Con un vaso de whisky

noviembre 30, 2016

Bostezos decimonónicos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:17 pm
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        Alguna vez les he comentado que el concepto “género menor”, en el campo literario, me da cierta urticaria. Implica un desdén pomposo, apriorístico y afectado. Cuando oigo que alguien dice de un escritor “No le falta talento, pero lo dedica a novelas de detectives” (verbigracia), mascullo imprecaciones, invocando la pipa de Georges Simenon. Pero, claro, eso no quiere decir que cualquier novela de un género “menor” (mascullen conmigo) cuente de inmediato con mi favor. Sería igual de apriorístico y absurdo que la pose contraria.

          Escribir es difícil. Escribir bien es aún más difícil. No hablo ya de escribir genialmente. La frontera entre el buen escritor y el genial es misteriosa y, pese a los esfuerzos dedicados por críticos, escritores y filósofos no sé yo si lograremos delimitarla con precisión, aun cuando sepamos sin dudas de qué lado de la línea está tal o cual autor. Escribir novelas de detectives no es fácil (insisto, lean a Chesterton) y menos escribir buenas novelas de detectives. Cuando leí las críticas de “La musa oscura”, llenas de alabanzas y de calificativos de “magistral”, viendo además que estaba editada en España por Impedimenta, una editorial cuidadosa con sus selecciones, decidí que debía leer esta obra. Y la leí. Y me siento decididamente en la bancada de la leal oposición.

         Es, en mi humilde opinión, una novela mediocre con ciertas ideas desaprovechadas. Me gustaría decir que Armin Öhri lo intenta y fracasa meritoriamente, pero no tengo muy claro si ni siquiera lo intenta.

         El primer capítulo, seamos justos, es notable. De hecho, es lo mejor de todo el libro. Está escrito con un estilo sobrio, seco, directo y preciso. No volveremos a leer algo igual mientras tengamos el libro entre las manos. Presenta a la víctima del crimen y al criminal y narra el crimen en sí mismo. No habrá, pues, juego de gato y el ratón, no habrá lista de sospechosos y suspense hasta el final, mientras nos mordemos las uñas barruntando quién lo habrá hecho. Sabemos desde el principio quién lo ha hecho.

      ¿Entonces? Öhri juega una carta interesante: en vez de una investigación, el corazón de la novela será el juicio. Un juicio donde el criminal, que no es heroico, sino muy villano, tratará de hacer descarrilar el proceso contra él aunque sea obvio y notorio para todos los implicados, que es culpable. Es una idea muy atractiva. El problema es la ejecución. Créanme, en ocasiones pensaba estar leyendo el guión de un bodrio de sobremesa. Los diálogos de los interrogatorios eran un tanto sonrojantes. El estilo de la narración, folletinesco en el peor sentido de la expresión; perdí la cuenta de cuántas muecas diabólicas, demoníacas, mefistofélicas y satánicas deformaban la faz del profesor Goltz, nuestro orondo asesino. Öhri trata de dar vida su villano y le sale una caricatura. Sin pretenderlo, que es lo grave. Cuando, después de contemplar sus argucias de leguleyo patético, lee uno a un veterano policía admirarlo por su astucia infernal y calificarlo de genio de la lógica, se pregunta si no será la novela un bromazo encubierto.

       Cierto que en los últimísimos capítulos se levanta algo la cabeza. Se evita un desenlace que, de haberse producido como parecía, hubiera sido para tirar el libro por la ventana y ese pequeño guiño burlesco es un mérito que no regateo al autor. La explicación final del móvil del asesino y el desenlace del caso son aceptables, aunque ni mucho menos originales. En cuanto al móvil, durante la exposición del mismo por el perfidísimo profesor me encontré pensando en “La soga” y en cómo se expone idéntica idea de un modo mil veces más atractivo y escalofriante, sin aspavientos.

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       Pero es que “La musa oscura” no tiene como protagonista al profesor Goltz. ¡Ojalá! El protagonista es Julius Bentheim, dibujante de la policía, estudiante de Derecho, convertido en detective aficionado, uno de los tipos más estomagantes que he tenido el disgusto de cruzarme en un novela. Bentheim es una nulidad. Carece de cualquier atractivo. Ni es inteligente, ni es simpático, ni es concienzudo, ni es humilde, ni es nada. Es una nulidad. ¿Que con eso se podría haber formado un protagonista irónico de primer orden? ¡Ya lo creo! ¿Que Öhri intenta que nos tomemos en serio a su petimetre? Eso me temo.

        Para más desesperación “La musa oscura” tiene vocación de inicio de saga detectivesca. Y se nota en cada línea. La historia del juicio y la historia de Bentheim corren paralelas durante buen parte de la novela. Las pausas en el proceso se utilizan con la sutileza de una bomba atómica para ir colando la historia personal de Bentheim y presentar a la obligada colección de personajes secundarios recurrentes que toda saga ha de tener. Nada tengo yo contra tales colecciones. Siempre he sido un forofo de los personajes secundarios. Muchas veces, salvan novelas, películas y series. Siempre que sean buenos personajes secundarios. Dickens era una maestro consumado en este sentido. Como también Pratchett. Öhri, no. Ni uno, oigan. Ni uno llama la atención. Más que presentarlos, Öhri les permite hacer un cameo, tal vez tanteando al público a fin de determinar quiénes agradan más y merecen volver a presentarse. Las únicas excepciones son Albrecht Krosick (el supuestamente cínico e irónico amigo del protagonista ) y Filine (el amor del protagonista), dos sinsustancias de cuidado, pero que aparecen casi tanto en la historia como Bentheim y Goltz.

        La intención de que “La musa oscura” sea una novela, por así decir, de presentación es tan evidente, que no hay una auténtica trama en los capítulos que no tratan del juicio. Bien es cierto que no es necesario una trama para hacer una gran obra. Hace poco he terminado la maravillosa “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, de Laurence Sterne, donde la acción no avanza ni un medio minuto durante cientos de páginas. Es uno de los libros que más he disfrutado y con el que me he reído en años y años, una obra maestra. Öhri no es capaz de escribir bien sobre la nada. Intenta colarnos un remedo de trama paralela que no es sino una excusa flagrante para ir metiendo la galería de secundarios, con vistas a que vuelvan a aparecer en las futuras entregas de su saga. Esto puede llegar a convertirse en la estructura de esas futuras entregas: un caso principal y un puñado de escenas más o menos inconexas para que recordemos la existencia de Bentheim y sus adláteres.

         Resumiendo: con un inicio prometedor, un asesinato brutal, un proceso contra el asesino donde éste tiene que desmontar una acusación que parece a prueba de balas, todo ello ambientado en el Berlín de mediados del siglo XIX, Armin Öhri se las apaña para tejer una novela mediocre, pretenciosa, aburrida y con ínfulas de ingenio. Meritorio. Seguro que las continuaciones están a la altura.

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octubre 30, 2016

Are you local?

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:13 pm
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   “¡Sean ustedes bienvenidos a Royston Vasey! Es posible que el entorno les parezca un tanto deprimente, con ese cielo perpetuamente nublado, ese páramo en el que no crece nada salvo una hierba amarillenta. Puede que el mismo pueblo les resulte un tanto gris, vulgar, monótono, a primera vista. ¡Pero pierdan cuidado! En cuanto se monten en el único taxi, sabrán que no hay nada de monótono en esta pintoresca localidad. Al fin y al cabo, el lema del pueblo no sería “You´ll never leave!” si no estuviera seguro de poder seducir a los visitantes, ¿verdad?

   No dejen de comprar alguna delicadeza en su carnicería local, les aseguro que volverán a pedir más después de haberlas probado. Un paseo por las calles y parques les deparará algún encuentro con algún amable lugareño o el abarcar de un vistazo nuestro humilde zoológico local. Puede que en su estancia un célebre circo ambulante nos haga una visita; aproveche la oportunidad. En el pub siempre encontrará buen humor y camaradería; si algún parroquiano se empeña en contarle un chiste, le recomendamos que escuche hasta al final y se ría, aunque no le haga demasiada gracia, porque algunos de nuestros ciudadanos son muy sensibles.

   Si necesita ser reconfortado espiritualmente, no encontrará sermones más vigorosos que los pronunciados por nuestra Reverenda. Si es su mascota la que necesita cuidados más materiales, el veterinario local se hará cargo con un entusiasmo sin igual. Si lo suyo son las cartas y no les asusta probar juegos con reglas tal vez un poco enrevesadas, encontrará aquí almas gemelas. ¡Y qué decir de nuestras majestuosas cuevas, que podrá visitar de la mano de nuestro excelente y vitalista guía! Si decide quedarse entre nosotros, pero tiene la desgracia de estar desempleado, los cursos de formación para buscadores de empleo le sacarán del bache; le recomendamos que lleve su propio bolígrafo a las clases. Si sólo está de visita, encontrará “souvenirs” y otras cosas preciosas en la tienda local, donde le atenderán como merece.

   Le deseamos una estancia placentera y larga entre nosotros.”

 

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  Esta sería mi humilde propuesta como panfleto de bienvenida al pueblo de Royston Vasey. Y les recomiendo encarecidamente que lo visiten. ¡Nunca lo olvidarán, aunque consigan escapar de él! ¿Que cómo se puede visitar? Viendo “The League of Gentlemen”, la Liga de los Caballeros, una de las más negras y crueles comedias que he tenido el placer de ver en los últimos años. La forman Mark Gatiss, Steve Pemberton, Reece Shearsmith y Jeremy Dyson. Los tres primeros, además de guionizar, interpretan prácticamente todos los papeles de la serie. Y es curioso ver, por ejemplo, a Gatiss (ese impecable Mycroft Holmes) meterse en la piel de una limpiadora del hogar con necesidad de pasar por el dentista, un carnicero medio psicópata o un vendedor de objetos para bromas soez y repugnante. El trío tiene una considerable flexibilidad, para pasar de encarnar de una criatura extraña a otra aún más extravagante.

