Con un vaso de whisky

diciembre 7, 2017

Cómo no llevar a cabo un experimento socio-genético

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:30 pm
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     Después de torturar mi cerebro con las dos primeras partes de la Saga Divergente, viendo que empezaba a dejar de babear de manera involuntaria, decidí que había llegado el momento de apurar la copa hasta las heces y ver la tercera parte. Y Santo Dios. Santo Dios. Creo que he quedado medio tarado de modo definitivo.

    Ya el título es poco prometedor. La primera cosa se llama “Divergente”. La segunda “Insurgente”. No sólo rimaban ripiosamente entre sí (también en el original), se referían ambas a la protagonista. Pues bien, la tercera parte es “Leal”. No rima (tampoco en inglés, “Allegiant” ). Y además, como veremos, la leal no es la prota, es un personaje terciario. Esto pinta peor de lo previsto.

    La película se estructura en una introducción que merece le dediquemos un poco de atención, por su extrema torpeza, y dos tramas paralelas medio mezcladas: la que narra lo que ocurre en la ciudad de Chicago y la que narra lo que ocurre fue de la ciudad de Chicago. Luego ambas tramas se unen en un clímax tolerable de un modo directamente proporcional al número de botellas de licor vaciadas.

    Antes de entrar con el hacha de carnicero, dediquemos dos líneas a los aspectos estrictamente cinematográficos. La dirección es inexistente; la banda sonora, irrelevante;los diálogos, vergonzantes; la interpretación, para ahorcarse con una cuerda de piano y los efectos especiales (en la película de la saga donde más se usan) dignos de “Superpulpo contra Megatiburón: la Venganza”.

    Continuemos.

    Recordarán que, al final de “Insurgente” la dictadura de los Eruditos y parte de los Intrépidos había sido derribada por una alianza de los fulanos de Blanco, los de Naranja y la masa sin facción, con la pobre Naomi Watts haciendo de Lenin (ay, Naomi Watts… después de verla en la vuelta de “Twin Peaks” verla aquí…). Además, la prota había hecho público un mensaje de los Fundadores que, en esencia decía que todo era una broma, que Chicago era un experimento, que los Divergentes eran cosa buena y que la Humanidad les estaba esperando. Esto nos planteaba bastantes preguntas legítimas. ¿Hay respuesta en esta película? Sí. Que fuera de Chicago también es todo el mundo idiota. O incompetente. O las dos cosas.

    El prólogo no sitúa en una especie de versión barata de la época del Terror. Derribado el antiguo régimen, se han iniciado una serie de juicios sumarios.

    Como muestra del sistema de justicia, se ve el proceso al jefe de los Intrépidos. Modélico: se le inyecta una especie de suero de la verdad, se le pregunta si está contento con haber sido colaborador de la fallecida Jefa Azul, el tipo dice que sí, que mucho y el público, por volumen de griterío, vota entre culpable o inocente. Bueno, gritar, gritan mucho, pero quien toma la decisión final es el personaje de Watts. Vaya, que vox populi, vox Dei, pero mando yo. Esto no siente muy bien a la jefa de los hippies Naranjas, que se va con sus simpatizantes. ¡Ajá! ¡Grietas en la colación! ¡Guerra civil en el aire! ¡La líder revolucionaria, en su primera decisión, logra cabrear a quienes controlan el suministro de comida! ¡Brillante!

A

     Puede uno creer que esta escena sirve para huir de maniqueísmos y demostrar que la antigua aliada de los buenos es tan mala como los antiguos malos al alcanzar el poder. Pero la protagonista (Tris) y su maromo, aunque un poco incómodos, no dicen esta boca es mía. Como símbolo y heroína de la rebelión, no es irracional pensar que si Tris hubiera dicho a la Lideresa que ya está bien, la Lideresa habría tenido una crisis entre manos, mayor aún por la desafección de los de Naranja. Así que o a Tris eso no se le ocurre, o es una cobarde, o está de acuerdo con las ejecuciones en masa. Con una excepción: su hermano (un Erudito) está encerrado. Así que el novio saca al joven de la celda (sin más), Tris y él meten al hermano en un coche y tratan de salir de la ciudad. Hasta que les para un control.

