Con un vaso de whisky

marzo 4, 2017

El alegre caso del Doctor Wodehouse y Mister Pratchett

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:10 pm
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       El Doctor P.G. Wodehouse y Sir Terry Pratchett son, en opinión de un servidor de ustedes, los dos mejores escritores humorísticos británicos del siglo XX. Y esto, opino, es como decir los mejores escritores humorísticos mundiales del siglo XX. Sé que Sir Terry se nos fue, alas, en esta segunda década del siglo XXI y que, como buen escritor, murió mientras seguía escribiendo. Sé también que en el siglo XX hay grandes escritores humorísticos, británicos y no británicos. Pero si tenía en cuenta todo eso ya no me salía una frase redonda para comenzar el artículo, diablos. Así que hagamos, ustedes y yo, un esfuerzo mental y finjamos que las últimas líneas nunca han existido. Perfecto. Continuemos.

      Estos párrafos son un humilde homenaje de un lector agradecido. Las obras de Wodehouse y Pratchett me han acompañado durante años y espero que sigan haciéndolo durante muchos años más. Han sido una fuente inagotable de placer, de inteligencia, de risa. Mi vida sería más gris y tediosa si no hubiera tenido cabida en ella la lectura de sus relatos y novelas. Por supuesto, en el breve espacio que permite el formato en el que escribo, no voy a descubrir grandes cosas, me temo. Ni tampoco voy a exprimir hasta la última gota, mientras llevo mi máscara de crítico e intento hacer explícito lo implícito, como diría Bloom. Sobre Wodehouse y Prachett se pueden escribir volúmenes. Se han escrito. Se escribirán. Con todo, tal vez algo aprovechable salga de aquí.

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     Por supuesto, cuanto opine en este artículo se referirá a Pratchett y Wodehouse en tanto que escritores. No pienso emitir juicio alguno, positivo o negativo, sobre sus personas. En primer lugar, porque conozco de modo limitado sus biografías. En segundo, más importante aún, porque carezco de cualquier autoridad para emitir un juicio semejante. En tercer lugar, y quizá más importante aún, porque me resulta irrelevante la vida y el carácter de un artista para poder apreciar su obra. Miren a Shakespeare: no sabemos apenas nada de su vida y nada en absoluto de sus opiniones, sus creencias o sus ideas, al menos no con certeza. ¿Es que eso impide que leamos “El sueño de una noche de verano” o “Medida por medida” y no quedemos con la boca abierta? Dicho esto, admitiré que un individuo capaz de llevar con dignidad tantos y tan diferentes sombreros y que hizo forjar su propia espada para la ceremonia en la que fue nombrado Caballero del Imperio, como Sir Terry Pratchett, tiene mucho para ser considerado respetable; por otra parte, la confesa querencia del viejo Plum, compartida por su esposa, por los caniches, siempre me ha parecido desasosegante.

     La comparativa entre las obras de Wodehouse y de Pratchett siempre me ha resultado atractiva. Tienen tantos puntos de semejanza como de distanciamiento. En algunas cuestiones, tengo la impresión de que Pratchett leyó con atención e inteligencia a su predecesor, mientras que en otras hay casi un abismo entre ellos.

    La mayor semejanza entre ellos está en su calidad como prosistas cómicos. Aunque las tramas de sus novela son siempre entretenidas y las situaciones en las que se meten sus personajes interesantes y en bastantes ocasiones divertidas por ellas mismas, en pocos escritores como en estos dos he observado la importancia de la forma de presentar situaciones, personajes, tramas y escenas. No es tanto el qué ocurre, el qué nos cuentan sino el cómo nos lo cuentan lo que vuelven tan hilarantes sus páginas. El uso de manierismos, repeticiones, aliteraciones, la capacidad de, mientras se sigue usando la figura del narrador omnisciente, meterse en la cabeza de los personajes, enlazando sus pensamientos en el relato de dicho narrador, son técnicas de novelista que ambos usan con maestría. En cambio, es curioso, Wodehouse jamás descubrió el potencial cómico de las notas a pie de página, uno de los recursos predilectos de Pratchett. Recurso, por cierto, que vuelve un tanto frustante la lectura de cualquier ensayo: cada vez que uno ve una nota al pie, irracionalmente, espera poder soltar una carcajada gracias a ella. Al no conseguirlo casi nunca, se experimenta una sensación de desconcierto durante un par de segundos.