   Es verdad, hay cierto elemento común en la mayoría de los seres que circulan por la pantalla: son grotescos. Pérfidos o mezquinos o miserables. Salvando al pobre veterinario, cuya vida no es tampoco para lanzar cohetes, el resto de lugareños ocupan distintos puestos en la jerarquía del Mal Absurdo. Porque tampoco se esperen a Moriarty, claro. Son perversos o locos, destructivos por placer o por infelicidad. Pero hay una lógica en su actuación, por tortuosa que sea. Me resulta complicado elegir a los personajes más malévolos. Tal vez las pequeñas gemelas de los Denton, el infernal Papa Lazarou y, por encima de todos, Edward y Tubbs Tattsyrup, los dueños de la Tienda Local, tal vez la pareja más popular y memorable de toda la serie.

 

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  La relativa flexibilidad de los actores a la hora de interpretar diferentes personajes es uno de los puntos fuertes de esta serie. El principal, por supuesto, es el uso, casi alarde, del humor negro. Negrísimo. Doloroso, en ocasiones. No hay, además, apenas concesiones a la sátira. Las carcajadas no están dirigidas contra una realidad social, a salvo la xenofobia y el miedo al extraño encarnador hasta el paroxismo por los Tattsyrup. No hay una institución que se ridiculice más que otra. No estamos ante el ingenio en su trono de razón, parafraseando a Chesterton, lanzando sentencias hilarantes y luminosas contra el sinsentido y la estupidez. No. Eso sería consolador.

   La Liga nos enfrenta a un mundo tenebroso y hostil, al cual somos extraños (como el desdichado sobrino de los Denton, nuestro alter ego en la primera temporada), cuyas reglas tenemos que desentrañar poco a poco. La regla de oro aquí es que todo irá a mal y que toda situación se retorcerá hasta alcanzar su aspecto más desagradable posible. Al final del giro, habrá un chiste, porque de lo contrario algunas escenas serían aterradoramente dramáticas y eso no lo van a consentir. Acabaremos siempre con una sonrisa o una carcajada, aunque a veces (o todas las veces) nuestra risa sea un simple mecanismo de defensa.

   Tampoco disponemos de una trama a la que aferrarnos. Nos ofrecen la ilusión de una trama, algo vagamente similar a un argumento o una estructura, sobe todo en la tercera temporada. Pero sólo lo justo para que no nos perdamos definitivamente y podamos seguir siendo espectadores de este desfile de absurdos contrahechos, de este festival del humor sombrío.

 

 

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  Y este humor, tampoco se vayan a pensar, no es el más delicado ni elegante. Es brillante y muy calculado, oscuro y feroz. Pero no elegante. Ni mucho menos. A ratos es brutalmente soez. Demasiado, lo admito, para mi gusto en ciertas escenas. El tipo de la tienda de artículos de broma, por ejemplo, es un ser que no puedo soportar y con quien no me reí apenas. No es que fuera el más siniestro, era el más escatológico. Conviene que lo sepan: en un momento u otro, torcerán ustedes el gesto. Será interesante, sin embargo, comprobar dónde pone cada cual sus propias fronteras. Son cosas que nos dicen mucho de nosotros mismos.

   A mediados de la primera temporada el espectador sagaz ha desarrollado un mecanismo muy útil de protección: el distanciamiento. Se ríe, claro, y se lleva las manos ala cabeza de tanto en tanto. No se siente, no obstante, vinculado. Cuanto ve en la pantalla le es ajeno. Ha degradado a los habitantes de Royston Vasey a meros alfeñiques. Y aquí es donde la Liga da una genial vuelta de tuerca: convierte a esos seres infames en personas, les da cierto espesor, les otorga capacidad de sufrimiento, les da esperanzas y frustraciones. Y, entonces, nuestras risas se vuelven más amargas. Porque ya no nos reímos de barbaridades sin sentido, sino del sufrimiento, del vacío, de la infelicidad de seres heridos, tristes o perdidos. Nos seguiremos riendo, sí. Esas risas, empero, ya no nos salvan, sino todo lo contrario: nos hacen cómplices de la maldad. Pasamos de estar repantigados en nuestra cómoda neutralidad a ser voyeristas sádicos. Ese cambio llega al extremo en la película que pone fin a la serie, “Apocalipsis”, en la que los habitantes de Royston Vasey se alzan y exigen cuentas a sus creadores.

   Ésta es, en mi opinión, uno de los hitos de la comedia negra del cambio de siglo. Así que, vamos, saquen un billete de ida a Royston Vasey. Saben que el billete de vuelta será inútil. Y, por supuesto, si la vieja jorobada de una tienda les pregunta si puede serles de ayuda, digan que quieren comprar todas las cosas preciosas de su tienda. No saldrán defraudados de allí.

 


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septiembre 12, 2016

El Rey Profeta de la Ciénaga

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:36 pm
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            Tres grasientos hermanos cuervos giran, picos arriba, cortando una circunferencia en el cielo magullado y revuelto, trazando órbitas rápidas y oscuras a través de las espesas hinchazones de humo.

            Durante mucho tiempo la tapadera del valle estuvo clara y azul, pero, ahora, por Dios que ruge. Desde donde estoy tumbado las nubes parecen prehistóricas y vomitan enormes bestias sin rostro que se enroscan y mueren así, sin más, allá arriba.

            Quien nos dirige la palabra es Euchrid Eucrow, segundo de dos hermanos, el superviviente, porque el primogénito falleció al poco de nacer, mudo desde el nacimiento, una de las criaturas más sorprendentes con las que me he topado, gran protagonista de una de las novelas más sorprendentes con las que me topado: “Y el asno vio al ángel”, de Nick Cave. Sí, ese Nick Cave. El inmenso talento como músico y letrista de este australiano alto y oscuro queda claro en ésta, su primera novela. Si uno fuera dado a la envidia, estaría verde hasta el tuétano.

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            ¿Qué se va a encontrar el lector? Una extraña mezcla de “La conjura de los necios” y el mundo de Faulkner. Vetas de realismo mágico en un tenebroso bloque de sarcasmo. Un universo alucinado y tortuoso que cabe en un miserable valle de Maine, sobre el cual, si aceptamos las fechas que se nos dan en la novela, pasan los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado pero que, en verdad, parece al margen del tiempo y del resto del Cosmos.

            El título de la novela viene de la historia de la mula de Balaam, que es citada (Números 22, 23-31). Un cierto sabor veteotestamentario se puede percibir en las imágenes y en el lenguaje de los personajes. No en vano, el valle está controlado por la minoritaria pero feroz secta de los ukulitas y no en vano Euchrid se siente tocado por el dedo de Dios y como autoproclamado campeón del Señor de los Ejércitos nos declama. Pero es un cierto sabor, sólo, superficial, propio de las congregaciones petrificadas, rígidas, implacables en el cumplimiento de sus normas, obedecidas sin discusión y sin sentido. No es que sea Balaam de los personajes más inteligentes de la Biblia, aunque sí de los más grotescos. Una digna entrada a este libro extraño.

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            El idioma de la novela es extremadamente rico e imaginativo. El vocabulario que Cave derrama sobre las páginas es colorido, lleno de florituras arcaizantes, de adjetivos rebuscados y de enumeraciones encadenadas que se retuercen, ondean y fluyen como serpientes gigantescas. Y ese idioma, propio del narrador omnisciente, cuando toma la palabra el propio Euchrid, algo que ocurre la mayor parte del tiempo, se alza y se rebaja al mismo tiempo. Sus discursos y explicaciones están construidos con oraciones extraordinarias, con palabras rotundas, engarzadas como joyas rutilantes, pero también están llenos de vulgarismos, de cagamentos e insultos que irrumpen en mitad de sus devaneos.

            Porque Euchrid, y no destriparé más, nos habla desde su lecho de muerte, en la mitrad de su ciénaga, mientras el barro y las arenas movedizas lo van tragando. Desde allí, nos va desgranando su terrible historia y conocemos a los estrambóticos habitantes de aquel lugar extraño, azotado por los Años de la Lluvia, que todos entienden como un implacable castigo divino.

            ¡Y menuda galería! La atroz Madre, borracha y bestial; el silencioso y hosco Padre, inventor de innumerables trampas mecánicas, sonrientes artilugios diseñados para triturar, atrapar y tullir. El enloquecido predicador Abie Poe, con sus odiosos sermones de miedo y castigo. Las sombrías comadres del valle, un personaje múltiple, mezquino y temible. La tentadora y desdichada Cosey Mo. La aún más desdichada Beth, la elegida del valle, víctima de todos los personajes del libro, de una inocencia que raya en la estupidez. Es consolador pensar que no hay ningún personaje realmente inteligente en todo el libro y puede uno pensar que, en este mundo, la inocencia y la necedad no tienen que ir unidas. Simplemente, la necedad es universal, se sea inocente o depravado.

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            Pero Euchrid es quien nos controla y a quien volvemos. Es quien habla y quien nos habla y, muchas veces, nos interpela directamente, nos interroga y nos exige respuestas. Su poder léxico es asombroso y su imaginación proléptica es poderosa. Se ve a sí mismo como elegido, profeta y después rey. Y resulta muy difícil sustraerse al encantamiento de sus palabras, de sus visiones, de sus alucinaciones, cada vez más delirantes, a medida que avanza el libro. Aunque la razón nos diga que sus afirmaciones de terror y poder sobre cuanto le rodea no son más que absurdos, casi le rendimos pleitesía en ocasiones. Porque, y este es uno de los grandes aciertos del libro, estamos, casi sin remedio, en manos de Euchrid. Vemos la realidad a través de sus ojos. Es él quien nos describe a muchos de los demás personajes. Y, por tanto, tenemos que fiarnos de sus palabras e interpretaciones. ¿Son realmente tan terribles la Madre y el Padre, tan bestiales los habitantes del valle, tan viles los vagabundos adictos? Parece que sí, por lo que nos dice el narrador omnisciente cuando toma la palabra. Pero, ¿quién es ese sospechoso y anónimo narrador, de voz tan similar a Euchird, aunque sin sus accesos de amnesia, rabia y dispersión? ¿No será el mismo Euchird, viéndose fuera de su propio cuerpo?

