Con un vaso de whisky

mayo 12, 2018

La hora de Leporello

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 4:04 pm
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   Equivocarse en el juicio de las personas es algo tan común como perseverar en el vicio de juzgarlas. Y lo mismo ocurre con los personajes, sobre todo con los grandes. Hay personas simples y personajes simples, igual que hay personas complejas y personajes complejos. Y también hay seres velados, que no se si sabe si ocultan sencillez o abismos.

  Al leer y releer una novela o un cuento, al ver y volver a ver una película o una serie o al escuchar o (si el bolsillo lo permite) asistir varias veces a la representación de una ópera, hay ocasiones en que cambian nuestras opiniones y perspectivas sobre uno o varios personajes. Tal vez hemos sido nosotros los que hemos cambiado y apreciamos matices que antes no veíamos. O puede que, habiendo apreciado al personaje en su justa medida desde un inicio, lo que antes nos parecía meritorio ahora ya no tanto o viceversa. Otras veces, simple y llanamente, no habíamos entendido nada y ahora, de repente y casi siempre con ayuda, entendemos.

   Esto último me ha ocurrido con Leporello, el criado de Don Giovanni. Escribí en su día que Leporello me molestaba un tanto y que me hubiera gustado un fool shakesperiano en la ópera, en vez de este siervo que creía de poca monta. Me siguen gustando los fools, pero ¡qué equivocado estaba con el lacayo del gran seductor!

   Por suerte, tiene uno amigos más inteligentes y cultos que quien esto escribe. Uno de ellos me ayudó a comprender mi error. Ojo, me vino a decir, fíjate que Mozart ha hecho de Leporello un bajo, igual que Don Giovanni, igual que el Comendador. Aparte de la sugerente teoría de que los tres personajes están ya muertos al empezar la obra, esto implica una igualdad estética entre el centinela del viejo orden, el libertino protagonista y el criado. Esto es mucho, igualar a un plebeyo con dos aristócratas. Es la misma inquietante, para el Antiguo Régimen, posición que alcanza Figaro, frente al conde de Almaviva.

   Don Giovanni, luciferinamente jovial, seduce, miente y engatusa son desparpajo. Sin embargo, es bastante descuidado. Tiene una confianza en sí mismo tan absoluta que casi parece no dar importancia a ser atrapado en falta. Desestima los detalles con desdén de gran señor. Y de esos detalles se ocupa, diligente, Leporello. El criado lo sabe todo sobre su empleador y sus andanzas. Las apunta, las estudia, casi las soba, las considera, con no poca envidia y admiración. Leporello podría destruir a Don Giovanni en un momento, gracias a la información que posee. No lo hace, así que ni es un rebelde ni es un justiciero moralista. Pero tampoco la usa para controlar, dominar o chantajear a su patrón, para volverse el amo de su amo. En ese sentido, Leporello sigue siendo, desde el punto de vista de la historia, ya que no de la música, un ser pasivo y subordinado.

   Salvo en un momento. Su momento. Su aria.

   Leporello despliega su lista ante la pobre Doña Elvira. Y , por una vez, goza como un demonio, sádicamente, restregando la sucia verdad en la cara de esta pobre enamorada. Es el único momento en que el criado utiliza parte del devastador poder que encierra su libreta de notas. No tiene arrestos para hacerlo frente a su señor (quien, por otro lado, es conocedor de esa libreta y le importa un bledo), sino que, de un modo vicario y vil, disfruta dando alfilerazos malévolos a la amante de ayer, que se creía la de hoy y la de mañana.

   Leporello no es un defensor del viejo orden y sus supuestas virtudes, como el Comendador, su hija o el insufrible prometido de ésta. No es, porque no puede serlo, un amoral ególatra, grandioso en su carisma negativo y en su vitalismo nihilista. Leporello, en realidad, no encaja en la obra ni en el mundo. Porque es un hijastro del tiempo, como diría Vasili Grossman, de una época que aún no ha llegado pero que podría ayudar a traer, si se decidiera. Quizá no sea capaz.

   Ése el único instante en que Leporello paladea el poder del que dispone. Pero este momento es muy importante. De aquí surgirán otros, en la Historia y la Literatura, otros plebeyos, otros siervos con libretas, con notas, con información, como nuestro viejo amigo lord Baelish. Y no se contentarán con una simple burla a una mujer despechada. Recogerán el legado de Enguerrand de Marigny y de Guillaume de Nogaret, de Thomas Cromwell y Walsingham o Cecil, de Antonio Pérez y los superarán a todos, convirtiéndose ellos mismos en arañas universales como Luis XI. De ahí surgirá Corentin y el hombre en que en verdad se basa, el fundador de la Alta Policía, que llega hasta nuestros días, bajo muchas máscaras y siglas. Y ese genio político tenebroso, ese burgués, ese criado y espía que controlaba a quienes se suponía que servía, ese Joseph Fouché, en su encarnación teatral en “La Cena”, de Brisville, dirá, por fin, las palabras que Leporello no podía pronunciar:

   “Usted y yo no somos de la misma época. La suya está a punto de reventar de una indigestión de cortesía- y será la mía la que la suceda. El verdadero poder lo tendrán los subalternos, los espías, los delatores- y nadie sabrá nunca si está en regla porque la regla será equívoca y temible. Así es como veo yo a la policía: indefinida… proteiforme. Invisible y todopoderosa. Estará en la conciencia de todos y cada uno. Entonces, señor, eso será el Orden.”

   Leporello no es Fouché. Pero quizá sin el uno no habría llegado nunca el otro.

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