Con un vaso de whisky

marzo 4, 2017

El alegre caso del Doctor Wodehouse y Mister Pratchett

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       El Doctor P.G. Wodehouse y Sir Terry Pratchett son, en opinión de un servidor de ustedes, los dos mejores escritores humorísticos británicos del siglo XX. Y esto, opino, es como decir los mejores escritores humorísticos mundiales del siglo XX. Sé que Sir Terry se nos fue, alas, en esta segunda década del siglo XXI y que, como buen escritor, murió mientras seguía escribiendo. Sé también que en el siglo XX hay grandes escritores humorísticos, británicos y no británicos. Pero si tenía en cuenta todo eso ya no me salía una frase redonda para comenzar el artículo, diablos. Así que hagamos, ustedes y yo, un esfuerzo mental y finjamos que las últimas líneas nunca han existido. Perfecto. Continuemos.

      Estos párrafos son un humilde homenaje de un lector agradecido. Las obras de Wodehouse y Pratchett me han acompañado durante años y espero que sigan haciéndolo durante muchos años más. Han sido una fuente inagotable de placer, de inteligencia, de risa. Mi vida sería más gris y tediosa si no hubiera tenido cabida en ella la lectura de sus relatos y novelas. Por supuesto, en el breve espacio que permite el formato en el que escribo, no voy a descubrir grandes cosas, me temo. Ni tampoco voy a exprimir hasta la última gota, mientras llevo mi máscara de crítico e intento hacer explícito lo implícito, como diría Bloom. Sobre Wodehouse y Prachett se pueden escribir volúmenes. Se han escrito. Se escribirán. Con todo, tal vez algo aprovechable salga de aquí.

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     Por supuesto, cuanto opine en este artículo se referirá a Pratchett y Wodehouse en tanto que escritores. No pienso emitir juicio alguno, positivo o negativo, sobre sus personas. En primer lugar, porque conozco de modo limitado sus biografías. En segundo, más importante aún, porque carezco de cualquier autoridad para emitir un juicio semejante. En tercer lugar, y quizá más importante aún, porque me resulta irrelevante la vida y el carácter de un artista para poder apreciar su obra. Miren a Shakespeare: no sabemos apenas nada de su vida y nada en absoluto de sus opiniones, sus creencias o sus ideas, al menos no con certeza. ¿Es que eso impide que leamos “El sueño de una noche de verano” o “Medida por medida” y no quedemos con la boca abierta? Dicho esto, admitiré que un individuo capaz de llevar con dignidad tantos y tan diferentes sombreros y que hizo forjar su propia espada para la ceremonia en la que fue nombrado Caballero del Imperio, como Sir Terry Pratchett, tiene mucho para ser considerado respetable; por otra parte, la confesa querencia del viejo Plum, compartida por su esposa, por los caniches, siempre me ha parecido desasosegante.

     La comparativa entre las obras de Wodehouse y de Pratchett siempre me ha resultado atractiva. Tienen tantos puntos de semejanza como de distanciamiento. En algunas cuestiones, tengo la impresión de que Pratchett leyó con atención e inteligencia a su predecesor, mientras que en otras hay casi un abismo entre ellos.

    La mayor semejanza entre ellos está en su calidad como prosistas cómicos. Aunque las tramas de sus novela son siempre entretenidas y las situaciones en las que se meten sus personajes interesantes y en bastantes ocasiones divertidas por ellas mismas, en pocos escritores como en estos dos he observado la importancia de la forma de presentar situaciones, personajes, tramas y escenas. No es tanto el qué ocurre, el qué nos cuentan sino el cómo nos lo cuentan lo que vuelven tan hilarantes sus páginas. El uso de manierismos, repeticiones, aliteraciones, la capacidad de, mientras se sigue usando la figura del narrador omnisciente, meterse en la cabeza de los personajes, enlazando sus pensamientos en el relato de dicho narrador, son técnicas de novelista que ambos usan con maestría. En cambio, es curioso, Wodehouse jamás descubrió el potencial cómico de las notas a pie de página, uno de los recursos predilectos de Pratchett. Recurso, por cierto, que vuelve un tanto frustante la lectura de cualquier ensayo: cada vez que uno ve una nota al pie, irracionalmente, espera poder soltar una carcajada gracias a ella. Al no conseguirlo casi nunca, se experimenta una sensación de desconcierto durante un par de segundos.

