Con un vaso de whisky

julio 12, 2018

Los ladrones van a la Fábrica

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:53 pm
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   Está empezando ser un lugar común el decir que la Era Dorada de la Televisión ya empieza a decaer en Estados Unidos y Reino Unido pero comienza en España. Como es un lugar común, no vamos a emplearlo. Admitamos, no obstante, que la calidad media de las producciones españolas va mejorando y que, de vez en cuando, aparecen cosas dignas. “La casa de papel” es una de esas cosas dignas. Dignas, no geniales. No acabo de entender muy bien que haya alcanzado el estatus de fenómeno en Francia o en varios países sudamericanos. Pero, eh, que un servidor cayó en su día en la trampa de “Perdidos” (aunque la acabó de ver ya por pura curiosidad de hasta qué punto era todo una engañifa), así que tampoco está para mirar a nadie por encima del hombro.

   “La casa de papel” es una serie muy entretenida, con un ritmo bien mantenido, formalmente más que respetable y con destellos de brillantez. ¿Tiene errores? Los tiene y haremos escarnio de ellos. Sin embargo, vaya por delante, antes de meternos en el campo de los destripes: si buscan entretenimiento de calidad, recomendada queda.

   Resumen muy básico y con pocos spoilers: un grupo de ladrones, siguiendo los planes de un individuo que se hace llamar el Profesor, se infiltran en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, la Real Casa de la Moneda, con toma de rehenes incluida, siendo cercados por la Policía al poco. La serie va siguiendo la ejecución del delito y sus vicisitudes, con ciertos saltos al pasado en los que se explica la preparación y planificación del mismo.

   A partir de aquí, sí, nos meteremos con personajes, trama y demás. Así que ya saben. Bajo su propia responsabilidad.

   A mí me gustan las películas de atracos. Desde “Atraco perfecto” no me encontraba con una idea tan ingeniosa como la que propone esta serie: fingir un atraco que sale mal para poder llevar a cabo el auténtico plan, es decir, imprimir un botín mucho mayor, alargando el sitio policial el máximo tiempo posible, y huir con él. Roza la genialidad. El meticuloso plan del Profesor quizás es lo que más me gustó de la serie. Es un plan muy pensado y minucioso, que tiene previstas casi todas las eventualidades. Lo que parecía un hueco clamoroso al final de la primera parte se revela en la segunda como una trampa más para la policía (lo cual era deducible, porque no podía admitirse tamaña torpeza en un tipo que nos habían vendido como un planificador de primer orden).

   Es sabido que los planes de batalla no sobreviven al contacto con el enemigo y que en las series y películas de atracos algo tiene que torcerse. Y aunque aquí esto también ocurre, durante buena parte de la primera parte de la serie el plan funciona, preciso e implacable, sin que el interés del espectador se resienta, más bien la contrario. Hay un cierto placer retrospectivo en las escenas en las que el Profesor explica a sus cómplices en el pasado (el presente para el espectador) qué es probable que haga la Policía y qué van a hacer ellos entonces. Los guionistas son buenos escritores y buenos urdidores.

   Cuando las cosas empiezan a no ir del todo bien hasta rozar el desastre completo para los atracadores (por llamarlos así), la tensión va siendo cuidadosamente aumentada. Y aquí se tomó una decisión muy inteligente: convertir al personaje que cumplía el arquetipo de planificador pasivo en un arreglador que tenía que ir taponando vías de agua una tras otra. El riguroso arquitecto convertido en un malabarista improvisador. El Profesor me resultó casi mejor personaje una vez sometido a esta transformación que antes y eso que antes ya me gustaba mucho.

   La mayoría del resto del reparto (tanto actores como personajes asociados) pasa el examen con notas altas. Si esto es una partida de ajedrez, analogía socorrida pero que tiene su sentido, frente al Profesor había que poner un rival de altura. Y la serie es lo bastante habilidosa como para hacerlo. Siendo casi inevitable que las simpatías iniciales de los espectadores estén del lado de los ladrones (y allí seguramente se mantengan hasta el final en muchos casos) es necesario, por el bien de la tensión, que entre la Policía haya buenos personajes. En realidad, sólo hay uno, pero logra equilibrar la balanza dramática.

   La inspectora Raquel Murillo es una buena antagonista. Es lista, es decidida, es humana. Una mujer en la Policía, íntegra y profesional, aunque sobre ella esté la sombra del maltrato por parte de un ex marido miserable (también policía, respetado, parece que con razón, en su trabajo) y la aún más insidiosa de que el maltrato se lo ha inventado ella por venganza. Es razonable que muchos espectadores sientan que sus lealtades vacilan o incluso varían con Raquel como jefa del otro bando del juego. Más si se compara a la inspectora con el repelente coronel de Inteligencia.