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    Pero esa magia que poseen no se puede separar del papel. Stephen Fry escribió que al adaptar parte de las historias de Jeeves y Bertie Wooster para la televisión, tanto él como Hugh Laurie se dieron cuenta de que una buena parte del genio de Wodehouse se perdería de manera irremediable. Tiene toda la razón. La serie es muy divertida, pero no deja de ser una sombra de la maravilla que está escrita. Porque se pensó para ser leída, no para ser visionada. Incluso los diálogos, que podrían considerarse la parte que con mayor fidelidad se puede trasladar de una novela a un guión, resultan mucho más divertidos en nuestras cabezas que en la televisión, por bueno que sea el actor. Fry acierta en este análisis y creo que se puede aplicar sin cambiar una coma al caso de Pratchett.

    La entrega de premios por parte de Gussie, un amigo de Bertie Wooster, es tal vez de las más graciosas escenas de toda la obra de Wodehouse. Siempre que la leo me desternillo. Prueben a leerla en voz alta. De algún modo misterioso, pierde encanto. Piensen en cualquiera de los encuentros entre el comandante Vimes y lord Vetinari: no hay actor, ni director capaces de rodar esas escenas de un modo superior o incluso idéntico a las escenas que nosotros hemos creado en nuestras imaginaciones al leer las líneas. Eso es genio literario. Cualquiera puede describir una casa señorial en la campiña inglesa. Cualquiera puede dejarnos claro que la acción transcurre en una ciudad sucia, caótica y violenta. Pero sólo Wodehouse fue capaz de describir el castillo de Bladings. Y sólo Pratchett fue capaz de que nos sintamos en Ankh-Morpork apenas leyésemos unas palabras. Y de que, al leerlas, de modo inmediato, una sonrisa cómplice, expectante y mravillada se nos dibuje en la cara.

    Tanto Wodehouse como Prachett saben, además, usar el conjunto de su obra como una caja de resonancia cómica. Cada obra es brillante en sí misma, casi siempre. Sin embargo, lo insuperable es el conjunto. No hablo de meras referencias que haya de una novela a otra. Quiero decir que, cuanto más leemos a Wodehouse y Pratchett, cuanto más nos adentramos en sus mundos, más divertidos resultan. Algo que, como lectores novatos, no habríamos encontrado particularmente gracioso se vuelve irresistible cuando ya somos algo más veteranos.

    Al leer, pongamos por caso, en una novela de Pratchett las palabras “el Equipaje” el lector, de modo infalible, sonríe o suelta una risita. O supongamos un breve diálogo en el que sencillamente dos personajes digan:

   -De acuerdo, Jeeves.

   -Sí, señor.

   Estas cinco palabras inocuas habrán puesto en marcha en el cerebro del lector wodehousiano una maquinaria de reminiscencias que ya querría la célebre magdalena proustiana.

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   Eso hace, en parte, que la relectura de los libros de estos dos autores resulte, muchas veces, incluso más placentera que la lectura por primera vez. Cuando la trama ya no tiene secretos para nosotros podemos regodearnos en el uso del lenguaje, en el ritmo de los diálogos, en los párrafos que, sin necesidad de contar ningún chiste, no puede leer uno sin soltar relinchos de risa (para escándalo de vecinos de vagón o cafetería).

    Otra de las semejanzas entre nuestros autores es la intercalación de sagas internas, con personajes recurrentes, independientes entre sí, con novelas totalmente independientes. Bien, la independencia total y absoluta es más rara en Prachett, pero no es inencontrable (ahí,por ejemplo, está su peculiar homenaje dickensiano, “Dodger”). No obstante, ambos gustaron de crear mundos dentro de sus mundos. Ankh-Morpork es un mundo dentro de Mundodisco, como lo son las Montañas del Carnero, y dentro de esos mundos caben otros. La saga de la Guardia (que fue mutando hasta convertirse en la saga de Vimes, en realidad) o la de las Brujas, las historias de Tiffany Dolorido o del habilidoso Von Lipwig miran de igual a igual a las historias de Jeeves y Wooster, la saga del castillo de Bladings, con lord Elmsworth a su cabeza, o las maquinaciones de Upkridge. Y aunque sean sagas independientes, forman parte del mismo universo y pocas cosas causan más placer al lector que ver personajes habituales de una de dichas sagas apareciendo donde uno no se lo esperaba. Cosa que ellos saben y saben usar con astucia.

