Con un vaso de whisky

enero 23, 2018

Gormenghast: galería de sombras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:52 pm
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    J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis son tal vez los escritores de fantasía más célebre de la Inglaterra de la posguerra. La influencia de la obra de Tolkien tanto en el género como en la cultura popular occidental, al menos, es poco discutible. En menor medida, las sagas de Lewis (tanto Las Crónicas de Narnia como la muy irregular Trilogía Cósmica) son conocidas también más allá de Inglaterra (dejo de lado la faceta de Lewis como polemista y ensayista y la de ambos como académicos). Sin embargo, hay otro autor, contemporáneo suyo, que creó su propio mundo, lo pobló de criaturas y que ha sido injustamente olvidado. Fuera de Reino Unido y de los Estados Unidos, apenas se le conoce y allí, creo, cada vez menos. El escritor es Mervyn Peake. Su obra literaria principal, las novelas de Gormenghast.

    La obra de Peake es problemática y extraña hasta el punto que resulta complicado ponerle una de nuestras amadas etiquetas. ¿Fantasía? Puede. ¿Gótica? Sí para las primeras ediciones norteamericanas, algo que no fue muy apreciado por los británicos, según parece. ¿Cómica? A ratos. ¿De terror? Mezclado con su peculiar humor. ¿Novela de crecimiento de héroe, una bildungsroman? También se puede defender. Novelas complejas, eclécticas. Y, al mismo tiempo, propias, distintas de cuanto he leído hasta el día de hoy.

    De las anteriores etiquetas, una de las más justas sería tal vez la de bildungsroman. Al fin y al cabo, la primera de las novelas, “Titus Groan”, comienza con el nacimiento del personaje que da nombre al libro. La última novela conclusa “Titus Alone”, sigue a un Titus ya pasada la infancia y la adolescencia, en su vagabundeo por un mundo alejado del hogar familiar, vagamente futurista. Sin embargo, durante toda la primera novela Titus, el supuesto protagonista, es un bebé y nada hace ni en nada influye. Hay quien ha visto aquí (y, si no me falla la memoria, el mismo Peake así lo indicó) un homenaje a la maravillosa, genial, divertidísima novela de Laurence Sterne, “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, que, como es sabido, se inicia con el nacimiento del narrador y acaba antes siquiera de que éste haya dado un paso en el mundo.

   Sterne es un homenaje. Otro grande, Charles Dickens, es una influencia. En especial en las dos primeras novelas, “Titus Groan” y “Gormenghast”, que forman un conjunto coherente, con un arco argumental propio. “Titus Alone” es una obra autónoma, hasta cierto punto, no sólo por cuestiones de personajes y trama, sino también en cuanto estructura y lenguaje. Los muchos habitantes que pueblan el castillo de la Casa de Groan podrían pulular por el Londres extraño de Dickens. Y, viceversa, muchos de los duendes con forma humana de Dickens podrían encontrase en las mazmorras, las cocinas, los jardines y aposentos de Gormenghast como en casa; y tal vez como en su verdadera casa.

   Es una auténtica galería de criaturas entre lo humano y lo grotesco. La mayoría de ellos no son criaturas con abismos dentro, tridimensionales, personas, en fin, sino extravagantes criaturas casi oníricas. ¡Pero qué llamativas, qué siniestras, qué peculiares e inusuales!

   Lord Sepulchrave Groan, grave, melancólico, atado a la tradición. Los tiránicos y viejos Maestros del Ritual, Sourdust y Barquentine. El esquelético criado rígido Mr. Flay. Su gran enemigo, el obscenamente obeso cocinero, el viscoso Abiatha Swelter. La inmensa Condesa, Lady Gertrude, con sus hordas de gatos y pájaros. Fuchsia Groan, la primogénita, solitaria, fantasiosa, anhelante de una ternura que Gormenghast le negará casi por completo. Las gemelas Cora y Clarice Groan, ambiciosas y huecas. La patética y entrañable Mrs Slagg, aya de Fuchsia primero y Titus, después. El Doctor Prunesquallor, bufonescamente brillante, con su envesado lenguaje, y su hermana Irma. Los sombríos habitantes de más allá del castillo, los moradores del barro. El profesor Bellgrove y su claustro.

   Y, aunque parezcan tan extraños, la mayoría de estos personajes, sin llegar a profundidades dignas de Dostoiewsky, desarrollan sentimientos y relaciones más complejas de las que en primer momento les consideraríamos capaces. Fuchisa ama de su modo torpe y arrebatado a su hermano Titus, a su vieja aya, al dicharachero Doctor Prune o al tieso Flay; y es correspondida. Lord Groan no tiene tiempo apenas para amar: a él le aplasta la soledad, el cumplimiento infeliz de un deber indiscutido, la tristeza que le roe hasta el tuétano. Personajes tan ridículos como Irma y Bellgrove, no obstante servir para algunas de las escenas más paródicas de las novelas, tienen su punto de angustia vital, de temor ante una soledad que se cierne sobre todo y todos. Una soledad que unos combaten desesperadamente, otros aceptan y otros niegan, aferrados a la Norma y al Rito.

   Porque Gormenghast, este mundo fantasmal, onírico o pesadillesco, es un personaje casi por derecho propio. Sus muchas tradiciones y ceremonias, descritas con minucioso detalle, son una telaraña que estrangula a sus moradores. Es siempre peligroso considerar que una obra es portavoz de su autor, pero según no pocos críticos Peake descargó en estas novelas su desprecio por el dogma monolítico, la obediencia ciega y la tradición estéril. Aunque no todos los habitantes del castillo son negativos, su mundo lo es. En tanto que servidores de la implacable Ley de Groan ( y todos lo son, desde los Condes hasta los criados), ninguno de ellos podría ser un héroe.

