Con un vaso de whisky

diciembre 7, 2017

Cómo no llevar a cabo un experimento socio-genético

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:30 pm
Tags: , ,

     Después de torturar mi cerebro con las dos primeras partes de la Saga Divergente, viendo que empezaba a dejar de babear de manera involuntaria, decidí que había llegado el momento de apurar la copa hasta las heces y ver la tercera parte. Y Santo Dios. Santo Dios. Creo que he quedado medio tarado de modo definitivo.

    Ya el título es poco prometedor. La primera cosa se llama “Divergente”. La segunda “Insurgente”. No sólo rimaban ripiosamente entre sí (también en el original), se referían ambas a la protagonista. Pues bien, la tercera parte es “Leal”. No rima (tampoco en inglés, “Allegiant” ). Y además, como veremos, la leal no es la prota, es un personaje terciario. Esto pinta peor de lo previsto.

    La película se estructura en una introducción que merece le dediquemos un poco de atención, por su extrema torpeza, y dos tramas paralelas medio mezcladas: la que narra lo que ocurre en la ciudad de Chicago y la que narra lo que ocurre fue de la ciudad de Chicago. Luego ambas tramas se unen en un clímax tolerable de un modo directamente proporcional al número de botellas de licor vaciadas.

    Antes de entrar con el hacha de carnicero, dediquemos dos líneas a los aspectos estrictamente cinematográficos. La dirección es inexistente; la banda sonora, irrelevante;los diálogos, vergonzantes; la interpretación, para ahorcarse con una cuerda de piano y los efectos especiales (en la película de la saga donde más se usan) dignos de “Superpulpo contra Megatiburón: la Venganza”.

    Continuemos.

    Recordarán que, al final de “Insurgente” la dictadura de los Eruditos y parte de los Intrépidos había sido derribada por una alianza de los fulanos de Blanco, los de Naranja y la masa sin facción, con la pobre Naomi Watts haciendo de Lenin (ay, Naomi Watts… después de verla en la vuelta de “Twin Peaks” verla aquí…). Además, la prota había hecho público un mensaje de los Fundadores que, en esencia decía que todo era una broma, que Chicago era un experimento, que los Divergentes eran cosa buena y que la Humanidad les estaba esperando. Esto nos planteaba bastantes preguntas legítimas. ¿Hay respuesta en esta película? Sí. Que fuera de Chicago también es todo el mundo idiota. O incompetente. O las dos cosas.

    El prólogo no sitúa en una especie de versión barata de la época del Terror. Derribado el antiguo régimen, se han iniciado una serie de juicios sumarios.

    Como muestra del sistema de justicia, se ve el proceso al jefe de los Intrépidos. Modélico: se le inyecta una especie de suero de la verdad, se le pregunta si está contento con haber sido colaborador de la fallecida Jefa Azul, el tipo dice que sí, que mucho y el público, por volumen de griterío, vota entre culpable o inocente. Bueno, gritar, gritan mucho, pero quien toma la decisión final es el personaje de Watts. Vaya, que vox populi, vox Dei, pero mando yo. Esto no siente muy bien a la jefa de los hippies Naranjas, que se va con sus simpatizantes. ¡Ajá! ¡Grietas en la colación! ¡Guerra civil en el aire! ¡La líder revolucionaria, en su primera decisión, logra cabrear a quienes controlan el suministro de comida! ¡Brillante!

A

     Puede uno creer que esta escena sirve para huir de maniqueísmos y demostrar que la antigua aliada de los buenos es tan mala como los antiguos malos al alcanzar el poder. Pero la protagonista (Tris) y su maromo, aunque un poco incómodos, no dicen esta boca es mía. Como símbolo y heroína de la rebelión, no es irracional pensar que si Tris hubiera dicho a la Lideresa que ya está bien, la Lideresa habría tenido una crisis entre manos, mayor aún por la desafección de los de Naranja. Así que o a Tris eso no se le ocurre, o es una cobarde, o está de acuerdo con las ejecuciones en masa. Con una excepción: su hermano (un Erudito) está encerrado. Así que el novio saca al joven de la celda (sin más), Tris y él meten al hermano en un coche y tratan de salir de la ciudad. Hasta que les para un control.