    Ambos sabían también emplear el personaje múltiple. Wodehouse creó en un rapto de genialidad el Club de los Zánganos y nada como un coro de Huevos Duros y Buñuelos perorando sobre cualquier asunto para diversión del lector. Aún mejores eran sus personajes múltiples formados por severas tías, padres gruñones y prometidas cada vez más desencantadas, capaces de destrozar al más bienintencionado pretendiente. Aquí, es justo decirlo, Pratchett se lleva el triunfo: porque no se ha inventado mejor personaje cómico múltiple que el Claustro de la Universidad Invisible. Creo que en “El País del Fin del Mundo” Sir Terry se dio cuenta de la mina de oro que acababa de descubrir si ponía al Tesorero, al Archicanciller, al Decano y al resto de esos magos pomposos y glotones trabajando al unísono. Un personaje múltiple no es lo mismo que usar varios personajes: es crear un personaje de la unión de no-personajes. Nadie se acordaría de un Buñuelo anónimo o del Decano si aparecieran por su cuenta: carecen de espesor y de carisma. Sólo funcionan como parte de un multiorganismo literario mayor. Que ese personaje múltiple funcione sin que sus miembros se estorben unos a otros es uno más de los muchos talentos de Pratchett y de Wodehouse.

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   Pero, claro está, Wodehouse y Prachett también tienen sus diferencias. En mi opinión, dos muy claras: sus tipos de personaje y de humor.

   No es que considere que los personajes pratchettianos pudieran aparecer en una novela de Dostoievsky sin que nadie se diera cuenta. Me parece, no obstante, que Pratchett trató por todos los medios de ahondar en algunos de sus personajes o de ir revelando que eran más complejos de lo que parecían en un primer momento. Así, aunque Vimes es Vimes desde un inicio, su carácter y opiniones van cambiando a a lo largo de sus historias y se percibe una evolución en el mismo. De modo diferente, vamos descubriendo que el capitán Zanahoria es mucho más que un enano por adopción (de dos metros) y una luminosa visión optimista de la vida o que Tata Ogg no es simplemente una anciana con un escabroso sentido del humor y una capacidad para trasegar alcohol encomiable. Por otro lado, los personajes de Wodehouse no cambian, jamás. Jeeves es Jeeves y Wooster es Wooster. Tía Dahlia no modifica un ápice sus modales bruscos de vieja parienta entrañable. De un modo análogo, las criaturas de Pratchett pueden mostrar o experimentar una gama de sentimientos más compleja que los de Wodehouse. No todos, desde luego. El muy honorable Y.V.A.L.R. Escurridizo tiene un espesor emocional de medio milímetro. Lo cual no es impedimento para que resulte uno de los secundarios más memorables de la muy memorable galería de secundarios del Mundodisco.

    Mi impresión es que esta diferencia no implica que Pratchett sea un psicólogo más perspicaz que Wodehouse o un escritor más capaz para indagar en la mente y el alma. Más bien sospecho que Wodehouse no quiso volver a sus criaturas más ambiguas, más contradictorias, porque, en el mundo que había creado para ellas, esa ambigüedad, esa contradicción no tenían lugar.

    Hay quien dice que Pratchett es un escritor de fantasía humorística. También hay quien dice que Practchett es un escritor de humor fantástico. A los zelotes de ambas opiniones les invitaría con gusto a una arena, bien provistos de armamento, para que se destripen mientras otros hacemos apuestas. El elemento fantástico, sea principal o secundario, no se discute. Seamos honestos, yo tampoco lo discuto. Caramba, a un mundo con brujas, hechiceros (y rechiceros), dragones, trolls, el Equipaje y el Bibliotecario, es difícil escamotearle el calificativo de marras.

    Sin embargo, escarbando no demasiado, observamos que en el Disco hay varios viejos conocidos de la vida ordinaria. Existen el fanatismo y la hipocresía, la xenofobia y el miedo, odios irracionales ancestrales, cínicas manipulaciones de los poderosos y un puñado de esos héroes ordinarios que siguen bregando pese a todo y que no siempre ven que su entereza tenga recompensa.

