Con un vaso de whisky

abril 11, 2016

Galería de retratos

             No sé si a ustedes les pasa, pero un servidor suele intercambiar libros. Con amigos, claro. Desde pequeño, siempre me ha parecido que este intercambio es una de las más elevadas muestras de confianza. Con las cargas que ello implican. A quien recibe como depositario un libro ajeno le entran sudores fríos sólo de pensar que pueda sufrir algún desperfecto o, peor aún, que se extravíe o rompa; como encima fuera un libro firmado o con un pasado en sus lomo (todo libro tiene su valor para quien lo posee, mayor o menor, porque los libros de verdad son objetos únicos), la catástrofe es mayúscula. Desde luego (eso ni haría falta mencionarlo) que se acude de inmediato a una librería y se obtiene otro ejemplar lo más idéntico posible. Esa nueva compra del infractor, con todo, no deja de ser una compensación: la obligación principal se ha incumplido. El que ha fallado sabe que, aunque su amigo es generoso y le perdonará, él mismo llevará esa mancha sobre la conciencia. Los libros son sagrados. Poca broma con ellos.

            Pues bien, en uno de esos intercambios, llegó a mis manos un libro considerable y peculiar. Sé que la voz popular recomienda no juzgar un libro por su portada. Es una advertencia justa en parte. Pero sólo en parte. Las portadas son muy importantes. Las editoriales, que en eso suelen mandar bastante, se distinguen, entre otras cosas, entre aquellas que son capaces de dar al libro una portada digna de él y aquellas que hacen auténticas barbaridades. En la portada, además, figuran el título y el autor. Y es inevitable que el lector se sienta atraído o repelido por uno, otro o ambos. En este caso, me sentí inmediatamente atraído por ambos. El título era rotundo, “Libro de réquiems”. El autor no le iba a la zaga, Mauricio Wiesenthal.

Libro_de_requiems

            No es un libro que les pueda recomendar si van con prisas. El señor Wiesenthal, advierte en sus primeras páginas que tardó cuarenta años en escribirlo. Ciertamente que no son necesarias cuatro décadas para leerlo. Pero tampoco valen cuarenta minutos. Libro un poco collage, de fragmentos de diferente extensión, humor y profundidad, es magnífico como lectura de fondo, esa que está aguardando en casa, que dejamos reposar y que retomamos con una periodicidad mayor o menor, mientras otras lecturas más breves o ligeras se superponen a nuestros ratos con ella. Una lectura de maratón interrumpida, que puede efectuarse mientras se hacen sprints literarios. En esto, el lector tiene sus ventajas sobre el corredor, porque dejar de correr una maratón para hacer los cien metros lisos, aunque supongo que posible, tiene que ser agotador.

            Es una lectura, pienso yo, nocturna. De noche lo he leído. De noche les recomiendo que lo lean. Un buen libro puede leerse en cualquier parte, pero, como como pasa con las buenas bebidas, a cada cual lo realza un momento y un lugar. Hay lecturas diurnas y nocturnas, de exterior y de interior, de campo, de terraza y de salón. “Libro de réquiems” es lectura de sillón, silencio y noche. Con un vaso de whisky, desde luego, la experiencia se disfruta más.

            Resulta complicado determinar el género de esta obra. No es una novela, ni un ensayo; no es un poemario, ni un conjunto de relatos. La analogía que más podría acercarse a la realidad es la de una exposición. Como con los cuadros de Mussorgsky, avanzamos de un retrato a otro, demorándonos más en éste o en aquél, acompañados por un guía extremadamente culto y encantador, aunque un poco tirano, porque, implacable, nos muestra los retratos tal cual él los percibe.

