Con un vaso de whisky

julio 22, 2016

Hundidos en el Pozo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:22 pm
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            Nunca dejarás Harlan con vida era la sentencia inexorable que traspasaba las temporadas de “Justified”. Y aun cuando en ocasiones Rylan Givens o Boyd Crowder parecían estar rozando el pomo de la salida, terminaban arrastrados de vuelta al condado implacable de Kentucky, igual que sus aliados, amigos o adversarios. Cambien Harlan por Birmingham, por la parte más tenebrosa de la ciudad, y en igual situación está Thomas Shelby.

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            La huida del Pozo es la constante en las por ahora tres temporadas de esta magnífica serie (revisé aquí la primera y aquí la segunda). Thomas, Polly, Arthur, Grace, Campbell… de un modo u otro, todos trataban de escapar de pozos interiores o del gran Pozo. Todos fracasan. En este sentido, hay un cierto parecido entre “Peaky Blinders” y “The Wire”. Los habitantes de Baltimore, como los de Birmingham, son libres hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto. La irónica pregunta de Lenin sobre las libertades formales de la clase obrera (Libertad, ¿para qué?) no es impertinente ni en Baltimore ni en Birmingham. La herencia social y familiar, la clase social y, también, sin duda, las propias decisiones, forman una malla que es muy difícil de romper. Mister Solomons, ese hallazgo de personaje (¡qué actorazo es Tom Hardy!), se lo recuerda a Thomas Shelby como si fuera un profeta del Antiguo Testamento, aunque usando una cita del nuevo: quien a espada vive, a espada morirá. Otro día, si quieren, discutimos por qué este aforismo evangélico es más bien una astuta defensa de la no violencia, más que una apología de la pena de muerte, como han querido ver muchas personas, sin duda muy razonables en otros aspectos de sus vidas.

            Desde el punto de vista formal, esta tercera temporada de “Peaky Blinders” no mantiene lo logrado anteriormente: lo supera. Escena tras escena, secuencia tras secuencia. Fotografía de matrícula de honor. Encuadres de matrícula de honor. Banda sonora de matrícula de honor. Parece a ratos que cada fotograma es un cuadro. La dirección y las actuaciones son, como siempre, excelentes. La trama y el desarrollo de personajes tienen, como siempre, mucho que escutar. Vamos con ello.

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            Al finalizar la segunda temporada, Thomas puede sentirse bastante seguro de su posición. Cuando comienza la tercera temporada, desde luego, parece que el imperio de los Shelby nunca ha sido más fuerte. Se podrían hacer paralelismos justos entre don Vito Corleone y Thomas, aunque también con Michael Corelone. Thomas, seguramente, es al tiempo Vito y Michael. Sus redes criminales son indiscutidas en su ciudad y se extienden hasta Londres, donde mantiene una tregua con las facciones que tanta guerra le dieron en el pasado. Tiene a la mujer que ama y, como anunció, se va a casar con ella. Es saludado por la sociedad bien de Birmingham, la Policía responde ante él, los servidores públicos se inclinan ante su paso, controla los negocios ilegales y legales. Es el amo. Cualquiera diría que ha ganado la partida.

            Pero Shelby debe su vida a Mr Wiston Chruchill. Y aunque los conservadores ya no estén en  Downing Street, los servicios secretos de Su Graciosa Majestad tienen apéndices oscuros. Y Thomas Shelby les será de utilidad.

            A partir de aquí, spoilers.

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            Esta tercera temporada se parece bastante, en cuanto a estructura de trama, a la primera. Como en aquella, hay un interés común a varias facciones y los Shelby están en el centro de la madeja. Los soviéticos, los rusos blancos en el exilio y los siniestros Odd Fellows, una especie de para-espías ultraconservadores, decididos a continuar la guerra subterránea contra la Unión Soviética, pese a que el Gobierno del momento no esté por la labor. Como en aquella, Thomas tiene que danzar con todas las facciones, tender redes, mover hilos, servir a unos y a otros, mientras en realidad sólo se sirve a sí mismo.

            Hay un detalle significativamente distinto entre la presente temporada y las previas: la ausencia de un antagonista principal. Cierto que había en aquellas y hay en esta múltiples adversarios. Pero tanto en la primera como en la segunda, el despiadado Inspector Campbell era el enemigo número uno, tanto pragmática como dramáticamente. La lucha a muerte entre Thomas y Campbell, en una relación de enemigos íntimos donde no había cabida para ningún respeto mutuo, era uno de los elementos que más me gustan de los doce  primeros capítulos de la serie.

            Campbell, sin embargo, cayó muerto en efecto por los disparos de Tía Polly, así que no tenemos a Sam Neill para darle la réplica a Cillian Murphy. Su plausible sustituto sería el Padre Hughes (Paddy Considine). Podría haber sido un villano de respeto (asumamos que Thomas es un héroe-villano, moralmente reprobable, pero seductor e irresistible en su carisma negativo). Desde luego, este cura y la organización a la que pertenece ponen en serios aprietos a Thomas. De hecho, nunca había visto a Shelby tan cerca de la derrota, de la ruina, no sólo como poder fáctico, sino interior: en los últimos capítulos, Thomas está desquiciado, recibiendo golpes de todas partes. Y si bien logra derrotar a sus enemigos, la victoria es más bien pírrica.

            Con todo y con eso, no pasará el Padre Hughes a mi lista de antagonistas memorables. Con ciertos cambios de detalle, hubiera podido ser una suerte de Gatehouse, a primera vista un hombre sombrío y discreto que en medio segundo pasa a convertirse en un Poder de las Tinieblas. Pero se quedó en un malo de segunda fila, pese a ciertas escenas poderosas, como ese perverso y falso acto de contrición que fuerza a recitar a Thomas en una cena. Incluso la clara insinuación a que se trataría de un pederasta me sonó artificioso, más un cliché (dramático, entiéndaseme y no se saquen de contexto esta afirmación) que un rasgo definido que hiciese más perverso, repugnante u odioso al personaje. Aparte que dicha insinuación se hace en referencia a Michael, el hijo de Polly, un tipo extraordinariamente cansino que sólo tuvo su gracia como instrumento para explorar a su madre y que ha sobrevivido a toda utilidad.

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            La otra facción adversaria, los rusos blancos, es más pintoresca. Más que blancos, se puede decir, como en “Casablanca”, que son rusos locos. Los Odd Fellow son despiadados y eficaces. Los rusos son crueles y están como una manada de cabras, como puede atestiguar el agente de los Shelby en sus filas. El duque es un cero a la izquierda. La duquesa y su hija son otra historia. Sobre todo, la hija, la Princesa Tatiana. Sus juegos sádicos, eróticos y psicológicos, con Thomas son lo más perturbador de esta temporada. Thomas tiene un laberinto por cerebro y en los aspectos emocionales resulta un personaje muy interesante: un hombre traumatizado por la guerra, ferozmente leal a su familia, como cabeza de la misma, con una capacidad de amar custodiada por su raciocinio implacable que ha sido, parece, devastada de una vez para siempre en esta ocasión. Y es ahí donde Tatiana ataca: golpea en ese amor dolorido para tratar de destruir la razón y arrastrar a Thomas a un caos enloquecido. En la noche que pasan juntos en la casi vacía mansión de Thomas o en la orgía chiflada en la casa de los aristócratas parece a ratos que lo consigue. Pero Thomas, autocrático, no permite que nadie tenga tanto poder sobre él y logra sobreponerse, por muchas cicatrices que la lucha le suponga.

            Porque Thomas encuentra apoyo en la familia. Se lo dijo a Campbell, en una de sus envenenadas conversaciones. A la muy sagaz apreciación del policía (Odiamos a la gente y, a cambio, la gente nos odia. Y nos teme. [… ]Los hombres como nosotros, señor Shelby, siempre estaremos solos. Y el amor que consigamos, tendremos que pagar por él) replica con un casi orgulloso Olvida, Inspector, que tengo a mi familia. Esa familia que quizás ya no sea tal. La base del poder de Thomas se está resquebrajando.

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            Grace, el amor de su vida, le es arrebatado. La muerte de Grace fue una sorpresa. Hunde a Thomas en una tenebrosa melancolía que tiene su importancia en el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, no me desdigo de mi opinión cuando vi reaparecer a la ex espía en la anterior temporada: creo que Grace debería haber muerto a manos de Campbell. Hubiera sido una muerte más redonda, con implicaciones mayores para ese triángulo trágico, más devastador para todos. El fantasma de Grace, y eso se ha demostrado este año, ha resultado más poderoso que la Grace viva, más allá de la primera temporada. También es verdad que, por estar viva al principio, pudimos ver la boda con Thomas, una de las mejores bodas de televisión o el cine.

            ¿Y qué pasa con el núcleo familiar? Arthur se está alejando. Vaya personaje, el de Arthur. Ha pasado de rencoroso hermano mayor ante un hermano más joven, inteligente y hábil que él, a perro fiel y, por fin, a recorrer el tortuoso camino del arrepentimiento. ¿Recuerdan la terrible escena en la que la madre de una de sus víctimas le escupía todo su desprecio? Arthur se arrastra tratando de escapar del Pozo. Pero la familia le impone obligaciones y, aunque desgarrado por dentro, Arthur cumple, por devastadoras que sean las consecuencias. John, más simple, también empieza  dar señales de rebeldía. Michael, el cansino, no se resigna a su papel a lo Tom Hagen (sería tentador aunque inexacto ver a Arthur y John como los Sonny y Fredo de los Shelby) y se empeña en meterse en la parte turbia de los negocios, lo que causa tensiones con el otro gran cerebro de los Shelby, la Tía Polly.

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            Y la Tía Polly también trata de salir del Pozo. Lo intentó ya a través de su hijo perdido y encontrado. Pero ahora ve que lo está perdiendo de nuevo, tal vez por tratar de agarrarlo demasiado fuerte. Así que busca otra salida en el amor de un hombre ajeno a su mundo, un amor que es, o tal vez no, sólo un espejismo y que la hunde de nuevo en el Pozo. Thomas sabe clavar el cuchillo hasta la empuñadura cuando quiere y con Polly además, retuerce la hoja en la herida. Sólo con Ava, la Shelby que está pero a la vez no, la única que ha logrado medio escapar, aunque no del todo, veo a Polly en paz y tranquila.

            Hablando de las mujeres Shelby, qué lástima que esta temporada haya desaprovechado una línea argumental muy sugestiva. Hubiera visto con mucho gusto la reacción de los hombres Shelby, no muy brillantes más allá de Thomas, ante una rebelión sufragista en sus filas. Porque las mujeres (Esme aparte) de esta familia son considerablemente más inteligentes y resolutivas que los varones; como repite Tía Polly, ellas mantuvieron el negocio durante la Guerra y ya me gustaría ver cómo se las arreglaba incluso Thomas sin ellas. El momento en que Polly, Linda, Esme y Lizzie salen a unirse a la manifestación feminista es grande. Merecía más desarrollo. Ojo a Lizzie, además, a su cambio de mujer despreciada en un inicio a trabajadora discreta, con un gesto de enorme dignidad en la última escena del último capítulo, al rechazar, con fría rabia, el dinero con el que Thomas está comprando a toda su familia.