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   El mundo de Wodehouse ha sido definido por algún crítico como el de la Humanidad antes de la Caída (analogía que se entiende, aunque su teología pueda ser muy discutible). En el mundo de Wodehouse, sobre todo en la Inglaterra de Wodehouse, todo es casi frívolo, porque hasta la profundidad es leve, esponjosa y alegre. La pobreza puede ser una molestia, pero no un drama y nadie la teme de verdad. La diferencia de clases existe como parte de un juego, no como un problema que la filosofía política deba resolver y, seguramente, Jeeves levantaría medio milímetro su ceja izquierda si alguien expusiese los defectos del feudalismo. Los criminales, como mucho, son cómicamente patibularios. Los millonarios codiciosos y tacaños son desagradables, pero siempre ridículos. Hasta el protofascista Roderik Spode no deja de ser un payaso del cual Wodehouse se burla con su particular falta de bilis. El Mal en el mundo de Wodehouse tiene su máxima encarnación en una rica y gruñona tía que se empeña en arruinar el desenfadado estilo de vida de un sobrino un tanto tarambana pero encantador en su inocencia. El Mal en Mundodisco es tenebroso y con los colmillos bien afilados.

   El mundo idílico de Wodehouse es, así, una tierra más fantástica que el mundo lleno de prodigios y hechicerías de Pratchett. Y la naturaleza tan distinta de sus universos explica que los humores de los escritores sean también diferentes. O, tal vez, el que sus humores y, en parte, forma de plasmarlos literariamente sean diferentes es la causa de unos universos tan dispares. Aunque desde luego Wodehouse puede ser muy irónico, no es un satírico. Y aunque Pratchett sabe usar el absurdo, emplea el humor más bien como una herramienta de reflexión. Pratchett tiene aquí un mínimo punto de contacto con otro gran escritor cómico, Tom Sharpe. Pero Sharpe, si bien es un satírico, es más desolador que Pratchett. En verdad, en este aspecto, Sharpe es el contrario de Wodehouse: un reflejo deformante, un infierno grotesco que da la réplica al arcadia amable del viejo Plum. Pratchett no es un creador de monstruos contrahechos y Sharpe, sí.

   No estoy seguro de que el arte de Pratchett sea por ello superior al de Wodehouse. Es cierto, en ocasiones Pratchett me ha movido a reflexión (tampoco nos pasemos y convirtamos a Pratchett en un Shakespeare o un Dworkin, porque no lo es, ni creo que jamás quisiera serlo). Pero es fácil subestimar el esfuerzo de orfebre de Wodehouse, quien, de modo disciplinado, se dedicó a refinar su humor hasta volverlo casi puro, sostenido sólo por un ingenio amable para las tramas y un amor sin límites por las palabras, sin ceder a la tentación de regodearse en el sarcasmo malvado, tentación que todo humorista padece; el sarcasmo es muy gratificante.

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   Wodehouse nos dejó un colección de libros y un mundo que han sido alivio y bálsamo para generaciones de lectores, que les permitieron sonreír y reír. Pratchett, con la risa, nos mezcla alguna lágrima melancólica, pero que siempre termina deslizándose por una sonrisa irónica.

   Chesterton escribió, a propósito de “El sueño de una noche de verano” que como el hombre vive en una frontera, puede encontrarse en una atmósfera espiritual o sobrenatural, no sólo siendo profundamente triste o meditativo, sino siendo extravagantemente feliz. El alma puede escapar del cuerpo en una agonía de pesar o en un trance extático; pero también puede abandonar el cuerpo en un paroxismo de risotadas.

   Nuestros dos maestros cómicos han logrado que esas risotadas y carcajadas resuenen altas, fuertes y claras durante al menos un siglo. Y por muchos más, esperemos.

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junio 17, 2015

Dilema en un tren

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:56 pm
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            Les voy a hacer una confesión, si me perdonan la indiscreción. Tengo tendencia a leer en lugares más o menos públicos. Sé que, igual que la escritura, el lugar más adecuado para la lectura es el hogar de cada cual o una biblioteca, esos lugares que sirven para aumentar de manera temporal la librería de uno, además de ser centros de condena para estudiantes y opositores o coto de caza amorosa para estudiantes y opositores.

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            Sin embargo, si se es lector, se es un adicto, así que se procura leer cuándo y dónde sea. En un autobús, en un metro, en un tren, en un avión, en un parque, en una cafetería, en la sala de espera del médico y en el banquillo de los acusados, sea o no con ulteriores motivos que el mero gusto literario. Mi depravación, lo admito, llega al punto que a menudo me voy a una cafetería, con un libro bajo el brazo, con la intención, premeditada, de leer allí. No es accidental, es planificado. Qué quieren, leer mientras se pide una taza tras otra de café o, dependiendo del día, un vaso tras otro de vermut, es uno de los placeres de la vida.

