Con un vaso de whisky

enero 28, 2017

Una sobrina de Dickens

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:58 pm
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       A series of unfortunate events es una saga de libros, escrita, según parece, por Lemony Snicket. Una saga que no he conseguido leer aún y que tengo entre mis deudas personales. Lo que sí he podido hacer es ver las dos versiones, cinematográfica y televisiva, se han efectuado. La primera, la disfruté en una de esas tardes donde uno se deja llevar por la vagancia y decide ver lo que por casualidad encuentre. Pasé dos horas entretenidas. La segunda la vi con plena conciencia y bastante curiosidad. Pasé ocho horas muy entretenidas.

      La adaptación que Netflix ha efectuado tiene una factura formal perfecta. Desde las primeras escenas, la atmósfera de la serie me agradó: un mundo muy cercano al real, al cotidiano, pero justo fuera del mismo. Una pequeña exageración en el color aquí, una mezcla anacrónica de ropas y mobiliario por allí, maquinarias algo estrafalarias en una esquina, una época que casi se puede determinar, pero sólo casi, en la que se cuelan facetas de diferentes décadas y países… aunque nada realmente fantástico, nada mágico, nada salido de un cuento de hadas. Nada tengo yo contra lo fantástico, lo mágico ni los cuentos de hadas, antes al contrario; ahora bien, el falso realismo casi mágico es una ambientación ambigua, borrosa y llena de grises, por colorida que aparente, la cual, si está conseguida, me fascina. Esta serie (llena de desdichas; perdón), lo consigue.

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         Voy a procurar no hacer destripe alguno. Por lo tanto, no comentaré la trama. Sin embargo, como prefiero empezar indicando lo que me parece flojo de una película, serie o libro y como uno de mis dos mayores problemas está con un punto de la trama o, más bien, en cómo se muestra un punto de la trama, me arriesgaré un poco. En el último capítulo de la temporada hay un momento tramposo y que revela una trampa que se lleva preparando desde varios capítulos atrás. No es una trampa grosera y, en verdad, si uno llevase a los guionistas y directores a juicio, podrían sus abogados muy bien argumentar que en verdad la culpa es casi toda del espectador, por no hacer caso al consejo de Javier Cercas: hay que desconfiar del escritor. No obstante, una trampa casi igual se tendía en “El silencio de los corderos” (la película de Jonathan Demme) y bien tendida estaba; aquí, en cambio, en el momento cumbre de la trampa, justo antes de que se cerrara sobre el espectador, se olía lo que iba a pasar. Y eso es indigno de un buen trampero.

      El segundo problema lo tengo con los actores que dan vida a los protagonistas. No respecto del bebé, claro, es un bebé. Pero los dos actores que encarnan a Violet y Klaus Baudelaire (Malina Weissman y Louis Hynes) me resultaron un tanto sosos, poco expresivos. Aunque desde luego la que les cae encima a los Baudelaire es suficiente para dejar sin aliento a cualquiera, estos críos inteligentes, capaces y resolutivos, según nos dicen y según se desprende de sus acciones, no terminan de conciliarse con unos actores un tanto monótonos. Ni en sus momentos de casi alegría, ni en sus momentos de lucha, ni en sus momentos de desesperanza sentí simpatía alguna por los tres huérfanos, tal y como aparecían en la pantalla.

       Y esta falta mía de empatía por los Baudelaire me lleva a mi pequeña tesis: que esta serie y, supongo, los libros en los cuales se basa, tiene muchos ecos del mundo dickensiano.

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        Los protagonistas de Dickens (con la gloriosa excepción de Mr Pickwick) son bastante inaguantables. ¡Oliver Twist! ¡David Copperfiled! ¡Hasta Pip! Huérfanos, casi siempre, sobre ellos se abaten tremendas desgracias. Pese a que Dickens obviamente simpatiza con ellos y pese a que los corazones de generaciones de lectores han sangrado por ello, a mí siempre me han causado un principio de dispepsia. Dickens nunca es peor que cuando se vuelve sentimental y con sus protagonistas huérfanos, el viejo Charles prácticamente solloza.

       Los Baudelaire son huérfanos (no cuenta como destripe, se dice en los primeros cinco minutos de la serie). Sobre ellos se abaten tremendas desgracias (tampoco es destripe; diablos, está en el título). Son bastante dickensianos. Pero podrían haber sido personajes cuasi dickensianos que me cayeran bien. El hecho es que estoy bastante seguro de que los personajes de Violet, Klaus y Sunny sí me caen bien. Tiene virtudes estimables. Me caían bastante bien en la película de 2004. Es en esta versión en la que no logro sentir por los tres hermanos más que cierta indiferencia.