   Siendo esta, hasta cierto punto, una saga de fantasía, hace falta un héroe. ¿No será el héroe, pues el rebelde contra la Ley? Sí. Y no.

   Porque Peake nos ofrece dos rebeldes o dos trasuntos de rebeldes. Uno es, desde luego Titus, sobre todo en la segunda novela. Como niño primero, como adolescente, después, su incomodidad y desasosiego son cada vez más notorias. Un deseo salvaje de libertad, de sacudirse su herencia de encima, devoran al crío. Titus, efectivamente, actúa siempre, de modo externo o interno, contra la Ley de Groan. Pero Titus no es muy heroico. De hecho, qué quieren, es bastante inaguantable. Sus hitos vitales (como su único encuentro con un personaje secundario pero vital, la Cosa) lo vuelven más egoísta y alejado de los demás personajes. Y, al acabar el primer arco argumental, huye del castillo. Gormenghast no es derrotado por el joven. Bien, de acuerdo, hay aquí ciertos rasgos del héroe romántico. Con todo, Titus es estomagante y de sus extrañas andanzas solitarias lo más extraño es que logre la amistad, el amor o la obsesión de los personajes más notables, el vital Muzzlehatch, la pasional Juno, la fascinadora Cheeta.

   ¿Y el otro? El otro es una de las mayores glorias de la saga. El glacial, inteligente, maquinador, despiadado y magnífico Steerpike. Un joven criado de las cocinas a quienes vemos ascender, a fuerza de intrigas, hasta lo más alto de la jerarquía.

   Pero, ¿es un rebelde o no? Lo es, en parte. Porque se resiste al orden impasible del castillo y rompe o tuerce cada una de sus reglas. Pero si un rebelde busca derribar o reformar un orden injusto, entonces Steerpike no es un rebelde, ni un revolucionario, aunque a algunos lectores pueda darles esa impresión. Steerpike es un arribista. Le importa un bledo que el orden sea injusto. Lo que quiere es ser el amo de ese orden.

   Steerpike es uno de los más grandes villanos que he leído. Se pueden trazar paralelismos entre este joven delgado y poco agraciado y uno de los mayores malvados de Shakespeare, Edmund. Ambos estrategas del mal, ambos nihilistas helados, absolutamente incapaces de amar, ambos buscadores del poder absoluto. La relación entre Steerpike y las necias gemelas Cora y Clarice, o al menos así lo he visto yo, es un burlón homenaje o eco de la relación entre el brillante bastardo de Gloucester y las hermanas Goneril y Regan. No deja de ser notable que casi todos los demás personajes se sientan fascinados, atraídos o aterrados por Steerpike, pese a su poco hermoso aspecto: por su intelceto, por su vitalidad, por su habilidad.

   Si hay una trama en las dos primeras novelas de la saga, un elemento dinámico, es el relato de las maquinaciones de Steerpike. El quietismo pasivo de los Groan y sus siervos contrasta vivamente con la agilidad subterránea del gran villano. Su falsa revolución tiene hasta tintes diabólicos, una ironía más, pues si Steerpike es Satanás, Gormenghast sería el Cielo. Sin embargo, este demonio no quiere asaltar el Palacio, quiere controlarlo desde las sombras… hasta cierto punto.

   Alguna vez creo haber escrito que la gran tensión que ha de existir en los titiriteros en las sombras es la de la perpetua tentación de demostrar quién tiene en verdad el poder. Steerpike es un brillante ejemplo de esa tensión. Maestro manipulador, sabe colocarse a las mil maravillas la máscara que le conviene en cada momento. Pero esta criatura, la más solitaria de todas las criaturas solitarias que pueblan el castillo, de mente pragmática y metálica, desprecia a todos y a todo y se muere por escupirles su desdén. Es casi hitchcocktiano contemplar en cada escena, en cada diálogo, cómo ese hondo desdén que a Steerpike le produce todo el mundo es el mayor riesgo para sus meditados planes.

   A pesar de las intrigas de su malvado mayor, la saga de Peake no es una lectura al galope. Es ardua y el ritmo, en ocasiones frenético, otras es muy pausado. Peake escribe un inglés retorcido, conscientemente arcaizante y aun alambicado en ocasiones. Todos recordamos las largas descripciones que Tolkien hacía de una hoja. Peake, sin llegar a esos extremos, se toma su tiempo con las piedras y el moho. Indudablemente, la atmósfera única y peculiar de estas novelas se logra gracias al talento descriptivo de Peake, por cuesta arriba que en ocasiones se vuelva. Pero hay que tener en cuenta que, igual que Tolkien era primero filólogo y luego novelista, Peake era sobre todo y ante todo pintor e ilustrador (ilustró magníficamente “La Isla del Tesoro”). Varios críticos consideran que si Peake se volvió hacia la escritura era porque terminó considerando la pintura o el dibujo insuficientes para pintar los cuadros que tenía en su mente. Sólo podía pintarlos con palabras.

   Página tras página de su obra, desde el inicio hasta la fragmentaria e inconclusa cuarta parte (“Titus Awakes”) hay un cuadro, un paisaje, un retrato, tras otro. Escenas que no tienen ningún sentido desde el punto de vista de trama o personajes, son plásticamente poderosas. La presentación del Poeta, por ejemplo, no hace avanzar el argumento ni un milímetro. Nadie olvidará, sin embargo, esa imagen. “Titus Alone”, escrita mientras la terrible enfermedad que destrozaría la mente y la vida de Peake avanzaba, parece más un cuaderno de dibujos y esbozos que una novela o incluso que unas notas para una novela.

   Imaginativas, extrañas, perturbadoras, sombrías e intrigantes, las novelas de Gormenghast son una de las joyas oscuras de la literatura anglosajona. No dejemos que caigan en el olvido.

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