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            Y así llegamos a ese final. Menudo final. Un final muy Michael Corleone. Sí, Thomas, ha derrotado al Padre Hughes y se ha librado de los rusos. Pero los Odd Fellows son poderosos y para protegerse de ellos, Thomas, el jugador reptiliano, tiene que pactar. Y este pacto, esta vez, arrastra a su familia. Tal vez, no lo dudo, Thomas haya elegido el menor de los males posibles. Tal vez, no lo dudo, haya protegido su familia como ha podido. Pero esa última conversación familiar olía a disolución. Y la abrupta irrupción de las consecuencias del pacto deja a Thomas solo. Completamente solo. Campbell estará riéndose en el infierno.

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            El Pozo no deja escapar a sus moradores. Y nosotros, desde luego, volveremos a él, hundidos con Thomas hasta el cuello.

 

julio 1, 2016

El dolor de estar triste

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:44 pm
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            Victor Hugo escribió que la melancolía es el placer de estar triste. Cita romántica donde las haya, permite rebatir a aquellos que consideran a “River” una serie melancólica o, incluso, romántica. Porque esta obra, en apariencia policíaca, es una obra sobre la soledad, la tristeza y el dolor.

WARNING: Embargoed for publication until 10/11/2015 - Programme Name: River - TX: n/a - Episode: River (No. Ep 6) - Picture Shows: **STRICTLY EMBARGOED UNTIL 00:01HRS, TUESDAY 10TH NOVEMBER, 2015** John River (STELLAN SKARSGARD) - (C) Kudos - Photographer: Nick Briggs

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            Abi Morgan, su creadora, había mostrado ya su capacidad para mezclar con gran inteligencia desarrollo psicológico de personajes, relaciones interpersonales y tramas de intriga en la estupenda “The Hour”, que les recomiendo con grandes gestos de entusiasmo. En “River” se olfatea ese talento, aunque, esta vez, el grueso de la apuesta está en la psicología de los personajes. En especial, en el protagonista absoluto, el Detective Inspector John River.

            La trama de investigación policíaca no deja de ser interesante, desde luego. Pierdan cuidado, no haré spoilers de la misma. Resulta obvio, no obstante, que es instrumental: a través del caso, River aprende más de quienes le rodean y de sí mismo; los espectadores, cómplices del inspector en esta disección propia y ajena, hacemos lo propio, con un cierto regusto de voyeur espiritual.

            Confieso que empecé a ver la serie con cierta sospecha. Lo poco que había oído y leído me recordaba en exceso a “Luther”, a “House, M.D.” o al mismo Sherlock Holmes, en cada una de sus encarnaciones. No cabe duda que hay determinados puntos comunes. Quizás la serie a la que más se acerque sea “Luther”. No obstante, hay considerables diferencias. La más importante es esta: el combate en las otras series es siempre en el exterior, sea intelectual puro, en el caso de Holmes o House, sea emocional y psicológico, en el caso de Luther. Sus enemigos, sus adversarios, sus monstruos, están, principalmente, fuera. River tiene el campo de batalla dentro del cráneo.

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           Stellan Skarsgård está inmenso. Es preciso un gran actor para coger un buen guion y sortear las trampas de lo trillado que pueda contener. Lo consigue. Una de las señas del buen actor es lograr dar vida a un personaje impasible. River es introspectivo, callado, taciturno. Un actorzuelo pondría cara de palo. Skarsgård sabe que con un movimiento de labios, una breve risa, una mirada que refulge de súbito o se apaga de repente, que se inyecta de dolor o de anhelo, se arma un personaje complejo, vivo, humano. ¡Qué habilidad!

              River está rodeado de gente, pero se siente y cree solo. Es de hacer notar que, al lado de tipos bastante miserables, la serie ofrece un ramillete de personas decentes. La compasiva Doctora Fallows, la decidida superior de River, Chrissie, incluso en el más bien antipático Marcus MacDonald (a quien reconocerán los visitantes de los Siete Reinos de Poniente) se aprecian móviles decentes. Por supuesto, el sufrido Detective Sargento Ira King, con más paciencia que un santo con River, o su esposa, quien sólo aparece en una escena, y a la que, si la serie continúa, espero le den algo más de papel.

          Con todo y con eso, River se siente asilado. Más aún en Londres, ciudad inagotable, maravillosa, que también puede ser hostil, alienante y suponer la destrucción del individuo. El asilamiento, de estar lejos de la propia tierra, de la propia familia, de ser un apátrida, de no ser aceptado en la tierra de asilo, es otra faceta del gran tema de la serie.

           Poco sociable como es (“Si te sientes solitario cuando estás solo, estás en mala compañía”, dice en una ocasión), no es un misántropo ególatra y sarcástico, ni un sociópata, ni un arrogante gélido. La capacidad de compasión, de empatía, que tiene River es inmensa, pero carece de medios para canalizarla. No posee esclusas para dar salida a sus emociones, sino que las mantiene contenidas en una presa. Eso se cobra su precio. River tiene sus paralelismos con Stevens, el mayordomo impecable de “Lo que queda del día” y, como él, está al borde de la desolación afectiva.

            Lo que tiene Rivers y no tiene Stevens es una legión de compañía perpetua. Sus visiones. Es una decisión inteligente de la serie dejar desde el principio claro que no se tratan de manifestaciones sobrenaturales y que River tiene perfecta comprensión de que no son reales. Pero ahí están. Y hablan con él. Las víctimas de sus casos, que le interrogan y le hacen rumiar las pruebas hasta que el rompecabezas se resuelve (nunca con triunfalismo, siempre con tristeza). Stevie, con la que tantas conversaciones paralelas mantiene, para creciente desesperación de Ira. Y con la que tiene una de las cenas, rematada con baile, más hermosas y emocionantes del cine o la televisión.

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          Claro que dentro de la cabeza, en el sueño de la razón, acechan monstruos. Y el de River toma la faz del infame Doctor Thomas Neill Cream, asesino victoriano, al que presta forma el actor Eddie Marsan, con un aire de trasgo diabólico muy apropiado. Manifestación de las zonas más tenebrosas de su mente, no dialoga con River, monologa. Porque el inspector rehúye hablar con él, no le responde. Igual que el padre Merrin, en “El exorcista”, advertía al padre Karras que no debía entrar en discusiones con el Diablo, River no se enfrenta dialécticamente a su demonio; tal vez intuye que para derrotarle en ese tipo de combate, tendrá que mostrarse tan acerado, tan malévolo como él. Al fin y al cabo, no deja de ser parte del mismo River. El policía se muestra capaz de destruir verbalmente, con perverso placer, a quienes le rodean en esa reunión de sus semejantes. Aunque, al momento, se sienta confundido y avergonzado por la valiente reacción de su psicóloga.

         El venenoso Cream (el envenenador de Lambeth) fuerza a River a elegir uno de dos caminos para su soledad: abrazarla como una liberación, asumir la cara más oscura de su locura y lanzarse al Caos nihilista, destructivo y sádico, o congelarse en la apatía, en el sinsentido, en una podredumbre del alma y la mente, callada, estéril y agónica.

          Victor Hugo, de nuevo, dice en “Los Miserables”: Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no fuese más que a propósito de un solo hombre, aunque no fuese más que a propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una epopeya mayor y definitiva. River es un hombre y la epopeya de su conciencia es la gran batalla contra el Mal, batalla que se libra en el interior del ser humano, mucho más que en el exterior, y en la que las armas son de una naturaleza peculiar y las peleas complejas, sutiles, potencialmente devastadoras. River, el que se cree solo, no lo está tanto. Aunque su mundo no sea un lugar feliz, ni quienes estén a su lado tengan vidas sin sombras, la esperanza planta cara a la desesperación. Es una epopeya que merece verse.

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junio 3, 2016

Cannoli escarchados

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:47 pm
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             Imaginen un pequeño pueblecito noruego. Una comunidad más o menos bien avenida, afable, educada, donde el mayor dolor de cabeza para la policía sería alguna pelea de gente que ha bebido demasiada cerveza. Ahora, introduzcan a un mafioso de la vieja escuela. No sé, no sé, pongamos a uno de los compinches del gran Tony Soprano. Demonios, puestos a poner, pongámosle los hombros, la mandíbula y el pelazo de Silvio Dante, o sea, de Steven Van Zandt. Pueblo de Lilyhammer, les presento a Frank “The Fixer” Tagliano.

Episode 5

Episode 5

            La premisa de “Lilyhammer” es sencilla: hay un cambio en la cúpula en la familia de Frank y el nuevo jefe no le tiene en gran estima, si atendemos al intento de asesinato que ordena perpetrar. Así que Frank hace un pacto con los federales. A cambio de su testimonio, lo llevarán a otra parte del mundo. ¿A cuál?, preguntan los suspicaces agentes del FBI. Pues a Lillehammer, orgullosa anfitriona de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994 y el último lugar donde alguien le buscaría. Pierdan cuidado, no destriparé apenas nada.

            Esta serie de tres temporadas (e inacabada) tiene, pienso yo, un público bastante concreto. Si usted siente nostalgia de la panda que pasaba sus días y noches entre el Satriale´s y el Badabing, se sentirán cómodos en el Flamingo, el bar sobre el que Frank, alias Johnny Henrikson, edifica su pequeño imperio escandinavo. Las referencias a las películas clásicas de mafia y los guiños a “Los Sorpano” (ah, Tony Sirico, qué alegría volver a verte) son constantes. No se confundan. “Lilyhammer” no es “Los Soprano”. Viene a ser una especie de iglesia menor en la que se reconocen rasgos arquitectónicos de la inmensa catedral de David Chase.

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            “Lilyhammer” tiene el formato habitual de los dramas, capítulos de unos cincuenta minutos. No es, desde luego, una sitcom. Sin embargo, no es absurdo calificarla de comedia negra. Hay mucho humor en ella y es un humor entre lo oscuro y lo salvaje. Ah, pero eso pasaba también el “Los Soprano”, me dirán. Cierto. Yo mismo me reí y me río mucho con “Los Soprano”. No obstante, nadie llamaría comedia a este obra maestra, que desafía ser encerrada de un modo absoluto en un único género. Había comedia en ella, pero no era una comedia. “Lilyhammer” tampoco acaba de serlo, oscilando entre el drama y la comedia, sin llegar a ser tampoco nunca esa cosa que se llamó melodrama, concepto ya abandonado y más bien equívoco.

