Con un vaso de whisky

diciembre 5, 2016

La sonrisa del reloj

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:26 pm
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           No hace mucho se me estropeó el teléfono móvil. Ni se me vino el cielo sobre la cabeza ni sentí un inmenso alivio ante la idea de verme liberado de los grilletes de la tecnología moderna. Quiero decir que no voy a lanzarme a una filípica contra la actual época deshumanizadora ni a una nostálgica ensoñación sobre los buenos viejos tiempos que nunca existieron ni tampoco a una alabanza desaforada sobre las maravillas de la técnica, escupiendo de paso sobre aquellos que se divierten componiendo filípicas y rememorando eras doradas legendarias. Tenía que arreglar el móvil y estaría un tiempo con él fuera de circulación. Era molesto y me costaría un dinero que podría haber sido invertido en causas más nobles, como comprar un par de libros o probar un whisky de malta desconocido. En fin.

         No le dí mayor importancia hasta que caí en la cuenta de que, al haber perdido el móvil, había perdido mi reloj de uso habitual. Hace años, perdonen por la deriva personal, que no uso reloj de muñeca porque la mayor parte del año me molesta cuando hace calor. Soy de esas personas que ven con una mezcla de preocupación y censura el termómetro cuando supera los quince grados. Podría usar reloj de bolsillo, claro, pero la moda de esta época nuestra no acaba de conciliarse con un objeto tan digno. ¡Vaya por Dios, ya he caído en la nostalgia tramposa! Les confieso que soy el orgulloso propietario de un reloj de bolsillo que unos amigos, tolerantes con mis rarezas, me regalaron. Pero es un reloj que me gusta reservar, en su honor, para según qué ocasiones y no lo uso a diario.

         De modo que una tarde me encontraba en la calle, sin reloj de clase alguna, sabiendo que debía estar en determinado lugar a las siete y media. Con la vaga idea de que serían en torno a las seis. No tiendo a fiarme de las vagas ideas, propias o ajenas, respecto de horas y lugares. Nada serio, me dije, me meteré en una cafetería, pediré algo, consultaré el reloj que habrá sin duda en el local y esperaré hasta que sea la hora. Un plan, como diría Walter Sobchak, cuya belleza radicaba en su sencillez.

         Había una cafetería abierta cerca. Tenía un reloj en la pared. Las siete menos veinticinco. Al entrar no me había dado cuenta de que en el reducido local todas las personas parecían conocerse y estar en animada conversación. Nada que objetar a ello. La conversación se desarrollaba en el tono convencional de una cafetería española, esto es, podría haberse usado como taquígrafo a un vecino que estuviera sentado cuatro plantas más arriba y no se habría perdido ni una sílaba. Había además, y esto era aún más inquietante, dos niños que no sumarían entre los dos a un adolescente. Estaban sueltos por el lugar, dando vueltas como peonzas y uno de ellos advertía a los adultos y al Universo que se aburría. Sin duda contando con su indiferencia, repetía su cansancio vital una y otra vez.

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          Debería haberme batido en retirada, me dirán ustedes, con razón, pero alguien desde detrás de la barra ya me había descubierto y me preguntó qué quería tomar. Pedí un café, me senté en la mesa más alejada del Sartre en miniatura y me concentré en el libro que llevaba conmigo. Había conseguido desentrañar medio párrafo cuando hicieron entrada dos nuevos personajes, una señora y un perro pequeñajo. Los críos saludaron al perro con un alborozo correspondido por el perro, que se retorcía de emoción. Si mi taza de café no hubiera estado casi intacta, habría huido. Lo de los perros dentro de los locales es algo que me exaspera. De un lugar donde se admiten perros puede uno esperar cualquier cosa, como que la tortilla de patatas no tenga cebolla o que viertan la leche en la taza antes que el té.

         Uno de los críos, obnubilado por el júbilo, pisó al perro, quien lanzó un aullido y fue sacado con rapidez del bar por la dueña. El que el crío (no el existencialista en ciernes, el otro) pisara en verdad o no al perro no puedo asegurarlo. No lo vi. Pero el veredicto del jurado adulto allí presente fue que en efecto pisó al perro, pero sin intención de causar daño, con lo cual no se le consideró merecedor de mayor sanción que una breve amonestación y una recomendación futura de que tuviera más cuidado. A todo esto la dueña del perro entró de nuevo. Con el perro. No indicó que tuviera intención de apelar la decisión. Se retomó la animada charla. Yo seguía releyendo el mismo medio párrafo.

