Con un vaso de whisky

febrero 9, 2016

Espionaje descentrado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:49 pm
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            Según su fiel biógrafo Boswell, el Doctor Johnson dijo en una ocasión que quien está cansado de Londres está cansado de la vida. En el mundo seriéfilo, eso es muy cierto. Londres es escenario y hogar de tantas y tan buenas series que resulta difícil no mirar con instintiva simpatía a una que nos lleve de nuevo a la gran metrópolis. Con todo, no basta sólo Londres para volver brillante una serie.

            “London Spy” transcurre en Londres y casi consigue ser brillante. Lo es en ocasiones. Pero el resultado final me ha dejado una sensación poco grata: la de estar ante una obra que podría haber sido grande y se ha conformado con ser digna. Y eso que tenía en mí a un público nada difícil. Primero, porque transcurre en Londres. Segundo, porque es una serie oscura, turbia, con trama retorcida e intrigante. Tercero, por el reparto, lleno de nombres de respeto, aun cuando varios no hagan más que un cameo. Sin embargo, cuando uno se espera un equivalente a los tenebrosos rompecabezas de Hugo Blick (de los que hablamos aquí y aquí) o a la espléndida “The Hour” (de vida demasiado breve y a la cual le debo una reseña en condiciones) es fácil que acabe algo decepcionado.

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            No deja de ser algo injusto. Porque “London Spy” tiene sus virtudes. Logra crear una atmósfera viscosa, asfixiante, casi claustrofóbica, que únicamente en el último episodio se me hizo artificiosa. En todos los capítulos hay al menos una escena brillante (me encanta la breve escena en el club de poderosos vejestorios, con la fugaz aparición de James Fox). La trama mantiene su intriga buena parte de los cinco episodios, aunque ciertas escenas parecen ser puro capricho, pistas que no meramente falsas, sino que dan la impresión de que se olvidan o dejan de lado, sin justificación ni explicación. Viene a ser una mezcla de historia de espías a lo John Le Carré y falso culpable de Alfred Hitchcock.

            Los dos actores principales son los que se comen la pantalla y justifican casi toda la serie: Ben Whishaw y Jim Broadbent. Whishaw no ha hecho aún una actuación mala que yo le haya visto. Cierto que Danny, el protagonista de la serie, es algo cansino y que no le vemos más que angustiado, torturado, asustado o desesperado. Sin embargo, uno se cree cada emoción, en cada segundo, de la interpretación de Whishaw. Broadbent, que es parte de la aristocracia dramática de Gran Bretaña, está, como siempre, simplemente genial. Sus escenas como Scottie son un placer, cada diálogo que tiene con Danny me convencía para permanecer mirando. Broadbent es un magnífico actor tanto en drama como en comedia; sabe, además, darle a sus secuencias dramáticas una cierta ironía maravillosa. El muy escaso humor de esta serie viene todo él del acento, de las expresiones o de las miradas de Scottie.

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            Entonces, ¿qué problema tengo con “London Spy”? Dos fundamentales. El primero, que cae víctima de su propia atmósfera: se vuelve tan pesada, tan oscura, tan trágica, que uno acaba por sobresaturarse y salir de la serie. No tiene esa capacidad, tan británica, de observarse a sí misma con cierta sorna; se vuelve a ratos pomposa. En “The Shadow Line”, tal vez la serie más tenebrosa que jamás haya visto, la trama era tan inteligente, los personajes tan variados y carismáticos, la dirección tan brillante, que cuanto más sombría se volvía, más la disfrutaba. Un perverso humor negro atravesaba los siete episodios. Aquí, creo yo, he visto un intento, meritorio, pero fallido. En el quinto episodio, simplemente, estuve tamborileando con los dedos en el sofá, mirando el reloj cada cinco minutos, a ver si acababa aquello de una buena vez.

            El segundo, el error en el macguffin. El macguffin o bien se deja claro que carece de relevancia o bien se le da la justa. En “Con la muerte en los talones” el macguffin es irrelevante y esa película es una obra maestra. En “The Shadow Line”, una vez más, el porqué último de la trama es tan prosaico que resulta una genialidad malévola. En “London Spy” tratan de convertirlo en la gran revelación. Y les estalla en la cara.