     Ah, sí, perdón, hay controles. Porque aunque la grabación de los Fundadores dice que la Humanidad espera más allá de Chicago, la Lideresa ha decretado que no sale nadie. ¿Por qué? No se explica. Para qué.

     Así pues, los protas están tratando de huir con un preso. Preso al que se le distingue como miembro de la facción Erudita porque aún lleva las ropas azules de rigor. Que está esposado (no, no le han quitado las esposas). En el control el centinela muestra cierta suspicacia (algo es algo) y pide papeles. Los buenos han parado para recoger a Peter (personaje recurrente cuya función es ser más irritante e imbécil que los demás para que así estos nos parezcan menos lerdos), pero no se les ha ocurrido haber conseguido unos papeles, falsos o verdaderos. Noten que el tal Cuatro es el hijo de la Lideresa. Algo de cómo tiene su madre montado el tinglado debería saber. De pronto, aparece la amiga abogada de Tris con un fajo de papeles en la mano. Se los da al centinela, se sube al coche y el centinela, sin apenas haberlos leído, da paso franco. ¿Cómo sabía la amiga abogada que estaban tratando de escapar? ¿Cómo había conseguido los papeles adecuados? ¿Cuándo y cómo los había falsificado, si era el caso? Misterios. Telepatía o el poder del amor y la amistad, seguramente. Eso sí, ante otros centinelas el maromo empuja al hermano a una zanja ty finge pegarle un par de tiros. Los centinelas, con madera de Tropas de Asalto del Impero Galáctico, ni se molestan en comprobar si hay cadáver.

     La huida continúa con el escalamiento de la Valla alrededor de la ciudad y su bajada gracias a unos cables mágicos que extienden o acortan su longitud cuando es conveniente y que, en general, parecen desafiar cuantas reglas de la física y la mecánica son conocidas. Y ahora, sí, están en el exterior. Que es un erial, rojizo y desolado. Los protagonistas empiezan a caminar, sin saber hacia dónde van. Como gentes inteligentes, establecen un riguroso racionamiento de los víveres que han traído consigo. Nada, no hagan caso. Claro que NO han traído ni una gota de agua ni un mal bocadillo en su viaje hacia lo desconocido. ¿Ustedes nunca han ido al exilio sin provisiones? Panda de privilegiados debiluchos.

     Por suerte para ellos, los protas llegan a una especie de frontera formada por un montón de bolas de vigilancia que, además, mantienen una cúpula sobre Chicago y sus alrededores. Son salvados por un batallón de tipos uniformados de rojo de una patrulla de esbirros de la Lideresa que los estaban persiguiendo. Una vez rescatados, los meten en unos campos de fuerza color butano y se los llevan volando hasta una base antes conocida como aeropuerto de Chicago.

    Estos tipos de rojo son soldados de una tal Agencia Genética Buena o algo así, según explica quien da la bienvenida al grupo, interpretado por Bill Skarsgård , esto es, Pennywise sin maquillaje. Esta es una de las mayores decepciones de la película: uno esperaba que su personaje empezaría a repartir globos y a atormentar a la caterva de inútiles que llevamos aguantando demasiado tiempo. Y nada.

    Pennywise pone a los protas una película que es como el contexto de “Gattaca” para tontos. Explicaciones posteriores las ofrece un tal David, director de la Agencia y Malo Inútil de la función. Pero esto es importante, porque se supone que es una de las Grandes Respuestas de la saga. Resulta que, habiendo trampeado con nuestro genoma para hacernos más altos, guapos y modernos, se ahondó la grieta social hasta que estalló una guerra atómica. Los supervivientes quedaron dañados genéticamente: así, si uno es inteligente no tiene compasión y si es valiente es tonto perdido. ¿A que les suena? ¡Aquí está el origen de las facciones!

