Con un vaso de whisky

junio 25, 2017

La caída de la Casa McGill

   Un hombre tenía dos hijos, decía cuando escribí sobre las dos primeras temporadas de “Better call Saul”, pero en este mundo es imposible el regreso a la casa del padre. La lucha que en la segunda temporada ya había comenzado ha culminado con plena crudeza. Ya la casa de los McGill, como toda casa enfrentada, ha sucumbido. Ni el hermano mayor, el cumplidor, honrado, severo, inflexible hermano mayor, ni el hermano menor, el hábil, experto en atajos, compasivo, escurridizo hermano menor han salido indemnes de la lucha. Ni victoriosos.

   “Better call Saul”, se ha dicho por críticos de respeto, yo me limité a repetirlo, era en las temporadas anteriores una especie de serie bifurcada: por un lado, la historia de Mike, por otro, la de Jimmy. Las interacciones entre el ex policía y el abogado daban cierta unidad a la serie, que terminaba de cohesionar el conocimiento que tenía el espectador del universo donde se desarrollaba y del destino de los personajes (al menos, de parte de ellos). En esta tercera temporada, se puede defender que la estructura es similar; sin embrago, la historia de Mike sufre ella misma bifurcciones, subdivisiones. Con lo que una de las historias que conformaban el delicado equilibrio de la serie se transforma en un ramillete coral, con varias tramas entrelazadas, mientras la otra sigue su camino, aparentemente cada vez más desconectada de la otra. Los platillos de la balanza se han desequilibrado bastante esta tercera temporada. Ello no ha afectado a la calidad de este spin-off excepcional, aunque admito que mi sensación de estar viendo dos, en vez de uno sólo, ha sido más intensa este año.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill – Better Call Saul _ Season 3, Episode 6 – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

    Habíamos dejado a Mike en su guerra particular contra el clan Salamanca, detenido el dedo en el gatillo, casi literalmente, por una escueta nota. Todos intuíamos quién estaba detrás de esa nota y todos esperábamos que su autor apareciera esta temporada. Y lo hizo, pero el ritmo pausado que Gilligan y Gould y los demás escritores han impuesto a la serie, hizo que se demorara. No me quejo; este ritmo pausado es una de las virtudes de la serie: le da una potencia de fuerza de la naturaleza, como una erupción volcánica, que tarda en gestarse, pero que no puede detenerse una vez comienza y que tiene consecuencias irreversibles.

   He leído alguna queja sobre las secuencias prácticamente mudas de Mike: desmontando meticulosamente su coche; vigilando, mientras come pistachos, en mitad de la noche; registrando el desierto, en busca del cadáver de la desdichada víctima de don Héctor y los suyos. A mí me parecen secuencias brillantes. Mike es un individuo cauto, solitario y silencioso. Es lógico que sus escenas en solitario sean cautas y silenciosas. Jonathan Banks sigue siendo capaz de darnos el equivalente a un soliloquio interno sólo con mover el mentón y no tendría mucho sentido verle soltando parrafadas o diálogos interminables.

   Lo que sí tiene sentido es que, siendo Mike y su historia la más relacionada (por ahora) con el mundo criminal en el que vimos zambullirse a Walter White, Mike se relacione cada vez más con los habitantes de ese mundo. La historia de Mike tiene que acomodar dentro de su espacio a la historia de Nacho y, también, al Hombre Pollo. Esto implica algún sacrificio: las secuencias familiares de Mike, donde se ve su lado más bondadoso, las que nos dan el porqué de sus acciones turbias (el Bien como un posible origen del Mal, uno de los interrogantes de “Breaking Bad”) han sido reducidas drásticamente. No eliminadas, empero, y han dado pie a alardes cinematográficos (la secuencia circular del grupo de duelo, donde sólo al final se nos desvela la presencia de Mike, escuchando a la viuda de su hijo, es particularmente brillante); reducidas, no obstante, a una mínima parte de lo que habían sido.

   En compensación, Nacho ha retomado protagonismo. Aunque sea un personaje que me importa más bien poco, todas sus escenas y secuencias van del notable al sobresaliente: sean sus diálogos con Mike, sea su relación con su padre (qué escena, esa charla nocturna, en la que el hijo trata de salvar a su padre, sin poder decirle parte de la verdad, mientras el padre, al que se ha descubierto toda la verdad que le hace falta, es aplastado por la decepción y la tristeza), sea el desarrollo de su plan para eliminar a Héctor Salamanca. Las secuencias en el café donde Nacho hace las veces de cobrador, casi mudas, son otro ejemplo de cómo se pueden usar las armas del cine o la televisión para desvelar o confirmar la psicología de los personajes apenas sin palabras. O cómo crear una tensión casi insoportable: Nacho dándole el cambiazo al viejo Salamanca con las pastillas me tuvo en el borde del sofá con la espalda como una tabla, igual que cuando Walter trataba de hacer volar a Gus por los aires en el aparcamiento.