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            La cosa está en que, durante los dos primeros episodios, los mejores, para mí, parecía que se estaba centrando la historia en algo muy diferente y muchísimo más interesante. Todo el primer episodio se consagra a la historia de amor entre Danny y Alex: cómo estos dos extraños, de mundos muy diferentes, se conocen, se vuelven a ver y terminan siendo devotos el uno del otro. La serie se toma su tiempo, hace bien, con esta relación porque es el motor de todo. No se entienden las acciones de Danny a lo largo de la serie si olvidamos por un momento que Alex es el amor absoluto de su vida. En este primer episodio, la sombra de lo que está por llegar se proyecta, no de modo muy sutil, casi desde el primer segundo: el edificio del MI6 se alza sobre Danny al salir de la discoteca o se cierne, amenazador, tras la pareja, en su paseo por la orilla del río.

            Cuando la historia de amor se convierte en historia negra, con espías, criminales y policías, parece que la pregunta que Danny debe responder es: ¿quién es Alex? No para quién trabaja, no en qué está metido, no cuál es ese descubrimiento que ha hecho y que tiene a los Servicios de Inteligencia tan nerviosos. No. Danny trata de desentrañar la personalidad de su pareja. Encuentra respuestas muy diferentes, hasta cierto punto incompatibles entre sí. ¿Son diferentes máscaras de Alex? ¿O alguna de ellas resultará ser su verdadera cara? El espía al que hace referencia el título es Alex; debería haber sido Danny: alguien ajeno al mundo de claroscuros que se ve impulsado a escrutar, en busca no de sí mismo, sino de su otro.

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            Esta investigación de Danny resultaba mucho más prometedora. Daba espesor a un personaje, Alex, al que la interpretación de Edward Holcroft y su cara de palo no hacen muy memorable. Durante dos horas estuve ante una danza de equívocos donde no tenía muy claro quién era más astuto entre los bailarines: Danny, Alex, Scottie, la madre de Alex o los poderes en la sombra. Por desgracia, se le quitan a Alex las máscaras a toda velocidad y el único enigma que nos queda es el de su hallazgo, el del secreto que debe permanecer oculto a toda costa. Que desde luego no queda oculto para los protagonistas. Y que resulta tan pretencioso que es aburrido.

            Es lástima. Espionaje, crimen, amor y drama, con una dosis de humor dan para un cóctel de primera. Pero hay que saber dosificar y no pasarse. Esta vez, la mezcla no sabe como debería.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 10/11/2015 - Programme Name: London Spy - TX: n/a - Episode: n/a (No. 2) - Picture Shows:  Danny (BEN WHISHAW) - (C) WTTV Limited - Photographer: Laurence Cendrowicz

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octubre 22, 2012

Tristes historias de reyes muertos

            Cuando la BBC toca a rebato, porque cree que Inglaterra y el mundo pueden estar olvidando a Shakespeare, no repara en gastos. Casi me imagino una enorme campana en lo alto del edificio de la cadena, tañendo a toda potencia. Cuando esa campana resuena, los actores británicos dejan sus pintas de ale y vasos de whisky, sus jardines, acrobacias amatorias, u otros planes  y acuden en masa.

            La BBC ha decidido adaptar, una vez más, unos cuantos dramas históricos del Gran William. Y, con no mal criterio, ha escogido la Henriada, como llaman los académicos a la tetralogía formada por Ricardo II, Enrique IV (dos partes) y Enrique V. Les han dado un título menos erudito y más sonoro, sacado de un verso del malhadado rey Ricardo II: The Hollow Crown.

            Estoy en proceso de verme las cuatro películas (de unas dos horas por cabeza), así que, a medida que las vaya digiriendo, las iremos comentando. Como la historia de Ricardo II ya ha sido comida y asimilada (con la obra original a un lado y mi Bloom gruñendo al otro), podemos ponernos con ella.