    La Agencia depende de un Consejo. Otro Consejo. Éste no es al que hacía referencia la Jefa Azul en “Insurgente” (del cual tampoco se nos daba mucha información). Este Consejo, elegido no se sabe por quién, al frente de no se sabe qué Estado, Federación o Comunidad de Vecinos, ha encargado a la Agencia la labor de arreglar los daños que tanto juego genético dejó en nuestro genoma. Chicago es el experimento para tratar de encontrar la solución.

    El experimento consistió en agarrar a unos cuantos cientos de miles de personas, meterlas en Chicago, hacerles olvidar de dónde venían (los de la Agencia tienen un gas amnésico muy cuco) dividirlas en facciones y esperar que, a base de reproducirse, apareciera gente sin taras genéticas. Que son, exactamente, los Divergentes.

    Bien. Ustedes ven los problemas, claro. Si la idea es acabar con esta división entre humanos sólo inteligentes, sólo valientes, sólo honestos, sólo abnegados y sólo lo que sean los Naranjas… ¿qué sentido tiene fundar la sociedad experimental, justamente, en esas divisiones? Si el sentido es tener controlado a cada grupo de personas con fallos genéticos, ¿por qué establecer que, luego del famoso test (“trust the test”) cada uno pudiera elegir la facción que le diera la gana? ¿Eso no haría más complicado el seguimiento? Sobre todo, si la idea del experimento era lograr gente que fuera al mismo tiempo inteligente, honesta, valiente, abengada y la que sea la quinta virtud… ¿para qué señalar a los Divergentes como enemigos públicos a los que hay que liquidar? ¡Si son el resultado querido o aproximado del experimento!

    Para mayor alegría, el tal David le explica a Tris que ella es la única Divergente Pura, la única que de verdad no tiene taras genéticas (de ahí que pudiera abrir el Artefacto de la segunda película; de ahí que, sutileza, en esta película sólo vista de blanco). Pero que ella no es hija de Chicago. Su madre fue introducida en Chicago por la Agencia, para ver si se avanzaba algo con el experimento, que andaba un tanto atascado. Les confieso que no soy ni sociólogo ni biólogo. Pero si se está llevando a cabo un experimento en unas condiciones concretas, aislando severamente el lugar donde se está llevando a cabo tal experimento, introducir un elemento extraño, ¿no viene a poner en riesgo todo el experimento y, por ende, sus resultados?

    Tris, siendo la única Divergente Pura, es, según David, prueba de que el experimento funciona. Un momento, un momento, Director. Si llevan ustedes varias generaciones dejando que los de Chicago se reproduzcan a la buena de Dios, a ver si por suerte sale algo bien (qué diría de esto la Bene Gesserit) y en todo ese tiempo sólo obtienen un resultado positivo… ¿no sería prudente pensar que puede ser una casualidad? Si el método es el correcto, ¿no deberían haberse obtenido más Divergentes Puros? Para David, no. Y se lleva a toda velocidad a Tris a la sede del Consejo a presumir.

    En esta escena puede haber otra de las claves de la saga. A saber, que sí, que es todo una estafa. Una estafa con David, Director de la Agencia, en el centro. David no presenta documentación ni informes al Consejo. Sólo a Tris. Y el Consejo decide interrogar a Tris porque, lo dicen textualmente, David ya les ha mentido en ocasiones anteriores.