   Y Gus, efectivamente, ha regresado. Mike ha seguido el rastro y ha encontrado a la araña. Claro que porque la araña tenía curiosidad por ver hasta dónde era capaz de llegar este viejo perro y hasta qué punto le podría ser útil. Muy útil, ha concluido.

   Como ya he dicho, la aparición de Fring no ha pillado a nadie por sorpresa. Pero que levante la mano el que no haya sentido un estremecimiento de placer al desvelarse el emblema de los Pollos Hermanos. ¡Y qué entrada, la de Gustavo! ¡Eso es conocer a un personaje! Nada de fanfarrias, nada de espectáculo! Una figura borrosa está barriendo el suelo al fondo del restaurante. Pero lleva esa camisa amarilla, esa corbata negra, tiene esa complexión… y es él, en efecto, con una escoba en la mano, el humildísimo gerente de la franquicia de pollerías. V.M. Varga, el pérfido villano de la tercera temporada de “Fargo” no podría menos que respetar a otra mente maestra criminal con vocación por la invisibilidad.

   Gus trajo consigo que el velo sobre el cartel, que ya se había levantado en parte la segunda temporada, quedase corrido del todo. Incluso pudimos ver de nuevo a la cima de la pirámide, don Eladio, amenazador sin dejar de reír. La lucha de poder entre el cartel no ocupó mucho tiempo (no lo había), pero la maestría de los guiones quedó de nuevo demostrada al hilar los mismos perfectamente la conspiración particular de Nacho, la guerra de Mike y su progresivo reclutamiento por Gus (ese apretón de manos; qué inteligencia, la de Fring: “Nunca robaría de su familia”, con ecos de su primitiva seducción de Walter) y la forja por éste de su imperio, con el grupo Madrigal de nuevo entre sus aliados o peones.

Giancarlo Esposito as Gustavo “Gus” Fring – Better Call Saul _ Season 3, Episode 4 – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

    La vida de Mike está ahora mucho más poblada de criaturas turbias y siniestras. Para nosotros, eso son buenas noticias.

   ¿Qué hay de la vida de Jimmy? Jimmy ha tenido muy poco contacto con Mike. En una ocasión, Mike le tuvo que pedir, rechinando los dientes, ayuda. En otra, fue Jimmy quien recurrió a Mike. Fuera de ese toma y daca, han sido dos extraños. Mike tenía bastante en su plato. Jimmy, aún más.

   Igual que en los años anteriores, por muy entretenida y hábil que fuera la parte de la serie dedicada a narcotraficantes, el peso auténtico está en la consagrada a Jimmy, Kim y Chuck. Los, para mí, dos mejores capítulos de la temporada (el quinto y el décimo) están libres de toda referencia a Mike, Gus o los Salamanca. Sólo los hermanos McGill.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill – Better Call Saul _ Season 3, Gallery – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

   Los primeros cinco capítulos cubren la batalla entre Chuck y Jimmy. Chuck, tan reverente con las leyes, las ha, por lo menos, doblado, al grabar a Jimmy sin su consentimiento. No puede usar ese arma ante un tribunal. No puede hacerla pública. Pero puede usarla de un modo más insidioso. Los que siempre han visto a Jimmy como más astuto que su hermano se habrán replanteado su posición: Chuck conoce bien a su hermano pequeño. Sabe que es de mente ágil, un improvisador casi genial, pero que carece de su sangre fría, de su paciencia reptiliana. Sabe, he aquí lo terrible, lo mucho que Jimmy le admira y le quiere, lo mucho que esta traición le dolerá, la desesperación a la que le arrastrará (por miedo profesional y, sobre todo, por angustia personal). Y Jimmy, efectivamente, no es capaz de seguir los calmados consejos de Kim. Y cae en la trampa de Chuck.

   Ah, no obstante, Chuck sólo es capaz de esta forma de pensar digna de un estafador como excepción. Una vez ha dado fruto su plan, se repliega al mundo que mejor conoce, donde se sabe imbatible: el de las leyes. Tiene las pruebas y se mete a la fiscal especial en el bolsillo sin dificultades. Fuerza un acuerdo lo más humillante y destructivo posible para su hermano. Esta vez, está decidido a destruir a Jimmy McGill, Esquire, y devolverlo al cuarto para el correo del que nunca debió salir.

