Con un vaso de whisky

octubre 30, 2016

Are you local?

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:13 pm
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   “¡Sean ustedes bienvenidos a Royston Vasey! Es posible que el entorno les parezca un tanto deprimente, con ese cielo perpetuamente nublado, ese páramo en el que no crece nada salvo una hierba amarillenta. Puede que el mismo pueblo les resulte un tanto gris, vulgar, monótono, a primera vista. ¡Pero pierdan cuidado! En cuanto se monten en el único taxi, sabrán que no hay nada de monótono en esta pintoresca localidad. Al fin y al cabo, el lema del pueblo no sería “You´ll never leave!” si no estuviera seguro de poder seducir a los visitantes, ¿verdad?

   No dejen de comprar alguna delicadeza en su carnicería local, les aseguro que volverán a pedir más después de haberlas probado. Un paseo por las calles y parques les deparará algún encuentro con algún amable lugareño o el abarcar de un vistazo nuestro humilde zoológico local. Puede que en su estancia un célebre circo ambulante nos haga una visita; aproveche la oportunidad. En el pub siempre encontrará buen humor y camaradería; si algún parroquiano se empeña en contarle un chiste, le recomendamos que escuche hasta al final y se ría, aunque no le haga demasiada gracia, porque algunos de nuestros ciudadanos son muy sensibles.

   Si necesita ser reconfortado espiritualmente, no encontrará sermones más vigorosos que los pronunciados por nuestra Reverenda. Si es su mascota la que necesita cuidados más materiales, el veterinario local se hará cargo con un entusiasmo sin igual. Si lo suyo son las cartas y no les asusta probar juegos con reglas tal vez un poco enrevesadas, encontrará aquí almas gemelas. ¡Y qué decir de nuestras majestuosas cuevas, que podrá visitar de la mano de nuestro excelente y vitalista guía! Si decide quedarse entre nosotros, pero tiene la desgracia de estar desempleado, los cursos de formación para buscadores de empleo le sacarán del bache; le recomendamos que lleve su propio bolígrafo a las clases. Si sólo está de visita, encontrará “souvenirs” y otras cosas preciosas en la tienda local, donde le atenderán como merece.

   Le deseamos una estancia placentera y larga entre nosotros.”

 

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  Esta sería mi humilde propuesta como panfleto de bienvenida al pueblo de Royston Vasey. Y les recomiendo encarecidamente que lo visiten. ¡Nunca lo olvidarán, aunque consigan escapar de él! ¿Que cómo se puede visitar? Viendo “The League of Gentlemen”, la Liga de los Caballeros, una de las más negras y crueles comedias que he tenido el placer de ver en los últimos años. La forman Mark Gatiss, Steve Pemberton, Reece Shearsmith y Jeremy Dyson. Los tres primeros, además de guionizar, interpretan prácticamente todos los papeles de la serie. Y es curioso ver, por ejemplo, a Gatiss (ese impecable Mycroft Holmes) meterse en la piel de una limpiadora del hogar con necesidad de pasar por el dentista, un carnicero medio psicópata o un vendedor de objetos para bromas soez y repugnante. El trío tiene una considerable flexibilidad, para pasar de encarnar de una criatura extraña a otra aún más extravagante.

   Es verdad, hay cierto elemento común en la mayoría de los seres que circulan por la pantalla: son grotescos. Pérfidos o mezquinos o miserables. Salvando al pobre veterinario, cuya vida no es tampoco para lanzar cohetes, el resto de lugareños ocupan distintos puestos en la jerarquía del Mal Absurdo. Porque tampoco se esperen a Moriarty, claro. Son perversos o locos, destructivos por placer o por infelicidad. Pero hay una lógica en su actuación, por tortuosa que sea. Me resulta complicado elegir a los personajes más malévolos. Tal vez las pequeñas gemelas de los Denton, el infernal Papa Lazarou y, por encima de todos, Edward y Tubbs Tattsyrup, los dueños de la Tienda Local, tal vez la pareja más popular y memorable de toda la serie.