    Es decir, como apuntó agudamente uno de los valientes amigos que me acompañaban en el visionado de este engendro, que la auténtica trama de la película es la de David tratando de sacar fondos al Consejo. Es como un capítulo infame de “El Ala Oeste” o “The Thick of It”: el jefe de un departamento se está quedando sin dinero, la misión de ese departamento no ha sido cumplido y no hay visos de que vaya a serlo en breve, los que controlan el dinero se impacientan… ¡Algo hay que hacer! ¡Aunque sea hacer pasar una casualidad afortunada como un resultado exitoso! Todo, Chicago, las facciones, los divergentes… todo es el proyecto enloquecido de David, que sencillamente no acepta que sigue perseverando en un error. También, vaya gente, la del Consejo. Una de dos: o creían que la Agencia de David lo estaba haciendo más o menos bien (algo que no encaja con saber que el mismo les ha mentido a la cara en el pasado) o no les importa. Claro que, si no les importa, ¿por qué darle una base reluciente, unos laboratorios equipados y un ejército? No parece barato.

    Así llegamos a la respuesta medio abierta de la saga: los Fundadores son o unos idiotas obsesivos (como David) o unos incompetentes (como el Consejo, cualquiera de las opciones que escojamos pata explicar su conducta). Al menos, este universo tiene coherencia.

    Entre tanto, en Chicago, la Lideresa y la jefa de los Naranjas están en pie guerra. Los enemigos de la Lideresa se hacen llamar “Leales”, de ahí el título: Leales al sistema de Facciones. O sea, son contrarrevolucionarios. Y no, tampoco esta vez hacen uso de su monopolio sobre la comida para derrotar a sus enemigos. Agarran fusiles y cargan de frente.

    Tris y los suyos deciden regresar, cada uno como puede, a Chicago, porque ya no se fían de David. No ayudó que presenciaran a los soldados de la Agencia secuestrando críos de las zonas fuera del dominio del Consejo y borrándoles la memoria. Los críos estos serán nuevos súbditos del Consejo, parece, y se supone que se les va a tratar sus enfermedades y sus deficiencias genéticas, aunque todo esto se comenta de pasada y no me queda muy claro el empeño de la Agencia por convertirse en una guardería gigante, sobre todo si Chicago es la gran apuesta para encontrar la solución de tales deficiencias.

    Luego de una evasión tan ridícula como la del prólogo (Tris escapa en la nave privada del malo, usando el piloto automático…¡y el malo no puede redirigir su propia nave, aunque sí puede cortar sus comunicaciones!), logran llegar a la ciudad, en medio de la batalla entre los de la Lideresa y los contrarrevolucionarios.

    David, que no ha estado del todo de brazos cruzados, ha enviado al peor espía del mundo (el insufrible Peter) para hacer un pacto con uno de los bandos enfrentados y restaurar el sistema de facciones. Por supuesto, la oferta se hace a la Lideresa de los descastados, en vez de a la jefa del bando pro-facciones. Es de una lógica cristalina. ¿Cómo sabe la Agencia lo que ocurre en Chicago? Porque tienen un sistema de vigilancia que les permite proyectarse dentro de la ciudad, si que nadie les vea. Como si fuera un juego de realidad virtual. Es el sistema de vigilancia más patético concebible para supervisar grandes masas humanas: es necesaria una red de espías virtuales las 24 horas del día paseándose por la ciudad. El trabajo de una videocámara lo tiene que hacer siete espías.

    El plan secreto que David ofrece a la Lideresa es el siguiente: liberar el gas de amnesia en la ciudad, de modo que nadie recuerde nada y se pueda restablecer el sistema de facciones, con la Lideresa como gran jefa. Sin dar mayor trascendencia a lo que supone traicionar toda su vida, la Lideresa accede.

    ¿Dónde esta el gas? Almacenado en el antiguo cuartel general de los Eruditos. Pero ese no es un gas desarrollado por los Eruditos, sino por la Agencia. Si está allí, conectadas las bombonas a todo el sistema de ventilación de Chicago, es porque la Agencia lo puso allí, tal vez por si las cosas se salían de madre, como está pasando en ese momento. Sería lícito preguntar por qué la Agencia instalaría esa especie mecanismo de reinicio del sistema y no un medio para activarlo a distancia. Porque si puede activarlo a distancia, ¿para qué hacer tratos con la Lideresa y convencerla de que lo active ella? Claro que luego se ve en una escena como David, desde su base, abre y cierra por control remoto puertas y accesos dentro de Chicago. El alcohol no da consuelo, ya.