   Chuck está seguro de su victoria y este orgullo, que le ciega, le pierde. Porque si Jimmy ha aprendido algo en su vida es a salir de situaciones comprometidas. Arrinconado, ante un adversario al que siempre ha admirado, cuya inteligencia siempre le ha abrumado, al que conoce, sin embargo, tan bien como éste le conoce a él, contraataca. Y qué contraataque. La ofensiva de Chuck es tan implacable, que hasta la íntegra Kim, sin vacilación, se hace partícipe del engaño de Jimmy. Así llegamos a la batalla campal, en el capítulo quinto. Es un placer intelectual un tanto perverso ver a Jimmy colocar trampas dentro de trampas, engaños dentro de engaños, sabiendo que Chuck será capaz de verlos casi todos, de desbaratarlos casi todos, de parar casi todas sus estocadas… menos la definitiva, la auténtica. ¡Qué actor es Michael Mckean! ¡Qué monólogo de derrumbe! A nadie le cae bien Chuck, de acuerdo, pero se puede entender su punto de vista, sin apreciarlo. Y su derrota, tan pública, tan demoledora, es dura de contemplar.

   Pero he aquí que eso ocurre a mitad de temporada. La guerra ha acabado. Y se nos ofrece la posguerra. Y hay otra vuelta de tuerca genial: Chuck parece haber perdido. Jimmy parece haber salido bastante bien parado. Pero Chuck emerge casi triunfante y Jimmy casi vencido.

   Admito que esperaba que Chuck, enfrentado ante la evidencia de su enfermedad mental, se encerraría en una paranoia absoluta. Todo lo contrario (una vez más, ¡qué escritores hay en esa sala de guionistas). Mira a las pruebas y concluye que su enfermedad puede ser mental, no física. Que puede haber estado equivocado todos esos años. Y, mente rigurosa, de acuerdo con su doctora (Clea DuVall, esa vieja conocida de “Carnivàle”), comienza su recuperación.

   En cambio, las cosas no van bien para Jimmy. Ni para Kim. Suspendido por un año, pero incapaz de admitir que Kim cargue en exclusiva con los gastos del bufete, Jimmy busca otras vías de ingresos. Dentro de la ley. Y su ingenio, tan fructífero cuando está al servicio de una estafa con todas las letras, es insuficiente para sacar dinero de estos apaños cada vez más desesperados. El viejo Jimmy, el Jimmy de la juventud callejera, empieza a asomar de nuevo. Y esta vez, con un nombre tras el que esconderse: Saul Goodman.

   Saul Goodman. Sabíamos que ese nombre aparecería. El futuro de Jimmy surge como una herramienta temporal, algo que se usará y se desechará. El espectador, que sabe más, sufre o disfruta sádicamente, al ver a Kim y Jimmy reírse de esta criatura ridícula, que, piensan, no tendrá importancia en sus vidas.

   Saul Goodman no es lo mismo que Jimmy McGill, ni siquiera que Slippery Jimmy. Es Slippery Jimmy sin ningún control, sin ningún contrapeso. Y está cada vez más cerca. Cuando sus intentos de lograr dinero de modo más o menos legal fracasan, Jimmy retoma el camino descendente. Estafa a los gemelos músicos (que antes trataron de medio estafarle a él), extorsiona al mezquino encargado de los servicios comunitarios… y teje una red para forzar a sus antiguos clientes de la residencia de ancianos para que lleguen a un acuerdo en el pleito que tanto tiempo ocupó en las temporadas pasadas y él pueda cobrar su parte. Es un plan ingenioso y que vuelve a demostrarnos lo hábil que puede ser Jimmy manipulando a la gente, incluso a gente que le importa. Un plan que nos da uno de los momentos más oscuros de la serie, en penetrantes palabras de Alan Sepinwall: una anciana a la que nadie aplaude al ganar el bingo.

   Jimmy no es, aún, Saul. Sus clientes le importan, le importan genuinamente. Y cuando ve que no puede soportar el sacrificio de esa anciana, pieza clave en su plan, desenreda su propia red y, en verdad, se inmola a sí mismo, a su reputación, para salvarla.

   Esto es muy importante. Se han establecido, lógicamente, paralelismos entre Walter White/Heisenberg y Jimmy McGill/Saul Goodman. La diferencia clave, creo yo, es ésta: Heisenberg estuvo siempre dentro de Walter, esperando que las circunstancias fueran propicias para alzarse; el ansia de poder, de control, la lascivia por la manipulación y el dominio siempre estuvieron en Walter. Jimmy es justo el reverso. Dentro del estafador esperaba su oportunidad el hombre honrado. Llevamos tres temporadas viendo cómo el mejor Jimmy trata de imponerse al Jimmy turbio. Cómo intenta dejar atrás las trapacerías, apoyándose en tres pilares: el amor y el respeto que siente por su hermano y que desea recibir de él; el amor y el respeto que siente por Kim y que desea recibir de ella; la estima que siente por sus clientes y que desea recibir de ellos.

   Pero la admiración y el respeto por Chuck han muerto: lleno de rencor, Jimmy sabotea (es algo trágico) la incipiente recuperación de su hermano, hasta llegar a una desolación mutua total. Las últimas palabras de Chuck a Jimmy son tal vez las más crueles que un hermano puede decirle a otro.

