Con un vaso de whisky

mayo 22, 2018

Tras la catástrofe

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    Me van a perdonar que tiemble un poco al teclear, porque no sé si estaré a la altura de la tarea. Que me quite las sandalias literarias. Porque voy a escribir algunas impresiones sobre la primera temporada de una serie desconcertante y cercana, bella y extraña, asombrosa y áspera. Una serie que bien puede hacer estremecer al espectador y de la que puede decirse (perdonen la segunda referencia bíblica) “qué terrible lugar es éste”. “The Leftovers”. Los Restos.

    La premisa de la serie la supongo conocida, pero la voy a resumir: un día, el 14 de octubre de 2011, de modo repentino, el 2% de la población mundial desparece en un instante. Es lo que se conoce como “The Sudden Departure”, la Partida Súbita (las traducciones que haré de ciertos términos será la mejor que logre dentro de mis limitaciones; cuando se topen con un traductor, invítenle a una copa, que son un gremio esforzado y dignísimo). Tres años después, nos dejamos caer en la ciudad de Mapleton, Nueva York, donde transcurrirá, con pocas excepciones, la mayoría de la temporada. Y la ciudad, como el mundo, ha cambiado desde esa fecha fatídica.

    Una gran virtud de la serie es la ausencia total de explicaciones sobre la Partida. En algunos episodios se escucha a líderes de las comunidades científica y religiosa igual de desconcertados. La gente de ciencia, la gente de fe, la gente de ciencia y fe están perdidas, nadie sabe qué ha sucedido, cada cual busca sus propias respuestas. Y los espectadores están como ellos. No se dirá desde qué perspectiva hay que contemplar los hechos. Se respeta la libertad del que ve y oye lo que ocurre. Hay, sí, pistas y mensajes, parece, que va recopilando uno de los personajes principales, el jefe de policía de Mapleton, Kevin Garvey. Pero, ya lo veremos, teniendo en cuenta tanto los emisores como el receptor de dichos mensajes, pueden tomarse los mismos con notable escepticismo. Inteligentemente, el personaje que parecería el más indicado para dar la explicación religiosa más obvia (que la Partida es el Rapto, the Rapture, creencia de algunas iglesias evangélicas según la cual los elegidos serán arrebatados de improviso y llevados a los Cielos), el reverendo Matt Jamison, la combate con ferocidad.

    A mí me tienden a gustar mucho las tramas y las subtramas, los complots y las conspiraciones, los misterios y los laberintos. Me suele gustar una serie astuta de enigmas si luego da respuestas correctamente encadenadas a esos enigmas, aunque sean respuestas implícitas. O sea, justo lo contrario de lo que hizo la célebre estafa llamada “Perdidos”. “The Leftovers”es su opuesto. Menciono “Perdidos” no sólo porque me parece representativa (hay quien menciona a “Twin Peaks”, sobre todo su reciente última temporada, como ejemplar estafa, pero eso es no entender nada de Lynch, a quien lo de dar sentido a nada jamás le ha preocupado lo más mínimo), sino porque comparten responsable, Damon Lidelof, a quien he empezado a tener en más estima.

    Al contrario que en las andanzas de los habitantes de la Isla, en “The Leftovers” lo que importa aquí no son las tramas. Son los personajes, de los más cercanos a ser personas de los que he visto en mucho tiempo. Ellos y sus relaciones, sus sentimientos, sus emociones. “The Leftovers” es la serie más emocional que conozco. Y la menos sentimental. Esto me dejó perplejo y maravillado. Ni quienes me recomendaron la serie ni yo mismo somos fáciles de conmover, se lo puedo asegurar. Pues bien, hay momentos en algunos capítulos que se forma un nudo en la garganta. Si uno se ríe en otros, sospecho que es por mecanismo defensivo o porque, como decía Leonor de Aquitania en “El León en Invierno”, sonreír es nuestra forma de mostrar desesperación. Uno de esos recomendadores me dijo que había comenzado a llorar en una escena de una temporada posterior, primera y única vez que le había ocurrido ante una obra de televisión. No me sorprende. Esto es una prueba de la inmensa calidad de esta serie como aparato narrativo y emocional.

    Voy a repetirlo, porque quiero que quede claro: no es una serie que busque la lágrima fácil. No manipula de modo obvio al espectador. Lo conmueve. Busca la compasión, la conmiseración. El padecer con, el sentir con los personajes. Es, así, muy dura, muy áspera, en ocasiones de una crueldad refinada. Dos de los mejores episodios, centrados en dos personajes secundarios que van creciendo, Matt y Nora, rozarían el sadismo si no fuera porque la óptica de la serie es más melancólica y compasiva que malévola (el espectador, claro, puede adoptar la otra perspectiva). El tercero, centrado en Matt, (un inmenso Christopher Eccleston, aun sin su acento escocés) merecería sermones y artículos sobre teología e ironía y puede defenderse que es demostración del axioma “Ninguna buena acción queda sin su justo castigo”. El sexto, protagonizado por Nora (Carrie Coon, la mejor actriz de la serie, para mí, un talento extraordinario) logra que penetremos en la mente y alma de uno de los personajes más reservados de la serie que se revela como uno de los más conmovedores y tiene una escena, la de un abrazo, que no sólo es un do de pecho interpretativo de Coon sino que, sólo por ella, se justifica una subtrama bastante cansina de la serie.

    Este inmersión emocional se consigue por una conjunción virtuosa de guión, dirección, actuación (con escasas y deshonrosas excepciones, actores de sobresaliente) y música. Voy a parar un segundo aquí. La serie emplea bien canciones y música compuesta al margen de la serie. Pero es la banda sonora original la que destaca. La partitura es de Max Richter, uno de los grandes compositores contemporáneos (no dejen de escuchar su recomposición de “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi) que aquí está, sencillamente, en estado de gracia. Ese piano y esas cuerdas. Sin ellos la serie no sería igual ni tendría el mismo efecto turbador.