      La influencia de Dickens es aún más clara cuando alzamos la vista y nos fijamos en la legión de secundarios. ¡Ah, en eso sí que era Dickens un maestro! Ningún escritor, aunque ha tenido muy meritorios alumnos y seguidores, logra poblar una novela con tal cantidad y variedad de criaturas extrañas, positivas y negativas. Más duendes que personas, opina, creo, Chesterton, en una de sus críticas. Los secundarios y terciarios que pululan en torno a los Baudelaire difícilmente pueden considerarse positivos, con escasas excepciones, como el tío Monty o la llena de recursos Jacquelyn. En general son neutros o pragmáticamente negativos, por buenas intenciones que tengan: así están el ilimitadamente obtuso y cuadriculado Mr Poe, la ingenua juez Satruss o la traumatizada tía Josephine.

A Series Of Unfortunate Events

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       Del lado de la villanía, un grupo de esbirros patibularios, grotescos y torpones, que sirven de séquito para el malvado de la función, el pérfido conde Olaf. Olaf es uno de los motores de la serie. Neil Patrick Harris hace un buen trabajo, al dar vida a este antagonista excéntrico. Olaf es un personaje peculiar. Por un lado, es un pésimo actor, pese a estar convencido de lo contrario. Su inmenso ego le hace creerse el mayor actor existente y todas sus intrigas exigen que se disfrace, adoptando una u otra personalidad; es siempre obvio, tanto para los Baudeliare y para el espectador (¡pero sólo para ellos!) que detrás del maquillaje, intenta ocultarse el conde. Hace falta ser buen actor para interpretar a un mal actor que se pasa la vida actuando. Harris sale con bien del lance.

       Hubiera sido muy sencillo convertir al conde Olaf en un mero villano ridículo, cuya derrota resultaría inevitable a manos de los héroes, quienes no tendrían que sudar mucho para desenredar sus ardides. Pero entonces no sería ésta “Una serie de catastróficas desdichas”. Lo más interesante de Olaf es que, siendo un mal actor, siendo torpe, siendo cómico, siendo grotesco, es, en efecto, una amenaza real. Sus planes, dentro de este mundo, están siempre a punto de fructificar. Consigue, implacable, rastrear a los tres huérfanos, por mucho que ellos se oculten, huyan y pongan tierra de por medio. El conde, tarde o temprano, siempre está ahí. Y es malvado, cruel, despectivo y asesino. Es un malvado-cómico a quien los protagonistas tienen que tomar en serio.

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        Otro de los grandes aciertos de la serie es el narrador. El mismo Lemony Snicket (o quien se nos presenta como tal), nos acompaña desde el primer segundo. Con su aburrido traje y su aburrida corbata, su voz grave, melancólica y pesarosa, su mueca taciturna, las intervenciones del narrador, haciendo de ventana en la cuarta pared, dan el tono del humor de la serie: seco, negro, con ciertos toques absurdos y un regodeo un poco enfermizo en sus recordatorios constantes de que ésta no es una historia con un final feliz, ni tampoco con un comienzo o un intermedio muy alegres. Es un astuto recurso televisivo para suplir uno de los, supongo, mecanismos de la saga literaria. Una novela puede apoyarse en el narrador, omnisciente o no, para desarrollar pensamientos, contexto y el humor o el drama propios de la obra. En el cine y la televisión, que tienen otros recursos, la traducción de esta técnica literaria es complicada o imposible. La solución de esta adaptación es ingeniosa y en absoluto artificiosa: el narrador encorbatado se integra sin chirridos en la pantalla y su presencia física lo vuelve más cercano y atractivo que una simple voz en off.

       Con tres huérfanos, unas tramas que aún habrán de retorcerse más, secundarios estrafalarios y uno de los malvados más peculiares del que tenga noticia, “Una serie de catastróficas desdichas” es una digna familiar indirecta de Charles Dickens y su mundo literario. Aunque, al acercarse al final de una obra de Dickens, normalmente, se acerca uno a una luz tras tanta oscuridad, dolor y pérdida que habían afligido a los protagonistas. Aquí, si Mr Snicket no nos miente, los Baudeliere sólo se adentrarán en una oscuridad más profunda.