    Y entonces, tras evitar que el gas le quite la memoria a la gente (el gas sí se bombea por el sistema de ventilación, pero desaparece por ensalmo al presionar un botón), Tris da un discurso en plan Enrique V de latón, unificando a toda Chicago contra la Agencia, el Consejo y el Departamento de Correos. Y se acaba la película. Lo cual implica que habrá otra. Y que habrá que verla.

    Uno se hace un ovillo en el suelo y gime, en un Cosmos gélido e indiferente.

Anuncios

septiembre 29, 2014

Cómo no organizar una Distopía

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:32 pm
Tags: ,

            Por aquello de que un domingo por la tarde uno está vago, se cometen ciertos errores. Miren que podía haber hecho cosas mejores con mi vida. Continuar la lectura de “Las benévolas”, de Jonathan Littell, una novela inquietante de la que tal vez hablemos algún día. Ponerme de una vez con “The honourable woman”. Mirar fijamente un punto en la pared. Escribir un borrador de un relato para luego vociferar que es basura, prepararme café y sentirme escribidor. Pero no. Tuve que ver “Divergente”. Morbo, quizás. Masoquismo. A saber.

            En fin, no voy a detenerme en comentarla, en tanto película. No hay por dónde cogerla. Ni en la dirección, ni en la fotografía, ni en la banda sonora, ni en las actuaciones (santo cielo, las actuaciones), ni en el guión. Está basada en una novela de este género que viene a ser a la ciencia-ficción lo que la saga Crepúsculo al terror. Y dice IMDB que hay secuelas en camino. Así que hagamos acopio de paciencia.

Divergent

            La historia (ja) se desarrolla (jajaja) en una Chicago en ruinas. Se nos habla de una guerra que armó la zapatiesta, sin mayores detalles. Esto es, por no saber no sabemos si aún hay una guerra. Lo que sí parece es que un grupo relativamente numeroso de gente se refugió en la ciudad y levantó una valla alrededor. Valla que no parece comparable al Muro de Berlín, ni al Muro de Poniente ni a ningún otro Muro merecedor de dicho nombre, en este mundo o en otros. Se supone que es un muro para evitar que unos posibles invasores (¿quiénes y por qué?) traten de entrar, más que para mantener a la población dentro. Bueno, bueno, noten ustedes que esto no es malo por necesidad. La fortaleza de “El desierto de los tártaros” esperaba una hipotética invasión y lo inconcreto, nebuloso, irreal de esa invasión es uno de los geniales pilares de ese gran libro. Obviamente, aquí genialidad hay poca.

            Los visionarios que decidieron levantar la valla, también decidieron que la mejor manera de mantener la sociedad estable e inmutable (ya saben, esas cosas que Maquiavelo, entre otros, ya escribió que son imposibles) consistía en dividir a la sociedad en castas. Ahora, como “casta” queda feo, llamémoslas “facciones”. Mucho mejor. Facción jamás ha tenido connotaciones negativas. Cinco facciones, cinco grupos, cada uno en una según sus habilidades. Y cada una tiene asignado un color y sólo puede vestir de ese color ¿No husmean ustedes ya el olorcillo de la distopía?

Divergent_trailer

            Tenemos a unos de Blanco, los Honestos, creo, cuya mayor habilidad es decir siempre la verdad. No teman, que nadie va a meterse en espinosos debates filosóficos. Dicen lo que les viene a la cabeza, sin pararse a pensar, sin filtro (esto lo dice un personaje literalmente en la película y nadie desmiente semejante afirmación). A estos Blancos Honestos se les confía el ejercicio del Derecho. No voy a hacer chistes fáciles, pero coincidirán conmigo que unos tipos dedicados a resolver conflictos mediante argumentos y a aplicar la ley deberían ser capaces de pensar antes de hablar Tal vez, vaya. Es una suerte que no haya contactos con otras ciudades, porque supongo que serían los diplomáticos, otro gremio donde tampoco importa mucho medir las palabras.