Ahora, sí, no puedo analizar ciertos aspectos sin revelar parte de la trama. Ya les he dicho que eso no es, ni con mucho, lo más importante, pero si no han visto esta primera temporada, siempre es mejor verla con poca información.

   La serie tiene en su centro (aunque se va volviendo coral, a medida que avanza) en la familia Garvey. Los Garvey son una familia atípica en este mundo: ni uno sólo de sus miembros es uno de los Departed (Los Que Partieron). Pese a ello, es una familia rota. Laurie, la madre, se ha unido a un grupo sectario, The Guilty Remnant (Los Que Permanecen Culpables o Los Culpables Que Permanecen). Jill, la hija y Kevin, el padre, viven juntos, pero como extraños que apenas se hablan, Jill encerrada en sí misma y en su dolor, Kevin temiendo estar perdiendo la cabeza. Tom, el hijo, está lejos, en otra especie de secta dirigida por un enigmático sanador con un harén de jovencitas asiáticas llamado Wayne.

    Un apunte rápido sobre Wayne: su subtrama es la más aburrida de la serie. Empieza como un misterio con tintes sobrenaturales que se deja sin concluir y, aunque queda al criterio del espectador si era un estafador, un loco o en efecto alguien con habilidades excepcionales, podría quitarse toda su parte, así como las escenas de Tom y Christine sin problema; salvo por esa escena del abrazo con Carrie Coon y el encuentro final de Wayne con Kevin.

    Que esta familia, como el resto de personajes, no vivía en el paraíso en la Tierra antes de la Partida se nos revela en el estupendo penúltimo episodio de la temporada, que permite reinterpretar y comprender bastante de lo que hemos visto antes. Pero era una familia, cuya aniquilación desquicia a sus miembros. En este sentido, la serie, podría defenderse, toma partido de la máxima aristotélica del hombre como animal social, que no puede vivir en soledad absoluta sin hacerse daño. O, como sentenciaba Yavhé en el Génesis “No es bueno que el hombre esté solo”. Todos los personajes se sienten abandonados, solos y vacíos en este mundo y cada cual trata de poner remedio como puede: aferrándose a rutinas ritualísticas como Nora; emprendiendo cruzadas más o menos loables como Matt; cayendo en un hedonismo en el que nadie parece disfrutar ni un poco, como los amigos de Jill o los asistentes a la convención a la que Nora acude; fingiendo que el mundo es, en esencia, el mismo que antes, como la alcaldesa o Kevin. A ninguno les funciona.

    Y frente a todos ellos (su mayor rival empieza siendo Kevin, pero termina siendo Matt) se encuentran la secta de los Guilty Remnant. Es uno de los hallazgos de la serie (y, supongo, de la novela en la que se basa esta primera temporada, de Tom Perrota). Vestidos siempre de blanco (aunque de gusto más bien escaso en la ropa). Fumando un cigarrillo tras otro como parte de su hermético conjunto de creencias. Perpetuamente silenciosos, comunicándose, entre sí y con los demás sólo mediante notas escritas. Pasivo-agresivos de matrícula de honor, siguiendo, acechando, contemplando a los demás habitantes de la ciudad, provocando, de modo planificado, su animadversión, su hostilidad. Boicoteando cada acto que conmemora la Partida o intenta que la vida continúe como antes. Insistiendo, de un modo u otro, que el mundo ya no es el que era, que todo ha cambiado.

   Este grupo sectario es muy sugerente. Aunque hay noticias de que sectas y grupos extremistas religiosos se han multiplicado desde la Partida (de tal modo que una agencia federal ha asumido las competencias de lidiar con ellos y uno de sus agentes, en una conversación telefónica que no se puede estar seguro de si tiene lugar en realidad o no, hace una oferta siniestra y tentadora al pobre Kevin) los G.R. (por abreviar) son muy particulares. Para empezar, no son religiosos. Son una secta nihilista y, aunque no se diga de modo explícito, para mí que atea o, al menos, agnóstica (ni un nihilista tiene que ser ateo ni un ateo, nihilista, por supuesto). Parte de su credo se nos revela por la líder local, Patti, la gran villana de la serie, una genial Ann Dowd, en dos conversaciones en las que rompe su voto de silencio. La aniquilación total de los sentimientos, del pasado, de los recuerdos, de las relaciones, de la individualidad. Los G.R. viven en comunidad, nunca están solos, pero realmente no están acompañados porque sólo los individuos pueden hacerse compañía unos a otros y su fin es desaparecer en un cuerpo mayor. Son una secta organicista y totalitaria. No es esto lo mismo que el misticismo negativo de autonegación (aunque este misticismo tiene sus derivaciones perversas) porque el mismo busca, en última instancia, conectar el yo del místico con la deidad, y la autoanulación no quiere destruir al individuo, sino los obstáculos para esa comunión. Sin embargo, como buenos manipuladores, los G.R., y sobre todo Patti, saben perfectamente cómo tirar de los hilos del sacrificio y la abnegación hasta lograr una vocación de martirio que permite la ejecución de sus propios miembros o el suicidio.