            Quizás ése sea el mayor problema de la serie: el no acabar de saber para qué lado de la balanza inclinarse. Porque a ciertas series les viene muy bien imponerse unos límites. Un poco de humildad, de aceptar una frontera, de no querer abarcarlo todo, puede ser la clave para que una serie pase de digna a excelente. “Lilyhammer”, en especial a partir de su segunda temporada” se dispersó un tanto. La coherencia interna de mundo, personajes y trama que se había conseguido en los primeros ocho episodios se relajó. Las segunda y tercera temporadas me daban una sensación de improvisación, con temas y argumentos que se agarraban y desechaban, sin ningún tipo de plan meditado. Se amplió mucho, pero mucho, la cantidad de personajes que aparecían por la serie. Esto la hizo más pintoresca aún, pero a cambio de no poder construir demasiado ninguno de los personajes nuevos y de dejar de ahondar o, al menos, de perfilar a los ya conocidos.

            Frank, o Johhny, desde luego, tuvo, desde el primer momento y sin discusión, la corona. Es imposible ver a Steven Van Zandt, más aún en este contexto, y no recordar al grandioso Silvio Dante. Y aunque por su físico, sus gestos y hasta su ropa Frank y Silvio son hermanos gemelos, sus personalidades no encajan. Frank es un cínico manipulador y, sobre todo, un organizador. Nada más poner pie en tierras noruegas está ya maquinando para establecer su propia familia mafiosa, aunque tenga que estar compuesta por lugareños con más buena voluntad que aptitud. Recordemos lo mal que lo pasó Silvio cuando tuvo que hacer de jefe en funciones, ante la ausencia de Tony. Frank, en cambio, se encuentra en su elemento natural llegando a acuerdos, haciendo negocios, traicionando a sus socios, dejando claro, cuando hay que dejarlo, que es “the last person you want to fuck with” por aquellos parajes.

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            El contraste entre este mafioso, con sus códigos de conducta no muy progresistas, y la sociedad noruega es uno de los motores cómicos de la serie. Por cierto que los guiones, a cargo de noruegos, si no me engaño, no presentan la sociedad noruega como un paraíso idílico. Hay no poca ironía, aunque, no viviendo allí, no sé cuánto es exageración o deformación satírica. Los problemas de la inmigración, del multiculturalismo, del racismo, de la corrección política, de la hipocresía social, asoman por la serie. Siempre hay que recordar que la piedra de toque es Frank, esto es, un criminal sin el menor escrúpulo, lo cual obliga al espectador a no dejarse llevar por la instintiva simpatía que provoca el carismático Tagliano.

            No es una de las menores ironías de la serie que su héroe sea el gran corruptor. Soborna, chantajea, extorsiona, seduce y compra a todo el mundo. Pero si hay un corruptor es que hay corruptibles. La noruega no es una sociedad tan pura, al menos aquí, que pueda resistir virtuosamente las tentaciones de este demonio con tupé. El cinismo de “Lilyhammer” es considerable, aunque no llega al nihilismo total típicamente sopranesco, ni siquiera en la recta final, cuando a los guionistas se les va un tanto la pinza y las barbaridades se acumulan.

            Esas corrupciones forman la telaraña de Frank, en la que se van enredando los personajes secundarios, que tanto realzan la serie pero por los que, hasta cierto punto, la misma no respeta demasiado. Hay dos grandes excepciones: Torgeir, mano derecha de Frank, y Jan, elegido para ser el personaje más castigado de la serie. Ambos son seres patéticos y un tanto antitéticos. Torgeir es entrañablemente torpe, caninamente leal y un espantajo de cuidado (menuda gorra se gasta el tipo). Es un personaje que se presenta como positivo (aunque sus acciones bajo la tutela de Frank distan de serlo), humorístico. Jan es igual de torpe, pero mucho más enervante. En cualquiera de sus distintas trasformaciones es insoportable, cargante y despreciable. Sufre tanto, no obstante, que en ocasiones es difícil no sentir una cierta conmiseración hacia él. De todos, su evolución es la más tétrica, en la que se emplea un humor más macabro.

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            Fuera de Frank, son Torgeir y Jan a los que se da de una personalidad más propia y más coherente. Las reacciones de uno y otro, incluso las más extremas de la última temporada, son entendibles y no se ven como meros caprichos o recursos de guión. Con Sigrid, primer interés amoroso de Frank, la cosa es, en cambio, sangrante. Se podría haber sacado de allí a un buen personaje y una buena relación (igual que era oro la relación parental de Frank con el hijo de Sigrid, quien en la primera temporada bebe entusiasmado los discutibles consejos sobre la vida que le da Tagliano). Es incomprensible que eso se deje de lado y que las apariciones de Sigrid sean tan esporádicas y tontas.

           El resto de plantel es más bien plano, aunque muy colorido. Todos los personajes terciarios comparten el mismo problema: son de quita y pon. El abogado corrupto, el emprendedor estafador y new age, el chef inmigrante, homosexual y cantante (un gran tipo), los estupendos criminales ingleses (ese genial Alan Ford), los viejos socios de Frank, aliados o enemigos, el niño autista del hospital, la madame manca, las dos tan diferentes jefes de policía, el estrafalario agente de los servicios secretos… Cierto que si se abusa de un terciario puede perder toda su gracia, pero a muchos de los individuos con cierto potencial de la serie se les abandona, mientras de da cancha a personajes sin gracia alguna, fagocitando minutos.

          Si uno le perdona ese ir a veces dando tumbos de guión, “Lilyhammer” es una serie más que digna, con diálogos y escenas de auténtico esperpento, una cuidada banda sonora, homenajes y referencias para satisfacer a cualquier aficionado a la mafia cinematográfica y televisiva y unos cuantos rostros que hacen dar palmas al atisbarlos. Una serie, en fin, con la que merece la pena comerse unos cannoli.

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mayo 11, 2016

Una novela de género menor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:38 pm
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             Hay quien considera a las novelas de detectives un género menor y, por tanto, a Sir Arthur Conan Doyle un escritor menor. Hay quien estima que los cuentos de hadas son una tontería y, por consiguiente, los Hermanos Grimm, Lewis Carroll, Tolkien o Neil Gaiman no han escrito más que tonterías. Hay quien sonríe con desdén ante una novela negra, rechazando con ademán principesco apellidos tales como Simenon o Camilleri. No faltan quienes se permiten ser condescendientes con el humor y paternalistas con el Doctor Wodehouse o Sir Terry Pratchett. Libres son. Sospecho, sin embargo, que estas mentes ilustres tienen sus casas forradas con tolstois y balzacs en perfecto estado de conservación, por no haber sido abiertos jamás.

            La novela, cuya muerte ha sido proclamada más veces que la del mismo Dios, acoge dentro de ella una multitud de géneros y subgéneros, que pueden acabar mezclados o mantenerse a respetuosa distancia unos de otros. Cada género tiene sus cánones, sus ortodoxias. También tiene sus herejes, sus revolucionarios, sus innovadores. Tiene sus genios fulgurantes y sus artesanos dignos. Tiene sus estafadores y sus bochornos. Tiene sus catedrales. Tiene sinfonías y cuartetos de cámara. Tiene obras que desafían toda definición, que acumulan mundos y libros en sí mismas, que guardan misterios en su corazón y perduran por siglos.

             Es decir, que hay de todo en todas partes. Y como siempre existirán los necios con ínfulas, siempre habrá que defender ciertos géneros de su cansinez. Chesterton se pasó media vida defendiendo los cuentos de hadas y las novelas de detectives. Incluso defendió, porque era un defensor nato, las malas novelas de detectives, siempre que no se creyeran buenas.

           Les vengo a anunciar una buena novela de detectives. Una buena novela de fantasía. Una buena novela de humor. Con la ventaja de que están todas reunidas en una sola. Pues vaya, tal vez digan ustedes, desventaja, más bien; podía el autor haber escritos tres buenas novelas por separado. Mi impresión es que, en efecto, podría. Pero ha querido hacer una. No me cabe duda de que Sergio S. Morán hará más. No sufran mucho por eso.

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             Una joven se encuentra en una cafetería de carretera, con amnesia en la cabeza y un cadáver en su maletero. Debe dar respuesta a todos los porqués que plantea la situación. Con el añadido de que el cadáver es el de un dios griego. Es el punto de partida de “El dios asesinado en el servicio de caballeros”. No pienso decirles nada de la trama. Sólo les digo que no van a lamentar unirse a Verónica Guerra, alias Parabellum, en la tarea de buscar respuestas.

             Como lector, tengo desde niño la manía de colar personajes de otras obras en aquellos mundos que me gustaría se expandieran aún más. Mientras leía las andanzas de Parabellum y, ahora, espero con impaciencia a que continúen, se me colaban polizontes. Porque en un callejón del Raval podía ser que un inglés con gabardina, demasiada querencia por los cigarrillos y bastante conocimiento con los demonios le dirigiera la palabra a Parabellum. O que, en una cafetería, un vulgar, humilde y torpe sacerdote con su paraguas y dos o tres paquetes debajo del brazo charlara con ella sobre el motivo hondo del asesino que rastreaba. O que un comisario con acento de Sicilia le invitara a una comida de cuatro platos de pescado en un rincón apartado de la Barceloneta. Porque Parabellum puede sentirse a gusto en compañía de John Constatin, el padre Brown y el comisario Montalbano. Y, me caben pocas dudas, podrá mirarles a los ojos un día, de igual a igual.

             He prometido no decir nada de la trama y voy a cumplir. Les aseguro que se leerán de un tirón la novela, no sólo por la trama. La prosa de Morán es ágil e incita a seguir adelante. Pero no a leer con demasiada rapidez, porque igual se nos escapa uno de los chistes que nos han hecho ya soltar un relincho de risa, para sobresalto de quienes nos rodean. Los arquetipos y reglas se respetan, pero no se siguen de modo ciego. Reconocemos lo que leemos, olfateamos influencias, sin que estemos ante una copia con un par de capas de pintura para disimular lo justo. Parabellum es hija, sobrina y nieta de viejos conocidos. Y como toda hija, sobrina y nieta, es ella misma, no un mero reflejo de su madre, tías y abuelas.

            Seguramente habrá quien estime que Morán, puesto que escribe lo que escribe, es un escritor menor. Estará, entonces, en el mismo club que Gaiman, Hammet, Sharpe y tantos otros. No es una mala compañía, aunque aún no le dejen entrar en todas las estancias y salones, por novato. Que lo vigilen, porque se colará al primer despiste. En cuanto a mi opinión, es la siguiente. He escuchado que quienes disfruten con las novelas de Jasper Fforde deben leer a Morán. Y he concluido que, siguiendo esa lógica, debo leer a Jasper Fforde.

            Y, ahora, disculpen. Me voy a dar una vuelta hasta un pub donde parece que, si el dueño no te arranca la cabeza a gritos, puede uno beber una cerveza que logra que los no muertos se sientan muy vivos.