      Y, como espectador, estoy ávido por presenciarlo. ¿Qué clase de persona me vuelve eso, me pregunta, Mr Snicket? Usted lo sabrá. Escribe para gente como yo.

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abril 8, 2014

Dos melodramas victorianos

            Wilkie Collins no es Charles Dickens. Dejemos eso claro desde un inicio para no llamarnos a engaño. Ambos fueron contemporáneos, ambos trabajaron estrechamente y mantuvieron una relación profesional y de amistad que terminó en un distanciamiento progresivo e irremediable, según tengo entendido. Ambos fueron autores prolíficos. Collins tenía talento. Dickens, genio. Y supongo que Collins era, para su desdicha, lo bastante perspicaz para darse cuenta del foso que separa una cosa de la otra.

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            No hay más que leer alguna de las compilaciones de relatos, escritos por diferentes autores, publicados en revistas (y ahora editados en forma de libros), donde Dickens, Collins y otros colaboraban. Sin necesidad de conocer el nombre del autor cualquiera percibe cuándo no estamos ante una obra de Dickens y cuando sí. Dickens tenía sus días malos, desde luego (algunos realmente terribles), pero no dejaba de ser Dickens. De hecho, algunos críticos opinan que Dickens era muy Dickens tanto en sus días buenos como en sus días malos. Es algo que, por ejemplo, también le pasa a Spielberg.

            Chesterton, a quien hay que escuchar siempre con respeto, opina que Dickens nunca hizo nada mejor que Los papeles póstumos del Club Pickwick. Tiendo a darle la razón. Pero después fue capaz de tejer Historia de dos ciudades, Tiempos difíciles, Casa desolada, Grandes esperanzas y más. Sin olvidar Canción de Navidad, una de esas raras obras que sobreviven a su propia celebridad con gallarda frescura. Mr Collins ha dejado para el recuerdo, en definitiva, dos novelas. Mejor, dos folletines. Dos melodramas victorianos (con todo lo malo que ello implica). Menores a Dickens, pero dignos. La piedra lunar y La dama de blanco.

            Ambas poseen características comunes y ciertas diferencias. En cuanto a la estructura, se las ha denominado como epistolares. Eso es un error. Las amistades peligrosas es una novela epistolar. Drácula lo es a medias. En ellas, las cartas más, en el caso de la narración de Bram Stoker, los diarios, noticias de periódico, telegramas, etcétera, nos cuentan la historia a medida que se desarrolla. Asistimos, por así decir, en directo a lo que ocurre. Ninguno de los personajes sabe qué va a suceder al día siguiente, no más que el lector.

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            En los dos folletines de Collins no pasa esto. Tenemos una pluralidad de narradores, cierto, algo poco frecuente en el siglo XIX, dominado por la técnica del narrador omnisciente. Pero todos ellos escriben de forma retrospectiva. Los hechos han ocurrido, la historia ha finalizado. Lo que tenemos ante nosotros son testimonios por escrito de sus protagonistas. Así que el lector ha de enfrentarse a lo acontecido a través de las perspectivas subjetivas de quienes lo han vivido. Esto obliga a un cambio de lenguaje, ya que no hay dos personas que se expresen de manera idéntica. Es justo reconocer a Collins que sale triunfante: cuando es el mayordomo Gabriel Betteredge quien nos explica los avatares de la piedra lunar y de la trama hindú el vocabulario, ritmo y tono es diferente que cuando empuña la pluma el seco abogado Mr Bruff.

            Cada uno da una visión interesada y dominada por sus propias inclinaciones, prejuicios o personalidades, por lo que es labor del lector discernir el grano de la paja. Eso hace que la lectura se haga en ocasiones algo laboriosa, en especial cuando topamos con un narrador dado a la divagación, pero todo es parte del juego y hay que aceptar las reglas de la partida. Hay que notar, no obstante, que ningún personaje nos cuenta los mismos episodios que ya haya narrado otro. La historia avanza de manera lineal, con cada cronista explicando su participación. Ello nos priva de tener diferentes versiones de unos mismos hechos, lo cual sería un buen reto tanto para el autor como para los lectores. Por otra parte, sí podemos contemplar a los diferentes personajes a través de ojos diversos. A través de cómo se ven los unos a los otros, aprendemos de cada uno y de hasta qué punto podemos fiarnos de sus observaciones.