    Laurie, (espléndida Amy Brenneman, da un recital mudo; su cara al mirar el monitor donde puede o no estar el feto es impresionante), es la segunda de Patti. Seguidora leal que acaba ocupando la cabecera al faltar la líder, se aferra a los dogmas con más ahínco cuantas más dudas le surgen (esa escena del silbato). Arrastra a la débil Meg hasta convertirla en una seguidora devota, pero no puede evitar que el horror se pinte en su rostro al ver a Jill entrar en la casa comunitaria. Y por fin rompe su silencio para intentar salvar la vida de su hija y se aparta de este grupo como consecuencia del gran triunfo de los G.R., de la gran catarsis que estaban buscando, de la gran explosión de odio, rabia y cólera que, con implacable precisión, han ido preparando y que Meg celebra con una sonrisa de orgullosa suficiencia.

    Esa catarsis es la que intentaba en un primer momento evitar Kevin, uno de los pocos que se dan cuenta del peligro para la paz social que suponen los G.R. Sin embargo, a Kevin le vienen encima otros problemas. Su sentimiento de culpa por haber estado siendo infiel a su mujer en el momento exacto de la Partida, sus intentos por no perder a su hija, su existencia a la sombra de su padre y sobre todo el miedo a la locura, relacionada directamente con ese mismo padre, (Scott Clenn, siempre un placer), encerrado en un hospital psiquiátrico. Pero, ¿está loco Kevin Garvey Senior? ¿Son las voces que dice oír fruto del delirio, como todos piensan, o es un loco de Dios o de quien sea que sea la fuerza detrás de la Partida? Queda a criterio del espectador. La serie es habilidosa con Kevin hijo: sus sueños y lapsos sin conciencia se pueden explicar desde la enfermedad o desde lo sobrenatural (recuerden, es nuestro mundo, con sus regalas, pero uno mundo nuestro en el que efectivamente ha tenido lugar algo como la Partida). El inquietante personaje de Dean, el cazador de perros, parece al inicio alguien que sólo Kevin escucha y ve. Pero aun cuando otros empiezan a interactuar con él, su misterio no se disipa. Incluso la brillante Patti es incapaz de descubrir nada de él. “Es usted un fantasma”, le dice. “Prefiero considerarme un ángel de la guarda”, replica este hombre brutal… que también escucha voces. Todo cuanto Kevin va descubriendo sobre sí mismo le llena de horror. Justin Theroux interpreta muy bien la angustia vital de este hombre atrapado. ¡Ah, las camisas!

   De algún modo, Kevin encuentra improbables aliados en una pareja de hermanos. Por un lado, Matt, el clérigo, aunque el policía no sea un hombre religioso. Menudo tipo, Matt. Casi sin feligreses, empeñado en recordar a la gente que Los Que Partieron no eran santos, aunque le partan la cara una y otra vez, cuidando de modo abnegado y amoroso a su mujer paralítica (Janel Moloney, una conocida de “The West Wing”), seguramente en parte también con un agudo sentimiento de culpa. Que luego se empeña en tratar de traer de vuelta al mundo de los vivientes imperfectos a los G.R. Sus fracasos perpetuos no hacen mella en su ánimo. Es difícil no sentir simpatía por Matt, aun sin compartir su fe o sus cruzadas o decisiones. Y por supuesto que escoge un pasaje del Libro de Job (del que ya hablamos aquí, aquí y aquí) para ese clandestino y nada inocente enterramiento de Patti.

   Por otro lado, Nora Durst, con la que inicia una relación. El espejo de los Garvey: ellos no perdieron a nadie en la Partida. Ella, a toda su familia. Pese a ello, durante mucho tiempo, parece el personaje más estable y controlado de la serie. Sigue con su vida. Tiene un trabajo gubernamental, una especie de funcionaria del censo de los que se fueron. Incluso juega a usar el sentimiento de difusa lástima que provoca en el pueblo para salir impune de pequeñas faltas. Pero en su casa sigue manteniendo todo exactamente como estaba cuando desaparecieron los suyos (hasta hace la compra para tener los mismos alimentos que entonces y no cambia le rollo de papel de cocina) y hace que prostitutas le disparen con un revólver al pecho protegido por kevlar. Carrie Coon, ya lo dije, pero lo repito, hace un papelón, y no hay premios bastantes para ella. La escena en la que descubre a los muñecos de su familia en la cocina pone los pelos de punta. Y, en ese mismo capítulo, recibe a Kevin, Jill y al condenado perro (qué detalle más bueno) con el bebé abandonado de Christine en brazos. Dos caras, el mismo personaje, la misma actriz. Es de quitarse el sombrero.

   Me he extendido más de lo que pensaba y podría seguir escribiendo. Voy a abandonar aquí la reseña. Sólo me resta por insistir: esta es una de las series más originales, inteligentes, duras y humanas que he visto. Tras la catástrofe, aún hay humanidad, amor y belleza. Al lado del dolor, de la desesperación y de la locura. Como el trigo y la cizaña, creciendo juntos.

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marzo 13, 2014

Las chispas del agujero

            En los inicios de Tu rostro mañana (Javier Marías), el profesor Peter Wheeler, en  medio de otras, reflexiona: La vida no es contable, y resulta extraordinario que los hombres lleven todos los siglos de que tenemos conocimiento dedicados a ello, empeñados en contar lo que no se puede, sea en forma de mito, de poema épico, de crónica, anales, actas, leyenda o cantar de gesta, romances de ciego o corridos, de evangelio, santoral, historia, biografía, novela, o elogio fúnebre, de película, de confesiones, memorias, de reportaje, da lo mismo. Es una empresa condenada, fallida, y que quizá nos haga menos favor que daño. A veces pienso que más valdría abandonar la costumbre y dejar que las cosas sólo pasen. Y luego ya se están quietas.

