Con un vaso de whisky

marzo 15, 2019

El enredador enredado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:20 am
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    En este mundo donde cada día se me van derrumbando las pocas convicciones que alguna vez he tenido (salvo mi concebollismo militante y mi confianza en el sabor de los whiskys de Islay) el no poder confiar ni en Hugo Blick es descorazonador.

    Hugo Blick es la mente poderosa que estaba tras “The Shadow Line”, obra maestra de la televisión, y “The Honourable Woman”, pieza notable y compleja, de las que ya hablamos. Al escuchar que estaba preparando una nueva serie, esperé con confiada impaciencia. Se ve que soy, ay, demasiado infantil e inocente para este mundo, como decía el Duque de Gloucester. La serie en cuestión, “Black Earth Rising”, ha sido una decepción. Blick está allí, sin duda, se nota su presencia sombría y astuta, pero parece como si buena parte de sus poderes de creador, intrigante y manipulador le hubieran abandonado.

   Como en sus antecesoras, tenemos a un puñado de personajes sufrientes, con dramas y aun tragedias personales sobre ellos, envueltos en una trama amplia y tortuosa. En el Gran Juego, como algún que otro dice a lo largo de la serie. Sin embargo, mientras que en esas antecesoras, sobre todo en “The Shadow Line”, la faceta personal y la intriga siniestra se complementaban a la perfección, de modo que cuanto más profundizábamos en la segunda más rica se volvía la primera, en “Black Earth Rising” una y otra se estorban. Y al dividirse y subdividirse casi de forma compulsiva no se obtiene una sutil tortuosidad sino una confusión a ratos caprichosa o torpe.

   Ciertamente, Blick no ha perdido su ambición ni su vocación por sondear las Tinieblas. No en vano, aquí se lanza al corazón de las mismas: en el centro de la serie está el terrorífico genocidio de Ruanda. Y los Temas que toca no son menores: la justicia y la verdad, la venganza y la reconciliación o el olvido, la razón de estado y los cálculos económicos, la complicidad o no de los Estados y las Iglesias en crímenes abyectos, la descolonización y el neocolonialismo, el racismo y el paternalismo auténticos o como excusa para escudar tras ellos intereses bastardos… Mucho, muchísimo. Tal vez demasiado.

  Superviviente del horror, Kate Ashby (Michaela Coel), mujer adoptada por una abogada británica experta en Derecho Internacional y acusadora ante el Tribunal Penal Internacional de genocidas y criminales de guerra, investigadora ella misma para el despacho de su madre, mujer traumatizada y obsesionada por su lacerante pasado, es la gran protagonista de la serie. Hay similitudes no menores entre Kate Ashby y Nessa Stein, ambas fuertes pero heridas. Y también entre Kate y el Detective Inspector Gabriel, ambos tratando, desesperados, de conocerse a sí mismos, de rellenar las lagunas de su propio autoconocimiento, de saber quiénes son en verdad. Ahora, donde Chiwetel Ejiofor me convencía plenamente, Michaela Coel se une a Maggie Gyllenhaal: tiene momentos brillantes y momentos deplorables. Sus arrebatos de angustia, dolor o furia, a veces, son tan exagerados que, en lugar de resultar estremecedores o emocionantes, resultan casi ridículos. Eso es un pesado lastre para la serie.

   Los secundarios lo hacen bastante mejor, aunque ninguno logrará, me parece, permanecer mucho en mi memoria. Tal vez la sobria e implacable presidenta Bibi Mundanzi o su consejero, el sibilino Runihura. John Goodman, cuya titánica presencia creí que compensaría la ausencia de mi idolatrado Stephen Rea, si bien hace un rol digno como Michael Ennis (es un grandioso actor), me chasqueó algo; esperaba más de él. Aparte, que no hay quien se lo crea como abogado británico (solicitor o barrister, no lo acabo de tener claro) en cuanto empieza a hablar. Otro tanto en el debe de la serie es un maniqueísmo más marcado que en las otras obras de Blick. Nadie está libre pecado, es verdad, y, de hecho, las faltas de los personajes parecen haberse somatizado en muchos de ellos, porque apenas hay alguien que no padezca una enfermedad que lo esté devorando por dentro. Sin embargo, aun con matices, los buenos están a un lado, los malos en otro. Y eso es aceptable cuando el Malo es Gatehouse. El problema es que no hay Gatehouse, aquí. El mismo Blick interpreta a un personaje que podría haber sido un candidato, el cínico abogado Blake Gaines, pero lo liquida con prontitud; la escena de su muerte no deja de ser irónica, eso sí.

  Tampoco desde el punto de vista formal, los encuadres, los planos, me dejaron una impresión notable, al contrario que en otras ocasiones. Incluso hubo momentos (Ennis y Ashby bajo las aguas del Támesis, por ejemplo) artificiosos. El uso de la animación para los recuerdos del pasado relacionados con el genocidio me sorprendieron. Me parecen una decisión correcta, estéticamente interesante y una forma de conjurar el riesgo del morbo o la violencia pornográfica. Algunas de estas secuencias animadas logran inquietar.

   Blick de vez en cuando parecía recuperar la forma, con destellos malévolos. La primera escena de la serie, el tenso intercambio entre la madre de Kate y un estudiante univseritario. La secuencia de Ashby caminando por el pasillo de la jaula dorada del genocida Patrice Ganimana, o la conversación de Ennis con un responsable del Foreign Office, con esa referencia a Isabel I, María Estuardo y el desgraciado secretario Rizzio, en una advertencia mezclada con una amenaza… Aquí está la mente que yo echaba tan en falta. O esa broma macabra en la que el comandante canadiense, lleno de ansias de heroicidad y celo justiciero, se empeña en haber reconocido a un criminal de guerra, provocando un desastre. Lo malo es que no hubo más que eso, destellos.

   La trama, donde Blick suele destacar, fue una decepción. Esperaba y no hubiera exigido menos, tramas y subtramas, juegos de sombras y espejos, giros de guión no azarosos sino calculados, pistas y senderos que uno creía que le llevaban a un lado y resulta que conducen a otro muy diferente. La trama de “Black Earth Rising” es abigarrada en exceso. Empieza con un ritmo muy notable, con un posible juicio contra un general que ayudó a poner punto final al genocidio, sirviendo en bandeja un conflicto personal entre varios personajes y un interesante argumento. Entra en juego el asesinato que aquí no inicia la acción, sino que la desbarata y obliga a empezar de nuevo. Y lo desbarata tanto que parece que la serie va dando tumbos.

   Toda la parte que transcurre en Francia, que ocupa no poco tiempo, es, a la postre, una mera pantalla de humo más en el juego. Bien, conforme, pero, señor Blick, ha gastado usted demasiada pólvora y esfuerzo apuntando a nuevos personajes y conflictos como para desdeñarlos con un gesto. La cosa no mejora después: la serie se empeña en mantenernos en tensión, insinuando que se desvelarán graves secretos, intrigas subterráneas. Sí se revelan. Y uno en concreto, relativo a Kate, tiene el gusto refinado y cruel de Blick. Pero el resto… En fin, cada vez que se desvelaba uno esperaba que fuera un mero espejismo más y que el verdadero meollo estuviere aún por llegar. Hasta que la serie se acabó.

   No es una serie pésima, ni mucho menos. Pero cuando uno se llama Hugo Blick y ha sido capaz de extender redes tan magníficas resulta doloroso ver que acaba atrapado por las nuevas y cayendo a plomo, hasta estrellarse.

  Hasta la próxima vez, señor Blick. Seguiré esperando.

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