Con un vaso de whisky

noviembre 27, 2017

Alegato por la defensa

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 3:12 pm
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    Escribo estas líneas no bajo una fuerte tensión mental, como el narrador de Lovecraft, pero sí bajo una considerable preocupación social. Uno nunca ha sido un individuo particularmente optimista. Tampoco un entusiasta de los discursos, porque tienden a ser solemnes y un tanto alérgicos al humor. Pero estoy escuchando, leyendo y viendo tales cosas que me he decidido a escribir este artículo. No porque crea que vaya a tener mucha repercusión o cambiar muchas opiniones o percepciones, sino porque así podré escribir sobre otros asuntos sin sentirme un tanto culpable.

    El rotundo barrister Horace Rumpole, personaje de John Mortimer, dice en uno de sus casos: “When London is nothing more than a memory and the Old Bailey has sunk back in the primordial mud, my country will be remembered for three things: the British breakfast, the Oxford Book of English Verse and the presumption of innocence.” Y aunque no todos estén de acuerdo con el desayuno (yo sí) o con el libro de versos (yo también), no debería haber ciudadano de ningún país del mundo que no deseara tener como parte de su patrimonio la tercera cosa de la lista. Porque entre los hitos de la Humanidad hacia una sociedad menos estúpida, violenta, miserable, peligrosa e injusta debe contarse, en un puesto de honor, la entronización de la presunción de inocencia en el proceso criminal.

    La presunción de inocencia trae como consecuencia obligada el derecho de defensa. Sin el derecho de defensa la presunción de inocencia se convertiría en una entelequia, un principio vago, una frase retórica sin valor. Ese derecho de defensa está siendo objeto de ataque. Un ataque tanto más peligroso por cuanto quienes lo están llevando a cabo lo hacen, como siempre se ha hecho, desde la convicción de estar sirviendo al Bien y la Justicia. Un ataque que estima que se pueden hacer excepciones. Que no todos merecen defensa. Que no todos merecen ser presumidos inocentes. Que, en ciertos casos, podemos saltarnos las reglas.

    Qué tentador resulta. Cuántas veces he escuchado, ante casos horribles, crímenes espeluznantes, hechos odiosos, el grito del pelotón de linchamiento. Uno se había resignado a que siempre habría algunos que reaccionarían así. Gente que exigiría el ojo por ojo, la pena capital, la tortura del criminal, del enemigo social. Lo que no me esperaba, lo que me ha cogido por sorpresa, es que ahora se exija el linchamiento de los acusados prácticamente sin juicio. Que se viertan insultos contra los defensores por defender a los acusados. Que se muestre desdén por un tribunal que permite a la defensa presentar un relato alternativo al de la acusación, tratar de destruir las pruebas de la misma, ofrecer pruebas de descargo.

     La presunción de inocencia no debe negociarse. No es un derecho consecuencia de una ley natural. Es una creación humana. Inspirada en ideas que para algunos pueden tener raíces religiosas o al margen de la religión. Pero no viene de los Cielos. Es obra de la sociedad, de la mente humana. Y como tal puede ser eliminada. No la hemos tenido siempre con nosotros. No hay garantía de que vayamos a tenerla siempre. Por eso requiere protección. Hay que defender tanto la presunción de inocencia como el derecho de defensa y hay que hacerlo del modo más vigoroso. Me da igual que sean ustedes creyentes o ateos, de derechas o de izquierdas, a favor del mercado libre o regulado. En esto la mayor parte de la sociedad (las unanimidades son casi imposibles) debería estar de acuerdo. Deberíamos estar de acuerdo en que una persona, cualquier persona, acusada de un crimen, de cualquier crimen, deba ser considerada inocente hasta que se demuestre su culpabilidad. Deberíamos estar de acuerdo en que sea la acusación quien tenga que probar la culpa del acusado, no el acusado su inocencia.

     ¿En qué mundo de procesos inquisitoriales, secretos, laberínticos, nos moveríamos, si no? ¡Ya los hemos tenido! Los que reclaman transparencia y luz en los asuntos públicos hacen bien. Tal transparencia, tal luz, en el proceso criminal, se salvaguardan gracias a la presunción de inocencia. La maquinaria policial y judicial, al menos desde cierto momento del procedimiento, debe mostrar sus cartas al acusado y a su defensor. Debe permitir que el acusado contradiga su versión, si lo desea. Y deben ser bien pesadas las pruebas que destruyan una presunción tan preciosa.

    Me parece que hay muchas personas, de buena fe, que creen que un juicio criminal sirve para establecer la verdad. No es así. Un tribunal no es un buscador de la verdad. Su función es más humilde. La investigación tiene vocación de averiguar la verdad, es cierto. Es una labor de reconstrucción del pasado. No quiero sonar particularmente cínico, pero considero que la verdad, la verdad inadulterada, perfecta, objetiva, sobre un hecho pasado es difícil de alcanzar. En tiempos de patrañas y postverdades (es decir, en toda época) es una afirmación arriesgada la que acabo de hacer, porque puede ser usada por manipuladores de toda estofa.

     Hay quien ha comparado la labor del investigador criminal con la del historiador y no es una analogía descabellada. Se basan ambas en testimonios, en documentos, en pruebas físicas y en razonamientos lógicos cuando hay huecos en el relato. Se ofrece, finalmente, un relato de lo que, en opinión del investigador pudo haber pasado, conforme a las pruebas encontradas. El historiador presenta sus conclusiones a la sociedad y a sus colegas. El investigador y la acusación, según esté regulado en la legislación de cada país, ante un tribunal. Pero la academia y el tribunal usan balanzas diferentes. Porque en la del tribunal están en juego la vida y la libertad de personas concretas.