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            Me topé con este fragmento al poco de acabar la nueva bandera de contradicción, True Detective. Por dejar claro en qué bando milito, me parece una de las obras más notables que he visto. Y que la HBO puede sentirse orgullosa de haber confiado en los señores Nic Pizzolatto y Cary Fukunaga. Y en los señores Harrelson y McConaughey.

            Pues bien, este excursus del anciano y astuto hispanista británico de la novela podría haber salido de los labios del detective (o del ex detective) Rust Cohle, bien para exasperación de su compañero Marty Hart en 1995, bien para sospecha de los investigadores, diecisiete años después. O también podría ir dirigido a nosotros, espectadores de esta historia, de esta narración, que intenta triunfar en esa empresa condenada.

            Hay grandes virtudes en esta serie, rutilante y poliédrica. Empezando por las más formales. Han sido ya destacadas por otras reseñas así que no voy a insistir mucho. Esta serie logra lo que otras llamadas a la inmortalidad: una imagen, un color, una apariencia propias. Cualquiera que haya visto The Wire, Breaking Bad, Carnivàle, o Deadwood, por poner unos ejemplos, reconoce de manera instintiva una escena de las misas, antes de que la consciencia confirme la impresión. Hay una atmósfera, casi un sabor y un olor, en ellas. También en True Detective. Y una iconografía (esos cuernos, tan parecidos y distintos a los de Hannibal), que desde los extraordinarios títulos de crédito, amasa la totalidad de la obra.

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            Es también muy acertada su brevedad. Esta serie podría haberse alargado de manera innecesaria, salpicándola de tramas y subtramas, de historias paralelas, a fin de ganar capítulos, de estirarla. Hubiera sido un grave error. La HBO toma nota de esa gran virtud de la televisión británica: si lo puedes decir en ocho horas, no uses nueve. Sé que habrá otra temporada. Pero será otra historia diferente.

            Porque en True Detective se narra una historia. Y aunque se ha criticado, no sin argumentos, que la trama detectivesca es lo más flojo de la serie y aunque el propio creador, en una entrevista con Alan Sepinwall haya dicho que no le interesan los asesinos en serie, la historia está ahí. Y es grande. Es una historia al servicio de unos personajes o, mejor, es una historia de dos personajes. Y de una gran Oscuridad.

            Esta historia de dos personajes se narra usando una técnica depurada, arriesgada, pero usada con precisión de escalpelo. Durante seis de los ocho episodios, Hart y Cohle, mirándonos directamente, nos explicaban lo acontecido lustros atrás. Y nosotros veíamos lo que nos contaban. Las escenas del pasado podían ser muy bien las representaciones, la traducción visual de las palabras de los entrevistados en las mentes de los entrevistadores. De manera claramente inspirada en Rashomon, el espectador era quien debía decidir si lo que se nos mostraba era o no real. O si lo que nos decían los protagonistas era o no real. El pacto implícito es que sí, porque, en un momento dado, la versión oral y la visual se separan radicalmente. Todos, creo, damos prevalencia a la visual. Claro que eso puede llevarnos a cuestionar cuanto hemos visto antes. Y cuanto veremos después. ¿Puede en verdad ser contada la vida de Marty y Rust?

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            Los dos policías del pasado y sus respectivos yos del presente (un cuarteto de personajes, o quizás una pareja desdoblada) llenan el escenario. Pero, y esto creo que es importante, deben parte de su enormidad al escenario donde se mueven. Quiero decir que en otra serie menor, los mismos personajes nos hubieran llamado la atención. En esta serie, con esta música, esta fotografía, este cuento, estos escenarios (que se nos recuerdan en el epílogo; John Ford nos recordaba a sus personajes, con cariño; aquí el sentimiento es de un viscoso desasosiego), son gigantes.

            Cuando una obra descansa casi por completo en dos personajes, estos han de ser diferentes en buena manera. No pueden resultar idénticos. No puedes tener a dos seres rígidos, o flemáticos, o flexibles, o contundentes. Tiene que haber variaciones, contrapuntos, tienen que encajar los bordes de uno en las fisuras del otro. Ahora bien, lo que sí puede haber, y de hecho es quizás adecuado que lo haya, es un poso común. Ser variedades de la misma especie, como esa pareja diabólica formado por Fouché y Talleyrand.

            Hart y Cohle son muy diferentes, como se puede observar desde el primer segundo. En cada conversación (esa gran primera charla en el coche, hasta que Hart declara el vehículo zona de silencio), en cada escena, en cada segundo de su relación se ve que hay simas entre ellos. Pero hay también elementos comunes en su psicología; de ahí que cuando, al final, unan fuerzas tras siete años de separación, y no tras un divorcio aterciopelado, no torcemos el gesto. Es lógico. Al fin y al cabo, Rust ya le dijo a Marty cuál era la verdadera diferencia entre ellos: “You are in denial”.

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            Harrelson. Hart. No sé yo si hay un chiste fonético en este apellido. Porque el detective Hart es mucho corazón y poca razón, aunque haya más seso del que parece a primera vista tras esa frente y esa quijada de jabalí. En el reparto de roles, es la criatura terrenal, la que tiene los pies en el suelo, el perro viejo, el poli de toda la vida, tan de toda la vida que no le falta ni el gusto por el whisky. El sistema filosófico de Hart es simple, pero también confuso y poco concreto. Sus nociones de bien y mal tienden a lo convencional, sin que esto implique que se sienta muy sometido al imperio de la ley. De hecho hay dos escenas, a cada cual más ilustrativa, a este respecto, con los dos bobaranes a quienes pilló jugando con su hija y con uno de los secuestradores de niños.