 

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  La relativa flexibilidad de los actores a la hora de interpretar diferentes personajes es uno de los puntos fuertes de esta serie. El principal, por supuesto, es el uso, casi alarde, del humor negro. Negrísimo. Doloroso, en ocasiones. No hay, además, apenas concesiones a la sátira. Las carcajadas no están dirigidas contra una realidad social, a salvo la xenofobia y el miedo al extraño encarnador hasta el paroxismo por los Tattsyrup. No hay una institución que se ridiculice más que otra. No estamos ante el ingenio en su trono de razón, parafraseando a Chesterton, lanzando sentencias hilarantes y luminosas contra el sinsentido y la estupidez. No. Eso sería consolador.

   La Liga nos enfrenta a un mundo tenebroso y hostil, al cual somos extraños (como el desdichado sobrino de los Denton, nuestro alter ego en la primera temporada), cuyas reglas tenemos que desentrañar poco a poco. La regla de oro aquí es que todo irá a mal y que toda situación se retorcerá hasta alcanzar su aspecto más desagradable posible. Al final del giro, habrá un chiste, porque de lo contrario algunas escenas serían aterradoramente dramáticas y eso no lo van a consentir. Acabaremos siempre con una sonrisa o una carcajada, aunque a veces (o todas las veces) nuestra risa sea un simple mecanismo de defensa.

   Tampoco disponemos de una trama a la que aferrarnos. Nos ofrecen la ilusión de una trama, algo vagamente similar a un argumento o una estructura, sobe todo en la tercera temporada. Pero sólo lo justo para que no nos perdamos definitivamente y podamos seguir siendo espectadores de este desfile de absurdos contrahechos, de este festival del humor sombrío.

 

 

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  Y este humor, tampoco se vayan a pensar, no es el más delicado ni elegante. Es brillante y muy calculado, oscuro y feroz. Pero no elegante. Ni mucho menos. A ratos es brutalmente soez. Demasiado, lo admito, para mi gusto en ciertas escenas. El tipo de la tienda de artículos de broma, por ejemplo, es un ser que no puedo soportar y con quien no me reí apenas. No es que fuera el más siniestro, era el más escatológico. Conviene que lo sepan: en un momento u otro, torcerán ustedes el gesto. Será interesante, sin embargo, comprobar dónde pone cada cual sus propias fronteras. Son cosas que nos dicen mucho de nosotros mismos.

   A mediados de la primera temporada el espectador sagaz ha desarrollado un mecanismo muy útil de protección: el distanciamiento. Se ríe, claro, y se lleva las manos ala cabeza de tanto en tanto. No se siente, no obstante, vinculado. Cuanto ve en la pantalla le es ajeno. Ha degradado a los habitantes de Royston Vasey a meros alfeñiques. Y aquí es donde la Liga da una genial vuelta de tuerca: convierte a esos seres infames en personas, les da cierto espesor, les otorga capacidad de sufrimiento, les da esperanzas y frustraciones. Y, entonces, nuestras risas se vuelven más amargas. Porque ya no nos reímos de barbaridades sin sentido, sino del sufrimiento, del vacío, de la infelicidad de seres heridos, tristes o perdidos. Nos seguiremos riendo, sí. Esas risas, empero, ya no nos salvan, sino todo lo contrario: nos hacen cómplices de la maldad. Pasamos de estar repantigados en nuestra cómoda neutralidad a ser voyeristas sádicos. Ese cambio llega al extremo en la película que pone fin a la serie, “Apocalipsis”, en la que los habitantes de Royston Vasey se alzan y exigen cuentas a sus creadores.

   Ésta es, en mi opinión, uno de los hitos de la comedia negra del cambio de siglo. Así que, vamos, saquen un billete de ida a Royston Vasey. Saben que el billete de vuelta será inútil. Y, por supuesto, si la vieja jorobada de una tienda les pregunta si puede serles de ayuda, digan que quieren comprar todas las cosas preciosas de su tienda. No saldrán defraudados de allí.

 


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