     Ah, sí, perdón, hay controles. Porque aunque la grabación de los Fundadores dice que la Humanidad espera más allá de Chicago, la Lideresa ha decretado que no sale nadie. ¿Por qué? No se explica. Para qué.

     Así pues, los protas están tratando de huir con un preso. Preso al que se le distingue como miembro de la facción Erudita porque aún lleva las ropas azules de rigor. Que está esposado (no, no le han quitado las esposas). En el control el centinela muestra cierta suspicacia (algo es algo) y pide papeles. Los buenos han parado para recoger a Peter (personaje recurrente cuya función es ser más irritante e imbécil que los demás para que así estos nos parezcan menos lerdos), pero no se les ha ocurrido haber conseguido unos papeles, falsos o verdaderos. Noten que el tal Cuatro es el hijo de la Lideresa. Algo de cómo tiene su madre montado el tinglado debería saber. De pronto, aparece la amiga abogada de Tris con un fajo de papeles en la mano. Se los da al centinela, se sube al coche y el centinela, sin apenas haberlos leído, da paso franco. ¿Cómo sabía la amiga abogada que estaban tratando de escapar? ¿Cómo había conseguido los papeles adecuados? ¿Cuándo y cómo los había falsificado, si era el caso? Misterios. Telepatía o el poder del amor y la amistad, seguramente. Eso sí, ante otros centinelas el maromo empuja al hermano a una zanja ty finge pegarle un par de tiros. Los centinelas, con madera de Tropas de Asalto del Impero Galáctico, ni se molestan en comprobar si hay cadáver.

     La huida continúa con el escalamiento de la Valla alrededor de la ciudad y su bajada gracias a unos cables mágicos que extienden o acortan su longitud cuando es conveniente y que, en general, parecen desafiar cuantas reglas de la física y la mecánica son conocidas. Y ahora, sí, están en el exterior. Que es un erial, rojizo y desolado. Los protagonistas empiezan a caminar, sin saber hacia dónde van. Como gentes inteligentes, establecen un riguroso racionamiento de los víveres que han traído consigo. Nada, no hagan caso. Claro que NO han traído ni una gota de agua ni un mal bocadillo en su viaje hacia lo desconocido. ¿Ustedes nunca han ido al exilio sin provisiones? Panda de privilegiados debiluchos.

     Por suerte para ellos, los protas llegan a una especie de frontera formada por un montón de bolas de vigilancia que, además, mantienen una cúpula sobre Chicago y sus alrededores. Son salvados por un batallón de tipos uniformados de rojo de una patrulla de esbirros de la Lideresa que los estaban persiguiendo. Una vez rescatados, los meten en unos campos de fuerza color butano y se los llevan volando hasta una base antes conocida como aeropuerto de Chicago.

    Estos tipos de rojo son soldados de una tal Agencia Genética Buena o algo así, según explica quien da la bienvenida al grupo, interpretado por Bill Skarsgård , esto es, Pennywise sin maquillaje. Esta es una de las mayores decepciones de la película: uno esperaba que su personaje empezaría a repartir globos y a atormentar a la caterva de inútiles que llevamos aguantando demasiado tiempo. Y nada.

    Pennywise pone a los protas una película que es como el contexto de “Gattaca” para tontos. Explicaciones posteriores las ofrece un tal David, director de la Agencia y Malo Inútil de la función. Pero esto es importante, porque se supone que es una de las Grandes Respuestas de la saga. Resulta que, habiendo trampeado con nuestro genoma para hacernos más altos, guapos y modernos, se ahondó la grieta social hasta que estalló una guerra atómica. Los supervivientes quedaron dañados genéticamente: así, si uno es inteligente no tiene compasión y si es valiente es tonto perdido. ¿A que les suena? ¡Aquí está el origen de las facciones!