            La vida, sin embargo, tiene sus equilibrios. Si uno quiere disfrutar impúdicamente de la lectura ante el mundo, tiene que asumir que el mundo tal vez intervenga. Esto coloca al lector, en ocasiones, ante dilemas delicados.

            Supongamos, por ejemplo, que usted, querido lector, está en un tren. Ante usted, una hora de viaje. En sus manos, un poemario de respeto, “Anatomía Comparada de Cefalópodos y Bivalvos del Báltico”, en cuyos octosílabos (salvo en el Canto II, donde se opta arriesgadamente por el verso blanco) pretende perderse, con el traqueteo de los raíles acompañando la cadencia de la rima. Ahí está usted, con la lengua ligeramente sobresaliendo de entre los labios, ante un encabalgamiento que ni se esperaba. Y, de repente, una jovial voz, un golpecito en el hombro, “Anda, Fulano, tú por aquí”. Levanta usted la cabeza, enfoca al intruso.

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            Aquí empiezan los problemas. El intruso puede entrar en tres categorías básicas: “amistosa”, “indiferente”, “ser molesto convencido que pertenece a alguna de las anteriores”. El lector tiene varias opciones: dirigir al intruso una mirada tan vacía como la de una sepia y seguir con la lectura; sonreír amablemente, con el libro desafiante y abierto en las manos, musitar alguna trivialidad, volver a la lectura en cuanto el tipo éste comprenda que sobra; o cerrar el libro. Pero para llegar a una de estas tres soluciones hay que pasar por un proceso mental tan complejo, barajando tantas opciones, sopesando tantas variables, a tal velocidad, que el mismo Hamlet pediría un poco de clemencia.

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            La Ley esencial sobre la que tomar la decisión es esta: la persona del Lector es sagrada e inviolable; una persona leyendo no debe ser interrumpida. Como dijo Victor Hugo sobre la oración, “meditar en la sombra es cosa grave”. Pero como toda Ley universal, es acosada por un enjambre de matizaciones, de contextos, de circunstancias.

            Pueden ser de índole más bien calculadora. Es posible que el intruso sea una molestia, pero está, por caprichos de la vida, en situación de causarnos un bien o un mal. Así que el lector, según su naturaleza, sacrificará un bien por otro, dependiendo de si da más valor a esa influencia del intruso o a las estrofas que estaba saboreando. Es la eterna lucha entre el hombre político y el hombre moral. No seré yo quien diga que uno u otro debe ser el triunfante en toda ocasión; hay ocasiones y ocasiones.

            El lector, soberano, puede decidir que la persona que le ha interrumpido merece la interrupción tanto como París una misa. Tal vez el lector cierre el libro con gran alegría ante el intruso, que ya no será intruso, sino visita caída del Cielo, y ni se acuerde ya de aquel el resto del trayecto o incluso más allá. Hasta es posible que decida utilizar el libro, rebajándolo de fin a herramienta, en su encuentro con el tercero. Claro que ahí el lector ha pasado a ser conversador (en qué tipo de conversación esté metido es otro asunto) y las reglas cambian por completo.

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            El dilema más grave, el más complicado, es el que se plantea entre un lector que está decidido a seguir siéndolo y un intruso indeseado e indeseable, que no tenga poder alguno sobre el lector. Este caso, en absoluto de laboratorio, pone a prueba el temple de las personas.

            Porque esta sociedad nuestra, llena de defectos, ha decidido, mediante una supuesta mayoría tácita, que si el intruso interrumpe al lector está actuando con normalidad y hasta con simpatía, mientras que si el lector le manda a hacer puñetas, de modo más o menos explícito, se está comportando como un imbécil. Cuando, en este caso concreto, es justamente al revés. Quien está siendo un perfecto idiota es el intruso. Intruso que, ustedes lo saben tan bien como yo, toma asiento, dando por descontado el permiso, ante nosotros en el vagón o en la mesa, e inicia el asalto, pasando de un simple saludo a una charla en toda regla; charla que guarda, casi siempre, un sospechoso parecido con un soliloquio. Si esta sociedad fuera más digna de mérito, el lector desenvainaría su estoque (por supuesto, los lectores llevarían estoque) y marcaría al infractor de un modo visible, aunque no letal; esta marca sería valorada por futuros lectores interrumpidos como prueba de reincidencia, lo que justificaría un correctivo más severo.