            En ambos melodramas existen paralelismos en los personajes: una pareja en apuros, una galería de secundarios y, pienso que es claro, un papel descollante en cada folletín. Las parejas son lo más cansino de las obras. Rachel Verinder y Franklin Blake, Walter Hartright y Laura Fairlie. Personajes aburridos, planos, y narradores cercanos a lo inaguantable. Rachel tiene a ratos cierto brío, pero no hay quien la salve de su rol de heroína victoriana angustiada, lo cual en el caso de Laura llega a extremos tan patéticos que sospecho, con otros, que hay una clara intención irónica por parte de Collins.

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            Mucho más interesantes resultan los secundarios. Ninguno de ellos logra alcanzar a sus homólogos dickensianos, aunque los mejores de Collins podrían estar en el mismo club que los de Dickens sin pasar vergüenza. Batteredge, con su pipa y su Robinson Crusoe y su animosa hija, la insufrible beata metodista Drusilla Clack o el filántropo hipócrita Ablewhite, el profesor Pesca, Mr Fairlie, cómica y eternamente quejumbroso, uno de los seres más mezquinos que he tenido el placer de leer o la espléndidamente falta de escrúpulos Ms Catherick… Luego están los secundarios sufrientes. En el caso de La piedra lunar, la triste criada Rosanna Spearman y el estoico Ezra Jennings, del cual, por fortuna, no se nos revela con todo lujo de detalles su lamentable pasado (porque entonces, casi seguro, nos resultaría insoportable). En el caso de La dama de blanco, Anne Catherick, la misma dama de blanco. En ellos se concentran todas las desdichas imaginables y los pobres parecen haber sido puestos en el mundo con un imán para el dolor.

            Y luego están los dos grandes. Se podría discutir brevemente si en La dama de blanco parte de ese honor no le corresponde a Marian Halcombe, media hermana de Laura (y en quien algunos han visto, o querido ver, no me atrevo a juzgar, tendencias lésbicas; bueno, hay argumentos a favor). Es la mujer más notable de las dos novelas, la más resolutiva y hay en ella una implícita condena de la rígida sociedad victoriana, de su reparto de roles por sexos. En mi opinión, si La dama de blanco se escribiera ambientada en nuestra época, Hartright sería totalmente prescindible y todas sus actuaciones podrían ser desempeñadas por Marian. Pero es forzoso reconocer que los dos mejores personajes de estos melodramas son dos hombres.

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            En La piedra lunar, es el sargento Cuff. Se ha visto en él, con justicia, al primer gran detective de la literatura británica, al menos tal y como concebimos ahora este papel. Y, cosa curiosa, es un policía oficial, no un amateur de mente privilegiada. Su aspecto, sus vestimentas, su silenciosa forma de ser, su penetración y sagacidad, lo hacen destacar de manera inmediata. Que caiga mal a casi todos los demás personajes, positivos y negativos, siendo como es un afanoso buscador de la verdad, es un toque de estilo, igual que presentarlo justo después de la llegada de un policía particularmente obtuso y fanfarrón. Sí, sí, eso ahora igual no parezca original. Pero en 1868 lo era.

            Gustándome como me gusta Cuff, por delante pasa el gran villano de La dama de blanco, el inmenso conde Isidor Ottavio Baldassare Fosco. El misterioso aristócrata italiano es la gran gloria de esta novela. Deja en nada al otro malvado, sir Percival, mero títere en sus manos. Descrito como un Napoleón con sobrepeso (y es nada casual que otro gran villano victoriano, el profesor Moriarty, también sea comparado con Napoleón), subordina al resto de los personajes, igual que otro famoso conde extranjero del siglo XIX. Fosco es el conde Oscuro, de nombre, de intenciones, de pasado y de talento. La conspiración es obra suya y es una argucia muy notable. Pero lo que le hace grande es su tempestuoso uso de la lengua, su arrolladora personalidad, su soberana confianza. Sus más enconados enemigos no pueden dejar de percibir esta aura carismática. Marian lo odia, pero se siente en todo momento involuntariamente halagada por la evidente inclinación del conde hacia ella (un detalle excelente). Y si el sargento Cuff siente una excéntrica pasión por las rosas, el conde Fosco tiene caudales de ternura para sus animales de compañía, en especial su malévola cacatúa y sus ratones blancos. Casi me siento tentado a incluir entre las mascotas a su mujer, madame Fosco, porque su relación es de amo y perro fiel. Madame Fosco carece por completo de personalidad propia, como si la fuerza gravitacional de su marido se la hubiera absorbido. Fosco eleva la novela, casi la justifica en ocasiones y su caída final (por medio del personaje que yo menos esperaba, lo admito), no deja de causar lástima, pese a que se le permita conservar su dignidad y misterio. No habría estado nada mal introducir a Fosco o a Cuff en la novela del otro.