            Juicio global: muy favorable. Nunca había visto Ricardo II, ni en el teatro, ni en el cine ni en la televisión. Es una obra tremendamente formal, casi hierática, con largos soliloquios, en los que Shakespeare demuestra ya un notable control del lenguaje y ahonda en la psique del monarca (aunque deja a los demás personajes un tanto de lado). Me parecía muy difícil de adaptar y lo es, pero los cerebros detrás de esta versión eligieron bien su estrategia: no naturalizaron la obra, sino que la asumieron en toda su teatralidad. Basta la primerísima escena, incluso los primerísimos segundos de la misma, para captar que aquí vamos a tener preciosismo formal, con un estilo casi pictórico y, encima, prerrafaelista.

            Y hacen bien, porque otra elección sería traicionar la obra. Querer convertir Ricardo II en una obra de diálogos fluidos y naturales es no saber qué tienes entre manos. Drama extraño, frío y un tanto ajeno, yo, como lector, nunca me he sentido muy conmovido por los sufrimientos del protagonista, pero disfruto mucho de la belleza estética del lenguaje. De manera similar, esta adaptación respeta bastante la palabra y juega astutamente con la imagen, con una escenografía y un atrezzo cuidados hasta el más mínimo detalle. Las escenas en las que Ricardo tiene protagonismo son luminosos cuadros, hermosos aunque un tanto desvaídos, algo que refleja bastante bien la personalidad del rey; en cambio, cuando son Bolingbroke y sus secuaces los que dominan, todo pasa por un tamiz azul y gris, mucho más sombrío.

            Ricardo II es el centro de su propia obra. Todo se subordina a él, incluso él mismo, quien está encantado de haberse conocido y es absolutamente incapaz de pensar en nadie más, ni siquiera por un segundo. Bloom lo describe con precisión: Ricardo II es un mal rey y un interesante poeta metafísico; sus dos papeles son antitéticos, de modo que su reino decrece a medida que su poesía mejora. Al final, es un rey muerto, primero obligado a abdicar y después asesinado, pero lo que queda siempre en nuestros oídos es su falso lirismo metafísico. Rey alocado e inadecuado, víctima tanto de su propia psique y su extraordinario lenguaje como de Bolingbroke, no es que Ricardo gane nuestra simpatía, sino nuestra renuente admiración estética por la cadencia moribunda de su música cognitiva. Es totalmente incompetente como político y totalmente dueño de la metáfora.

            Había que ser cuidadoso eligiendo al actor que encarnase a Ricardo; una vez más, la elección fue afortunada: Ben Whishaw clava el papel. Un rey ensimismado, pseudomístico, amante de lo bello (sí, aquí se rodea de muchachos agraciados, pero en el personaje hay más de esteta pasivo y cansino que de homoerotismo, ni liberado ni frustrado) y amante de sí mismo, incapaz de gobernar de ninguna manera y completamente indefenso ante el depredador Bolingbroke. Whishaw está magnífico en todo momento y es a él a quien hay que felicitar porque suya era la carga: si no convencía como Ricardo, todo lo demás sería en vano. Pero convence y vemos al desgraciado Plantagenet y no al actor. No cabe elogio mayor. Whishaw logra lo que yo creo que es vital en este papel: que no nos caiga bien Ricardo, pero que tampoco disfrutemos sádicamente de su caída. Y es la poderosa fuerza de la poesía la que nos deja a medio camino entre el rechazo y el afecto. No podemos estimar a Ricardo, pero tampoco podemos desentendernos de sus diálogos y sus soliloquios. Están recortados, es cierto, en ocasiones, demasiado. En el último, por ejemplo, quitan un buen tercio de los versos y algunos de los que a mí me parecen más notables. Con todo y con eso, siguen siendo grandes parrafadas.