 

abril 23, 2016

Historia de dos hermanos

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             Un hombre tenía dos hijos. Si a la tenebrosa historia de Walter White y Heisenberg le venía como anillo al dedo los versos poderosos del “Ozymandias” de Shelley, a la historia de James McGill, esquire, algún día Saul Goodman, le encaja de un modo peculiar la parábola que se narra en Lucas, capítulo 15, versículos 11 a 32. La del hijo pródigo. Que los más finos intérpretes opinan debería ser la parábola del padre y los dos hijos.

            Cuando se anunció que, después de haber dado al mundo esa obra maestra sin paliativos que es “Breaking Bad”, Vince Guilligan, con Peter Gould, iba a rastrear la historia de Saul Goodman, millones dimos palmas con las orejas. El personaje de Saul, de entre los muchos del rico universo del señor de la droga azul, era uno de los más pintorescos, memorables y queridos, una colorida sabandija parlanchina, llena de inventiva, aunque temerosa de los reptiles inmensos que se deslizaban por el pantano de Albuquerque. ¡Qué mejor noticia que poder volver a este mundo, con este abogado de camisas chillonas y labia inagotable!

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            Confieso, y no creo haber sido el único, que me esperaba una serie muy distinta a “Breaking Bad”. En eso, no me equivoqué. Estaba bastante seguro de que, esta vez, el humor, aunque negro, tendría la palabra, que tal vez el formato sería de media hora, en vez de los cuarenta y cinco o cincuenta de la serie madre. Que nos encontraríamos con Saul Goodman, en su grotesco despacho, dando un quebradero de cabeza tras otro a policías y fiscales y, tal vez, vislumbrando algo del mundo del narcotráfico. Y aquí, sí, me equivoqué bastante. Porque Vince Guilligam, Peter Gould y el equipo de guionistas, directores y actores nos iban a dar otra serie. Una mucho mejor de lo que esperaba y totalmente distinta. O, mejor dicho, dos: una serie negra, áspera, con un ex policía en su centro. Y un drama humano narrado con gran finura, con un abogado tramposo pero con una peculiar bondad.

            Que una serie cuente en realidad dos historias paralelas es un arma de doble filo (perdón). El riesgo de que la serie se vuelva esquizofrénica, de que una de las dos historias fagocite a la otra o de que se anulen mutuamente, impidiendo que se desarrollen en plenitud, es altísimo. “Better Call Saul” evita esos peligros. Sus dos historias mantienen un equilibrio perfecto. Las tramas de Mike y Jimmy corren paralelas. Y si la primera va llevándonos a un terreno cada vez más conocido, al final del cual tal vez espera el impecable dueño de una cadena de pollerías, en la segunda nos permite descubrir a un personaje que ya creíamos conocer.

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            Dos series que además tienen otro supuesto hándicap: sabemos qué va a ser de Mike y de Jimmy/Saul. Para que no quede duda alguna, tanto la primera como la segunda temporada (es de prever que también la tercera) se abren con una excelente escena en blanco y negro, donde podemos observar a Saul en su nueva vida en ese programa de protección de testigos particular en el que acabó al final de su periplo como asesor de Heisenberg. Podría pensarse que no hay interés en un viaje cuyo final e incluso buena parte del trayecto ya conocemos. Ja. Si creen eso, por favor, por favor, empiecen a ver la serie. Si no, también, caramba.

            No deja de ser un guiño divertido que los dos coprotagonistas sean Mike y Jimmy, o sea, Saul. Después de todo, el personaje de Mike entró, según tengo entendido, en la serie de Heisenberg, porque Bob Odenkirk no podía rodar ciertas escenas, en concreto, la eliminación del cadáver de la pobre Jane. Era Saul, el leguleyo todoterreno, quien debería haber aparecido para ayudar al destrozado Jesse. En su lugar, apareció este hosco calvo, de mirada sagaz y voz granítica. Y se hizo con un puesto de honor. Y al cual volvemos a disfrutar.

            Empecemos, pues, por Mike Ehrmantraut, aunque sólo sea para evitar que Jonathan Banks nos atraviese con una de sus largas ojeadas silenciosas. Banks es inmenso. Se nos resiste a aparecer y, aun cuando lo hace, se pasa buena parte de la primera temporada simplemente sentado en su puesto de trabajo oficial, sacando de sus casillas a Jimmy cada vez que tiene que entrar o salir del aparcamiento. ¡Lo que es capaz de hacer este actor apenas moviendo una ceja, un labio o carraspeando un poco! Sin embargo, ese grandioso episodio quinto de la primera temporada, tan sombrío, tan terrible, le mete de lleno en la serie y le concede la mitad de la corona.

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            A partir de entonces, la de Mike es una trama negra como Dios manda. No sólo tenemos su pasado en Philadelphia, que puede reaparecer en cualquier momento. No sólo tenemos su faceta humana, como abuelo entrañable y suegro modelo, mientras consigue dinero para su familia ejerciendo de matón profesional (de una profesionalidad ejemplar). Además, a través de las andanzas de Mike, el clan Salamanca vuelve a nuestras pantallas, para mayor regocijo, y el mundo de “Breaking Bad” asoma las orejas. Cierto que Tuco hizo su reaparición con Jimmy, no con Mike, pero cuando se vuelve realmente jugosa la implicación del cartel es con Mike, no con Jimmy.

            Cada escena de esta parte de la serie es una delicia. Perfectas. Trozos de gloria cinematográfica. Diálogos breves, concisos, entre gentes duras y de pocas palabras. Los encuentros armamentísticos entre Mike y Lawson, el vendedor de artillería a granel, son fantásticos. Ese burlón guiño hacia Walter White en ese patético cocinero de droga con ínfulas (tan lejos del ambicioso Heisenberg, pero irónicamente cercano al fracasado profesor de química). ¡Y qué decir de los dos encuentros cara a cara con Hector Salamanca, aún no prisionero de la silla de ruedas y de esa irritante campanilla!

                Sin embargo, por grande que sea Mike, es Jimmy quien tiene la parte del león en la serie. Es justo que así sea. Y si Jonathan Banks es un grande, Bob Odenkirk es un monstruo. Jimmy, aún no Saul, es un personaje digno de interpretar. Desde sus escenas como abogado de oficio a sus chanchullos como estafador en bares y restaurantes. Desde sus estratagemas comerciales a sus discursos de vendedor de humo. De sus triunfos legales (porque sí, es un buen abogado) a sus reflexiones mientras bebe agua de pepino. ¡Qué personaje! Gilligan no hace más que dar criaturas de antología.

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              El drama de Jimmy es muy diferente del drama de Mike. De hecho, cuanto más alejado está Jimmy del mundo del crimen (al que sabemos que regresará) más interesante se vuelve su historia. Porque se convierte en una historia de personas y relaciones, de amores y odios. Del gran amor entre Jimmy y Kim. Del gran odio, que nace de un gran amor, entre Chuck y Jimmy.

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                Kim, una espléndida Rea Sheehorn, es la brújula moral de la serie. Si hay un personaje radicalmente positivo, es ella. Si hay alguien por quien el espectador sin inclinación por la oscuridad tenga simpatías instintivas, es Kim. Gran abogada, rigurosa profesional, ambiciosa con escrúpulos, mantiene su dignidad humana en todo momento. Desde su grito de alegría en los aparcamientos de HHL a sus miradas a Jimmy cuando descubre alguna de sus trapacerías, es difícil de quién disfrutar más, de la actriz o del personaje. Y Kim, en especial en la rotunda segunda temporada, se ve, por su amor por Jimmy (es peculiarmente placentero ver a la moral Kim deslizarse al mundo turbio de Jimmy, en sus estafas de recepción de hotel) en la guerra terrible que se libra entre los hermanos McGill.

              Un hombre tenía dos hijos. Un hijo mayor, cumplidor de la ley, severo observador del deber. Un hijo menor, encantador, fullero, que malgasta la herencia de sus dones y facultades. Uno que siempre está en su puesto, pero que no ama ni es amado. Uno que danza al borde del abismo, pero lleno de vida. No puedo dejar de pensar en esa prodigiosa parábola evangélica mientras veo “Better call Saul”. Es uno de los textos más sutiles de la Historia, se interprete como metáfora teológica, como narración psicológica o como ambas. Junto al cuadro de Rembrandt, esta serie es la plasmación más clara de estos dos personajes que he visto nunca.

                 La serie es de una astucia tremenda en la presentación del conflicto. Durante la primera temporada nos deja creer (sin mentirnos nunca de modo descarado) que el culpable de que a Jimmy se le cierren los caminos legales es Hamlin, la supuesta cabeza del bufete de abogados; es él quien parece ser el mayor antagonista del más joven de los McGill. Aunque sabemos bien que Jimmy no es ningún santo varón, le vemos cuidar con fraternal solicitud a su hermano enfermo, defendiéndole a capa y espada frente a los consejos médicos, por muy certeros que sean, buscando, con una admiración que despierta ternura, la aprobación, la estimación, la caricia de su hermano mayor. Por eso es tan lacerante para Jimmy (y el espectador) el desenmascaramiento de Chuck, sus crueles palabras de rechazo. Por eso es tan terrible la lucha que libran en la segunda temporada, inteligencia contra inteligencia: una mente rigurosa y brillante contra una flexible y astuta.

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             Sin embargo, la serie también nos da cuenta de los pecados de Jimmy. Y no son pecados menores. Es comprensible el rechazo que Chuck puede sentir por su hermano menor y por sus prácticas. No obstante, no logramos sentir simpatía alguna por Chuck. El hermano mayor, rigorista, no conoce la piedad para con nadie, para con ningún error, ni propio ni ajeno. Cumple hasta la letra pequeña de la ley, todos los deberes, sin conocer más satisfacción que la del deber, impuesto o autoimpuesto, cumplido. Que es incapaz de coger la mano de su hermano para ayudarle a salir del hoyo. Porque esto es terrible: tan convencido está Chuck en su desdén por Jimmy, que, de manera consciente, sabotea todas las posibilidades de que su hermano logre triunfar de un modo honrado. Claro que Jimmy también pone de su parte. Pero Chuck actúa con Jimmy como quien le da la llave de una destilaría a un alcohólico y luego le señala, censor, cuando está totalmente borracho.

                 Esta guerra, que sin duda será sin cuartel en la próxima temporada, es el combate psicológico que más sin aliento me ha dejado desde el enfrentamiento entre genios perversos de Heisenberg y Gustavo Fring. Pero Jimmy lleva las de perder: porque, por experto en tretas que sea, su cariño por Chuck le lleva a desbaratar sus golpes, en última instancia. Mientras que el rencor acumulado por Chuck (esas reveladoras secuencias de la cena con la exmujer de Chuck o en el lecho de muerte de la madre) le lleva incluso a traicionar su beatería legalista.