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            La galería es, desde luego, notable. Dostoiewsky y Rilke, Oscar Wilde y Calderón de la Barca, Beethoven y Casanova, Camus y Mozart, Coco Chanel y Tolstoi, Stefan Zweig y Nietzsche y otros, relacionados con ellos o con unos terceros, aparecen en sus páginas. A algunos podemos examinarlos con detalle. Otros son fugaces, rostros que se ocultan en el claroscuro o que aparecen en una esquina del cuadro, demasiado pequeños para extraer de ellos todos sus secretos. ¿Qué hilo de plata hay en esta colección de pinturas literarias? La muerte: son todos ellos retratos de hombres y mujeres en la tumba. Sólo una ciudad, Venecia, rompe la galería de efigies con un paisaje imposible de esta ciudad magnética. Pero incluso ella es descrita aquí en su aspecto de imán para los agonizantes. Por eso, el señor Wiesenthal se refiere más de una vez a este libro suyo como unas memorias. Memorias de los muertos, escritas por un vivo para colaborar en la lucha contra ese gran enemigo, el olvido.

            Son retratos todos de criaturas del espíritu. Hasta Casanova, ese encantador intrigante, que era una especie de novela encarnada y, además, un prodigioso escritor. Pensadores (como Marx), músicos (como Manuel de Falla), literatos (como Balzac). Ninguno, sin embargo, de los dueños del mundo. Ni financieros, ni estadistas. Ninguno de los que hacen y deshacen en el gran teatro del mundo. Salvo Goethe, quien, como escribió Zweig, para alcanzar la inmensidad, no necesita dar un solo paso fuera de este mundo, sino que sabe atraerla hacia él, lenta y pacientemente, y logró ser burgués, ministro, botánico, geólogo, poeta, todo al tiempo y sin que ninguna parte de su ser fuera una amenaza o una traición para las otras.

Beethoven Egmont, Goethe

            En esta selección, como en cualquier otra, hay algo de arbitrario, de subjetivo, de cierto dandismo, una elección tan moral como estética, dirigida por gustos y simpatías. ¿Podemos acusar al autor por ello? En modo alguno. Y da un paso más. No se esconde entre sus páginas, sino que, mientras nos enseña un perfil concreto, se nos descubre en parte. Ignoro si todo lo que cuenta don Mauricio de su vida es cierto. Con sólo la mitad ya merecería que su propio retrato colgase, en una sala menor, dentro de esta bella colección. Es probable que para ciertos lectores no sea de su agrado. Hay mucho de sentimental en su estilo, mucho de preciosismo casi (casi, muy importante este casi) pedante, de gran señor, de bon vivant, de extravagante, de cínico epicúreo con querencia por los rebeldes y los humildes frente a los poderosos y los mezquinos… con unas gotas de humor, para no tomarse a sí mismo muy en serio.

            Hasta cierto punto, en Wiesenthal se nota la influencia de Zweig, que era un soberbio retratista (sus biografías, para mí, son sus mejores obras literarias) y quien, sin embargo, aunque no ocultaba sus simpatías o sus admiraciones, incluso sus fascinaciones, que no es lo mismo (por ejemplo, es claro su entusiasmo al escribir sobre Fouché y nadie podría estar más alejado de Zweig que este astuto político, genialmente tenebroso), sin que por ello nos revele datos o experiencias propias. En este sentido, “El mundo de ayer”, el maravilloso libro de memorias de Zweig, escrito en las más terribles circunstancias, podría ser el padre o, al menos, un tío muy querido, de este libro de muertos ilustres. Porque sólo en él, aunque pase lista a una galería de grandes personajes que cruzaron en su vida, Zweig se permite ponerse en primer plano. Wiesenthal, más caprichoso, se muestra o se oculta, según convenga, según la semblanza que nos esté mostrando dé pie a ello o no.

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            Un libro hermoso, bellamente escrito, un tanto manierista, en el que se mezcla una peculiar pulsión vital con una melancolía nada amarga. Asistemáticas, desordenadas memorias de un hombre anciano que nos habla de muertos, vivientes en estas páginas y en otras muchas, en notas, en cantos, en versos y en las incontables vidas que muchos de ellos han marcado y seguirán marcando, mientras el olvido no nos gane la partida.

1 comentario »

  1. Por lo que se refiere a las cubiertas, Anagrama es una de estas editoriales capaces de realizar desastres.
    A.

    Comentario por criticamens — abril 11, 2016 @ 9:16 pm | Responder


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