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            Es lugar común considerar La piedra lunar como la primera novela detectivesca inglesa. Es un lugar común respetable, tiene a su favor a gente como T. S. Eliot. No deja de ser curioso que la iniciadora de la Era Dorada de lo detectivesco británico no incluya un asesinato como misterio central, sino un robo. Los escritores posteriores acumularán cadáveres, algunos superando a Collins en calidad literaria. Por otro lado, aunque tanto ésta como La dama de blanco tengan elementos claramente detectivescos (más la primera, sin duda), me he referido a ellos como melodramas folletinescos y es lo que son. No crean un mundo propio, ni ahondan en el estudio de la naturaleza humana. Pero nos introducen en una intriga plagada de sorpresas y de criaturas curiosas. Con lo que al cerrar el libro no se ha perdido el tiempo.

            Aunque a continuación abramos el primer volumen de Pickwick. Y sintamos que eso sí es genio.

diciembre 21, 2012

Humbug!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:43 pm
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            Me da igual lo que El Corte Inglés o la Lotería digan: hasta el 25 de Diciembre no hay Navidad que valga. Pero mientras llegan tan entrañables fechas, pueden hacerse preparativos. Cada cual tendrá sus ideas sobre la Navidad, pero hasta los más devotos del Grinch la homenajean, siquiera con su malhumorado desprecio –digamos de paso que éste es más digno de respeto que el azúcar pringoso que toma al asalto escaparates y altavoces.

            En aras de la hermandad universal (ya saben lo poco que me gusta el caos y la confusión), hago una recomendación, espero, del gusto de todos. Charles Dickens. Michael Caine. Los Muppets (Teleñecos, Teleñecos… ¿Qué es eso? Ni una tele ni un muñeco). The Muppet Christmas Carol.

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            Pongamos las cosas en su sitio. Si no han leído la novela original, tienen ustedes una laguna de tamaño del Mar Negro. Me sorprendería que estuvieran en este caso, también se lo digo. Porque A Christmas Carol (traducida bien como Canción de Navidad, bien como Cuento de Navidad) no es la mejor obra de Charles Dickens, pero es, sin la menor duda, la más conocida, la más leída y la más adaptada. También la más breve. Y, si descontamos esa creación mágica que es Los papeles póstumos del Club Pickwick, la de menor carga social. No inexistente. Scrooge es un prestamista usurero y especulador. La avaricia es el pecado que siempre se asocia con este individuo, pero es tan codicioso como avaro. Acumula créditos y dinero, para luego vivir en una miserable estrechez.

            En fin, hablando de las múltiples adaptaciones que se han realizado, unas son mejores, otras son peores. La peor que yo he visto era una versión de los cincuenta, creo, no sé si inglesa o estadounidense. Cierto que la tuve que ver doblada (horror), pero me temo que sólo eso no justifica el espanto que sufrí. Amén de un Scrooge sobreactuado, se unieron una cocinera inexistente en el original (e ilógica), unos Fantasmas patéticos y, aún peor, un tipo en un sillón, con batín y un ponche que se atrevía a cortar la película a cada cambio de escena, para recordarnos, por si no nos habíamos dado cuenta, de lo buenos que eran los actores, lo buena que era la novela y lo buena que era la adaptación. Sólo una de esas afirmaciones era verdadera.

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            La mejor adaptación que he visto es la de los Muppets. Con diferencia. El humor muppetiano se une a la ironía y al absurdo dickensiano. Cuando Dickens se pone empalagoso puede ser el más empalagoso de los escritores y los Muppets, ese es su peor defecto, caen en el mismo error. Así que imaginen lo que se hace en esta versión con el Pequeño Timmy, personaje querido por generaciones, para mi incredulidad (que su supervivencia alegre tanto a narrador, lectores y Scrooge me rebasa). Pero el Pequeño Timmy aparte, todo lo demás, grande.

