Con un vaso de whisky

enero 24, 2019

Hilda: los dorados días de la infancia

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:58 pm
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   Según tengo entendido, Gerald Durrell respondió, al ser preguntado qué regalaría a un niño, supongo que un niño que le fuera francamente simpático: “Mi infancia”. De la infancia de Gerry Durell con su familia en la isla de Corfú ya hablamos aquí. Luke Pearson decidió regalarnos otra infancia, la de Hilda, una infancia que parece muy digna de ser regalada y de ser vivida. No me vengan con el argumento de que la del bueno de Gerald fue real y la de Hilda es ficción, unos cómics. ¡Valiente objeción! Algunas de las mejores infancias y vidas de las que tengo conocimiento son ficticias. ¡No sigamos por el sendero de la ficción y la realidad o nos encontraremos al Rey Rojo durmiendo!

   Netflix ha puesto su grano de arena convirtiendo la saga de cómics de Mr. Pearson (que no he leído, para mi infortunio) en una espléndida serie de animación. Tantos quejidos que oigo, lamentaciones añorando las series de dibujos para niños de hace diez, veinte, treinta años. Bien, aquí tienen una maravillosa serie de dibujos para niños, de hoy día. Desde los cinco a los noventa y cinco años. No es la única, por cierto.

   “Hilda” narra las andanzas de una niña, la protagonista que da título a la obra, en la ciudad de Trollberg y sus cercanías boscosas. No pretendo explicar las tramas ni los giros de guión, así que me limitaré a cantar sus alabanzas. Los destripes serán mínimos, si es que los hay.

   Saben ustedes que una de las primeras cosas que juzgamos siempre aquí, cuando hablamos de una serie o película, son los aspectos formales. Siempre estoy dispuesto a inclinarme ante opiniones mejor fundadas y aún más en series de animación. Dicho esto, me parece que la animación de “Hilda” es una de las más pulcras, correctas y adecuadas que he visto. El estilo me recuerda considerablemente al de Bill Watterson en su inmortal “Calvin and Hobbes” o al “Peanuts” de Schulz. Los personajes son agradables a la vista, cercanos, terrosos. Son más “cute” (ese adjetivo inglés perfecto que en español podría ser traducido como “cuco” o “mono”, pero que no es exactamente equivalente) que bellos. Los colores son cálidos y acogedores. Incluso en escenas nocturnas e invernales, ni el trazo ni el color nos transmiten frío o desamparo. Esta serie es peculiarmente hogareña, esté o no algún personaje perdido en la espesura e incluso aún más en ese momento, porque el perdido, al fin y al cabo, está buscando su hogar.

   La estructura de la serie también me ha resultado una agradable sorpresa. Cada vez estoy más acostumbrado a series que se empeñan en hacer una especie de película de varias horas. Ojo, no es algo necesariamente malo. Por no irnos muy lejos de “Hilda”, la estupenda “Over the Garden Wall” se puede ver como una película dividida en capítulos, más que una miniserie; de hecho, les recomiendo que así la vean, de seguido. No obstante, una serie de televisión tiene otras alternativas y “Hilda” elige una muy clásica y válida: arcos argumentales que ocupen uno o dos episodios, con un mundo coherente que les da consistencia y unidad, favorecido esto con personajes recurrentes o pequeños misterios en el trasfondo que se van resolviendo en capítulos posteriores. Los episodio son breves, entretenidos y con un ritmo bien afinado, presentando el problema y resolviéndolo, sin que las tramas, el desarrollo de personajes y el del mundo se estorben los unos a los otros.

   En cuanto al mundo, parece que nos encontramos en una suerte de Escandinavia de finales del siglo XX, en la que los humanos conviven con criaturas, inteligentes o no, sacadas del folklore y las leyendas. No soy un gran conocedor del folklore y las leyendas escandinavas, así que no tengo idea de si la mayor parte de las criaturas han sido sacadas tal cual de las fuentes originale, si son modificaciones o invenciones de Mr. Pearson. Puede que lo averigüe. Lo haga o no, no hay criatura que no merezca atención: gigantes, trolls, nisses, elfos…

   Hagamos un pequeño alto con estos elfos diminutos. “Hilda” es una serie en absoluto carente humor y mucha de su ironía se gasta en los elfos. Criaturas maniáticas, cuadriculadas y un tanto pomposas, su vida entera gira en torno al papeleo, los contratos, los formularios, las firmas y los sellos. Son una civilización de burócratas y abogados que no tienen sociedad a la que servir, con lo que se han convertido en su propia justificación: el formalismo por el formalismo puro, sin objeto ni sentido. La leyenda que explica el porqué del exilio de una de las tribus de los elfos es una pequeña joya satírica.

   Pero no crean que “Hilda” es una serie eminentemente satírica, porque no lo es. Es inocente y amable en grado sumo, sin caer en gazmoñerías, lo cual no es escaso mérito. Es difícil que no caiga bien Hilda, pragmática e idealista al mismo tiempo, lista y considerada, aunque en modo alguno perfecta y con gran capacidad para meterse de cabeza en todos los líos posibles. ¡Es una aventurera, al fin y al cabo! Una protagonista necesita un séquito y Hilda no es la excepción. La tenemos bien flanqueada por dos amigos convenientemente dispares (esto es un tópico en este tipo de obras, pero lo admitimos porque en este caso funciona relativamente bien) la muy perfeccionista Frida y el bondadoso y torpe David, por su zorro ciervo Twig, el elfo Alfur y la digna madre de Hilda, Johanna, una de los mejores personajes maternos que he visto de un tiempo a esta parte. O esa bibliotecaria, que merece respeto aunque sea por ir con capa por la vida.

   El mundo de Hilda, por inocente que sea, no está exento de mal. Aunque el Mal, en esta obra, es casi siempre una consecuencia de la ignorancia, del desconocimiento, algo bastante platónico o propio de Auden.  Puede que la escena que mejor refleje esta idea esencial de la serie sobre el Mal sea la de la madre de Hilda, viendo, desconsolada, como un muy bondadoso gigante aplasta de un pisotón, sin ser consciente de ello, la casa de la familia humana… mientras el pie de Johanna atraviesa la pequeña casa de una familia élfica, sin que Johanna se dé cuenta.

   Oh, pero sí hay criaturas más o menos turbias, claro. Un aquelarre de adolescentes capaces de provocar pesadillas, que disfrutan sádicamente del terror de los demás. Un malicioso Rey Rata, traficante de secretos. El Hombre de Madera, sarcástico, solitario, tramposo y cínico, aunque si le caes bien puede que te ayude de un modo que también le beneficiará a él. Y no todos los humanos, desde luego, son de fiar.

   Incluso con estos individuos rondando, Trollberg y aledaños parecen una hermosa tierra. Alicia podría haber caído aquí y seguramente se habría sentido más a salvo que en el País de las Maravillas o en el Otro Lado del Espejo. Y sospecho que se habría llevado bien con Hilda. Así que espero que podamos regresar de nuevo aquí, mientras queden “los felices días de verano”. Hagan una visita, no lo lamentarán. ¡Y hay té y sándwiches de pepino en la cocina!

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