            Luego están los de Negro. Estos son los Intrépidos. Según nos cuenta la protagonista, estos muchachos (no se ve uno que supere los treinta años, menos un jefe), son el ejército y la policía. ¡Ah! Una esperanza. Mezclar ejército y policía puede ser marca de una buena sociedad distópica. No de las más sutiles ni inteligentes, pero tener soldados actuando como policías suena a dictadura. Rompe un poco el encanto que las tres primeras veces que los veamos, estos Intrépidos estén corriendo y dando saltos por las calles, trepando a fachadas y a puentes, riéndose, en plan “somos la hostia, no como esos aburridos de ahí”. Se respira la disciplina en sus apariciones. Más tarde se nos trata de convencer que hay un riguroso entrenamiento y que saben obedecer las órdenes sin rechistar (algo que contradice de manera clara lo que viene a ser la mitad del argumento de la película, por cierto). Pero a uno no se le olvida que parecen más la caricatura de una tribu urbana medio punk con exceso de anfetaminas en sangre.

18

            Hay unos de Naranja, dedicados a la agricultura. No recuerdo su nombre. Llamémoslos Aburridos. Los Aburridos siembran y recolectan. Según parece, están de un buen humor constante, con un aire a lo hippie un tanto extraño. Son ninguneados de manera flagrante en la historia. Nadie con dos dedos de frente querría ser un Aburrido y vestir de naranja. Sin embargo, observe el político sagaz que estos tienen el monopolio de la comida. Si los Aburridos quisieran, el resto de la ciudad no tendría un guisante que llevarse a la boca. No se nos da pista alguna de que sean otras facciones los que les den instrucciones. Porque más bien parece que cada facción se ocupa de sus asuntos sin admitir órdenes de las demás, como compartimentos estancos. Así que los arquitectos sociales de esta ciudad han dejado el poder de alimentar o dejar morir de hambre al resto en una sola mano. Hábiles, sin duda.

            Tenemos a continuación a los Azules. Los Azules son los Eruditos. Los que saben cosas. No nos concretan más. Por las imágenes parece que son los científicos y los técnicos. Silencio sobre si alguno es además humanista o desarrolla las ciencias sociales. Silencio de la película, quiero decir. En sus dos horas y pico no hay nadie que tenga un libro entre sus manos. Ni que mencione su existencia. Y esto no como en, por ejemplo, la célebre obra de Bradbury. Da la impresión de que para los creadores de este universo el hecho de que no haya rastro de arte, de filosofía, de fenómeno religioso (sea en forma de creencias o de ateísmo) es normal. No un indicio de pesadilla social. Algo que dice bastante de ellos y de su universo.

divergent-movie-screenshot-erudite-camp

            Por último están los Grises. Altruistas o Misericordiosos o algo similar. Se dedican a atender a todo el mundo, a ayudar a las viejecitas a cruzar por el paso de cebra, a bajar la basura del vecino y a ser amables. Y a gobernar. Pasmo. ¿Gobernar? Los Blancos aplican la ley. Los Negros tienen pistolas. Los Naranjas, la comida. Los Azules, la ciencia y la tecnología. Los Grises gobiernan. Pero, ¿cómo? ¿Son los legisladores? ¿La Administración? ¿Recaudan los impuestos? ¿Acuñan la moneda (¿hay moneda?)? ¿Reparten el correo? ¿Se encargan del suministro energético? Ni idea. La película ignora con gloriosa despreocupación estas cuestiones. Nos dice que gobiernan y se queda tan ancha. En un alarde de generosidad, nos dice que un tal Marcus es el Líder.