            Empezando, claro, por Mister Ebenezer Scrooge. Sin Scrooge no hay obra. Mientras casi todos los demás personajes son criaturas bastante planas (y perfectas para que los Muppets los posean y les den más brío, recalcando sus características, por así decir), con su protagonista Dickens deja fluir el verbo:

            ¡Ah, pero Scrooge era un auténtico tacaño! ¡Un viejo y codicioso pecador que agarraba, estrujaba, arrancaba, arrebataba y despojaba! Era duro y afilado como el pedernal, del que ningún eslabón había logrado sacar jamás una chispa de generosidad; y cauto, cerrado y solitario como una ostra. Su frialdad interior acartonaba su viejo semblante, congelaba su nariz puntiaguda, secaba sus mejillas, envaraba su paso, enrojecía sus ojos, amorataba sus labios delgados y volvía acerada su voz chirriante. Una gélida escarcha le cubría la cabeza, las cejas, la hirsuta barbilla. Siempre llevaba consigo su baja temperatura; helaba su oficina en los días de bochorno y no deshelaba ni un grado en Navidad.

            Hacía falta introducir con igual fuerza a Scrooge en la película. Y se consigue con esta canción, en la que la cara del cruel prestamista se nos escamotea hasta el último segundo, pero en la que los londinenses de traporetratan certeramente y con ironía al protagonista (las señoras bondadosas que cantan eso de He must be so lonely, he must be so sad, and he goes to extremes to convince us he is bad. He is really a victim of fear and of pride: look close and there must be a sweet man inside… para entonar un unánime “Nah” cuando Scrooge pasa a su lado es la guinda):

            ¡Y ahí está Michael Caine! El señor Caine dice que éste es uno de los papeles que más disfrutó interpretando y se le nota. Su paso del despiadado hombre de negocios del principio (seguramente, donde mejor se lo pasó actuando) al excelente individuo que baila por las calles en Navidad es todo lo matizado que permite una película de hora y media llena de marionetas. Es normal que Scrooge (descontando su sobrino Fred y su perdido amor Belle) sea el único personaje interpretado por un actor. Es el único personaje que se retrata con cierta profundidad psicológica y hacía falta un rostro humano, un rostro que supiera dar vida a un ser despreciable y a un ser amigable. Caine fue una elección magnífica y le concedo mucho del mérito de la película.

            Todos los Muppets, no se confundan, son ideales para sus papeles- hecho en falta, eso sí, la presencia del Conde; el Conde siempre fue mi Muppet preferido y es lástima que no se le haya dado un papel. El Gran Gonzo como narrador y autoproclamado Charles Dickens, junto con Rizzo la Rata, quien se interpreta a sí misma, dan un dúo cómico resultón que, además, permite intercalar citas casi literales del original literario. Kermit (Gustavo por estos lares) era una elección obvia como Bob Cratchit, al igual que Miss Peggy era la elección obvia para su esposa, no sólo por esa relación tan fogosa que ofrece demasiadas opciones para los chistes procaces y que no vamos a aprovechar hoy. El Doctor Honeydew y Beaker son unos muy logrados caballeros caritativos. Statler y Waldorf, los vejestorios aguafiestas, dan vida a los difuntos socios de Scrooge, Jacob y Robert Marley, que son ejemplo para todo alto ejecutivo desde hace siglos. Sí, en el original, Jacob Marley no tenía ningún hermano, pero esto se llama licencia poética y si permite este fantasmagórico número musical, bienvenida sea (la escena completa, por desgracia, no la he encontrado):

            Después de Scrooge, Canción de Navidad es recordada por los fantasmas de las Navidades Pasada, Presente y Futura. El Fantasma de la Navidad Pasada no es muy memorable, salvo para contemplar la triste infancia de Scrooge (el primer momento de la novela en la que Dickens muestra piedad por su personaje: Junto a un débil fuego, había un niño solitario leyendo; y Scrooge se sentó en un banco, y lloró al verse a sí mismo, pobre niño olvidado, tal y como había estado siempre) y su sacrificio de su único amor humano por su más duradero amor por el dinero.

