Con un vaso de whisky

junio 26, 2018

La pendiente resbaladiza

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:20 am
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    Uno de los más importantes descubrimientos que se hacen en la vida es el comprender que el mal tiene muchas veces su origen en el bien. Es un descubrimiento enriquecedor, porque le vuelve a uno inmune o, al menos, escéptico ante los maniqueísmos fáciles. Saber que en el corazón humano el bien y el mal se mezclan tanto que somos auténticos hombres grises impide aceptar sin más que esta persona o aquella otra sean demonios inhumanos o ángeles sobrehumanos. Pero también implica saber que las más nobles, justas, elevadas ideas puede ser el origen de las más tenebrosas, crueles y horripilantes acciones. Y que estas ideas nobles pueden corromperse hasta convertirse en ideas rígidas y despiadadas. Ideas que pueden llevar a una persona a cometer u ordenar actos atroces, bien retorciendo la idea original para adaptarla a sus propios designios e intereses o bien al estimar que el bien superior absuelve de los males instrumentales.

   Lo gracioso es que uno puede pensar equivocadamente durante mucho tiempo que los mayores adversarios de la idea pura son aquellos que se aprovechan cínicamente de ella. Los hipócritas, los corruptos, los sepulcros blanqueados. Hacen mucho daño, no hay duda. Pueden resultar repelentes incluso a aquellos que no compartan la idea o creencia en cuestión, pero que respeten la integridad de los que la defienden honradamente. Sin embargo, los honestos pueden ser mayores monstruos que los hipócritas. Para ello sólo es necesario que su honestidad sea diamantina: dura, inflexible, incapaz de aceptar otro punto de vista. Si eso ocurre, el diálogo entre personas de buena fe e ideas diferentes es un imposible. Es el germen de toda tragedia que merezca ese nombre.

   Los hipócritas habilidosos y los fanáticos honestos pueden desconfiar unos de otros pero también pueden colaborar entre sí. Los hipócritas, manipulando a los honestos (o suponiendo que lo hacen). Los fanáticos, creyendo que sus socios lo son también o sabiendo que no, pero considerando que ese bien que puede justificar cualquier matanza ciertamente permite una alianza así. Temporal, claro. Tarde o temprano, habrá un enfrentamiento. Las historias de estas ententes o duelos entre personas o facciones flexibles y rígidas siempre son fascinantes, incluso las grotescas.

   Las consecuencias para las sociedades donde tienen lugar han sido, en fin, no muy gratas.

   Como somos una especie con una obsesión notable por cometer los mismos errores una y otra vez (con algunos cambios de accidente, manteniendo, decididos, la esencia), estoy observando con una perplejidad un tanto alarmada lo que ocurre estos tiempos.

   Veo a mucha gente, de buena fe en su inmensa mayoría, que está tomando un camino extraordinariamente peligroso. Varios, quizá, creyendo que el bien perseguido merece que se corra un riesgo. Otros, sin ver ese riesgo. Que es pavoroso.

   Ya he escrito en otra ocasión que una de mis escasas convicciones (otras incluyen que la tortilla de patata debe llevar cebolla o que el whisky es como el café, mejor sin añadidos) es un escrupuloso respeto por la presunción de inocencia y el derecho de defensa en los procesos criminales. Ese respeto tiene que incluir el respeto a los tribunales, de jueces o de jurados, ante los cuales se desarrollan los procesos donde el acusado es presumido inocente y ha de poder defenderse.

   Aclaro rápidamente: el respeto a un tribunal no implica una admiración ciega, acrítica, de su decisión. Implica otra cosa: que si esa decisión se ha tomado respetando los principios del proceso, está argumentada y razonada, se acata, aunque se discrepe de ella de la manera más pública y vigorosa. Si una parte no está de acuerdo y hay recurso, se recurre. Pero se acata. Incluso si la norma nos parece incorrecta. En ese caso, lo que hay que hacer es cambiar esa norma. Y una de las características de una sociedad bien ordenada (lean a Rawls; no, en serio, léanlo) es que las normas se han de poder cambiar.

   Soy muy consciente de que los cambios en las normas no siempre han sido o son fáciles. Que hay sociedades con mecanismos de cambio mejores y otras con mecanismos peores o incluso infames. Estimo, no obstante, que incluso con todos los defectos que les aquejan, la parte del mundo donde vivimos, el occidente europeo, ha alcanzado unos sistemas razonablemente buenos de cambio normativo. No quiero idealizarlos, tampoco demonizarlos.

   Ahora bien, el derecho de crítica a las decisiones de jueces y jurados y la posibilidad de cambio de normas implica también una cierta responsabilidad. La crítica exige que el crítico sea leal y contraargumente con las mismas armas que pudo usar el tribunal: o sea, jurídicas. Y, claro (esto parece asombroso tener que decirlo, pero visto lo visto, no está de más), se tiene que criticar lo que diga la resolución, lo que diga de verdad; no un resumen sesgado, no un rumor de lo que se supone que dice. La prohibición absoluta de las decisiones secretas o sin justificar de los tribunales fue un triunfo de la sociedad. Caramba, pues que sirva para algo.