            Esa propensión a la violencia es coherente con la propensión de Hart al sexo. No es que me ponga yo aquí a hacer paralelismos puritanos. Digo que tras la cara pública de Hart (buen padre, buen marido, buen policía) hay justo lo contrario: un padre nefasto, un marido desleal, un policía rozando la línea o sobrepasándola. Hart tropieza con la misma piedra de la carne, igual que con la piedra de la bebida, con su propia miseria oscura, hasta que esos tropiezos le vuelven en forma de retribución por parte de su sufriente esposa; entonces Hart, tras un último estallido de ira salvaje, entra en su propio desierto, largo, solitario, deprimente.

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            McConaughey. Cohle. Estamos todos a sus pies. No es ser hipócrita alábalo ahora, igual que nos hemos pasado años poniéndolo a parir, por papeles y películas nefastas. Sencillamente, ahora sabemos que, cuando quiere, este hombre es un actor acojonante. También es cierto que se le da el papel más jugoso; y el más complicado.

            Rust, para mí, ha venido a esta serie parido de una novela. La terrible y magnífica Meridiano de sangre, creo yo, es acreedora de True Detective en muchas partidas. Los monólogos de Cohle, una de las joyas de la corona, podrían engarzarse en las conversaciones que el Juez Holden (uno de los villanos más terroríficos de la literatura) mantiene con la compañía de asesinos a sueldo del Grupo Glanton. Rust es el Chico, tras vivir cerca de Holden, si el Chico hubiera tenido capacidad intelectual para absorber siquiera parte del radiante nihilismo belicoso y destructivo del Juez.

            En Rust se dan varios tópicos, muy bien hilados. La circularidad del tiempo, la vida como prisión (Hamlet, ese gran nihilista, ya dijo que Dinamarca y el mundo entero eran una cárcel), la eternidad como algo ajeno y amenazador, el eterno retorno… El episodio 6, muy criticado, no sólo me parece brillantemente duro desde el punto de vista psicológico, sino que cambia nuevamente de ritmo, jugando con uno de los temas de la serie, el tiempo y su perspectiva, su desgaste, su circularidad, su rutina, ese tiempo que se desliza como arena entre los dedos. Nietzsche dijo, más o menos, que siempre hay un cierto desprecio en el acto de hablar, porque sólo encontramos palabras para lo que ya está muerto en nuestro interior. Rust sin duda tiene mucho de qué hablar y ese desprecio ontológico es patente. Es un señor de palabras y gran parte de su pericia como perverso confesor le viene de entender la necesidad de los miserables a quienes interroga de una narración que les dé, a ellos, forma y estructura, aun cuando él no crea en nada de eso.

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            Tiene mucho mérito lograr una serie tan densa y rica con sólo dos personajes. Los investigadores, Gilbough y Papania, son meros recursos y hubiera preferido no verles las caras. Las amantes de Marty, los moteros de Rust, hasta los habitantes de los pantanos… ni uno alcanza la categoría de personajes. Sólo tiene algunos momentos Maggie, como esa turbadora escena en la cocina de Rust, sobre todo ese segundo terrible en el que el austero detective comprende qué ha ocurrido.

            Y estos dos grandes personajes investigan un caso. Caso que ha dado mucho de qué hablar y ha propiciado hipótesis muy interesantes. Y la teoría del Rey Amarillo, claro, que es divertidísima. Caso que siempre estuvo a un tris de devenir en historia de horror. Con gran acierto, creo yo, se nos deja en cierto misterio, aun cuando pistas para el desenlace hay. No obstante, no veo como un error dejarnos entrever, más que analizar hasta el último pelo, la mitología infernal de los pantanos, los secretos de Carcosa, los misterios del Rey Amarillo (yo lo vi, sencillamente, en ese tétrico espantajo, de harapos amarillentos, coronado por dos cráneos, uno pintado de amarillo). Al fin y al cabo, Lovecraft era mil veces más siniestro cuando sugería que cuando se ponía a acumular bichos blasfemos, tentaculares y gomosos. Inteligentemente, se nos hurta el contenido de la cinta de vídeo. Sólo sabemos que ahí hay algo que hace aullar de horror a un hombre que ha visto el cadáver de un bebé en un microondas. Nuestra mente hará lo demás.

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            El horror está, sin embargo. La secuencia de Rust examinando los restos de la escuela evangélica, en solitario, es inquietante; la referencia al monstruo que acecha al final del cuento, con ese obeso en calzoncillos, tan grotesco que casi era ridículo (casi). O el vistazo a la vida Erroll Childress y su cambiante voz (un detalle de creación brillante, explicado en la entrevista de Sepinwall). El atroz combate final no me disgustó en absoluto: nos prometieron un monstruo y nuestros nada heroicos cazadores derrotan al ogro en un escenario digno de una pesadilla. Lucha existencialista: el Mal es invencible, pero hemos de enfrentarnos a él.

            Y luego de esto, el epílogo. Menudo epílogo. Una serie que ya se había arriesgado en la forma y el fondo, echa el resto. Todo hacía presagiar un final tétrico. Childress había muerto, pero las raíces de la conspiración y su misterios no serían desenterrados (Marty lo asume como el realista terreno que es). Hart tiene un reencuentro con su familia que, por un segundo, le da la ilusión de un futuro, pero no hay futuro luego del pozo de donde viene y llora. Rust contempla la oscuridad desde su habitación… y dentro de esa oscuridad, más allá de ella, encuentra esperanza.

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            Aquellos que hayan alzado la ceja ante las diatribas de Cohle y aquellos que hayan chasqueado la lengua tras su epifanía hacen mal. Cohle está tan lúcido o loco en un momento y en otro. Podemos no compartir su visión de la vida, ni antes ni después, respetando en ambos casos que esa mente poderosa habla desde vivencias hondas y desgarradoras. Ni a Marty ni a Rust les espera una vida feliz, ni agradable. La epifanía de Rust le ha despertado a las emociones sepultadas y, por eso, al final no encuentra ya palabras (tampoco Hart, pero eso no es tan sorprendente) y también llora.