   La estima de sus clientes ha desaparecido, en el sacrificio propio que ha orquestado Jimmy.

   Sólo queda Kim. La espléndida Kim. La relación de pareja entre Kim y Jimmy está entre las mejores que haya visto. Contenida (Kim es una de las personas más reservadas y controladas de la serie, lo que no es decir poco), poco explícita (hay poco contacto físico entre ellos), pero innegable (lo que hacen Bob Odenkirk y Rhea Seehorn sólo con los ojos…). Para que Jimmy caiga en Saul, Kim tiene que desaparecer, de un modo u otro. Esa desaparición está en marcha: a Kim le devora la culpa por su parte en la humillación de Chuck y se zambulle en el trabajo hasta el agotamiento (ese accidente de coche lo temía y lo temía mucho peor). A fin de temporada, Jimmy y Kim han sobrevivido.

   Sin embargo, tenemos la carga del conocimiento. Sabemos que no hay esperanza para Jimmy. No la ha habido para Chuck. No la habrá para Kim.

abril 23, 2016

Historia de dos hermanos

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             Un hombre tenía dos hijos. Si a la tenebrosa historia de Walter White y Heisenberg le venía como anillo al dedo los versos poderosos del “Ozymandias” de Shelley, a la historia de James McGill, esquire, algún día Saul Goodman, le encaja de un modo peculiar la parábola que se narra en Lucas, capítulo 15, versículos 11 a 32. La del hijo pródigo. Que los más finos intérpretes opinan debería ser la parábola del padre y los dos hijos.

            Cuando se anunció que, después de haber dado al mundo esa obra maestra sin paliativos que es “Breaking Bad”, Vince Guilligan, con Peter Gould, iba a rastrear la historia de Saul Goodman, millones dimos palmas con las orejas. El personaje de Saul, de entre los muchos del rico universo del señor de la droga azul, era uno de los más pintorescos, memorables y queridos, una colorida sabandija parlanchina, llena de inventiva, aunque temerosa de los reptiles inmensos que se deslizaban por el pantano de Albuquerque. ¡Qué mejor noticia que poder volver a este mundo, con este abogado de camisas chillonas y labia inagotable!

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            Confieso, y no creo haber sido el único, que me esperaba una serie muy distinta a “Breaking Bad”. En eso, no me equivoqué. Estaba bastante seguro de que, esta vez, el humor, aunque negro, tendría la palabra, que tal vez el formato sería de media hora, en vez de los cuarenta y cinco o cincuenta de la serie madre. Que nos encontraríamos con Saul Goodman, en su grotesco despacho, dando un quebradero de cabeza tras otro a policías y fiscales y, tal vez, vislumbrando algo del mundo del narcotráfico. Y aquí, sí, me equivoqué bastante. Porque Vince Guilligam, Peter Gould y el equipo de guionistas, directores y actores nos iban a dar otra serie. Una mucho mejor de lo que esperaba y totalmente distinta. O, mejor dicho, dos: una serie negra, áspera, con un ex policía en su centro. Y un drama humano narrado con gran finura, con un abogado tramposo pero con una peculiar bondad.

            Que una serie cuente en realidad dos historias paralelas es un arma de doble filo (perdón). El riesgo de que la serie se vuelva esquizofrénica, de que una de las dos historias fagocite a la otra o de que se anulen mutuamente, impidiendo que se desarrollen en plenitud, es altísimo. “Better Call Saul” evita esos peligros. Sus dos historias mantienen un equilibrio perfecto. Las tramas de Mike y Jimmy corren paralelas. Y si la primera va llevándonos a un terreno cada vez más conocido, al final del cual tal vez espera el impecable dueño de una cadena de pollerías, en la segunda nos permite descubrir a un personaje que ya creíamos conocer.

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            Dos series que además tienen otro supuesto hándicap: sabemos qué va a ser de Mike y de Jimmy/Saul. Para que no quede duda alguna, tanto la primera como la segunda temporada (es de prever que también la tercera) se abren con una excelente escena en blanco y negro, donde podemos observar a Saul en su nueva vida en ese programa de protección de testigos particular en el que acabó al final de su periplo como asesor de Heisenberg. Podría pensarse que no hay interés en un viaje cuyo final e incluso buena parte del trayecto ya conocemos. Ja. Si creen eso, por favor, por favor, empiecen a ver la serie. Si no, también, caramba.

            No deja de ser un guiño divertido que los dos coprotagonistas sean Mike y Jimmy, o sea, Saul. Después de todo, el personaje de Mike entró, según tengo entendido, en la serie de Heisenberg, porque Bob Odenkirk no podía rodar ciertas escenas, en concreto, la eliminación del cadáver de la pobre Jane. Era Saul, el leguleyo todoterreno, quien debería haber aparecido para ayudar al destrozado Jesse. En su lugar, apareció este hosco calvo, de mirada sagaz y voz granítica. Y se hizo con un puesto de honor. Y al cual volvemos a disfrutar.