            Todo en Euchird está torcido, desde su visión del mundo hasta su percepción de Dios (no es mucho menos torcida la de los fanáticos ukulitas, cuya teología es tan ramplona como supersticiosa), pero la suya no es una mente inferior. Enloquecido como está, razona de un modo caprichoso, pero seductor. No le falta un humor negro y mordaz, que lo vuelve extrañamente simpático. Su mudez mantiene encerradas todas las palabras que querría decir, por lo que giran en su mente de modo incansable, royéndola. Su burbujeante cerebro es un laberinto de caos e insensateces regido por una razón particular e inexorable. Su dolor y su rencor, su misantropía y sus frustraciones se traducen en venganzas salvajes, unas imaginarias, otras reales. Haber creado a Euchird Eucrow es haber creado a uno de los monstruos más notables de la Literatura, alguien que podría debatir, mediante la telepatía, con el mismo Ignatius J. Reilly (no tengo muy claro quién agotaría antes a quién bajo el peso de su palabrería y sus disquisiciones) y que se sentiría al tiempo como en casa entre los monólogos lúgubres de “Mientras agonizo”.

            Lean esta novela, se lo recomiendo. Es un viaje a la locura y el absurdo, a la tragedia que se ríe sardónicamente, un torrente literario irresistible como el diluvio sobre el Valle de Ukulore, absorbente como su ciénaga, grotesco como el Reino de Cabeza de Perro.

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agosto 16, 2016

Zorros y sabuesos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:23 pm
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            El ocho de agosto de 1963, el Real Tren Postal (Royal Mail Train), con origen en Glasgow y destino en Londres, fue detenido en el puente de Bridego Railway, en Ledburn, cerca de Mentmore, Buckinghamshire. Un grupo de ladrones sustrajeron entre dos millones seiscientas treinta y un mil seiscientas ochenta y cuatro libras y dos millones quinientas noventa cinco mil novecientas noventa y siete libras con diez chelines. El cerebro de este atraco fue Bruce Richard Reynolds, alias, Napoleón. El cerebro de la investigación para apresar a la banda, el Superintendente en jefe (Detective Chief Superintedent) Tommy Butler. Fue el mayor atraco de la Historia del Reino Unido, si no estoy mal informado. Uno de los casos más notables en los anales de la justicia penal, con una sentencia polémica por su severidad. Y, entre otras adaptaciones, ha dado para una miniserie de dos capítulos (más bien, dos películas), de 2013: “The Great Train Robbery”.

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            Las películas o series de atracos siempre me han encantado. “Atraco perfecto” es una de mis películas favoritas. Si “Inception” me exasperó tanto es porque me parece una estupenda película de atraco que no llegó a ser. “TGTR” (por abreviar) no es perfecta, pero garantiza tres horas de entretenimiento de calidad.

            Esta obra está dividida en dos partes muy diferenciadas; en la primera, se nos narra la planificación y ejecución del atraco, mientras la segunda adopta el punto de vista de los policías que investigaron el crimen. Así, la serie no es por completo ni de los delincuentes ni de los investigadores. Los títulos de las películas, casi idénticos, refuerzan esta especie de equidistancia: “Historia de un atracador”, “Historia de un policía”. En inglés la similitud es incluso mayor: “A Robber´s Tale” versus “A Copper´s Tale”.

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            Desconozco si la serie es rigurosa históricamente. No he leído ningún libro sobre el asunto, aunque sin duda buscaré alguno para cubrir semejante laguna. Como obra de ficción funciona estupendamente. La primera película quizás sea la más redonda. Desde la primera secuencia, para presentarnos el núcleo de la banda de ladrones en un atraco anterior (con bombines y paraguas), pasando por la organización del robo, resolviendo los problemas logísticos (el detalle de la bombilla y el guante me encantó) hasta el recuento del botín (¡Y DIEZ CHELINES!) hasta la inquietante sensación de que la ruina aguarda a los protagonistas casi desde el mismo momento de su triunfo, me tuvo clavado en el sofá. Y eso que el ritmo no es particularmente trepidante ni se usa la música para tener al espectador con el corazón en un puño.

            Tal vez se echa en falta un poco más de examen de los personajes. Uno siente una instintiva simpatía por cualquier personaje interpretado por Paul Anderson, al fin y la cabo todo un Shelby en “Peaky Blinders”. Pero las motivaciones de los ladrones, en especial de Reynolds (un solvente Luke Evans, actor con papeles mediocres casi siempre) quedan demasiado brumosos. No es por codicia, se nos quiere decir, en una y otra película. Hay algo de orgullo artesanal, algo de ansias por trepar en una sociedad que no permite muchas alternativas a quienes no nacen ricos, algo de la camaradería del grupo en combate. Las constantes referencias de Reynolds al “Sistema” hacen pensar que hay un cierto rencor social, un rechazo meditado de este grupo respecto del mundo y el país en el que viven. Pero eso es apenas esbozado. Quizás para no lastrar la película, es comprensible.

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            La sensación de que los ladrones (o algunos de ellos) no están movidos únicamente por la codicia ayuda a que el espectador tome partido por los mismos. La idea de narrar la investigación desde el punto de vista de los policías, tal vez, tenía como fin equilibrar el marcador, lograr que, como Rick en “Casablanca” comprendiésemos el punto de vista del sabueso tanto como el del zorro. Sin embargo, la unidad de policías no resulta muy memorable como personaje colectivo. Y Butler, el implacable superintendente, es un personaje francamente antipático, sobre todo en comparación con Reynolds.

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            Lo cual, bien mirado, es un acierto. Ese contraste ayuda mucho dramáticamente. Si el atracador es un tipo bastante majo, empático y agraciado, pongamos un perseguidor gélido, duro y estirado. Pero que sea un enemigo a la altura o incluso superior. Así que el papel debe interpretarlo alguien de respeto. Pocos más respetables que el gran Jim Broadbent. Butler ni necesita ni quiere ser estimado o admirado. Quiere ser obedecido y quiere obtener resultados. Triunfa donde otros fallan. El aura de inhumanidad del personaje (su genuina sorpresa cuando se le sugiere que no todo el mundo compartimentaliza su vida de un modo tan drástico como él) se presenta de un modo no muy original, aunque sí efectivo. Sólo se le va la mano al guión y al director en esa secuencia final, tras la charla con Reynolds, un buen diálogo, ambiguo, que permite al espectador ser él mismo quien decida, al fin, de parte de quién está. Después de la charla, el espectador no necesita el plano de la escuadra de policías: ya ha comprendido. O debería.

            Bien hecha, dirigida con tino, sin alardes y sin ser una obra genial, estas dos películas conforman una agradable contribución al género policíaco. Ni más, ni menos.

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agosto 7, 2016

Nihil obstat

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:27 pm
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            Hace unos días leí un “hilo de Twitter” (esto es, para aquellos que no conozcan esa red social, varios tuits o breves mensajes encadenados y que tratan sobre el mismo asunto) que me causó un cierto malestar. El hilo daba una interpretación sobre determinada novela, interpretación en modo alguno mal razonada. El último tuit era una especie de epílogo que olía más a veredicto que a reflexión final. Ese epílogo fue el que me dejó inquieto.

            Al pensar un poco más en ello, caí en la cuenta de que había tres aspectos, distintos, aunque, hasta cierto punto, relacionados, en este asunto que me zumbaban en el cabeza, pese a los vermuts que les echaba encima, para ahogarlos. Ya saben cómo son las ideas zumbonas: nadan mejor que las penas. No crean que he tenido una iluminación.  Nada nuevo hay bajo el sol: estas cuestiones llevan siglos revoloteando, así que no se puedan despachar con una maldición genérica hacia “los jóvenes de hoy en día” ni con una nostalgia más o menos injustificada respecto de los tiempos pasados. Tampoco creo que estas líneas supongan ningún antes y después en la discusión. Si las escribo es, fundamentalmente, porque escribir tiende a ser más efectivo que el alcohol para poner en su sitio a este tipo de ideas o impresiones insectoides.

            El primero de los aspectos no es el que más me cerca del córtex me zumbaba. Es el viejo debate de juzgar obras artísticas por criterios morales. Asunto que sigue dando para cavilaciones y que, en algunas personas, llevan a negarse a escuchar tal o cual compositor o a leer tal o cual escritor por considerarlo un ser humano repugnante. No es un debate menor. Chesterton, a quien reverencio, dedicó bastantes páginas al asunto y, aunque no caía en simplificaciones, tendía a dar importancia al elemento moral en el arte. Wilde, por poner a otro titán, era más bien contrario a mezclar ambos círculos y consideraba que una obra de arte no podía ser moral o inmoral. En las actas del juicio que le enfrentó al marqués de Queensberry (recogidas en el libro “El marqués y el sodomita. Oscar Wilde ante la Justicia”, de Merlin Holland, publicadas en España por Papel de Liar), el astuto abogado defensor del marqués interroga de manera implacable a Wilde sobre la moralidad de ciertos trabajos literarios; el escritor siempre se niega a dar una valoración moral, limitándose a permanecer en el ámbito de lo estético.

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            Este asunto es muy interesante, pero no es el que más me hacía pensar estos días. Con todo, creo que está en la base del asunto, así que igual se me desliza en los siguientes párrafos. Para no ser del todo oscuro, un apunte: prohibir una obra porque el sentido moral de uno, unos cuantos o casi todos se ofenda me parece digno de sociedades donde no me gustaría pasar demasiado rato.