            Cormac McCarthy no dejó que el triunfante Holden (está bailando, bailando, dice que nunca morirá) tuviese la última palabra en su novela. Un críptico final presentaba a un hombre que saca chispas de agujeros en la roca. Tampoco aquí la oscuridad tiene la ultimísima palabra. La luz planta batalla. Que sea consolador o no, eso será el espectador quien lo determine.

agosto 29, 2012

Fisher and Sons

            He saldado una vieja deuda: no haber terminado de ver A dos metros bajo tierra hasta hace un mes o así, era una deuda de las gordas. Porque es una de las Grandes Series, porque es de la HBO (sí, qué le voy a hacer, yo también tengo mis marcas) y porque fue de las que cambiaron las cosas.

            Hay gente por ahí con muchas más conocimientos que yo en Historia de la Televisión (las mayúsculas no son irónicas; hay Historia del Cine, hay Historia de la Televisión); ahora, es poco arriesgado afirmar que la pasada década y esta entrante son la gran era de las series; que los guionistas, actores y directores de la hermana pequeña están dando puñetazos en la cara día sí, día también al hermano mayor. Pero todo eso no surgió de la nada. Hubo series que dieron los primeros golpes.

            En mi humilde opinión, fueron dos series familiares: Los Soprano (de la que nunca he hablado por el temor reverencial que me produce), una; A dos metros bajo tierra, la otra. Quizás la saga de los mafiosos de Nueva Jersey sea más grande, pero que nadie se atreva a despreciar a los Fisher.

            Breve resumen introductorio: Nate Fisher vuelve a casa por Navidad. Al llegar (tras haberse liado con su vecina de vuelo, Brenda Chenowith) se entera de que, justo ese día, Nathaniel Fisher, su padre, un director funerario, ha muerto en accidente de coche. Con su madre Ruth destrozada, Nate consiente en quedarse unos días; se reencuentra así con sus hermanos, David, secretamente homosexual, y ahora enfrentado a la muy real posibilidad de tener que continuar trabajando para siempre en la odiada empresa familiar, y Claire, la más pequeña, una adolescente en el último curso del instituto.

            Bueno, como cualquier espectador sabe, cuando Nate (Peter Krause) dice que sí, que se quedará unos días antes de largarse de nuevo, de unos días nada. Ha vuelto a meterse en la telaraña familiar y de ahí no se sale tan fácilmente.

            Es lugar común hablar en las series de familias disfuncionales. Los Fisher son la Idea Platónica de familia disfuncional. En Las Chicas Gilmore Luke despotrica una vez contra su hermana y contra todas las familias del mundo, que le obligan a uno a limpiar una vez tras otra lo que ellos han ensuciado. Y entonces le pregunta a Lorelai “¿No escribió Tolstoi una frase célebre sobre la familia? ¿Algo de que todas las familias son infelices o que hay familias aparentemente felices?” “No parece muy acabado”, le responde una cauta Lorelai. “¡Bueno”, estalla Luke, “quizás no tuvo tiempo de terminarla por ocuparse de su puta familia!” (he citado de memoria). Todos los Fisher suscribirían, en uno u otro momento, las palabras de Luke

            Lo de las Gilmore tiene más que ver con esta serie que esa cita. No mucho, conforme (se me ocurren pocas series más opuestas en todo lo demás), pero una cosa, al menos, en común, sí tienen: no hay argumento. Es decir, no hay introducción-nudo-desenlace. Tampoco son procedimentales. Ponen casi toda la carne en el asador de los personajes. Algo, por cierto, que también hacen Los Soprano. A ver, entiéndaseme bien: junto a los personajes hay virtuosismo (el detalle de que los fundidos sean siempre en blanco, nunca en negro, me encanta), ingenio, ironía, delicadeza, diálogos grandes y muchas cosas más. Pero en el centro están los personajes.

            La evolución, el cambio se unen a la progresiva revelación de los recovecos mentales de los Fisher. ¡Y vaya si tienen recovecos! No sé si esta serie se enseña en las facultades de Psicología y a los psiquiatras, pero igual debería. Tienen ahí un terreno abonado para el estudio (y para la autocrítica, porque sale cada psiquiatra que en fin…). Ya verán, ya, cuando comparen a la Ruth Fisher del piloto y a la de la quinta temporada. No se libra uno de cincuenta años de represión vital de la noche a la mañana, pero la buena señora hace cuanto puede, por duro que sea el camino.

            Lo mismo podría decirse de David (Michael C. Hall, antes de ser el célebre Dexter). No he dicho antes que se nos presente como secretamente homosexual a la ligera. Esta es una de las series que con más inteligencia afrontó el tema de la homosexualidad, de forma honesta, humana y sin clichés ridículos. El autoengaño, o los prejuicios ajenos y propios que impiden a alguien aceptarse tal cual es, son algunos de los subtemas recurrentes de la serie. Y su relación con Nate, pasando de la tensión hijo obediente contra hijo pródigo, a una verdaderamente fraterna, con lo bueno y lo malo, se gestionó astutamente.

            Claire llegó a convertirse en mi preferida de todos los Fisher (así como Nate en la oveja negra), aunque a ella también le aplico esto: no hubo un solo personaje en la serie a quien no haya querido golpear con un martillo en la cabeza (una y otra y otra y otra vez). Tampoco hubo un personaje cuyo punto de vista, razones (más o menos racionales), temores o reacciones no comprendiera. Téngase en cuenta que el comprender puede ser muy compatible con el martillo. En realidad, el único personaje al que no soporté ni por un minuto fue a Liza, salvo cuando era parte de un sueño o una visión, donde cumplía otro papel. Pero presente y siendo ella, el martillo, siempre el martillo.