            Empecemos, pues, por Mike Ehrmantraut, aunque sólo sea para evitar que Jonathan Banks nos atraviese con una de sus largas ojeadas silenciosas. Banks es inmenso. Se nos resiste a aparecer y, aun cuando lo hace, se pasa buena parte de la primera temporada simplemente sentado en su puesto de trabajo oficial, sacando de sus casillas a Jimmy cada vez que tiene que entrar o salir del aparcamiento. ¡Lo que es capaz de hacer este actor apenas moviendo una ceja, un labio o carraspeando un poco! Sin embargo, ese grandioso episodio quinto de la primera temporada, tan sombrío, tan terrible, le mete de lleno en la serie y le concede la mitad de la corona.

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            A partir de entonces, la de Mike es una trama negra como Dios manda. No sólo tenemos su pasado en Philadelphia, que puede reaparecer en cualquier momento. No sólo tenemos su faceta humana, como abuelo entrañable y suegro modelo, mientras consigue dinero para su familia ejerciendo de matón profesional (de una profesionalidad ejemplar). Además, a través de las andanzas de Mike, el clan Salamanca vuelve a nuestras pantallas, para mayor regocijo, y el mundo de “Breaking Bad” asoma las orejas. Cierto que Tuco hizo su reaparición con Jimmy, no con Mike, pero cuando se vuelve realmente jugosa la implicación del cartel es con Mike, no con Jimmy.

            Cada escena de esta parte de la serie es una delicia. Perfectas. Trozos de gloria cinematográfica. Diálogos breves, concisos, entre gentes duras y de pocas palabras. Los encuentros armamentísticos entre Mike y Lawson, el vendedor de artillería a granel, son fantásticos. Ese burlón guiño hacia Walter White en ese patético cocinero de droga con ínfulas (tan lejos del ambicioso Heisenberg, pero irónicamente cercano al fracasado profesor de química). ¡Y qué decir de los dos encuentros cara a cara con Hector Salamanca, aún no prisionero de la silla de ruedas y de esa irritante campanilla!

                Sin embargo, por grande que sea Mike, es Jimmy quien tiene la parte del león en la serie. Es justo que así sea. Y si Jonathan Banks es un grande, Bob Odenkirk es un monstruo. Jimmy, aún no Saul, es un personaje digno de interpretar. Desde sus escenas como abogado de oficio a sus chanchullos como estafador en bares y restaurantes. Desde sus estratagemas comerciales a sus discursos de vendedor de humo. De sus triunfos legales (porque sí, es un buen abogado) a sus reflexiones mientras bebe agua de pepino. ¡Qué personaje! Gilligan no hace más que dar criaturas de antología.

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              El drama de Jimmy es muy diferente del drama de Mike. De hecho, cuanto más alejado está Jimmy del mundo del crimen (al que sabemos que regresará) más interesante se vuelve su historia. Porque se convierte en una historia de personas y relaciones, de amores y odios. Del gran amor entre Jimmy y Kim. Del gran odio, que nace de un gran amor, entre Chuck y Jimmy.

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                Kim, una espléndida Rea Sheehorn, es la brújula moral de la serie. Si hay un personaje radicalmente positivo, es ella. Si hay alguien por quien el espectador sin inclinación por la oscuridad tenga simpatías instintivas, es Kim. Gran abogada, rigurosa profesional, ambiciosa con escrúpulos, mantiene su dignidad humana en todo momento. Desde su grito de alegría en los aparcamientos de HHL a sus miradas a Jimmy cuando descubre alguna de sus trapacerías, es difícil de quién disfrutar más, de la actriz o del personaje. Y Kim, en especial en la rotunda segunda temporada, se ve, por su amor por Jimmy (es peculiarmente placentero ver a la moral Kim deslizarse al mundo turbio de Jimmy, en sus estafas de recepción de hotel) en la guerra terrible que se libra entre los hermanos McGill.

              Un hombre tenía dos hijos. Un hijo mayor, cumplidor de la ley, severo observador del deber. Un hijo menor, encantador, fullero, que malgasta la herencia de sus dones y facultades. Uno que siempre está en su puesto, pero que no ama ni es amado. Uno que danza al borde del abismo, pero lleno de vida. No puedo dejar de pensar en esa prodigiosa parábola evangélica mientras veo “Better call Saul”. Es uno de los textos más sutiles de la Historia, se interprete como metáfora teológica, como narración psicológica o como ambas. Junto al cuadro de Rembrandt, esta serie es la plasmación más clara de estos dos personajes que he visto nunca.