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            El Fantasma de la Navidad Presente es muy diferente: es sin duda el más amable, chispeante, benévolo y entrañable de todos. Es el que mejor está plasmado en la película, con un Muppet orondo, un poco a lo San Nicolás, un poco a lo Falstaff, lleno de buen humor. Y con otra aceptable canción de la obra (por cierto, las adaptaciones de la letra al español, aparte de ser malas en tanto que doblaje, vuelven insoportables casi todas las piezas musicales de la película), además de las que ya hemos vista, una danza por la ciudad en la que Scrooge sonríe sin malignidad por primera vez en muchos años:

            Sin duda porque no deseaban enturbiar el espíritu cómico de la obra, quizás por falta de tiempo, los responsables de la película dejaron fuera una escena muy dickensiana, una alegoría sombría, en la que el Fantasma muestra a un espantado Scrooge a una pareja de niños gemelos. El Espíritu adopta entonces un aire de Profeta del Antiguo Testamento: –Son hijos del hombre- dijo el espíritu, mirándolos. Y se aferran a mí suplicantes, huyendo de sus padres. Este niño es la Ignorancia. Esta niña, la Indigencia. Guárdate de ellos y de los de su especie; pero, sobre todo, guárdate de este niño, porque en su frente veo escrita la palabra Condenación, a menos que sea borrada. ¡Recházala!- exclamó el espíritu, extendiendo la mano hacia la ciudad- ¡Calumnia a quienes te la digan! ¡Admítela para tus fines perversos y empeórala aún más! ¡Y espera el final!

            Esta despedida bastante lúgubre prepara el camino para el tercer Fantasma, el enigmático Fantasma de las Navidades Futuras. También aquí la película está a la altura: el espectro es el más siniestro de todos, sin nada del humor negro de los Marley para compensar. Impasible y silencioso, lleva a Scrooge hacia un futuro triste, pesado, donde sólo unos cuantos comerciantes glotones y un puñado de carroñeros harapientos parecen encontrarse en su salsa. El Pequeño Tim ha muerto (¡hurra!) y a un devastado Scrooge se le muestra su propia tumba, tras probar que el único rastro que dejará tras de sí en este mundo es el de la indiferencia o el frío placer de sacar beneficios de su muerte.

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            ¡Ah, pero Scrooge despierta el día de Navidad! Despierta cambiado, risueño, alegre y lleno de esperanza. Sí, conforme, a mí también me gustaba más el Scrooge del principio, pero como ya hemos llegado al final, Michael Caine sigue siendo Michael Caine y los Muppets son siempre simpáticos, podemos observar con cierta tolerancia la reaparición del pesado de Tim y el cántico final. Bueno, no. No, a tanto no puedo llegar, lo siento.

            Ahora, vayan a comprar un pavo y yo pongo la bebida. ¡Paparruchas! Humbug!

enero 10, 2012

Sólo esperanzas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:31 pm
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            ¡Oh, qué lástima, qué lástima! ¡También la BBCfalla en ocasiones! Encima, en uno de sus grandes golpes de mano este año. Y parecía que tenía todas las de ganar. Al fin y al cabo, algo que la BBCsabe hacer dormida es adaptar obras de Charles Dickens. Comentamos ya el buen trabajo realizado con Bleak House. Yo estaba seguro de que la superarían con Great Expectations.

            Porque Grandes Esperanzas (una vez más, el título en español hará referencia a la novela y el inglés, a la serie) es una de las obras de Dickens más adaptadas y leídas. Harold Bloom escribió que era una de las obras que “sobrevivirán, sin duda, a la actual era de la información, y no simplemente en forma de película o serie televisiva”. Estoy de acuerdo, pero, puestos a hacer una serie, hágase bien.

            Si han visto ustedes el primero de los episodios, seguramente estén un poco sorprendidos. ¿Mal adaptada? ¡Si la ambientación es magnífica! ¡Y los secundarios, como siempre, merecen aplauso! Gillian Anderson, quien parece estar reencontrándose como actriz dickensiana, ofrece una peculiar interpretación de la manipuladora Miss Havisham. Yo recordaba al personaje más maligno que desequilibrado, pero acepto el enfoque. La mansión de Miss Havisham, donde enreda a los dos desgraciados huérfanos (como un reflejo tenebroso de la cálida Casa Desolada), tiene el aire majestuosamente tétrico que le corresponde.

            Igual de correctas, las marismas y la forja de los Gargery. En las primeras, en medio de la niebla, el encuentro entre Pip y Magwitch (gran Ray Winstone) tiene la fuerza adecuada para lo que es: el origen de todos los acontecimientos venideros. Asimismo, tanto el matrimonio Gargery, como el tío Pumblechook o el repelente y frustrado Orlick (interpretado por Jack Roth, hijo de Tim Roth; basta ver su postura y su sonrisa para sacar el parentesco) están más que bien trazados e interpretados.