            Los Fisher son un clan muy complejo, muy contradictorio y muy extraño. Y no he visto en ellos nada que no se pueda ver una familia de veras. Lo mismo podría decirse de una de sus familias-satélite, los Díaz, aunque estos son bastante más aburridos. La otra familia-satélite, los Chenowith… en fin, lo que ahí pasa ya no lo veo tanto en cualquier familia de veras (panda de chiflados). Pero a los Fisher, sí: sus peleas, discusiones, malentendidos, reconciliaciones, momentos de complicidad e intimidad, encontronazos, decepciones, mentiras, dolores y alegrías los hacen cercanos, muy cercanos… aunque si ve usted que su vida se empieza a parecer demasiado a la suya, coja los bártulos y huya.

            Este acercarse tantísimo a los personajes tiene el riesgo de que el culebrón nunca anda demasiado lejos; de hecho, en la última temporada está demasiado cerca. Para tener a raya a ese bicho infecto hay herramientas útiles: la calidad de actores, guionistas y directores, es una. El humor negro, es otra. El tema de la obra, una más.

            Porque el gran tema de la serie es la Vida. Y la Muerte. No es poco mérito éste. No pienso yo que actualmente esto sea así (no del todo), pero cuando Alan Ball nos soltó A dos metros bajo tierra la Muerte era el Gran Tabú. Algo incómodo, que en la ficción debía aparecer como secundario o intrascendente, o tan excepcional que resultaba irreal. Aquí, nada de eso. La Muerte es habitual. ¡Por algo el negocio familiar es una funeraria!

            Esta naturalización de la Muerte, sin restarle ni un ápice a lo que tiene de doloroso, de misterioso y de terrible, esta hermanarla con la Vida, es una de las grandes virtudes de la obra. Cada episodio empieza con una muerte. Pueden ser escenas muy breves o bastante largas, sorprendentes, conmovedoras o macabramente divertidas. De estas hay muchas. Los espectadores, ya verán, ustedes también, registrábamos la escena en busca de algún indicio de quién y cómo iba a morir hoy. Los guionistas, que lo sabían, jugaban con nosotros; daban ganas de hacer apuestas.

            El humor negro es marca de la casa y, si bien perdimos los anuncios de productos para funerarias (que eran buenérrimos), mantuvimos las muertes absurdas y la visión burlona de muchas vacas sagradas de la vida (desde la familia a la ciencia y la religión, la universidad y los jóvenes artistas) manteniendo, al mismo tiempo y de un modo extraño, el respeto por todos ello de alguna manera.

            Cuando uno plantea una serie sobre la Vida y la Muerte, lo trascendente, lo espiritual, lo religioso no pueden quedar al margen. Pero, afortunadamente, Ball y los suyos son gentes inteligentes. No dan sermones. No usan su obra para dar opiniones. Cada personaje tiene su visión de las cosas, de todo tipo. No hay palabrería hueca, ni azúcares, ni demagogias de clase alguna. No hay soluciones, ni conclusiones, ni revelaciones, ni proselitismos. Y éste tampoco es un mérito menor.

            Otro punto que une a los Fisher con los Soprano es el uso de lo onírico, de las visiones. Los sueños de Tony (principalmente) dan para mucho pensar. En la grandiosa e inacabada Carnivàle las visiones y sueños tenían una importancia capital en la trama; pero en el mundo de Ben Wawkings y el Hermano Justin lo mágico y lo sobrenatural eran aceptados en el relato por todos.

            En cambio, los sueños y visiones de A dos metros bajo tierra están, una vez más, al servicio de los personajes. A través de ellos y de sus charlas con personas muertas, desparecidas o ausentes afloran los miedos, inseguridades, hipocresías y esperanzas de los protagonistas. Personalmente, yo espera con avidez que en esas visiones tuviera parte Nathaniel Fisher (el magnífico Richard Jenkins), quien nunca defraudaba (además, casi siempre aparecía en un impecable traje de tres piezas): sus charlas con sus hijos solían tener un aire catártico maravilloso. Nathaniel Padre podía ser benévolo, cruel o enloquecido; muchas veces era la mejor voz del subconsciente de los personajes, la que les soltaba cosas que nos hubiera gustado soltar a los espectadores.

            Esta serie merece respeto. No es para ver viendo palomitas, ni si tiene uno un día para cosas ligeras (todos los tenemos). Es una de las grandes, una aproximación muy humana a este batiburrillo llamado vida, en cierto lugar, en cierta época. Cuando estas personas abandonen el escenario, en el brillante capítulo final, sentirán que se marchan no unos hermanos, pero sí unos primos peculiares, crispantes e inolvidables.

agosto 5, 2011

Retrato de un hombre de Estado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:34 am
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            A uno, ¿qué quieren?, le gustan las películas, las series y las novelas llamadas históricas. No se suelen dedicar a la vida de campesinos, proletarios, niños de la calle y demás gente de bien. Esas obras deberían llamarse intrahistóricas, por ponernos pedantes y unamunianos. No, las históricas están con la gente de no tan bien, los estadistas, los primeros ministros, los conquistadores. Casi siempre, “histórica” o” de época” son eufemismos para “intrigas políticas con ropajes divertidos”.