    Ante el tribunal se presenta una versión de los hechos, la de la acusación. La defensa presenta otra versión alternativa. Incluso si se limita a decir que la mantenida por la acusación no ocurrió o no está acreditada, está presentando una versión alternativa, siquiera sea por negación. Y así, entran en juego las reglas del juicio. Las cargas de la prueba, la posibilidad de contradicción, el examen crítico de los testimonios, de los documentos, de los informes.

     El defensor tiene un papel fundamental. Tiene la obligación, la obligación, de demoler el caso de la acusación. Tiene que tratar, por todos los medios (por supuesto, dentro de los límites legales y profesionales), de destrozar el relato del contrario. Cada caso es cada caso y en cada uno tendrá el defensor que comprobar qué pruebas son firmes y qué pruebas son débiles. La estrategia es casuística. Pero a nadie puede sorprender que un defensor intente que el tribunal vea con dudas la versión de un testigo de la acusación. ¿Cómo va un tribunal a prohibir al defensor contrainterrogar de modo exhaustivo a un testigo clave de la versión de la acusación? Sí, muchas veces ese testigo es la víctima. Sí, el tribunal también debe velar por los derechos y la dignidad de la víctima. Pero no puede sacrificar el derecho de defensa. Los juicios penales son siempre desagradables. ¿Cómo no van a serlo? Se juzgan actos que se han considerado los más graves, los más intolerables. A un lado de la sala hay personas que pueden haber sufrido acciones terribles. Al otro lado, personas sobre las que penden condenas muy duras. Pero justo por eso deben transcurrir conforme reglas, protocolos, del modo más frío posible.

      Si no aceptamos el derecho de defensa, no aceptamos que el acusado pueda poner en duda tanto las pruebas como el relato y las conclusiones de los investigadores y la acusación. Y si hay quien no acepta esto en algunos casos es porque ya ha juzgado. Ya ha considerado culpable al acusado, antes incluso de que ponga un pie en la sala de vistas.

     Nadie, salvo por motivos perversos, desea la condena de un inocente. Piensen que, incluso con todas las precauciones, incluso con todas las garantías, el error es posible. En todos los países se ha condenado a personas a las que, después de la condena, se ha considerado inocente. No puedo ni imaginar lo que puede ser estar en tal situación. Una sociedad debe decidir si desea que tales casos sean los menos posibles. Y eso, necesariamente, implica que en ciertos casos se absuelva a quien, posiblemente, sí cometió el crimen.

     Noten que he dicho posiblemente. No me gusta la expresión “mejor absolver a un culpable que condenar a un inocente” aunque comparta el fondo. La noción de absolver al culpable es jurídicamente imposible. Si no hay condena, no hay culpable. Porque todos somos inocentes de origen. Sinceramente, creo que esta idea no ha calado, que se ha quedado en la superficie y que una tormenta lo bastante fuerte, social o mediática, la arrastra.

    Voy un paso más allá. Desde mi punto de vista, la piedra de toque de un sistema penal no es que logre condenar a quien haya cometido un delito. Eso es, ciertamente, deseable, porque de lo contrario, viviremos en la impunidad. El estado de condena por sospecha es un mal. El estado de impunidad sistemática, otro.

    Pero para que un sistema penal realmente pueda decir que la presunción de inocencia se respeta, un observador omnisciente debería presenciar un caso en el que una persona que, efectivamente cometió el delito y efectivamente es responsable (legalmente) del mismo, es absuelta, siempre que no haya habido corrupción de por medio. Un tal proceso que produjera un tal veredicto sería irreprochable. Porque implicaría que la acusación no ha podido alcanzar la barrera que nos hemos puesto para protegernos, para nuestra seguridad.

    Sin embargo, por lo que veo, esto no se acepta. En ciertos casos, al menos. Marcamos a un acusado por hechos horribles como indigno. Lo excomulgamos de la sociedad. No reconocemos sus derechos como ciudadano. En cierto modo, lo deshumanizamos. No queremos que tenga nada que ver con nosotros. Nos convertimos en una manada vengativa. Es grotesco que haya quien se haya apropiado de ese término con orgullo. Porque si somos parte de manadas es que estamos en la jungla, como decía Lorne Malvo. Quizá sea así. En cuyo caso, al menos, dejen que pueda tomarme un buen desayuno inglés leyendo poesía, antes de arrastrarme a la lapidación.

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1 comentario »

  1. Buenas tardes, lo primero felicitarle por un gran artículo que me ha dado que pensar y al cual debo darle gran parte de razón sobre que la presunción de inocencia al menos fuera del juzgado no se respeta y no quiero aportar más comentarios porque lo ha explicado perfectamente. He estado revisando algún artículo sobre inocentes en la carcel y he visto que se basan en identificaciones erróneas. En medicina buscamos un equilibrio para diagnosticar al enfermo y no al sano y no al enfermo y dependiendo de la gravedad de la enfermedad esa balanza y ese límite varía. En la justicia asumo que como en cualquier otra profesión obviamente existen errores. Entiendo la presunción de inocencia como equilibrio pero no veo claro en caso de equivocarse si es peor, yendo a los límites encarcelar a un inocente destrozando su vida y las de sus allegados o dejar libre a un culpable con el riesgo que este hecho pueda suponer para la sociedad. Francamente me alegro de pertenecer al mundo de la medicina y no tener que tomar decisiones tan complicadas. Finalmente darle nuevamente por su artículo, eso sí.. Los desayunos ingleses no son lo mio. Un cordial saludo

    Comentario por Ramón Calvo — noviembre 28, 2017 @ 6:03 pm | Responder


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