   Las normas sí que se pueden y aun deben criticar desde perspectivas sociales, económicas, políticas o ideológicas. Para eso están los Parlamentos, entre otras cosas, para debatir las normas existentes y las que sean propuestas. Y por eso es bueno que las sesiones parlamentarias sean públicas (con excepciones que deben estar muy justificadas y delimitadas) y que exista debate en eso que hemos venido a llamar la sociedad civil.

   La otra cara de la moneda es que esos cambios serán responsabilidad de aquellos que los propusieron, de quienes los apoyaron y de quienes los aprobaron. Se puede ser responsable de cambios para mejor. Y de cambios para peor.

   En la magnífica película “Juicio en Nuremberg” (traducido el título de manera un tanto absurda como “Vencedores o vencidos”) el ex juez alemán Ernst Janning, ahora acusado, suelta uno de los más memorables discursos del Cine. Algunas de sus palabras pueden ser proféticas; no porque anuncien el futuro, gracias a visiones sobrenaturales, sino porque advierten sobre los peligros del presente: “¿Qué importancia tiene que unos cuantos extremistas políticos pierdan sus derechos ? ¿Qué importancia tiene que unas cuantas minorías raciales pierdan sus derechos? Es sólo una fase pasajera. Es sólo una etapa por la que debemos pasar. Tarde o temprano será descartada. El mismo Hitler será descartado, tarde o temprano… El país está en peligro. ¡Salgamos de las sombras! ¡Marchemos hacia delante! ¡Adelante es la palabra mágica! […] Y , entonces, un día, miramos a nuestro alrededor y comprendimos que estábamos en un peligro mayor. El ritual que comenzó en esta sala de vistas se había extendido como una rabiosa enfermedad rugiente. Lo que iba a ser una fase pasajera, se había convertido en un modo de vida.”

   Resulta estremecedor escuchar o leer ciertas cosas, estos días. El desdén por la presunción de inocencia o por el ejercicio de la defensa. Sobre eso ya escribí, no voy a repetirme, aunque me parece fundamental. Pero la cosa va más allá y se está volviendo incluso más aterradora.

   Supongamos, pues, que ciertos individuos son, en efecto culpables. Lo son porque lo han dicho los tribunales (que se pueden equivocar, son falibles, puesto que son humanos). La sociedad donde viven ha determinado que esa culpabilidad implica la pérdida de ciertos derechos. Y aquí una sociedad tiene que decidir y definirse: ¿qué haremos con esos culpables? ¿Qué derechos podemos arrebatarles? ¿Y durante cuánto tiempo? Algunos opinan que los seres humanos tienen una serie de derechos que les son propios por propia dignidad, sea su origen divino o natural. Otros opinan que esos derechos son creación social y legal. Las listas tienden a coincidir. Para unos, la sociedad reconoce esos derechos; para otros, los crea. El punto de partida es diferente pero el fin es el mismo. Porque, aun cuando discrepen sobre ese origen, unos y otros consideran que será mejor una sociedad que reconozca o cree una serie de derechos frente a otra que los niegue o no los admita.

   ¿Qué hay del culpable (tremenda palabra) de un crimen? ¿Lo colgaremos, entre antorchas y horcas, del árbol más cercano? ¿Lo expondremos en la plaza pública y escupiremos sobre él? ¿Lo lapidaremos? ¿Lo encerraremos, en un agujero oscuro, sin comida, sin agua o en condiciones que respeten su integridad física y mental? ¿Durante un tiempo limitado? ¿Hasta que creamos que puede regresar a la sociedad, sea esto cuando sea? ¿Para siempre? Y, si ha vuelto, ¿volverá como un ciudadano en plenitud de sus derechos o como un ciudadano limitado? ¿Le daremos ese pasaporte amarillo que Jean Valjean tenía que mostrar y que le cerró todas las puertas de la aldea, menos una? ¿Le coseremos una letra escarlata, para que su pecado sea perpetuamente recordado, aunque la religión que esos jueces decían respetar predica el perdón y la reconciliación?

   La sociedad, o partes de ella, claman por su seguridad y no es una reclamación absurda. El miedo, sin embargo, siempre ha sido un buen aliado de los hipócritas y de los fanáticos.

   Seamos francos: ¿creemos, como sociedad, que el culpable, cualquier culpable, el culpable del más terrible crimen, es un ser humano, es un ciudadano y tiene derechos? ¿Creemos, como sociedad, que podemos quitarle los derechos que establece la ley, nuestra ley, y ni uno más? ¿Creemos que ese culpable ha de tener la posibilidad de rehacer su vida, una vez que la pena se haya cumplido? ¿O creemos que no, que el culpable, o algún culpable, es un eterno réprobo, que ha de ser expulsado de la comunidad, que no es digno de estar entre nosotros?

   Son preguntas graves, que toda sociedad se ha hecho, se hace y se hará. A nosotros nos toca responderlas. Sabiendo que con esa medida que hemos establecido, tal vez, seremos medidos nosotros.

   En uno de los estupendos relatos de Chesterton (“Las estrellas errantes”), el padre Brown advertía a su amigo el aún ladrón Flambeau: “Los hombres han sido capaces de mantener un cierto nivel de bondad, pero nadie ha sido capaz de mantener un cierto nivel de maldad. El camino es siempre descendente”. Esto vale para los individuos y para las sociedades.

   Y ya sabemos a dónde llevan los caminos empedrados de buenas intenciones. Ya hemos estado allí, demasiadas veces.

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