ocurriría exactamente igual! Y nos libraríamos de él, que no sería poca ventaja. Hasta Brühl parece harto del personaje, viendo la absoluta falta de interés que pone en su actuación.

   El guión es perezoso y torpe. La investigación avanza a trompicones, sin que haya un hilo que los detectives realmente logren atrapar para ver a dónde les lleva. No hay un rompecabezas que se vaya resolviendo, así que esto no es una historia de la Época Dorada de lo Detectivesco. Pero tampoco es (aunque sospecho que lo pretende) un retrato vívido y convincente de una sociedad corrompida y más allá de la redención, en la que el crimen no es una anomalía, sino una consecuencia lógica, así que tampoco es una obra del género negro.

   Ni hay pistas que seguir que atrapen al espectador, ni hay una trama subterránea que se vaya revelando. Particularmente torpe es la historia del primer falso sospechoso que se nos presenta, quien obviamente no es el sanguinario asesino. El modo en que pone fin a la misma no es infame, pero lo que no tiene ningún sentido es que no tenga repercusiones. Y no las tiene, pese a que los guionistas amagan con ello. Sencillamente, la dejan de lado; es probable que no supieran qué hacer con ella. Se la podrían haber ahorrado y aligerar este bodrio en cuatro horas.

   Uno tiene la sospecha de que eso mismo ocurre con el asesino de verdad. Después de que finalmente su identidad sea revelada (y a nadie le importe un bledo), nos escamotean lo que se supone que es lo que busca el protagonista desde el principio: el motivo. Y, por favor, no me digan que esto es un astuto retorcimiento de la serie, que así nos deja en un terreno de nihilismo intelectual o filosófico. Esta serie no va por ahí. Puede intentar vestirse de ironía negativa el anticlimático final, pero la sensación que yo tuve es que, simple y llanamente, así se evitaban dar explicación alguna. Que es algo mucho más cómodo.

   Ojo, eso no tendría que ser una mala cosa. La escena del psiquiatra explicando lo que le pasa a Norman por la cabeza es lo más flojo de “Psicosis” .Pero “Psicosis” es una obra maestra del terror y no había un criminólogo desde el primer minuto hablando de las motivaciones de los asesinos (y no acertando ni una). Aquí, el pacto con el espectador exigía una explicación. Que podría ser que la diera alguien que no fuera el doctor Kreuzler, cuya incompetencia profesional ya estaba más que establecida. Pero que alguien nos la debía, aunque fuera el asesino del montón ése. Menudo asesino, por cierto. Diez episodios esperando una bestia infernal y es un don nadie. Bueno, está a la par con los investigadores.

   Burda, aburrida, plana, esta serie no tiene ni una sola cualidad por la cual se la pueda recomendar. Es una pésima obra de aficionado al género a quien le han dado un montón de dinero para llevarla a cabo. Si no es usted amante de lo detectivesco, lo terrorífico o lo decimonónico, al verla no se sentirá, por lo menos, ofendido. Pero aburrido, sí. Eso, se lo garantizo.

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agosto 16, 2016

Zorros y sabuesos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:23 pm
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            El ocho de agosto de 1963, el Real Tren Postal (Royal Mail Train), con origen en Glasgow y destino en Londres, fue detenido en el puente de Bridego Railway, en Ledburn, cerca de Mentmore, Buckinghamshire. Un grupo de ladrones sustrajeron entre dos millones seiscientas treinta y un mil seiscientas ochenta y cuatro libras y dos millones quinientas noventa cinco mil novecientas noventa y siete libras con diez chelines. El cerebro de este atraco fue Bruce Richard Reynolds, alias, Napoleón. El cerebro de la investigación para apresar a la banda, el Superintendente en jefe (Detective Chief Superintedent) Tommy Butler. Fue el mayor atraco de la Historia del Reino Unido, si no estoy mal informado. Uno de los casos más notables en los anales de la justicia penal, con una sentencia polémica por su severidad. Y, entre otras adaptaciones, ha dado para una miniserie de dos capítulos (más bien, dos películas), de 2013: “The Great Train Robbery”.