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    Pero esa magia que poseen no se puede separar del papel. Stephen Fry escribió que al adaptar parte de las historias de Jeeves y Bertie Wooster para la televisión, tanto él como Hugh Laurie se dieron cuenta de que una buena parte del genio de Wodehouse se perdería de manera irremediable. Tiene toda la razón. La serie es muy divertida, pero no deja de ser una sombra de la maravilla que está escrita. Porque se pensó para ser leída, no para ser visionada. Incluso los diálogos, que podrían considerarse la parte que con mayor fidelidad se puede trasladar de una novela a un guión, resultan mucho más divertidos en nuestras cabezas que en la televisión, por bueno que sea el actor. Fry acierta en este análisis y creo que se puede aplicar sin cambiar una coma al caso de Pratchett.

    La entrega de premios por parte de Gussie, un amigo de Bertie Wooster, es tal vez de las más graciosas escenas de toda la obra de Wodehouse. Siempre que la leo me desternillo. Prueben a leerla en voz alta. De algún modo misterioso, pierde encanto. Piensen en cualquiera de los encuentros entre el comandante Vimes y lord Vetinari: no hay actor, ni director capaces de rodar esas escenas de un modo superior o incluso idéntico a las escenas que nosotros hemos creado en nuestras imaginaciones al leer las líneas. Eso es genio literario. Cualquiera puede describir una casa señorial en la campiña inglesa. Cualquiera puede dejarnos claro que la acción transcurre en una ciudad sucia, caótica y violenta. Pero sólo Wodehouse fue capaz de describir el castillo de Bladings. Y sólo Pratchett fue capaz de que nos sintamos en Ankh-Morpork apenas leyésemos unas palabras. Y de que, al leerlas, de modo inmediato, una sonrisa cómplice, expectante y mravillada se nos dibuje en la cara.

    Tanto Wodehouse como Prachett saben, además, usar el conjunto de su obra como una caja de resonancia cómica. Cada obra es brillante en sí misma, casi siempre. Sin embargo, lo insuperable es el conjunto. No hablo de meras referencias que haya de una novela a otra. Quiero decir que, cuanto más leemos a Wodehouse y Pratchett, cuanto más nos adentramos en sus mundos, más divertidos resultan. Algo que, como lectores novatos, no habríamos encontrado particularmente gracioso se vuelve irresistible cuando ya somos algo más veteranos.

    Al leer, pongamos por caso, en una novela de Pratchett las palabras “el Equipaje” el lector, de modo infalible, sonríe o suelta una risita. O supongamos un breve diálogo en el que sencillamente dos personajes digan:

   -De acuerdo, Jeeves.

   -Sí, señor.

   Estas cinco palabras inocuas habrán puesto en marcha en el cerebro del lector wodehousiano una maquinaria de reminiscencias que ya querría la célebre magdalena proustiana.

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   Eso hace, en parte, que la relectura de los libros de estos dos autores resulte, muchas veces, incluso más placentera que la lectura por primera vez. Cuando la trama ya no tiene secretos para nosotros podemos regodearnos en el uso del lenguaje, en el ritmo de los diálogos, en los párrafos que, sin necesidad de contar ningún chiste, no puede leer uno sin soltar relinchos de risa (para escándalo de vecinos de vagón o cafetería).

    Otra de las semejanzas entre nuestros autores es la intercalación de sagas internas, con personajes recurrentes, independientes entre sí, con novelas totalmente independientes. Bien, la independencia total y absoluta es más rara en Prachett, pero no es inencontrable (ahí,por ejemplo, está su peculiar homenaje dickensiano, “Dodger”). No obstante, ambos gustaron de crear mundos dentro de sus mundos. Ankh-Morpork es un mundo dentro de Mundodisco, como lo son las Montañas del Carnero, y dentro de esos mundos caben otros. La saga de la Guardia (que fue mutando hasta convertirse en la saga de Vimes, en realidad) o la de las Brujas, las historias de Tiffany Dolorido o del habilidoso Von Lipwig miran de igual a igual a las historias de Jeeves y Wooster, la saga del castillo de Bladings, con lord Elmsworth a su cabeza, o las maquinaciones de Upkridge. Y aunque sean sagas independientes, forman parte del mismo universo y pocas cosas causan más placer al lector que ver personajes habituales de una de dichas sagas apareciendo donde uno no se lo esperaba. Cosa que ellos saben y saben usar con astucia.