            Lo malo es que, casi siempre, aplastados por el peso de la cortesía mal entendida, cerramos el libro (aunque lo mantenemos entre las manos, gesto de resistencia más patética que heroica) mientras esbozamos una sonrisa congelada, replicamos con monosílabos al cretino éste, convencido de que nosotros estamos tan encantados como él por el encuentro y la posibilidad de la charla. Porque, evidentemente, el que estuviéramos leyendo se debía a que nuestro aburrimiento era tal que a eso habíamos terminado por recurrir. Porque quién va a leer por el gusto de leer, ¿verdad?

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            Mientras, para desquitarnos, dejamos caer algún comentario pasivo agresivo al besugo bocazas que se empeña en darnos palmaditas en la rodilla cada vez que hace un chiste particularmente abominable, reflexionamos que ojalá el intruso hubiera sido una visita del Cielo. Y consideramos que incluso hay otra posibilidad, más rara, más preciosa e incluso, puede ocurrir, más agradecida aún que el celestial. El otro lector.

            La lectura es una actividad esencialmente solitaria. Más aún, es esencialmente egoísta. Estoy bastante de acuerdo con esa sentencia lapidaria de Harold Bloom. Es solitaria como cualquier acto creador (quien crea que la lectura es pasiva, no activa, tiene que replantearse cómo está leyendo). Considero que la experiencia estética del lector, del espectador, del oyente es siempre, en el fondo, irreductiblemente personal. Dicho esto, ciertas artes pueden disfrutarse tanto en soledad absoluta como en una más relativa. Una película puede verse con otra persona, y la experiencia cambia. Un concierto puede escucharse en medio de una multitud y la experiencia no es la misma que en la intimidad de la casa de uno, por varios factores. Un cuadro puede contemplarse y comentarse con un compañero, aun un compañero circunstancial. Pero la experiencia es propia.

            Sé que no es tan raro que existan lecturas en público. Demonios, Dickens leía sus propias obras y la gente se pegaba por escucharle. Sé que hay recitales de poesía en clubes y cafeterías, en teatros y salones. Pero algo en todo ello me rechina. Una novela leída en alta voz por su autor o por otra persona puede asemejarse al teatro leído, pero para ello harían falta varios lectores o uno auténticamente proteico. Mi incapacidad para escribir poesía es absoluta; sé, pese a ello, que la poesía ha de leerse en voz alta. Ahora, yo creo que su más íntima esencia está en recitarla en soledad, en la intimidad, el lector frente al poema, tratando de domarlo o de sobrevivir a él. La lucha que el poeta tuvo ante el papel en blanco la tiene reproducida ahora el lector frente al papel lleno de letras. Puede leerse un poema, ajeno o propio ante otro u otros, sí, e incluso permitir que otros lo hagan. Dejar que alguien lea nuestras poesías ante otros puede ser una experiencia cruel para ciertos autores, sobre todo si el lector no acierta con la enunciación y la puntuación. Si el propio autor no acierta con su propia puntuación, algo que he presenciado, los guardianes de la Lírica deberían llevárselo arrestado. Algo de la pureza se pierde con esa lectura que casi puede mutar en discurso.

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            Y pese a todo lo que he dicho, pese a lo solitaria que es la lectura, la realidad se empeña en desbaratarme mis pulcros esquemas, se empeña en mezclar, se empeña en hacer borrosas las fronteras. Porque es posible, como digo, que aparezca otro lector, un lector amigo o desconocido y se ponga a leer a nuestro lado. Una de las más altas muestras de amistad es la de aquel que te ve leyendo, saluda de manera silenciosa y, sin imponerse, saca su propio libro. Entre los dos lectores se establece una comunión extraña, sutil. Si existe una relación previa, puede que uno enseñe al otro de repente un pasaje particularmente poderoso de su propia lectura. Puede que más tarde lo haga el otro. La relación queda entonces en el fiel de la balanza, decantándose ora por la lectura, ora por la conversación. Sea que caiga uno u otro platillo, no será un veredicto lamentable.

            Se lee solo. Pero se puede leer solo en acompañamiento, y esta mutua compañía de soledades es uno de los más misteriosos espectáculos del espíritu humano; tanto más misterioso cuando es gloriosamente cotidiano.

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            Sin embargo esto no hay quien se lo explique al tipo este que lleva dándole la tabarra ya casi cuarenta minutos. Ah, pero mire, que se levanta, hemos llegado a su parada, se despide con una última muestra de ese ingenio tan suyo, se abren las puertas, ya ha bajado al andén, las puertas se cierran, el tren sigue su marcha y usted, lector, puede por fin abrir de nuevo su libro y bailar entre los versos.

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