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            Las películas o series de atracos siempre me han encantado. “Atraco perfecto” es una de mis películas favoritas. Si “Inception” me exasperó tanto es porque me parece una estupenda película de atraco que no llegó a ser. “TGTR” (por abreviar) no es perfecta, pero garantiza tres horas de entretenimiento de calidad.

            Esta obra está dividida en dos partes muy diferenciadas; en la primera, se nos narra la planificación y ejecución del atraco, mientras la segunda adopta el punto de vista de los policías que investigaron el crimen. Así, la serie no es por completo ni de los delincuentes ni de los investigadores. Los títulos de las películas, casi idénticos, refuerzan esta especie de equidistancia: “Historia de un atracador”, “Historia de un policía”. En inglés la similitud es incluso mayor: “A Robber´s Tale” versus “A Copper´s Tale”.

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            Desconozco si la serie es rigurosa históricamente. No he leído ningún libro sobre el asunto, aunque sin duda buscaré alguno para cubrir semejante laguna. Como obra de ficción funciona estupendamente. La primera película quizás sea la más redonda. Desde la primera secuencia, para presentarnos el núcleo de la banda de ladrones en un atraco anterior (con bombines y paraguas), pasando por la organización del robo, resolviendo los problemas logísticos (el detalle de la bombilla y el guante me encantó) hasta el recuento del botín (¡Y DIEZ CHELINES!) hasta la inquietante sensación de que la ruina aguarda a los protagonistas casi desde el mismo momento de su triunfo, me tuvo clavado en el sofá. Y eso que el ritmo no es particularmente trepidante ni se usa la música para tener al espectador con el corazón en un puño.

            Tal vez se echa en falta un poco más de examen de los personajes. Uno siente una instintiva simpatía por cualquier personaje interpretado por Paul Anderson, al fin y la cabo todo un Shelby en “Peaky Blinders”. Pero las motivaciones de los ladrones, en especial de Reynolds (un solvente Luke Evans, actor con papeles mediocres casi siempre) quedan demasiado brumosos. No es por codicia, se nos quiere decir, en una y otra película. Hay algo de orgullo artesanal, algo de ansias por trepar en una sociedad que no permite muchas alternativas a quienes no nacen ricos, algo de la camaradería del grupo en combate. Las constantes referencias de Reynolds al “Sistema” hacen pensar que hay un cierto rencor social, un rechazo meditado de este grupo respecto del mundo y el país en el que viven. Pero eso es apenas esbozado. Quizás para no lastrar la película, es comprensible.

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            La sensación de que los ladrones (o algunos de ellos) no están movidos únicamente por la codicia ayuda a que el espectador tome partido por los mismos. La idea de narrar la investigación desde el punto de vista de los policías, tal vez, tenía como fin equilibrar el marcador, lograr que, como Rick en “Casablanca” comprendiésemos el punto de vista del sabueso tanto como el del zorro. Sin embargo, la unidad de policías no resulta muy memorable como personaje colectivo. Y Butler, el implacable superintendente, es un personaje francamente antipático, sobre todo en comparación con Reynolds.

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            Lo cual, bien mirado, es un acierto. Ese contraste ayuda mucho dramáticamente. Si el atracador es un tipo bastante majo, empático y agraciado, pongamos un perseguidor gélido, duro y estirado. Pero que sea un enemigo a la altura o incluso superior. Así que el papel debe interpretarlo alguien de respeto. Pocos más respetables que el gran Jim Broadbent. Butler ni necesita ni quiere ser estimado o admirado. Quiere ser obedecido y quiere obtener resultados. Triunfa donde otros fallan. El aura de inhumanidad del personaje (su genuina sorpresa cuando se le sugiere que no todo el mundo compartimentaliza su vida de un modo tan drástico como él) se presenta de un modo no muy original, aunque sí efectivo. Sólo se le va la mano al guión y al director en esa secuencia final, tras la charla con Reynolds, un buen diálogo, ambiguo, que permite al espectador ser él mismo quien decida, al fin, de parte de quién está. Después de la charla, el espectador no necesita el plano de la escuadra de policías: ya ha comprendido. O debería.

            Bien hecha, dirigida con tino, sin alardes y sin ser una obra genial, estas dos películas conforman una agradable contribución al género policíaco. Ni más, ni menos.

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