            Uno de los problemas esenciales con el tuit final del que les hablaba hace unas líneas era que sacaba una moraleja de la novela comentada. Esto, en mi opinión, supone un error: confundir diferentes subgéneros narrativos. Leo y oigo con frecuencia que se trata a novelas o cuentos como si fueran fábulas o parábolas. Y no es así. La fábula es una narración con un declarado objetivo didáctico. Las fábulas existen por y para la moraleja. Pueden estar peor o mejor escritas, desde luego, pero en este caso considero legítima la crítica ética o moral, porque la fábula busca trasmitir una lección moral o ética. La parábola es ligeramente distinta: también busca transmitir una enseñanza, pero donde la fábula es, por lo general, clara, la parábola es más retorcida. No es de extrañar que el más grande contador de parábolas del que un servidor tiene noticia repitiese “quien tenga oídos, que oiga”. Es, por tanto, habitual discutir las diferentes interpretaciones de una parábola, no de una fábula.

            No obstante, en la discusión sobre una parábola concreta los contendientes barruntan que hay una respuesta auténtica. Por sutil que sea la parábola, por compleja, por matizada que sea la enseñanza, hay una enseñanza.

            Ni en la novela ni en el cuento tiene por qué existir enseñanza alguna. La novela, sobre todo, es una criatura conflictiva, que se adapta, muta y aúna en sí misma mil mundos literarios. Sigo sin leer una definición de novela que acabe de cerrar de modo rotundo la discusión sobre su verdadera naturaleza, sobre su esencia, y es poco probable que llegue a leerla. Tal vez sea ése el secreto de su supervivencia a través de los siglos, mientras una generación tras otra de críticos literarios (bueno, algunos en cada generación) se empeña en certificar su muerte y traernos su cabeza para demostrarla. Por tanto, hay novelistas y cuentistas que, efectivamente, esconden fábulas o parábolas en sus novelas y cuentos. Claro que en este caso se puede argüir que nos encontraríamos ante fábulas o parábolas con forma de novelas y cuentos, disfrazadas, enmascaradas. Y que, al quitarle la máscara, se puede juzgar a la supuesta novela como lo que en verdad es.

            Admito esto, en parte. Pero estimo que la inmensa mayoría de novelas, aun las novelas de tesis, no son fábulas. Su razón de ser no es proporcionar enseñanzas morales, dar respuestas a dilemas políticos o éticos. Victor Hugo, por ejemplo, era dado a introducir largas reflexiones en sus novelas, sobre los más variados asuntos. La diferencia entre las partes auténticamente novelescas y estos ensayos es evidente. El mismo Hugo advertía al lector (quizás para que el lector pudiese decidir si se saltaba esa parte) cuándo pensaba dedicar unas cuantas páginas a meditar sobre la relación entre la arquitectura y la imprenta, la oración o el problema de la redistribución de la riqueza. Estas reflexiones pueden estar bellamente escritas, pero no son novela. Los soliloquios internos de Claude Frollo o Jean Valjean, en cambio, sí lo son. Es un error, por tanto, juzgar una novela por su pretendida tesis.

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            Y aquí enlazo con la última cuestión que es, quizás, la más inquietante de todas. El juicio. La condena. El establecer que esta novela o este cuento, esta película, o esta serie de televisión quieren transmitir esta enseñanza. Esta concreta. Que deben leerse de esta manera. Que su interpretación es esta. Que, por tanto, dada esta tesis, esta idea, esta moraleja que hemos desvelado, la obra merece ser ensalzada o repudiada. Y que quien lea la obra condenada, quien la defienda, quien la estime, es un ser asimismo reprobable, indigno.

            Hay matices y hay grados. Tal, no obstante, es la tendencia que observo muchas veces a mi alrededor. Me aterra. La arrogancia de un individuo que determina, ex cathedra, el único y verdadero significado de una obra de arte me exaspera. Niego que un Comité de Sabios, reunido como un tribunal, pueda determinar si el significado verdadero de “La isla del tesoro”  es éste o aquel. Niego que ese tribunal, incluso si el mismo está formado por las más grandes literatos, pueda concluir que la única interpretación aceptable de “El rey Lear” es esta o la otra. Que si entendemos “Crimen y castigo” de esta manera, estamos a salvo y hasta se nos puede felicitar, mientras que, si la leemos de este otro modo, merecemos que nos escupan a la cara.

            Y esa autoridad que niego al hipotético Comité de Sabios, se la niego, de igual modo, a la turba. Me niego a aceptar que un pelotón de linchamiento, virtual o no, me diga cómo tengo que leer, obligatoriamente. Rechazo que puedan coaccionarme moralmente, pasearme emplumado por las calles si mis gustos literarios o mi visión de una obra no coinciden con los suyos.

            ¡Qué empobrecedora es esa posición! ¡Qué cerril! ¡Qué amnésica! Impide al lector la capacidad de transformarse. Destruye la sutileza tanto para el escritor como para el lector. Erradica el gran poder de las novelas infinitas, aquellas que encierran en sí mismas mil lecturas posibles. Rechaza que el lector pueda ser un colaborador del escritor, que el escritor es sólo dueño de la obra hasta que pone el punto final y que el lector, cada lector, sea o no la misma persona, hasta cierto punto, la hace suya.

               Desde luego que no toda lectura es válida, sin más. Si uno de ustedes me dice que “El sabueso de los Baskerville” es una defensa del nacionalsocialismo, veo bastante probable que, después de escuchar sus argumentos, le mande al carajo. Hay interpretaciones absurdas, que no se sostienen o incluso que no se argumentan. No voy a negar a nadie el derecho a interpretar absurdamente una novela. Claro que me reservo mi derecho a tirar por tierra esa argumentación.

            Es importante, creo yo, advertir esto. Porque, de lo contrario, poco a poco, dejaremos que gente con muy buenas intenciones nos diga qué y cómo debemos leer, qué y cómo debemos escribir. Y tal vez volvamos a ver, en los libros publicados, en todos ellos y no sólo donde, tal vez, estén justificadas, esas sombrías palabras: Nihil obstat. Imprimatur.

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julio 22, 2016

Hundidos en el Pozo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:22 pm
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            Nunca dejarás Harlan con vida era la sentencia inexorable que traspasaba las temporadas de “Justified”. Y aun cuando en ocasiones Rylan Givens o Boyd Crowder parecían estar rozando el pomo de la salida, terminaban arrastrados de vuelta al condado implacable de Kentucky, igual que sus aliados, amigos o adversarios. Cambien Harlan por Birmingham, por la parte más tenebrosa de la ciudad, y en igual situación está Thomas Shelby.

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            La huida del Pozo es la constante en las por ahora tres temporadas de esta magnífica serie (revisé aquí la primera y aquí la segunda). Thomas, Polly, Arthur, Grace, Campbell… de un modo u otro, todos trataban de escapar de pozos interiores o del gran Pozo. Todos fracasan. En este sentido, hay un cierto parecido entre “Peaky Blinders” y “The Wire”. Los habitantes de Baltimore, como los de Birmingham, son libres hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto. La irónica pregunta de Lenin sobre las libertades formales de la clase obrera (Libertad, ¿para qué?) no es impertinente ni en Baltimore ni en Birmingham. La herencia social y familiar, la clase social y, también, sin duda, las propias decisiones, forman una malla que es muy difícil de romper. Mister Solomons, ese hallazgo de personaje (¡qué actorazo es Tom Hardy!), se lo recuerda a Thomas Shelby como si fuera un profeta del Antiguo Testamento, aunque usando una cita del nuevo: quien a espada vive, a espada morirá. Otro día, si quieren, discutimos por qué este aforismo evangélico es más bien una astuta defensa de la no violencia, más que una apología de la pena de muerte, como han querido ver muchas personas, sin duda muy razonables en otros aspectos de sus vidas.

            Desde el punto de vista formal, esta tercera temporada de “Peaky Blinders” no mantiene lo logrado anteriormente: lo supera. Escena tras escena, secuencia tras secuencia. Fotografía de matrícula de honor. Encuadres de matrícula de honor. Banda sonora de matrícula de honor. Parece a ratos que cada fotograma es un cuadro. La dirección y las actuaciones son, como siempre, excelentes. La trama y el desarrollo de personajes tienen, como siempre, mucho que escutar. Vamos con ello.

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            Al finalizar la segunda temporada, Thomas puede sentirse bastante seguro de su posición. Cuando comienza la tercera temporada, desde luego, parece que el imperio de los Shelby nunca ha sido más fuerte. Se podrían hacer paralelismos justos entre don Vito Corleone y Thomas, aunque también con Michael Corelone. Thomas, seguramente, es al tiempo Vito y Michael. Sus redes criminales son indiscutidas en su ciudad y se extienden hasta Londres, donde mantiene una tregua con las facciones que tanta guerra le dieron en el pasado. Tiene a la mujer que ama y, como anunció, se va a casar con ella. Es saludado por la sociedad bien de Birmingham, la Policía responde ante él, los servidores públicos se inclinan ante su paso, controla los negocios ilegales y legales. Es el amo. Cualquiera diría que ha ganado la partida.

            Pero Shelby debe su vida a Mr Wiston Chruchill. Y aunque los conservadores ya no estén en  Downing Street, los servicios secretos de Su Graciosa Majestad tienen apéndices oscuros. Y Thomas Shelby les será de utilidad.

            A partir de aquí, spoilers.

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            Esta tercera temporada se parece bastante, en cuanto a estructura de trama, a la primera. Como en aquella, hay un interés común a varias facciones y los Shelby están en el centro de la madeja. Los soviéticos, los rusos blancos en el exilio y los siniestros Odd Fellows, una especie de para-espías ultraconservadores, decididos a continuar la guerra subterránea contra la Unión Soviética, pese a que el Gobierno del momento no esté por la labor. Como en aquella, Thomas tiene que danzar con todas las facciones, tender redes, mover hilos, servir a unos y a otros, mientras en realidad sólo se sirve a sí mismo.

            Hay un detalle significativamente distinto entre la presente temporada y las previas: la ausencia de un antagonista principal. Cierto que había en aquellas y hay en esta múltiples adversarios. Pero tanto en la primera como en la segunda, el despiadado Inspector Campbell era el enemigo número uno, tanto pragmática como dramáticamente. La lucha a muerte entre Thomas y Campbell, en una relación de enemigos íntimos donde no había cabida para ningún respeto mutuo, era uno de los elementos que más me gustan de los doce  primeros capítulos de la serie.