                ¿Quién demonios ha elegido a este fulano? ¿Los demás Grises? ¿Las demás facciones tienen voto o representantes? ¿Hay algún organismo de coordinación interfaccioso? ¿Cómo se las arreglan los Grises para gobernar- suponga esto lo que suponga- si no saben qué piensan o cómo les va al resto de facciones? Y si cada facción hace de su capa un sayo, ¿cómo se organizan internamente? El gobierno de los Grises, ¿hasta dónde puede intervenir en los asuntos de las facciones?

               Nada de esto se nos dice. Ni se plantea por ningún personaje. Claramente, ninguno de estos problemas tiene importancia y ningún grupo humano a lo largo de la Historia les ha buscado solución, porque, total, para qué. La única cuestión de organización social que se nos responde es cómo entra cada uno en una facción. Y agárrense, porque esto empieza a ser delirante.

Divergent25

            Si uno decide que la base de su sistema social sean las castas, tiene dos opciones básicas. La primera es aplicar el nacimiento: si naces en la casta A, A serás, y tus hijos también. Sin excepciones. Este sistema prima la estabilidad, y es una papeleta segura hacia la esclerosis. La otra posibilidad es que el Estado se lleve a los críos desde el nacimiento, los eduque y los distribuya según sus talentos. De un modo más perfecto, los puede criar, aun con métodos eugenésicos, predeterminándolos para una clase social (“Un mundo feliz”, vaya).

            ¿Qué hicieron nuestros linces Fundadores? Ni lo uno ni lo otro. Hola, joven. Has nacido entre los Azules. Muy bien. Durante tu infancia y adolescencia vivirás entre los Azules, sin apenas contacto con los demás. Luego, cuando alcances una edad (sobre los dieciocho, da la impresión), te haremos un test. “Trust the test”, es uno de los lemas de la ciudad. El test (consistente en inyectarte sabe el cielo qué, que tengas una alucinación y examinar tu reacción) te indicará cuál es tu habilidad o virtud. ¿Eres honesto, o inteligente, o valiente, o amable, o feliz? Te has criado toda tu vida en un ambiente que machaconamente prima sólo una de esas características, pero igual tú tienes alguna de las otras. Ah, pero el resultado no es imperativo. Con lo cual, el día de la elección, por tus santas narices, puedes irte a la Facción que te dé la gana. Una vez que eliges, chaval, ya no hay marcha atrás.

9

            Bien pensado. Es decir, que sabemos a ciencia cierta que tenemos entre manos a un futuro as de la microbiología, pero dejamos que decida, si eso, que le apetece más dar saltos entre los edificios, de risas. Y aunque luego se dé cuenta de que ha metido la pata y que lo suyo son las probetas, no aceptamos correcciones. Muy astuto. Oh, pero es que dentro de las Facciones hay entrenamientos, porque, claro, no todos valen. Y los que no pasan el entrenamiento, ¿a dónde van? A engrosar una sexta clase: los descastados. Veamos si lo he entendido bien. ¿Yo, el posible Premio Nobel de Física, voy a ser expulsado del sistema, por siempre jamás, porque un día, de chaval, decidí que me molaba más ser soldado, y luego se vio que no cuajaba? Excelente gestión de recursos humanos. Ni libertad de verdad ni despiadada eficacia. No me extraña que Chicago siga en ruinas.

            Ah, claro que esto da lugar a otra pregunta. Estos descastados son los que no han superado las pruebas. Nos los presentan como vagabundos a los cuales da la impresión de que se les haya practicado una lobotomía. Ahora bien, ninguna mención a ello hay. Simplemente, con los datos que hay encima de la mesa, son personas que eligieron mal su facción. El que se creía muy valiente, en realidad era muy inteligente. El que se creía futuro juez del Supremo en realidad hubiera sido un ingeniero de caminos estupendo. Pues bien, si tienes a un grupo no pequeño de personas sin esperanza de encajar en el sistema, pero con talento de sobra, ¿no sería razonable pensar que esta buena gente se organizaría de modo clandestino? Los Fundadores, a lo que parece, tampoco se plantearon la cuestión. Y con razón, porque en la película, los descastados se limitan a babear un poco por las esquinas. Una vez más, sin razón ni explicación.