                   Sí, un hombre tenía dos hijos. Pero aquí sólo tenemos a los hijos, no al padre. Kim es la única voz que pone a ambos ante el espejo. Sabemos que el pródigo hijo menor no resistirá en casa de Kim, que volverá a los senderos torcidos. No sabemos qué será del hijo mayor, como tampoco sabemos qué fue de él en la parábola. En este mundo de Nuevo México, sin redención, es probable que si uno se pierde por un lado, el otro quedará, rígido, solitario, preso de sus propias cadenas.

                  ¡Pero qué magnífico será ver esto y todo cuanto nos tengan en reserva esta panda de genios!

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abril 11, 2016

Galería de retratos

             No sé si a ustedes les pasa, pero un servidor suele intercambiar libros. Con amigos, claro. Desde pequeño, siempre me ha parecido que este intercambio es una de las más elevadas muestras de confianza. Con las cargas que ello implican. A quien recibe como depositario un libro ajeno le entran sudores fríos sólo de pensar que pueda sufrir algún desperfecto o, peor aún, que se extravíe o rompa; como encima fuera un libro firmado o con un pasado en sus lomo (todo libro tiene su valor para quien lo posee, mayor o menor, porque los libros de verdad son objetos únicos), la catástrofe es mayúscula. Desde luego (eso ni haría falta mencionarlo) que se acude de inmediato a una librería y se obtiene otro ejemplar lo más idéntico posible. Esa nueva compra del infractor, con todo, no deja de ser una compensación: la obligación principal se ha incumplido. El que ha fallado sabe que, aunque su amigo es generoso y le perdonará, él mismo llevará esa mancha sobre la conciencia. Los libros son sagrados. Poca broma con ellos.

            Pues bien, en uno de esos intercambios, llegó a mis manos un libro considerable y peculiar. Sé que la voz popular recomienda no juzgar un libro por su portada. Es una advertencia justa en parte. Pero sólo en parte. Las portadas son muy importantes. Las editoriales, que en eso suelen mandar bastante, se distinguen, entre otras cosas, entre aquellas que son capaces de dar al libro una portada digna de él y aquellas que hacen auténticas barbaridades. En la portada, además, figuran el título y el autor. Y es inevitable que el lector se sienta atraído o repelido por uno, otro o ambos. En este caso, me sentí inmediatamente atraído por ambos. El título era rotundo, “Libro de réquiems”. El autor no le iba a la zaga, Mauricio Wiesenthal.

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            No es un libro que les pueda recomendar si van con prisas. El señor Wiesenthal, advierte en sus primeras páginas que tardó cuarenta años en escribirlo. Ciertamente que no son necesarias cuatro décadas para leerlo. Pero tampoco valen cuarenta minutos. Libro un poco collage, de fragmentos de diferente extensión, humor y profundidad, es magnífico como lectura de fondo, esa que está aguardando en casa, que dejamos reposar y que retomamos con una periodicidad mayor o menor, mientras otras lecturas más breves o ligeras se superponen a nuestros ratos con ella. Una lectura de maratón interrumpida, que puede efectuarse mientras se hacen sprints literarios. En esto, el lector tiene sus ventajas sobre el corredor, porque dejar de correr una maratón para hacer los cien metros lisos, aunque supongo que posible, tiene que ser agotador.

            Es una lectura, pienso yo, nocturna. De noche lo he leído. De noche les recomiendo que lo lean. Un buen libro puede leerse en cualquier parte, pero, como como pasa con las buenas bebidas, a cada cual lo realza un momento y un lugar. Hay lecturas diurnas y nocturnas, de exterior y de interior, de campo, de terraza y de salón. “Libro de réquiems” es lectura de sillón, silencio y noche. Con un vaso de whisky, desde luego, la experiencia se disfruta más.

            Resulta complicado determinar el género de esta obra. No es una novela, ni un ensayo; no es un poemario, ni un conjunto de relatos. La analogía que más podría acercarse a la realidad es la de una exposición. Como con los cuadros de Mussorgsky, avanzamos de un retrato a otro, demorándonos más en éste o en aquél, acompañados por un guía extremadamente culto y encantador, aunque un poco tirano, porque, implacable, nos muestra los retratos tal cual él los percibe.

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            La galería es, desde luego, notable. Dostoiewsky y Rilke, Oscar Wilde y Calderón de la Barca, Beethoven y Casanova, Camus y Mozart, Coco Chanel y Tolstoi, Stefan Zweig y Nietzsche y otros, relacionados con ellos o con unos terceros, aparecen en sus páginas. A algunos podemos examinarlos con detalle. Otros son fugaces, rostros que se ocultan en el claroscuro o que aparecen en una esquina del cuadro, demasiado pequeños para extraer de ellos todos sus secretos. ¿Qué hilo de plata hay en esta colección de pinturas literarias? La muerte: son todos ellos retratos de hombres y mujeres en la tumba. Sólo una ciudad, Venecia, rompe la galería de efigies con un paisaje imposible de esta ciudad magnética. Pero incluso ella es descrita aquí en su aspecto de imán para los agonizantes. Por eso, el señor Wiesenthal se refiere más de una vez a este libro suyo como unas memorias. Memorias de los muertos, escritas por un vivo para colaborar en la lucha contra ese gran enemigo, el olvido.

            Son retratos todos de criaturas del espíritu. Hasta Casanova, ese encantador intrigante, que era una especie de novela encarnada y, además, un prodigioso escritor. Pensadores (como Marx), músicos (como Manuel de Falla), literatos (como Balzac). Ninguno, sin embargo, de los dueños del mundo. Ni financieros, ni estadistas. Ninguno de los que hacen y deshacen en el gran teatro del mundo. Salvo Goethe, quien, como escribió Zweig, para alcanzar la inmensidad, no necesita dar un solo paso fuera de este mundo, sino que sabe atraerla hacia él, lenta y pacientemente, y logró ser burgués, ministro, botánico, geólogo, poeta, todo al tiempo y sin que ninguna parte de su ser fuera una amenaza o una traición para las otras.

Beethoven Egmont, Goethe

            En esta selección, como en cualquier otra, hay algo de arbitrario, de subjetivo, de cierto dandismo, una elección tan moral como estética, dirigida por gustos y simpatías. ¿Podemos acusar al autor por ello? En modo alguno. Y da un paso más. No se esconde entre sus páginas, sino que, mientras nos enseña un perfil concreto, se nos descubre en parte. Ignoro si todo lo que cuenta don Mauricio de su vida es cierto. Con sólo la mitad ya merecería que su propio retrato colgase, en una sala menor, dentro de esta bella colección. Es probable que para ciertos lectores no sea de su agrado. Hay mucho de sentimental en su estilo, mucho de preciosismo casi (casi, muy importante este casi) pedante, de gran señor, de bon vivant, de extravagante, de cínico epicúreo con querencia por los rebeldes y los humildes frente a los poderosos y los mezquinos… con unas gotas de humor, para no tomarse a sí mismo muy en serio.

            Hasta cierto punto, en Wiesenthal se nota la influencia de Zweig, que era un soberbio retratista (sus biografías, para mí, son sus mejores obras literarias) y quien, sin embargo, aunque no ocultaba sus simpatías o sus admiraciones, incluso sus fascinaciones, que no es lo mismo (por ejemplo, es claro su entusiasmo al escribir sobre Fouché y nadie podría estar más alejado de Zweig que este astuto político, genialmente tenebroso), sin que por ello nos revele datos o experiencias propias. En este sentido, “El mundo de ayer”, el maravilloso libro de memorias de Zweig, escrito en las más terribles circunstancias, podría ser el padre o, al menos, un tío muy querido, de este libro de muertos ilustres. Porque sólo en él, aunque pase lista a una galería de grandes personajes que cruzaron en su vida, Zweig se permite ponerse en primer plano. Wiesenthal, más caprichoso, se muestra o se oculta, según convenga, según la semblanza que nos esté mostrando dé pie a ello o no.

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            Un libro hermoso, bellamente escrito, un tanto manierista, en el que se mezcla una peculiar pulsión vital con una melancolía nada amarga. Asistemáticas, desordenadas memorias de un hombre anciano que nos habla de muertos, vivientes en estas páginas y en otras muchas, en notas, en cantos, en versos y en las incontables vidas que muchos de ellos han marcado y seguirán marcando, mientras el olvido no nos gane la partida.

abril 3, 2016

Pandemónium en Hell´s Kitchen

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:39 pm
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            La segunda temporada de Daredevil me ha hecho esperar con ansia que haya una tercera. Les confieso que no tiendo a hacer maratones de series; disfruto más espaciando los capítulos. Pues esta nueva tanda de las andanzas de Matt Murdoch y compañía me la metí entre pecho y espalda en dos días. Y la disfruté una barbaridad. Así que, en efecto, la primera temporada no fue una afortunada causalidad. Hay aquí calidad. Una serie notable. Aunque no, aún, una serie sobresaliente.

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            En conjunto, he de admitir que la primera temporada me parece más redonda, mejor planteada y ejecutada. Las segundas temporadas o partes tiene su truco, es fácil perder el norte después de una sólida primera obra. Seamos justos, la brújula de la serie está, en general, en perfectas condiciones, aunque alguna vez la aguja salte de manera rara.

            Así que, para aquellos que aún no hayan vuelto a meterse en las calles calurosas de la Cocina del Infierno: si les gustó la primera temporada, pónganse con la segunda. Aquellos que sí la hayan visto, pueden continuar si lo desean. En otras palabras, habrá spoilers.

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            La segunda temporada nos mete de lleno en un Nueva York post Wilson Fisk. Como todo gran emperador, el imperio está en disputa. Esperaba que la serie nos presentara el enfrentamiento entre las distintas facciones (los irlandeses, los japoneses, los moteros). Pero el guión es más astuto. Nos permite ver que las facciones existen y tienen sus ambiciones como un medio: introducir y desarrollar al personaje más esperado por los espectadores desde que empezaron las promociones publicitarias. Frank Castle. El Castigador.

            Jon Bernthal es lo mejor de esta segunda temporada. Los cinco primeros episodios tal vez sean los más poderosos. Se consagran por completo al Castigador. Él es el centro de todo. Las acciones de los demás personajes orbitan en torno a él. De un modo similar a con Fisk, a partir de cierto punto de la primera temporada, el primer tercio de la nueva temporada es frankcastlecéntrica. Castle como ex veterano sonado es absolutamente creíble, encaja en el ansia de realismo relativo que es marca de la serie (siguiendo algo la estela de la trilogía del Batman de Nolan, con muchas reservas respecto a esto en su última entrega). Al tiempo, cualquiera que haya leído algún cómic con el castigador pululando, reconocerá a Castle sin problemas. Incluso se logra meter el conocido símbolo del personaje, la calavera, de un modo la mar de ingenioso, a través de la radiografía. ¡Y el monólogo en el cementerio! Es quizás el momento dramático cumbre de la temporada.