            Campbell, sin embargo, cayó muerto en efecto por los disparos de Tía Polly, así que no tenemos a Sam Neill para darle la réplica a Cillian Murphy. Su plausible sustituto sería el Padre Hughes (Paddy Considine). Podría haber sido un villano de respeto (asumamos que Thomas es un héroe-villano, moralmente reprobable, pero seductor e irresistible en su carisma negativo). Desde luego, este cura y la organización a la que pertenece ponen en serios aprietos a Thomas. De hecho, nunca había visto a Shelby tan cerca de la derrota, de la ruina, no sólo como poder fáctico, sino interior: en los últimos capítulos, Thomas está desquiciado, recibiendo golpes de todas partes. Y si bien logra derrotar a sus enemigos, la victoria es más bien pírrica.

            Con todo y con eso, no pasará el Padre Hughes a mi lista de antagonistas memorables. Con ciertos cambios de detalle, hubiera podido ser una suerte de Gatehouse, a primera vista un hombre sombrío y discreto que en medio segundo pasa a convertirse en un Poder de las Tinieblas. Pero se quedó en un malo de segunda fila, pese a ciertas escenas poderosas, como ese perverso y falso acto de contrición que fuerza a recitar a Thomas en una cena. Incluso la clara insinuación a que se trataría de un pederasta me sonó artificioso, más un cliché (dramático, entiéndaseme y no se saquen de contexto esta afirmación) que un rasgo definido que hiciese más perverso, repugnante u odioso al personaje. Aparte que dicha insinuación se hace en referencia a Michael, el hijo de Polly, un tipo extraordinariamente cansino que sólo tuvo su gracia como instrumento para explorar a su madre y que ha sobrevivido a toda utilidad.

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            La otra facción adversaria, los rusos blancos, es más pintoresca. Más que blancos, se puede decir, como en “Casablanca”, que son rusos locos. Los Odd Fellow son despiadados y eficaces. Los rusos son crueles y están como una manada de cabras, como puede atestiguar el agente de los Shelby en sus filas. El duque es un cero a la izquierda. La duquesa y su hija son otra historia. Sobre todo, la hija, la Princesa Tatiana. Sus juegos sádicos, eróticos y psicológicos, con Thomas son lo más perturbador de esta temporada. Thomas tiene un laberinto por cerebro y en los aspectos emocionales resulta un personaje muy interesante: un hombre traumatizado por la guerra, ferozmente leal a su familia, como cabeza de la misma, con una capacidad de amar custodiada por su raciocinio implacable que ha sido, parece, devastada de una vez para siempre en esta ocasión. Y es ahí donde Tatiana ataca: golpea en ese amor dolorido para tratar de destruir la razón y arrastrar a Thomas a un caos enloquecido. En la noche que pasan juntos en la casi vacía mansión de Thomas o en la orgía chiflada en la casa de los aristócratas parece a ratos que lo consigue. Pero Thomas, autocrático, no permite que nadie tenga tanto poder sobre él y logra sobreponerse, por muchas cicatrices que la lucha le suponga.

            Porque Thomas encuentra apoyo en la familia. Se lo dijo a Campbell, en una de sus envenenadas conversaciones. A la muy sagaz apreciación del policía (Odiamos a la gente y, a cambio, la gente nos odia. Y nos teme. [… ]Los hombres como nosotros, señor Shelby, siempre estaremos solos. Y el amor que consigamos, tendremos que pagar por él) replica con un casi orgulloso Olvida, Inspector, que tengo a mi familia. Esa familia que quizás ya no sea tal. La base del poder de Thomas se está resquebrajando.

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            Grace, el amor de su vida, le es arrebatado. La muerte de Grace fue una sorpresa. Hunde a Thomas en una tenebrosa melancolía que tiene su importancia en el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, no me desdigo de mi opinión cuando vi reaparecer a la ex espía en la anterior temporada: creo que Grace debería haber muerto a manos de Campbell. Hubiera sido una muerte más redonda, con implicaciones mayores para ese triángulo trágico, más devastador para todos. El fantasma de Grace, y eso se ha demostrado este año, ha resultado más poderoso que la Grace viva, más allá de la primera temporada. También es verdad que, por estar viva al principio, pudimos ver la boda con Thomas, una de las mejores bodas de televisión o el cine.

            ¿Y qué pasa con el núcleo familiar? Arthur se está alejando. Vaya personaje, el de Arthur. Ha pasado de rencoroso hermano mayor ante un hermano más joven, inteligente y hábil que él, a perro fiel y, por fin, a recorrer el tortuoso camino del arrepentimiento. ¿Recuerdan la terrible escena en la que la madre de una de sus víctimas le escupía todo su desprecio? Arthur se arrastra tratando de escapar del Pozo. Pero la familia le impone obligaciones y, aunque desgarrado por dentro, Arthur cumple, por devastadoras que sean las consecuencias. John, más simple, también empieza  dar señales de rebeldía. Michael, el cansino, no se resigna a su papel a lo Tom Hagen (sería tentador aunque inexacto ver a Arthur y John como los Sonny y Fredo de los Shelby) y se empeña en meterse en la parte turbia de los negocios, lo que causa tensiones con el otro gran cerebro de los Shelby, la Tía Polly.

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            Y la Tía Polly también trata de salir del Pozo. Lo intentó ya a través de su hijo perdido y encontrado. Pero ahora ve que lo está perdiendo de nuevo, tal vez por tratar de agarrarlo demasiado fuerte. Así que busca otra salida en el amor de un hombre ajeno a su mundo, un amor que es, o tal vez no, sólo un espejismo y que la hunde de nuevo en el Pozo. Thomas sabe clavar el cuchillo hasta la empuñadura cuando quiere y con Polly además, retuerce la hoja en la herida. Sólo con Ava, la Shelby que está pero a la vez no, la única que ha logrado medio escapar, aunque no del todo, veo a Polly en paz y tranquila.

            Hablando de las mujeres Shelby, qué lástima que esta temporada haya desaprovechado una línea argumental muy sugestiva. Hubiera visto con mucho gusto la reacción de los hombres Shelby, no muy brillantes más allá de Thomas, ante una rebelión sufragista en sus filas. Porque las mujeres (Esme aparte) de esta familia son considerablemente más inteligentes y resolutivas que los varones; como repite Tía Polly, ellas mantuvieron el negocio durante la Guerra y ya me gustaría ver cómo se las arreglaba incluso Thomas sin ellas. El momento en que Polly, Linda, Esme y Lizzie salen a unirse a la manifestación feminista es grande. Merecía más desarrollo. Ojo a Lizzie, además, a su cambio de mujer despreciada en un inicio a trabajadora discreta, con un gesto de enorme dignidad en la última escena del último capítulo, al rechazar, con fría rabia, el dinero con el que Thomas está comprando a toda su familia.

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            Y así llegamos a ese final. Menudo final. Un final muy Michael Corleone. Sí, Thomas, ha derrotado al Padre Hughes y se ha librado de los rusos. Pero los Odd Fellows son poderosos y para protegerse de ellos, Thomas, el jugador reptiliano, tiene que pactar. Y este pacto, esta vez, arrastra a su familia. Tal vez, no lo dudo, Thomas haya elegido el menor de los males posibles. Tal vez, no lo dudo, haya protegido su familia como ha podido. Pero esa última conversación familiar olía a disolución. Y la abrupta irrupción de las consecuencias del pacto deja a Thomas solo. Completamente solo. Campbell estará riéndose en el infierno.

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            El Pozo no deja escapar a sus moradores. Y nosotros, desde luego, volveremos a él, hundidos con Thomas hasta el cuello.

 

julio 1, 2016

El dolor de estar triste

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:44 pm
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            Victor Hugo escribió que la melancolía es el placer de estar triste. Cita romántica donde las haya, permite rebatir a aquellos que consideran a “River” una serie melancólica o, incluso, romántica. Porque esta obra, en apariencia policíaca, es una obra sobre la soledad, la tristeza y el dolor.

WARNING: Embargoed for publication until 10/11/2015 - Programme Name: River - TX: n/a - Episode: River (No. Ep 6) - Picture Shows: **STRICTLY EMBARGOED UNTIL 00:01HRS, TUESDAY 10TH NOVEMBER, 2015** John River (STELLAN SKARSGARD) - (C) Kudos - Photographer: Nick Briggs

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            Abi Morgan, su creadora, había mostrado ya su capacidad para mezclar con gran inteligencia desarrollo psicológico de personajes, relaciones interpersonales y tramas de intriga en la estupenda “The Hour”, que les recomiendo con grandes gestos de entusiasmo. En “River” se olfatea ese talento, aunque, esta vez, el grueso de la apuesta está en la psicología de los personajes. En especial, en el protagonista absoluto, el Detective Inspector John River.

            La trama de investigación policíaca no deja de ser interesante, desde luego. Pierdan cuidado, no haré spoilers de la misma. Resulta obvio, no obstante, que es instrumental: a través del caso, River aprende más de quienes le rodean y de sí mismo; los espectadores, cómplices del inspector en esta disección propia y ajena, hacemos lo propio, con un cierto regusto de voyeur espiritual.

            Confieso que empecé a ver la serie con cierta sospecha. Lo poco que había oído y leído me recordaba en exceso a “Luther”, a “House, M.D.” o al mismo Sherlock Holmes, en cada una de sus encarnaciones. No cabe duda que hay determinados puntos comunes. Quizás la serie a la que más se acerque sea “Luther”. No obstante, hay considerables diferencias. La más importante es esta: el combate en las otras series es siempre en el exterior, sea intelectual puro, en el caso de Holmes o House, sea emocional y psicológico, en el caso de Luther. Sus enemigos, sus adversarios, sus monstruos, están, principalmente, fuera. River tiene el campo de batalla dentro del cráneo.