1947gb3vjdx8cjpg

            Oh, aún hay más. Hemos dicho que el test te dice si eres inteligente o valiente. Pero cuidado como se te ocurra ser inteligente Y valiente. Porque tampoco vale. Como demuestres aptitudes para varias Facciones, no encajas. Eres una cosa rara llamada Divergente. Y, como tal, una amenaza para la sociedad. Desde luego, esta sociedad no tiene parangón en la lista de Sociedad Distópicas. Bajo el Gran Hermano, o en el mundo de “Brazil”, uno tenía que ser ciegamente obediente. Pero si lo eras, y además tenías varios talentos útiles, bienvenidos sean. Aquí no. Si sabes pegar tiros, no puedes saber cómo mejorar las armas, que eso es conocimiento técnico. Si eres compasivo, ya no puedes dedicarte a la ciencia. Si eres sincero, olvídate de tener agallas.

            Podríamos aceptar un régimen que busque la hiperespecialización y la mediocridad si hubiera una casta de superiores tirando de los hilos. Pero aquí, lo más parecido, los Eruditos, sólo saben de lo suyo. Están poco conformes con el status quo, porque no gobiernan ellos. Así que deciden arreglarlo mediante el clásico golpe de estado (deducimos, pues, que no hay elecciones ni órganos interfacciosos ni nada que se parezca a una estructura institucional, ni pública ni corporativa; las juntas de vecinos están mejor organizadas). Antes se desacredita en los medios de comunicación a los Grises, mediante tergiversaciones y medias verdades. Anda, hay medios de comunicación. ¿Son empresas privadas? ¿Son del Estado? ¿Quién los dirige y trabaja en ellos? ¿Los Grises, como parte del gobierno? Entonces, ¿por qué se desacreditan? ¿Los Eruditos? ¿Qué tiene que ver la prensa con la ciencia? ¿Los Blancos? ¿Esos no tenían que decir siempre la verdad, completa? ¿Los hippies? Saben tanto como yo.

628x471

            Para un golpe de estado siempre es bueno tener a los militares de tu lado. Los líderes Intrépidos están por la labor, pero no se fían mucho de la disciplina de los suyos. Normal, viendo cómo cogen el tren, los muchachos. Así que los Eruditos se sacan de la manga un suero que convierte a los soldados en autómatas. Luego los mandan a fusilar a los Grises. ¿Pero qué ganan los Intrépidos? Van a seguir en la misma posición de poder. El sistema de facciones va a mantenerse igual, sólo que con los Grises de servidores. Los únicos que ganan son los Eruditos. No hay ni la sombra de mención a una posible alianza de líderes Eruditos e Intrépidos para imponer una dictadura más descarada. A todo esto, si los Eruditos tienen una droga que les permite convertir en borregos a los demás, ¿para qué demonios necesitan a los militares? Se les da a todo el mundo y listo. ¿En serio no se les ocurre ningún medio para inocularlo discretamente? ¿No han visto “Teléfono rojo”? Aparte, si los Blancos y los Naranjas ven que se liquida a los Grises, ¿no se plantearán si luego van ellos? ¿Dónde queda la sagrada estabilidad?

           Así que, en resumidas cuentas, tenemos una ciudad sin organismos conocidos de legislación y gobierno, donde cada facción se ocupa sólo de una parte de la vida, sin diálogo entre ellas, donde si vales para más de una cosa te pegan un tiro en la nuca, por ir de superior, donde si te has equivocado una vez en la vida te conviertes en un sin techo idiotizado (por alguna causa desconocida), donde la lealtad suprema es para la facción y no para la ciudad…

              En fin. Alguien tenía que ser el pringado en la clase de dictaduras. Pero yo me buscaría un buen Patricio.

Blog de WordPress.com.