    La Agencia depende de un Consejo. Otro Consejo. Éste no es al que hacía referencia la Jefa Azul en “Insurgente” (del cual tampoco se nos daba mucha información). Este Consejo, elegido no se sabe por quién, al frente de no se sabe qué Estado, Federación o Comunidad de Vecinos, ha encargado a la Agencia la labor de arreglar los daños que tanto juego genético dejó en nuestro genoma. Chicago es el experimento para tratar de encontrar la solución.

    El experimento consistió en agarrar a unos cuantos cientos de miles de personas, meterlas en Chicago, hacerles olvidar de dónde venían (los de la Agencia tienen un gas amnésico muy cuco) dividirlas en facciones y esperar que, a base de reproducirse, apareciera gente sin taras genéticas. Que son, exactamente, los Divergentes.

    Bien. Ustedes ven los problemas, claro. Si la idea es acabar con esta división entre humanos sólo inteligentes, sólo valientes, sólo honestos, sólo abnegados y sólo lo que sean los Naranjas… ¿qué sentido tiene fundar la sociedad experimental, justamente, en esas divisiones? Si el sentido es tener controlado a cada grupo de personas con fallos genéticos, ¿por qué establecer que, luego del famoso test (“trust the test”) cada uno pudiera elegir la facción que le diera la gana? ¿Eso no haría más complicado el seguimiento? Sobre todo, si la idea del experimento era lograr gente que fuera al mismo tiempo inteligente, honesta, valiente, abengada y la que sea la quinta virtud… ¿para qué señalar a los Divergentes como enemigos públicos a los que hay que liquidar? ¡Si son el resultado querido o aproximado del experimento!

    Para mayor alegría, el tal David le explica a Tris que ella es la única Divergente Pura, la única que de verdad no tiene taras genéticas (de ahí que pudiera abrir el Artefacto de la segunda película; de ahí que, sutileza, en esta película sólo vista de blanco). Pero que ella no es hija de Chicago. Su madre fue introducida en Chicago por la Agencia, para ver si se avanzaba algo con el experimento, que andaba un tanto atascado. Les confieso que no soy ni sociólogo ni biólogo. Pero si se está llevando a cabo un experimento en unas condiciones concretas, aislando severamente el lugar donde se está llevando a cabo tal experimento, introducir un elemento extraño, ¿no viene a poner en riesgo todo el experimento y, por ende, sus resultados?

    Tris, siendo la única Divergente Pura, es, según David, prueba de que el experimento funciona. Un momento, un momento, Director. Si llevan ustedes varias generaciones dejando que los de Chicago se reproduzcan a la buena de Dios, a ver si por suerte sale algo bien (qué diría de esto la Bene Gesserit) y en todo ese tiempo sólo obtienen un resultado positivo… ¿no sería prudente pensar que puede ser una casualidad? Si el método es el correcto, ¿no deberían haberse obtenido más Divergentes Puros? Para David, no. Y se lleva a toda velocidad a Tris a la sede del Consejo a presumir.

    En esta escena puede haber otra de las claves de la saga. A saber, que sí, que es todo una estafa. Una estafa con David, Director de la Agencia, en el centro. David no presenta documentación ni informes al Consejo. Sólo a Tris. Y el Consejo decide interrogar a Tris porque, lo dicen textualmente, David ya les ha mentido en ocasiones anteriores.

    Es decir, como apuntó agudamente uno de los valientes amigos que me acompañaban en el visionado de este engendro, que la auténtica trama de la película es la de David tratando de sacar fondos al Consejo. Es como un capítulo infame de “El Ala Oeste” o “The Thick of It”: el jefe de un departamento se está quedando sin dinero, la misión de ese departamento no ha sido cumplido y no hay visos de que vaya a serlo en breve, los que controlan el dinero se impacientan… ¡Algo hay que hacer! ¡Aunque sea hacer pasar una casualidad afortunada como un resultado exitoso! Todo, Chicago, las facciones, los divergentes… todo es el proyecto enloquecido de David, que sencillamente no acepta que sigue perseverando en un error. También, vaya gente, la del Consejo. Una de dos: o creían que la Agencia de David lo estaba haciendo más o menos bien (algo que no encaja con saber que el mismo les ha mentido a la cara en el pasado) o no les importa. Claro que, si no les importa, ¿por qué darle una base reluciente, unos laboratorios equipados y un ejército? No parece barato.