   Los atracadores, pese a todo, son los personajes más pintorescos y retienen la atención. Moscú y Denver forman una pareja curiosa y su relación de padre e hijo funciona bastante bien. De hecho, es la mejor relación de toda la serie. La risa de Denver, que al principio se me hacía inaguantable, terminó por hacerme gracia y realmente es de los detalles que hacen creíble a un personaje.

   Nairobi tarda en adquirir peso. Pero cuando por fin da un paso al frente (¡viva el Matriarcado!) es casi mi favorita. El guión le da una motivación que casi todo espectador puede comprender y estimar para meterse en este lío, un hijo al que quiere recuperar, y Alba Flores la interpreta estupendamente, con simpatía, gracia y mala leche cuando se tercia. Además, le ponen al lado un terciario entrañable, el señor Torres, el cual, sin decir casi palabra, se me hizo un hallazgo.

   Lo que impide que Nairobi sea la número uno dentro de la Fábrica es el despiadado Berlín; por otro lado, es tan comprensible como satisfactoria la relación entre el respeto reluctante y la animadversión clara entre Nairobi y Berlín. Hombre de hielo sonriente y cínico, implacable y mordaz, Berlín hubiera sido un villano perfecto en una serie más maniquea. Aunque en algunos momentos la interpretación de Pedro Alonso se me antojó un tanto histriónica, saca adelante el papel con clase. Al ser el personaje menos vulnerable desde el punto de vista emocional o mental, se le otorga una debilidad física que ni le absuelve ni le justifica, pero le concede cierta dignidad estética. Si a uno le cae Berlín es porque es un hijo de puta, no pese a serlo.

   Precisamente por eso, que sea el hermano del Profesor me pareció una revelación un poco artificial, demasiado de culebrón. La historia del porqué del atraco, de a quién se le ocurrió el plan del Profesor ya daba bastante trasfondo emocional al personaje de Álvaro Morte. Y si algo no necesitaba Berlín (al contrario) es un trasfondo emocional. Aunque ver al profesor y a Berlín, copa en mano, cantando “Bella Ciao” casi lo compensa.

   Pero, ay, en la Fábrica también está Río. Y Tokio. Y aquí uno ya decide sacar el hacha.

   Río es insustancial y cansino. Como personaje es una nulidad: si lo quitas ni te enteras. Sus funciones se hubieran podido pasar a otro personaje (yo se las hubiera dado a Helsinki) sin problemas. Que Río sobreviva es una de las decepciones de la serie.

   Aún mayor es que lo haga Tokio. Esta no es una nulidad, sino una rémora. Eliminar a Tokio no hubiera dejado la serie igual, la hubiera mejorado considerablemente. El personaje es inaguantable y estúpido. Una de las preguntas que me gustaría hacer al Profesor es: ¿por qué Tokio? ¿Qué aporta a tu plan? Porque no hace nada de nada, salvo molestar y fastidiar cuanto toca. Para controlar la situación dentro está Berlín; para que la impresión de los billetes sea impecable, Nairobi; para hacer agujeros, Moscú y Denver; para galimatías informáticos, Río (podría no estarlo, pero está, vaya); para pegar tiros y dar pescozones, Oslo y Helsinki. ¿Para qué, en nombre de Hans Gruber, queremos a Tokio?

   Como recurso narrativo, voz en off que va explicando desde un futuro inconcreto lo que pasó en el atraco, tampoco es imprescindible; se podría haber puesto casi a cualquier otro: desde Raquel al Profesor o incluso, hubiera sido interesante, haber ido variando de perspectiva. Pues no. La insufrible voz de Úrsula Corberó nos martiriza desde el principio hasta casi el final. Madre mía. Qué cansinez de actriz, de actuación, de personaje.

   Entre policías y ladrones están los rehenes. Aquí la cosa está bastante repartida. Además del querido señor Torres, básicamente hay tres rehenes con algún interés.

   Arturo, el director de la Fábrica, me resultó el más interesante. Secundario negativo y desagradable, no le puede caer bien a nadie: su presentación tanto antes del asalto como en los primeros compases está pensada para que nos sea antipático. Y aunque nunca se recupera de ello, aunque sea viscoso y cobarde, tiene sus momentos de dignidad, de inteligencia y es el único de los rehenes, el único, que es activo, tratando de escapar una y otra vez. Es justo decir que las acciones de Arturo causan más quebraderos de cabeza a la banda de ladrones que las fuerzas del orden.

