Con un vaso de whisky

agosto 7, 2016

Nihil obstat

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:27 pm
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            Hace unos días leí un “hilo de Twitter” (esto es, para aquellos que no conozcan esa red social, varios tuits o breves mensajes encadenados y que tratan sobre el mismo asunto) que me causó un cierto malestar. El hilo daba una interpretación sobre determinada novela, interpretación en modo alguno mal razonada. El último tuit era una especie de epílogo que olía más a veredicto que a reflexión final. Ese epílogo fue el que me dejó inquieto.

            Al pensar un poco más en ello, caí en la cuenta de que había tres aspectos, distintos, aunque, hasta cierto punto, relacionados, en este asunto que me zumbaban en el cabeza, pese a los vermuts que les echaba encima, para ahogarlos. Ya saben cómo son las ideas zumbonas: nadan mejor que las penas. No crean que he tenido una iluminación.  Nada nuevo hay bajo el sol: estas cuestiones llevan siglos revoloteando, así que no se puedan despachar con una maldición genérica hacia “los jóvenes de hoy en día” ni con una nostalgia más o menos injustificada respecto de los tiempos pasados. Tampoco creo que estas líneas supongan ningún antes y después en la discusión. Si las escribo es, fundamentalmente, porque escribir tiende a ser más efectivo que el alcohol para poner en su sitio a este tipo de ideas o impresiones insectoides.

            El primero de los aspectos no es el que más me cerca del córtex me zumbaba. Es el viejo debate de juzgar obras artísticas por criterios morales. Asunto que sigue dando para cavilaciones y que, en algunas personas, llevan a negarse a escuchar tal o cual compositor o a leer tal o cual escritor por considerarlo un ser humano repugnante. No es un debate menor. Chesterton, a quien reverencio, dedicó bastantes páginas al asunto y, aunque no caía en simplificaciones, tendía a dar importancia al elemento moral en el arte. Wilde, por poner a otro titán, era más bien contrario a mezclar ambos círculos y consideraba que una obra de arte no podía ser moral o inmoral. En las actas del juicio que le enfrentó al marqués de Queensberry (recogidas en el libro “El marqués y el sodomita. Oscar Wilde ante la Justicia”, de Merlin Holland, publicadas en España por Papel de Liar), el astuto abogado defensor del marqués interroga de manera implacable a Wilde sobre la moralidad de ciertos trabajos literarios; el escritor siempre se niega a dar una valoración moral, limitándose a permanecer en el ámbito de lo estético.

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            Este asunto es muy interesante, pero no es el que más me hacía pensar estos días. Con todo, creo que está en la base del asunto, así que igual se me desliza en los siguientes párrafos. Para no ser del todo oscuro, un apunte: prohibir una obra porque el sentido moral de uno, unos cuantos o casi todos se ofenda me parece digno de sociedades donde no me gustaría pasar demasiado rato.

            Uno de los problemas esenciales con el tuit final del que les hablaba hace unas líneas era que sacaba una moraleja de la novela comentada. Esto, en mi opinión, supone un error: confundir diferentes subgéneros narrativos. Leo y oigo con frecuencia que se trata a novelas o cuentos como si fueran fábulas o parábolas. Y no es así. La fábula es una narración con un declarado objetivo didáctico. Las fábulas existen por y para la moraleja. Pueden estar peor o mejor escritas, desde luego, pero en este caso considero legítima la crítica ética o moral, porque la fábula busca trasmitir una lección moral o ética. La parábola es ligeramente distinta: también busca transmitir una enseñanza, pero donde la fábula es, por lo general, clara, la parábola es más retorcida. No es de extrañar que el más grande contador de parábolas del que un servidor tiene noticia repitiese “quien tenga oídos, que oiga”. Es, por tanto, habitual discutir las diferentes interpretaciones de una parábola, no de una fábula.

            No obstante, en la discusión sobre una parábola concreta los contendientes barruntan que hay una respuesta auténtica. Por sutil que sea la parábola, por compleja, por matizada que sea la enseñanza, hay una enseñanza.