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            Sin embargo, ay, se consideró que Castle, en exclusiva, no podía ser el cimiento de trece capítulos. De modo que se introdujo a Elektra. Conste, yo estaba encantado. Siempre me ha gustado mucho el personaje de Elektra. Además, si no se abandonaba a Castle (y no se hizo), la serie podía pasar de la dicotomía Murdoch-Fisk a una estructura triangular. Con dos vértices, Castle y Elektra, tirando del tercero, Murdoch, logrando una tensión de primer orden.

            Porque tanto el Castigador como Elektra son tentaciones en el desierto para Matt. El primero es el paso siguiente en el camino de Daredevil. Hemos visto a Murdoch dar plaizas de campeonato a los malos e incluso aplicar la tortura a un par de villanos menores. No hay que olvidar esto, porque está en el centro del personaje: Matt es un ser que lleva a cuestas una contradicción del tamaño de una catedral, un abogado irlandés católico irreprochable, que aplica la ley, que cree en la ley como herramienta para defender a los más débiles, y, al mismo tiempo, un vigilante que quebranta esa misma ley a diario. Está a un pelo de la esquizofrenia. Castle es una posible solución para Daredevil. Deja la ley, definitivamente, y sé consecuente. Ni uno ni otro atacan a los inocentes (esto abriría otro debate de interés y milenario, quién es inocente, quién es culpable), pero sólo uno elimina definitivamente a los infractores. Castle es más coherente que Murdoch. No obstante, es una coherencia de un extraño nihilismo retributivo con buenas dosis de venganza personal. En Murdoch aún quedan esperanzas en la redención del otro. Para Castle, no. Como un Javert sin más ley que su propio código, divide de modo tajante a la humanidad en víctimas e infractores, con un solo castigo para los segundos.

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            Si Castle es la Retribución encarnada, sombría e implacable, Elektra es el Caos. Es otra tentación, aparentemente menos atrayente para alguien como Murdoch, pero más poderosa en realidad. La rabia acumulada de Murdoch por la muerte de su padre y las injusticias que ha sufrido y contemplado pueden ser un buen punto de partida para abandonarse a un hedonismo violento y sádico. Sin venganzas, sin retribuciones, sin justificaciones. La violencia, el caos, el sadismo, por ellos mismos, porque ellos son lo que Elektra dice ser y lo que dice que Matt es también.

            Ay, pero donde Bernthal es grande, Eloide Yung es sólo aceptable. No me la acabé de creer en ningún momento, ni tampoco me parece que la historia de deseo, amor, rechazo y dolor entre Murdoch y Elektra tuviera la garra necesaria. Menos aún con el noviazgo efímero de Matt y Karen metido en el cóctel. El resultado fue un considerable batiburrillo. Además, las tramas se mantienen en paralelo de tal modo que, en más de un momento, da la sensación de estar viendo dos series diferentes que, por algún motivo, se estaban emitiendo al mismo tiempo.

            Introducir a Elektra implicaba introducir a la Mano. La sombra de esta organización ya se insinuaba en la primera temporada, así como la guerra entre ésta y Stick y los suyos. La parte buena de que la Mano se revele es que permite traer de vuelta a Stick. Scott Glenn está soberbio, de nuevo, como este ciego duro hasta decir basta, capaz de darle una paliza a casi cualquier otro personaje mientras le azota, además, verbalmente. Lo malo es que durante unos buenos cinco o seis episodios, el peso de los antagonistas se traslada a la Mano y sus ninjas. Y esta tríada con ínfulas, para mí, tiene en la serie el carisma de un rábano. Ni sus planes pequeños, ni sus enfrentamientos contra Daredevil, Elektra o Stick, ni su Gran Plan, me supusieron ningún placer. Los momentos en los que estuve a punto de aburrirme son todos con la Mano en liza. El tal Nobu es un villano secundario sin espesor. ¡Qué diferencia con Wesley! O con Madame Gao, que tiene una breve aparición y demuestra que se puede ser una malvada de respeto mientras se pinta una cometa.

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            Por fortuna, Castle no fue olvidado, sino que su historia dio un par de vueltas de tuerca. Con Karen (ahora volveré sobre ella) haciendo de sabuesa, el Castigador es el centro de un juicio mediático y de una conspiración o dos. Soy un gran defensor de las conspiraciones en la ficción. Sin embargo, hay que saber conspirar. La trama de la implacable fiscal Reyes (cuyos duelos con Foggy son de las escenas brillantes) me quedó un poco coja, poco desarrollada. Igual que la conspiración de fondo, en los ultimísimos capítulos. “Daredevil” comete un error habitual: subir a bordo a un señor actor (Clancy Brown, el grandérrimo Hermano Justin de “Carnivàle”) para desaprovecharlo casi por completo. Estas tramas conspiratorias merecían más desarrollo, igual que los irlandeses y los motoristas merecían más presencia. La serie habría ganado con menos ninja haciendo el malabarista y más crimen sucio.

            De hecho, Castle se va difuminando a medida que avanza la serie. En los dos últimos capítulos se diría que no saben qué hacer con él y lo acaban usando como un muy inverosímil Séptimo de Caballería, pegando tiros a los sicarios de la Mano y salvando el día para Daredevil. Un desenlace bastante chusco para un personaje tan bien planteado y ejecutado hasta el momento.

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            En el lado de los buenos, el tema esencial es la destrucción de la Arcadia feliz que era Nelson&Murdock. Es lógico y es maduro por parte de la serie: las aventuras de Daredevil le pasan factura a Murdoch. No puede uno estar a palos toda la noche y llegar a tiempo a las sesiones del tribunal (por cierto, ¿qué es eso de convertir un interrogatorio en unas conclusiones anticipadas? Otro error innecesario en el terreno de lo verosímil). No puede uno saltarse la ley cada cinco minutos y no esperar que tu mejor amigo, también abogado y de los buenos, no te lo afee. Aunque tengo pocas dudas en que Foggy y Matt reconstruirán su amistad, fue una decisión acertada el mostrar las grietas en su relación.

            La reaparición de Claire Temple, la enfermera todoterreno, fue un poco decepcionante. La única escena que me mantuvo atento fue en la que Foggy les canta las cuarenta a los dos matones que están a la gresca en el hospital. Foggy es, sin duda, el personaje positivo que más crece. Elder Henson hace un papelón con lo que podría haberse enfocado como un secundario cómico y torpón, dándole una gran dignidad, inteligencia e integridad a este abogado con sobrepeso.

            Un terciario que eché de menos es el inteligente párroco de Matt. Sólo aparece en una escena y es lástima. Las tentaciones de Castle y Elektra podrían haber dado pie a jugosas charlas entre el cura y el abogado, sin que esto se convirtiera en una obra psicológica o en “Antígona”.

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            Karen, por su parte, es tratada de un modo irregular. La historia de su relación con Murdoch es considerablemente tediosa y espero que se le haya puesto punto y final. En cambio, su transformación de secretaria en investigadora hasta terminar convirtiéndose en la virtual sustituta del finado Ben Ulrich está muy bien trabajada. La relación paternofilial que desarrolla con el reservado e irónico editor del Bulletin tiene calidez y Deborah Ann Woll está muy bien en todas sus secuencias a lo Woodward y Bernstein. Que estreche lazos de un modo tan veloz con un asesino en serie como Castle me sorprendió un tanto, aunque hay que tener en cuenta que no sabemos demasiado de Karen y que tiene sus esqueletos en el armario, como demuestra esa investigación de Ulrich antes de morir. Karen es una buena noticia en la serie y espero que siga siéndolo. Dicho lo cual, su soliloquio con el que finaliza la temporada es bastante tópico, sin fuerza. Muy diferente de esa excelente y tenebrosa reflexión de Fisk sobre la parábola del Buen Samaritano al final de la primera.

            Y con Fisk quiero acabar, porque Fisk es mi personaje favorito de la serie y fue para mí una inmensa alegría ver esa calva impresionante en la misma cárcel que Castle. ¡Muy hábil, dejar la mención a Vincent D´Onofrio para los créditos finales! El Gran Enemigo está encerrado y sus redes están rotas… por el momento. Fisk aparece escasamente, pero no hay un segundo que se desaproveche. Con ritmo y economía de medios se nos expone su ascenso hasta la cúspide del mundo carcelario, formando su pequeña guardia de corps. Su manipulación de Castle es digna de Kingpin (parece que ese nombre va a empezar a usarse más a partir de ahora), igual que lo es el cambio de planes cuando el Castigador sobrevive a la emboscada. Y pocas veces se ha visto un Fisk más aterrador en su omnipotencia que en su encuentro con Murdoch, en un magnífico vis a vis entre enemigos mortales.

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            No dudo que Fisk, jugador a largo plazo, tendrá mucho que decir en la tercera temporada. Y que dejará a la Mano en el lugar que le corresponde como antagonistas de segunda. Y que Murdoch estará aguardando

            Otro año más de espera, otro año más…

marzo 7, 2016

The English is coming!

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 4:11 pm
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            Marvel está consiguiendo que algunos de sus personajes tengan nueva vida con series de calidad variada, como “Daredevil” o “Jessica Jones”, que además están logrando bastante fama. Una de las mejores, sin embargo, está pasando desapercibida y hay temores de cancelación. Sería lástima. Porque “Agent Carter” es una de las series más majas de estos tiempos.

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            Seamos claros: “Agent Carter” no es una serie que deje clavado en la silla, que haga que se te caiga la mandíbula, que logre emocionar hasta el estremecimiento o suponga un sutil placer intelectual o estético. Ni pretende serlo. Entra en la muy digna categoría de Buena Serie Sin Pretensiones. Es una serie de aventuras. Es una serie que busca entretener y que el espectador pase cuarenta minutos divertidos. Lo consigue. Parte del secreto reside en que se ha copiado una virtud de la televisión británica: la brevedad. Sus temporadas son mucho más breves de lo habitual en una serie estadounidense, lo cual evita estiramientos que llevarían inevitablemente al bostezo.

            La serie tiene, para mí, tres patas en las que se apoya, sin que ninguna chirríe amenazando catástrofe: ambientación, personajes y trama.

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            La ambientación está muy bien lograda, tanto en la primera temporada como en la segunda. El Nueva York y el Los Angeles que aparecen son dos ciudades sacadas de los comics de los años cuarenta y cincuenta, si no me engañan los recopilatorios de comics clásicos que he encontrado en algunas bibliotecas. Desde los coches, las tazas de café, los teléfonos y esas horribles corbatas norteamericanas en esas décadas (ah, Don Drapper… ¡aún quedaban años para que llegaras!), uno se siente en esa falsa década posterior a la Segunda Guerra Mundial. Falsa, porque ahí están los encantadores cachivaches de las series de aventuras y de los comics que recuerdo haber leído de muy crío, sin orden ni continuidad alguna, según iban cayendo en mis manos. Coches voladores, cañones de rayos gamma, disruptores cerebrales, prototipos de gadgets jamesbondianos… Todos explicados con palabrería pseudocientífica, muy aparente y de la que uno no se cree media palabra, pero que tiene que decirse, porque está en el pacto con el espectador. Es una serie que pulsa la tecla de una nostalgia de una era no vivida, de unos comics leídos treinta o cuarenta años después de ser publicados. ¡Y funciona! Esta gente es hábil.