    Así llegamos a la respuesta medio abierta de la saga: los Fundadores son o unos idiotas obsesivos (como David) o unos incompetentes (como el Consejo, cualquiera de las opciones que escojamos pata explicar su conducta). Al menos, este universo tiene coherencia.

    Entre tanto, en Chicago, la Lideresa y la jefa de los Naranjas están en pie guerra. Los enemigos de la Lideresa se hacen llamar “Leales”, de ahí el título: Leales al sistema de Facciones. O sea, son contrarrevolucionarios. Y no, tampoco esta vez hacen uso de su monopolio sobre la comida para derrotar a sus enemigos. Agarran fusiles y cargan de frente.

    Tris y los suyos deciden regresar, cada uno como puede, a Chicago, porque ya no se fían de David. No ayudó que presenciaran a los soldados de la Agencia secuestrando críos de las zonas fuera del dominio del Consejo y borrándoles la memoria. Los críos estos serán nuevos súbditos del Consejo, parece, y se supone que se les va a tratar sus enfermedades y sus deficiencias genéticas, aunque todo esto se comenta de pasada y no me queda muy claro el empeño de la Agencia por convertirse en una guardería gigante, sobre todo si Chicago es la gran apuesta para encontrar la solución de tales deficiencias.

    Luego de una evasión tan ridícula como la del prólogo (Tris escapa en la nave privada del malo, usando el piloto automático…¡y el malo no puede redirigir su propia nave, aunque sí puede cortar sus comunicaciones!), logran llegar a la ciudad, en medio de la batalla entre los de la Lideresa y los contrarrevolucionarios.

    David, que no ha estado del todo de brazos cruzados, ha enviado al peor espía del mundo (el insufrible Peter) para hacer un pacto con uno de los bandos enfrentados y restaurar el sistema de facciones. Por supuesto, la oferta se hace a la Lideresa de los descastados, en vez de a la jefa del bando pro-facciones. Es de una lógica cristalina. ¿Cómo sabe la Agencia lo que ocurre en Chicago? Porque tienen un sistema de vigilancia que les permite proyectarse dentro de la ciudad, si que nadie les vea. Como si fuera un juego de realidad virtual. Es el sistema de vigilancia más patético concebible para supervisar grandes masas humanas: es necesaria una red de espías virtuales las 24 horas del día paseándose por la ciudad. El trabajo de una videocámara lo tiene que hacer siete espías.

    El plan secreto que David ofrece a la Lideresa es el siguiente: liberar el gas de amnesia en la ciudad, de modo que nadie recuerde nada y se pueda restablecer el sistema de facciones, con la Lideresa como gran jefa. Sin dar mayor trascendencia a lo que supone traicionar toda su vida, la Lideresa accede.

    ¿Dónde esta el gas? Almacenado en el antiguo cuartel general de los Eruditos. Pero ese no es un gas desarrollado por los Eruditos, sino por la Agencia. Si está allí, conectadas las bombonas a todo el sistema de ventilación de Chicago, es porque la Agencia lo puso allí, tal vez por si las cosas se salían de madre, como está pasando en ese momento. Sería lícito preguntar por qué la Agencia instalaría esa especie mecanismo de reinicio del sistema y no un medio para activarlo a distancia. Porque si puede activarlo a distancia, ¿para qué hacer tratos con la Lideresa y convencerla de que lo active ella? Claro que luego se ve en una escena como David, desde su base, abre y cierra por control remoto puertas y accesos dentro de Chicago. El alcohol no da consuelo, ya.

    Y entonces, tras evitar que el gas le quite la memoria a la gente (el gas sí se bombea por el sistema de ventilación, pero desaparece por ensalmo al presionar un botón), Tris da un discurso en plan Enrique V de latón, unificando a toda Chicago contra la Agencia, el Consejo y el Departamento de Correos. Y se acaba la película. Lo cual implica que habrá otra. Y que habrá que verla.

    Uno se hace un ovillo en el suelo y gime, en un Cosmos gélido e indiferente.

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