                 La serie es de una astucia tremenda en la presentación del conflicto. Durante la primera temporada nos deja creer (sin mentirnos nunca de modo descarado) que el culpable de que a Jimmy se le cierren los caminos legales es Hamlin, la supuesta cabeza del bufete de abogados; es él quien parece ser el mayor antagonista del más joven de los McGill. Aunque sabemos bien que Jimmy no es ningún santo varón, le vemos cuidar con fraternal solicitud a su hermano enfermo, defendiéndole a capa y espada frente a los consejos médicos, por muy certeros que sean, buscando, con una admiración que despierta ternura, la aprobación, la estimación, la caricia de su hermano mayor. Por eso es tan lacerante para Jimmy (y el espectador) el desenmascaramiento de Chuck, sus crueles palabras de rechazo. Por eso es tan terrible la lucha que libran en la segunda temporada, inteligencia contra inteligencia: una mente rigurosa y brillante contra una flexible y astuta.

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             Sin embargo, la serie también nos da cuenta de los pecados de Jimmy. Y no son pecados menores. Es comprensible el rechazo que Chuck puede sentir por su hermano menor y por sus prácticas. No obstante, no logramos sentir simpatía alguna por Chuck. El hermano mayor, rigorista, no conoce la piedad para con nadie, para con ningún error, ni propio ni ajeno. Cumple hasta la letra pequeña de la ley, todos los deberes, sin conocer más satisfacción que la del deber, impuesto o autoimpuesto, cumplido. Que es incapaz de coger la mano de su hermano para ayudarle a salir del hoyo. Porque esto es terrible: tan convencido está Chuck en su desdén por Jimmy, que, de manera consciente, sabotea todas las posibilidades de que su hermano logre triunfar de un modo honrado. Claro que Jimmy también pone de su parte. Pero Chuck actúa con Jimmy como quien le da la llave de una destilaría a un alcohólico y luego le señala, censor, cuando está totalmente borracho.

                 Esta guerra, que sin duda será sin cuartel en la próxima temporada, es el combate psicológico que más sin aliento me ha dejado desde el enfrentamiento entre genios perversos de Heisenberg y Gustavo Fring. Pero Jimmy lleva las de perder: porque, por experto en tretas que sea, su cariño por Chuck le lleva a desbaratar sus golpes, en última instancia. Mientras que el rencor acumulado por Chuck (esas reveladoras secuencias de la cena con la exmujer de Chuck o en el lecho de muerte de la madre) le lleva incluso a traicionar su beatería legalista.

                   Sí, un hombre tenía dos hijos. Pero aquí sólo tenemos a los hijos, no al padre. Kim es la única voz que pone a ambos ante el espejo. Sabemos que el pródigo hijo menor no resistirá en casa de Kim, que volverá a los senderos torcidos. No sabemos qué será del hijo mayor, como tampoco sabemos qué fue de él en la parábola. En este mundo de Nuevo México, sin redención, es probable que si uno se pierde por un lado, el otro quedará, rígido, solitario, preso de sus propias cadenas.

                  ¡Pero qué magnífico será ver esto y todo cuanto nos tengan en reserva esta panda de genios!

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junio 24, 2014

Fargo: el triunfo del Caos

            “Fargo”, la serie, tenía un obstáculo del tamaño de una montaña en “Fargo”, la película. Esa obra maestra de los Hermanos Coen podía extender una sombra sobre la creación de Noah Hawley. Creo que caso todos nos sentamos a ver el piloto con una mezcla de curiosidad y reservas. ¿Sería la misma historia? ¿Aparecerían los mismos personajes? ¿Mantendría la esencia, cambiando detalles? ¿Estaría a la altura? Lo digo con rotundidad: “Fargo”, la serie, tiene poco que envidiar a “Fargo”, la película. Y ha evitado todas las trampas que se abrían ante ella.

            Porque si bien durante los primeros veinte minutos o así del piloto aún podíamos pensar que esta sería una variante del largometraje, pronto vimos que no. Ni trama, ni personajes, ni temas. Sólo la nieve.

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            Bueno, no sólo la nieve, conforme. Separándose de la obra madre, Hawley ha dejado una serie de guiños, homenajes y reverencias a los Coen. Desde los carteles mintiendo como bellacos al asegurar que ésta es una historia real, a ciertos diálogos y escenas con un sabor muy coeniano (la parábola que le cuenta a Gus su vecino es uno de los ejemplos más claros o esa comida de la mafia de Fargo); quizás mi favorito sea el hallazgo por Stavros Milos del maletín con el millón de dólares, en medio de la nada, marcado por el limpiacristales naranja, ése que dejó allí el personaje de Steve Buscemi.

            La fotografía es impecable, y la dirección de cada escena de cada episodio, sobresaliente. La tormenta de nieve, en la que todos los personajes caminan como fantasmas en medio de una ceguera blanca, me entusiasmó visualmente. La banda sonora es otro acierto mayúsculo: cada tema, ninguno muy largo, realzaba las escenas en las que era tocado y, en especial, volvía más misterioso, más siniestro, más subyugante al villano central.