    Ambos sabían también emplear el personaje múltiple. Wodehouse creó en un rapto de genialidad el Club de los Zánganos y nada como un coro de Huevos Duros y Buñuelos perorando sobre cualquier asunto para diversión del lector. Aún mejores eran sus personajes múltiples formados por severas tías, padres gruñones y prometidas cada vez más desencantadas, capaces de destrozar al más bienintencionado pretendiente. Aquí, es justo decirlo, Pratchett se lleva el triunfo: porque no se ha inventado mejor personaje cómico múltiple que el Claustro de la Universidad Invisible. Creo que en “El País del Fin del Mundo” Sir Terry se dio cuenta de la mina de oro que acababa de descubrir si ponía al Tesorero, al Archicanciller, al Decano y al resto de esos magos pomposos y glotones trabajando al unísono. Un personaje múltiple no es lo mismo que usar varios personajes: es crear un personaje de la unión de no-personajes. Nadie se acordaría de un Buñuelo anónimo o del Decano si aparecieran por su cuenta: carecen de espesor y de carisma. Sólo funcionan como parte de un multiorganismo literario mayor. Que ese personaje múltiple funcione sin que sus miembros se estorben unos a otros es uno más de los muchos talentos de Pratchett y de Wodehouse.

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   Pero, claro está, Wodehouse y Prachett también tienen sus diferencias. En mi opinión, dos muy claras: sus tipos de personaje y de humor.

   No es que considere que los personajes pratchettianos pudieran aparecer en una novela de Dostoievsky sin que nadie se diera cuenta. Me parece, no obstante, que Pratchett trató por todos los medios de ahondar en algunos de sus personajes o de ir revelando que eran más complejos de lo que parecían en un primer momento. Así, aunque Vimes es Vimes desde un inicio, su carácter y opiniones van cambiando a a lo largo de sus historias y se percibe una evolución en el mismo. De modo diferente, vamos descubriendo que el capitán Zanahoria es mucho más que un enano por adopción (de dos metros) y una luminosa visión optimista de la vida o que Tata Ogg no es simplemente una anciana con un escabroso sentido del humor y una capacidad para trasegar alcohol encomiable. Por otro lado, los personajes de Wodehouse no cambian, jamás. Jeeves es Jeeves y Wooster es Wooster. Tía Dahlia no modifica un ápice sus modales bruscos de vieja parienta entrañable. De un modo análogo, las criaturas de Pratchett pueden mostrar o experimentar una gama de sentimientos más compleja que los de Wodehouse. No todos, desde luego. El muy honorable Y.V.A.L.R. Escurridizo tiene un espesor emocional de medio milímetro. Lo cual no es impedimento para que resulte uno de los secundarios más memorables de la muy memorable galería de secundarios del Mundodisco.

    Mi impresión es que esta diferencia no implica que Pratchett sea un psicólogo más perspicaz que Wodehouse o un escritor más capaz para indagar en la mente y el alma. Más bien sospecho que Wodehouse no quiso volver a sus criaturas más ambiguas, más contradictorias, porque, en el mundo que había creado para ellas, esa ambigüedad, esa contradicción no tenían lugar.

    Hay quien dice que Pratchett es un escritor de fantasía humorística. También hay quien dice que Practchett es un escritor de humor fantástico. A los zelotes de ambas opiniones les invitaría con gusto a una arena, bien provistos de armamento, para que se destripen mientras otros hacemos apuestas. El elemento fantástico, sea principal o secundario, no se discute. Seamos honestos, yo tampoco lo discuto. Caramba, a un mundo con brujas, hechiceros (y rechiceros), dragones, trolls, el Equipaje y el Bibliotecario, es difícil escamotearle el calificativo de marras.

    Sin embargo, escarbando no demasiado, observamos que en el Disco hay varios viejos conocidos de la vida ordinaria. Existen el fanatismo y la hipocresía, la xenofobia y el miedo, odios irracionales ancestrales, cínicas manipulaciones de los poderosos y un puñado de esos héroes ordinarios que siguen bregando pese a todo y que no siempre ven que su entereza tenga recompensa.