            Los monólogos de Ricardo en su decadencia son con diferencia los mejores de toda la obra. Whishaw echa el resto en cada uno de ellos, empezando con el magnífico parlamento en la playa. Ricardo ha vuelto de sofocar unas revueltas en Irlanda, un día demasiado tarde: los galeses que le eran fieles se han cansado de esperar el regreso del rey y ahora no hay ejército que se enfrente a las cada vez mayores fuerzas militares del usurpador Bolingbroke. Tras subirse un momento de irreal elevación, en la que se compara con el sol naciente, Ricardo cae en las simas de la desesperación, con ese monólogo que empieza No importa dónde, de consuelo no hable nadie./ Hablemos de sepulcros, de gusanos y epitafios.

            El patetismo de Ricardo sólo crece, igual que su calidad literaria y la habilidad de Whishaw en las siguientes declamaciones, ya sea rindiéndose ante Bolingbroke o cediendo su corona; la escena de la abdicación, una de las mejores de la obra, es, asimismo, una de las mejores de la película, con Ricardo negando su propio carácter de consagrado, pidiendo un espejo para verse tras la destrucción de su naturaleza real, jugando con símbolos, metáforas y palabras, hasta quedar reducido a nada.

            Y a la nada de la mazmorra, en su último soliloquio, siempre centrado en sí, un soliloquio en el que, dice Bloom no adquiere ninguna dignidad humana, pero empieza a encarnar lo que puede llamarse una dignidad estética. Ricardo es la primera figura de Shakespeare que manifiesta esta fisura entre la estatura humana y la estética.

            Sólo la escena de su muerte me rechina, con el paralelismo con el cuadro del martirio de San Sebastián que vimos al inicio del largometraje. Abunda en la idea del Ricardo obsesionado consigo mismo, empeñado en comparar sus sufrimientos con un martirio y hasta con la Pasión de Cristo, pero me resultó, en una obra muy teatral, excesiva.

            Por desgracia, no puede ser tan elogioso con el rival, con Bolingbroke. El personaje, y esto es así en la obra, es mucho menos interesante que Ricardo. El futuro Enrique IV vuelve del exilio para reclamar su legítima herencia, al morir su padre, Juan de Gante y, mientras finge que esto es lo único que persigue, se apodera del reino, al estar ausente el Rey. Es un arribista ambicioso y sin escrúpulos, pero Rory Kinnear se empeña en darle un aire de contenido remordimiento, como si hiciera todo cuanto hace a su pesar. El torvo Bolingbroke de la abdicación se vuelve un estirado que ve con cierta repugnancia la escena. Yo, la verdad, siempre me imaginé al Duque y luego Rey más taimado y amoral, no un guerreo marcial que parece estar siempre al borde de las lágrimas. Y el que sus últimas palabras, que son de una hipocresía rampante, tengan pinta de sinceras me hace sospechar que si a Ricardo lo calaron por completo, Bolingbroke logró engañar a la misma BBC.

            Fuera de Ricardo, sólo hay dos personajes con parlamentos de respeto (porque York, aunque interpretado por el gran David Suchet, quien da viveza al personaje, no es un papel agradecido). Uno es el Obispo de Carlisle, el único que se opone al victorioso Bolingbroke con unas palabras llenas de fuerza, cadenciosas, dramáticamente proféticas del dolor y la muerte que esperan a Inglaterra durante generaciones. Tan llenas de fuerza en la obra que Lucian Msamati, quien llevaba el papel con dignidad, tropieza y falla en su momento cumbre. Una auténtica pena.

            El que no falló fue Patrick Stewart, veterano actor shakesperiano (trekkismos lejos, por favor), es decir Juan de Gante. Gante tiene el otro gran parlamento que no es de Ricardo, un elogio conmovedor a Inglaterra (aunque nunca debemos dejar de ver ironías en todo elogio que haga un anglosajón). En esta escena, se emplea con inteligencia los recursos televisivos: lo que en un teatro se tendría que bramar, aquí apenas se susurra, en un primerísimo plano del agonizante noble. Y no es que a Stewart se le da mal los ladridos, como demuestra al echar en cara a Ricardo, pocos segundos después, en su frase más célebre, su manera de gobernar: Lanlord of England art thou now, not King!

            La BBC ha logrado nota en la adaptación, me parece, más complicada. Veremos si logran mantenerse en este camino.

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