            La galería de secundarios es para no parar de aplaudir: desde Colin Hanks, el triste Gus Grimson, y su hija Greta, Lou en su cafetería, o Bob Odenkirk recordando a todos que es un señor actor, al interpretar un individuo, el decente pero corto jefe de policía Bill Oswalt, en las antípodas del memorable Saul Goodman, a la pareja de asesinos profesionales Mister Numbers y Mister Wrench o los dos agentes del FBI Pepper y Budge (que entran en la serie en la mejor secuencia de asesinato en masa dentro de unas oficinas que yo he visto nunca).

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            Claro que la serie tiene tres grandes: una encarnación del caos, un criminal vil y una heroína entrañable.

            Allison Tolman lo tenía difícil: sus compañeros de cartel son actores de reconocidísimo prestigio y además tenían los personajes más sabrosos para actuar. El suyo era el de la buena de la función y los buenos son, casi siempre, unos seres sin demasiada gracia. Pero, ay, amigo, esta actriz es de respeto. Su Molly Solverson es un encanto, una más en la familia de los grandes detectives que además son humildes y llevan adelante su investigación con tenacidad, trabajo e inteligencia, sin aspavientos. Sus conversaciones con Lou, con la viuda del malhadado jefe Vern, o su simpático flirteo con Gus, tan torpe por parte de él, encima, la vuelven entrañable. Por eso es aún más satisfactorio (si uno es sádico, claro)o terrible ver cómo su mirada se va oscureciendo, a medida que el caso avanza, hasta que sólo queda una tristeza que ni la ternura por los suyos ni las chispas de bondad que surgen a ratos (ese encuentro tan astutamente colocado con Bill y el chaval sudanés que ha acogido) pueden desterrar. Porque esta historia es muy oscura.

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            Recuerdo que mi padre, un par de veces que vimos juntos la película, se enervó en ambas ocasiones con Jerry Lundegaard, el personaje de William H. Macy. Creo que lo que más le exasperaba era la estupidez de Lundegaard, el cómo un plan bastante cochambroso se convertía en una tragedia por culpa de su necedad. Jerry no era estrictamente un imbécil moral, pero desde luego era un imbécil y sus acciones eran de una moralidad bastante dudosa siendo generosos.

            Martin Freeman, ese monstruo interpretativo, interpreta aquí el primer personaje francamente desagradable que le conozco. Lester Nygaard tiene ciertos elementos comunes con Jerry Lundegaard: un fracasado, sin mucho futuro profesional, que ha soportado toda la vida un matón tras otro, desde sus compañeros del instituto a su propia mujer y a su hermano pequeño; todo el mundo le recuerda, de un modo explícito, que es un don nadie, que no tiene carácter, sí, un buen tipo, amable, educado, tonto. Al contrario que Jerry (cuya mujer e hijo estaban a su lado, pese a que su suegro era una pesadilla), Lester no tiene nada, ni nadie que le apoye. Jerry actúa de un modo calculador, planifica (muy mal) su crimen. A Lester el crimen le brota en un arrebato, ante la enésima humillación… luego de haberse encontrado con el Caos encarnado.

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            Lorne Malvo, un espectacular Billy Bob Thornton, da el pequeño empujón que Lester necesita para que su vida deje los carriles rutinarios de la convención. Le dice lo mismo que el poster que Lester tiene en el sótano, con ese pez rojo nadando a contracorriente entre una multitud de peces amarillos: ¿Y si tú tienes razón y ellos están equivocados? ¿Y si las reglas de la sociedad, al final, están para despreciarlas? ¿Y si no tienen importancia? Lester rompe, por primera vez, una regla. Le aplasta la cabeza a su mujer con un martillo- porque la muerte de Hess por Malvo no fue cosa suya. Ya de romper las reglas, demonios, empecemos asesinando.

            Aquí está el gran tema de “Fargo”: la lucha entre la comunidad y el sálvese quien pueda, entre la generosidad y el egoísmo. La parábola que sobre los dos guantes le cuenta Molly a Lester, y que éste no comprende, simboliza buena parte del debate. Desde cierto punto de vista, “Fargo” resulta una serie conservadora o filosocialista. Seguramente unos cuantos conservadores y socialistas se escandalicen, pero ambas ideologías (uso el conservadurismo aquí como ideología, por ejemplo de Edmund Burke; otro día igual hablamos de todo esto) tienen una visión positiva de la comunidad. Lester rompe las normas, las convenciones, de la comunidad para conseguir lo que lleva codiciando toda la vida y no cogía por miedo. La pequeña comunidad se deshace ante la violencia de Malvo y las vilezas de Lester. Eso explica la sombría reflexión de Bill, pero esa cantinela de “todo tiempo pasado fue mejor” es falsa, y la propia serie la ha desmentido, aunque solo sea mediante las referencias a la matanza de Sioux Falls.