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   El mundo de Wodehouse ha sido definido por algún crítico como el de la Humanidad antes de la Caída (analogía que se entiende, aunque su teología pueda ser muy discutible). En el mundo de Wodehouse, sobre todo en la Inglaterra de Wodehouse, todo es casi frívolo, porque hasta la profundidad es leve, esponjosa y alegre. La pobreza puede ser una molestia, pero no un drama y nadie la teme de verdad. La diferencia de clases existe como parte de un juego, no como un problema que la filosofía política deba resolver y, seguramente, Jeeves levantaría medio milímetro su ceja izquierda si alguien expusiese los defectos del feudalismo. Los criminales, como mucho, son cómicamente patibularios. Los millonarios codiciosos y tacaños son desagradables, pero siempre ridículos. Hasta el protofascista Roderik Spode no deja de ser un payaso del cual Wodehouse se burla con su particular falta de bilis. El Mal en el mundo de Wodehouse tiene su máxima encarnación en una rica y gruñona tía que se empeña en arruinar el desenfadado estilo de vida de un sobrino un tanto tarambana pero encantador en su inocencia. El Mal en Mundodisco es tenebroso y con los colmillos bien afilados.

   El mundo idílico de Wodehouse es, así, una tierra más fantástica que el mundo lleno de prodigios y hechicerías de Pratchett. Y la naturaleza tan distinta de sus universos explica que los humores de los escritores sean también diferentes. O, tal vez, el que sus humores y, en parte, forma de plasmarlos literariamente sean diferentes es la causa de unos universos tan dispares. Aunque desde luego Wodehouse puede ser muy irónico, no es un satírico. Y aunque Pratchett sabe usar el absurdo, emplea el humor más bien como una herramienta de reflexión. Pratchett tiene aquí un mínimo punto de contacto con otro gran escritor cómico, Tom Sharpe. Pero Sharpe, si bien es un satírico, es más desolador que Pratchett. En verdad, en este aspecto, Sharpe es el contrario de Wodehouse: un reflejo deformante, un infierno grotesco que da la réplica al arcadia amable del viejo Plum. Pratchett no es un creador de monstruos contrahechos y Sharpe, sí.

   No estoy seguro de que el arte de Pratchett sea por ello superior al de Wodehouse. Es cierto, en ocasiones Pratchett me ha movido a reflexión (tampoco nos pasemos y convirtamos a Pratchett en un Shakespeare o un Dworkin, porque no lo es, ni creo que jamás quisiera serlo). Pero es fácil subestimar el esfuerzo de orfebre de Wodehouse, quien, de modo disciplinado, se dedicó a refinar su humor hasta volverlo casi puro, sostenido sólo por un ingenio amable para las tramas y un amor sin límites por las palabras, sin ceder a la tentación de regodearse en el sarcasmo malvado, tentación que todo humorista padece; el sarcasmo es muy gratificante.

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   Wodehouse nos dejó un colección de libros y un mundo que han sido alivio y bálsamo para generaciones de lectores, que les permitieron sonreír y reír. Pratchett, con la risa, nos mezcla alguna lágrima melancólica, pero que siempre termina deslizándose por una sonrisa irónica.

   Chesterton escribió, a propósito de “El sueño de una noche de verano” que como el hombre vive en una frontera, puede encontrarse en una atmósfera espiritual o sobrenatural, no sólo siendo profundamente triste o meditativo, sino siendo extravagantemente feliz. El alma puede escapar del cuerpo en una agonía de pesar o en un trance extático; pero también puede abandonar el cuerpo en un paroxismo de risotadas.

   Nuestros dos maestros cómicos han logrado que esas risotadas y carcajadas resuenen altas, fuertes y claras durante al menos un siglo. Y por muchos más, esperemos.

mayo 11, 2016

Una novela de género menor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:38 pm
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             Hay quien considera a las novelas de detectives un género menor y, por tanto, a Sir Arthur Conan Doyle un escritor menor. Hay quien estima que los cuentos de hadas son una tontería y, por consiguiente, los Hermanos Grimm, Lewis Carroll, Tolkien o Neil Gaiman no han escrito más que tonterías. Hay quien sonríe con desdén ante una novela negra, rechazando con ademán principesco apellidos tales como Simenon o Camilleri. No faltan quienes se permiten ser condescendientes con el humor y paternalistas con el Doctor Wodehouse o Sir Terry Pratchett. Libres son. Sospecho, sin embargo, que estas mentes ilustres tienen sus casas forradas con tolstois y balzacs en perfecto estado de conservación, por no haber sido abiertos jamás.