            Los personajes son también más que respetables. La pareja protagonista es lo mejor de la serie. Miss Peggy Carter no da título a la serie por nada. Es la Inglesa que viene y a la que hay que tomarse muy en serio. Hayley Atwell está fantástica. Carter es inteligente, valiente, tozuda y, si se tercia, puede dar una paliza a un grupo de esbirros sin despeinarse. Es una heroína arquetípica, que es lo que la serie precisa. Su contrapartida es Mister Edwin Jarvis, mayordomo irreprochable (James D´Arcy, uno de los hombres que con más dignidad he visto llevar panamá). La relación entre Carter y Jarvis es al tiempo la más cómica y la más emocional. Por fortuna no hay ni una chispa de tensión sexual entre ellos (Carter tiene sus propios intereses en ese campo y Mister Jarvis está felizmente casado con una encantadora esposa, un papel terciario pero majo en la segunda temporada). El mutuo respeto entre ambos que se va convirtiendo en una genuina amistad está bien hilado; más aún, porque estos dos personajes jamás pierden la compostura y, sea que se estén apoyando, sea que se estén echando los trastos a la cabeza, son “Miss Carter”, por un lado, y “Mister Jarvis”, por otro. El tuteo infame es coto de los personajes yanquis.

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            El habitual cortejo de secundarios es apañado. Un Howard Stark que aparece lo justo para resultar un simpático, no estomagante, playboy frívolo y genio científico. Un interesante Agente Thompson, ambiguo, anfibio, de apariencia tosca, vulgar y brutal, al que han sabido darle un toque interesante: ni es un cobarde secreto, ni un trepa sin escrúpulos, ni un chaquetero infame, ni un falso traidor que en realidad es de lo buenos, sino que es todo eso sin acabar de ser nada por completo. Sousa, en cambio, el equivalente luminoso de Thompson, es un aburrido sin remedio: esto es, una excelente persona en la realidad, un personaje tedioso en la ficción.

            Los antagonistas están, asimismo, muy conseguidos. No quiero destriparles la serie. Les diré, pues, tan solo, que tanto los villanos de la primera temporada como la enemiga en la segunda, me sorprendieron y me sorprendieron muy gratamente. No son meros fantoches, ni tampoco seres absurdos, deformes, con nombres rimbombantes y disfraces absurdos. Son, todo ellos, individuos de cuidado, un auténtico reto para sus esforzados contrincantes. Si acaso, lo que más le critico a la segunda temporada es haber desaprovechado, hasta casi olvidarse de ella, a cierta espléndida espía soviética.

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            Las tramas son funcionales y efectivas. No hay que esperara aquí las catedrales de “The Wire” o “Breaking Bad”. Son guiones de aventuras, combinados de acción, humor y unas gotas de sentimientos. Se beben con gusto, entran fácilmente, aunque no dejan un recuerdo perdurable en el paladar. Aunque de cuando en cuando se permitan echar un chorrito de un licor más curioso al vaso, como ese simpatiquísimo número musical que sueña Miss Carter. Y, de un modo muy astuto, hay un poso más grave en el fondo de la mezcla.

            Suelo ser muy escéptico con las obras de ficción con tesis. Tienden a degenerar en panfletos o en artículos de opinión con máscara. En los peores casos, estas obras prostituyen el cine y la literatura. Ciertamente que una serie, novela o película puede tener mensaje. Pero ese mensaje no es la piedra de toque por la que debe ser juzgada como tal serie, novela o película. Una obra puede ser un alegato furibundo contra el racismo y ser una mediocridad. De hecho, convertir una obra en vehículo para un alegato es una forma nada inhabitual de hacer naufragar a la obra. Uno, qué quieren, sigue en esto a Oscar Wilde.

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            Dicho lo cual, en una obra de ficción memorable siempre hay Temas. Con mayúscula. Tomen el ejemplo de “The Wire”. Esta obra maestra es un retrato de una ciudad, una tragedia griega, un retablo de personajes imborrables, una reflexión sobre los mecanismos de la corrupción, una constancia de a dónde conduce la miseria y un sistema que produce miseria y mil cosas más. Está todo ahí. Hay que verlo y degustarlo. No nos lo meten por los ojos. Ni lastran el ritmo. Ni convierten a los personajes en meros abanderados de alguna Idea Absoluta, buena o mala.

            En “Agent Carter” hay un Tema que recorre la serie y, hasta cierto punto, la vertebra: el machismo. Es un tema que podría haberles explotado en la cara a los guionistas. Justicia para quien la merece, todo lo contrario. El mensaje feminista (excuso definir el feminismo, creo que cualquiera con cierto nivel cultural sabe lo que perseguía y sigue persiguiendo aún este movimiento) de la serie es claro, sin convertirla en un panfleto. Lo cual da más fuerza pedagógica al mensaje. Porque, demonios, quien no sienta un cierto hervir de rabia al ver cómo los imbéciles de la oficina de Nueva York tratan a Carter, por ser mujer, en la primera temporada, es un necio. Quien no se indigne contra el cliente que falta al respeto, como si fuera la cosa más natural del mundo, porque lo era, a la camarera, es un cretino. Igualmente, ¿quién no siente cierta empatía por la villana de la segunda temporada, genio científico obligada a mantener oculto su talento, por ser mujer, hasta que ese talento se le desborda y acaba siendo una científica loca y megalomaníaca a la vieja usanza? Así, el mensaje puede ir dando qué pensar a ciertos espectadores, por ejemplo, críos o adolescentes que vean la serie (me hubiera encantado esta serie siendo adolescente) y que, por ciertas encuestas que leo en la prensa, convendría que en efecto pensaran sobre estos asuntos. Y ello, insisto, sin convertir a los personajes en bustos que vocean una tesis, ni ser meros ejemplos para el espectador, positivos o negativos.

            Claro está que este posicionamiento, por muy de acuerdo con él que estemos, no convierte la serie en mejor. Sin embargo, una serie concisa, entretenida, bien hecha y con la que pasar un rato agradable, que además (además, no sobre todo) pone su granito de arena en un asunto no menor ni superado, pues qué quieren. Que ojalá tengamos tercera temporada. Y ojalá vuelva Dottie en ella, diantres.

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febrero 9, 2016

Espionaje descentrado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:49 pm
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            Según su fiel biógrafo Boswell, el Doctor Johnson dijo en una ocasión que quien está cansado de Londres está cansado de la vida. En el mundo seriéfilo, eso es muy cierto. Londres es escenario y hogar de tantas y tan buenas series que resulta difícil no mirar con instintiva simpatía a una que nos lleve de nuevo a la gran metrópolis. Con todo, no basta sólo Londres para volver brillante una serie.

            “London Spy” transcurre en Londres y casi consigue ser brillante. Lo es en ocasiones. Pero el resultado final me ha dejado una sensación poco grata: la de estar ante una obra que podría haber sido grande y se ha conformado con ser digna. Y eso que tenía en mí a un público nada difícil. Primero, porque transcurre en Londres. Segundo, porque es una serie oscura, turbia, con trama retorcida e intrigante. Tercero, por el reparto, lleno de nombres de respeto, aun cuando varios no hagan más que un cameo. Sin embargo, cuando uno se espera un equivalente a los tenebrosos rompecabezas de Hugo Blick (de los que hablamos aquí y aquí) o a la espléndida “The Hour” (de vida demasiado breve y a la cual le debo una reseña en condiciones) es fácil que acabe algo decepcionado.

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            No deja de ser algo injusto. Porque “London Spy” tiene sus virtudes. Logra crear una atmósfera viscosa, asfixiante, casi claustrofóbica, que únicamente en el último episodio se me hizo artificiosa. En todos los capítulos hay al menos una escena brillante (me encanta la breve escena en el club de poderosos vejestorios, con la fugaz aparición de James Fox). La trama mantiene su intriga buena parte de los cinco episodios, aunque ciertas escenas parecen ser puro capricho, pistas que no meramente falsas, sino que dan la impresión de que se olvidan o dejan de lado, sin justificación ni explicación. Viene a ser una mezcla de historia de espías a lo John Le Carré y falso culpable de Alfred Hitchcock.

            Los dos actores principales son los que se comen la pantalla y justifican casi toda la serie: Ben Whishaw y Jim Broadbent. Whishaw no ha hecho aún una actuación mala que yo le haya visto. Cierto que Danny, el protagonista de la serie, es algo cansino y que no le vemos más que angustiado, torturado, asustado o desesperado. Sin embargo, uno se cree cada emoción, en cada segundo, de la interpretación de Whishaw. Broadbent, que es parte de la aristocracia dramática de Gran Bretaña, está, como siempre, simplemente genial. Sus escenas como Scottie son un placer, cada diálogo que tiene con Danny me convencía para permanecer mirando. Broadbent es un magnífico actor tanto en drama como en comedia; sabe, además, darle a sus secuencias dramáticas una cierta ironía maravillosa. El muy escaso humor de esta serie viene todo él del acento, de las expresiones o de las miradas de Scottie.

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            Entonces, ¿qué problema tengo con “London Spy”? Dos fundamentales. El primero, que cae víctima de su propia atmósfera: se vuelve tan pesada, tan oscura, tan trágica, que uno acaba por sobresaturarse y salir de la serie. No tiene esa capacidad, tan británica, de observarse a sí misma con cierta sorna; se vuelve a ratos pomposa. En “The Shadow Line”, tal vez la serie más tenebrosa que jamás haya visto, la trama era tan inteligente, los personajes tan variados y carismáticos, la dirección tan brillante, que cuanto más sombría se volvía, más la disfrutaba. Un perverso humor negro atravesaba los siete episodios. Aquí, creo yo, he visto un intento, meritorio, pero fallido. En el quinto episodio, simplemente, estuve tamborileando con los dedos en el sofá, mirando el reloj cada cinco minutos, a ver si acababa aquello de una buena vez.

            El segundo, el error en el macguffin. El macguffin o bien se deja claro que carece de relevancia o bien se le da la justa. En “Con la muerte en los talones” el macguffin es irrelevante y esa película es una obra maestra. En “The Shadow Line”, una vez más, el porqué último de la trama es tan prosaico que resulta una genialidad malévola. En “London Spy” tratan de convertirlo en la gran revelación. Y les estalla en la cara.

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            La cosa está en que, durante los dos primeros episodios, los mejores, para mí, parecía que se estaba centrando la historia en algo muy diferente y muchísimo más interesante. Todo el primer episodio se consagra a la historia de amor entre Danny y Alex: cómo estos dos extraños, de mundos muy diferentes, se conocen, se vuelven a ver y terminan siendo devotos el uno del otro. La serie se toma su tiempo, hace bien, con esta relación porque es el motor de todo. No se entienden las acciones de Danny a lo largo de la serie si olvidamos por un momento que Alex es el amor absoluto de su vida. En este primer episodio, la sombra de lo que está por llegar se proyecta, no de modo muy sutil, casi desde el primer segundo: el edificio del MI6 se alza sobre Danny al salir de la discoteca o se cierne, amenazador, tras la pareja, en su paseo por la orilla del río.