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            Lester no es un simple patético perdedor autocompasivo. Empieza a descubrir en sí mismo una astucia rastrera y despiadada que ignoraba incluso que tuviera. Durante un tiempo parece que se va a derrumbar mientras el perdigón de su mano, la herida infectada, le corroe. Y entonces, cuando parece que va a quebrarse, en el hospital, luego de una nueva humillación por parte de su insufrible hermano Chaz (¡Chaz!), Lester da un paso inesperado: ya no es un homicidio más o menos impulsivo. Por fin, Lester elige el caos, y, mediante un plan muy arriesgado, pero llevado a cabo con auténtica sangre fría, se quita de encima las sospechas oficiales y logra hacer recaer todas las culpas en su hermano pequeño, salir triunfante, reinventarse: deja a un lado todas sus inhibiciones, todas sus inseguridades y se convierte en un mentiroso manipulador, que se cepilla a la viuda del matón de su infancia y alcanza por fin el éxito profesional. Y cuando las circunstancias lo requieren, sacrifica de manera gélida (el detalle de la capucha es de una malicia refinada) a su nueva y, ahora sí, enamoradísima esposa, para salvar el pellejo (de un modo muy similar al de Walter White usando como peón a su inocente vecina, por si acaso hay matones esperándole en su casa).

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            Lester es capaz de todo esto gracias a su revelación camino de Damasco particular. Y quien se la ofrece es Lorne Malvo. Que para mí ya está entre los diez mejores malvados de la Historia de la televisión. He leído por ahí comparaciones de Malvo con el temible Anton Chigurh. Me parecen justas, porque Malvo es un personaje digno de Cormac MacCarthy. Creo que hubiera podido hacer sociedad, temporal aunque fuera, con el mismísimo Juez Holden. Estos tres personajes tiene ciertas características comunes: su propensión a la violencia, su crueldad, su inmenso carisma negativo y su aura sobrenatural. Holden es, de largo, el más terrible y misterioso de los tres. Pero Malvo, hasta el último episodio, es una fuerza imparable, que elimina sin esfuerzo a cuantos se cruzan en su camino, sin estridencias, tranquilo y sonriente.

            Mientras Chigurh es un psicópata y Holden un profeta de la guerra eterna, Malvo es un observador, un experimentador. Todo lo que hace en la serie, todas sus maldades, grandes y pequeñas, las hace por pura curiosidad. ¿Qué ocurre si hago esto o lo otro? Sí, sí, es un profesional, parece, pero eso no evita que liquide a tres personas, mandando al traste meses de trabajo, sólo para comprobar si Lester está realmente dispuesto a seguir hasta el final (“¿Has visto sus caras cuando saqué la pistola?” Magnífico).

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            Malvo dice burlonamente a la dueña del motel que es un estudioso de las instituciones. Sí que lo es. Ese diálogo aparentemente absurdo es un momento revelador. Mediante sus preguntas sobre la norma de nada de mascotas es las habitaciones, Malvo retuerce la letra de la norma, hasta volverla ridícula. Esa norma, para Malvo, son todas las normas y no hay diferencia entre una ley del parlamento, un costumbre, un acuerdo social. Tirar un papel al suelo, pisar el césped, matar a alguien. Todo es lo mismo y todo es irrelevante. En esa certeza reside buena parte de su aura, que lo vuelve tan aterrador para Gus en su primer encuentro. Nada parece ser capaz de detener a Malvo, menos en su duelo final contra, ¡precisamente!, un Lester mucho más hábil de lo que él había esperado. Quebrada su invulnerabilidad, Malvo es ejecutado por Gus.

            Y aquí tiene su gran triunfo.

            Malvo gana. Su tesis gana. Molly pierde. Por eso él sonríe diabólicamente antes de recibir el último disparo de Gus. Gus, el débil Gus, el cobarde Gus, dispara a un hombre herido, desarmado. O sea, lo asesina. Así de simple. Lo mata por miedo, lo mata para defender a su familia. Excusas y excusas no faltan. Hasta razones. Pero el hecho es que todo lo defendido por Molly es traicionado por Gus. Impera la selva. Malvo seguramente ve la gracia en que Lester y Gus, en involuntario equipo, terminen con su vida, porque lo hacen al margen de la sociedad. Y eso él siempre lo ha aceptado como algo posible, lógico; ¿no liberó a Mister Wrench, para que la sociedad no pudiera juzgarlo, pese al riesgo potencial que significaba? Molly, que es una detective sagaz, tiene que saber que su marido es un asesino. Pero calla. También ella se traiciona.

            Tiene a Gus. Tiene a Greta. Pero fuera nieva, el viento aúlla, es de noche. Molly no tiene ya ninguna luz para su vida. Porque ella y Gus también son ya parte de los lobos.

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