            Ni en la novela ni en el cuento tiene por qué existir enseñanza alguna. La novela, sobre todo, es una criatura conflictiva, que se adapta, muta y aúna en sí misma mil mundos literarios. Sigo sin leer una definición de novela que acabe de cerrar de modo rotundo la discusión sobre su verdadera naturaleza, sobre su esencia, y es poco probable que llegue a leerla. Tal vez sea ése el secreto de su supervivencia a través de los siglos, mientras una generación tras otra de críticos literarios (bueno, algunos en cada generación) se empeña en certificar su muerte y traernos su cabeza para demostrarla. Por tanto, hay novelistas y cuentistas que, efectivamente, esconden fábulas o parábolas en sus novelas y cuentos. Claro que en este caso se puede argüir que nos encontraríamos ante fábulas o parábolas con forma de novelas y cuentos, disfrazadas, enmascaradas. Y que, al quitarle la máscara, se puede juzgar a la supuesta novela como lo que en verdad es.

            Admito esto, en parte. Pero estimo que la inmensa mayoría de novelas, aun las novelas de tesis, no son fábulas. Su razón de ser no es proporcionar enseñanzas morales, dar respuestas a dilemas políticos o éticos. Victor Hugo, por ejemplo, era dado a introducir largas reflexiones en sus novelas, sobre los más variados asuntos. La diferencia entre las partes auténticamente novelescas y estos ensayos es evidente. El mismo Hugo advertía al lector (quizás para que el lector pudiese decidir si se saltaba esa parte) cuándo pensaba dedicar unas cuantas páginas a meditar sobre la relación entre la arquitectura y la imprenta, la oración o el problema de la redistribución de la riqueza. Estas reflexiones pueden estar bellamente escritas, pero no son novela. Los soliloquios internos de Claude Frollo o Jean Valjean, en cambio, sí lo son. Es un error, por tanto, juzgar una novela por su pretendida tesis.

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            Y aquí enlazo con la última cuestión que es, quizás, la más inquietante de todas. El juicio. La condena. El establecer que esta novela o este cuento, esta película, o esta serie de televisión quieren transmitir esta enseñanza. Esta concreta. Que deben leerse de esta manera. Que su interpretación es esta. Que, por tanto, dada esta tesis, esta idea, esta moraleja que hemos desvelado, la obra merece ser ensalzada o repudiada. Y que quien lea la obra condenada, quien la defienda, quien la estime, es un ser asimismo reprobable, indigno.

            Hay matices y hay grados. Tal, no obstante, es la tendencia que observo muchas veces a mi alrededor. Me aterra. La arrogancia de un individuo que determina, ex cathedra, el único y verdadero significado de una obra de arte me exaspera. Niego que un Comité de Sabios, reunido como un tribunal, pueda determinar si el significado verdadero de “La isla del tesoro”  es éste o aquel. Niego que ese tribunal, incluso si el mismo está formado por las más grandes literatos, pueda concluir que la única interpretación aceptable de “El rey Lear” es esta o la otra. Que si entendemos “Crimen y castigo” de esta manera, estamos a salvo y hasta se nos puede felicitar, mientras que, si la leemos de este otro modo, merecemos que nos escupan a la cara.

            Y esa autoridad que niego al hipotético Comité de Sabios, se la niego, de igual modo, a la turba. Me niego a aceptar que un pelotón de linchamiento, virtual o no, me diga cómo tengo que leer, obligatoriamente. Rechazo que puedan coaccionarme moralmente, pasearme emplumado por las calles si mis gustos literarios o mi visión de una obra no coinciden con los suyos.

            ¡Qué empobrecedora es esa posición! ¡Qué cerril! ¡Qué amnésica! Impide al lector la capacidad de transformarse. Destruye la sutileza tanto para el escritor como para el lector. Erradica el gran poder de las novelas infinitas, aquellas que encierran en sí mismas mil lecturas posibles. Rechaza que el lector pueda ser un colaborador del escritor, que el escritor es sólo dueño de la obra hasta que pone el punto final y que el lector, cada lector, sea o no la misma persona, hasta cierto punto, la hace suya.

               Desde luego que no toda lectura es válida, sin más. Si uno de ustedes me dice que “El sabueso de los Baskerville” es una defensa del nacionalsocialismo, veo bastante probable que, después de escuchar sus argumentos, le mande al carajo. Hay interpretaciones absurdas, que no se sostienen o incluso que no se argumentan. No voy a negar a nadie el derecho a interpretar absurdamente una novela. Claro que me reservo mi derecho a tirar por tierra esa argumentación.

            Es importante, creo yo, advertir esto. Porque, de lo contrario, poco a poco, dejaremos que gente con muy buenas intenciones nos diga qué y cómo debemos leer, qué y cómo debemos escribir. Y tal vez volvamos a ver, en los libros publicados, en todos ellos y no sólo donde, tal vez, estén justificadas, esas sombrías palabras: Nihil obstat. Imprimatur.

nihilobstat

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