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           Stellan Skarsgård está inmenso. Es preciso un gran actor para coger un buen guion y sortear las trampas de lo trillado que pueda contener. Lo consigue. Una de las señas del buen actor es lograr dar vida a un personaje impasible. River es introspectivo, callado, taciturno. Un actorzuelo pondría cara de palo. Skarsgård sabe que con un movimiento de labios, una breve risa, una mirada que refulge de súbito o se apaga de repente, que se inyecta de dolor o de anhelo, se arma un personaje complejo, vivo, humano. ¡Qué habilidad!

              River está rodeado de gente, pero se siente y cree solo. Es de hacer notar que, al lado de tipos bastante miserables, la serie ofrece un ramillete de personas decentes. La compasiva Doctora Fallows, la decidida superior de River, Chrissie, incluso en el más bien antipático Marcus MacDonald (a quien reconocerán los visitantes de los Siete Reinos de Poniente) se aprecian móviles decentes. Por supuesto, el sufrido Detective Sargento Ira King, con más paciencia que un santo con River, o su esposa, quien sólo aparece en una escena, y a la que, si la serie continúa, espero le den algo más de papel.

          Con todo y con eso, River se siente asilado. Más aún en Londres, ciudad inagotable, maravillosa, que también puede ser hostil, alienante y suponer la destrucción del individuo. El asilamiento, de estar lejos de la propia tierra, de la propia familia, de ser un apátrida, de no ser aceptado en la tierra de asilo, es otra faceta del gran tema de la serie.

           Poco sociable como es (“Si te sientes solitario cuando estás solo, estás en mala compañía”, dice en una ocasión), no es un misántropo ególatra y sarcástico, ni un sociópata, ni un arrogante gélido. La capacidad de compasión, de empatía, que tiene River es inmensa, pero carece de medios para canalizarla. No posee esclusas para dar salida a sus emociones, sino que las mantiene contenidas en una presa. Eso se cobra su precio. River tiene sus paralelismos con Stevens, el mayordomo impecable de “Lo que queda del día” y, como él, está al borde de la desolación afectiva.

            Lo que tiene Rivers y no tiene Stevens es una legión de compañía perpetua. Sus visiones. Es una decisión inteligente de la serie dejar desde el principio claro que no se tratan de manifestaciones sobrenaturales y que River tiene perfecta comprensión de que no son reales. Pero ahí están. Y hablan con él. Las víctimas de sus casos, que le interrogan y le hacen rumiar las pruebas hasta que el rompecabezas se resuelve (nunca con triunfalismo, siempre con tristeza). Stevie, con la que tantas conversaciones paralelas mantiene, para creciente desesperación de Ira. Y con la que tiene una de las cenas, rematada con baile, más hermosas y emocionantes del cine o la televisión.

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          Claro que dentro de la cabeza, en el sueño de la razón, acechan monstruos. Y el de River toma la faz del infame Doctor Thomas Neill Cream, asesino victoriano, al que presta forma el actor Eddie Marsan, con un aire de trasgo diabólico muy apropiado. Manifestación de las zonas más tenebrosas de su mente, no dialoga con River, monologa. Porque el inspector rehúye hablar con él, no le responde. Igual que el padre Merrin, en “El exorcista”, advertía al padre Karras que no debía entrar en discusiones con el Diablo, River no se enfrenta dialécticamente a su demonio; tal vez intuye que para derrotarle en ese tipo de combate, tendrá que mostrarse tan acerado, tan malévolo como él. Al fin y al cabo, no deja de ser parte del mismo River. El policía se muestra capaz de destruir verbalmente, con perverso placer, a quienes le rodean en esa reunión de sus semejantes. Aunque, al momento, se sienta confundido y avergonzado por la valiente reacción de su psicóloga.

         El venenoso Cream (el envenenador de Lambeth) fuerza a River a elegir uno de dos caminos para su soledad: abrazarla como una liberación, asumir la cara más oscura de su locura y lanzarse al Caos nihilista, destructivo y sádico, o congelarse en la apatía, en el sinsentido, en una podredumbre del alma y la mente, callada, estéril y agónica.

          Victor Hugo, de nuevo, dice en “Los Miserables”: Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no fuese más que a propósito de un solo hombre, aunque no fuese más que a propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una epopeya mayor y definitiva. River es un hombre y la epopeya de su conciencia es la gran batalla contra el Mal, batalla que se libra en el interior del ser humano, mucho más que en el exterior, y en la que las armas son de una naturaleza peculiar y las peleas complejas, sutiles, potencialmente devastadoras. River, el que se cree solo, no lo está tanto. Aunque su mundo no sea un lugar feliz, ni quienes estén a su lado tengan vidas sin sombras, la esperanza planta cara a la desesperación. Es una epopeya que merece verse.

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junio 3, 2016

Cannoli escarchados

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:47 pm
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             Imaginen un pequeño pueblecito noruego. Una comunidad más o menos bien avenida, afable, educada, donde el mayor dolor de cabeza para la policía sería alguna pelea de gente que ha bebido demasiada cerveza. Ahora, introduzcan a un mafioso de la vieja escuela. No sé, no sé, pongamos a uno de los compinches del gran Tony Soprano. Demonios, puestos a poner, pongámosle los hombros, la mandíbula y el pelazo de Silvio Dante, o sea, de Steven Van Zandt. Pueblo de Lilyhammer, les presento a Frank “The Fixer” Tagliano.

Episode 5

Episode 5

            La premisa de “Lilyhammer” es sencilla: hay un cambio en la cúpula en la familia de Frank y el nuevo jefe no le tiene en gran estima, si atendemos al intento de asesinato que ordena perpetrar. Así que Frank hace un pacto con los federales. A cambio de su testimonio, lo llevarán a otra parte del mundo. ¿A cuál?, preguntan los suspicaces agentes del FBI. Pues a Lillehammer, orgullosa anfitriona de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994 y el último lugar donde alguien le buscaría. Pierdan cuidado, no destriparé apenas nada.

            Esta serie de tres temporadas (e inacabada) tiene, pienso yo, un público bastante concreto. Si usted siente nostalgia de la panda que pasaba sus días y noches entre el Satriale´s y el Badabing, se sentirán cómodos en el Flamingo, el bar sobre el que Frank, alias Johnny Henrikson, edifica su pequeño imperio escandinavo. Las referencias a las películas clásicas de mafia y los guiños a “Los Sorpano” (ah, Tony Sirico, qué alegría volver a verte) son constantes. No se confundan. “Lilyhammer” no es “Los Soprano”. Viene a ser una especie de iglesia menor en la que se reconocen rasgos arquitectónicos de la inmensa catedral de David Chase.

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            “Lilyhammer” tiene el formato habitual de los dramas, capítulos de unos cincuenta minutos. No es, desde luego, una sitcom. Sin embargo, no es absurdo calificarla de comedia negra. Hay mucho humor en ella y es un humor entre lo oscuro y lo salvaje. Ah, pero eso pasaba también el “Los Soprano”, me dirán. Cierto. Yo mismo me reí y me río mucho con “Los Soprano”. No obstante, nadie llamaría comedia a este obra maestra, que desafía ser encerrada de un modo absoluto en un único género. Había comedia en ella, pero no era una comedia. “Lilyhammer” tampoco acaba de serlo, oscilando entre el drama y la comedia, sin llegar a ser tampoco nunca esa cosa que se llamó melodrama, concepto ya abandonado y más bien equívoco.

            Quizás ése sea el mayor problema de la serie: el no acabar de saber para qué lado de la balanza inclinarse. Porque a ciertas series les viene muy bien imponerse unos límites. Un poco de humildad, de aceptar una frontera, de no querer abarcarlo todo, puede ser la clave para que una serie pase de digna a excelente. “Lilyhammer”, en especial a partir de su segunda temporada” se dispersó un tanto. La coherencia interna de mundo, personajes y trama que se había conseguido en los primeros ocho episodios se relajó. Las segunda y tercera temporadas me daban una sensación de improvisación, con temas y argumentos que se agarraban y desechaban, sin ningún tipo de plan meditado. Se amplió mucho, pero mucho, la cantidad de personajes que aparecían por la serie. Esto la hizo más pintoresca aún, pero a cambio de no poder construir demasiado ninguno de los personajes nuevos y de dejar de ahondar o, al menos, de perfilar a los ya conocidos.

            Frank, o Johhny, desde luego, tuvo, desde el primer momento y sin discusión, la corona. Es imposible ver a Steven Van Zandt, más aún en este contexto, y no recordar al grandioso Silvio Dante. Y aunque por su físico, sus gestos y hasta su ropa Frank y Silvio son hermanos gemelos, sus personalidades no encajan. Frank es un cínico manipulador y, sobre todo, un organizador. Nada más poner pie en tierras noruegas está ya maquinando para establecer su propia familia mafiosa, aunque tenga que estar compuesta por lugareños con más buena voluntad que aptitud. Recordemos lo mal que lo pasó Silvio cuando tuvo que hacer de jefe en funciones, ante la ausencia de Tony. Frank, en cambio, se encuentra en su elemento natural llegando a acuerdos, haciendo negocios, traicionando a sus socios, dejando claro, cuando hay que dejarlo, que es “the last person you want to fuck with” por aquellos parajes.

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            El contraste entre este mafioso, con sus códigos de conducta no muy progresistas, y la sociedad noruega es uno de los motores cómicos de la serie. Por cierto que los guiones, a cargo de noruegos, si no me engaño, no presentan la sociedad noruega como un paraíso idílico. Hay no poca ironía, aunque, no viviendo allí, no sé cuánto es exageración o deformación satírica. Los problemas de la inmigración, del multiculturalismo, del racismo, de la corrección política, de la hipocresía social, asoman por la serie. Siempre hay que recordar que la piedra de toque es Frank, esto es, un criminal sin el menor escrúpulo, lo cual obliga al espectador a no dejarse llevar por la instintiva simpatía que provoca el carismático Tagliano.

