Con un vaso de whisky

noviembre 30, 2016

Bostezos decimonónicos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:17 pm
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        Alguna vez les he comentado que el concepto “género menor”, en el campo literario, me da cierta urticaria. Implica un desdén pomposo, apriorístico y afectado. Cuando oigo que alguien dice de un escritor “No le falta talento, pero lo dedica a novelas de detectives” (verbigracia), mascullo imprecaciones, invocando la pipa de Georges Simenon. Pero, claro, eso no quiere decir que cualquier novela de un género “menor” (mascullen conmigo) cuente de inmediato con mi favor. Sería igual de apriorístico y absurdo que la pose contraria.

          Escribir es difícil. Escribir bien es aún más difícil. No hablo ya de escribir genialmente. La frontera entre el buen escritor y el genial es misteriosa y, pese a los esfuerzos dedicados por críticos, escritores y filósofos no sé yo si lograremos delimitarla con precisión, aun cuando sepamos sin dudas de qué lado de la línea está tal o cual autor. Escribir novelas de detectives no es fácil (insisto, lean a Chesterton) y menos escribir buenas novelas de detectives. Cuando leí las críticas de “La musa oscura”, llenas de alabanzas y de calificativos de “magistral”, viendo además que estaba editada en España por Impedimenta, una editorial cuidadosa con sus selecciones, decidí que debía leer esta obra. Y la leí. Y me siento decididamente en la bancada de la leal oposición.

         Es, en mi humilde opinión, una novela mediocre con ciertas ideas desaprovechadas. Me gustaría decir que Armin Öhri lo intenta y fracasa meritoriamente, pero no tengo muy claro si ni siquiera lo intenta.

         El primer capítulo, seamos justos, es notable. De hecho, es lo mejor de todo el libro. Está escrito con un estilo sobrio, seco, directo y preciso. No volveremos a leer algo igual mientras tengamos el libro entre las manos. Presenta a la víctima del crimen y al criminal y narra el crimen en sí mismo. No habrá, pues, juego de gato y el ratón, no habrá lista de sospechosos y suspense hasta el final, mientras nos mordemos las uñas barruntando quién lo habrá hecho. Sabemos desde el principio quién lo ha hecho.

      ¿Entonces? Öhri juega una carta interesante: en vez de una investigación, el corazón de la novela será el juicio. Un juicio donde el criminal, que no es heroico, sino muy villano, tratará de hacer descarrilar el proceso contra él aunque sea obvio y notorio para todos los implicados, que es culpable. Es una idea muy atractiva. El problema es la ejecución. Créanme, en ocasiones pensaba estar leyendo el guión de un bodrio de sobremesa. Los diálogos de los interrogatorios eran un tanto sonrojantes. El estilo de la narración, folletinesco en el peor sentido de la expresión; perdí la cuenta de cuántas muecas diabólicas, demoníacas, mefistofélicas y satánicas deformaban la faz del profesor Goltz, nuestro orondo asesino. Öhri trata de dar vida su villano y le sale una caricatura. Sin pretenderlo, que es lo grave. Cuando, después de contemplar sus argucias de leguleyo patético, lee uno a un veterano policía admirarlo por su astucia infernal y calificarlo de genio de la lógica, se pregunta si no será la novela un bromazo encubierto.

       Cierto que en los últimísimos capítulos se levanta algo la cabeza. Se evita un desenlace que, de haberse producido como parecía, hubiera sido para tirar el libro por la ventana y ese pequeño guiño burlesco es un mérito que no regateo al autor. La explicación final del móvil del asesino y el desenlace del caso son aceptables, aunque ni mucho menos originales. En cuanto al móvil, durante la exposición del mismo por el perfidísimo profesor me encontré pensando en “La soga” y en cómo se expone idéntica idea de un modo mil veces más atractivo y escalofriante, sin aspavientos.

9788416542376

       Pero es que “La musa oscura” no tiene como protagonista al profesor Goltz. ¡Ojalá! El protagonista es Julius Bentheim, dibujante de la policía, estudiante de Derecho, convertido en detective aficionado, uno de los tipos más estomagantes que he tenido el disgusto de cruzarme en un novela. Bentheim es una nulidad. Carece de cualquier atractivo. Ni es inteligente, ni es simpático, ni es concienzudo, ni es humilde, ni es nada. Es una nulidad. ¿Que con eso se podría haber formado un protagonista irónico de primer orden? ¡Ya lo creo! ¿Que Öhri intenta que nos tomemos en serio a su petimetre? Eso me temo.

        Para más desesperación “La musa oscura” tiene vocación de inicio de saga detectivesca. Y se nota en cada línea. La historia del juicio y la historia de Bentheim corren paralelas durante buen parte de la novela. Las pausas en el proceso se utilizan con la sutileza de una bomba atómica para ir colando la historia personal de Bentheim y presentar a la obligada colección de personajes secundarios recurrentes que toda saga ha de tener. Nada tengo yo contra tales colecciones. Siempre he sido un forofo de los personajes secundarios. Muchas veces, salvan novelas, películas y series. Siempre que sean buenos personajes secundarios. Dickens era una maestro consumado en este sentido. Como también Pratchett. Öhri, no. Ni uno, oigan. Ni uno llama la atención. Más que presentarlos, Öhri les permite hacer un cameo, tal vez tanteando al público a fin de determinar quiénes agradan más y merecen volver a presentarse. Las únicas excepciones son Albrecht Krosick (el supuestamente cínico e irónico amigo del protagonista ) y Filine (el amor del protagonista), dos sinsustancias de cuidado, pero que aparecen casi tanto en la historia como Bentheim y Goltz.

        La intención de que “La musa oscura” sea una novela, por así decir, de presentación es tan evidente, que no hay una auténtica trama en los capítulos que no tratan del juicio. Bien es cierto que no es necesario una trama para hacer una gran obra. Hace poco he terminado la maravillosa “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, de Laurence Sterne, donde la acción no avanza ni un medio minuto durante cientos de páginas. Es uno de los libros que más he disfrutado y con el que me he reído en años y años, una obra maestra. Öhri no es capaz de escribir bien sobre la nada. Intenta colarnos un remedo de trama paralela que no es sino una excusa flagrante para ir metiendo la galería de secundarios, con vistas a que vuelvan a aparecer en las futuras entregas de su saga. Esto puede llegar a convertirse en la estructura de esas futuras entregas: un caso principal y un puñado de escenas más o menos inconexas para que recordemos la existencia de Bentheim y sus adláteres.

         Resumiendo: con un inicio prometedor, un asesinato brutal, un proceso contra el asesino donde éste tiene que desmontar una acusación que parece a prueba de balas, todo ello ambientado en el Berlín de mediados del siglo XIX, Armin Öhri se las apaña para tejer una novela mediocre, pretenciosa, aburrida y con ínfulas de ingenio. Meritorio. Seguro que las continuaciones están a la altura.

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