            Cuando la historia de amor se convierte en historia negra, con espías, criminales y policías, parece que la pregunta que Danny debe responder es: ¿quién es Alex? No para quién trabaja, no en qué está metido, no cuál es ese descubrimiento que ha hecho y que tiene a los Servicios de Inteligencia tan nerviosos. No. Danny trata de desentrañar la personalidad de su pareja. Encuentra respuestas muy diferentes, hasta cierto punto incompatibles entre sí. ¿Son diferentes máscaras de Alex? ¿O alguna de ellas resultará ser su verdadera cara? El espía al que hace referencia el título es Alex; debería haber sido Danny: alguien ajeno al mundo de claroscuros que se ve impulsado a escrutar, en busca no de sí mismo, sino de su otro.

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            Esta investigación de Danny resultaba mucho más prometedora. Daba espesor a un personaje, Alex, al que la interpretación de Edward Holcroft y su cara de palo no hacen muy memorable. Durante dos horas estuve ante una danza de equívocos donde no tenía muy claro quién era más astuto entre los bailarines: Danny, Alex, Scottie, la madre de Alex o los poderes en la sombra. Por desgracia, se le quitan a Alex las máscaras a toda velocidad y el único enigma que nos queda es el de su hallazgo, el del secreto que debe permanecer oculto a toda costa. Que desde luego no queda oculto para los protagonistas. Y que resulta tan pretencioso que es aburrido.

            Es lástima. Espionaje, crimen, amor y drama, con una dosis de humor dan para un cóctel de primera. Pero hay que saber dosificar y no pasarse. Esta vez, la mezcla no sabe como debería.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 10/11/2015 - Programme Name: London Spy - TX: n/a - Episode: n/a (No. 2) - Picture Shows:  Danny (BEN WHISHAW) - (C) WTTV Limited - Photographer: Laurence Cendrowicz

enero 23, 2016

Carlos I entra en el Parlamento

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:17 pm
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            El 4 de enero de 1642 Carlos I de Estuardo, Rey de Inglaterra, penetró en la Cámara de los Comunes, con una fuerza armada, para arrestar a cinco miembros del Parlamento. Este gesto ha quedado en la Historia y la mente colectiva inglesas como un hito. La Guerra Civil inglesa acabó con las fuerzas del Parlamento derrotando a las reales; el mismo Carlos fue juzgado (en un juicio ciertamente polémico, entonces y ahora), condenado y ejecutado. Desde entonces y hasta hoy, el Rey (o Reina) de Inglaterra (del Reino Unido, tras el Acta de Unión) no puede entrar en el Parlamento sin permiso. Permiso que sólo se le concede una vez al año. Al llegar, se le permite acudir a la Cámara de los Lores. Un ujier acude hasta los Comunes y, tras golpear tres veces las puertas que forzaron los soldados de Carlos I y obtener paso, comunica el ruego de Su Graciosa Majestad: que los Comunes consientan en acudir para, junto a los Pares, escuchar el discurso del monarca (que, en verdad, es el del Gobierno).

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            Esto es protocolo, rito y forma. Puede parecer un tanto exagerado. Los británicos, desde luego, se burlan en parte de ello, como se burlan en parte de todo lo británico. La burla, sin embargo, no borra el significado del acto: la plasmación de la primacía del Parlamento sobre el Rey. O sobre el Gobierno.

            Todos los Parlamentos que han ido surgiendo, tras revoluciones, guerras civiles, pactos obtenidos con sangre, esfuerzo y miseria humana, han procurado establecer barreras de protección para sus miembros. La base del sistema de separación de poderes, de pesas y balanzas, es la desconfianza. Los poderes del Estado desconfían unos de otros. La sociedad civil desconfía del Estado. El Estado desconfía de los poderes privados. Es un sistema que siempre está a punto de volverse paranoico, porque la alternativa es la confianza ciega en alguno de sus componentes.

            El sistema parlamentario español no es una excepción. El artículo 71 de la actual Constitución dice:

  1. Los Diputados y Senadores gozarán de inviolabilidad por las opiniones manifestadas en el ejercicio de sus funciones.
  2. Durante el período de su mandato los Diputados y Senadores gozarán asimismo de inmunidad y sólo podrán ser detenidos en caso de flagrante delito. No podrán ser inculpados ni procesados sin la previa autorización de la Cámara respectiva.
  3. En las causas contra Diputados y Senadores será competente la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.
  4. Los Diputados y Senadores percibirán una asignación que será fijada por las respectivas Cámaras.

            Este artículo establece unas cuantas garantías (o privilegios, según se mire) para los Diputados y Senadores. No me voy a meter en cuestiones tales como al aforamiento ante el Supremo o la capacidad de las Cortes de fijar su propio presupuesto. Me interesan más los primeros apartados. En concreto, el segundo. Y, concretando aún más, la cuestión del parlamentario imputado (ahora, investigado).

            Si consideramos que el ser humano es un ser responsable como regla general (lo cual daría para unos cuantos volúmenes de debate entre filósofos, antropólogos, sociólogos y biólogos), podemos señalas tres círculos de responsabilidad personal: la moral, la política y la legal. Estos círculos no son coincidentes. Cada cual tiene sus propias normas, sus propios mecanismos de control y de exigencia de responsabilidades. En ocasiones, pueden solaparse, en otras, ser ajenos y, en fin, pueden chocar. El conflicto sobre si obedecer a la moral, a la política o a la ley es tan viejo como las tragedias griegas.

            Pongamos que un acto sea inmoral (dejemos, en aras de poder avanzar, otra discusión secular más, el relativismo contra el objetivismo moral). Pongamos que ese acto es también, desde un punto de vista político, digno de censura. Pongamos que es, en fin, ilegal. Y que dentro de la ilegalidad, es criminal. Bueno, hemos cantado bingo. Claro que los bingos no son tan habituales. Puede que un acto despreciable se quede en la frontera moral. O en la política.

            Desde hace varios años escucho a mucha gente proclamando que, aunque lo que haya hecho X no sea un delito, es una vergüenza y debería dimitir de sus cargos públicos. Puede ser. Habrá que ver el caso concreto. En líneas generales, prefiero una cultura política (y social) donde la gente que está en lo público (y, también, según de qué hablemos, en lo privado) sepa que no existe mucha tolerancia para deslices. Sé que esto puede dar lugar a una corrección política sobredimensionada. No estoy poniéndome absoluto, sino tendencial; pero prefiero un país donde un ministro deba dimitir por haber copiado en su tesis doctoral que uno donde el compadreo infame sea la norma.

            Para atajar ese compadreo, también desde hace años, vengo escuchando, con machacona insistencia, que todo cargo público y, desde luego, un parlamentario, que esté imputado (ahora investigado) debería dimitir de inmediato. Pues bien, eso, creo yo, sería un flaco favor al parlamentarismo, a la transparencia y a la democracia.

            La Ley de Enjuiciamiento Criminal prevé un procedimiento especial cuando en un proceso penal puede estar implicado un Diputado o Senador. Está regulado en los artículos 750 y siguientes. En realidad, la mayor especialidad es que, antes de detener o procesar a un parlamentario es necesaria la autorización de la Cámara a la cual pertenezca. El instructor del caso (que en el caso de las Cortes Generales es un Magistrado del Tribunal Supremo) debe pedir esa autorización mediante lo que se denomina “suplicatorio”. Y si la Cámara no lo concede, la causa contra el Diputado debe ser sobreseída.

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            Antes de llevarnos las manos a la cabeza, este procedimiento tan restrictivo tiene un origen histórico muy claro. Buscaba proteger a los parlamentarios, varios o muchos poco afectos a los monarcas y sus gobiernos, de las actuaciones de la policía y de una magistratura que, en aquella época, solía ser muy adicta a dicho monarca. Para evitar que lo que las elecciones habían conseguido desapareciera bajo detenciones y atestados.

            Los tiempos no son iguales, sin duda. Sin embargo, el peligro, por otra vía, permanece. Porque cuando a un juez instructor le llega una denuncia contra un individuo lo primero que hace es imputarlo (hay cierto debate sobre si el término “procesar” del artículo 750 significa lo mismo que “imputar”; creo que mayoritariamente se entiende que así es). Y esto se hace porque lo marca la ley y como medio de protección. Desde luego, a mí no me gustaría ser un investigado en una causa penal. Pero me gustaría mucho menos que se me investigase en una causa penal sin que me dieran ese estatus. Porque con él, vienen los derechos: a ser defendido por abogado, a presentar o pedir documentos, testigos y cuantas diligencias sean adecuadas, a tener conocimiento de absolutamente todo lo que ocurre en la investigación, a no tener que contestar a ninguna pregunta si no quiero, etcétera, etcétera. Y es, como digo, algo inmediato. Incluso si el instructor está convencido de que la persona contra la cual se ha presentado la denuncia es inocente o considera que no hay pruebas serias contra ella, tiene que imputarla.

            Ahora, pensemos lo que sucedería si eliminamos las protecciones que la ley da a los parlamentarios. E imponemos como regla, escrita, en la ley, en los Reglamentos de las Cortes, que cualquier parlamentario investigado debe dimitir de inmediato. Y en los parlamentos autonómicos, lo mismo. Qué demonios, metamos a los concejales en el mismo saco. Dimisión inmediata, obligada, por ley. Igual soy un pesimista, pero me da que al día siguiente habría cientos de denuncias a lo largo y ancho del país. Cientos de imputaciones. Y cientos de escaños vacíos. La objeción de que esto sería sólo para casos de corrupción (en cuyo caso habría que definir muy bien de qué delitos específicos estamos hablando) no soluciona gran cosa, aunque daría una monótona uniformidad a las denuncias y querellas que se presentarían en masa.

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            Es verdad que esta advertencia es propia de quien no confía en la buena fe del juego político. Como ya he dicho, la desconfianza es imprescindible en un régimen de pesos y contrapesos, como debería ser el parlamentarismo actual. También es verdad que no hay nada que no pueda corromperse y que estas garantías, perversamente empleadas, puede favorecer una escandalosa impunidad. Sin embargo, contra un parlamentario corrupto protegido por sus corruptos compañeros siempre está la posibilidad de retirarlo del escaño… aunque la ley electoral, en este punto, puede ser más un escollo que una ayuda. Éste es, sin embargo, otro debate.

            Pero no me digan que la solución es dejar entrar en la Cámara, de tapadillo, a los esbirros de Carlos I o de mil y un caciques para purgar a los no adictos. Porque, si es así, ¿para qué diablos queremos un Parlamento?

 

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