         Uno de los presentes le explicaba al pequeño condenado que Sir Isaac Newton (obvió el título de caballero, pero no vamos a regateárselo aquí) descubrió la ley de la relatividad sin hacer nada (no sé qué moraleja pretendía que sacara el crío de aquello), lo cual fue al punto corregido por otro asistente, indicando que el descubrimiento había sido de la ley de la gravedad, algo que aceptó de inmediato quien se encargaba de la lección, añadiendo de inmediato el inevitable detalle de la manzana. Temí que de ahí se pasaría a la otra habitual falsedad en cualquier charla, la calavera de Yorick en el monólogo de Hamlet que no correspondía. No sabía yo si iba a lograr permanecer mudo si se daba el caso, casi seguro que no, quedaría como un maldito pedante, entrometido y grosero, lo cual sería cierto; no hay en este mundo un ser que merezca más escarnio público que los pedantes entrometidos y groseros y no me apetecía revelarme como uno de ellos. Mejor me acababa de una vez el café. El niño que no había cometido falta alguna contra la raza canina anunció de nuevo su tedio vital. Bebí, me levanté, pagué, me despidieron con una sonrisa amable y escapé. El reloj marcaba las siete menos diez y dentro se debatía sobre la relatividad del tiempo y la existencia.

          Mientras caminaba hacia donde se suponía que debía estar cuarenta minutos más tarde, consideré que no les faltaba razón a la gente de la cafetería. Gentes más capaces que yo han reflexionado sobre el tema, pero tengo la impresión de que el tiempo es relativo. Si lo relativo o absoluto es el tiempo percibido o el tiempo vivido no me atrevería asegurarlo. Ciertamente, los quince minutos en la cafetería me habían parecido horas. ¿Cómo podemos percibir el tiempo, nosotros, criaturas temporales, esencialmente incapaces de concebir la atemporalidad? En ese momento, eché en falta un reloj como no había echado en falta cosa alguna. Algo en mí se rebeló contra Cortázar. Su maravilloso preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj me pareció digno de una demanda por libelo. Me enervé contra todos aquellos que ven al reloj como el enemigo, como el asesino del tiempo y de la vida. ¡Nada de eso! El reloj es el escudo del ser humano frente al tiempo. El Tiempo, ese abstracto inmenso, inconcebible como un Primigenio de Lovecraft, nos arrasaría si no tuviéramos horas y relojes para marcarlas, controlarlas, dominarlas. Lo sabían los caldeos, los egipcios, los griegos y los romanos. Lo sabían los monjes. Un relojero es un maestro armero, que nos proporciona una armadura de engranajes y ruedas, un yelmo de cuarzo, una espada para combatir los minutos y una daga para parar las estocadas de las horas. Igual que los cuentos y las historias necesitan una forma, límites, como argumentaba Chesterton, la vida necesita hitos, fronteras, para poder ser vivida. Una vida amorfa, al menos por ahora, es invivible. La embriaguez de ignorar el reloj y los horarios es un placer que, como todo placer, se convierte en un tedio pegajoso en el momento en que se convierte en absoluto e ilimitado.

         Pero estaba en una ciudad, en medio de la civilización. ¿Sin duda habría relojes en la calle! Busqué. No había ninguno. Ni un reloj en la calle. Ni un círculo mágico. Ni un letrero luminoso en una farmacia. Me descubrí oteando por las ventanas de los bares, tratando de espiar la hora en alguna televisión que estuviera encendida. Consideré rogar la hora como se pide limosna, pero los demás viandantes iban enfrascados en conversaciones, personales o telemáticas (que no dejan de ser igual de personales que cualquier otra); así que me refugié en otra cafetería. Pedí otro café. No había reloj. Traté de calcular cuántos de los cuarenta minutos habrían pasado. Concluí que, con seguridad, había pasado un período comprendido entre un minuto y un eón. Tal vez debería ya estar donde debía estar. Tal vez llegara tarde. El camarero me cobró. Le pedí la hora. Me la concedió con tranquilidad, como sin dar importancia a algo que tiene más poder que todos los hechizos de todos los magos de todos los cuentos y relatos. Eran las siete y trece minutos. Di las gracias, me respondió con un “de nada”, tan cortésmente indiferente como antes. Me fui de allí. Llegué a tiempo.

         Cuando, aquel día, regresé a casa, abrí el cajón donde guardaba el reloj de bolsillo. Las agujas parecían una sonrisa. Pero no supe interpretar si era la sonrisa amable del protector o la arrogante del dueño. Sólo acerté a percibir algo de la fría ironía de la esfinge, que guarda todos los secretos tras ella.

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1 comentario »

  1. Miramos la hora más de 100 veces al día según algunos estudios (probablemente de la Universidad de Tel-Aviv). Si cada mirada de hora te sale a dos cafés (vamos a poner 2,60 € sabiendo la ciudad donde habitas), la tontería de no tener móvil te puede salir a unos 260 Euros diarios… Corolario: Dos días de reclusión en la Cartuja, donde todo se hace a toque de campana, deberían ahorrarte suficiente dinero para comprar el móvil que quieras (si es un Iphone mejor vete el fin de semana entero)

    Comentario por Anónimo — diciembre 7, 2016 @ 7:37 pm | Responder


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