            No es una de las menores ironías de la serie que su héroe sea el gran corruptor. Soborna, chantajea, extorsiona, seduce y compra a todo el mundo. Pero si hay un corruptor es que hay corruptibles. La noruega no es una sociedad tan pura, al menos aquí, que pueda resistir virtuosamente las tentaciones de este demonio con tupé. El cinismo de “Lilyhammer” es considerable, aunque no llega al nihilismo total típicamente sopranesco, ni siquiera en la recta final, cuando a los guionistas se les va un tanto la pinza y las barbaridades se acumulan.

            Esas corrupciones forman la telaraña de Frank, en la que se van enredando los personajes secundarios, que tanto realzan la serie pero por los que, hasta cierto punto, la misma no respeta demasiado. Hay dos grandes excepciones: Torgeir, mano derecha de Frank, y Jan, elegido para ser el personaje más castigado de la serie. Ambos son seres patéticos y un tanto antitéticos. Torgeir es entrañablemente torpe, caninamente leal y un espantajo de cuidado (menuda gorra se gasta el tipo). Es un personaje que se presenta como positivo (aunque sus acciones bajo la tutela de Frank distan de serlo), humorístico. Jan es igual de torpe, pero mucho más enervante. En cualquiera de sus distintas trasformaciones es insoportable, cargante y despreciable. Sufre tanto, no obstante, que en ocasiones es difícil no sentir una cierta conmiseración hacia él. De todos, su evolución es la más tétrica, en la que se emplea un humor más macabro.

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            Fuera de Frank, son Torgeir y Jan a los que se da de una personalidad más propia y más coherente. Las reacciones de uno y otro, incluso las más extremas de la última temporada, son entendibles y no se ven como meros caprichos o recursos de guión. Con Sigrid, primer interés amoroso de Frank, la cosa es, en cambio, sangrante. Se podría haber sacado de allí a un buen personaje y una buena relación (igual que era oro la relación parental de Frank con el hijo de Sigrid, quien en la primera temporada bebe entusiasmado los discutibles consejos sobre la vida que le da Tagliano). Es incomprensible que eso se deje de lado y que las apariciones de Sigrid sean tan esporádicas y tontas.

           El resto de plantel es más bien plano, aunque muy colorido. Todos los personajes terciarios comparten el mismo problema: son de quita y pon. El abogado corrupto, el emprendedor estafador y new age, el chef inmigrante, homosexual y cantante (un gran tipo), los estupendos criminales ingleses (ese genial Alan Ford), los viejos socios de Frank, aliados o enemigos, el niño autista del hospital, la madame manca, las dos tan diferentes jefes de policía, el estrafalario agente de los servicios secretos… Cierto que si se abusa de un terciario puede perder toda su gracia, pero a muchos de los individuos con cierto potencial de la serie se les abandona, mientras de da cancha a personajes sin gracia alguna, fagocitando minutos.

          Si uno le perdona ese ir a veces dando tumbos de guión, “Lilyhammer” es una serie más que digna, con diálogos y escenas de auténtico esperpento, una cuidada banda sonora, homenajes y referencias para satisfacer a cualquier aficionado a la mafia cinematográfica y televisiva y unos cuantos rostros que hacen dar palmas al atisbarlos. Una serie, en fin, con la que merece la pena comerse unos cannoli.

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mayo 11, 2016

Una novela de género menor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:38 pm
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             Hay quien considera a las novelas de detectives un género menor y, por tanto, a Sir Arthur Conan Doyle un escritor menor. Hay quien estima que los cuentos de hadas son una tontería y, por consiguiente, los Hermanos Grimm, Lewis Carroll, Tolkien o Neil Gaiman no han escrito más que tonterías. Hay quien sonríe con desdén ante una novela negra, rechazando con ademán principesco apellidos tales como Simenon o Camilleri. No faltan quienes se permiten ser condescendientes con el humor y paternalistas con el Doctor Wodehouse o Sir Terry Pratchett. Libres son. Sospecho, sin embargo, que estas mentes ilustres tienen sus casas forradas con tolstois y balzacs en perfecto estado de conservación, por no haber sido abiertos jamás.

            La novela, cuya muerte ha sido proclamada más veces que la del mismo Dios, acoge dentro de ella una multitud de géneros y subgéneros, que pueden acabar mezclados o mantenerse a respetuosa distancia unos de otros. Cada género tiene sus cánones, sus ortodoxias. También tiene sus herejes, sus revolucionarios, sus innovadores. Tiene sus genios fulgurantes y sus artesanos dignos. Tiene sus estafadores y sus bochornos. Tiene sus catedrales. Tiene sinfonías y cuartetos de cámara. Tiene obras que desafían toda definición, que acumulan mundos y libros en sí mismas, que guardan misterios en su corazón y perduran por siglos.

             Es decir, que hay de todo en todas partes. Y como siempre existirán los necios con ínfulas, siempre habrá que defender ciertos géneros de su cansinez. Chesterton se pasó media vida defendiendo los cuentos de hadas y las novelas de detectives. Incluso defendió, porque era un defensor nato, las malas novelas de detectives, siempre que no se creyeran buenas.

           Les vengo a anunciar una buena novela de detectives. Una buena novela de fantasía. Una buena novela de humor. Con la ventaja de que están todas reunidas en una sola. Pues vaya, tal vez digan ustedes, desventaja, más bien; podía el autor haber escritos tres buenas novelas por separado. Mi impresión es que, en efecto, podría. Pero ha querido hacer una. No me cabe duda de que Sergio S. Morán hará más. No sufran mucho por eso.

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             Una joven se encuentra en una cafetería de carretera, con amnesia en la cabeza y un cadáver en su maletero. Debe dar respuesta a todos los porqués que plantea la situación. Con el añadido de que el cadáver es el de un dios griego. Es el punto de partida de “El dios asesinado en el servicio de caballeros”. No pienso decirles nada de la trama. Sólo les digo que no van a lamentar unirse a Verónica Guerra, alias Parabellum, en la tarea de buscar respuestas.

             Como lector, tengo desde niño la manía de colar personajes de otras obras en aquellos mundos que me gustaría se expandieran aún más. Mientras leía las andanzas de Parabellum y, ahora, espero con impaciencia a que continúen, se me colaban polizontes. Porque en un callejón del Raval podía ser que un inglés con gabardina, demasiada querencia por los cigarrillos y bastante conocimiento con los demonios le dirigiera la palabra a Parabellum. O que, en una cafetería, un vulgar, humilde y torpe sacerdote con su paraguas y dos o tres paquetes debajo del brazo charlara con ella sobre el motivo hondo del asesino que rastreaba. O que un comisario con acento de Sicilia le invitara a una comida de cuatro platos de pescado en un rincón apartado de la Barceloneta. Porque Parabellum puede sentirse a gusto en compañía de John Constatin, el padre Brown y el comisario Montalbano. Y, me caben pocas dudas, podrá mirarles a los ojos un día, de igual a igual.

             He prometido no decir nada de la trama y voy a cumplir. Les aseguro que se leerán de un tirón la novela, no sólo por la trama. La prosa de Morán es ágil e incita a seguir adelante. Pero no a leer con demasiada rapidez, porque igual se nos escapa uno de los chistes que nos han hecho ya soltar un relincho de risa, para sobresalto de quienes nos rodean. Los arquetipos y reglas se respetan, pero no se siguen de modo ciego. Reconocemos lo que leemos, olfateamos influencias, sin que estemos ante una copia con un par de capas de pintura para disimular lo justo. Parabellum es hija, sobrina y nieta de viejos conocidos. Y como toda hija, sobrina y nieta, es ella misma, no un mero reflejo de su madre, tías y abuelas.

            Seguramente habrá quien estime que Morán, puesto que escribe lo que escribe, es un escritor menor. Estará, entonces, en el mismo club que Gaiman, Hammet, Sharpe y tantos otros. No es una mala compañía, aunque aún no le dejen entrar en todas las estancias y salones, por novato. Que lo vigilen, porque se colará al primer despiste. En cuanto a mi opinión, es la siguiente. He escuchado que quienes disfruten con las novelas de Jasper Fforde deben leer a Morán. Y he concluido que, siguiendo esa lógica, debo leer a Jasper Fforde.

            Y, ahora, disculpen. Me voy a dar una vuelta hasta un pub donde parece que, si el dueño no te arranca la cabeza a gritos, puede uno beber una cerveza que logra que los no muertos se sientan muy vivos.

 

abril 23, 2016

Historia de dos hermanos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:04 pm
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             Un hombre tenía dos hijos. Si a la tenebrosa historia de Walter White y Heisenberg le venía como anillo al dedo los versos poderosos del “Ozymandias” de Shelley, a la historia de James McGill, esquire, algún día Saul Goodman, le encaja de un modo peculiar la parábola que se narra en Lucas, capítulo 15, versículos 11 a 32. La del hijo pródigo. Que los más finos intérpretes opinan debería ser la parábola del padre y los dos hijos.

            Cuando se anunció que, después de haber dado al mundo esa obra maestra sin paliativos que es “Breaking Bad”, Vince Guilligan, con Peter Gould, iba a rastrear la historia de Saul Goodman, millones dimos palmas con las orejas. El personaje de Saul, de entre los muchos del rico universo del señor de la droga azul, era uno de los más pintorescos, memorables y queridos, una colorida sabandija parlanchina, llena de inventiva, aunque temerosa de los reptiles inmensos que se deslizaban por el pantano de Albuquerque. ¡Qué mejor noticia que poder volver a este mundo, con este abogado de camisas chillonas y labia inagotable!