   Alison Parker tiene importancia como una pieza en el plan de Profesor. Así debería haber sido tratada. Los intentos, desechados, por fortuna, de convertirla en un personaje de cierta entidad eran sonrojantes. Es estomagante, sólo un poco menos que Tokio. Aparte que es absolutamente imposible creérsela como la hija del embajador británico en España. Absolutamente imposible.

   Mónica Catzambide tenía más potencial. Desaprovechado. Hubiera sido un personaje desgraciado perfecto: la amante de Arturo, abandonada por éste, que acaba enredada en el atraco y con uno de los atracadores, teniendo que acabar mal su periplo. La idea de que la atracción de Mónica por Denver fuera un ejemplo de síndrome de Estocolmo tenía bastante más sentido y gracia que lo que, por desgracia, se decide: convertir a estos dos en una pareja que acaba junta y feliz. Absurdo y edulcorado.

   Pero no es sorprendente porque uno de los mayores fallos de la serie está, justamente, en las relaciones. Hay demasiadas y demasiado tontas. La de Tokio y Río es vomitiva y una razón más para cargarse a ambos personajes. La de Mónica y Dénver podría haber sido turbia, pero no se quiso. Se amagó con otra, que apenas se desarrolló y que tenía muchas posibilidades tenebrosas, la de Berlín con una rehén a la que utiliza; esa relación basada en el terror podría haber sido muy curiosa, pero no se le dio espacio, ante el tiempo que ocupaban las demás, así que resultó, desde mi punto de vista, un error. Para dejarla a medias o ni eso, ni te molestes con ella.

   La gran relación de la serie es la del Profesor con Raquel. Resulta previsible, pero está mejor llevada de lo que yo esperaba. Aunque albergaba la esperanza de que el Profesor no estuviera de verdad enamorándose de su adversaria, acepté sin mucho dolor que así fuera. Hasta daba más gracia a sus conversaciones telefónicas. Sin embargo, cuando Raquel descubre (a la segunda o tercera vez, esto también es una repetición de recursos de guión discutible) la identidad de su novio, la serie derrapa que da gusto.

   La inicial reacción de Raquel es la comprensible, la coherente con el personaje: este desgraciado me ha estado utilizando, me ha manipulado, me ha engañado, ha logrado que baje la guardia, se ha infiltrado en mi intimidad física y emocional y por su culpa lo puedo perder todo, carrera profesional, estima de mis compañeros y hasta la custodia de mi hija. La rabia y la desesperación de Raquel y su implacable determinación para cazar al cerebro del atraco son entendibles y apropiadas.

   Lo que no lo es en absoluto es el giro ridículo del final, que además se enlaza con otro fallo de la serie. Vamos a ver, ¿alguien compró que Raquel cambie su sistema de valores y sus paradigmas vitales por la chorrada de discurso de dos líneas del Profesor sobre la crisis económica y el rescate a los bancos? Para eso hubiera sido necesario presentar a una inspectora con muchas más dudas que la que se nos había presentado hasta el momento. Que Raquel encubra al Profesor y luego se vaya con él al Trópico (aunque permita ver un sombrero panamá en la escena final) es una tontería de cuidado.

   Igual que lo es el intentar convertir a los ladrones en Robin Hood y sus alegres hombres de Sherwood. La motivación de la banda nunca fue política o social. Podría haberlo sido (de parte, quizá) pero no era el caso. Sus motivos eran todos personales con la codicia como denominador común. La idea de que esto pudiera tener un valor reivindicativo es una tontería, porque en ningún momento se vende a la opinión pública como tal por parte de los atracadores, ni siquiera como una estratagema más. Así que no sé de dónde se sacan eso, tan a destiempo. ¿Que hubiera podido ser muy interesante y hubiera convertido esta serie en una más profunda, siempre que no hubiese caído en simplismos fáciles? Puede. También podría haber sido un aburrimiento plomizo. Pero “La casa de papel” no era esa serie y no comprendo que se haya tratado de disfrazar de cine político costa-gavresco al final.

   Pero con todo y con eso, “La casa de papel” tiene sobrados triunfos en la trama, en la estructura, en lo estético (las máscaras de Dalí me encantan y ese homenaje a la “La jungla de cristal” con el Himno a la Alegría de la Novena cuando las máquinas se ponen a imprimir me gustó mucho) como para verla y no sentir que se ha perdido el tiempo.

   Pese a Tokio. Por todos los santos.

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