            Eso, cuando son buenas. Recordarán ustedes, como yo, las películas “históricas”, “de época” en las que los americanos o los ingleses eran muy buenos, frente a rusos, españoles y franceses, esos cabrones sin alma. No digo yo que rusos, franceses y españoles no fueran unos cabrones sin alma, pero nuestros camaradas anglosajones nos superaban en bastantes ocasiones.

            Pero, afortunadamente, vivimos en tiempos más cínicos y, mal que bien, los maniqueísmos están pasados de moda; desde luego, en las series. Siempre es agradable que un nuestras pantallas aparezca un villano completamente despiadado (hay menos de los que deberían); sin embargo, toleramos mal a héroes santos o santos heroicos. Peor si esos héroes existieron e indagamos un poco en su biografía.

            Añadamos a ello que los Estados Unidos tienen en su haber dos grandes leyendas, pese a los esfuerzos de sus propios artistas para desmitificarlas: la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil. Y comprenderán ustedes la mezcla de deseo y temor que me embargó al tener en la mano la miniserie John Adams, de la HBO.

            Un biopic de uno de los Padres de la Patria. De la HBO. Basada en un libro, escrito por David McCullough, ganador del Pulitzer. Con Paul Giamatti de protagonista. ¿Qué será? ¿Una vuelta a la temible Época Dorada? ¿Un retrato cáustico y destructivo de los Fundadores? ¿Estará financiado por las Hijas de la Revolución Americana o por una plataforma antiyanqui?

            Pues ni lo uno ni lo otro. Es de la HBO. Y se hace corta.

            La miniserie se llama John Adams y mantiene ese nombre como guía. Podían haber hecho una obra coral, una serie-río, con todos los muy interesantes individuos que tuvieron algo que ver con la Independencia y con el nacimiento, primero, de la Confederación y, luego, de la Federación, de los Estados Unidos. Pero no, todos esos interesantes individuos salen únicamente cuando se tropezaron con el señor Adams. Es a él a quien seguimos. Por eso, la Guerra de la Independencia aparece siempre de manera indirecta: no hay batallas campales, hay juego diplomático. No hay barro y sangre, hay duelos verbales, máscaras, puñaladas traperas, argumentaciones y grandes discursos.

            Pual Giamatti carga sobre sus espaldas la responsabilidad de la serie, y Paul Giamatti es un estupendo actor, que encarna a un estupendo personaje. Un retrato humano, entrañable, sin darle ninguna aureola, de este Adams, que puede caer mal, sin dejar por ello de atraer. Un hombre severo, mordaz, pesimista, testarudo, con mal genio, trabajador, honesto, arrogante e inteligente. Y además (ya, el físico dicen que no importa), bajito, calvo y tripudo. Indicio casi siempre exacto: cuando en la serie casi no hay caras bonitas, la calidad suele ser alta.

            Giamatti anda bien secundado por Laura Linney, quien no suele ser plato de mi gusto. Sin embargo, su Abigail reposada, culta, austera e irónica da la réplica exacta al marido encarnado por Giamatti. He aquí uno de los matrimonios más interesantes que he visto en televisión. Con una vida familiar del siglo XVIII, no del siglo XXI. Podían haber sido hasta más duros, pero no se cae en el error garrafal de dar a gente de otras épocas mentalidades de la nuestra.

            Por supuesto, la ambientación no tiene por dónde pillarle un lado flaco. Los trajes, las pelucas, las ciudades, todo ello está cuidado con detalle. La vida era sucia, cruel y dura. Washigton (un contenido David Morse) se rompe sus podridos dientes en una comida. Es un detalle, no se recrean en él, pero gracias a detalles de este tipo se gana de verosimilitud. Y lo que les pasa a algunos hijos de Adams, mejor véanlo ustedes mismos.

            Decía antes que en este tipo de obras lo que más miedo me da es el maniqueísmo. El primer episodio se dedica a fondo a destruir cualquier tipo de maniqueísmo. John Adams defiende ante el tribunal a un grupo de soldados británicos acusados de disparar contra un grupo de independentistas. Más tarde, contempla horrorizado cómo la muchedumbre empluma a un desgraciado por descargar té en el puerto. Y aun cuando luego se convierte en un decidido defensor de la independencia, su pesimismo con respecto a los seres humanos será una sombra constante.

            Tampoco nos presentan, porque no lo eran, a los padres fundadores como una alegre panda de amigotes. Las fricciones, las discusiones, los enfrentamientos, las envidias y las reconciliaciones con Thomas Jefferson (un digno Stephen Dillane) o con el Doctor Benjamin Franklin (Tom Wilkinson, genial, como siempre) eliminan el aura de pureza divina. Eran hombres y eran hombres de Estado. Es cierto que tampoco hay un análisis a fondo de los muchos motivos de la independencia; una pena, habrá que esperar a que David Simon se anime.

            Sí, hay escenas “patrióticas”. Pero, ¿no es lógico poner la bandera de Estados Unidos justo cuando el primer Presidente jura su cargo? Por otro lado, ¿es que alguien, antes, había rodado esa sombría llegada a la Casa Blanca, a medio construir, en un barrizal, siendo levantada por esclavos? Y, en el último capítulo, ¿qué mejor reflexión podía hacerse sobre biografías, hagiografías y enaltecimientos que la sarcástica reacción del viejo Adams ante el cuadro que inmortaliza la Declaración de Independencia.

            Me hubiera gustado más tiempo para la Presidencia de Adams (una especie de tatarabuela de El Ala Oeste, vamos), porque el duelo entre Adams y Alexander Hamilton daba para muchísimo. Por otro lado, la inteligencia con la que se administran los tiempos y ritmos en los últimos capítulos, cuando parece que ya está todo contado, es digna de elogio.

            Tienen ante ustedes siete capítulos redondos. De calidad. De la HBO.

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