            Todo iba bien. Iba más que bien. Porque durante casi una hora el papel de Pip fue entregado a un chaval llamado Oscar Kennedy, y vaya si lo saca adelante. Pip es, quizás, el más estimable de los protagonistas dickensianos. Yo, por ejemplo, no aguanto a David Copperfield, ni a Oliver Twist. En cambio, Pip siempre me ha caído bien. Como Pip no convenza, la obra está perdida. Así que ahí estaba yo, disfrutando del buen hacer de todos los actores (la escena en la que Pip es traicionado por vez primera por Miss Havisham, la mirada que Kennedy lanza a Anderson y el placer contenido con el que ésta la recibe es de lo mejor de las tres horas)… hasta que llega el inevitable salto temporal. Hola, Pip adulto, adiós, esperanzas.

            Así es. El culpable del fracaso de Great Expectations tiene nombre y apellido: Mister Douglas Booth. No hay nada que nadie pueda hacer para contrarrestar su pésima actuación, siendo, como es, el pilar de la historia. ¡Qué desastre! Dan ganas de golpearlo con un palo de escoba cada vez que aparece en pantalla, lo cual nos obligaría a tener un suministro casi inagotable de palos de escoba.

            La cosa podría haberse arreglado un poco si la actriz encargada de dar vida a Estella hubiera sido genial. Vanessa Kirby no lo es, pero tampoco lo hace nada mal. Cierto que, otra vez, yo recuerdo a Estella más fría y sádica en la novela, aunque tampoco hay que olvidar que en Grandes Esperanzas el punto de vista es el de Pip, quien sufría amargamente. Kirby interpreta a Estella como una mujer en permanente lucha entre su retorcida educación y sus pasiones y deseos; sustituye mucho mejor a Izzy Meikle-Small (Estella de niña) que Booth a Kennedy. Es raro que así suceda, pero los dos críos, juntos y separados, actúan estupendamente.

            Con el supuesto Pip adulto en Londres, la serie trata de sacar toda la artillería.La BBCsí que no ha olvidado cómo perdernos en el neblinoso, laberíntico y sucio Londres victoriano. Y varios secundarios más dan un salto para tratar de equilibrar la balanza.

             David Suchet (inolvidable en su papel de Poirot) presta su voz al abogado Jagger. El Jagger de Suchet es más hierático de lo que yo esperaba; el abogado de Grandes Esperanzas (en mi memoria) era más agresivo, sarcástico y excéntrico. Los detalles de su obsesión por la limpieza de sus manos o las máscaras fabricadas de las cabezas de clientes ahorcados (en la serie, sólo hay una) no se nos escamotean, pero no acaban de ayudar a trazar bien al personaje.

            Tampoco recibe el mejor de los tratos el escribano jefe de Jagger, Mister Wemmick. Su doble naturaleza (seco profesional en la oficina, el mejor de los hombres fuera de ella) no está tan claramente marcada como en la novela. Eso, quizás, lo vuelve más realista, pero es que la gracia en muchos de los personajes de Dickens está, justamente, en su excentricidad, en sus manías, en sus rarezas. Con todo, Paul Ritter hace un buen trabajo. 

            Y aún mejor es el de Harry Lloyd, quien, por cierto, es tatara-tatara-nieto de Charles Dickens en persona. Lloyd abandona los personajes ruines a los que nos tiene acostumbrados (un malcriado estudiante que sirve de huésped a un alienígena malvado en dos capítulos de Doctor Who, o el despreciable Vyseris en Juego de Tronos). Aquí este joven demuestra talento dando vida a Herbert Pocket, amigo leal de Pip, lleno de jovialidad en una obra con personajes poco joviales a derecha e izquierda.

            Claro, el problema es que cuando Booth está fuera de escena, el resto del reparto nos recuerda qué es actuar. Y cuando comparten pantalla con él (la casi totalidad de la serie) nos recuerdan lo mal actor que es Booth. En serio, habría que mandar a este tipo ala Torrede Londres.

            En cuanto al argumento, no voy a entrar en sus recovecos, ni a lamentar que se haya simplificado. Al fin y al cabo es una adaptación. Y el final… bueno, yo tenía una muy débil esperanza de quela BBCtirara por el primer final escrito por Dickens, con mucho el más triste y bello. Tiraron por el segundo, rebasándolo, incluso. Era esperable. Es legítimo. Es una pena. Pero esto ya es cuestión de preferencias. Que Booth no interprete a Pip, es una obligación estética y ética. Debería hacerse una recogida de dinero: así podría rodarse todo otra vez, con un actor de verdad.

            Que no se repita, querida BBC.

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