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            Confieso, y no creo haber sido el único, que me esperaba una serie muy distinta a “Breaking Bad”. En eso, no me equivoqué. Estaba bastante seguro de que, esta vez, el humor, aunque negro, tendría la palabra, que tal vez el formato sería de media hora, en vez de los cuarenta y cinco o cincuenta de la serie madre. Que nos encontraríamos con Saul Goodman, en su grotesco despacho, dando un quebradero de cabeza tras otro a policías y fiscales y, tal vez, vislumbrando algo del mundo del narcotráfico. Y aquí, sí, me equivoqué bastante. Porque Vince Guilligam, Peter Gould y el equipo de guionistas, directores y actores nos iban a dar otra serie. Una mucho mejor de lo que esperaba y totalmente distinta. O, mejor dicho, dos: una serie negra, áspera, con un ex policía en su centro. Y un drama humano narrado con gran finura, con un abogado tramposo pero con una peculiar bondad.

            Que una serie cuente en realidad dos historias paralelas es un arma de doble filo (perdón). El riesgo de que la serie se vuelva esquizofrénica, de que una de las dos historias fagocite a la otra o de que se anulen mutuamente, impidiendo que se desarrollen en plenitud, es altísimo. “Better Call Saul” evita esos peligros. Sus dos historias mantienen un equilibrio perfecto. Las tramas de Mike y Jimmy corren paralelas. Y si la primera va llevándonos a un terreno cada vez más conocido, al final del cual tal vez espera el impecable dueño de una cadena de pollerías, en la segunda nos permite descubrir a un personaje que ya creíamos conocer.

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            Dos series que además tienen otro supuesto hándicap: sabemos qué va a ser de Mike y de Jimmy/Saul. Para que no quede duda alguna, tanto la primera como la segunda temporada (es de prever que también la tercera) se abren con una excelente escena en blanco y negro, donde podemos observar a Saul en su nueva vida en ese programa de protección de testigos particular en el que acabó al final de su periplo como asesor de Heisenberg. Podría pensarse que no hay interés en un viaje cuyo final e incluso buena parte del trayecto ya conocemos. Ja. Si creen eso, por favor, por favor, empiecen a ver la serie. Si no, también, caramba.

            No deja de ser un guiño divertido que los dos coprotagonistas sean Mike y Jimmy, o sea, Saul. Después de todo, el personaje de Mike entró, según tengo entendido, en la serie de Heisenberg, porque Bob Odenkirk no podía rodar ciertas escenas, en concreto, la eliminación del cadáver de la pobre Jane. Era Saul, el leguleyo todoterreno, quien debería haber aparecido para ayudar al destrozado Jesse. En su lugar, apareció este hosco calvo, de mirada sagaz y voz granítica. Y se hizo con un puesto de honor. Y al cual volvemos a disfrutar.

            Empecemos, pues, por Mike Ehrmantraut, aunque sólo sea para evitar que Jonathan Banks nos atraviese con una de sus largas ojeadas silenciosas. Banks es inmenso. Se nos resiste a aparecer y, aun cuando lo hace, se pasa buena parte de la primera temporada simplemente sentado en su puesto de trabajo oficial, sacando de sus casillas a Jimmy cada vez que tiene que entrar o salir del aparcamiento. ¡Lo que es capaz de hacer este actor apenas moviendo una ceja, un labio o carraspeando un poco! Sin embargo, ese grandioso episodio quinto de la primera temporada, tan sombrío, tan terrible, le mete de lleno en la serie y le concede la mitad de la corona.

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            A partir de entonces, la de Mike es una trama negra como Dios manda. No sólo tenemos su pasado en Philadelphia, que puede reaparecer en cualquier momento. No sólo tenemos su faceta humana, como abuelo entrañable y suegro modelo, mientras consigue dinero para su familia ejerciendo de matón profesional (de una profesionalidad ejemplar). Además, a través de las andanzas de Mike, el clan Salamanca vuelve a nuestras pantallas, para mayor regocijo, y el mundo de “Breaking Bad” asoma las orejas. Cierto que Tuco hizo su reaparición con Jimmy, no con Mike, pero cuando se vuelve realmente jugosa la implicación del cartel es con Mike, no con Jimmy.

            Cada escena de esta parte de la serie es una delicia. Perfectas. Trozos de gloria cinematográfica. Diálogos breves, concisos, entre gentes duras y de pocas palabras. Los encuentros armamentísticos entre Mike y Lawson, el vendedor de artillería a granel, son fantásticos. Ese burlón guiño hacia Walter White en ese patético cocinero de droga con ínfulas (tan lejos del ambicioso Heisenberg, pero irónicamente cercano al fracasado profesor de química). ¡Y qué decir de los dos encuentros cara a cara con Hector Salamanca, aún no prisionero de la silla de ruedas y de esa irritante campanilla!

                Sin embargo, por grande que sea Mike, es Jimmy quien tiene la parte del león en la serie. Es justo que así sea. Y si Jonathan Banks es un grande, Bob Odenkirk es un monstruo. Jimmy, aún no Saul, es un personaje digno de interpretar. Desde sus escenas como abogado de oficio a sus chanchullos como estafador en bares y restaurantes. Desde sus estratagemas comerciales a sus discursos de vendedor de humo. De sus triunfos legales (porque sí, es un buen abogado) a sus reflexiones mientras bebe agua de pepino. ¡Qué personaje! Gilligan no hace más que dar criaturas de antología.

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              El drama de Jimmy es muy diferente del drama de Mike. De hecho, cuanto más alejado está Jimmy del mundo del crimen (al que sabemos que regresará) más interesante se vuelve su historia. Porque se convierte en una historia de personas y relaciones, de amores y odios. Del gran amor entre Jimmy y Kim. Del gran odio, que nace de un gran amor, entre Chuck y Jimmy.

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                Kim, una espléndida Rea Sheehorn, es la brújula moral de la serie. Si hay un personaje radicalmente positivo, es ella. Si hay alguien por quien el espectador sin inclinación por la oscuridad tenga simpatías instintivas, es Kim. Gran abogada, rigurosa profesional, ambiciosa con escrúpulos, mantiene su dignidad humana en todo momento. Desde su grito de alegría en los aparcamientos de HHL a sus miradas a Jimmy cuando descubre alguna de sus trapacerías, es difícil de quién disfrutar más, de la actriz o del personaje. Y Kim, en especial en la rotunda segunda temporada, se ve, por su amor por Jimmy (es peculiarmente placentero ver a la moral Kim deslizarse al mundo turbio de Jimmy, en sus estafas de recepción de hotel) en la guerra terrible que se libra entre los hermanos McGill.

              Un hombre tenía dos hijos. Un hijo mayor, cumplidor de la ley, severo observador del deber. Un hijo menor, encantador, fullero, que malgasta la herencia de sus dones y facultades. Uno que siempre está en su puesto, pero que no ama ni es amado. Uno que danza al borde del abismo, pero lleno de vida. No puedo dejar de pensar en esa prodigiosa parábola evangélica mientras veo “Better call Saul”. Es uno de los textos más sutiles de la Historia, se interprete como metáfora teológica, como narración psicológica o como ambas. Junto al cuadro de Rembrandt, esta serie es la plasmación más clara de estos dos personajes que he visto nunca.

                 La serie es de una astucia tremenda en la presentación del conflicto. Durante la primera temporada nos deja creer (sin mentirnos nunca de modo descarado) que el culpable de que a Jimmy se le cierren los caminos legales es Hamlin, la supuesta cabeza del bufete de abogados; es él quien parece ser el mayor antagonista del más joven de los McGill. Aunque sabemos bien que Jimmy no es ningún santo varón, le vemos cuidar con fraternal solicitud a su hermano enfermo, defendiéndole a capa y espada frente a los consejos médicos, por muy certeros que sean, buscando, con una admiración que despierta ternura, la aprobación, la estimación, la caricia de su hermano mayor. Por eso es tan lacerante para Jimmy (y el espectador) el desenmascaramiento de Chuck, sus crueles palabras de rechazo. Por eso es tan terrible la lucha que libran en la segunda temporada, inteligencia contra inteligencia: una mente rigurosa y brillante contra una flexible y astuta.

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             Sin embargo, la serie también nos da cuenta de los pecados de Jimmy. Y no son pecados menores. Es comprensible el rechazo que Chuck puede sentir por su hermano menor y por sus prácticas. No obstante, no logramos sentir simpatía alguna por Chuck. El hermano mayor, rigorista, no conoce la piedad para con nadie, para con ningún error, ni propio ni ajeno. Cumple hasta la letra pequeña de la ley, todos los deberes, sin conocer más satisfacción que la del deber, impuesto o autoimpuesto, cumplido. Que es incapaz de coger la mano de su hermano para ayudarle a salir del hoyo. Porque esto es terrible: tan convencido está Chuck en su desdén por Jimmy, que, de manera consciente, sabotea todas las posibilidades de que su hermano logre triunfar de un modo honrado. Claro que Jimmy también pone de su parte. Pero Chuck actúa con Jimmy como quien le da la llave de una destilaría a un alcohólico y luego le señala, censor, cuando está totalmente borracho.

                 Esta guerra, que sin duda será sin cuartel en la próxima temporada, es el combate psicológico que más sin aliento me ha dejado desde el enfrentamiento entre genios perversos de Heisenberg y Gustavo Fring. Pero Jimmy lleva las de perder: porque, por experto en tretas que sea, su cariño por Chuck le lleva a desbaratar sus golpes, en última instancia. Mientras que el rencor acumulado por Chuck (esas reveladoras secuencias de la cena con la exmujer de Chuck o en el lecho de muerte de la madre) le lleva incluso a traicionar su beatería legalista.

                   Sí, un hombre tenía dos hijos. Pero aquí sólo tenemos a los hijos, no al padre. Kim es la única voz que pone a ambos ante el espejo. Sabemos que el pródigo hijo menor no resistirá en casa de Kim, que volverá a los senderos torcidos. No sabemos qué será del hijo mayor, como tampoco sabemos qué fue de él en la parábola. En este mundo de Nuevo México, sin redención, es probable que si uno se pierde por un lado, el otro quedará, rígido, solitario, preso de sus propias cadenas.

                  ¡Pero qué magnífico será ver esto y todo cuanto nos tengan en reserva esta panda de genios!

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