            La novela, cuya muerte ha sido proclamada más veces que la del mismo Dios, acoge dentro de ella una multitud de géneros y subgéneros, que pueden acabar mezclados o mantenerse a respetuosa distancia unos de otros. Cada género tiene sus cánones, sus ortodoxias. También tiene sus herejes, sus revolucionarios, sus innovadores. Tiene sus genios fulgurantes y sus artesanos dignos. Tiene sus estafadores y sus bochornos. Tiene sus catedrales. Tiene sinfonías y cuartetos de cámara. Tiene obras que desafían toda definición, que acumulan mundos y libros en sí mismas, que guardan misterios en su corazón y perduran por siglos.

             Es decir, que hay de todo en todas partes. Y como siempre existirán los necios con ínfulas, siempre habrá que defender ciertos géneros de su cansinez. Chesterton se pasó media vida defendiendo los cuentos de hadas y las novelas de detectives. Incluso defendió, porque era un defensor nato, las malas novelas de detectives, siempre que no se creyeran buenas.

           Les vengo a anunciar una buena novela de detectives. Una buena novela de fantasía. Una buena novela de humor. Con la ventaja de que están todas reunidas en una sola. Pues vaya, tal vez digan ustedes, desventaja, más bien; podía el autor haber escritos tres buenas novelas por separado. Mi impresión es que, en efecto, podría. Pero ha querido hacer una. No me cabe duda de que Sergio S. Morán hará más. No sufran mucho por eso.

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             Una joven se encuentra en una cafetería de carretera, con amnesia en la cabeza y un cadáver en su maletero. Debe dar respuesta a todos los porqués que plantea la situación. Con el añadido de que el cadáver es el de un dios griego. Es el punto de partida de “El dios asesinado en el servicio de caballeros”. No pienso decirles nada de la trama. Sólo les digo que no van a lamentar unirse a Verónica Guerra, alias Parabellum, en la tarea de buscar respuestas.

             Como lector, tengo desde niño la manía de colar personajes de otras obras en aquellos mundos que me gustaría se expandieran aún más. Mientras leía las andanzas de Parabellum y, ahora, espero con impaciencia a que continúen, se me colaban polizontes. Porque en un callejón del Raval podía ser que un inglés con gabardina, demasiada querencia por los cigarrillos y bastante conocimiento con los demonios le dirigiera la palabra a Parabellum. O que, en una cafetería, un vulgar, humilde y torpe sacerdote con su paraguas y dos o tres paquetes debajo del brazo charlara con ella sobre el motivo hondo del asesino que rastreaba. O que un comisario con acento de Sicilia le invitara a una comida de cuatro platos de pescado en un rincón apartado de la Barceloneta. Porque Parabellum puede sentirse a gusto en compañía de John Constatin, el padre Brown y el comisario Montalbano. Y, me caben pocas dudas, podrá mirarles a los ojos un día, de igual a igual.

             He prometido no decir nada de la trama y voy a cumplir. Les aseguro que se leerán de un tirón la novela, no sólo por la trama. La prosa de Morán es ágil e incita a seguir adelante. Pero no a leer con demasiada rapidez, porque igual se nos escapa uno de los chistes que nos han hecho ya soltar un relincho de risa, para sobresalto de quienes nos rodean. Los arquetipos y reglas se respetan, pero no se siguen de modo ciego. Reconocemos lo que leemos, olfateamos influencias, sin que estemos ante una copia con un par de capas de pintura para disimular lo justo. Parabellum es hija, sobrina y nieta de viejos conocidos. Y como toda hija, sobrina y nieta, es ella misma, no un mero reflejo de su madre, tías y abuelas.

            Seguramente habrá quien estime que Morán, puesto que escribe lo que escribe, es un escritor menor. Estará, entonces, en el mismo club que Gaiman, Hammet, Sharpe y tantos otros. No es una mala compañía, aunque aún no le dejen entrar en todas las estancias y salones, por novato. Que lo vigilen, porque se colará al primer despiste. En cuanto a mi opinión, es la siguiente. He escuchado que quienes disfruten con las novelas de Jasper Fforde deben leer a Morán. Y he concluido que, siguiendo esa lógica, debo leer a Jasper Fforde.

            Y, ahora, disculpen. Me voy a dar una vuelta hasta un pub donde parece que, si el dueño no te arranca la cabeza a gritos, puede uno beber una cerveza que logra que los no muertos se sientan muy vivos.

 

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